Todos saben que me encantan los neologismos. Inventarlos, modificarlos, descubrirle nuevos significados, y sobre todo adoptar los que me regalan los compañeros de viaje cuando me ayudan a explicar algún sentimiento interno que late dentro de mí. Luego, al intentar superar ese vano intento de compartir mundos, cada una de estas palabras o impresiones creo que en realidad me aleja más que acercarme a algún tipo de comunicación. Pero son inevitables para estructurar mi mente, para continuar dejándolo todo bien etiquetadito (que diría Liz Norton), para intentar superar de hecho esas inecuaciones.
Creo que uno de los mayores problemas con el que nos encontramos muchas de las personas que compartimos este espacio virtual es que, nos guste más o menos, habitamos dentro de la contradicción. Entre nuestro yo ontológico y deontológico hay saltos demasiado profundos, a veces demasiado insalvables, y esa inecuación, ese desajuste, es el que nos hace vivir siempre en la zozobra.
Entre el ser y el deber ser (o quizá sería mejor decir el "querer ser") es inevitable que haya saltos e irregularidades, que haya lo que acá llamo inecuaciones o desigualdades. Las más de las veces debido a que el juicio deontológico no está empapado de contexto, y si no se reflexiona en profundidad, corre el riesgo de quedar en un pensamiento utópico o soñador que no creará sino insatisfacción.
Pero intentemos hacer el discurso más mundano, más comprensible. Por ejemplo en mi caso particular tengo el extraño capricho de valorar de manera muy placentera el hecho de tener una biblioteca completa. Me gusta poseer los libros. Podría decirse que soy un consumista de libros, pues su sóla tenencia, el hecho de poder acariciar el lomo u oler sus páginas y sentirlo como mío, para mí tiene inmenso valor. Aparte habría que aclarar que los libros para mí acaban siendo compañeros de viaje, y así Perú estará siempre ligado a Rayuela, Chiloé a Los detectives salvajes, Roma a City, o Bolivia a Los premios. Y que luego quizá puedo ir por ahí regalándolos a amigos para que compartan conmigo el sentimiento que su lectura me produjo. Pero incluso con estos matices el hecho es que soy un consumista de libros, pues incluso en ese acto de regalarlo descansa el hecho de la posesión previa, de dar algo que es "mío".
Este consumismo choca con mi pensamiento deontológico de que realmente los libros que leo deberían venir de los estantes de una biblioteca. Con ello, se reduce el consumo de papel, me desprendo de una de esas molestas posesiones materiales que tanto limitan mi movilidad a la hora de trasladarme de ciudad o país, reduzco mi gasto en cosas materiales privadas que podrían ser colmadas con bienes materiales públicos (he ahí las bibliotecas), y es más, si todo el mundo participase de esta cultura de la biblioteca y la lectura pública, el diálogo entre lectores sería mucho más enriquecedor y espontáneo (estoy imaginando inmensas bibliotecas con espacios públicos para leer y compartir, en las que la búsqueda de un libro sea aconsejada y compartida por compañeros de lectura).
La inecuación está pues servida. Dentro de esas dos preferencias, una siempre pesa más que la otra, y es la que en último término me lleva a actuar como actúo: comprando libros compulsivamente o llevándome a entrar en toda librería que encuentro en las ciudades por las que viajo. Pero lo indeseable no es que exista esa inecuación (que en sí es sana: no hay nada más terrible que un pensamiento lineal y unívoco, y como bien nos enseñan el Ying y el Yang, en el corazón de todo negro Yang late al menos un punto de blanco Ying), lo punitivo para mi persona es que no puedo evitar ver siempre las dos caras de la realidad. Así pues, entro en ese círculo de acabar comprando los libros, y luego sintiéndome mal por el gasto realizado y la traición a ese espíritu público de la lectura.
Esta entrada trataba de explicar (de explicarme) cómo salir un poco de esa situación de zozobra. Y creo que la única forma de escapar de esta inútil sensación de malestar constante por muchas de las cosas que hago es hacer una reflexión interna y ponderada sobre cuál de los dos lados de la inecuación es efectivamente el que más pesa. Y una vez establecido esto (porque por ejemplo con los libros no se ha producido esa verdadera reflexión, sino que simplemente los compro sin pensar mucho cuánto valoro cada lado de la inecuación), intentar olvidar la otra parte de la desigualdad, o al menos no atormentarme con ella.
