lunes, 19 de octubre de 2009

guardo una tarde de rif




chauen revisitado

Pues va a resultar al final que hay que revisitar también muchos de los lugares comunes en los que todos creemos, para asumir que segundas partes no siempre fueron malas. Ya me ocurrió con los Andes, o mejor dicho con el Perú, y ahora ha vuelto a ocurrirme con el Rif, o mejor dicho con Marruecos.

Como ya he comentado en alguna otra ocasión (sin que, por otra parte, resulte ningún aporte novedoso), el entorno es como un gran espejo que no hace sino proyectar los estados de nuestro alma, o de nuestro pensamiento, o de nuestro sentimiento. El entorno es sólo un potencial en el que reflejar, para recoger, los frutos de las semillas que llevamos dentro. Por eso un país, una persona, una estación del año, o la camisa que rescatas del ropero años después, puede ofrecernos una realidad totalmente distinta en función de cuándo acudimos a ella.

En esta segunda estancia larga en el Rif, he decidido operar primero un cambio interno para poder disfrutar de los cambios externos, que normalmente suelen ser más difícil -o al menos lentamente- modificables. Estoy aprovechando la estancia para recuperar un poco los ritmos. Levantarme un sábado y un domingo con el sol (cuando normalmente su salida significa para mí la hora de ir a la cama), tomarme los paseos con la calma del que sabe que son un fin en sí mismos, no un medio para desplazarse de un lugar a otro, sentarme a escuchar y a mirar, no a oír y a ver. Pequeñas tonterías, pequeños tópicos y lugares comunes, sí, pero que raramente nos detenemos a hacer de verdad. Como una buena amiga me dijo un día: "disfruta de todo con los sentidos abiertos, disfruta del olor de las alcaparras en los mercados".

La verdad es que vivimos, yo el primero, con la ansiedad y la prisa metidos en el cuerpo. Se me hace raro entrar en una tienda para comprar un pañuelo, y estar veinte minutos hablando con el dependiente, mientras en España las tiendas se están convirtiendo en lugares con música techno a todo volumen donde el dependiente es ese rostro indiferente que pasa tu tarjeta de crédito y te dice "bienvenido; hasta la próxima". Y no es que no lo prefiera. De hecho, me molesta soberanamente que algún dependiente se me acerque en una tienda a decirme lo maravilloso que me queda todo lo que me pruebo, o que lo que me queda pequeño estirará y lo que me queda grande encogerá, y en el caso de Marruecos me molesta especialmente que de esos veinte minutos de charla los últimos cinco sean para demostrarle que sabes que te está intentando cobrar un sobre precio que consideras abusivo.

Soy un animal urbano, un animal social y un animal nocturno, que necesita del contacto constante, horizontal (en ambos sentidos) y picaresco con el sexo contrario. Por eso no trato de decir que me sienta el más marroquí del mundo, ni siquiera el más afín a esta cultura machista, religiosa y añeja en muchos aspectos. Sólo que al revisitar mi relación con Chauen, con esta cultura y este "estar en el mundo", he encontrado mi equilibrio, que al fin es de lo que se trata en el viaje que es la vida. Y eso me hace feliz.

lunes, 5 de octubre de 2009

jamás te recordaré...

...porque nunca voy a olvidarte.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

animales sociales

Hacía tiempo que no me ocurría algo como lo de ayer, y había olvidado lo estimulante que era. Estaba con algunos amigos de la ciudad tomando una cerveza, y uno de ellos nos invitó a acompañarlo a una plaza donde lo esperaban otro grupo de amigos suyos. Con la poca esperanza que genera entrar en un grupo nuevo de más de tres personas, en los que es casi imposible cruzar más de cuatro palabras con cada uno, acabamos sentados todos alrededor de una mesa mastodóntica donde se mezclaban extranjeros, desconocidos, conocidos, y algunos pocos amigos cruzados, y como era esperable se crearon subgrupos de gente conocida entre sí. Sin embargo, cuando aquellos que me eran "más cercanos" se marcharon, decidí quedarme apurando un último refresco, pues la noche era agradable y el elevado número del grupo me facilitaba sumergirme en mí mismo si así lo necesitaba.

La sorpresa fue mayúscula al comenzar a hablar con un chico que llevaba toda la noche sentado a mi lado, y en el cual apenas había reparado antes (salvo porque, seamos honestos, iba acompañado de una chica bastante mona). Ahora no recuerdo cómo inició la conversación ni cómo fue derivando la misma hacia otros temas. La cosa es que tras poco más de quince minutos estábamos hablando de temas que para mí tienen gran interés. En la medida en que él era biólogo, la conversación se centró mucho en la naturaleza del hombre y sus actos, en la psicología y la genética, y bueno, también fue derivando hacia temas más filosóficos como la búsqueda de la felicidad (con una muy interesante y a ratos brillante exposición sobre qué es la felicidad y su repercusión en el sistema orgánico del ser humano).

No estoy aquí para hacer un resumen de aquellas conclusiones a las que llegamos, o de las ideas que el uno fue germinando en el otro, para su posterior repensado y maceración en casa. Sólo quería decir que fue estimulante encontrar a alguien nuevo, y poder compartir a decentes niveles de profundidad (o al menos más allá de los lugares comunes) impresiones sobre temas en los que no siempre es fácil encontrar interlocutores.

jueves, 10 de septiembre de 2009

peligro


Dame tu mano, vuela conmigo. Seremos soledades y sueños compartidos.

martes, 4 de agosto de 2009

hijos de los hombres

¡Vaya! Me doy cuenta de que, a pesar de que me considero una persona bastante amante del cine (si bien es cierto que tras la explosión cinéfila de hace unos años, ahora de forma mucho más relajada), no hay ni una sóla crítica cinemátográfica en las páginas de mi blog, siendo éste sin duda uno de los grandes temas de la mayoría de blogs. Qué curioso... La cosa es que quizá a través de la crítica a esta película se desvele el por qué de esta decepción cinéfila.

Que el cine es una gran trampa no escapa ya a nadie. Que -como toda obra cultural- tiende cada vez más a homogeneizarse en sus formas y en sus fondos, tampoco es una novedad. Pero bueno, empecemos desde el principio. O como mandan los cánones, haciendo un pequeño spoiler de la historia que nos cuenta esta cinta.

Londres. Año 2027. El género humano afronta su posible extinción tras más de 18 años sin que haya sido engendrado un sólo bebé. El mundo, ante la inminencia de su fin, ha entrado en el más absoluto de los caos. Los inmigrantes han tomado el mundo desarrollado y todas las ciudades caen bajo una anarquía violenta. El único bastión de "civilización" que sobrevive es una Londres militarizada, que caza y encierra en campos de concentración a los ilegales que inundan sus calles. La muerte de la persona más joven de la tierra, junto a una serie de atentados perpetrados por grupos de activistas armados que luchan por "devolver la cordura" al mundo, terminan por conformar la macrohistoria.

En cuanto a la intrahistoria, tenemos a una fugitiva negra embarazada. Estamos pues ante el nacimiento del primer bebé en 18 años, aquello que puede traer la esperanza o la destrucción al planeta. Y aquí empieza el primero de los clichés que inunda la película: para llevarla al Proyecto Hombre, necesitan de la ayuda del protagonista: un antiguo activista que, tras abandonar la causa, se nos presenta como un alcohólico sin moral que trabaja para la burocracia londinesa. Un cínico que poco a poco irá reconciliándose con el mundo, gracias al recuerdo de su hijo perdido, y que se debate en una lucha interna entre la fe y el azar, entre la causalidad y la casualidad.

Y desde este punto, comienza la sucesión de tópicos que en el fondo espera todo el mundo que llena las salas de proyección. Unos malos malísimos, unos buenos buenísimos, sacrificios, luchas de las que sólo salen vivos quienes tienen que salir, los malos bien muertecitos al final, los héroes bien homéricos al final, la mujer del cínico que muere cuando está volviendo a enamorarlo, su mejor amigo que muere encubriéndolo, y en fin, él mismo muerto al final de la cinta por una herida de bala inflingida protegiendo a la chica y al bebé al que previamente había ayudado a nacer. Héroe, mártir, símbolo, genio y hasta comadrona, qué más se le puede pedir a un ex-alcohólico!

La cosa no es que la película rebose de tópicos; Otras muchas lo han hecho antes y ahora son tildadas de clásicos (he ahí como ejemplo paradigmático "El hombre tranquilo", de John Ford. Pero a estas películas que son premeditadamente tópicas se le perdona todo, especialmente si en ellas aparece John Wayne). La pena es que desvirtúa de forma infame una macrohistoria que podría ser muy interesante. Y no sólo eso, sino que precisamente esta ignorancia de la historia marco es lo más aplaudido por la gente.

Hay películas, al igual que libros, en los que poner el centro de atención en la intrahistoria enriquece la propia obra. Quizá el ejemplo más actual sea la novela "La carretera", de Cormac McCarthy. En la novela se ignora absolutamente el motivo por el que el mundo ha llegado a ese punto de destrucción, mientras que en la película se empeñan en explicarnos con detalle cómo todo ello se debe al cambio climático.

En fin, que parece que el cine (o al menos el cine de ciencia ficción) adolece cada vez más de un cierto estrabismo que le hace incurrir siempre en la peor elección posible. Y ello porque las historias han llegado a encorsetarse de tal manera que todas ellas presentan una estructura común, y bastante desafortunada. En la primera parte de la misma se presenta al personaje principal y la situación (he ahí Minority report, 28 semanas después, Inteligencia artificial, la futura La carretera, o ejemplos más allá del cine de Sci-Fi, como 300 o tantas otras), y los otros dos tercios de película no son más que un accidentado viaje en el que no se profundiza en la historia.

Sin embargo, y puestos a hacer una crítica total de la película, creo justo enumerar también sus aciertos. La dirección y algunas interpretaciones son muy buenas (aunque la dirección bebe demasiado del hiperrealismo de "Salvar al soldado Ryan", película que algún día será elevada al lugar que merece por cómo cambió el modo de realizar cine, aunque también muera de tópicos), hay escenas que por supletorias no dejan de ser sorprendentes (como la del coleccionista de arte en plena extinción de la humanidad o el retrato del ghetto al que llevan a los ilegales), y en general consigue lo que se propone: entretener a la masa palomitera a quien va dirigida.

En fin, podría y quizá debería profundizar muchísimo más en cada uno de los temas, pero con esto del microblogging parece que mis entradas inevitablemente extensas ya no están de moda, así que la dejaremos aquí agradeciendo cualquier comentario al respecto que pueda enriquecer un potencial debate. Saludos.

lunes, 3 de agosto de 2009

(re)lectura

La lectura, como ya he dicho en alguna otra entrada, me parece uno de los placeres más egoístas -o mejor, más individuales- que existen. Alguno encuentra dicho placer en que el libro le ayude a pasar el rato. Otro, en que el libro le haga sentir más importante, formado o culto que sus congéneres. Y hay incluso el que encuentra el placer en el mero hecho de la posesión del libro, más que en su lectura. Mi caso es otro más entre los posibles: encuentro el placer de la lectura en la promesa de relectura que todo libro esconde.

Y es que más que un lector, me considero un voraz relector. Hay libros que los leo y ya desde la segunda página los sé condenados al olvido, mientras que hay otros en los que estoy disfrutando por anticipado del inmenso placer que me supondrá su relectura. Especialmente porque dudo mucho que de una sola lectura pueda sacarse la mitad del jugo que contiene una obra que valga la pena leer, o mejor dicho que valga la pena releer.

Aquellos que escribimos, ya sea en un bloc, en un blog, o en hojas sueltas de papel que luego pasan al olvido, sabemos que cada línea, cada palabra, cada coma incluso, tienen una razón de ser y una razón de estar. Nada es gratuito: ni el ritmo, ni la cadencia de las palabras, ni las aliteraciones de sonidos, ni las siempre ignoradas elipsis, ni las descripciones que a menudo leemos de pasada. Todo tiene una razón de ser y una razón de estar. O de no ser y de no estar.

