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jueves, 18 de diciembre de 2008

una sinfonía de entrecasa

¿Cuántas son las veces en que las palabras no alcanzan? ¿Cuántas las veces en que esta sucesión de letras que sale de mi mente, y a través de mis dedos llega a tu mirada, no puede colmar un sentimiento, una gratitud? En esas ocasiones es mejor dejar que el silencio de una sonrisa, el calor de una mirada, o la complicidad de un abrazo hablen por nosotros, se expresen en ese otro lenguaje subversivo que rompe los marcos de las ventanas que encorsetan nuestra vida.

Sin embargo hoy tengo la necesidad de verbalizar un sentimiento, tengo la necesidad de explicitar de forma mundana aquello que he sentido, aunque con ello lo vulgarice, aunque con ello convierta en terrenal un gesto inclasificable dentro de nuestros rígidos esquemas.

Ayer, a más de doce mil kilómetros de distancia de aquello que la mayoría de nosotros llamamos hogar, todos nos sentimos un poco más cerca de casa. Ayer, los amigos más cercanos en este trozo de tierra, en esta isla pasillo que es Chile, organizamos un amigo invisible, para traernos un trozo de las fiestas acá, y para sentirnos un poco más acompañados en este viaje que para algunos comienza, para otros termina, y para Ismael no tiene principio ni fin.

Quiero verbalizar lo que sentí al abrir mi regalo, pero no quiero que sean mis palabras las que hablen, sino que quiero mantener un diálogo con la persona que me lo regaló, y con ello me hizo entender a otro nivel el concepto de la palabra "regalo", que quizá de tanto usarlo ha perdido mucho del hermoso valor que tiene.

Nuestro regalo (pues el regalo es tanto del que lo ofrece como del que lo recibe) es un bolso de viaje, un bolso que contenía en su interior todos aquellos primeros auxilios con los que sobrevivir -o al menos con los que sobrellevar- este peregrinaje que nos lleva a movernos por esta pelota azul que, dicen, no para de dar vueltas y más vueltas, también sin rumbo fijo, sin principio ni final. En su interior había todo esto que dialogo, con Patri mediante su palabra, y con ustedes mediante mi voz.

Un ventilador (fue el primer regalo), pa que se quiten las nubes negras en los días malos...
Una brújula y un mapa, para encontrar el Norte
(aunque confío que sobre todo me ayude a no perderme nunca del Sur...)
Un coche de juguete, para que conduzcas cuando bebes.
Un espiral, ya sabes...
(y la honestidad me impide que ustedes sepan).
Un librito de frases; no podía faltar un libro.
Una Estrella del Elqui. Ya sabes que las tuyas están allí. Te las regaló Jorge.
Una agenda; con tus chicas y para que te cuides.
Un vela, que te ilumine.
(En la oscuridad, como dije un día, me ilumina el recuerdo de los compañeros de viaje...)
Un CD de música: mi música para que te acompañe.
Unos calcetines de colores: para el invierno, o el frío.
Un cubo de rubik: sencillo-complejo
(como todas aquellas personas que vale la pena conocer).
Un chapa, el conocimiento. (Combate la ignorancia).
Un superocho; para los momentos amargos (el superocho es el dulce más famoso de Chile...)
Una botellita de licor; la fiesta... (su ausencia fue el mejor regalo, pues nos queda pendiente...)
Un duende; te lo expliqué (y yo acá me permitiré una nueva elipsis, esto queda entre alma y alma)
Un llave; el amor. (Ojalá fuera tan fácil encontrar la cerradura...)
Allende; su último discurso.
Un lápiz; para cuando necesites hablar.
La poesía; ...
(...)
Una goma de borrar; todos nos equivocamos.
La bola del mundo; tus amigos...
El bolso, cargadito.
El regalo: esta vez lo recibes tú y no al revés.
Y un beso...

El mundo dentro de un bolso, y dentro del mundo, el sueño de otro mundo. Y dentro del sueño, el mundo de otro sueño. Entre sus palabras, tomó prestado de Hamlet Lima Quintana los siguientes versos, que me dedicó, y que acá reproduzco no para mi vanagloria personal (siempre he desconfiado de las estatuas ecuestres), sino para materializar su ternura a la hora de poder pensarme así:

Hay gente que con sólo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con sólo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca guirnaldas;
que con sólo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con sólo abrir la boca
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después como si nada.
Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria
pues sabe que a la vuelta de la esquina
hay gente que es así, tan necesaria.

Este es un lugar común que comparto con Patri. Ella piensa de mí que soy un duende, y yo sé que ella tiene la sombra de oro. Ella me regala versos, y yo le regalo palabras. Y éstas son las palabras que su sombra me inspira a mí:

- Ese chiquillo tiene algo.
- ¿Quién, Último?
- Sí.
- No tiene nada.
- Sí, tiene algo.

Libero Parri levantó los ojos hacia el cielo, incómodo, como alguien al que han pillado haciendo trampas con las cartas.

