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martes, 4 de agosto de 2009

hijos de los hombres

¡Vaya! Me doy cuenta de que, a pesar de que me considero una persona bastante amante del cine (si bien es cierto que tras la explosión cinéfila de hace unos años, ahora de forma mucho más relajada), no hay ni una sóla crítica cinemátográfica en las páginas de mi blog, siendo éste sin duda uno de los grandes temas de la mayoría de blogs. Qué curioso... La cosa es que quizá a través de la crítica a esta película se desvele el por qué de esta decepción cinéfila.

Que el cine es una gran trampa no escapa ya a nadie. Que -como toda obra cultural- tiende cada vez más a homogeneizarse en sus formas y en sus fondos, tampoco es una novedad. Pero bueno, empecemos desde el principio. O como mandan los cánones, haciendo un pequeño spoiler de la historia que nos cuenta esta cinta.

Londres. Año 2027. El género humano afronta su posible extinción tras más de 18 años sin que haya sido engendrado un sólo bebé. El mundo, ante la inminencia de su fin, ha entrado en el más absoluto de los caos. Los inmigrantes han tomado el mundo desarrollado y todas las ciudades caen bajo una anarquía violenta. El único bastión de "civilización" que sobrevive es una Londres militarizada, que caza y encierra en campos de concentración a los ilegales que inundan sus calles. La muerte de la persona más joven de la tierra, junto a una serie de atentados perpetrados por grupos de activistas armados que luchan por "devolver la cordura" al mundo, terminan por conformar la macrohistoria.

En cuanto a la intrahistoria, tenemos a una fugitiva negra embarazada. Estamos pues ante el nacimiento del primer bebé en 18 años, aquello que puede traer la esperanza o la destrucción al planeta. Y aquí empieza el primero de los clichés que inunda la película: para llevarla al Proyecto Hombre, necesitan de la ayuda del protagonista: un antiguo activista que, tras abandonar la causa, se nos presenta como un alcohólico sin moral que trabaja para la burocracia londinesa. Un cínico que poco a poco irá reconciliándose con el mundo, gracias al recuerdo de su hijo perdido, y que se debate en una lucha interna entre la fe y el azar, entre la causalidad y la casualidad.

Y desde este punto, comienza la sucesión de tópicos que en el fondo espera todo el mundo que llena las salas de proyección. Unos malos malísimos, unos buenos buenísimos, sacrificios, luchas de las que sólo salen vivos quienes tienen que salir, los malos bien muertecitos al final, los héroes bien homéricos al final, la mujer del cínico que muere cuando está volviendo a enamorarlo, su mejor amigo que muere encubriéndolo, y en fin, él mismo muerto al final de la cinta por una herida de bala inflingida protegiendo a la chica y al bebé al que previamente había ayudado a nacer. Héroe, mártir, símbolo, genio y hasta comadrona, qué más se le puede pedir a un ex-alcohólico!

La cosa no es que la película rebose de tópicos; Otras muchas lo han hecho antes y ahora son tildadas de clásicos (he ahí como ejemplo paradigmático "El hombre tranquilo", de John Ford. Pero a estas películas que son premeditadamente tópicas se le perdona todo, especialmente si en ellas aparece John Wayne). La pena es que desvirtúa de forma infame una macrohistoria que podría ser muy interesante. Y no sólo eso, sino que precisamente esta ignorancia de la historia marco es lo más aplaudido por la gente.

Hay películas, al igual que libros, en los que poner el centro de atención en la intrahistoria enriquece la propia obra. Quizá el ejemplo más actual sea la novela "La carretera", de Cormac McCarthy. En la novela se ignora absolutamente el motivo por el que el mundo ha llegado a ese punto de destrucción, mientras que en la película se empeñan en explicarnos con detalle cómo todo ello se debe al cambio climático.

En fin, que parece que el cine (o al menos el cine de ciencia ficción) adolece cada vez más de un cierto estrabismo que le hace incurrir siempre en la peor elección posible. Y ello porque las historias han llegado a encorsetarse de tal manera que todas ellas presentan una estructura común, y bastante desafortunada. En la primera parte de la misma se presenta al personaje principal y la situación (he ahí Minority report, 28 semanas después, Inteligencia artificial, la futura La carretera, o ejemplos más allá del cine de Sci-Fi, como 300 o tantas otras), y los otros dos tercios de película no son más que un accidentado viaje en el que no se profundiza en la historia.