Una de las condenas de todo libro es ser interesante, o peor aún, crear intriga. La misma fuerza centrípeta que nos obliga a devorar las páginas en busca de los siguientes sucesos de la historia actúa como fuerza centrífuga que nos aleja de la infinita riqueza de la prosa que los contiene. Es especialmente en estos casos en los que la relectura cobra tanto peso, deviene tan necesaria. Sólo cuando no estamos urgidos por el "qué pasará", o por aquello en lo que va a acabar coludiendo un ensayo, podemos relajarnos y centrarnos por igual en el contenido y en el continente.

Por eso, cada cierto tiempo, más que a leer algunos libros nuevos a lo que me dedico es a encontrar futuras relecturas. Alguien dijo alguna vez que la vida es demasiado corta para tantas bibliotecas. Sin duda es así, pero al menos nos queda el placer de conocer bastante bien aquélla que el azar o la providencia ha hecho que llegara hasta nuestras manos.

O quizá es sólo que soy uno de aquellos que creen en lo que dijo el maestro Borges: Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.

¿Qué hacemos entonces ante la proliferación de tanto blog?

domingo, 21 de junio de 2009

ser de izquierdas (2)

¿Qué es ser de izquierdas? ¿Acaso es algo más que una postura estética? ¿Algo más que caminar con el labio torcido y lamentar en camarilla las vilezas que se cometen en el día a día? ¿Algo más que reuniones y cenas con los amigos, a media luz, entregados al arte de criticar nuestra vida burguesa, como si con ello la anuláramos? ¿Algo más que una vacía declaracion de intenciones traicionada a cada paso, a cada segundo? ¿Ser de izquierdas es saber que todo esto no es más que vacía lamentina, pero creer que esta lamentina nos hace de izquierdas?

viernes, 19 de junio de 2009

carta

Necesito hablar contigo pero no estás aquí, así que te escribo. De todas formas, muchas veces lo que llamamos hablar entre nosotros consiste en soltar una letanía y saber que el otro la lee y la comparte, ¿no es cierto? Por eso podemos pasar años separados y siempre sabemos que el otro está ahí, que quizá es la persona que más nos acompaña en cada uno de nuestros viajes. Porque en cada recuerdo, en cada pensamiento o palabra, sabemos que está ahí con nosotros, como un vigía secreto de nuestros pasos.

Pero hoy tengo la especial necesidad de hablar contigo, no sé. Hace mucho que no compartimos neologismos más allá que de forma virtual, hace tiempo que nuestros culos no deforman el tapizado de una silla cualquiera de un bar cualquiera -o calientan la madera de un banco- mientras los demás nos miran con incomprensión.

Cuántas veces hemos confundido esa incomprensión con halago. Incluso con envidia y con admiración. Y sin embargo no, bajo esa incomprensión sólo flota una confusión, el pensamiento de que somos dos almas extrañas que o bien tienen mucho tiempo para aburrirse o muchas ganas de regocijarse en sus propias miserias.

¿Recuerdas esas calles de Granada? ¿Recuerdas la sala de esa iglesia improvisada museo? Cómo nos sentíamos especiales cuando recorríamos sus piedras hablando del posmodernismo, cuyo corolario es nuestra actitud de sempiternas lenguas en constante dialéctica. Pero quizá por eso tengo hoy tanta necesidad de hablar contigo. Porque esa dialéctica -aunque a veces me duela admitirlo- me falta. Cómo la echo de menos en las personas que encuentro. ¿Tú la encuentras en él? ¿O has optado por las pequeñas huidas de fin de semana como hago yo, hacia un blog, o un bloc, o una charla introspectiva?

La verdad es que quizá la comunicación sea la mayor de las utopías. ¿Recuerdas cuando se empeñaban en que debía hacer una tesis y yo me negaba obstinadamente porque no quería pasarme el resto de mi vida leyendo de forma condicionada? Pensaba que cuando te especializas tanto en algo, todo lo ves bajo el tamiz de su cristal, y no quería eso para mí, siempre a la defensa de mis cada vez más asentados seudópodos. Pero con tesis o sin tesis la verdad es que al final he acabado haciéndome favorito de esto y no de aquello, y creo que si esa tesis existiera algún día sería sobre la comunicación. Mejor aún, sobre la imposibilidad de la comunicación (¿no es acaso este blog un ejemplo viviente sobre la imposibilidad de compartir mundos?). El problema es que esa tesis, para ser honesta, debería contener exclusivamente páginas en blanco. Como digo siempre, "quien quiso entender ya lo hizo", y no me cabe duda de que ante la explícita página en blanco al menos un miembro del tribunal me distinguiría con el Sobresaliente cum laude. Si no fuera así es que ha dejado la pena intentar salvar el mundo de la docencia (o cabría decir "de la indecencia", haciendo aliteración analógica).

En el fondo todo lo que leo o escribo esta orientado hacia la comunicación, como hace algún tiempo lo estaba hacia la nostalgia. ¿Acaso no es Pastoral americana un monumento a la incomunicación, a las máscaras que nos condenamos a llevar ya sea en la más ímproba de las actitudes norteamericanas, ya sea en la más extremista de las religiones orientales?

Por eso últimamente, y aunque lo necesito tanto, me canso tan fácilmente de escribir, de intentar comunicar. Me da una pereza infinita empezar a construir y deconstruir un discurso, pero siempre me obligo a ello. No para epatar, no para sorprender y desde luego no para adoctrinar. Sólo porque necesito algo de estructura en esta cada día más abotargada mente. Mis pensamientos cada vez más se parecen a un cuadro impresionista. Esbozos, bocetos, difuminaciones. Como las esculturas inacabadas de Miguel Angel sobre los esclavos cautivos. En cuanto algo empieza a despuntar, a cobrar forma, le salen cien brazos en direcciones opuestas, y no puedo ver la luz sin la sombra, el ying sin el yang. Las ideas giran en una nebulosa y siempre se suman nuevos trazos al lienzo, como un último matiz que da al tapiz un trazo distinto.

En fin, quería escribirte y ya lo he hecho. Creo que me siento algo mejor, al menos han disminuido las ganas de correr y de gritar. ¿Te das cuenta como siempre recurrimos a las mismas imágenes? Una chica que baila descalza en un parque, una niña que sostiene la mano de un anciano, una persona gritando su silencio desde una roca en la cima de una montaña. ¿Será verdad eso que dicen que no hay conversación o discusión en la que no asumamos una postura ya descrita por el pensamiento aristotélico o platónico?

Bueno, igualmente a ti y a mí siempre nos entretuvo ese juego infinito de espejos, ¿no es cierto?

Cuídate, y espero verte pronto.

todo en este mundo necesita su tiempo

Lo peor de estar en la distancia no es la distancia en sí, no son los implacables metros que separan, no es ese inacabable océano mar que parece eterno. Lo peor de la distancia es la incomunicación. Es no poder recurrir a Daratea, a mi madre, a mi hermano, a Ana o a ti para sentarnos a hablar y dejar que corran las horas muertas. Mi amor por la soledad siempre se ve contrapesado por mi necesidad de compartir mundos, temores y rumias, visiones y esperanzas. Necesito hablar de la pastoral americana y de la pastoral universal, necesito hablar del otro que es uno mismo tras el inevitable curso de los días, necesito compartir que es una pena no ser ave de paso, ni proa que acuchilla siete mares.

jueves, 11 de junio de 2009

¿dónde está la izquierda?

Hoy el tema viene espeso. Hoy miro un poco desde la distancia (material, que no geográfica) el curso que está siguiendo la política a nivel internacional, y no puedo sino preguntarme: ¿dónde olvidamos la honestidad?, ¿cuándo perdimos el rumbo?. ¿Hemos alcanzado realmente el tan preconizado final de la historia?, ¿han muerto las ideas tras la caída del muro de Berlín?

Me sorprende como, apenas 50 años atrás, unos ideales, la lucha por las necesidades, ese sueño de otro mundo mejor, bastaban para movilizar a millones de personas en busca de un verdadero cambio. Y no es una cuestión meramente nostálgica de idealización del pasado: realmente hace poco más de un siglo comenzó una verdadera revolución cultural en la cual los oprimidos (hay que recuperar ese lenguaje que tratan de vendernos como obsoleto y fuera de contexto, ese lenguaje de aquellos que -aunque dicen que sólo justifican sus vilezas personales en el superior ámbito de "la lucha"- se atreven a levantar la alfombra y ver la mierda que llevamos años escondiendo debajo) soñaron con otro mundo posible, de fraternidad, donde los países no fueran territorios separados por una caprichosa frontera, compitiendo entre sí para ver quién lidera la carrera del PIB, la carrera armamentística, la carrera nuclear, la carrera espacial. Soñaron el mundo no como una carrera de todos contra todos, sino como una carrera contra el hambre, una de esas carreras en las que no importa quién gane, sólo importa sumar participantes por una causa común.

A esa gente, a esos luchadores, se les dio el nombre de izquierda, el nombre de progresistas. Hoy, nos han vetado hasta el lenguaje. Progresista viene de progreso, y el progreso se consigue mediante la acumulación de riquezas, de tecnologías, de bienes. Izquierda es esa idealizada visión del mundo de los que son tan ingenuos como para creer aplicable algo que sólo funciona en la teoría, algo que la cruel realidad del hombre derriba. Incluso se permiten concedernos la victoria moral de nuestras ideas (que no ideología), diciendo "si yo estoy de acuerdo que el comunismo-socialismo sería lo ideal, si está claro que en teoría es lo mejor. Lo que pasa es que en la práctica no funciona, en la práctica acaba siendo una dictadura mucho más represiva que la del capitalismo, como demuestran los ejemplos de Rusia, China o Cuba".

Y nosotros agachamos la cabeza, miramos para otro lado avergonzados, y callamos. Concedemos la derrota de una idea, les entregamos voluntariamente el lenguaje, y aquello que no se nombra no existe, o existe tergiversado en función de quien, dando nombre al mundo, lo reinventa.

Y yo me pregunto, ¿dónde está la izquierda? ¿Dónde estamos todos aquellos que miramos el mundo y nos avergonzamos, todos aquellos que viajamos a Latinoamérica, a África, a Asia, o a los suburbios europeos y norteamericanos, y nos sentimos deshonrados? ¿Dónde estamos aquellos que sentimos como una ofensa el hecho de que bajo nuestro nombre y con nuestra connivencia tácita todas estas aberraciones sean posibles -es más, que seamos los causantes-? ¿Por qué si hace menos de un siglo una idea bastaba para movernos, para indignarnos, para inventar otros mundos posibles -aunque fracasaran, aunque en algún momento se desviaran-, ahora no basta siquiera para hacernos salir del sofá y depositar un voto en una urna? ¿Quizá porque las opciones han desaparecido? ¿Quizá porque la izquierda, para sobrevivir, ha ido avanzando poco a poco con tanta determinación hacia el centro que cuando votamos entre A y B (no soñemos siquiera ya con votar entre A y Z) sabemos que estamos votanto entre A y A'?

El discurso puede beber de numerosas (quizá demasiadas) fuentes. Quizá el muy ilustrativo ejemplo de Tony Blair quede muy lejos de contexto, pero en España tenemos uno parecido: el ejemplo de Zapatero.