- No tiene nada, lo único es que... Es que tiene la sombra de oro, eso es todo.
- ¿Y eso qué quiere decir?
- No sé..., son distintos, y la gente los reconoce. A la gente le gustan los que tienen la sombra de oro.

El conde no parecía muy convencido. Libero Parri aventuró una explicación.

- Es que él ya se ha muerto un par o tres de veces... Cuando era pequeño, siempre lo daban por difunto, pero él siempre se salía bien del paso. Quién sabe, a lo mejor son cosas que te cambian.

Al conde d'Ambrosio le vino a la cabeza la única mujer a la que había amado más que al tenis y que a los automóviles. Cuando uno entraba en una habitación llena de gente, podía sentir si ella estaba allí sin que fuera necesario verla o saber que se había quedado en casa. Y en el teatro no era necesario buscarla: era lo primero que veían sus ojos. No es que fuera muy hermosa. Y hasta era difícil averiguar si era de verdad inteligente. Pero la luz estaba donde ella estuviera, y ella era el cuadro. Tenía sombra de oro, comprendió.

Y así, como dijo el poeta, es como cada día traemos del sueño otro sueño. Y esto es todo lo que tengo que decir. O al menos, todo lo que puede decirse.

martes, 16 de diciembre de 2008

Y, sin embargo, Ismael sigue navegando

Recurro a los libros porque siempre alguien ha encontrado una mejor manera que yo para expresar un sentimiento, una inquietud, una incertidumbre. En varias líneas de este blog -en realidad ya desde la segunda entrada y en algún que otro aforismo no tan desafortunado- he tratado este lugar común: la necesidad de movimiento, el impulso que lleva a dar un paso más, y después otro, aunque nos condene a pasar de puntillas por historias, países y personas. Recientemente encontré esta otra manera de tratar de explicarlo:

Estoy leyendo Moby Dick, de Herman Melville. El protagonista del libro, el marinero de nombre Ismael, navega por el océano. Junto con los demás miembros de la tripulación, persigue a una peligrosa y escurridiza ballena que acabará emergiendo de las profundidades del mar para asestarles un poderoso golpe. En un momento dado oye al capitán, el terrible, implacable y despiadado Ahab, lanzar la orden: "Caña a barlovento! A dar la vuelta al mundo!" Y entonces Ismael piensa: "¿La vuelta al mundo? Hay mucho en ese sonido que inspira sentimientos de orgullo, pero ¿adónde lleva toda esa circunnavegación? Sólo a través de peligros innumerables, al mismo punto de donde partimos, donde los que dejamos atrás, a salvo, han estado todo el tiempo antes que nosotros".

Y, sin embargo, Ismael sigue navegando.

Como toda buena explicación, se queda en la pregunta; Tan innecesarias resultan a veces las respuestas. ¿Adónde lleva toda esta circunnavegación, si no es a seguir cargando de melancolía nuestras ya atiborradas mochilas, para acabar en el punto de donde partimos, donde quizá ya no nos espere Penélope agitando su pañuelo? Este viaje no lleva a ninguna parte, porque en todo verdadero conocimiento no importa la meta, sino el camino; no importa el destino, sino el viaje en sí. Conocer, recorrer, viajar, en definitiva, vivir, no es ir del punto A al punto B, es recorrer la infinítamente rica distancia que separa A de B. Por eso, para los viajeros, la línea más corta entre dos puntos no es la línea recta. Ésa es, si cabe, la única a evitar.

En estos días de despedidas, de cierres de un nuevo ciclo, parece que a todos nos embargara una pena primigenia: la sensación de pérdida es quizá lo único innato al hombre, desde que nos arrancan del vientre materno y comprueban que estamos vivos porque empezamos a llorar. Sin embargo es inevitable plantearse si acaso todo esto es necesario, si la intensidad de lo fugaz compensa el vacío de lo efímero. Tras años de plantearme esta pregunta, creo que por fin encontré la respuesta, porque el único lugar común que siempre se mantiene es que, a pesar de las zozobras, Ismael sigue navegando.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

aquí ya casi es de noche

Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior. "Demasiadas cervezas", dijo al ver mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Y la besé otra vez, pero ya no era ayer, sino mañana. Y un insolente sol, como un ladrón entró por la ventana.

El día que llegó tenía ojeras malvas y barro en el tacón. Desnudos -pero extraños- nos vio, roto el engaño de la noche, la cruda luz del alba. Era la hora de huir. Y se fue sin decir: “llámame un día”.

Desde el balcón la vi perderse en el trajín de la Gran Vía. La pupila archivó un semáforo rojo, una mochila, un peugeot, y aquellos ojos miopes. Y la sangre al galope por mis venas, y una nube de arena dentro del corazón. Y esta racha de amor sin apetito. Los besos que perdí por no saber decir: “te necesito”...

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido.

lunes, 10 de noviembre de 2008

viernes, 7 de noviembre de 2008

martes, 23 de septiembre de 2008

sabiduría popular

Cualquier hombre puede llegar a ser feliz con una mujer, con tal de que no la ame.

