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Cochabamba. El que podría ser llamado el destino inicial de mi viaje por Bolivia. Hace años, en Cochabamba se declaró lo que en Bolivia fue llamado "la guerra del agua". Todos los servicios de agua fueron privatizados, dejando fuera del mercado de la higiene y del propio consumo de agua a millares de personas. Esta privatización supuso un escándalo a nivel internacional sobre hasta dónde podía llegar la irracionalidad privatizadora que ha contagiado a los gobiernos del mundo. Esta indignación internacional se tradujo a nivel personal en el deseo inspirado por mi amiga Daratea de llamar a nuestro futuro centro cultural "Plataforma Cochabamba".
Sin embargo, enclavado hoy aquí como desde hace años quise hacer, para nada encuentro aquello que esperaba. Y es que Cochabamba contrasta totalmente con la otra ciudad boliviana que hasta ahora conozco y que me ha cautivado.
La Paz es caótica, desmesurada, encaramada a las lomas de los cerros que la rodean. Una ciudad en la que no hay semáforos, en la que los puestos callejeros han tomado las aceras y las micros han tomado las calles, donde transitar es una odisea llena de color, olores y vida.
Cochabamba es una ciudad más ordenada, espacialmente distribuida por cuadras en un dibujo geométrico casi perfecto. Es una ciudad totalmente llana, con semáforos en cada esquina y aceras adoquinadas por las que se puede transitarse con suma comodidad. Apenas hay ruido, ni del claxon de los autos ni de los voceros de las micros que anuncian su ruta. Además, en esta ciudad donde se declaró la guerra del agua, hoy abundan las plazas públicas coronadas indefectiblemente por una irónica fuente.
Pero Cochabamba, para mí, es mucho más que eso. Para mí es un símbolo, una idea que arde con un fuego sordo del que nadie, ni siquiera la propia Cochabamba, podrá curarme.
Con la misma ropa de hace dos días, habiendo dormido poco y mal en un autobús, con las manos en los bolsillos de un abrigo sucio y el rostro quemado por el sol, paseo por sus calles, y sin embargo estoy paseando por mi idea de Cochabamba. Estoy paseando con Daratea por Plataforma Cochabamba, riéndonos de la ironía de esas fuentes que manan un agua años atrás vetada.
13:24
Me miro en el espejo, y tras tan solo cinco días de viaje ya me cuesta trabajo reconocerme. La cara sucia y quemada, la barba que crece libre y desordenada desde hace un par de semanas, la ropa sucia y grande, ojeras de cansancio y ojos vidriosos por la falta de sueño.
Segundo día consecutivo sin una habitación de hostal en la que tomar una ducha o un descanso de este inclemente sol. Las horas se paladean y se reconocen. Hoy llegué a la estación a las siete de la mañana y asistí a todo el amanecer y despertar de una ciudad, y a cada minuto que pasa a Cochabamba le crece el caos, la confusión y el ruido. Imagino la ciudad como un corazón que late al ritmo de un latido cada 24 horas. La gente y sus vidas son la sangre, que tras el batido al amanecer comienza a fluir por las venas, que son las calles. Conforme la sangre recorre todo el cuerpo, poco a poco se repliega de vuelta hacia el corazón, a la espera del nuevo latido que traerá el próximo amanecer.
Así, hay ciudades jóvenes cuyo corazón late con una fuerza descontrolada, como Barcelona. Existen ciudades adultas, en la plenitud de su existencia, como París. Y ciudades viejas, con el ritmom pausado que le concede la experiencia, como Roma. Aunque Roma se reinventa cada ciertos años o siglos, quizá como los Rolling o Madonna.
Cochabamba es una ciudad joven, quizá la ciudad más prospera de Bolivia, o quizá es que es sólo la menos boliviana que hay junto a Santa Cruz, esa falsa ciudad brasileña a orillas del altiplano.
16:38
Sabía que antes o después iba a acabar sentado en una acera llorando. Sé también que con el tiempo me voy a sentir tremendamente deshonesto habiendo escrito esto, pero sé también que necesito hacerlo.
He sido totalmente injusto con Cochabamba. Ahora, sentado en su plaza, todo el viaje ha cobrado algo de sentido. En el centro de la plaza, un grupo de hombres discute sobre la religión. "Dios vino a salvar al pueblo judío, no a nosotros". "Yo no creo en Satanás. El diablo es el empresario que nos tiene a todos en la pobreza". Intenta defender la religión alguien que vino de fera para encauzar al pueblo y al presidente boliviano. Pero en la plaza no lo expulsan ni lo insultan. Dialogan con él, que no está dicho que salga de Bolivia aún creyente.
En un costado de la plaza, una campaña gubernamental de alimentación navideña para los niños. En mi mismo banco, un niñom y su hermana menor reparten el arroz y el pollo que han conseguido tras una hora de cola. Con la cucharilla de plástico, el hermano rebaña los últimos granos de arroz, que ofrece silenciosamente a su hermana ante la atenta mirada y la caricia de su madre.
Estos niños no lloran, no gritan, no pelean. Y no es poesía, es la constatación de una absoluta verdad. Decía Kapuscinsky que lo más llamativo de los países pobres de verdad es que viven en silencio. Alguien cuyo corazón no alberga esperanza no habla, siquiera se lamenta. Sólo cuando intuyen algún posible cambio, cuando los alimenta la esperanza, hacen oír sus voces.
En Bolivia las mujeres piden sin abrir la boca. Sentadas o tendidas en el suelo en función de las fuerzas que les diera el último bocado alzan la mano y confían en la solidaridad del transeúnte. Curiosamente son los propios bolivianos los que rara vez depositan una moneda.
Son las cinco de la tarde en Bolivia, y deben estar dando las diez en España. Mi familia, con las tres ausencias de mi abuela, de mi hermano y mía, se habrá sentado ya a la mesa. Como siempre, habrán unido las dos mesas del salón repletas de platos, aunque quizá esta vez haya espacio para todo.
Tengo un jodido nudo en el estómago al pensar que también mi madre estará triste en este momento, rezando para que llegue el día 31 y me junte de nuevo con gente conocida, y todo este mundo que estoy redescubriendo en este viaje vuelva un poco a ser escondido en el sueño consciente de la inconsciencia.
¿Qué podemos hacer en el fondo, con todos esos cerros de La Paz o con todas estas familias que hacen cola de forma impecablemente respetuosa a la espera de un plato de arroz y pollo que haga más llevadera la Nochebuena? ¿Qué coño hago yo sintiéndome menos mal por pasarla viajando sucio, cuando las tarjetas en el bolsillo y el pasaporte celosamente guardado en el bolso me recuerdan que no soy de aquí? ¿De qué sirve escribir una vez más estas líneas, derramar una vez más estas lágrimas, leer un libro o ir a un café cultural?
Estoy hasta la polla de este puto boomerang ontológico que no crea sino infelicidad en mi familia, en mis amigos y en el mundo.
18:21
"Io lo so che non sono solo, anche quando sono solo".
No soy tan fuerte como pensaba, quizá o probablemente porque no quiero serlo, porque de vez en cuando exprimirse los ojos como si fueran dos limones limpia el alma.
Gracias. A todos.