Cuando empezó a salir por televisión, a mí me sorprendió enormemente una foto suya, aún joven -con la mirada aún despierta de aquél que se pregunta-, sentado asistiendo a un discurso si no me equivoco de Felipe González. En sus ojos se leía toda una historia: de esperanzas, de sueños, de proyectos, de cambios. ¿Qué queda de esa fotografía en el gris presidente que hay hoy en España? ¿Qué de su forma de entender la política como una entente cordial? ¿Cómo ha podido caer tan rápido en la trampa del muro contra muro, dejando además que sean los otros los que decidan dónde construir ese muro y qué reglas del juego darle? ¿Por qué abandonó su idea de honestidad, de alianza de civilizaciones, el discurso por la paz? ¿Por qué aceptó las reglas de los otros, su constante lucha dialéctica, su hipocresía y falsedad? ¿Por qué? Realmente me pregunto, ¿por qué? La respuesta me parece tan sencilla como triste: porque cayó en el mismo error de confundir el fondo del discurso, de las ideas.

La izquierda no puede competir con la derecha en sus mismos términos. Es como si una persona de 2 metros le dijera a una de 1,50 "¿a ver quién llega más alto con la mano?". Es incompatible llegar muy alto con la mano con tener una estatura baja, y competir en estos términos no hace a la otra parte sino reírse de tus vanos intentos de estirar el brazo más allá de lo natural, dándole a tu discurso un aire de apagafuegos que no lleva a ninguna parte. El problema de Zapatero, el problema de eso que nos dicen que es la izquierda pero que desde luego no promueve nuestras ideas, es que se ha ido desplazando tan progresivamente hacia la derecha que no se ha dado cuenta (aunque yo creo que sí que se han dado cuenta perfectamente) de que ha entrado en el terreno de juego de los otros, con las reglas que estos marcan y que por tanto conocen y pueden ir modificando a su antojo, mientras que esa izquierda-que-ya-no-es-izquierda baila al son que le tocan intentando no perder el ritmo.

Parece que la gente que aún cree en esa izquierda no se ha dado cuenta todavía de que a la derecha no le importa la falsía, que nunca le ha importado. Defienden un sistema de mercado autorregulado, que es como meter en la misma piscina un banco de sardinas y un par de tiburones y dejar que se intenten comer entre ellos a ver quien gana, y lo venden -sabiendo que es radicalmente falso- diciendo que los más beneficiados de tal sistema serán sin duda las sardinas. Y no se preguntan por qué entonces los tiburones gastan millones en sus campañas de publicidad, a través de sus diarios y emiroras, etc. en promulgar su credo. ¿Para beneficiar a las sardinas o para dar aguas libres a los tiburones que ellos mismos encarnan? (Y habrá quien diga "pero si al PSOE también lo apoyan PRISA y muchos otros empresarios!". Bueno, quien todavía no haya entendido de qué va la izquierda que defiendo mejor que deje de leer aquí).

Por eso -volviendo a la pregunta del inicio- la izquierda ha perdido la capacidad de movilizar a la gente: porque aquellos que sabemos de qué hablamos cuando hablamos de izquierda nos damos perfecta cuenta de que ya no existe.

Mientras, esos que siguen llamándose de izquierdas se lamentan de la abstención, diciendo (como es cierto a medias) que la abstención perjudica a la izquierda (y digo cierto a medias porque perjudica a "su" izquierda), y en vez de preguntarse dónde está esa izquierda, lo que hacen es abogar por una participación contra la derecha, abogar por un voto útil, abogar por A' en vez de por A. En vez de decir "¿qué estaremos haciendo mal para que la gente realmente no vaya a votar, para que la gente no vea al final de estas nubes grises un jirón de luz, un poco de esperanza?", echan la culpa al perezoso votante de que por su abstención volverá a gobernar la derecha, lo cual sin duda es peor para todos. Pero yo me pregunto, ¿hay realmente diferencia entre un potencial gobierno de la derecha en España y el que actualmente hay? ¿No será quizá porque la respuesta a la anterior pregunta es "no" por lo que la gente se queda en casa?

Cuando en la mirada de Zapatero brillaba algo, la gente salió a la calle. Cuando Obama propuso un discurso distinto, la gente salió a la calle incluso en Estados Unidos. Y ni uno ni otro son ejemplos de izquierda, de la izquierda en la que yo creo. Pero al menos son ejemplos de ilusión, son ejemplos de la esperanza de que al margen del camino hay otras vías esperando, aunque las suyas discurran muy paralelas a la vía principal.

A aquellos que creemos en ese otro mundo posible no se nos gana diciéndonos que pronto volveremos a crecer al 3%, no se nos gana peleándose sobre quién robo más o mejor, sobre los trajes de un tal señor Camps o los muertos de un avión Yak-42. Se nos gana construyendo alternativas, se nos gana cambiando los términos del debate. Sabemos que la felicidad no está en el crecimiento constante de los bienes a poseer.

Nuestro progresismo no consiste en llegar los primeros a la meta corriendo con tanta fuerza que no nos queden energías para mirar atrás y ayudar a los que se quedan rezagados, o que ni siquiera podamos disfrutar del paisaje por el que transitamos. Nuestro progresismo consiste en un paseo fraternal, no en una competición bajo unas reglas que ni contribuimos a establecer ni compartimos. Dentro de 20 años quizá sean posibles los viajes espaciales, o la teleportación instantánea de un lugar a otro del planeta, o tener la biblioteca de Alejandría en un microchip en el cerebro, o yo qué coño sé qué será posible. Y nos dirán "sólo gracias al progreso esto es posible, si no hubiéramos seguido por esta vía seguiríamos teniendo que viajar en avión, o comprando molestos libros", y volviendo a tergiversar el discurso seguiremos diciendo toda la vida "sí, pero...". Y algo seguirá fallando dentro de nosotros y no sabremos cómo verbalizarlo: tan seguros se muestran ellos en sus aseveraciones que por fuerza deben ser las nuestras las erróneas.

¿Dónde está la izquierda? La izquierda está dentro de nosotros, está en ese "si, pero..." que no podemos dejar de hacernos. Parece que la importancia del factor personal -Blair, Zapatero, Obama (sic)- no arroja soluciones. Habrá que buscarla en otra parte. Yo estoy más que preparado para ello. ¿Me acompañas en este viaje?

jueves, 14 de mayo de 2009

espacios

Detrás de la cafetería de la universidad donde trabajo hay un pequeño espacio al aire libre, donde esperan -la mayoría del tiempo en vano- unas pocas mesas y algunas sillas cubiertas por el polvo. Está justo al lado de un trastero donde cada cierto tiempo entra un hombre blanco, que aparece de vuelta en este lado ataviado con latas, rollos de papel y hasta algún cazo. Ese trastero es motivo de nuestras conversaciones, eternos habitantes de ese espacio que no es bar (pocos son los otros que ocupan sus mesas, quizá debido a nuestras inquisidoras miradas), ni es calle (por sus aceras no transitan estudiantes, menos aún profesores).

Cuando quiero hacer una pausa del trabajo para fumar un cigarrillo, puesto que nunca he fumado, lo sustituyo por visitar este espacio, con mi música al oído y un cierto misticismo en la mirada. Cuando descubro que tiene otros ocupantes me irrito levemente, pues lo considero una sutil forma de sacrilegio. Sin embargo me consuelo pensando que los espacios están para construir y para integrar, y que el día que aprendan a habitarlo con otros ojos, formarán parte de él.

miércoles, 13 de mayo de 2009

mass media

La verdad es que a pesar de que trato de evitarlo -y en lo posible paso los días sin ver la televisión o leer un periódico- a veces es casi inevitable toparme con uno de estos medios de comunicación hijos de un mass media. Y así cae entre mis brazos algún periódico, o en un bar me topo con un telediario.

Mientras más pasa el tiempo y comienza uno a hacerse una idea del mundo -una idea fundada ya no tanto en impulsos sino en tardes de reflexión-, menos comprendo a la gente que sigue acudiendo a estos mass media para “mantenerse informada”. Con la visión que te da la perspectiva del que mira la realidad un poco desde fuera, me sorprendo quizá más que mis compañeros al comprobar, por ejemplo, que mientras hace una semana la gripe porcina iba a acabar con el 40% de la población europea e iba a obligar a cerrar escuelas y empresas para evitar un contagio universal, hoy se la llama gripe A (o incluso gripe H1N1, creo) y no pasa de ser una nota a pie de página en estos medios de (des)información.

Lo curioso es que del brote de meningitis que se ha cobrado más de 2.000 vidas en África Occidental, o de la epidemia de dengue que ha brotado en la zona andina de Argentina y Bolivia, pues la verdad es que nadie habla. Bueno, no es que nadie hable, porque entonces yo no podría saber que eso está ocurriendo en este mismo momento. Es que estos mass media no están interesados en hablar de ella. Al fin y al cabo la gripe porcina está afectando a 2.000 personas en Estados Unidos, y la meningitis está bien controladita afectando sólo a 56.000 subsaharianos.

En fin, que ya no me sorprende que ahora sólo importe la píldora postcoital (yo sigo llamándola píldora del día después y cada vez me entiende menos gente...), como hace un mes sólo importaba el aborto, o el lince, o lo que fuera que defendiera esa campaña. Lo que más me ha sorprendido ha sido la tremenda fuerza que tienen estos medios para influir en los temores de la gente.

Ayer leía en alguno de estos diarios que lo que más preocupa a la gente es el paro y la crisis (financiera, que no porcina), quedando en situaciones totalmente marginales otros “clásicos” de medalla, como son la vertebración de España, la inseguridad ciudadana o la inmigración. Temas que hace tres meses hubieran encabezado con orgullo esta lista.

La verdad es que eso me dio bastante que pensar. Me dio por confirmarme en la idea de que la gente somos básicamente estúpida. Nos gritan desde un púlpito “¡porque A es una vergüenza!”, y montamos la revolución, y nos gritan desde el mismo púlpito “¡porque B es un despropósito!”, y con la misma fuerza y vocación montamos la contrarrevolución. Me recuerda demasiado a 1984, cuando la guerra coyuntural entre Eurasia y Eastasia podía devenir en acuerdo de paz común para luchar contra Oceanía. E incluso si este acuerdo de paz avenía durante un discurso contra Eastasia en el cual la gente gritaba enfervorizadamente contra sus enemigos, en el trascurso del mismo discurso se cambiaban las palabras y los gritos de repulsa devenían gritos de apoyo.

Como marionetas de pantomima, las charlas de café, los encuentros en las plazas (cada vez menos comunes) y hasta las charlas postcoitales (o las del día después) se nutren de esos últimos lugares comunes que nos venden desde el púlpito de turno. Y ahí tendremos que seguir soportando las criticas aquellos que, ¡oh irresponsables apolíticos!, abrazamos la opción de seguir desinformados.

martes, 12 de mayo de 2009

el sitio de tu recreo

Dónde nos llevó la imaginación,
dónde con los ojos cerrados
se divisan infinitos campos.
Dónde se creó la primera luz
germinó la semilla de cielo azul.
Volveré a ese lugar donde nací...

de la necesidad de verbalizar el mundo

Ya lo dicen las sagradas escrituras, ¿no? En el Principio era el Verbo. Que el Verbo fuera en Dios y que el Verbo fuera Dios ya es ir demasiado lejos, pero hemos de admitir que los filósofos que redactaron la Biblia sabían lo que hacían. Aquello que no tiene nombre, aquello que no puede ser nombrado, no existe (curiosa la paradoja cuando, a posteriori, nos prohiben usar el nombre de Dios en vano, ese Tetragrammaton que tan desiguales líneas ha suscitado entre los literatos).

La que parece clara, sin ánimo de sacralizar el discurso, es la necesidad de verbalizar el mundo. Y lo digo en el sentido más mundano del término. Para hacer real la vida, un sentimiento, un temor, la vía más válida (la única útil de hecho) es la de verbalizarlo. Hacerlo presente, hacerlo cobrar forma más allá de nuestro mundo interno. Por eso el lápiz y papel tampoco son suficientes.