Oscar Wilde dixit

martes, 22 de julio de 2008

vida de vagamundo

Muchas veces soy consciente de que es más que probable que no regrese más al lugar donde estoy, que no vuelva a ver a la persona que está frente a mí. Es vivir la muerte, pero en paz y con nostalgia.

viernes, 18 de julio de 2008

martes, 24 de junio de 2008

fin de ciclo



Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadie con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadie la llamen, aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadie: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadie: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.


Quisiera acabar este año con un último homenaje a América Latina, esa tierra de infinitas riquezas que hubo de padecer los exterminios que le impusimos. Me da exactamente igual volver a mis lugares comunes. Me importa un verdadero rábano cómo se interpreten estas palabras. Y me provoca una sonora indiferencia que sean leídas como un enésimo intento de epatar desde mi acomodado sillón de nylon. Lo que aquí digo me duele, y quiero que, cuando pasen otros veinticinco años, pueda volver a estas líneas y sentir que, de alguna manera, me siguen revolviendo lo más profundo de mis entrañas. La voz de América Latina, la voz de esos millones de desheredados, se la atribuyo al uruguayo Eduardo Galeano, quien incapaz de cerrar sus venas abiertas, intenta al menos que esa sangre salpique a quien debe, y no ahogue más a este pueblo.


En la época colonial, el Cerro Rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas. Durante más de dos siglos, Europa celebró, en estas heladas alturas de América, una ceremonia occidental y cristiana: día tras día, noche tras noche, daba de comer carne humana a la montaña, a cambio de la plata que le arrancaba.
De cada diez indios que entraban a la boca de los socavones, siete no salían: El exterminio ocurrió en Bolivia, que todavía no se llamaba así, para que en Europa fuera posible su desarrollo del capitalismo, que tampoco se llamaba así todavía. En nuestros días, el Cerro Rico es una montaña hueca. Toda su plata se ha marchado lejos, sin decir adiós.
En lengua indígena, Potosí, Potojsi, significa: truena, hace explosión, porque dice la tradición que en tiempos lejanos el cerro tronaba cuando lo lastimaban. Ahora, vaciado, calla.


La memoria es frágil, y caprichosa, y a veces esquiva. Pero hay otras veces en que la memoria es directamente enterrada, desterrada. La historia la escriben los vencedores, que dicen por allá. Sin embargo siempre hay voces disonantes dispuestas a mantener viva la llama de la memoria. Porque un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, surgen esas voces que nos recuerdan lo que fuimos un día. Y qué fue exactamente lo que pasó. He optado por un uruguayo para representar la voz de la memoria, y con estas líneas cierro este primer ciclo, pidiendo, una vez más, lo único que nadie podrá nunca arrebatarnos: Pido la voz y la palabra.


Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana. Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavia nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila.
Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncián otro mundo que no es este mundo envenenador del agua, el suelo, el aire y el alma. También nos anuncián otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas: pertenece a los primeros tiempos y a las primeras gentes, pero también pertenecen a los tiempos que vienen y presiente un Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera.

viernes, 20 de junio de 2008

pero sucede también...

Los desayunos en mi trabajo son bastante peculiares. Solemos salir a tomar algo un servidor, mi jefe, y el jefe de mi jefe. Siempre bromeo con ellos diciendo que la estructura jerárquica de nuestra oficina tiene mucho de jerárquica y poco de estructura, pues somos tres y más que una pirámide parecemos una torre -y desde el once de septiembre todos saben que hay que tener cuidado con las torres demasiado altas-. Sin embargo, y a pesar de esta circunstancia, los desayunos como decía son bastante peculiares.

En ellos, salen a relucir todos los lugares comunes que pueden existir: la religión y Dios, el capitalismo y el comunismo, el cine y la literatura, las mujeres... El otro día mi jefe directo se había ido y estaba yo hablando con Tomás acerca de la nueva ley de educación chilena, cuando me preguntó que porque yo me calificaba como una persona de izquierdas. Intenté una tímida explicación que aún no he logrado encontrar en los ya casi veintiseis años que llevo haciéndome la misma pregunta. Hablarle de esa uña fría que me rasca constantemente la cabeza. Decirle, en fin, que quizá soy de izquierdas porque no puedo defender ninguna postura con absoluta convicción, porque en las carencias de una veo las virtudes de la otra.

