jueves, 28 de agosto de 2008

cuando la vida llama a tu puerta

Nosotros somos los únicos con capacidad para negarnos la posibilidad de ser felices.

Caramba, no quería empezar una nueva entrada con una frase que bien podría estar en cualquier libro de autoayuda, o aún peor, en el messenger de una quinceañera perdida. Pero así salió, y así será. Me cansé un poco de esta sensación de tener dentro cosas muertas cada vez que escribo. Necesito que empiece a llover acá dentro, que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas.

Es mucho más fácil escribir cuando, como bien me anunciaba mi hermano, tratamos de levantar o despertar la compasión. No de nadie en concreto; el público, en este tipo de espectáculos, es siempre uno e inmutable: nosotros mismos. Es más fácil saberse perdido, recordarse que tras cada nuevo fracaso volvemos a casa y leemos a Bolaño, imaginarnos con la mirada gris y la sonrisa apretada en la soledad de nuestro hogar, rodeados de nuestros libros y de las notas de algún viejo disco de jazz, sin compadecernos de nosotros mismos, pues eso es para los débiles; pero bien orgullosos de nuestra vida de lobos esteparios, de "vagamundos", de anacoretas. La incomprensión de los demás (que curiosamente suelen confundir con admiración, pero que nosotros no podemos evitar saber que no es más que hadmiración) como único alimento, aparte de los espirituales, ahogándonos en ríos metafísicos mientras nos compadecemos de los que se ahogan en ríos de carne y hueso, porque ríos hay muchos, no todos están hechos de agua (aunque todos recorren -y eso lo sabe cualquiera que se detenga un minuto a mirar- 3'14 veces, exactamente 3'14 veces, el número Pi, el recorrido que harían si fueran directos desde su nacimiento hasta el mar).

En el fondo, el culpable de toda esa soledad "autoimpuesta" no es otro que el miedo. El miedo a vivir, el miedo a dejarnos vivir. En nuestro limitado espacio todo está bajo control: las claves, cuando se descoordenan, afectan sólo al micromundo creado por nosotros mismos, luego reordenarlo, volver a tocar las teclas, es más fácil. El problema es cuando introducimos la incertidumbre, cuando introducimos al otro en ese círculo íntimo, porque las respuestas y comportamientos escapan a nuestro control. En ese momento la vida se convierte en un torbellino que nunca sabes hacia dónde va a girar, y que tiene la capacidad de destrozar todo lo creado, o de despajar el cielo y hacer que el cielo brille más azul y despejado que nunca.

El problema con el que hay que aprender a lidiar es a diferenciar entre el sentimiento puro y honesto y el de vodevil. O dicho de otra manera, entre el rezongarse en nuestra propia mierda o tratar de llenar el vacío con la mierda ajena. Porque igual de agotador es ver, escuchar, oír o leer a personas que no encuentran sentido a su vida porque su pareja se fue, se cansó, los dejó por otra persona. Esas personas que lanzan gritos de desamor, que juran a los cuatro vientos que nada volverá a ser lo mismo, que el sol ya no brillará y que sus rayos ya no acariciarán su piel como sólo la otra persona sabía acariciarla, esas personas que abandonadas por su pareja no ven la salida, saben sin lugar a dudas que "era él", que quien se fue "era la persona hecha para mí". Esas mismas personas son las que luego, en un tiempo irrisoriamente breve, están rehaciendo su vida con un nuevo él, esta vez sí el definitivo, el amor de su vida, y cantan al nuevo amor llegado con la misma o mayor pasión con que lloraban al que se marchó. Luego se permiten regalar odio y menosprecio al que se marchó, quizá por respeto, por honestidad, por afrontar que ya nada era realmente lo mismo, que lo que un día floreció comenzó a amargarse y de su vida en común sólo se desprendía un tufo a moho, a lugares comunes ya viciados, a muerte.