En una próxima entrada daré otra vuelta de tuerca para llegar al lugar que realmente pretendía alcanzar desde un comienzo, para hablar de la más importante de las inecuaciones con la que yo, y muchos de los que compartimos estas líneas, convivimos a diario: la diferencia entre lo urgente y lo necesario (aunque hablar de esto acá me obligue a buscar otro discurso para cuando hable en la boda de Jes -porque voy a tener mi speech, jijiji- pues en principio quería centrarlo en esto).
Creo que uno de los mayores problemas con el que nos encontramos muchas de las personas que compartimos este espacio virtual es que, nos guste más o menos, habitamos dentro de la contradicción. Entre nuestro yo ontológico y deontológico hay saltos demasiado profundos, a veces demasiado insalvables, y esa inecuación, ese desajuste, es el que nos hace vivir siempre en la zozobra.
Entre el ser y el deber ser (o quizá sería mejor decir el "querer ser") es inevitable que haya saltos e irregularidades, que haya lo que acá llamo inecuaciones o desigualdades. Las más de las veces debido a que el juicio deontológico no está empapado de contexto, y si no se reflexiona en profundidad, corre el riesgo de quedar en un pensamiento utópico o soñador que no creará sino insatisfacción.
Pero intentemos hacer el discurso más mundano, más comprensible. Por ejemplo en mi caso particular tengo el extraño capricho de valorar de manera muy placentera el hecho de tener una biblioteca completa. Me gusta poseer los libros. Podría decirse que soy un consumista de libros, pues su sóla tenencia, el hecho de poder acariciar el lomo u oler sus páginas y sentirlo como mío, para mí tiene inmenso valor. Aparte habría que aclarar que los libros para mí acaban siendo compañeros de viaje, y así Perú estará siempre ligado a Rayuela, Chiloé a Los detectives salvajes, Roma a City, o Bolivia a Los premios. Y que luego quizá puedo ir por ahí regalándolos a amigos para que compartan conmigo el sentimiento que su lectura me produjo. Pero incluso con estos matices el hecho es que soy un consumista de libros, pues incluso en ese acto de regalarlo descansa el hecho de la posesión previa, de dar algo que es "mío".
Este consumismo choca con mi pensamiento deontológico de que realmente los libros que leo deberían venir de los estantes de una biblioteca. Con ello, se reduce el consumo de papel, me desprendo de una de esas molestas posesiones materiales que tanto limitan mi movilidad a la hora de trasladarme de ciudad o país, reduzco mi gasto en cosas materiales privadas que podrían ser colmadas con bienes materiales públicos (he ahí las bibliotecas), y es más, si todo el mundo participase de esta cultura de la biblioteca y la lectura pública, el diálogo entre lectores sería mucho más enriquecedor y espontáneo (estoy imaginando inmensas bibliotecas con espacios públicos para leer y compartir, en las que la búsqueda de un libro sea aconsejada y compartida por compañeros de lectura).
La inecuación está pues servida. Dentro de esas dos preferencias, una siempre pesa más que la otra, y es la que en último término me lleva a actuar como actúo: comprando libros compulsivamente o llevándome a entrar en toda librería que encuentro en las ciudades por las que viajo. Pero lo indeseable no es que exista esa inecuación (que en sí es sana: no hay nada más terrible que un pensamiento lineal y unívoco, y como bien nos enseñan el Ying y el Yang, en el corazón de todo negro Yang late al menos un punto de blanco Ying), lo punitivo para mi persona es que no puedo evitar ver siempre las dos caras de la realidad. Así pues, entro en ese círculo de acabar comprando los libros, y luego sintiéndome mal por el gasto realizado y la traición a ese espíritu público de la lectura.
Esta entrada trataba de explicar (de explicarme) cómo salir un poco de esa situación de zozobra. Y creo que la única forma de escapar de esta inútil sensación de malestar constante por muchas de las cosas que hago es hacer una reflexión interna y ponderada sobre cuál de los dos lados de la inecuación es efectivamente el que más pesa. Y una vez establecido esto (porque por ejemplo con los libros no se ha producido esa verdadera reflexión, sino que simplemente los compro sin pensar mucho cuánto valoro cada lado de la inecuación), intentar olvidar la otra parte de la desigualdad, o al menos no atormentarme con ella.
En una próxima entrada daré otra vuelta de tuerca para llegar al lugar que realmente pretendía alcanzar desde un comienzo, para hablar de la más importante de las inecuaciones con la que yo, y muchos de los que compartimos estas líneas, convivimos a diario: la diferencia entre lo urgente y lo necesario (aunque hablar de esto acá me obligue a buscar otro discurso para cuando hable en la boda de Jes -porque voy a tener mi speech, jijiji- pues en principio quería centrarlo en esto).