A este punto él se puso muy serio, y empezó a hablarme de las numerosas ventajas de la economía neoliberal. Me hizo una magistral exposición de porque la libre competencia traía beneficios para todos, hacía crecer la economía, y encima era el sistema más justo. Me habló de las curvas de oferta y demanda, de las ineficiencias de interferir ante la mano invisible del mercado, me enumeró ejemplos a seguir como el de Irlanda o Nueva Zelanda, de la ineficiencia de los impuestos, no hablemos ya de los impuestos progresivos. Por supuesto, me recordó, eso no significaba que él no quisiera que se ayudara a los pobres, pero la mejor forma de hacerlo es permitiendo que la economía crezca a nivel global porque así, por propia lógica, crece el bienestar de cada uno de los individuos que en ella vive. Me habló de cómo hace doscientos años vivíamos enterrados en la mierda, y ahora yo estoy trabajando a diez mil kilómetros de mi casa y hablo con mis padres por un aparatito que cabe en un puño. Me habló de que nada de eso hubiera sido posible sin las inversiones individuales de tantos emprendedores, sin la posibilidad de que ellos se enriquecieran, pero junto a eso avanzara tantísimo la calidad de vida para todos. Me habló de Adam Smith, de Von Hayek, de la escuela austríaca, de cómo la conversión llegaría tarde o temprano pues la economía, si es libre, nunca para de crecer.

Tras un discurso que duró casi media hora, y que recibí absolutamente permeable a ser convencido, a entenderlo e interiorizarlo, me preguntó: Antonio, ¿qué opinas al respecto? Y yo, recordando esas palabras de Galeano, no supe más que decirle: Tomás, todo eso que me cuentas rasca. Y rasca mucho. Y es cierto que rasca muy bien. Pero, a mí, me rasca donde no pica.

jueves, 12 de junio de 2008

nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas

Supongo que hay imágenes que en algún momento se graban en nuestra retina, y de un modo u otro nos acompañan ya para siempre en nuestro viaje por este mundo, las llevamos en el color de nuestros ojos. Parece como si nos entraran así, de soslayo, casi sin avisar, y se quedasen ya prendidas de nuestra mirada, agazapadas, esperando el momento de dar el salto a nuestra conciencia. Hoy precisamente me pasó eso, y hoy entendí un poco más de mí mismo.

Desde que hace años tuve ocasión de verla, siempre he defendido como una de mis películas favoritas, sin duda la más admirable para mí de su director, la maravillosa Hannah y sus hermanas, de Woody Allen. Nunca había alcanzado a entender muy bien el porqué. Otras, como ese Misterioso asesinato en Manhattan, me parecían más elocuentes; sus Días de radio tenían algo de inocencia que este film no alcanzaba; o los paseos por los museos a media luz de Manhattan contenían una sutileza superior. Sin embargo, cuando pienso en Woody Allen, en lo que su cine me ha transmitido, inevitablemente pienso en Hannah y sus hermanas. Y hoy alcancé a entender por qué.

En esa maravillosa película, se desarrolla una de las historias de mayor ternura y tragedia del cine. Max Von Sydow encarna el papel de un viejo pintor minimalista, que vive en una apolillada buhardilla del Soho, rodeado por igual de libros, polvo y decadencia. Su vida la comparte con la joven Lee, interpretada por Barbara Hershey, que lo ama con ternura, sinceridad y devoción.

De todas las frases que cuelgan de las paredes de mi habitación, aquella con la que más me identifico es la piedad está liquidando. Tampoco sabía muy bien explicar por qué. Simplemente me transmitía algo, me hacía sentir que detrás de ella se escondía una verdad íntima, un sentimiento que sólo cabía expresar a través de esas cuatro palabras. Quizá hasta ahora.

Hoy estaba leyendo La tregua, de Benedetti, y por fin todas estas piezas encajaron en mi cabeza, como si siempre hubieran estado esperando este momento, esta revelación, para encontrar su puesto exacto dentro del rompecabezas. Transcribo literalmente el texto en concreto, en el que Martín Santomé habla así de su relación con Avellaneda, una joven a la que dobla en edad:

Ella se ríe. Yo le pregunto: ¿Te das cuenta de lo que significa cincuenta años?, y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y no dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una especie de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos.

Quien haya visto Hannah y sus hermanas, ya sabrá sin duda de qué estoy hablando. En esta obra, cuando Lee se enamora del aún joven y vigoroso Elliot (sublime Michael Caine), Max Von Sydow lo asume con una cierta complacencia, incluso se diría que con un cierto relajo. Como si la tan largamente esperada espada de Damocles por fin hubiera dejado de pender sobre su cabeza para asestar su certero golpe. Sabe que no puede reprocharle nada. Sabe que el incólume ciclo de la vida dio un nuevo giro, se cobró una nueva víctima, y se entrega juiciosamente calmo a tal designio.

Creo que eso es un poco lo que siempre ha rondado mi cabeza. De alguna manera me sé desde ya condenado –aunque quizá condenado no sea la palabra adecuada, pues no lo espero como una condena, sino como el inevitable corolario de mi vida- a sufrir ese implacable destino. Esa hadmiración, esa hadoración inicial que despierto y de la que tan magistralmente habla Cortázar, se me adosa como una capa que siento escurrirse día a día. Por eso quizá me sea tan difícil dar los segundos pasos en las relaciones: porque en la distancia entreveo ese predestinado alejamiento, cuando ya las aguas que manan de mi ser hayan sido consumidas con fruición, y ya nada se pueda sacar de este cuerpo andrajoso y decadente salvo una tibia piedad, liquidando el fuego en el que un día me vio arder.

jueves, 29 de mayo de 2008

wishful thinking, quizá...