Cuando alguien comparte conmigo algún temor, ya sea a una enfermedad o a un abandono, siempre le insto a verbalizarlo claramente. Ha decir palabra por palabra aquello que teme, aquello que ya intuye. "Creo que tengo cáncer"; "Mi pareja está con otro". Cuando externalizamos aquello que vive en nuestra mente, nos damos cuenta del verdadero sentido de nuestra rumia. La soledad y el silencio son los mejores compañeros de la reflexión, pero sólo su verbalización los relativiza en la justa medida. Me gusta pensar en la comunicación como una manzana, o mejor aún, como el acto de comerse una manzana.

La manzana crece en el árbol, germinando bajo los rayos de sol, empapándose día a día, segundo a segundo, del sabor que brota de la tierra y fluye por la sabia. Su sabor se alimenta del sudor del labriego, del canto de los pájaros que habitan sus ramas. Del tiempo.

Sin embargo la manzana sólo tiene esa potencialidad de sabor. Es como la rosa del principito que, por miedo a ser devorada por el viento o los pájaros, vivía en una urna de cristal, alimentada sólo ella de su propio olor. La manzana, hasta que no se encuentra con la boca que la degusta, no sabe a nada, sólo tiene un potencial de sabor. Me gusta pensar que es del encuentro del que surgen las cosas. Que sin encuentro no hay sensaciones.

Aunque el discurso que quería hacer hoy no aspiraba a tener implicaciones-pseudofilosóficas-de-hormiga-bajo-lupa. Quería quedarse mucho más aquí, en el terreno de los lugares comunes que todos compartimos. Quería hablar de la necesidad de nombrarla, de la necesidad de hacerla presente. Quizá uno de los mayores indicadores del amor sea, precisamente, la necesidad de nombrar a la otra persona. Es como si de alguna manera intuyéramos que nuestras palabras, en contacto con el aire, vuelan hasta su oído, y la mecen. Porque las palabras dichas con dulzura son como mecedoras, te llevan como una brisa de aire fresco.

Verbalicemos el mundo, y sus habitantes.

lunes, 11 de mayo de 2009

días de blog

Hay días que parecen pensados para escribir en un blog, o en un cuaderno de notas, o en una hoja en blanco destinado siempre a la misma persona, que se acumula en el cajón de cartas nunca expeditas. Hay días en los que te gustaría sacarte los ojos y exprimirlos como dos limones cuajados, llorarlos con tanta fuerza hasta que corran ríos de lágrimas por las calles de la ciudad. Y no es que intentes una vez más ser esa hormiguita que a través de su blog, de su cuaderno o de su hoja intenta agrandar su figura con improvisada lupa (ya que, en función del ángulo, la lupa puede agrandar una imagen o quemarla), es sólo que realmente hay algo por dentro que lucha por salir a la superficie. En esos días las entradas son honestas, son para ti. Son esos días en que algo pesa en la garganta, los párpados parecen más espesos, las nubes están más bajas y los sonidos llegan como amortiguados.

Esos días de blog ya he aprendido a reconocerlos, e incluso a amarlos (quizá no aún a desearlos). Hay que intentar gozárselos en la medida de lo posible: nos recuerdan que estamos vivos y que somos capaces de sentir de mil maneras distintas. Y no es poesía ni amaneramiento, es la constatación de la crisálida que llevamos dentro.

En estos días, he de admitirlo sin tapujos, me gustaría estar enamorado (en el sentido clásico de la palabra).

lunes, 27 de abril de 2009

reflexiones

Hoy estaba limpiando un poco mi agenda de contactos de facebook cuando he visto la foto de perfil de un viejo amigo mío. De hecho, de uno de mis mejores amigos de la época del instituto (probablemente "el mejor"; qué época ésa de las clasificaciones de amigos de mejor a peor...). Me ha sorprendido que estaba al volante de un deportivo descapotable de color azul metálico. Y no es que me haya sorprendido el coche, ni sus pintas de chulo, ni constatar el hecho de que nos hacemos viejos y acomodaticios. Me ha sorprendido el hecho de que todavía me sorprenda. Y siguiendo con esta redundancia, me ha sorprendido gratamente.

Ya habréis visto en esta página esa tira de Mafalda en la que salen unas personas respetables recordando los viejos tiempos en que querían cambiar el mundo ("¡Sonamos, muchachos!"), y bueno, ya en su día hice un comentario al respecto. Lo que me ha gustado saber es que el Sábado había 18 personas en mi casa tomando una copa -la mayoría desconocidos los unos para los otros, y yo "malconociendo" al 90% de ellos-. Que mi cuenta corriente tiende a los números rojos tras el primer palo de Hacienda, aunque ni hipotecas, ni coches, ni motos ni tan siquiera bicicletas en propiedad me avalan. Que cuando ayer unas chicas italo-argentinas me preguntaban dónde me veía dentro de veinte años la única respuesta que acertaba a dar con coherencia era: "¿muerto?". Que esas chicas estaban durmiendo gratis en mi sofá por solidaridad viajera. Que aún no sé dónde están los restaurantes de Córdoba pero las tasquitas empiezan ya a localizarse fácilmente. En fin, no sé, que es que ni siquiera sé qué pienso respecto a todo esto. Mi hermano dirá que es un intento más de mantener el chicotismo, o la enésima versión de "me voy al pueblo", pero la verdad es que vaya usted a saber qué gaitas puede ser todo esto.

La cosa es que espero distar mucho todavía de ese tipo de fotos como la que hoy se me quedó clavada en la retina.

martes, 24 de marzo de 2009

inecuaciones

Todos saben que me encantan los neologismos. Inventarlos, modificarlos, descubrirle nuevos significados, y sobre todo adoptar los que me regalan los compañeros de viaje cuando me ayudan a explicar algún sentimiento interno que late dentro de mí. Luego, al intentar superar ese vano intento de compartir mundos, cada una de estas palabras o impresiones creo que en realidad me aleja más que acercarme a algún tipo de comunicación. Pero son inevitables para estructurar mi mente, para continuar dejándolo todo bien etiquetadito (que diría Liz Norton), para intentar superar de hecho esas inecuaciones.

Creo que uno de los mayores problemas con el que nos encontramos muchas de las personas que compartimos este espacio virtual es que, nos guste más o menos, habitamos dentro de la contradicción. Entre nuestro yo ontológico y deontológico hay saltos demasiado profundos, a veces demasiado insalvables, y esa inecuación, ese desajuste, es el que nos hace vivir siempre en la zozobra.

Entre el ser y el deber ser (o quizá sería mejor decir el "querer ser") es inevitable que haya saltos e irregularidades, que haya lo que acá llamo inecuaciones o desigualdades. Las más de las veces debido a que el juicio deontológico no está empapado de contexto, y si no se reflexiona en profundidad, corre el riesgo de quedar en un pensamiento utópico o soñador que no creará sino insatisfacción.

Pero intentemos hacer el discurso más mundano, más comprensible. Por ejemplo en mi caso particular tengo el extraño capricho de valorar de manera muy placentera el hecho de tener una biblioteca completa. Me gusta poseer los libros. Podría decirse que soy un consumista de libros, pues su sóla tenencia, el hecho de poder acariciar el lomo u oler sus páginas y sentirlo como mío, para mí tiene inmenso valor. Aparte habría que aclarar que los libros para mí acaban siendo compañeros de viaje, y así Perú estará siempre ligado a Rayuela, Chiloé a Los detectives salvajes, Roma a City, o Bolivia a Los premios. Y que luego quizá puedo ir por ahí regalándolos a amigos para que compartan conmigo el sentimiento que su lectura me produjo. Pero incluso con estos matices el hecho es que soy un consumista de libros, pues incluso en ese acto de regalarlo descansa el hecho de la posesión previa, de dar algo que es "mío".

Este consumismo choca con mi pensamiento deontológico de que realmente los libros que leo deberían venir de los estantes de una biblioteca. Con ello, se reduce el consumo de papel, me desprendo de una de esas molestas posesiones materiales que tanto limitan mi movilidad a la hora de trasladarme de ciudad o país, reduzco mi gasto en cosas materiales privadas que podrían ser colmadas con bienes materiales públicos (he ahí las bibliotecas), y es más, si todo el mundo participase de esta cultura de la biblioteca y la lectura pública, el diálogo entre lectores sería mucho más enriquecedor y espontáneo (estoy imaginando inmensas bibliotecas con espacios públicos para leer y compartir, en las que la búsqueda de un libro sea aconsejada y compartida por compañeros de lectura).

La inecuación está pues servida. Dentro de esas dos preferencias, una siempre pesa más que la otra, y es la que en último término me lleva a actuar como actúo: comprando libros compulsivamente o llevándome a entrar en toda librería que encuentro en las ciudades por las que viajo. Pero lo indeseable no es que exista esa inecuación (que en sí es sana: no hay nada más terrible que un pensamiento lineal y unívoco, y como bien nos enseñan el Ying y el Yang, en el corazón de todo negro Yang late al menos un punto de blanco Ying), lo punitivo para mi persona es que no puedo evitar ver siempre las dos caras de la realidad. Así pues, entro en ese círculo de acabar comprando los libros, y luego sintiéndome mal por el gasto realizado y la traición a ese espíritu público de la lectura.

Esta entrada trataba de explicar (de explicarme) cómo salir un poco de esa situación de zozobra. Y creo que la única forma de escapar de esta inútil sensación de malestar constante por muchas de las cosas que hago es hacer una reflexión interna y ponderada sobre cuál de los dos lados de la inecuación es efectivamente el que más pesa. Y una vez establecido esto (porque por ejemplo con los libros no se ha producido esa verdadera reflexión, sino que simplemente los compro sin pensar mucho cuánto valoro cada lado de la inecuación), intentar olvidar la otra parte de la desigualdad, o al menos no atormentarme con ella.

En una próxima entrada daré otra vuelta de tuerca para llegar al lugar que realmente pretendía alcanzar desde un comienzo, para hablar de la más importante de las inecuaciones con la que yo, y muchos de los que compartimos estas líneas, convivimos a diario: la diferencia entre lo urgente y lo necesario (aunque hablar de esto acá me obligue a buscar otro discurso para cuando hable en la boda de Jes -porque voy a tener mi speech, jijiji- pues en principio quería centrarlo en esto).

lunes, 23 de marzo de 2009

se acerca la visita diez mil

Así que ya sabes: si eres el visitante 10.000, te enviaremos a tu casa una pata de jamón, con su cuchillo jamonero y "to sus cosicas". ¡Listo para disfrutar! Ánimo y... ¡SUERTE!

huevos kinder

Hoy, escribiendo un correo a un buen amigo, se me ocurrió esta idea (que no sé cuan novedosa pueda llegar a ser), que para mí se convertirá en un nuevo neologismo que me acompañe por mi viaje. Por cierto que, como diría Homer Simpson, hay "patente pendiente" para una entrada sobre este tema de los neologismos, pero no acabo de verle la cuadratura al círculo.

Pero hablemos de la idea que me vino hablando con mi buen amigo Jorge. Hablábamos de cómo las imposiciones formales no pueden luchar contra aquello que materialmente somos. Que lo externo difícilmente alcanza a modificar lo innato, pero que a pesar de ello me parece legítimo -y necesario en la mayoría de circunstancias- plantearnos esas imposiciones formales para remodelar algo que, aunque innato, ha sido igualmente "insinuado" de forma inconsciente. Como ejemplo, le ponía mi decisión de no ver televisión, a pesar de la satisfacción instantánea que nos produce (como bien decía Cortázar y así está en mi blog: la satisfacción perruna de lo cotidiano). Y tirando de ese hilo de la televisión, me dio por pensar que nuestra esencia está viciada por esa caja tonta que, ya desde niños, nos muestra niños felices abriendo un kinder sorpresa, cuando pagaría un millón de euros a aquel niño que haya jugado más de 10 minutos con el regalito que le salió del huevo...

Y es que ésa es la felicidad del consumo kinder sorpresa en el que vivimos: una felicidad perecible, pasajera, que se agota en sí misma.

