Poco o nada se sabe en España de la historia del pueblo chileno. Poco o nada se sabe de esta tierra que durante siglos compartimos, y cuyos pasos siguieron en numerosas ocasiones nuestra misma desafortunada senda.Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Salvador Allende. Y es curioso como en un día que debería ser tan señalado -y no sólo para todos los chilenos sino para todos y cada uno de aquellos que soñamos con un mundo mejor y más justo-, su gente, su pueblo, transitaba la gran Alameda sin siquiera volver su mirada hacia el Palacio de La Moneda que lo vió morir un once de septiembre de mil novecientos setenta y tres. En un país en el que es aún alargada la sombra del dictador Augusto Pinochet; en un país en el que sus calles se inundan para despedir a otro general muerto en un accidente aéreo, a otro de esos milicos que sumieron esta tierra en el terror y la oscuridad cultural durante más de 15 años; en un país del que poco queda del gran sueño de Allende salvo algunos locales a media luz en los que se brinda con vino pipeño entre las notas de una lejana cueca; en este país, en esta tierra, nació y murió por ella Salvador Allende, a quien quiero homenajear con estas indignas líneas.
La elección democrática de Salvador Allende un cuatro de noviembre de mil novecientos setenta, marcaría un hito en la historia de la humanidad. Ese día, en esas horas de incertidumbre inmersos en plena guerra fría, todos los ojos del mundo se giraron hacia Chile. Por vez primera en la historis, resultaba elegido de forma democrática un presidente marxista. Injustas son las disputas postreras entre comunistas y socialistas, entre radicales y socialdemocratas, sobre si Allende pertenecía a una u otra línea política. Salvador Allende perteneció y pertenecerá siempre sólo a su pueblo. Y sólo por él luchó. Por él vivió, y dió su vida.
El once de septiembre de mil novecientos setenta y tres, el Palacio de La Moneda era bombardeado por el propio ejército militar chileno. Ríos de tinta han corrido, miles de voces han manifestado su opinión, en tertulias, encuentros, locales clandestinos, universidades, en los bares y en las calles. Miles de voces que -igual que los comunistas y socialistas ortodoxos pugnan por colgarse la medallita de Allende- discuten acaloradamente sobre si Allende fue asesinado en La Moneda, o si fue él mismo quien decidió quitarse la vida. Igualmente, Allende murió de tristeza. Murió por la decepción de comprobar cómo su sueño social de un mundo más justo para los trabajadores se desvanecía. Murió porque, como sucediera en España en el año mil novecientos treinta y nueve, los de siempre, una vez más, tomaban por las armas lo que el pueblo había elegido con su propia volutad y con toda la fuerza de su voz, y su palabra. ¿Qué importa quién apretara el gatillo, quién disparara esa bala hace hoy casi treinta y cinco años?
Ayer todas esas preguntas, toda esa historia, flotaban un poco en el ambiente. Salvador, el compañero presidente, recibía un emotivo homenaje a pocos metros del asfalto que se tragó sus últimas gotas de sangre. Sin embargo, una uña me rascaba casi imperceptiblemente la cabeza. Rodeado de esas personas, embajadores, cónsules, consejeros, artistas de la nueva ola, personajes de la farándula, sentía que en el homenaje a Allende no estaban ninguno de esos "nadies" por los que él había entregado su vida. Mucho abrigo de piel, muchas barbas al viento, incluso alguien se atrevió a levantar un puño en un momento dado del discurso. Pero de los desheredados, de los ninguneados, del pueblo trabajador en el que siempre creyó Allende, no había más que una decena de personas que con camisetas blancas y lágrimas negras reclamaban la libertad de la líder mapuche Elena Varela, encarcelada por defender las ideas de libertad, igualdad y respeto. Que cada cual haga su juicio particular.
Yo sólo quisiera cerrar estas líneas, con las últimas que Allende dirigió a su pueblo, pocas horas antes de morir, cuando el Golpe era ya una realidad, y el futuro una incertidumbre llena de sombras, miedo y de desesperanza.
Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron.
Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

El otro día, caminando por las calles de Santiago de camino a mi trabajo, embutido en mi traje gris de persona gris de vida gris, pasé por delante de un colegio de primarias. Los chicos habían tomado el colegio. Sus pupitres colgaban de las rejas de la entrada. Intentaban cortar las calles con pancartas, apartándose aterrorizados en cuanto un vehículo se acercaba a su infantil piquete. Reían, alborotaban, gritaban pegadizas consignas. Parecían haber consagrado su perentoria formación a oponerse a la nueva ley de educación chilena. Durante tres días, cada vez que pasaba frente a sus muros, los pupitres colgados me recordaban a un fortín de oposición a la imposición. Durante tres días caminaba con la sonrisa apretada hasta doblar esa esquina y ver esa barricada improvisada. Al cuarto días, los pupitres habían vuelto a su lugar dentro de las aulas, las voces ya no gritaban, el silencio volvía a imperar en la escuela donde, pacientemente, continuará hoy el adoctrinamiento -perdón, quise decir la educación-. 