Alguna voz me ha criticado que, de las poco más de 50 entradas que de alguna manera tratan de iluminar este espacio de libre pensamiento (permítanme el oxímoron), una docena pertenecen a esos que he dado en llamar "alter egos". Muchas veces, completando alguna idea que con sus palabras cobraban más fuerza. Otras, colmando por si solos algo que bullía en mi interior, y que jamás encontraría mejor forma de expresar, o de expresarse. Porque las ideas, cuando quieren, se expresan solas -y luego, a veces, ni siquiera las reconocemos como propias-. En mi pobre defensa, por innecesaria, sólo acierto a argumentar que no busco reconocimientos ni patentes (¿quizá la de corso?): las palabras y pensamientos que aquí vierto, confío, acompañarán a los lectores en su viaje por la vida, y su uso o abuso para dar forma a fantasmas internos queda, como amablemente nos enseña la publicidad, a gusto del consumidor.

Desde hace unos días, una idea ronda mi cabeza. No alcanzo a darle forma, pues se esconde en el más distante extremo de mi pensamiento más lejano. Sin embargo su sombra se proyecta sobre mis pensamientos, y me carcome con su ya clásico rac-rac-rac de cigarra. Quizá todo se inició en el último viaje, en la penúltima decepción, en la recurrente conversación de café. Alguien lanzó la clásica pregunta sobre qué querías ser de mayor cuando tenías 15 años. Y de repente me sentí tremendamente anacrónico, desnudo, e incluso ridículo, respondiendo que director de cine. Nada queda ya de ese lejano sueño; otros lo fueron sustituyendo, como las olas van aplastándose las unas a las otras, superponiéndose, pero colmando siempre de agua marina la sedienta orilla. Mis "sueños", mis "deseos de otra vida", ahora quizá han cambiado, evolucionado. Mutado, al conocer más -o desde otras perspectivas- el mundo en que se insieren. Ahora que me siento delante de esta pantalla, viendo como mis dos manos -que emergen de una chaqueta Cristian Dior, los puños de la camisa ligeramente destacados también- teclean estos pensamientos, sé que he traicionado, y a cada paso traiciono, muchas de las olas que colman mis playas.

No sé que nos está pasando, que clase de mecanismo tenemos alterado en nuestra cabeza, que nos lleva a esta insolidaridad crónica, que nos lleva a vivir -al menos a mí- en la contradicción de lo que querríamos y lo que realmente hacemos. Las justificaciones, las dilaciones, los retrasos, nos van permitiendo llevar esta vida cómoda, que en mi caso se encamina ya a los veintiseis años. En ese mismo encuentro, se me confesó lo que acá transcribo: Yo antes cuestionaba todo. Me creía filosófica. Creía que por pensar encontraría la solución al planeta. Creía que los que no escuchaban cierta musica o leían ciertos libros tenian menos background como humanos. Hasta que me di cuenta que esa es otra invencion de la humanidad. Que somos humanos y como humanos estamos destinados a morir y a hacer daño. El único truco es morir lo más tarde que se pueda, y provocar el menor daño posible.

En los textos que a continuación voy a reproducir -y de ahí la introducción acerca de mis alter ego- se habla un poco de esto, se critica un poco esto. El primero, es un texto de autor desconocido que descubrí, por azar o determinación, navegando entre las turbulentas olas de la red. El segundo, del sempiterno Cortázar, habla un poco de este ronroneo que me carcome, de esta solidaridad por exceso y no por creencia. Que cada cual juzgue -y tome de ellos para su viaje- lo que crea oportuno.


Parece un viejazo, “pensar que el pasado era mejor”, recordar viejos tiempos, extrañar el perfume del pasto recién cortado en el verano, el de la madera ardiendo en la chimenea en el invierno, el de tierra mojada y cálida con las lluvias en el asomar de la primavera...

Si, todavía están, pero no es lo mismo..., ¿qué se me perdió en el camino?, ¿qué busco en cada viaje de ida o de regreso?, algo que no esta, que ya fue..., tal vez la felicidad de la inocencia perdida despertando a los sentidos...

Y, uno es joven, quiere cosas nuevas, pretende cambiar y revolucionar al mundo con un manojo de ideales, y termina siendo atrapado en las redes del confort, del consumismo, del pretendido status, de la frustración del idealismo...; como en esa historia de Quino, en que Mafalda y uno de sus amiguitos ven a dos señores subiendo a un poderoso automóvil y, diciendo: “¿te acordas cuando queríamos cambiar al mundo?, ja, ja,ja”, Mafalda se mira con el otro chico y salen corriendo hacia la plaza donde están los demás, y les dicen: “chicos, chicos, tenemos que apurarnos a cambiar al mundo, porque si no lo hacemos ahora, después nos cambia a nosotros”.

Y, en nuestro deseo de superhombres, de dioses terrenales, vencimos a la naturaleza para torcerla a nuestro antojo; hay frutillas durante todo el año, ya no debemos esperar el despertarnos una mañana y sentirnos sorprendidos por ese regalo de la vida...., las hay enormes, tan grandes como podíamos imaginar en un sueño o pesadilla, pero no es lo mismo, no tienen aquel sabor..., y, de tan cotidianas ya resultan cansantes..., ¿será que el hecho de la rutina no creativa destruye un poco...?

Y nos volvemos insatisfechos, buscamos la perfección no solo en las frutillas, sino en todo cuanto se nos cruza por el camino, y, de tan perfectos estamos carentes de sensaciones profundas, de gusto a tierra y sol, de sentimientos... , y, estamos tan apurados por encontrar lo nuevo, aquello que nos despertara todos los sentidos –con los cánones que nos impusieron, o dejamos imponer-, que fuimos perdiendo la capacidad de gozar de lo simple, del sabor de una fruta madurada libremente bajo los rayos del sol, de la sensualidad casi voluptuosa de morder alguna verdura crujiente, con sabor a vida.

¿Será que ya estaré viejo?, de chico solía disfrutar tomando leche, que recién ordeñada traían del tambo –a la vuelta de casa-, hoy ya no existen, desaparecieron, los mataron, y, no nos queda otro remedio que terminar en ese liquido sin sabor a nada que venden en los supermercados, o, volver al campo..., pero no puedo, ¿y el departamento, y las tarjetas de crédito, y los gastos de mi seudo-confort, quien me los paga?, y, terminamos encerrados en nuestra propia jaula de rejas transparentes...

Recuerdo, cuando luego de ser liberado, hace muchos años atrás, de una injusta prisión en una celda –por la Dictadura Militar en Argentina-, escribí esto: “Me soltaron para volverme a encerrar entre cuatro paredes que esta vez yo no podía ver, acá, me cabe preguntar: ¿quién es mas libre, el que se encuentra encerrado entre cuatro paredes y no tiene culpas, o el que se encuentra encerrado en el mundo y ha perdido la fe?”

Pero mi fe jamás pudieron destruirla, claro, ya no tomo leche, ni como frutas frescas, a menos que este en el campo...

¿Será que estoy tan viejo que el pasado me parece mejor...?


Cortázar interpreta así este destino de la humanidad.


Hasta no quitarle al tiempo su látigo de historia, hasta no acabar con la hinchazón de tantos hasta, seguiremos tomando la belleza por un fin, la paz por un desideratum, siempre de este lado de la puerta donde en realidad no siempre se esta mal, donde mucha gente encuentra una vida satisfactoria, perfumes agradables, buenos sueldos, literatura de alta calidad, sonido estereofónico, y por qué entonces inquietarse si probablemente el mundo es finito, la historia se acerca al punto optimo, la raza humana sale de la edad media pare ingresar en la era cibernética. Tout va tres bien, madame la Marquise, tout va tres bien, tout va tres bien.

Por lo demás hay que ser imbécil, hay que ser poeta, hay que estar en la luna de Valencia para perder mas de cinco minutos con estas nostalgias perfectamente liquidables a corto plazo. Cada reunión de gerentes internacionales, de hombres-de-ciencia, cada nuevo satélite artificial, hormona o reactor atómico aplastan un poco mas estas falaces esperanzas. El reino será de material plástico, es un hecho. Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, sera un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales pare los habitantes del Reijavik, vistas de igloos pare los de La Habana, compensaciones sutiles que conformaran todas las rebeldías, etcétera.

Es decir un mundo satisfactorio pare gentes razonables.

¿Y quedará en el alguien, uno solo, que no sea razonable?

En algún rincón, un vestigio del reino olvidado. En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino. En alguna risa, en alguna lagrima, la sobrevivencia del reino. En el fondo no parece que el hombre acabe por matar al hombre. Se le va a escapar, le va a agarrar el timón de la maquina electrónica, del cohete sideral, le va a hacer una zancadilla y después que le echen un galgo. Se puede matar todo menos la nostalgia del reino, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña. Wishful thinking, quizá; pero esa es otra definición posible del bípedo implume.

jueves, 15 de mayo de 2008

debe ser primavera

Por la ciudad camino, no preguntéis adónde. Busco acaso un encuentro que me ilumine el día, y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.

lunes, 28 de abril de 2008

de la satisfacción perruna de lo cotidiano

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero "Hotel de Belgique".

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el delicado acto de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Chau, querida. Nos vemos.

Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más fácil aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado esté la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia fuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y que acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Porque te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta que puede arrojarse a cada instante sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

lunes, 31 de marzo de 2008

el inconformista visto por morelli

Aceptación del guijarro y de Beta del Centauro, de lo puro-por-anodino a lo puro-por-desmesura. Este hombre se mueve en las frecuencias más bajas y las más altas, desdeñando deliberadamente las intermedias, es decir la zona corriente de la aglomeración espiritual humana. Incapaz de liquidar la circunstancia, trata de darle la espalda; inepto para sumarse a quienes luchan por liquidarla, pues cree que esa liquidación será una mera sustitución por otra igualmente parcial e intolerable, se aleja encogiéndose de hombros.