Sin embargo, y puestos a hacer una crítica total de la película, creo justo enumerar también sus aciertos. La dirección y algunas interpretaciones son muy buenas (aunque la dirección bebe demasiado del hiperrealismo de "Salvar al soldado Ryan", película que algún día será elevada al lugar que merece por cómo cambió el modo de realizar cine, aunque también muera de tópicos), hay escenas que por supletorias no dejan de ser sorprendentes (como la del coleccionista de arte en plena extinción de la humanidad o el retrato del ghetto al que llevan a los ilegales), y en general consigue lo que se propone: entretener a la masa palomitera a quien va dirigida.

En fin, podría y quizá debería profundizar muchísimo más en cada uno de los temas, pero con esto del microblogging parece que mis entradas inevitablemente extensas ya no están de moda, así que la dejaremos aquí agradeciendo cualquier comentario al respecto que pueda enriquecer un potencial debate. Saludos.

lunes, 10 de noviembre de 2008

jueves, 12 de junio de 2008

nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas

Supongo que hay imágenes que en algún momento se graban en nuestra retina, y de un modo u otro nos acompañan ya para siempre en nuestro viaje por este mundo, las llevamos en el color de nuestros ojos. Parece como si nos entraran así, de soslayo, casi sin avisar, y se quedasen ya prendidas de nuestra mirada, agazapadas, esperando el momento de dar el salto a nuestra conciencia. Hoy precisamente me pasó eso, y hoy entendí un poco más de mí mismo.

Desde que hace años tuve ocasión de verla, siempre he defendido como una de mis películas favoritas, sin duda la más admirable para mí de su director, la maravillosa Hannah y sus hermanas, de Woody Allen. Nunca había alcanzado a entender muy bien el porqué. Otras, como ese Misterioso asesinato en Manhattan, me parecían más elocuentes; sus Días de radio tenían algo de inocencia que este film no alcanzaba; o los paseos por los museos a media luz de Manhattan contenían una sutileza superior. Sin embargo, cuando pienso en Woody Allen, en lo que su cine me ha transmitido, inevitablemente pienso en Hannah y sus hermanas. Y hoy alcancé a entender por qué.

En esa maravillosa película, se desarrolla una de las historias de mayor ternura y tragedia del cine. Max Von Sydow encarna el papel de un viejo pintor minimalista, que vive en una apolillada buhardilla del Soho, rodeado por igual de libros, polvo y decadencia. Su vida la comparte con la joven Lee, interpretada por Barbara Hershey, que lo ama con ternura, sinceridad y devoción.

De todas las frases que cuelgan de las paredes de mi habitación, aquella con la que más me identifico es la piedad está liquidando. Tampoco sabía muy bien explicar por qué. Simplemente me transmitía algo, me hacía sentir que detrás de ella se escondía una verdad íntima, un sentimiento que sólo cabía expresar a través de esas cuatro palabras. Quizá hasta ahora.

Hoy estaba leyendo La tregua, de Benedetti, y por fin todas estas piezas encajaron en mi cabeza, como si siempre hubieran estado esperando este momento, esta revelación, para encontrar su puesto exacto dentro del rompecabezas. Transcribo literalmente el texto en concreto, en el que Martín Santomé habla así de su relación con Avellaneda, una joven a la que dobla en edad:

Ella se ríe. Yo le pregunto: ¿Te das cuenta de lo que significa cincuenta años?, y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y no dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una especie de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos.

Quien haya visto Hannah y sus hermanas, ya sabrá sin duda de qué estoy hablando. En esta obra, cuando Lee se enamora del aún joven y vigoroso Elliot (sublime Michael Caine), Max Von Sydow lo asume con una cierta complacencia, incluso se diría que con un cierto relajo. Como si la tan largamente esperada espada de Damocles por fin hubiera dejado de pender sobre su cabeza para asestar su certero golpe. Sabe que no puede reprocharle nada. Sabe que el incólume ciclo de la vida dio un nuevo giro, se cobró una nueva víctima, y se entrega juiciosamente calmo a tal designio.