A mi regreso a España me ha sorprendido enormemente observar que el 90% de las cosas que compramos no nos satisfacen la necesidad para la que teóricamente fueron pensados. Me explico: nadie compra hoy día un coche para satisfacer su necesidad de transporte, sino porque es más rápido o más bonito que el anterior. El nuevo coche no colma la necesidad para la que fue ideado un coche, sino que nos da status, reconocimiento, o incluso el simple placer de la compra. Kinder sorpresa.

Lo mismo ocurre con los televisores, la ropa, los muebles, los electrodomésticos, los ordenadores o reproductores de audio. Porque ya estamos en el nivel en que todas esas necesidades están más que satisfechas, y el consumo se convierte en algo meramente suntuoso.

Aquí entramos en la generación kinder sorpresa. Como el consumo ya no satisface necesidades básicas, como ya no satisface la necesidad para la que fue concebido, el bienestar que nos produce nace y muere en el propio acto del consumo. Nos gusta ir a comprar. Ir a la tienda, mirar los diferentes iPod, los colores, tamaños, texturas, nos gusta imaginarnos con él en casa, nos gusta imaginarnos comprándolo, nos gusta pensar que abrimos el huevito del kinder sorpresa. Luego, cuando lo abrimos, cuando lo compramos y lo llevamos a casa, nos damos cuenta de que, en esencia, hace lo mismo que nuestro viejo reproductor de MP3: música de forma móvil. Ahí es cuando vemos las aplicaciones, jugamos a los jueguitos que trae, lo enseñamos un poco (aunque en verdad todo el mundo tiene su propio huevito kinder, así que ni atención despierta), para al final darnos cuenta de que, a fin de cuentas, lo que hace es volver a satisfacer una necesidad ya satisfecha: música de forma móvil.

Cuando el consumo nace y muere en sí mismo. Cuando el acto de consumir es abrir el huevo, ver que dentro hay un avioncito y volarlo 5 minutos antes de encerrarlo en un cajón, para luego volver a desearlo de nuevo y repetir el proceso con un nuevo kinder sorpresa, es para darnos cuenta de que hay algo que falla en todo esto. ¿Estaremos a tiempo de cambiarlo?

jueves, 19 de febrero de 2009

ternura

Me da ternura pensar en ciertas ciudades y sentir que algo me recorre la barriga o, como diría Sohad, me hace sentir mariposas en la guata. No sé porque me ha despertado esta ternura pensar así, con tanto cariño, en las calles empedradas de Roma, en las nubes de Lima, en las bicicletas de Padua, en Victor Jara y en Allende unidos para siempre a Santiago. Es lo hermoso de vivir en una ciudad, de pasar por ella como algo más que un turista. Es lo hermoso de partir de una ciudad, de llevarte de ella algo en el color de los ojos.

Una escena bastante cursi pero que siempre me ha conmovido de la película Forrest Gump es aquella en que Forrest está hablando con Jenny, contándole todo lo que ha visto en su triple travesía de los Estados Unidos, de costa a costa de ida y vuelta y come and back again. Ella le dice: "Me hubiera encantado estar contigo en todos esos sitios maravillosos". Y él le responde: "Estabas, Jenny".

El que viaja siempre lleva consigo a sus seres amados y luego, en un tapiz peruano, en una artesanía chilota o en su sonrisa más luminosa, les lleva parte de aquello que ha vivido, que ha experimentado. Me da ternura pensar así, me ayuda a marcharme con una sonrisa, mirando hacia adelante confiando en sumar nuevas ternuras tras ese recodo, al final de esa colina.

lunes, 16 de febrero de 2009

cien días (cien días después)

El y ella se conocieron de una extraña manera, “¿tú también eres extranjera?”, “soy palestina, aunque nací en Ecuador y desde los 2 años estoy viviendo en Chile”, “vaya, imagino que detrás de eso habrá una historia muy interesante; o tremendamente triste”. Intercambiaron sus correos y pronto comenzaron a hablar por messenger. La primera vez que coincidieron ella tenía junto a su nombre una frase de Sabina: “y cuando vuelves hay fiesta en la cocina”. Nada sabían en ese momento que esta canción podía ser la banda sonora de su relación. El incluso la utilizó para hablarle de los conciertos que todos los Martes hacían de Sabina en La casa en el aire. “Algún día te llevaré conmigo a escuchar a Sabina”, soñó. Nunca la llevó, pero a los pocos días él la llamó por teléfono para hacerle escuchar “Y sin embargo” desde las 4 y 10. Quizá ahí fue cuando a ella se le enterneció el corazón.

La primera vez que se vieron no sabían bien dónde mirar. Ya empezaban a gustarse, y él tímidamente le regaló un cubo de rubik que en vez de colores contenía versos, que cuando ella los giraba, creaba poemas dadaístas llenos de significado. Y se fueron juntos a las 4 y 10, a conocerse, a sonreírse, a enamorarse. Las manos comenzaron a tallar, y aunque quizá alguien cantaba Fito, él sólo tenía ojos para ella. Luego ella lo invito a carretear, y acabaron bailando juntos hasta el amanecer en un after situado entre París y Londres. Todo se parecía demasiado a esa canción de Ismael Serrano: él también vino del norte, y el destino trágico ya empezaba a tejerse. Pero ellos nada de esto sabían en esos primeros y tímidos pasos. El incluso intentó besarla esa primera noche, aunque ella le recordó que no permitiría que la velocidad de la satisfacción impidiera el nacimiento del deseo.

Poco a poco comenzaron a frecuentarse. En la casa de él, en algunos cafés de Santiago, en la librería que ella a veces atendía. Se entregaron al placer de conocerse, con el miedo de saber que cada día que pasaba era una cuenta atrás hacia el momento de su separación. Cada segundo juntos representaba el placer del amor compartido, y el dolor de un suspiro menos en la inevitable cuenta atrás. Como dos trenes que corren por la misma vía en direcciones contrarias, el único destino posible era encontrarse y explotar. Y justo a los cien días, se produjo el choque de trenes. Las contradicciones pesaban demasiado en el corazón, y el amargo placer unido al dulce dolor, se convirtieron en un amargo dolor.

Lo cómico es que quizá por el mismo esfuerzo podía haber resultado un dulce placer: bastaba con hacer el cambio de agujas en el momento justo para evitar la colisión, y recorrer juntos el camino. Sin embargo ese momento nunca llegó, o ellos lo dejaron pasar, y el humo del choque se expandió como un velo. Pero a nosotros nos gusta pensarlos de otro modo. A nosotros nos gusta pensarlos detrás de un rumor, mientras juntos hacen correr una máquina a vapor que se aleja por una de esas vías fantasmas que atraviesan Chile, marcando su destino, reinventándolo a cada segundo, a cada suspiro.

los caminos de la vida

Cantaba Violeta Parra: gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Y nos recordaba Silvio: lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida. Y sí, la vida está llena de luces y de sombras, de espacios y vacíos, de esperanza y de frustración. Y siempre es más fácil hablar de la cara mala de la vida.

A veces pienso que quien pudiera leer estas páginas sin conocerme pensaría que soy una persona melancólica, una persona que vive con la tristeza que da vislumbrar el fin del camino. Sin embargo no es así. Saliendo un poco del personaje que adopté en estas líneas, en verdad creo ser una persona que se carecteriza por disfrutar del viaje más que por obsesionarse con la meta.

Lo que pasa es que a veces los procesos de la mente son difíciles de entender, y desde luego mucho más difíciles de explicar. Por ejemplo, hace más de tres meses que sé que regreso de Chile a España, que sé que dejo atrás toda esta vida que gramo a gramo he ido construyendo. A eso hay que sumar que en este periodo he despedido a no pocas personas, y he visto como efectivamente esa fecha de partida que mientras no llega parece siempre lejana, al final acaba haciendo acto de presencia. He hablado con mi familia y amigos, organizado y preparado el regreso, y sin embargo me ha pasado algo totalmente curioso.

Y es que a pesar de las despedidas con amigos que por viaje o decisión no podrán estar conmigo en mis últimos días, a pesar de estar buscando ya piso para mi siguiente etapa en Córdoba, a pesar de tener ya mi sustituto en el trabajo y en la casa esperando, a pesar de tener el billete comprado e impreso, la primera vez que he tenido conciencia de que me voy ha sido totalmente casual.

Estaba hablando por teléfono con mi amigo Fernando cuando, para despedirnos al saber que ese día no nos veríamos, le he dicho: "bueno hombre, pásalo bien esta tarde y mañana me cuentas". Justo tras esa frase hemos colgado el teléfono y algo ha saltado dentro de mí. Esa explosión de cotidianeidad me ha hecho ser plenamente consciente, como no lo había sido hasta ahora, de que realmente este micromundo acaba en dos semanas. Y rumiando esta conciencia (o esta presciencia que diría Marías) me he quedado un rato sentado con el teléfono en la mano.

Lo que quería con este ejemplo no era alumbrar una nueva muestra de tristeza. Era intentar explicar cómo la mente funciona a veces de forma caprichosa. Lo mismo me ocurre al escribir en esta bitácora: si la idea que me late dentro tiende a algo -la dicha, la alegría, la felicidad-, quizá al plasmarla en palabras da un giro y queda acá reflejada de otra forma. Y eso, estoy aprendiendo a darme cuenta, es inevitable.

Realmente no sé cómo etiquetar esta entrada (algún día tengo que explicar lo de las etiquetas de este blog). Creo que en el fondo es un intento de explicarme a mí mismo como escritor, o al menos como redactor de este espacio virtual. Así que de esta manera quedará reflejado.

jueves, 12 de febrero de 2009

muera el perro

Cortázar ha muerto. Viva Cortázar.

Hoy se cumplen veinticinco años de la muerte de un mago de las letras. Julio Cortázar nació y vivió a caballo entre dos mundos. París, y Buenos Aires. Jazz, y tango. Europa, y Latinoamérica. Si uno lo vio nacer, otro lo vio morir. Cuando en uno se atrevía a aseverar, el otro lo veía dubitar. Y así se movió este coloso de casi dos metros y erre arrastrada que hasta el día de su muerte gozó de una salud inquebrantable.

En sus libros nos legó todas sus inquietudes, sus dicotomías, las incertezas que pueden conducir a alguna verdad pero en cuyo camino es fácil extraviarse. Nos dejó un mundo de personajes cotidianos pero inverosímiles. El improbable Gregorovius de Rayuela, el astral Persio de Los Premios, sus Cronopios y Famas danzando por un mundo tan parecido al nuestro, por no entrar en los lugares comunes de Oliveira, Morelli o La Maga. El propio Cortázar fue uno de sus personajes -de esos de carne y hueso pero difícilmente reconocibles en la monotonía del día a día- en Los autonautas de la cosmopista.

Hablar de Cortázar es hablar de literatura con mayúsculas, pero también de vida, de compromiso, de intimidad. Conocida es su extrema timidez y la distancia que intentaba tomar con un mundo que no estaba preparado aún para recibirlo.

Ahora, a veinticinco años de su muerte, cuando por fin alcanzó el reconocimiento que nunca quiso ni pretendió, quería dedicarle unas sencillas líneas para agradecerle todo lo que me ha dado.

Que tus líneas me acompañen por muchos años más.

miércoles, 28 de enero de 2009

imágenes o su ausencia

Acabo de darme cuenta de que desde mi entrada de fecha diez de Noviembre de dos mil ocho no hay una sóla entrada acompañada de imágenes. Es curioso este rechazo a plasmar las impresiones más allá de la letra escrita -que dicho sea de paso está empobreciendo sobremanera la ya dudosa estética de este blog-. Quizá algún día me decida a enriquecer retrospectivamente algunas entradas, lo que convertirá esta entrada en obsoleta para quien hoy la lea, y en incomprensible para aquellos que han de venir por estas latitudes. Qué curioso.

del "ya pa' qué"

Hace casi diez meses -el tres de abril del año pasado-, escribí en este blog una entrada que se llamaba "de la necesidad de tener un tocadiscos". En ella hablaba de cómo la temporalidad, de cómo la fecha de caducidad en una estadía, condiciona todos tus actos al principio y al fin de la misma, sólo pudiendo ser ignorada cuando en el medio nos dejamos llevar por una alegre cibernética.

