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martes, 16 de febrero de 2010

llueve

Llueve. Y parece como si el cielo y los corazones de esta ciudad estuvieran un poco más grises. El invierno no es tiempo de utopías. Como si la lluvia empapase las alas de tristeza y de cotidianeidad.

lunes, 30 de noviembre de 2009

dos a uno

Ultimamente, la ciudad se empeña en ganarme por dos a uno. Puede que también tenga un poco de culpa el otoño. O la noche que, como todos saben, debilita los corazones. La cosa es que hoy me ha vuelto esa sensación de que la ciudad, o quizá la vida, se empeña en ganarme por dos a uno.

Pasear por una ciudad de noche puede ser una reveladora forma de conocer el mundo en que vivimos. A mí me gusta hacerlo las noches de frío, cuando parece que todo el mundo fuma un eterno cigarro que va exhalando poco a poco, devolviéndolo a la noche.

Hoy estaba paseando por la calles de Córdoba, solo. Como siempre. Para mí pasear es el acto donde la soledad cobra su mayor sentido y brinda su mayor esplendor. Pasear es el momento para pensar, para escucharnos, para sentirnos, para sentir la ciudad. Por eso para mí el paseo nunca lo he concebido como cosa de dos. Cuando comienzo a pasear, si sucede que voy con alguien al lado, ya comienzo a notar cómo me falta la música deslizándose por mis oídos. O siento su paso demasiado acelerado, o tal vez en exceso vago, o hasta caprichoso en sus altos en el camino.

Sin embargo, paseaba hoy por las calles de mi ciudad y ésta parecía empeñada en hacer patente mi derrota. A veces me pregunto qué pensaría un ser de otro planeta que bajara a la Tierra y observase ese curioso fenómeno según el cual las personas tienden a caminar de dos en dos, de sexos contrarios –normalmente-, y envueltos en una especie de acogedora burbuja. Imagino que ese es el atractivo de la pareja, de tener pareja en abstracto: la sensación constante de pertenencia, de pertenencia a algo que nos trasciende y que va más allá de nosotros mismos. O quizá sea de persistencia, de saber que cuando estamos ausentes siempre alguien nos evoca y en su recuerdo nos hace presentes. Pero creo que no, creo que lo que justifica esa especie de enfermedad (e ignórese el significado negativo de la palabra: hablo de algo extensible a todos, de fácil propagación y especial virulencia en según qué condiciones: para el caso, la noche, el otoño y el paseo) es realmente la necesidad de sentir que no estamos solos en el mundo. Que pertenecemos a algo. Que pertenecemos a alguien. Que somos parte de algo de lo que vale la pena serlo, porque eso nos hace especiales, únicos, insustituibles (de ahí la nula tolerancia en esta misma sociedad ya no sólo a la más que natural poligamia –masculina y femenina-, sino incluso al mero desliz).

Lo curioso de esa enfermedad que lleva a la gente a buscar la compañía del otro (en singular) es que contagia incluso a quien en ese momento no la sufre y, ¡oh maldito destino!, se encuentra traicioneramente caminando solo. Es curioso cómo la gente que camina sola no pasea, sino que se traslada de un lugar a otro. Normalmente buscan el refugio de las paredes: rara vez caminan por mitad de la calle. Y el teléfono móvil ha venido a salvarlas de ese delicado momento en que se sienten observados por todos aquellos que, agarrados de-la-mano-del-brazo-de-la-cintura, los miran de forma quizá un tanto reprobadora sin entender el porqué de su soledad.

Las personas que por azar o destino se encuentran paseando solas, suelen mostrar en su cara y en cada uno de sus gestos el porqué de esa –temporal- soledad. Se dirigen rápido a la cita que les espera. O miran impacientemente el reloj manifestando aún más claramente esta situación. Otros simplemente agachan la cabeza y casi corren, queriendo quizá ocultar el oprobio que sienten ante su propia situación. Cuando paseando solo me cruzo con alguien que también camina en soledad, sé que de alguna manera les resulto un remanso de paz. Algunos me miran buscando la complicidad del que se encuentra en su misma situación. Otro, disfruta de la atención perdida pues mi paso extraordinariamente calmo dirige sobre mí las atenciones de las parejas que abrazadas sueñan con habitaciones de hotel desocupadas.

Creo que la ciudad va a tener que seguir intentando convencerme de que la victoria es suya. De que dos es mejor que uno. A mí, mientras me dejo atrapar y caigo en la cómoda hermandad que trae la enfermedad, me seguirá gustando acariciar la noche en las paredes de mi ciudad, solo, sintiéndola como una gato cuyo lomo se arquea al pasar la mano que acaricia y siente.

lunes, 10 de noviembre de 2008

sábado, 20 de septiembre de 2008

sushi en fiestas patrias

No siempre las cosas resultan ser tal y como las pensamos. Probablemente porque las situaciones no es necesario forzarlas, quizá no sea ni recomendable, ya que es cuando las dejamos expuestas al caprichoso azar cuando adquieren su forma más pura.

Para celebrar las fiestas patrias chilenas -que son algo así como 4 días de fiesta para festejar que hace 198 años consiguieron librarse del yugo que los españoles les impusimos durante más de 300 años- decidí venir al sur de Chile. Amparado en ese cliché que reza que en el sur se viven siempre las cosas más a piel (quizá condicionado por ese pegadizo "para hacer bien el amor hay que venir al sur" de la Carrá), cargué mi mochila y decidí venirme a las meridionales islitas de este espigado país: Chiloé.

Pensando en encontrar remotos pueblitos de pescadores que vivieran la tradición con una cierta magia o mitología distinta a la del ajetreo de la gran urbe que es Santiago, procuré adentrarme en lo más profundo de la isla mágica de Chiloé, pero pobre de mí no me esperaban sino los paisajes más hermosos que haya visto en mucho tiempo. Del espíritu dieciochero (el "independence day" chileno es el 18 de Septiembre) que tanto ansiaba, el más prendido era el mío, paradójicamente un español exiliado en estas lejanas tierras.

Finalmente, y tras mucho pelearlo (realmente me sentía un púgil que lucha contra la desidia de toda una nación), conseguí encontrar aquello que buscaba: una encantadora fonda que bien podría haber sido escenario del penúltimo western de Howard Hawks. Ahí realmente sí estaba una pléyade de personajes dignos de Río Bravo, coronados por un entrañable borracho que mediada la tarde optó por la horizontalidad en el suelo chilota, y que respondía al simpar nombre de Guadalupe. Realmente se congregaba la flor y nata del entramado chileno: el cura, el borracho amable, el borracho cascarrabias que a todas intentaba sacar a bailar, el gringo, y bueno, el españolito de turno.

Pero nada era suficiente para mi afán devorador de autenticidad. Había que dar una última vuelta de tuerca y buscar en otros sitios algo un poco más auténtico, una celebración que desde las 3 de la tarde dejase un reguero de borrachos en las aceras, y levantase un olor a asado que sobrevolase la cordillera andina que tan bien nos sirve de frontera. Así que decidí venir a Puerto Varas, volver a tocar tierras continentales y dejar las insulares que tan buenos recuerdos paisajísticos dejaran en mi boca.

Y aquí es donde empieza "la catástrofe dieciochera". Todo prometía mucho en un principio: una fonda nada más entrar al pueblo, el olor (y la exquisitez) de unos choripanes generosos en grasa y sabor, un escenario que prometía baile y diversión. Los elementos estaban todos. Faltaba la fluidez. Sobraba mi necesidad de forzar la situación. Informose que la función empezaría a eso de las 6, luego para llegar a tope de fuerzas y aguantar bebiendo y comiendo hasta las 5 de la mañana, decidí dormirme mi buena siesta antes de volver a la fonda. A las 9, como niño con zapatos nuevos el día de su comunión, me visto y bajo a empaparme de chilenismo. Pero me recibe el más seco frío invernal, y una fonda que empezaba ya a ser desmontada.

Confundido, pregunto a los solicitos trabajadores la razón de tal fin de fiesta, ante lo cual me informan (no sin cierta melancolía en sus sureños ojos) que "las fiestas ya no son lo que eran, la gente ya no tiene que esperar todo un año para salir con sus hijos a cenar, para emborracharnos tenemos todos los días del año y todas las excusas de las que queramos disponer, y las fiestas costumbristas han pasado de delirio de la gente del pueblo, a atractivo para turistas como usted". La dureza y realidad de esas palabras se me presenta inapelable. Cuánta razón tenía ese caballero. Justo al lado, como testigo refrendado de sus palabras, se me ofrecía un local de sushi, atestado de familias con niños y parejas haciéndose carantoñas.