En un plano de hechos cotidianos, la actitud de mi inconformista se traduce por su rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a traición, a estructura gregaria basada en el miedo en las ventajas falsamente recíprocas. Podría ser Robinson sin mayor esfuerzo. No es misántropo, pero sólo acepta de hombres y mujeres la parte que no ha sido plastificada por la superestructura social; él mismo tiene medio cuerpo metido en el molde y lo sabe, pero ese saber es activo y no la resignación del que marca el paso. Con su mano libre se abofetea la cara la mayor parte del día, y en los momentos libres abofetea la de los demás, que se lo retribuyen por triplicado. Ocupa así su tiempo con líos monstruosos que abarcan amantes, amigos, acreedores y funcionarios, y los pocos ratos que le quedan libres hace de su libertad un uso que asombra a los demás y que acaba siempre en pequeñas catástrofes irrisorias, a la medida de él y de sus ambiciones realizables; otra libertad más secreta y evasiva lo trabaja, pero solamente él (y eso apenas) podría dar cuenta de sus juegos.

miércoles, 26 de marzo de 2008

lunes, 24 de marzo de 2008

jueves, 14 de febrero de 2008

del vano intento de compartir mundos

Navegando por las páginas del Cementerio, el heterogéneo grupo de "The Searchers", conformado por Daratea, por Liz Norton, y por el Sandmann que esto suscribe, jamás encontró palabra equiparable a la lusa "Saudade", que gusta de atacar al final de los ciclos, cuando nos asomamos al borde de los abismos futuros. Nostalgia, añoranza, melancolía, quizá la contenían, pero sin duda la rebajaban. Animados por Enigmario probaron con la bucólica "morriña", pero trayéndoles recurdos de vacas pastando en un prado eterno, decidieron rechazarla. Desolados, decidieron contactar en tercera persona con el ínclito Lázaro Carreter, D.E.P., quien accedió tras sus acaloradas explicaciones, a introducir la voz Saudade en el Cementerio, bajo el siguiente texto expiatorio de Pessoa, descubierto por Liz Norton en una de sus noches blancas:

Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otro y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Cintra porque no puedo pasarla en Lisboa pero cuando llegue a Cintra me va a dar pena de no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Cintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: ese que va en el auto es feliz.

El Sandmann, en su eterno alegato borgiano, consiguió introducir, en caracteres minúsculos, el siguiente epitafio:

Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

lunes, 11 de febrero de 2008

del miedo a ver lo que intuimos

Vivimos rodeados por el abismo. A cada paso, a cada mirada, nos asomamos a un nuevo abismo, a lo desconocido.

En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.

Scottie no pudo evitar mirar al abismo a los ojos. Cuando conoce a Madeleine, se enamora inmediatamente de esta presencia etérea, y tras perderla, cree intuir en los ojos de Judy la sombra de la mujer que conoció. Se enfrentó sin miedo a ese último e irrefrenable vértigo: el vértigo de saber como será mañana el rostro de la persona que amamos. Y ello le llevó a perderla, quizá el único destino posible para el que se atreve a mirar. Las relaciones personales, y entre ellas las de pareja como máximo exponente, tienen mucho de este pre-conocimiento, de esta presciencia. Intuimos en los silencios de la persona que acabamos de conocer su incapacidad para el compromiso, su tendencia a la traición furtiva, su implacable sed de individualismo. Intuimos estas realidades desde el primer minuto, apenas al primer vistazo ya sabemos quién nos traicionará, y quién nos respaldará hasta este paso pero no el siguiente, quién irá más allá de lo esperado, y quién estará siempre allá donde ya ni se le espere. En la sombra de cada movimiento, en el reverso de cada sonrisa, en el envés de cada gesto, se pueden intuir las futuras traiciones. El problema es el miedo. El miedo a asomarnos a ese abismo, a tomar las riendas de nuestras vidas y hacer este movimiento y no aquél, cuando aún el motivo no ha sido expuesto, cuando la razón aún no ha sido manifiesta. Ese miedo ancestral gobierna nuestras vidas.

Todo está ahí a la vista, en realidad todo es visible desde muy pronto en las relaciones..., basta con atreverse a mirarlo, un solo instante encierra el germen de muchos años venideros y casi de nuestra historia entera..., y si queremos la vemos y la recorremos ya, a grandes rasgos. Pero nadie quiere ver nada y así nadie ve casi nunca lo que está delante, lo que nos aguarda o depararemos tarde o temprano... Intentamos que las cosas sean distintas de lo que son..., nos empeñamos insensatamente en que nos guste quien nos gusta poco desde el principio, y en poder fiarnos de quien nos inspira desconfianza aguda, es como si a menudo fuéramos en contra de nuestro conocimiento, porque así lo sentimos muchas veces, como conocimiento más que como intuición o impresión o corazonada, nada tiene que ver todo esto con las premoniciones, no hay nada sobrenatural ni misterioso en ello, lo misterioso es que no atendamos. Y la explicación ha de ser simple...: es sólo que sabemos, y lo detestamos; que no toleramos ver; que odiamos el conocimiento, y la certidumbre, y el convencimiento; y nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre...