Ahora vuelven esos días del "ya pa' qué", esos terribles días del fin de una era. Y me entristece ver cómo afecta de nuevo a mis decisiones, a mis actitudes, a mis sensaciones incluso. Se me había olvidado ya esta sensación que mi amigo Alberto definiera en Perú con escatológico acierto: "pa' lo que me queda en el convento me cago dentro".

Pido disculpas a todos aquellos que se están viendo afectados por este estado no tan transitorio del alma humana.

domingo, 25 de enero de 2009

ciento tres

He estado al alcance de todos los bolsillos, porque no cuesta nada mirarse para dentro.

Creo que ésta es la primera entrada que escribo sin tener una mínima idea de lo que quiero escribir, y es que realmente no quiero escribir sobre nada, simplemente quería teclear algunas líneas, aquí, al final de tantas cosas. Pronto empieza una nueva etapa y, como mencioné hace meses, se perfila como la primera de las etapas del fin de las dilaciones.

De las paredes de mi cuarto en Chile penden frases que me gustan, frases que para mí han querido o aún quieren significar algo. En la mayoría de ellas van apareciendo ya frases, guiños, recuerdos y abrazos de los amigos. Juan y Jesús piden conmigo la voz y la palabra, muchos se unen a la guerra del quiero contra el puedo, y otros tantos me recuerdan que se hace camino al andar. A Jessi le duele Latinoamérica, a Patri el viento que no nos acerca a puerto alguno si no conocemos nuestro rumbo. Y Jorge me acompaña al gritar que caminando fuimos lo que somos.

Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían.

Me he acostumbrado a vivir con una inacabable ansiedad dentro del pecho. Unos dicen que aquí, otros dicen que allá, y sólo quiero reír, sólo quiero cantar. ¿Dónde estaremos dentro de quince años? ¿Qué quedará del que hoy teclea estas líneas? ¿Qué quedará de ti, de mí, de nosotros dos, de todo aquello que un día como hoy nos unió y te hizo leer estas líneas con excitación? ¿Seremos sólo unas sombras que danzan en la irrealidad del recuerdo, en una foto en gastado papel amarillo? Seremos esa película que compartimos, esas líneas que a media luz te di a conocer, esos poemas de Sabines leídos a las cinco de la mañana con un ron en la mano entre el humo de un cigarro, seremos esas bragas con cerezas tumbadas al pie de mi cama, seremos Londres-Madrid-Roma-París-Santiago y todos los demás viajes que compartimos, seremos los desencuentros que nos recuerden el que aquel día tuvimos.

El derrumbe de un sueño, algo hallado pasando: resultabas ser tú. Una esponja sin dueño, un silbido buscando: resultaba ser yo.

lunes, 19 de enero de 2009

una nueva despedida

Hoy se vuelven a España dos de mis mejores amigas acá en Santiago. Y a la vez, para hacerlo aún más difícil de llevar.

Esto no deja de recordarme que realmente somos gente enferma, aferrados a esta vida de encuentros y desencuentros: la vida de la intensidad de lo fugaz, de la llama que de tan breve abrasa, por condensada. Pero es la vida que para bien o para mal hemos elegido. La rueda da un nuevo giro e Ismael sigue navegando.

Pronto seré yo quien me vaya de esta ciudad, dejando atrás la que fue mi-primera-casa-fuera-de-mi-casa, el que fue mi primer trabajo, dejando atrás Chile, toda esta Latinoamérica que a partir de hoy me dolerá un poco más. A la rueda rueda, la vida sigue girando.

Estoy triste. Y compartir la tristeza nunca me ha parecido deshonesto. Es un sentimiento que nace y muere en uno, que no provoca rechazo ni admiración (hadmiración), quizá una tenue lástima que se olvida apenas perdemos de vista al apesadumbrado.

Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, que decía el poeta.

martes, 6 de enero de 2009

30/12/2008 - mate, tabaco y conversación

13:55

Estas serán probablemente las últimas líneas que escriba en este cuaderno de viaje. Y no porque el viaje esté llegando a su fin, ya que quedan aún cinco días en el centro de la pampa argentina, sino porque al igual que Bolivia fue un viaje de introspección, el del norte de Argentina está resultando un crisol de viajeros, experiencias y charlas nocturnas.

Ayer acabamos cuatro viajeros compartiendo un mate, tabaco de liar y charlas, que transitaron desde el Islam hasta la homogeneización cultural. Ahora, en San Luis, el lugar en el mundo de Mario Domenici, me encontraré con Patri y con Jessi, y probablemente los momentos de reflexión solitaria perderán espacio, a la vez que lo gana el de mundos y experiencias compartidas.

Por ello es probable que éstas sean las últimas líneas del viaje.

O no...

29/12/2008 - y se armó un buen truco

11:38

Purmamarca es un pueblo tomado por los viajeros. En sus calles transitan decenas de personas con sus mochilas a la espalda. Juegan al truco en las cafeterías, o comen sentados debajo de cualquier arco. La vida se vive a otro ritmo, el reloj -donde lo hay- está detenido o nadie lo mira. Purmamarca es un pueblito de calles sin adoquinar, rodeado por toda una serie de colinas multicolor. Lo llaman la montaña de los siete colores.


13:18

Demasiado bueno. Tomando un descanso en una cafetería de Purmamarca, poco a poco se fue llenando de viajeros que, viniendo de todas partes y yendo a cualquier parte, empezamos a relatarnos los curriculum nómadas. Entre consejos, recomendaciones e intercambio de experiencias, se armó un truco. Bruno, rosarino; Tomás, porteño; Natalia, cordobesa; y yo, el español, el gallego. Las mesas de alrededor poco a poco también se fueron calentando, y nuevos trucos, algún chinchón o hasta la brisca empezaron a dar un aire de timba al local.

Compartiendo un mate y unas risas, llegó y se fue mi bus. Corriendo por las calles embarradas tuve que ir a detenerlo, y acá dentro estoy ahora, arrepintiéndome un poco de no haberme quedado más tiempo y haber dejado que perdiera el bus.

También ayer tuve un encuentro maravilloso. Conocí en un ciber a Antonio y Estefi, una pareja española que vive actualmente en Buenos Aires. Desde el principio nos estuvimos simpáticos, y decidimos ir a cenar juntos. En el bar un grupo tocaba músicas del norte, y cuando la noche fue pasando y ya la botella de ron tocó la mesa, empezó la verdadera fiesta.

Acabamos en casa de uno de los músicos, compartiendo un damajuana de vino y chupitos de picor de durazno en el tapón de la botella. Resultado: abrazos de amistad y alguna vomitona. También me hubiera gustado quedarme un tiempito más.

Para cerrar el círculo de encuentros memorables, hoy en el bus de Humahuaca a Purmamarca conocí a Mirek, un checo de sesentaycinco años que comenzó su vida nómada al huir del comunismo con diecisiete años. En inglés fuimos compartiendo historias y experiencias, un análisis de la Cuba castrista, y algo más. También me he planteado seguir en el bus hasta Jujuy para continuar la charla.

Tres encuentros, tres historias, tres bellos recuerdos más en la mochila. En los tres me hubiera gustado detenerme más tiempo. Pero como siempre, Ismael sigue navegando.

28/12/2008 - la argentina

12:44 (hora argentina y hora chilena)

Bajo el sol de la Argentina más andina, compruebo que realmente Buenos Aires queda a miles de kilómetros. En Humahuaca, rodeado del verdor de los cactus, el marrón de la quebrada y el azul del cielo, el estallido de color, la calma y el aire puro me reconfortan tras tantas horas de viaje.

Hoy será un día para la calma. Humahuaca invita a pasear y a sentir, con un ritmo que me recuerda a San Pedro de Atacama.

Me gusta estar aquí.


13:55

Sentado en un bar con muchas moscas y poco turista, después de haber comido un plato de más arroz que cordero (que diría Alonso Quijano), sentado delante del medio litro de Norte Blanca (que no la porteña Quilmes Cristal), escribo ya medio borracho estas líneas. Tomando cervecita a gusto, lo suficiente para tomarle el puntillo a una buena siesta, y disfrutar de un día de descanso físico y mental tras el agotador viaje por Bolivia.

lunes, 5 de enero de 2009

27/12/2008 - el cerro "rico" de potosí

08:30

Me he dado cuenta de que cada día escribo menos en este cuaderno y que, al igual, mientras en los primeros cuatro días apenas si leí cincuenta páginas de "Los premios", en los últimos cuatro he devorado las otras trescientas. Era algo esperable: sabía que tarde o temprano me atacaría la honestidad, y el viaje daría un giro introspectivo, hacia dentro.

Hoy he contratado un tour por las minas del cerro Rico. He hecho dos cosas que no quería hacer: participar en un tour de agencia, y hacer turismo de la pobreza y la explotación. Sin embargo, por fortuna (o no) me ha llegado en un momento del viaje en el que puedo hacerlo sin sentirme demasiado deshonesto conmigo mismo.

Sé que lo que voy a ver me va a dejar marcado, pero creo que por eso mismo tengo necesidad de hacerlo.


12:45

Es difícil escribir sobre la que probablemente haya sido una de las experiencias más intensas de mi vida, pero quiero intentarlo, quiero poder volver a este recuerdo no sólo en mi mente, sino en estas líneas que de cualquier manera ya sé que no van a alcanzar.

Creo que jamás hubiera soñado con una experiencia similar, ya que las únicas dos personas de la visita eramos el guía y yo. Willy es además un antiguo trabajador de la mina, cuyos ascendientes han sido siempre mineros, y para él volver a la mina y explicarla es un placer más que un trabajo. Habla del cerro y de los mineros con una humanidad y un respeto que no se pueden suplantar.

Antes de entrar, rezó en quechua al tío, que es el diablo que mora en el mundo bajo la mina, y al cual se le honra cubriéndolo de coca, bañándolo en alcohol y compartiendo con él un cigarro. La mina es húmeda, cálida, y puede ser una trampa mortal para aquel que no la respete. Por eso hay que respetar y honrar al tío, porque aquello que le demos será lo que recibiremos.

Adentrándonos en la mina la oscuridad lo envuelve todo. Vamos a compartir su descanso con Don Gregorio y su hijo Hugo, que en quechua hablan con Willy de las dificultades de los últimos tiempos, de que el cerro se agota, y compartimos el alcohol y la hoja de coca regando a la Pachamama antes de cada trago.

Y es que la Pachamama también puede darnos o negarnos todo. La Madre Tierra es celosa, por eso la mujer del minero no puede entrar en la mina, porque la Pachamama exige fidelidad dentro de sus dominios.

En el cerro Rico no existe el comunitarismo que había pensado. El minero de a pie, el que cada día desciende a las entrañas del cerro jugándose la vida y la salud, es absolutamente solidario con sus compañeros. Pero la mina no pertenece a ellos. La mina pertenece a distintas cooperativas de las que sus socios nunca bajaron a la mina, pues la calidad de socio es hereditaria. Eso, y la reciente bajada del precio de los metales, hace cada vez más difícil la vida del minero. En la actualidad, el minero ha de pagar por los propios materiales que emplea para horadar el cerro: dinamita, agua, comida... Del metal que extrae, retiene para sí el 50% y da al patrón el otro 50%, luego si un mes no encuentra una veta de metal, su sueldo neto es negativo por el gasto en los materiales.

Con una jornada laboral de diez horas en unas condiciones insalubres e infrahumanas, el sueldo medio del minero de prospección es de cien dólares mensuales, y el de los carretilleros apenas de treinta o cuarenta. Un patrón promerdio, con treintaycinco trabajadores a su cargo, gana en torno a los tres mil dólares al mes.

El gobierno boliviano de Evo Morales intentó la nacionalización de la minería, pero al día siguiente de su anuncio se paralizó toda la industria, el comercio, y el transporte en Bolivia. Los patrones, bajo amenazas de despido, obligaron a los mineros y a sus hijos y familiares a manifestarse contra la nacionalización. La prensa, dominada también por los mismos capitales, abrió titulares con la oposición de los propios mineros a la nacionalización. Y así se mueve la mano invisible.


13:27

El viaje dentro de la mina sigue, como seguirá dentro de mí al lado de Julaca, del taxi de Paracas, de la niña de Barranco, de tantas otras cosas...

¿Por qué me siento deshonesto hablando de esto? El otro día lo entendí hablando con Jorge y con Patri en mi casa. Jorge nos contaba algunas de sus experiencias trabajando con los niños de la calle en Santiago. Mientras lo escuchaba no dejaba de pensar cómo podía contar todas esas historias sin sentir que se estaba vistiendo ante nuestros ojos con un halo de santidad. Lo escuchaba contar todas esas historias y sentía que él si lo hacía con honestidad, con sinceridad, y no dejaba de preguntarme por qué yo sería incapaz de hacerlo.

Finalmente lo entendí; él puede contar con total honestidad todo lo que hace porque lo que hace es bueno, es puro. O lo que es lo mismo: sirve para algo. Nada de lo que yo hago sirve absolutamente para nada, al menos para apaciguar algo del dolor que hay a mi alrededor. Lo único que alcanzo a hacer es lamentarme de mi inacción en estas líneas, con este boomerang ontológico destinado solamente a darme por artificio algo más de humanidad. No hago nada en mi vida por mejorar la de aquellos que me rodean.

Pero todo esto va a cambiar en Marzo. Cueste lo que cueste y dañe a quien dañe, a partir de Marzo se acabaron las concesiones y las prórrogas. Ya basta de esta contradicción interna, de este movimiento inmóvil de la mente. Ya basta de tanta mierda.

sábado, 27 de diciembre de 2008

26/12/2008 - el verdadero altiplano

16:28

A más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, me recibe Potosí, con sus callejas coloniales, la sombra de su Cerro Rico, y el más absoluto contraste entre opulencia y miseria dentro de una ciudad.

Tras cuatro horas de un viaje demasiado hermoso entre Sucre y Potosí, encuentro un alojamiento, y a esta intempestiva hora por fin puedo sentarme a almorzar. Fuera, me espera la ciudad que tan bien describiera Galeano como cuna del imperialismo y del capitalismo occidental. Una ciudad que llegó a ser la más poblada del planeta hace cuatro siglos, y que aún hoy sufre las consecuencias del expolio de toda su riqueza natural.

Potosí cometió un crimen: tener en su Cerro Rico una cantidad tal de plata que bastaría para construir un puente desde acá hasta Madrid. De esa condena, sólo quedan los restos que el tiempo o los saqueos no pudieron calcinar: las iglesias, las casas coloniales, los lujosos patios y claustros. En ellos ahora se hacinan quienes aún tratan de extraer algún metal de las entrañas de su cerro, para deleite de las cámaras fotográficas de los turistas.

Ahora voy a tratar de comer algo, y de recuperar un poco del oxígeno que tan escaso resulta en estas alturas.

25/12/2008 - un rinconcito de andalucía

12:37

Día de Navidad. Y yo, estando en Sucre, me siento tremendamente cerca de casa.

Y es que Sucre es lo más parecido que he visto en Latinoamérica a una ciudad o un pueblo de Andalucía. Sus casas están encaladas, justificando su apodo de "la ciudad blanca", y sus tejados son de teja roja. Estando acá me siento como cuando estuve en Arequipa: demasiada belleza para contenerla en una mirada, no mencionemos en una foto.

Si no fuera porque las mujeres y los niños visten y hablan según la tradición quechua, realmente pensaría que tomando un bus de dos horas podría estar en Sevilla, abrazando a los míos.

jueves, 25 de diciembre de 2008

24/12/2008 - plataforma (cochabamba)

10:14

Cochabamba. El que podría ser llamado el destino inicial de mi viaje por Bolivia. Hace años, en Cochabamba se declaró lo que en Bolivia fue llamado "la guerra del agua". Todos los servicios de agua fueron privatizados, dejando fuera del mercado de la higiene y del propio consumo de agua a millares de personas. Esta privatización supuso un escándalo a nivel internacional sobre hasta dónde podía llegar la irracionalidad privatizadora que ha contagiado a los gobiernos del mundo. Esta indignación internacional se tradujo a nivel personal en el deseo inspirado por mi amiga Daratea de llamar a nuestro futuro centro cultural "Plataforma Cochabamba".

Sin embargo, enclavado hoy aquí como desde hace años quise hacer, para nada encuentro aquello que esperaba. Y es que Cochabamba contrasta totalmente con la otra ciudad boliviana que hasta ahora conozco y que me ha cautivado.

La Paz es caótica, desmesurada, encaramada a las lomas de los cerros que la rodean. Una ciudad en la que no hay semáforos, en la que los puestos callejeros han tomado las aceras y las micros han tomado las calles, donde transitar es una odisea llena de color, olores y vida.

Cochabamba es una ciudad más ordenada, espacialmente distribuida por cuadras en un dibujo geométrico casi perfecto. Es una ciudad totalmente llana, con semáforos en cada esquina y aceras adoquinadas por las que se puede transitarse con suma comodidad. Apenas hay ruido, ni del claxon de los autos ni de los voceros de las micros que anuncian su ruta. Además, en esta ciudad donde se declaró la guerra del agua, hoy abundan las plazas públicas coronadas indefectiblemente por una irónica fuente.

Pero Cochabamba, para mí, es mucho más que eso. Para mí es un símbolo, una idea que arde con un fuego sordo del que nadie, ni siquiera la propia Cochabamba, podrá curarme.

Con la misma ropa de hace dos días, habiendo dormido poco y mal en un autobús, con las manos en los bolsillos de un abrigo sucio y el rostro quemado por el sol, paseo por sus calles, y sin embargo estoy paseando por mi idea de Cochabamba. Estoy paseando con Daratea por Plataforma Cochabamba, riéndonos de la ironía de esas fuentes que manan un agua años atrás vetada.


13:24

Me miro en el espejo, y tras tan solo cinco días de viaje ya me cuesta trabajo reconocerme. La cara sucia y quemada, la barba que crece libre y desordenada desde hace un par de semanas, la ropa sucia y grande, ojeras de cansancio y ojos vidriosos por la falta de sueño.

Segundo día consecutivo sin una habitación de hostal en la que tomar una ducha o un descanso de este inclemente sol. Las horas se paladean y se reconocen. Hoy llegué a la estación a las siete de la mañana y asistí a todo el amanecer y despertar de una ciudad, y a cada minuto que pasa a Cochabamba le crece el caos, la confusión y el ruido. Imagino la ciudad como un corazón que late al ritmo de un latido cada 24 horas. La gente y sus vidas son la sangre, que tras el batido al amanecer comienza a fluir por las venas, que son las calles. Conforme la sangre recorre todo el cuerpo, poco a poco se repliega de vuelta hacia el corazón, a la espera del nuevo latido que traerá el próximo amanecer.

Así, hay ciudades jóvenes cuyo corazón late con una fuerza descontrolada, como Barcelona. Existen ciudades adultas, en la plenitud de su existencia, como París. Y ciudades viejas, con el ritmom pausado que le concede la experiencia, como Roma. Aunque Roma se reinventa cada ciertos años o siglos, quizá como los Rolling o Madonna.

Cochabamba es una ciudad joven, quizá la ciudad más prospera de Bolivia, o quizá es que es sólo la menos boliviana que hay junto a Santa Cruz, esa falsa ciudad brasileña a orillas del altiplano.


16:38

Sabía que antes o después iba a acabar sentado en una acera llorando. Sé también que con el tiempo me voy a sentir tremendamente deshonesto habiendo escrito esto, pero sé también que necesito hacerlo.

He sido totalmente injusto con Cochabamba. Ahora, sentado en su plaza, todo el viaje ha cobrado algo de sentido. En el centro de la plaza, un grupo de hombres discute sobre la religión. "Dios vino a salvar al pueblo judío, no a nosotros". "Yo no creo en Satanás. El diablo es el empresario que nos tiene a todos en la pobreza". Intenta defender la religión alguien que vino de fera para encauzar al pueblo y al presidente boliviano. Pero en la plaza no lo expulsan ni lo insultan. Dialogan con él, que no está dicho que salga de Bolivia aún creyente.

En un costado de la plaza, una campaña gubernamental de alimentación navideña para los niños. En mi mismo banco, un niñom y su hermana menor reparten el arroz y el pollo que han conseguido tras una hora de cola. Con la cucharilla de plástico, el hermano rebaña los últimos granos de arroz, que ofrece silenciosamente a su hermana ante la atenta mirada y la caricia de su madre.

Estos niños no lloran, no gritan, no pelean. Y no es poesía, es la constatación de una absoluta verdad. Decía Kapuscinsky que lo más llamativo de los países pobres de verdad es que viven en silencio. Alguien cuyo corazón no alberga esperanza no habla, siquiera se lamenta. Sólo cuando intuyen algún posible cambio, cuando los alimenta la esperanza, hacen oír sus voces.

En Bolivia las mujeres piden sin abrir la boca. Sentadas o tendidas en el suelo en función de las fuerzas que les diera el último bocado alzan la mano y confían en la solidaridad del transeúnte. Curiosamente son los propios bolivianos los que rara vez depositan una moneda.

Son las cinco de la tarde en Bolivia, y deben estar dando las diez en España. Mi familia, con las tres ausencias de mi abuela, de mi hermano y mía, se habrá sentado ya a la mesa. Como siempre, habrán unido las dos mesas del salón repletas de platos, aunque quizá esta vez haya espacio para todo.

Tengo un jodido nudo en el estómago al pensar que también mi madre estará triste en este momento, rezando para que llegue el día 31 y me junte de nuevo con gente conocida, y todo este mundo que estoy redescubriendo en este viaje vuelva un poco a ser escondido en el sueño consciente de la inconsciencia.

¿Qué podemos hacer en el fondo, con todos esos cerros de La Paz o con todas estas familias que hacen cola de forma impecablemente respetuosa a la espera de un plato de arroz y pollo que haga más llevadera la Nochebuena? ¿Qué coño hago yo sintiéndome menos mal por pasarla viajando sucio, cuando las tarjetas en el bolsillo y el pasaporte celosamente guardado en el bolso me recuerdan que no soy de aquí? ¿De qué sirve escribir una vez más estas líneas, derramar una vez más estas lágrimas, leer un libro o ir a un café cultural?

Estoy hasta la polla de este puto boomerang ontológico que no crea sino infelicidad en mi familia, en mis amigos y en el mundo.


18:21

"Io lo so che non sono solo, anche quando sono solo".

No soy tan fuerte como pensaba, quizá o probablemente porque no quiero serlo, porque de vez en cuando exprimirse los ojos como si fueran dos limones limpia el alma.

Gracias. A todos.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

23/12/2008 - ya me picó la rueca

08:26

Hoy me despiertan dos españoles hablando a grito pelado en el pasillo del hostal. Al parecer, han descubierto una presa italiana, y a voz en grito intentan averiguar si viaja sola o viaja con su pareja.