En un último reconocimiento a lo que un día fueron las ferias costumbristas de nuestros paises, decido volver a mi hostal, a refugiarme en el viaje de los detectives salvajes de Bolaño. La tripa ha empezado a sonarme hace 10 minutos, reclamando los choripanes y anticuchos prometidos. ¿Acabaré sucumbiendo ante su llamada y seré una cara feliz más de las que llena el local de sushi? No lo creo.

Post-data: Al lector perspicaz, quizá no le haya pasado desapercibido el posible detonante de todo este lamentable error geoestratégico (pues me consta que en la septentrional Santiago las fiestas han sido masificadas a pesar de la inclemente lluvia). Quizá al encontrarse en el hemisferio sur, el norte sea el sur y el sur sea el norte. Corrigiendo pues mi tesis inicial (aunque esta nueva no deje de ser un cliché que sustituye a otro pretérito): quizá la mayor autenticidad radique en viajar siempre hacia los más benignos climas que se aproximan al ecuador, pues todos sabemos que "clima culturam facet". No lo sé. Sólo sé que dejo de escribir estas líneas pues he de apresurarme si quiero llegar a tiempo antes de que me cierren el local de sushi.

Sic...

viernes, 18 de julio de 2008

viernes, 20 de junio de 2008

pero sucede también...

Los desayunos en mi trabajo son bastante peculiares. Solemos salir a tomar algo un servidor, mi jefe, y el jefe de mi jefe. Siempre bromeo con ellos diciendo que la estructura jerárquica de nuestra oficina tiene mucho de jerárquica y poco de estructura, pues somos tres y más que una pirámide parecemos una torre -y desde el once de septiembre todos saben que hay que tener cuidado con las torres demasiado altas-. Sin embargo, y a pesar de esta circunstancia, los desayunos como decía son bastante peculiares.

En ellos, salen a relucir todos los lugares comunes que pueden existir: la religión y Dios, el capitalismo y el comunismo, el cine y la literatura, las mujeres... El otro día mi jefe directo se había ido y estaba yo hablando con Tomás acerca de la nueva ley de educación chilena, cuando me preguntó que porque yo me calificaba como una persona de izquierdas. Intenté una tímida explicación que aún no he logrado encontrar en los ya casi veintiseis años que llevo haciéndome la misma pregunta. Hablarle de esa uña fría que me rasca constantemente la cabeza. Decirle, en fin, que quizá soy de izquierdas porque no puedo defender ninguna postura con absoluta convicción, porque en las carencias de una veo las virtudes de la otra.

A este punto él se puso muy serio, y empezó a hablarme de las numerosas ventajas de la economía neoliberal. Me hizo una magistral exposición de porque la libre competencia traía beneficios para todos, hacía crecer la economía, y encima era el sistema más justo. Me habló de las curvas de oferta y demanda, de las ineficiencias de interferir ante la mano invisible del mercado, me enumeró ejemplos a seguir como el de Irlanda o Nueva Zelanda, de la ineficiencia de los impuestos, no hablemos ya de los impuestos progresivos. Por supuesto, me recordó, eso no significaba que él no quisiera que se ayudara a los pobres, pero la mejor forma de hacerlo es permitiendo que la economía crezca a nivel global porque así, por propia lógica, crece el bienestar de cada uno de los individuos que en ella vive. Me habló de cómo hace doscientos años vivíamos enterrados en la mierda, y ahora yo estoy trabajando a diez mil kilómetros de mi casa y hablo con mis padres por un aparatito que cabe en un puño. Me habló de que nada de eso hubiera sido posible sin las inversiones individuales de tantos emprendedores, sin la posibilidad de que ellos se enriquecieran, pero junto a eso avanzara tantísimo la calidad de vida para todos. Me habló de Adam Smith, de Von Hayek, de la escuela austríaca, de cómo la conversión llegaría tarde o temprano pues la economía, si es libre, nunca para de crecer.

