viernes, 27 de junio de 2008

abrirán las grandes alamedas

Poco o nada se sabe en España de la historia del pueblo chileno. Poco o nada se sabe de esta tierra que durante siglos compartimos, y cuyos pasos siguieron en numerosas ocasiones nuestra misma desafortunada senda.

Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Salvador Allende. Y es curioso como en un día que debería ser tan señalado -y no sólo para todos los chilenos sino para todos y cada uno de aquellos que soñamos con un mundo mejor y más justo-, su gente, su pueblo, transitaba la gran Alameda sin siquiera volver su mirada hacia el Palacio de La Moneda que lo vió morir un once de septiembre de mil novecientos setenta y tres. En un país en el que es aún alargada la sombra del dictador Augusto Pinochet; en un país en el que sus calles se inundan para despedir a otro general muerto en un accidente aéreo, a otro de esos milicos que sumieron esta tierra en el terror y la oscuridad cultural durante más de 15 años; en un país del que poco queda del gran sueño de Allende salvo algunos locales a media luz en los que se brinda con vino pipeño entre las notas de una lejana cueca; en este país, en esta tierra, nació y murió por ella Salvador Allende, a quien quiero homenajear con estas indignas líneas.

La elección democrática de Salvador Allende un cuatro de noviembre de mil novecientos setenta, marcaría un hito en la historia de la humanidad. Ese día, en esas horas de incertidumbre inmersos en plena guerra fría, todos los ojos del mundo se giraron hacia Chile. Por vez primera en la historis, resultaba elegido de forma democrática un presidente marxista. Injustas son las disputas postreras entre comunistas y socialistas, entre radicales y socialdemocratas, sobre si Allende pertenecía a una u otra línea política. Salvador Allende perteneció y pertenecerá siempre sólo a su pueblo. Y sólo por él luchó. Por él vivió, y dió su vida.

El once de septiembre de mil novecientos setenta y tres, el Palacio de La Moneda era bombardeado por el propio ejército militar chileno. Ríos de tinta han corrido, miles de voces han manifestado su opinión, en tertulias, encuentros, locales clandestinos, universidades, en los bares y en las calles. Miles de voces que -igual que los comunistas y socialistas ortodoxos pugnan por colgarse la medallita de Allende- discuten acaloradamente sobre si Allende fue asesinado en La Moneda, o si fue él mismo quien decidió quitarse la vida. Igualmente, Allende murió de tristeza. Murió por la decepción de comprobar cómo su sueño social de un mundo más justo para los trabajadores se desvanecía. Murió porque, como sucediera en España en el año mil novecientos treinta y nueve, los de siempre, una vez más, tomaban por las armas lo que el pueblo había elegido con su propia volutad y con toda la fuerza de su voz, y su palabra. ¿Qué importa quién apretara el gatillo, quién disparara esa bala hace hoy casi treinta y cinco años?

Ayer todas esas preguntas, toda esa historia, flotaban un poco en el ambiente. Salvador, el compañero presidente, recibía un emotivo homenaje a pocos metros del asfalto que se tragó sus últimas gotas de sangre. Sin embargo, una uña me rascaba casi imperceptiblemente la cabeza. Rodeado de esas personas, embajadores, cónsules, consejeros, artistas de la nueva ola, personajes de la farándula, sentía que en el homenaje a Allende no estaban ninguno de esos "nadies" por los que él había entregado su vida. Mucho abrigo de piel, muchas barbas al viento, incluso alguien se atrevió a levantar un puño en un momento dado del discurso. Pero de los desheredados, de los ninguneados, del pueblo trabajador en el que siempre creyó Allende, no había más que una decena de personas que con camisetas blancas y lágrimas negras reclamaban la libertad de la líder mapuche Elena Varela, encarcelada por defender las ideas de libertad, igualdad y respeto. Que cada cual haga su juicio particular.

Yo sólo quisiera cerrar estas líneas, con las últimas que Allende dirigió a su pueblo, pocas horas antes de morir, cuando el Golpe era ya una realidad, y el futuro una incertidumbre llena de sombras, miedo y de desesperanza.


Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron.

Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

martes, 24 de junio de 2008

fin de ciclo



Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadie con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadie la llamen, aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadie: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadie: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.