la uña fría que rasca la cabeza

quiero recorrer la panamericana desde tierra de fuego hasta las gélidas tierras de alaska, quiero bañarme en las aguas del río ganges, dejarme llevar por la corriente del nilo, sumergirme entre rocas y musgos en el eterno mississipi, descender el amazonas desde los andes del perú hasta el delta de brasil donde besa el mar, quiero penetrar en todos los rincones de la selva, y hablar todas las lenguas que siglos de silencios han conocido, quiero escalar todos los ochomiles, y descender a cinco mil metros en la oscuridad del océano, en busca de los tesoros que los hundidos navíos portugueses albergan, quiero vivir en la antartida, rodeado de eternas montañas de hielo, y en la remota pampa de polvo y atardeceres, quiero vivir en un infame ático neoyorquino, y ser vagabundo en central park, quiero compartir cartones de vino con los clochard de paris, y habitar la buhardilla más posmoderna de esa ciudad eterna, quiero pasar el resto de mi vida en roma, en madrid, en buenos aires, en sevilla, y en todas ellas quiero vivir solo en un piso de soltero, pero a la vez quiero compartir mi vida ya con ciertas españolas, más de una italiana, e incluso alguna francesa, quiero conocer todos los secretos de la milenaria cultura china, ser un anacoreta que viva en una cueva de australia o del oeste americano donde sólo llegan los viajeros perdidos, quiero ser escritor y legar líneas memorables, quiero ser músico y tocar la sexta de bruckner en el carneggie hall, pero también sentir las cuerdas de mi guitarra en la soledad de un parque tailandés, quiero ser médico en áfrica, y sentirme útil al menos un día de mi vida, quiero ser hijo único, y quiero tener docenas de hermanos a los que visitar las tardes de domingo, quiero ser corredor de fondo e ir andando desde faro hasta kamchatka, quiero ser ciclista y compartir paseos con mi padre, quiero leer toda la obra de dostoyevsky, devorar todo joyce, pero a la vez quiero consagrarme a la obra de cortazar y borges, leer eternamente las páginas de el túnel, admirar la obra poética de miguel hernández y no sentir el vértigo que siento al acercarme a la de Lorca, quiero visitar a todos mis amigos de malta, vivir con los de roma, no perder el contacto con los de perú, conocer la vida de los de padua, seguirla viviendo con los de sevilla, y empezar a vivirla con los de chile, quiero ser pintor y ver mis obras expuestas en un tugurio londinés, y compartir soledades y pinceladas con los que comparten la pasión por las líneas de mondrian, por la rabia de pollock, por la desazón de pablo ruiz, quiero conocer el nombre de todas las estrellas, y ser marino y que ellas sean mi única guía en alta mar, quiero mearme en mis pantalones carcomidos cuando el monzón me pille recolectando papas en manila, quiero sembrar todos los campos de sudán y ayudar a que algo crezca en esa ingrata tierra, quiero ser voluntario en la planta de oncología, y dispensar medicinas y esperanzas a los familiares que nunca pierden la sonrisa, quiero ser lingüista y descubrir con placer una etimología, quiero jugar una eterna partida de ajedrez con mi maestro, leer cuentos en las aldeas donde no llega más luz que la del sol, y ayudarlos en la cosecha y en la siembra, quiero volar una cometa en la isla de kiribati, donde comienza el año y se renuevan las esperanzas, y vivir seis meses de oscuridad en cabo norte, o más allá, en la helada svalbard, quiero creer en algo, o en alguien también, quiero que esta lista se acabe, y quiero que esta lista sea eterna, pues sólo a la eterna búsqueda llegará el día en que encontremos algo.

Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que se llama la madurez, el hombre hecho y derecho). Por un lado alcanza lejos, por otro no una lámpara a dos pasos. Y ya no hay nada que hacer, como dicen los reos, uno es favorito de esto o de aquello. En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo, sin por desgracia darle tiempo a saber qué,
le muestra su parcelado ser, sus seudópodos irregulares,
la sospecha de que más allá, donde ahora ve el aire limpio,
o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción,
yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro
me estoy esperando inútilmente.
A la ameba a uso nostro lo desconocido se le acerca por todas partes. Puedo saber mucho o vivir mucho en un sentido dado, pero entonces lo otro se arrima por el lado de mis carencias y me rasca la cabeza con su uña fría. Lo malo es que me rasca cuando no me pica, y a la hora de la comezón —cuando quisiera conocer–-, todo lo que me rodea está tan plantado, tan ubicado, tan completo y macizo y etiquetado, que llego a creer que soñaba, que estoy bien así, que me defiendo bastante y que no debo dejarme llevar por la imaginación.