Tras un discurso que duró casi media hora, y que recibí absolutamente permeable a ser convencido, a entenderlo e interiorizarlo, me preguntó: Antonio, ¿qué opinas al respecto? Y yo, recordando esas palabras de Galeano, no supe más que decirle: Tomás, todo eso que me cuentas rasca. Y rasca mucho. Y es cierto que rasca muy bien. Pero, a mí, me rasca donde no pica.

lunes, 16 de junio de 2008

jueves, 12 de junio de 2008

la tregua

Deben buscarse amigos como se buscan libros. Acertar en la búsqueda no reside en que sean muchos o extraordinarios, sino en que sean pocos, buenos y bien conocidos.

La frase es de Mateo Alemán, y yo siempre la he adoptado como una cierta filosofía de vida; siempre me ha gustado perderme entre las polvorientas estanterias de las librerías de viejo, al igual que siempre me ha gustado degustar a mis seres queridos con calma y devoción.

Recuerdo perfectamente cuando llegué a Roma y extenuado, bajo una lluvia imperiosa que parecía maldecir mi bienvenida, tras dejar las maletas en el hostal sin saber nada de la lengua, con poco dinero en el bolsillo y nada parecido a un hogar esperándome, bajé por primera vez a las calles de Roma. Recuerdo los acelerados latidos de mi corazón, al fin y al cabo era la primera vez que estaba solo, a miles de kilómetros de casa, y me sentía tan ilusionado como desamparado. Entonces, en la esquina de la calle en que me hospedaba, descubrí una librería de viejo. Entré tímidamente en ella, y la señora que la regentaba, entendiendo perfectamente que no era italiano, me recibió con una cálida sonrisa. Comencé a recorrer el lomo de los volúmenes con sumo cuidado. Delante de mí, tenía siglos de literatura en una lengua que aún no conocía, y cada uno de esos volúmenes me representaba un reto y una esperanza.

Tengo la firme convicción de que hay veces en que no elegimos los libros, sino que son ellos los que nos eligen a nosotros. Entre miles de ejemplares, había un pequeño librito de lomo blanco, en el que se leía sólo el apellido del autor: Gramsci. Inmediatamente algo me atrajo de ese libro. Su nombre evocaba un recuerdo que ya había olvidado, lo que no deja de ser un perfecto oxímoron. Tomé el libro entre mis manos. Era una edición de 1973, aún lo recuerdo perfectamente, pero no una de estas ediciones pretendidamente anacrónicas, sino un mero libro viejo. Creo que incluso pertenecía a alguna colección de esas de ensayos políticos. Nada de mística, pues. Abrí el libro y aspiré su perfume. Siempre que compro un libro me gusta olerlo, captar su esencia. Y su olor traía el recuerdo de demasiados momentos. Miré a la librera, y de nuevo me recibió su sonrisa. Parecía entender todo, no sé, me pareció que de alguna manera ella también se sintió bien en ese momento. Quizá sintió un poco más justificada una vida dedicada a la cultura.

Meses después, cuando ya paseaba por las calles de Roma mirando hacia el suelo y no con la mirada permanentemente alerta de los turistas, decidí ir al cementerio que había cerquita de mi casa, a ver la tumba de Keats. Empecé a pasear entre las sombras de los cipreses, dejando resbalar mi mirada por los diversos mausoleos y tumbas, cuando me encontré con Gramsci. Estaba allí. Descansaba en una tumba casi anónima, en el cementerio de aquellos que murieron durante los años de plomo, los años del posfascismo en Italia, en un cementerio para exiliados de los paraísos terrenal y divino. Y entendí porque su dedo me señaló ese lejano 27 de septiembre de 2005 en esa ahora lejana librería.

Años después, paseaba por las calles de Santiago, cuando decidí detenerme en las viejas librerías de la calle San Diego. Fuera lloviznaba un poco, así que entré en estas librerías sin una idea clara de si buscaba algo más que un refugio temporal. Y de nuevo sucedió. Entre los miles de tomos, una cubierta blanca, con sobreescrito el mero apellido del autor -Benedetti- y su escueto título -La tregua-, me señaló. Creo que fue su sugerente título lo que me atrajo, así que decidí tomarlo entre mis brazos, y ya desde entonces sabía que ese libro era para mí. Una portada de un cálido naranja, con una foto de Hector Alterio fueron más que suficientes.

Pero al abrirlo, descubrí algo que me dejó, realmente, maravillado. En unos curvos caracteres había una dedicatoria hermosa, que rezaba: Amiga, que este libro sea una lección de vida más y que te acompañe en cada minuto en que lo leas. Tal vez después sientas la sensación de "una tregua" para tu vida. Firmaba una cierta Sara, añadiendo un Feliz Navidad, Dic. 1988. Poca gente ha entendido mi entusiasmo al leer esta dedicatoria. A algunos les parece cursi, a otros que carece de sentido -lo que literalmente es posible que sea cierto-, e incluso alguno llego a dudar de si la había añadido yo para "enriquecer mi hallazgo". Nunca me importó demasiado lo que pensaran los demás. En mi mente, leer esa dedicatoria, me sugerió demasiadas cosas.

Y no hablo de pensar en un día de viento en el cual vuelan los periódicos viejos por las calles a media luz de Santiago de Chile. No tengo porque imaginar a una mujer de mediana edad que camina apretando su bolso contra el pecho. Simplemente pienso en lo que está ahí. 1988. En Chile. Fue el año del No a Pinochet. Hace de eso 20 años, que son más de los que mi esquiva memoria acierta a recordar. En 1988 no había caído el muro de Berlín, por poner un ejemplo más internacional. En ese año, una persona camina por las calles de su ciudad, buscando algo que pueda servir de tregua a su amiga. La imagino eligiendo el libro, quizá más por el título que por el contenido, pues no deja de narrar una historia absolutamente trágica que difícilmente pueda servir de tregua a la vida de nadie. Pero ella igual compra esa tregua, busca ese pacto con el destino que traiga algo de calma a su ser querido. Pero no sólo está ahí eso. Está ahí el corolario inevitable a que ese libro esté ahora aquí ahora, junto a mí, veinte jodidos años después. ¿Qué puede llevar a una persona a vender algo que ha sido recibido -al menos sin duda entregado- con tanto amor? ¿Dónde fueron a parar esas personas, esa relación? ¿Qué fue de esa tregua regalada y quizá nunca pretendida?

El poder sugestivo de unas palabras escritas veinte años atrás puede ser absoluto, o irrisorio. No sé si lo que se sienta ante ellas querrá decir algo o no de las personas que las leen. Sólo sé que esa tregua me llegó a mí más de siete mil días después y, por si le puede servir de algo a esa enigmática Sara, me alcanzó con todas las fuerzas con que ella las deseó.

jueves, 15 de mayo de 2008

debe ser primavera

Por la ciudad camino, no preguntéis adónde. Busco acaso un encuentro que me ilumine el día, y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.

lunes, 28 de abril de 2008

de la satisfacción perruna de lo cotidiano

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero "Hotel de Belgique".

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el delicado acto de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Chau, querida. Nos vemos.

Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más fácil aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado esté la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia fuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y que acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Porque te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta que puede arrojarse a cada instante sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

balada de otoño

Pintaron de gris el cielo
y el suelo se fue abrigando con hojas
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los cristales llueve y llueve...

viernes, 18 de abril de 2008

rincon de los canallas, d.e.p.



La semilla de la amistad siémbrala por donde quieras que vayas esta germinará... y en la huella que tú dejaste tu imagen perdurará eternamente...

lunes, 7 de abril de 2008

filio en chile

Llegó como de la nada. Con su guitarra triste al hombro, como un obrero de la música. Y de repente empezó a cantarle: al amor, al olvido, a esta tierra, al perdón. Se entregó a la inclemente multitud que le exigía sus temas preferidos, mientras el autor intentaba donar al mundo sus nuevas creaciones. La maldición del cantautor se cobró en sacrificio una nueva víctima, y como llegó se fue, con su guitarra un poco más triste al hombro, como un obrero de la música. Y nosotros nos fuimos al rincón de los canallas, donde las paredes se caen por el peso del progreso, pero cientos de notas aún las sostienen en pie. Y fuimos a gritar chile libre, y a comer pernil bañado en maremoto. Y alguien cantaba consignas por un megáfono. Luego fuimos a las cuatro y diez. Y allí alguien cantaba fito. Y silvio, y sabina, y aute. Y entonces alguien tomó otra guitarra triste y cantó brazos de sol. Y nosotros brindamos con alcohol, batiendo los vasos contra la mesa, y pensamos que la guitarra de filio dormiría un poco menos triste. Un inclemente reloj nos recordó que ya peinamos canas, y a las cuatro y diez salimos de las cuatro y diez. Borrachos y decadentes. Y había una chica monísima detrás de la barra.

lunes, 24 de marzo de 2008

compartir es vivir (sic)

Quien me conoce, y aquel que navega entre estas líneas así lo hace, sabe que si hay una palabra que define mi modo de pensar, esa palabra es "contradicción". La eterna bi, tri, o multipolaridad de cualquier mirada, de cualquier forma de entender el mundo, me afecta y ataca cuando menos lo espero. Quizá por ello la inquietud es mi más antigua compañera de viaje. Quizá por ello temo exponerme a los demás tanto como temo exponerme ante mí mismo. Dentro de este discurso de la multipolaridad, siempre entra en escena el de la honestidad, aunque quizá aquí comience un nuevo vano intento de compartir mundos. Pero hoy me levanté prosaico, así que trataré de deconstruir esta idea largamente rumiada, en un discurso mínimamente inteligible. Y para ello, como se nos enseña desde la mayeútica socrática, quizá no haya nada mejor que acudir a un simple ejemplo.

Esta semana santa la pasé en un festival. Ya la acción es arriesgada: un festival supone siempre un mundo semicerrado, un lugar de encuentro entre asiduos y de desencuentro entre despistados, una expresión artística que, como todas, maneja su propio código. Pero aún así ocupamos el asiento de ese grupo de despistados, y allá fuimos a ver exactamente en qué consistía eso de "salvar la tierra".

Con tan sugerente título, sabía que una vez más iba a enfrentarme a mi más temida contradicción, a un nuevo ataque de la honestidad. Diez mil personas reunidas bajo la modesta idea de salvar la tierra. Como no, el espectáculo estaba garantizado. Carpas en las que se practicaba yoga, muchas rastas al viento, impúdicas jovenes paseando sus velludas axilas con la más despreocupada de las vergüenzas, tatuajes totémicos y cuerpos perforados. No sé por qué, pero todo eso me causa de base algún tímido rechazo. Para tratar de explicarlo, diré que lo veo como cuando en una capea (para el profano, digamos que es una corrida con una vaquilla, en la que esa es suficiente excusa para beber y comer hasta entrada la noche) se reúnen jóvenes de alta alcurnia, para festejar sus millones y su status. En ellas, encontramos los mismos aunque opuestos lugares comunes: vaqueros ajustados indefectiblemente celestes, con camisa de cuadros remetida, cinturón con la bandera de España y algún toque de azul-PP, pulserita en la muñeca, desde LiveStrong hasta Viceroy en función de la moda odierna, caracolillos en la nuca o marcada raya en la parte derecha de la cabeza, y un insoportable olor a aftershave.

Es ese habitar lugares comunes lo que me hace, por naturaleza, intuir la traición. ¿Cómo compaginar diez mil personas dispuestas a, simplemente, salvar la tierra, si luego a la hora de tomar el repleto tren de regreso no les alcanza la solidaridad ni para dejar pasar primero a la mujer que sostiene un niño entre los brazos? ¿Cómo compaginar esas diez mil almas llenas de buenas intenciones, con la insolidaridad posterior del criticar el mundo desde fuera, desde sus torres de marfil, amparados en un pasotismo que les permita vender cocos en una playa de Cancún? ¿Cómo no intuir la traición cuando todo huele a esa invasión magnánima del redil ajeno, bumerang ontológico destinado a enriquecer en última instancia al que lo suelta, a darle más humanidad, más santidad?