Quisiera acabar este año con un último homenaje a América Latina, esa tierra de infinitas riquezas que hubo de padecer los exterminios que le impusimos. Me da exactamente igual volver a mis lugares comunes. Me importa un verdadero rábano cómo se interpreten estas palabras. Y me provoca una sonora indiferencia que sean leídas como un enésimo intento de epatar desde mi acomodado sillón de nylon. Lo que aquí digo me duele, y quiero que, cuando pasen otros veinticinco años, pueda volver a estas líneas y sentir que, de alguna manera, me siguen revolviendo lo más profundo de mis entrañas. La voz de América Latina, la voz de esos millones de desheredados, se la atribuyo al uruguayo Eduardo Galeano, quien incapaz de cerrar sus venas abiertas, intenta al menos que esa sangre salpique a quien debe, y no ahogue más a este pueblo.


En la época colonial, el Cerro Rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas. Durante más de dos siglos, Europa celebró, en estas heladas alturas de América, una ceremonia occidental y cristiana: día tras día, noche tras noche, daba de comer carne humana a la montaña, a cambio de la plata que le arrancaba.
De cada diez indios que entraban a la boca de los socavones, siete no salían: El exterminio ocurrió en Bolivia, que todavía no se llamaba así, para que en Europa fuera posible su desarrollo del capitalismo, que tampoco se llamaba así todavía. En nuestros días, el Cerro Rico es una montaña hueca. Toda su plata se ha marchado lejos, sin decir adiós.
En lengua indígena, Potosí, Potojsi, significa: truena, hace explosión, porque dice la tradición que en tiempos lejanos el cerro tronaba cuando lo lastimaban. Ahora, vaciado, calla.


La memoria es frágil, y caprichosa, y a veces esquiva. Pero hay otras veces en que la memoria es directamente enterrada, desterrada. La historia la escriben los vencedores, que dicen por allá. Sin embargo siempre hay voces disonantes dispuestas a mantener viva la llama de la memoria. Porque un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, surgen esas voces que nos recuerdan lo que fuimos un día. Y qué fue exactamente lo que pasó. He optado por un uruguayo para representar la voz de la memoria, y con estas líneas cierro este primer ciclo, pidiendo, una vez más, lo único que nadie podrá nunca arrebatarnos: Pido la voz y la palabra.


Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana. Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavia nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila.
Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncián otro mundo que no es este mundo envenenador del agua, el suelo, el aire y el alma. También nos anuncián otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas: pertenece a los primeros tiempos y a las primeras gentes, pero también pertenecen a los tiempos que vienen y presiente un Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera.

lunes, 23 de junio de 2008

él y ella, ella y él

Ella ilumina mi vida con su sonrisa. El es el vigía secreto de todos mis pasos. Ella me empuja a vivir la vida intensamente. El sufre en silencio todas mis ausencias. Ella intenta protegerme de los envites de la vida. El quiere que sea yo quien sortee las piedras del camino. Ella arriesgó todo por darnos una oportunidad. El dejó atrás sus sueños por satisfacerla. Ella soñó con ser quien hoy es. El la sueña en cada luna solitaria. Ella pisa tan fuerte que la tierra tiembla ante sus pasos. El camina despacito (que las prisas no son buenas). Ella es mi madre. El es mi padre. Ella y él siempre guiarán mis pasos, y por él y ella siempre daré uno más hacia delante. Ellos son mi guía, mis confesores, mi bálsamo cuando el mundo me duele. Ellos son mi origen y mi destino, mi principio y mi final. Y a ellos quería dedicarles hoy, al final de tantas cosas, cuando concluye mi primer cuarto de siglo junto a ellos, estas líneas de amor y de devoción. Gracias por haberme dado todo. Gracias por existir.

viernes, 20 de junio de 2008

pero sucede también...

Los desayunos en mi trabajo son bastante peculiares. Solemos salir a tomar algo un servidor, mi jefe, y el jefe de mi jefe. Siempre bromeo con ellos diciendo que la estructura jerárquica de nuestra oficina tiene mucho de jerárquica y poco de estructura, pues somos tres y más que una pirámide parecemos una torre -y desde el once de septiembre todos saben que hay que tener cuidado con las torres demasiado altas-. Sin embargo, y a pesar de esta circunstancia, los desayunos como decía son bastante peculiares.

En ellos, salen a relucir todos los lugares comunes que pueden existir: la religión y Dios, el capitalismo y el comunismo, el cine y la literatura, las mujeres... El otro día mi jefe directo se había ido y estaba yo hablando con Tomás acerca de la nueva ley de educación chilena, cuando me preguntó que porque yo me calificaba como una persona de izquierdas. Intenté una tímida explicación que aún no he logrado encontrar en los ya casi veintiseis años que llevo haciéndome la misma pregunta. Hablarle de esa uña fría que me rasca constantemente la cabeza. Decirle, en fin, que quizá soy de izquierdas porque no puedo defender ninguna postura con absoluta convicción, porque en las carencias de una veo las virtudes de la otra.

A este punto él se puso muy serio, y empezó a hablarme de las numerosas ventajas de la economía neoliberal. Me hizo una magistral exposición de porque la libre competencia traía beneficios para todos, hacía crecer la economía, y encima era el sistema más justo. Me habló de las curvas de oferta y demanda, de las ineficiencias de interferir ante la mano invisible del mercado, me enumeró ejemplos a seguir como el de Irlanda o Nueva Zelanda, de la ineficiencia de los impuestos, no hablemos ya de los impuestos progresivos. Por supuesto, me recordó, eso no significaba que él no quisiera que se ayudara a los pobres, pero la mejor forma de hacerlo es permitiendo que la economía crezca a nivel global porque así, por propia lógica, crece el bienestar de cada uno de los individuos que en ella vive. Me habló de cómo hace doscientos años vivíamos enterrados en la mierda, y ahora yo estoy trabajando a diez mil kilómetros de mi casa y hablo con mis padres por un aparatito que cabe en un puño. Me habló de que nada de eso hubiera sido posible sin las inversiones individuales de tantos emprendedores, sin la posibilidad de que ellos se enriquecieran, pero junto a eso avanzara tantísimo la calidad de vida para todos. Me habló de Adam Smith, de Von Hayek, de la escuela austríaca, de cómo la conversión llegaría tarde o temprano pues la economía, si es libre, nunca para de crecer.

Tras un discurso que duró casi media hora, y que recibí absolutamente permeable a ser convencido, a entenderlo e interiorizarlo, me preguntó: Antonio, ¿qué opinas al respecto? Y yo, recordando esas palabras de Galeano, no supe más que decirle: Tomás, todo eso que me cuentas rasca. Y rasca mucho. Y es cierto que rasca muy bien. Pero, a mí, me rasca donde no pica.

miércoles, 18 de junio de 2008

esferas

Hace ya bastantes años, quizá en mi primer año de Universidad, se celebraba en ésta un tímido festival de cine, del que no acierto a recordar ninguna de las películas que se proyectaban, ni su objetivo, ni quién se había esforzado en organizarlo sólo para que nuestra caprichosa memoria lo olvidase. Recuerdo sin embargo con perfecta nitidez el cartel que lo anunciaba, pues desde entonces aún no he conseguido encontrar otro -a pesar de mi gusto por decorar mis distintos espacios con carteles cinematográficos- que lo superase.

En el cartel se veía una sala de cine. De esas antiguas con las cortinas a los lados de la pantalla (que a pesar del blanco y negro del dibujo se podían adivinar rojas). Esta pantalla quedaba a la derecha de la imagen, y el fotograma que congelaba era de esa magnífica escena de "La quimera del oro" en la que Chaplin, vencido por la voracidad de su hambre durante el encierro en la cabaña, degusta sus botas como si fuera un plato de la nouvelle cousine: Los cordones a modo de spaghetti; la piel de la bota, como si fuera un bistec, sazonándola prudentemente; y las puntillas que sujetan la suela, desnudándolas como si fueran huesos de pollo.

Ante esta imagen de la pobreza absoluta, de la pérdida de la dignidad, el público reacciona de diversa forma, y esto el autor lo capta de manera genial. La platea la divide en tres niveles, desde el más bajo, cuyo precio de entrada es de 10, pasando por el nivel medio de precio 100, al nivel más alto de precio 1.000. Los espectadores del nivel inferior se muerden los labios, estrujan entre sus manos sus ajados sombreros, a algunos hasta le brillan los ojos ante el delicioso manjar que serían esos zapatos de piel. Los del nivel intermedio se sonríen de lo cómico de la escena, pero algunos con timidez, y otros con el temor de que algún día ellos se vean en esa precaria situación. Y los espectadores del nivel superior se refocilan en sus asientos, con estentóreas carcajadas de superioridad.

Esferas.

Nos movemos en un mundo dividido en esferas. Esferas, por otro lado, perfectamente incomunicadas. A veces he trabajado, como tantos otros que leen estas líneas, en "el mundo de los Derechos Humanos". De alguna manera he intentado colaborar en lo posible (sin duda mucho menos de lo que podría) en reducir la distancia entre esas esferas, entre esos que envidian un zapato que llevarse a la boca, y aquellos que se carcajean ante tan dantesca imagen. Pero creo que esta tarea resulta imposible. Trabajamos para mejorar un mundo que no conocemos. Desde nuestras oficinas organizamos proyectos, presupuestamos, hacemos balance de "las personas a las que hemos ayudado", pero no sabemos nada de esas personas porque no conocemos su mundo. Porque no habitamos su esfera.

Y el tipo de trabajo es absolutamente indiferente. Da lo mismo elaborar un presupuesto desde un computador de última generación, que irse al África central a construir una escuela. Igualmente, por la noche volvemos a la comodidad de nuestra alcoba, o miramos el estado de nuestra cuenta corriente, o tocamos la cartulina azul de nuestro pasaporte en el bolsillo de la chaqueta, o recibimos una llamada desde Europa que nos recuerda que siempre tenemos la opción del regreso, que siempre tendremos un lugar en el mundo al que volver. No compartimos la esfera de los desheredados. Estamos educados desde niños a "apagar la tele de nuestros pensamientos", a olvidar cuando no lo estamos viendo directamente que hoy, ahora, en este preciso momento, hay miles de millones de personas que rezarían porque les cayese desde el cielo un zapato de piel que echarse a la boca. Pero lo triste es que sencillamente no podríamos vivir si no fuera así. Nuestro refrigerador sigue igual de lleno, seguimos tirando aquel tomate que ya se quedó un poco blando, o el yogurt que caducó de dos días. Seguimos con la luz prendida la mayor parte del día, nuestra música y nuestras televisiones permanentemente encendidas.

¿Tristeza?, ¿enfado?, me preguntaba un cierto anónimo en mi última entrada. No. La respuesta es no. La tristeza y el enfado dieron paso a la desidia. A la desidia de saber que este es el cuento de nunca acabar, y sobre todo que es el cuento de nunca empezar. Todo queda en el mero análisis desde una esfera superior, desde la que de vez en cuando, como si estuviéramos en ese cine de mi Universidad, tiramos a los de abajo algunas de nuestras palomitas (más para callar nuestra conciencia que el rugir de sus tripas), e intentamos morder a los de arriba para que al menos no pateen el suelo ante la hilaridad de la máxima expresión de la pobreza.

Y apaga el televisor y todo vuelve a ser real,
las cosas que has visto se te van a olvidar:
guerras, hambre y precariedad.
Calla tu conciencia y déjate llevar...

lunes, 16 de junio de 2008

nos engañaron con la primavera


El otro día, caminando por las calles de Santiago de camino a mi trabajo, embutido en mi traje gris de persona gris de vida gris, pasé por delante de un colegio de primarias. Los chicos habían tomado el colegio. Sus pupitres colgaban de las rejas de la entrada. Intentaban cortar las calles con pancartas, apartándose aterrorizados en cuanto un vehículo se acercaba a su infantil piquete. Reían, alborotaban, gritaban pegadizas consignas. Parecían haber consagrado su perentoria formación a oponerse a la nueva ley de educación chilena. Durante tres días, cada vez que pasaba frente a sus muros, los pupitres colgados me recordaban a un fortín de oposición a la imposición. Durante tres días caminaba con la sonrisa apretada hasta doblar esa esquina y ver esa barricada improvisada. Al cuarto días, los pupitres habían vuelto a su lugar dentro de las aulas, las voces ya no gritaban, el silencio volvía a imperar en la escuela donde, pacientemente, continuará hoy el adoctrinamiento -perdón, quise decir la educación-.

No pude evitar recordar esos días en los que, participando del comité de huelga de mi universidad contra la ley de educación española, mi madre me previno: "hijo, mira que al final todo este jaleo no lleva a ninguna parte, salvo a buscarte enemigos en la universidad y a cerrarte las pocas puertas que podrían quedar entreabiertas". Pero ¿cómo aprender de la experiencia ajena, cuando ni la propia nos impide tropezar repetidas ocasiones en las mismas piedras del camino? Se nos permiten estas pequeñas rebeldías como válvulas de escape de la tensión acumulada. Bah! Se borró todo lo demás que escribí y ya no tengo ganas de seguir escribiendo sobre lo evidente. El que quiso o supo entender ya lo hizo, y yo ahora sólo quiero tumbarme panza arriba en una plaza o un parque, y rumiar esta amarga tristeza que me invadió hoy.

en un muro de valparaíso

viernes, 13 de junio de 2008

requiescat y brindemos

Ayer mi madre me dio una noticia que llevaba largo tiempo esperando y, aunque suene frío, no con temor o pena, sino con la expectante calma de las cosas que se saben inevitables. Ayer, como viene siendo habitual, llamé a mis padres para saber cómo iban las cosas por casa -no alcanzo a decir por mi casa, pues aún no sé si ésta está allá-, y mi madre, con su temperada voz calma, me dijo "Titi ha muerto".

La noticia, como he dicho, no me sorprendió. Llevaba muchos meses malo, y al igual que cuando murió mi abuela -a la cual amaba con absoluta devoción, pues me crié tanto en su casa como en la de mis padres, todas las noches a salto entre una y otra intentando repartir mi amor entre los tres-, sentí más consuelo que dolor. Un profundo consuelo, pues ya alcanzaste esa edad para saber que vivir es algo más que latir el corazón sesenta -y exigir aire trece- veces por minuto. En el caso de mi abuela, creo que ella esperaba la muerte pacientemente desde que, hace ya casi veinte años, mi abuelo murió sin duda demasiado pronto. Aunque no imagino a mi abuelo como un ancianito que ve cómo su llama se apaga lentamente. Con tanta fuerza ardía su fuego, que creo que el destino prefirió quemarlo, antes que condenarlo a aquello que habría acabado por matarlo en vida: un lento desvanecerse. Mi abuela se sometió a su trágico destino de sobrevivirlo durante demasiado tiempo. Creo que por eso cuando le llegó la muerte la recibió como a una vieja amiga, y se fue con una sonrisa en el rostro, y otra en el corazón.

Cuando mi abuela murió yo no estaba en Sevilla para acompañarla. Dudo que aún así hubiera ido al entierro, pues no soportaría la cara falsamente compungida de aquellos que van "a darle su último adiós". Esos rostros esforzados en parecer tristes, que miran de soslayo el reloj esperando que la ceremonia acabe cuanto antes para ir a cualquier bar a beber, o a casa a disfrutar del partido dominical. No critico la continuidad de sus vidas, pues la misma noche que yo, desde Italia, supe de la muerte de mi abuela, salí con mis amigos como si nada hubiera pasado. Critico la falsedad de la sonrisa apretada y la mirada baja de los cementerios, ese otro gran teatro del mundo. Yo preferí salir, y no compartir con nadie las silenciosas lágrimas que como goterones cuajados me rodaban cada noche. Pero me calmaba recordándola como la última vez que la vi: sentada en esa fría cama de ese absurdo hospital, cuando tras haberle dado la comida -no pude acompañarla tanto como quise, pero no pasaba un día sin que fuera a verla a su cama, a tratar de sacarle una ya ahogada risa-, le di un beso en la mejilla, le recordé una vez más de forma innecesaria cuánto la quería, y salí por la puerta absolutamente convencido de que esa sería la última vez que la vería en mi vida. Guardé esa imagen en lo más hondo de mi corazón, como un fotograma que queda prendido de mi retina, y que siempre me acompaña. Ella, de espaldas a mí, mirando por una ventana que daba a otras habitaciones del hospital, sentada en su cama, mirando, esperando, como si le dijera a la muerte "ven ya hacia mí, maldita. Llévame como debiste llevarme años atrás, cuando me robaste a mi marido sin siquiera darme opción de defensa". Y así la dejé, esperando pacientemente, sin prisas, pues su familia la rodeaba a todas las horas del día. Yo bajé, y en la calle me esperaba una amiga en el coche, para llevarme a mi fiesta sorpresa de despedida. Me permití derrumbarme delante de ella, como rara vez hago, pero en el fondo lloraba con lágrimas de alegría.

Pero no era de esto de lo que yo quería hablar. Cuando mi madre me dijo que mi tío Manuel había muerto, en lo que me hizo pensar fue en otra cosa. Y es que con él, desaparecía por completo la generación que precede a la de mis padres. Todos mis abuelos paternos y maternos, así como sus hermanos, ya murieron. Es como si se hubieran terminado de podar las ramas más altas de nuestro torcido árbol genealógico. Así se lo hice saber a mi madre, entre bromas, más para no preocuparme que para no preocuparla, "mamá, ahora ya sabéis que vosotros sois los próximos", bromeé con ella. Pero lo que me sorprendió fue su respuesta, "sí hijo, así es, los próximos somos nosotros". No sé si lo dijo con tristeza, con resignación, o con consuelo. Lo que me sorprendió fue su naturalidad, lo que me sorprendió fue constatar que ella, aunque sólo fuera inconscientemente, también lo había pensado.

No sé, imagino que mis padres deberán sentirse de alguna manera un poco más desolados. Perder el referente generacional, aunque de forma inconsciente, tiene que suponer una carga de responsabilidad nueva. Espero sólo que sepan llevarla hasta el final de sus días con la misma dignidad con que la llevaron aquellos a los que, desde hoy, puedo llamar ya mis antepasados.

jueves, 12 de junio de 2008

la tregua

Deben buscarse amigos como se buscan libros. Acertar en la búsqueda no reside en que sean muchos o extraordinarios, sino en que sean pocos, buenos y bien conocidos.

La frase es de Mateo Alemán, y yo siempre la he adoptado como una cierta filosofía de vida; siempre me ha gustado perderme entre las polvorientas estanterias de las librerías de viejo, al igual que siempre me ha gustado degustar a mis seres queridos con calma y devoción.

Recuerdo perfectamente cuando llegué a Roma y extenuado, bajo una lluvia imperiosa que parecía maldecir mi bienvenida, tras dejar las maletas en el hostal sin saber nada de la lengua, con poco dinero en el bolsillo y nada parecido a un hogar esperándome, bajé por primera vez a las calles de Roma. Recuerdo los acelerados latidos de mi corazón, al fin y al cabo era la primera vez que estaba solo, a miles de kilómetros de casa, y me sentía tan ilusionado como desamparado. Entonces, en la esquina de la calle en que me hospedaba, descubrí una librería de viejo. Entré tímidamente en ella, y la señora que la regentaba, entendiendo perfectamente que no era italiano, me recibió con una cálida sonrisa. Comencé a recorrer el lomo de los volúmenes con sumo cuidado. Delante de mí, tenía siglos de literatura en una lengua que aún no conocía, y cada uno de esos volúmenes me representaba un reto y una esperanza.

Tengo la firme convicción de que hay veces en que no elegimos los libros, sino que son ellos los que nos eligen a nosotros. Entre miles de ejemplares, había un pequeño librito de lomo blanco, en el que se leía sólo el apellido del autor: Gramsci. Inmediatamente algo me atrajo de ese libro. Su nombre evocaba un recuerdo que ya había olvidado, lo que no deja de ser un perfecto oxímoron. Tomé el libro entre mis manos. Era una edición de 1973, aún lo recuerdo perfectamente, pero no una de estas ediciones pretendidamente anacrónicas, sino un mero libro viejo. Creo que incluso pertenecía a alguna colección de esas de ensayos políticos. Nada de mística, pues. Abrí el libro y aspiré su perfume. Siempre que compro un libro me gusta olerlo, captar su esencia. Y su olor traía el recuerdo de demasiados momentos. Miré a la librera, y de nuevo me recibió su sonrisa. Parecía entender todo, no sé, me pareció que de alguna manera ella también se sintió bien en ese momento. Quizá sintió un poco más justificada una vida dedicada a la cultura.

Meses después, cuando ya paseaba por las calles de Roma mirando hacia el suelo y no con la mirada permanentemente alerta de los turistas, decidí ir al cementerio que había cerquita de mi casa, a ver la tumba de Keats. Empecé a pasear entre las sombras de los cipreses, dejando resbalar mi mirada por los diversos mausoleos y tumbas, cuando me encontré con Gramsci. Estaba allí. Descansaba en una tumba casi anónima, en el cementerio de aquellos que murieron durante los años de plomo, los años del posfascismo en Italia, en un cementerio para exiliados de los paraísos terrenal y divino. Y entendí porque su dedo me señaló ese lejano 27 de septiembre de 2005 en esa ahora lejana librería.

Años después, paseaba por las calles de Santiago, cuando decidí detenerme en las viejas librerías de la calle San Diego. Fuera lloviznaba un poco, así que entré en estas librerías sin una idea clara de si buscaba algo más que un refugio temporal. Y de nuevo sucedió. Entre los miles de tomos, una cubierta blanca, con sobreescrito el mero apellido del autor -Benedetti- y su escueto título -La tregua-, me señaló. Creo que fue su sugerente título lo que me atrajo, así que decidí tomarlo entre mis brazos, y ya desde entonces sabía que ese libro era para mí. Una portada de un cálido naranja, con una foto de Hector Alterio fueron más que suficientes.

Pero al abrirlo, descubrí algo que me dejó, realmente, maravillado. En unos curvos caracteres había una dedicatoria hermosa, que rezaba: Amiga, que este libro sea una lección de vida más y que te acompañe en cada minuto en que lo leas. Tal vez después sientas la sensación de "una tregua" para tu vida. Firmaba una cierta Sara, añadiendo un Feliz Navidad, Dic. 1988. Poca gente ha entendido mi entusiasmo al leer esta dedicatoria. A algunos les parece cursi, a otros que carece de sentido -lo que literalmente es posible que sea cierto-, e incluso alguno llego a dudar de si la había añadido yo para "enriquecer mi hallazgo". Nunca me importó demasiado lo que pensaran los demás. En mi mente, leer esa dedicatoria, me sugerió demasiadas cosas.

Y no hablo de pensar en un día de viento en el cual vuelan los periódicos viejos por las calles a media luz de Santiago de Chile. No tengo porque imaginar a una mujer de mediana edad que camina apretando su bolso contra el pecho. Simplemente pienso en lo que está ahí. 1988. En Chile. Fue el año del No a Pinochet. Hace de eso 20 años, que son más de los que mi esquiva memoria acierta a recordar. En 1988 no había caído el muro de Berlín, por poner un ejemplo más internacional. En ese año, una persona camina por las calles de su ciudad, buscando algo que pueda servir de tregua a su amiga. La imagino eligiendo el libro, quizá más por el título que por el contenido, pues no deja de narrar una historia absolutamente trágica que difícilmente pueda servir de tregua a la vida de nadie. Pero ella igual compra esa tregua, busca ese pacto con el destino que traiga algo de calma a su ser querido. Pero no sólo está ahí eso. Está ahí el corolario inevitable a que ese libro esté ahora aquí ahora, junto a mí, veinte jodidos años después. ¿Qué puede llevar a una persona a vender algo que ha sido recibido -al menos sin duda entregado- con tanto amor? ¿Dónde fueron a parar esas personas, esa relación? ¿Qué fue de esa tregua regalada y quizá nunca pretendida?

El poder sugestivo de unas palabras escritas veinte años atrás puede ser absoluto, o irrisorio. No sé si lo que se sienta ante ellas querrá decir algo o no de las personas que las leen. Sólo sé que esa tregua me llegó a mí más de siete mil días después y, por si le puede servir de algo a esa enigmática Sara, me alcanzó con todas las fuerzas con que ella las deseó.

nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas

Supongo que hay imágenes que en algún momento se graban en nuestra retina, y de un modo u otro nos acompañan ya para siempre en nuestro viaje por este mundo, las llevamos en el color de nuestros ojos. Parece como si nos entraran así, de soslayo, casi sin avisar, y se quedasen ya prendidas de nuestra mirada, agazapadas, esperando el momento de dar el salto a nuestra conciencia. Hoy precisamente me pasó eso, y hoy entendí un poco más de mí mismo.

Desde que hace años tuve ocasión de verla, siempre he defendido como una de mis películas favoritas, sin duda la más admirable para mí de su director, la maravillosa Hannah y sus hermanas, de Woody Allen. Nunca había alcanzado a entender muy bien el porqué. Otras, como ese Misterioso asesinato en Manhattan, me parecían más elocuentes; sus Días de radio tenían algo de inocencia que este film no alcanzaba; o los paseos por los museos a media luz de Manhattan contenían una sutileza superior. Sin embargo, cuando pienso en Woody Allen, en lo que su cine me ha transmitido, inevitablemente pienso en Hannah y sus hermanas. Y hoy alcancé a entender por qué.

En esa maravillosa película, se desarrolla una de las historias de mayor ternura y tragedia del cine. Max Von Sydow encarna el papel de un viejo pintor minimalista, que vive en una apolillada buhardilla del Soho, rodeado por igual de libros, polvo y decadencia. Su vida la comparte con la joven Lee, interpretada por Barbara Hershey, que lo ama con ternura, sinceridad y devoción.

De todas las frases que cuelgan de las paredes de mi habitación, aquella con la que más me identifico es la piedad está liquidando. Tampoco sabía muy bien explicar por qué. Simplemente me transmitía algo, me hacía sentir que detrás de ella se escondía una verdad íntima, un sentimiento que sólo cabía expresar a través de esas cuatro palabras. Quizá hasta ahora.

Hoy estaba leyendo La tregua, de Benedetti, y por fin todas estas piezas encajaron en mi cabeza, como si siempre hubieran estado esperando este momento, esta revelación, para encontrar su puesto exacto dentro del rompecabezas. Transcribo literalmente el texto en concreto, en el que Martín Santomé habla así de su relación con Avellaneda, una joven a la que dobla en edad:

Ella se ríe. Yo le pregunto: ¿Te das cuenta de lo que significa cincuenta años?, y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y no dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una especie de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos.

Quien haya visto Hannah y sus hermanas, ya sabrá sin duda de qué estoy hablando. En esta obra, cuando Lee se enamora del aún joven y vigoroso Elliot (sublime Michael Caine), Max Von Sydow lo asume con una cierta complacencia, incluso se diría que con un cierto relajo. Como si la tan largamente esperada espada de Damocles por fin hubiera dejado de pender sobre su cabeza para asestar su certero golpe. Sabe que no puede reprocharle nada. Sabe que el incólume ciclo de la vida dio un nuevo giro, se cobró una nueva víctima, y se entrega juiciosamente calmo a tal designio.

Creo que eso es un poco lo que siempre ha rondado mi cabeza. De alguna manera me sé desde ya condenado –aunque quizá condenado no sea la palabra adecuada, pues no lo espero como una condena, sino como el inevitable corolario de mi vida- a sufrir ese implacable destino. Esa hadmiración, esa hadoración inicial que despierto y de la que tan magistralmente habla Cortázar, se me adosa como una capa que siento escurrirse día a día. Por eso quizá me sea tan difícil dar los segundos pasos en las relaciones: porque en la distancia entreveo ese predestinado alejamiento, cuando ya las aguas que manan de mi ser hayan sido consumidas con fruición, y ya nada se pueda sacar de este cuerpo andrajoso y decadente salvo una tibia piedad, liquidando el fuego en el que un día me vio arder.

jueves, 5 de junio de 2008

miércoles, 4 de junio de 2008

del arte de jean francoise millet

En su cuadro Las espigadoras, Millet capta una imagen que, más de 150 años después, sigue de rigurosa actualidad. En su lienzo, obervamos tres mujeres en primer plano. Sus espaldas curvadas por el peso de los años. Sus viejas ropas, raídas por el paso del tiempo. Sus rostros, quemados por el sol, ocultándose del implacable espectador.

Pero ¿qué escena está recogiendo el autor en su lienzo? Si nos fijamos en el fondo, se puede distinguir un carro cargado de heno. A su alrededor, los hombres recogen la cosecha que la tierra les ha concedido un año más. A la noche, todo será celebración, la algarabía de festejar un nuevo milagro de la naturaleza. Si la historia implacable dibujase este lienzo, ese carro ocuparía el primer plano, mientras la historia de estas tres mujeres, de esos cientos de millones de mujeres silenciosas, quedaría como una mera nota a pie de página.

Pero en su obra, Millet centra la atención sobre estas tres mujeres.

Como cantaba Silvio, los hombres sin historia son la historia, grano a grano se forman largas playas. Millet prefiere centrar su mirada, y con ella la del espectador, en ese trabajo desagradecido, residual, y jamás reconocido, de estas espigadoras que curvan un día más su espalda para recoger los últimos granos que cayeron del carro, aquellos que los rastrillos no pudieron asir, esos que quedaron en el camino y cuyo pírrico valor supera al del trabajo de estas silenciosas mujeres. Todo este peso de la historia duerme en la resignación de sus rostros, que orientados hacia el suelo, parecen buscar en la tierra la brizna de esperanza que les permita levantar la mirada. Sin embargo una vez más, y para la eternidad, no serán briznas de esperanza lo que recogerán sus callosas manos.

composición 2

composición 1

perspectivas

En Atacama, donde al horizonte sólo se distinguen el polvo del desierto y la desolación de sus gentes, se alza irreverente una mano contra el cielo. Los viajeros que enfrentan su palma, la sienten como una despedida; y aquellos que encuentran su reverso, no hayan en sus dedos deje alguno de recibimiento. En Atacama, donde al horizonte sólo se distinguen el polvo del desierto y la desolación de sus gentes, ni tan siquiera el saludo de una mano de 20 metros te acerca a su mundo.