Creo que eso es un poco lo que siempre ha rondado mi cabeza. De alguna manera me sé desde ya condenado –aunque quizá condenado no sea la palabra adecuada, pues no lo espero como una condena, sino como el inevitable corolario de mi vida- a sufrir ese implacable destino. Esa hadmiración, esa hadoración inicial que despierto y de la que tan magistralmente habla Cortázar, se me adosa como una capa que siento escurrirse día a día. Por eso quizá me sea tan difícil dar los segundos pasos en las relaciones: porque en la distancia entreveo ese predestinado alejamiento, cuando ya las aguas que manan de mi ser hayan sido consumidas con fruición, y ya nada se pueda sacar de este cuerpo andrajoso y decadente salvo una tibia piedad, liquidando el fuego en el que un día me vio arder.

miércoles, 26 de marzo de 2008

sábado, 23 de febrero de 2008

al final de este viaje


Sentenciaba Cortázar:Todo lo que se escribe en estos días y que merece la pena leer, está orientado hacia la nostalgia.

Esta escena pertenece a la maravillosa Un lugar en el mundo. Justo antes de que el chico gire las riendas de su caballo, para escapar del desgarro que supone siempre una marcha, el en un principio cínico geólogo encarnado por Sacristán le regala una luz ultravioleta, con la que poder desentrañar el alma de las piedras. El chico, en su despedida, le agradece: Gracias por la luz, dándole pie a una no menos genial despedida: Gracias por el viaje.

Para todos aquellos que vivimos de la luz que nos dan nuestros compañeros de viaje.

Con la esperanza de que, algún día, encontremos un lugar en el mundo.

lunes, 11 de febrero de 2008

del miedo a ver lo que intuimos

Vivimos rodeados por el abismo. A cada paso, a cada mirada, nos asomamos a un nuevo abismo, a lo desconocido.

En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.

Scottie no pudo evitar mirar al abismo a los ojos. Cuando conoce a Madeleine, se enamora inmediatamente de esta presencia etérea, y tras perderla, cree intuir en los ojos de Judy la sombra de la mujer que conoció. Se enfrentó sin miedo a ese último e irrefrenable vértigo: el vértigo de saber como será mañana el rostro de la persona que amamos. Y ello le llevó a perderla, quizá el único destino posible para el que se atreve a mirar. Las relaciones personales, y entre ellas las de pareja como máximo exponente, tienen mucho de este pre-conocimiento, de esta presciencia. Intuimos en los silencios de la persona que acabamos de conocer su incapacidad para el compromiso, su tendencia a la traición furtiva, su implacable sed de individualismo. Intuimos estas realidades desde el primer minuto, apenas al primer vistazo ya sabemos quién nos traicionará, y quién nos respaldará hasta este paso pero no el siguiente, quién irá más allá de lo esperado, y quién estará siempre allá donde ya ni se le espere. En la sombra de cada movimiento, en el reverso de cada sonrisa, en el envés de cada gesto, se pueden intuir las futuras traiciones. El problema es el miedo. El miedo a asomarnos a ese abismo, a tomar las riendas de nuestras vidas y hacer este movimiento y no aquél, cuando aún el motivo no ha sido expuesto, cuando la razón aún no ha sido manifiesta. Ese miedo ancestral gobierna nuestras vidas.

Todo está ahí a la vista, en realidad todo es visible desde muy pronto en las relaciones..., basta con atreverse a mirarlo, un solo instante encierra el germen de muchos años venideros y casi de nuestra historia entera..., y si queremos la vemos y la recorremos ya, a grandes rasgos. Pero nadie quiere ver nada y así nadie ve casi nunca lo que está delante, lo que nos aguarda o depararemos tarde o temprano... Intentamos que las cosas sean distintas de lo que son..., nos empeñamos insensatamente en que nos guste quien nos gusta poco desde el principio, y en poder fiarnos de quien nos inspira desconfianza aguda, es como si a menudo fuéramos en contra de nuestro conocimiento, porque así lo sentimos muchas veces, como conocimiento más que como intuición o impresión o corazonada, nada tiene que ver todo esto con las premoniciones, no hay nada sobrenatural ni misterioso en ello, lo misterioso es que no atendamos. Y la explicación ha de ser simple...: es sólo que sabemos, y lo detestamos; que no toleramos ver; que odiamos el conocimiento, y la certidumbre, y el convencimiento; y nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre...