martes, 23 de diciembre de 2008

22/12/2008 - la paz

8:06 (hora boliviana, 9:06 hora chilena)

La puna. El soroche. El mal de altura. Puede llamarse como se quiera, la cosa es que ayer me mató. Pero voy a intentar empezar desde el principio.

Ayer 21 me levanté lleno de energías y con ganas de empezar la aventura boliviana. Subí al bus y todo iba demasiado bien al principio: el asiento que había reservado disponía de las mejores vistas, y pude disfrutar todo el viaje por el parque nacional del Lauca.

Todo andaba perfecto hasta que al llegar a la frontera sentí que empezaba a desfallecer. Me desmayé dentro del bus, en mi asiento, y comencé a traspirar y a sentir que la cabeza me iba a estallar. Sin decir nada a nadie, cuando me recuperé de mi desmayo, bajé a comprar algo de beber y algo de comer, pero la cabeza parecía que iba a estallar.

Volvimos al bus, a continuar con un viaje de un total de 12 horas. Yo, medio muerto en mi asiento, intentaba dar alguna cabezada que hiciera menos evidente el malestar que sentía, pero de vez en cuando abría los ojos para ver cómo se extendía ante mí el altiplano boliviano.

Las primeras impresiones son que en Bolivia realmente el tiempo se ha detenido. Se sigue arando la tierra con bueyes o incluso vacas, las mujeres visten el vestido típico ue impusieran hace cinco siglos los conquistadores españoles para "marcarlas, y ahora esa discriminación se ha convertido en símbolo de la identidad indígena.

Tras casi 11 horas de viaje, avistamos La Paz. La Paz es una ciudad definitivamente loca. Construida literalmente dentro de un hoyo rodeada de montañas, ni siquiera el casco histórico se libra de las cuestas y recovecos en que se mueven sus habitantes. Sin embargo, la ciudad ha crecido tanto que en las lomas de los cerros que la rodean no dejar de surgir nuevas casas, donde la gente se hacina.

Pero espero ratificar hoy mis impresiones y poder compartirlas más en profundidad.


8:59

Sentado en la que probablemente sea la catedral de La Paz, me siento un verdadero intruso con mi cámara fotográfic. En los mayores templos de Roma, donde estaba terminantemente prohibido (y había incluso vigilantes para evitarlo) tomar fotografías, me gustaba sacar la cámara y disparar alguna foto a hurtadillas. Acá, donde nadie me censuraría porque están todos rezando con la cabeza entre las manos, soy yo el que prefiere no faltarles al respeto interrumpiendo sus plegarias con mi occidentalismo.

Lo irónico de todo esto es que en estos paises, que hoy son la mayor fuente de creyentes para la iglesia católica (Chile, Bolivia, Perú, Brasil), es donde ancestralmente ni siquiera se había oído hablar de ese tal Jesús. Qué profunda debió ser la herida que dejamos sobre sus tradicionales creencias, qué dura la represión y el castigo, qué fuerte la colonización educativa y religiosa para que sean estas tierras la actual cuna del catolicismo. Y mientras las enfermedades y el sistema económico que les trajimos los matan, la religión que les impusimos les vende una salvación que no existe.

Empieza la misa, decenas de almas cantan y oran. Es la hora de marcharme.


12:17

Vuelvo a estar sentado escribiendo en el interior de una iglesia. Pero no porque este viaje esté despertándome una vocación religiosa, sino porque es un buen refugio contra la lluvia. Y es que La Paz no es una ciudad loca sólo en sus contrastes, en su ubicación o en su perpetuo ritmo. También el clima está loco acá, y el inclemente sol del altiplano se mezcla con estos truenos que retumban en el interior del solitario templo. Huele a lluvia, a tierra y a cemento, como si la bóveda se estuviera reblandeciendo y amenazara con volcar sobre mí todo su histórico peso. Creo que ha llegado de nuevo la hora de salir.


18:07

Sentado tomando un mate de coca en un lugar al que de nuevo no pertenezco, pero dentro del cual me siento por fin bien.

Poco a poco conozco más La Paz, o al menos el cansancio de mis piernas así lo cree, y cada vez me doy más cuenta de lo similar que es a Santiago, casi a cada otra gran ciudad latinoamericana: una ciudad fragmentada en dos, económica y geográficamente.

Si en Santiago esta dicotomía la marca la Plaza Italia, separando la ciudad en el barrio alto al Este y el Santiago popular al Oeste, a La Paz la plaza cartesiana es la del Estudiante, dividiendo la ciudad en un sur rico y residencial, y un norte pobre y caótico.

La verdad es que no sé muy bien que pensar acerca de La Paz, y acerca del mundo por extensión. Cada vez se me plantea más difusa la frontera entre dos palabras tan similares pero tan contradictorias: pobreza y progreso. Me resulta incluso difícil tratar de explicar esta confusión. Prefiero alimentarme de impresiones y cuando tenga una idea concreta, materializarla por acá.

Ahora, déjenme seguir disfrutando de mi mate.


20:33

Etno Bar. En la puerta se promete un café cultural, una noche literaria abierta con jóvenes autores bolivianos leyendo sus poesías o los textos que le inspiraron. Veamos qué sale de acá.

Antes de esto, tras mi mate de coca, he tenido un encuentro de lo más estimulante. Callejeando de camino a un concierto de música andina, encontré una casa museo, que al acercarme descubriría que se trataba del Museo Arqueológico. Al entrar para verlo, vi a dos muchachas que se hacían fotos. No sé que extraña intuición me llevó a hablarles, pues en estos viajes siempre suelo mantener las distancias con los demás turistas, para no molestarlos y porque en el fondo soy más tímido de lo que me gustaría admitir. Pero esta vez tuve una extraña intuición. Quizá fuera su forma de moverse, sus gestos, o incluso su vestimenta (y es que en el fondo la impresión de lo material, de lo explícito, a veces es muy fuerte), pero realmente me aventuré a preguntarles (aunque el acento ya había facilitado mi trabajo) si eran españolas. Y sí, Josune y Olga son de Navarra.

Pero puesto que he quedado en juntarme con ellas hoy en este Etno bar que nos promete "La noche de la hoja sagrada", aprovecharé para hablar del otro compañero de viaje que he conocido hasta ahora.

Su nombre es Pedro, un chileno de 19 años que viajaba a Bolivia para encontrarse con un amigo e irse juntos a vivir dos meses en las comunidades chileno brasileiras que cultivan y consumen la ayahuasca en la Amazonía. Lo curioso es que este tal Pedro estaba ya bastante afectado por este duro alucinógeno, que aseguraba haber tomardo diez veces en su todavía corta vida. Sus respuestas eran demasiado lentas, y su capacidad de atención y de retención estaban bastante debilitadas. Pero feliz viajaba el hombre con sus rastas, su peto vaquero y su gorro de colores.

Olga y Josune sin embargo trabajan en Sucre, haciendo voluntariado sin ser remuneradas siquiera con un solo peso. Dos modos de vida que se intentan vivir de forma alternativa, apartándose un poco de las recetas dadas, de esos mundos construidos a medida. Sin embargo, una la juzgo socialmente responsable y la otra me parece tan censurable como la del mayor empresario. Pero ¿quién soy yo para juzgar unas vidas que apenas alcanzo a rozar con la punta de los dedos?

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