Este hecho, aparte de hacer que me levante con las pelotas hinchadas, me hace constatar que los españoles tristemente no cambiamos. Seguimos creyendo que todas las personas tienen ganas de escuchar nuestras estupideces -que incluso las creemos interesantes-; seguimos viajando más pendientes de nosotros mismos y de nuestra satisfacción personal que de abrirnos al otro, a lo otro; y sobre todo seguimos creyendo, como en las películas de Alfredo Landa de los años setenta, que si gritamos los extranjeros nos entenderán perfectamente.

"¿Vienes en pareja?" "Non capisco" "Que si la persona que viene contigo es tu pareja" "Pareja? Cosa significa pareja?" "Pareja. PA-RE-JA" "Se siamo insieme?" "No. Pareja" "Una coppia?" "No no, PAREJA". En fin, y así vamos por el mundo sintiéndonos hispanocéntricos...

Eso trataba ayer de explicarles a Josune y Olga. Por eso me es tan difícil acercarme a alguien cuando estoy viajando, porque sé la actitud o la intención con la que se acercan muchos de mis "compatriotas". Sin embargo, ayer afortunadamente me acerqué a ellas, en un encuentro que fue totalmente estimulante, y que intentaré resumir en estas líneas.

Ayer, tras aparecer en el Etno, donde la prometida "Noche de las hojas sagradas" quedó en mi propia lectura a media luz de Los Premios de Cortázar, tomamos un licor de coca y nos fuimos a casa, pues los tres estábamos bastante agotados.

Sin embargo, camino del hostal, escuchamos una música folklórica que salía de un bar subterráneo. Mi frase no se hizo esperar: "esto se merece una cerveza". Bajamos al local y allá había una fiesta boliviana donde todos bailaban con todos, y unos amigos bolivianos nos invitaron a sentarnos a su mesa. Nos enteramos de que estaban celebrando la graduación de la hija de uno de ellos, y para festejarlo habían decidido hacer la noche eterna y beber hasta dormirse sobre la mesa o en el hombro de algún compañero. Entre peleas, bailes frenéticos, brindis a media luz y muchas risas, pasamos la que desde ya sé que será una de las mejores noches de este viaje.

Me despedí de Olga y Josune con un hasta pronto que sonaba a hasta siempre, pero con una sonrisa y muchos recuerdos en el corazón.


16:44

Hoy he tenido mi primer momento de aburrimiento. O quizá, más que de aburrimiento, de desubicación. Y es que no es nada fácil estar en una ciudad cuando ya no tenemos en ella siquiera una habitación de hostal a la que poder regresar para tomar un reposo o simplemente ir al baño.

En esos dóas en que vamos a abandonar por la noche la ciudad en que estamos, somos unos habitantes de la ciudad sin rumbo ni destino, perdido cualquier referente a algo parecido a un hogar. Haciendo la siesta en una plaza me he quemado totalmente la cara, y tras ese sol ha vuelto a llegar una lluvia torrencial que me ha dejado hecho una sopa antes de encontrar una cafetería en la que poder escribir estas líneas.

Pero esto es también parte de viajar en estas condiciones. Hoy intentaré dormir en el bus que me lleva a Cochabamba, donde si es posible tomaré un nuevo bus mañana mismo por la noche, para pasar la Nochebuena viajando doce horas rumbo a Sucre. Cuando el día de Navidad duerma en un hostal y pueda volver a tomar una ducha, todo recomenzará.

Madre mía cómo me he quemado la cara...


19:07

Sentado enfrente del teatro en el que dentro de media hora asistiré a un concierto de música andina, observo a dos jóvenes que mecánicamente ensayan cómo pasarse los bolos para hacer malabares. Su aún rudimentaria técnica me recuerda que yo nunca he sido capaz de dedicarme de forma contínua a nada. Deportes, hobbies, aficiones que requieren de una cierta continuidad y especialización me son totalmente ajenos.

Muchas veces, al asistir a un espectáculo de danza, o a la simple labor de un artesano, olvidamos completamente la incalculable cantidad de horas que hay detrás de su trabajo. Quizá el mayor ejemplo sean los deportistas, repitiendo hasta la extenuación unos mecánicos gestos (la salida en una carrera, golpear una pelotita de golf) para ganar una milésima al reloj o un centímetro a la tabla de batida.

Esa realidad, ese sacrificio de la bailarina de ballet o del artista circense me son totalmente ajenos. Por eso nunca llegaré a ser bueno en nada, si acaso correcto en un par de cosas que la naturaleza me concedió de forma innata. Y quizá lo más terrible es que no me siento culpable por ello.


19:19

Acabo de tener conciencia de que es probable que, tras un par de horas, no vuelva a pisar en mi vida las calles de La Paz. Toda esta gente que ahora viaja en micro, o espera junto a mí en la puerta del teatro, seguirá acá mañana y probablemente dentro de veinte años.

No sé qué pensar de todo esto.

martes, 23 de diciembre de 2008

22/12/2008 - la paz

8:06 (hora boliviana, 9:06 hora chilena)

La puna. El soroche. El mal de altura. Puede llamarse como se quiera, la cosa es que ayer me mató. Pero voy a intentar empezar desde el principio.

Ayer 21 me levanté lleno de energías y con ganas de empezar la aventura boliviana. Subí al bus y todo iba demasiado bien al principio: el asiento que había reservado disponía de las mejores vistas, y pude disfrutar todo el viaje por el parque nacional del Lauca.

Todo andaba perfecto hasta que al llegar a la frontera sentí que empezaba a desfallecer. Me desmayé dentro del bus, en mi asiento, y comencé a traspirar y a sentir que la cabeza me iba a estallar. Sin decir nada a nadie, cuando me recuperé de mi desmayo, bajé a comprar algo de beber y algo de comer, pero la cabeza parecía que iba a estallar.

Volvimos al bus, a continuar con un viaje de un total de 12 horas. Yo, medio muerto en mi asiento, intentaba dar alguna cabezada que hiciera menos evidente el malestar que sentía, pero de vez en cuando abría los ojos para ver cómo se extendía ante mí el altiplano boliviano.

Las primeras impresiones son que en Bolivia realmente el tiempo se ha detenido. Se sigue arando la tierra con bueyes o incluso vacas, las mujeres visten el vestido típico ue impusieran hace cinco siglos los conquistadores españoles para "marcarlas, y ahora esa discriminación se ha convertido en símbolo de la identidad indígena.

Tras casi 11 horas de viaje, avistamos La Paz. La Paz es una ciudad definitivamente loca. Construida literalmente dentro de un hoyo rodeada de montañas, ni siquiera el casco histórico se libra de las cuestas y recovecos en que se mueven sus habitantes. Sin embargo, la ciudad ha crecido tanto que en las lomas de los cerros que la rodean no dejar de surgir nuevas casas, donde la gente se hacina.

Pero espero ratificar hoy mis impresiones y poder compartirlas más en profundidad.


8:59

Sentado en la que probablemente sea la catedral de La Paz, me siento un verdadero intruso con mi cámara fotográfic. En los mayores templos de Roma, donde estaba terminantemente prohibido (y había incluso vigilantes para evitarlo) tomar fotografías, me gustaba sacar la cámara y disparar alguna foto a hurtadillas. Acá, donde nadie me censuraría porque están todos rezando con la cabeza entre las manos, soy yo el que prefiere no faltarles al respeto interrumpiendo sus plegarias con mi occidentalismo.

Lo irónico de todo esto es que en estos paises, que hoy son la mayor fuente de creyentes para la iglesia católica (Chile, Bolivia, Perú, Brasil), es donde ancestralmente ni siquiera se había oído hablar de ese tal Jesús. Qué profunda debió ser la herida que dejamos sobre sus tradicionales creencias, qué dura la represión y el castigo, qué fuerte la colonización educativa y religiosa para que sean estas tierras la actual cuna del catolicismo. Y mientras las enfermedades y el sistema económico que les trajimos los matan, la religión que les impusimos les vende una salvación que no existe.

Empieza la misa, decenas de almas cantan y oran. Es la hora de marcharme.


12:17

Vuelvo a estar sentado escribiendo en el interior de una iglesia. Pero no porque este viaje esté despertándome una vocación religiosa, sino porque es un buen refugio contra la lluvia. Y es que La Paz no es una ciudad loca sólo en sus contrastes, en su ubicación o en su perpetuo ritmo. También el clima está loco acá, y el inclemente sol del altiplano se mezcla con estos truenos que retumban en el interior del solitario templo. Huele a lluvia, a tierra y a cemento, como si la bóveda se estuviera reblandeciendo y amenazara con volcar sobre mí todo su histórico peso. Creo que ha llegado de nuevo la hora de salir.


18:07

Sentado tomando un mate de coca en un lugar al que de nuevo no pertenezco, pero dentro del cual me siento por fin bien.

Poco a poco conozco más La Paz, o al menos el cansancio de mis piernas así lo cree, y cada vez me doy más cuenta de lo similar que es a Santiago, casi a cada otra gran ciudad latinoamericana: una ciudad fragmentada en dos, económica y geográficamente.

Si en Santiago esta dicotomía la marca la Plaza Italia, separando la ciudad en el barrio alto al Este y el Santiago popular al Oeste, a La Paz la plaza cartesiana es la del Estudiante, dividiendo la ciudad en un sur rico y residencial, y un norte pobre y caótico.

La verdad es que no sé muy bien que pensar acerca de La Paz, y acerca del mundo por extensión. Cada vez se me plantea más difusa la frontera entre dos palabras tan similares pero tan contradictorias: pobreza y progreso. Me resulta incluso difícil tratar de explicar esta confusión. Prefiero alimentarme de impresiones y cuando tenga una idea concreta, materializarla por acá.

Ahora, déjenme seguir disfrutando de mi mate.


20:33

Etno Bar. En la puerta se promete un café cultural, una noche literaria abierta con jóvenes autores bolivianos leyendo sus poesías o los textos que le inspiraron. Veamos qué sale de acá.

Antes de esto, tras mi mate de coca, he tenido un encuentro de lo más estimulante. Callejeando de camino a un concierto de música andina, encontré una casa museo, que al acercarme descubriría que se trataba del Museo Arqueológico. Al entrar para verlo, vi a dos muchachas que se hacían fotos. No sé que extraña intuición me llevó a hablarles, pues en estos viajes siempre suelo mantener las distancias con los demás turistas, para no molestarlos y porque en el fondo soy más tímido de lo que me gustaría admitir. Pero esta vez tuve una extraña intuición. Quizá fuera su forma de moverse, sus gestos, o incluso su vestimenta (y es que en el fondo la impresión de lo material, de lo explícito, a veces es muy fuerte), pero realmente me aventuré a preguntarles (aunque el acento ya había facilitado mi trabajo) si eran españolas. Y sí, Josune y Olga son de Navarra.

Pero puesto que he quedado en juntarme con ellas hoy en este Etno bar que nos promete "La noche de la hoja sagrada", aprovecharé para hablar del otro compañero de viaje que he conocido hasta ahora.

Su nombre es Pedro, un chileno de 19 años que viajaba a Bolivia para encontrarse con un amigo e irse juntos a vivir dos meses en las comunidades chileno brasileiras que cultivan y consumen la ayahuasca en la Amazonía. Lo curioso es que este tal Pedro estaba ya bastante afectado por este duro alucinógeno, que aseguraba haber tomardo diez veces en su todavía corta vida. Sus respuestas eran demasiado lentas, y su capacidad de atención y de retención estaban bastante debilitadas. Pero feliz viajaba el hombre con sus rastas, su peto vaquero y su gorro de colores.

Olga y Josune sin embargo trabajan en Sucre, haciendo voluntariado sin ser remuneradas siquiera con un solo peso. Dos modos de vida que se intentan vivir de forma alternativa, apartándose un poco de las recetas dadas, de esos mundos construidos a medida. Sin embargo, una la juzgo socialmente responsable y la otra me parece tan censurable como la del mayor empresario. Pero ¿quién soy yo para juzgar unas vidas que apenas alcanzo a rozar con la punta de los dedos?