Me he habituado con los años a convivir con esta suerte de amargor, con esta contradicción innata entre querer actuar, pero intuir la traición que espera en cuanto cedamos a la palmadita en la espalda, al sufrimiento compartido, a la lamentina vacía y a la doble moral del día a día. Temo que, como en tantas cosas en la vida, éste no sea sino un nuevo prejuicio, porque a veces, profundizo en esos portadores de bumerangs ontológicos, y encuentro algo de honestidad, sin duda mucha más de la que creo que vive en mí mismo. Pero casi nunca son personas que exteriorizan su credo. Huyen de los clichés, su pelo sigue un corte indiferente a las tendencias de grupo, incluso algunos se pasean por la ciudad con corbata, o confiesan haber estudiado económicas. Esas personas que basan su lucha en algo más que el reconocimiento en el redil, dan algo de honestidad a todo este movimiento, a esa inquietud latente. Y esta semana profundicé en al menos cuatro personas que así me hicieron sentir. Y ésas saben quienes son.

Cuando algo me marca, siempre suelo asociarlo a alguna realidad. Un paisaje, un olor, la melodía de una canción, una mujer. Esa realidad me está siempre esperando donde menos pensé encontrarla, y no es hasta la vuelta que descubro que era ésa, y no otra, la que habría de marcar a fuego el recuerdo. En este caso fue una frase, perdida en medio de una canción que no conocía, cantada en el andén de una estación, un domingo de marzo. Que no quiero dejar de compartir con vosotros. Porque a mi también, aunque de otra manera, Latinoamérica me duele.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Desde el Sur

Santiago de Chile se despierta entre montañas.

Dos semanas en Chile. Una semana en Santiago. Una semana en la región de Coquimbo. Dos semanas ya en Chile. Quién lo diría.

Hace un tiempo soñaba con vivir al menos un año en Sudamérica, pero lo veía como algo lejano, algo que ocurriría sólo con el paso de los años y cuando ya no me movieran ciertos intereses y ciertas inquietudes que me trajeron hasta acá. Y sin embargo, acá estoy. Uno de estos días viajaba en auto por la ruta Panamericana, con el Pacífico al Oeste y la cordillera andina al Este, por carreteras interminables que se perdían a la vista entre lomas que dibujaban el paisaje chileno, y de repente fui consciente de que a veces algunos de nuestros sueños acaban por hacerse realidad.

Resumir de forma exhaustiva cada una de las experiencias que ya empecé a tener acá nunca fue mi modo de compartir mundos. Los olores, la cruda arena que curte la piel del campesino, el viento oceánico que seca las intimidades que cuelgan de las ventanas, las olas de un océano que te cubren de fuerza y vida, las estrellas, divisar la Vía Láctea desde la arena de una playa en medio de nada, y el cinturón de Orion guiando a los marineros del Sur, los troncos retorcidos en busca de un agua que no hay, y de un refugio que los proteja del viento. Son sólo matices, sugerencias, aromas, sedimentos que esta tierra comienza ya a dejar en mi vida.

Del resto, los amigos con los que compartes mundos y las diferentes formas de verlo. Conversaciones de humo al único abrigo de un vaso de pisco. Las primeras confidencias y las últimas traiciones. La intuición de alguna uña que no daña pero aterra. En fin, la vida diaria pero en otro país, en otro continente, con otra gente nueva que de alguna manera suponen un nuevo estímulo para seguir conociéndote un poco más a ti mismo. Al final acabas por entender que cuanta más gente conoces y más mundos compartes y diverges, al fin todo se reduce al autoconocimiento y a la evolución personal. Los demás como el espejo al que nunca quisimos mirar, pero que siempre nos sedujo.

Del resto, siendo siempre yo. Un Sandmann que más que adormentar con granitos de arena, intenta despertar un poco la inquietud, el torbellino, el mundo de los “y si”, la esperanza de una vida más allá de la hipoteca y el horario de oficina, de negros y blancos que huyan del monótono gris vital que tanto impera, del desasosiego pero la calma profunda del desequilibrio. Del resto, encontrando gente que admira tu modo de pensar, que no siempre coincide con el de actuar, pero teme dar el paso, y sumas una nueva decepción a tu ya atiborrada maleta de viaje. Del resto, ya me conocen bien como para que siga aburriéndoles.

Desde el Sur, pidiéndoles que cada tanto miren un mapa del mundo, recuperen el globo terráqueo que otrora siempre hubo en cada casa, o los más actualizados a través de google earth, e imaginen a un amigo que sube y baja por las tierras de Chile, entre polvo, viento, maleza y sol, pensándoles más a menudo de lo que puedan creer, desde ese Sur, se despide su amigo Sandmann.