Siempre he desconfiado de esas personas que regalan pasiones, que regalan amor y odio con tanta facilidad e intercambiabilidad que nunca sabes que cara de la moneda te están mostrando. Esas personas para las que pasas a ser el mundo a ser lo peor del mundo, el recuerdo de una época horrible que debe ser erradicada de la memoria, las fotografías quemadas, sus recuerdos arrojados por la ventana. Ventana que será abierta para recibir los de cualquier otro, los del próximo, que quizá llegará a ser alguna vez el definitivo. Pero ¿cómo distinguir pues si ese definitivo estuvo en algún momento a un gesto, a una decisión, a una palabra de ser despreciado para siempre y enterrado en el olvido? Parece como si una fuerza excesiva e innecesaria empujara la relación en una determinada dirección, hacia el amor, con tanta tanta tanta fuerza, que cuando éste se acaba (quizá de tanto usarlo, quizá como nos recuerda Pedro Guerra "forzaste quizá demasiado los lazos pensando que en eso consiste el amor: en dar sin medir el calor de un abrazo"), la fuerza de repulsión es tal que se convierte en una auténtica repulsión hacia la otra persona, y mientras más fuerte empujaban, mientras más juraban que "o tú o ninguna", mayor es luego el desprecio, el rechazo, la negación y olvido a que se condena a quien compartió y vivió contigo un trayecto del viaje.

No sé por qué es esta la imagen que tengo de la vida en pareja. Quizá porque fue la que yo viví, o la que yo creí vivir. Quizá porque, como ocurre con todas las cosas, los neutrales y equilibrados nunca destacan, sino que son los extremos los que se hacen ver, los que con sus bipolares manifestaciones parecen copar la expresión de la realidad. No sólo será, sino que estoy seguro de que es posible encontrar un cierto equilibrio dentro de las pasiones, como una pasión desapasionada, un oximoron imposible pero necesario, un vivir con alguien porque sí, de forma relajada, compartir el viaje porque ambos así lo quieren y lo desean, pero no porque lo necesiten, no por la necesidad de encontrar justificación o de colmar un vacío, pues cuando compartimos buscando saciar nuestras ansias, lo único que podemos compartir es ese vacío, esa nada que llevamos dentro. Así, en demasiadas ocasiones se ven parejas unidas por sus respectivas carencias, tratando de buscar en el otro la justificación que llene su vida, que dé una razón a su existencia, y demandan demandan demandan, comienzan a exigir a esa persona que las sacie, que las llene. En definitiva, que las complete. Pero aquí radica el error. Pretender que alguien te complete está condenado al mayor de los fracasos, porque la única persona que estaría dispuesta a tal cosa sería otra persona vacía, que necesitara en la proyección del otro justificar o colmar su existencia, luego al tratar de llenar un vacío con otro vacío, resulta una nada aún mayor que no lleva sino a la destrucción de cualquier sentimiento puro que pudiera haber nacido.

En fin, me cansé de divagar como el tipo de "Quién se ha llevado mi queso". Al final va a resultar que en vez de teorizar tanto sobre la vida, lo que importa es vivirla, así que acá queda esto. Fin.

miércoles, 27 de agosto de 2008

el eterno trastorno

Es difícil retomar la pluma cuando lleva tanto tiempo abandonada que el metal esta ya frío, la tinta congelada en su interior. Pero hoy quiero hacerlo. Poco a poco, la sangre le transmitirá calor y las palabras irán brotando, primero tímidas, una a una, con cuentagotas. Luego, el habitual torrente de creación que enajena al escritor de la persona, que hace inidentificables a posteriori las líneas escritas durante esa descarga.

Leo aquello que escribí hace ya más de un mes, y pienso que muchas cosas han pasado desde entonces. Probablemente nada digno de remarcar en la biografía de mi vida (quizá porque las páginas de una biografía las llenan las historias muertas, aquellas que ya son pasado, y no las que iluminan el presente, las vivas), pero estos días se han saciado de la suficiente intrahistoria como para que sea otro el que dicta estas líneas.

La sangre no llega. O no calienta lo suficiente.

Quizá es que para escribir necesito entrar en un cierto desequilibro. Quizá es que determinadas ideas sólo brotan de mi mente cuando en esta hay una pieza que falla. Mi torrente de creación nace de un estado de destrucción, por eso todo lo que escribo y que vale la pena leer -como decía Cortázar- está orientado hacia la nostalgia. Supongo que estoy en el medio de demasiadas cosas, al principio de tantas otras, y sólo tenuemente se vislubra el final de algo. Por eso me pesan las líneas en la punta de los dedos.

Creo que me he acostumbrado tanto a la temporalidad, a la fugacidad de las ciudades, las personas y los sentimientos, que asentado en el equilibrio no encuentro sino desequilibrio. Lo que dicho en otras palabras podría traducirse como que la rutina me derrota, incluso aquella rutina equilibrada y feliz. El actor nunca llega a saber en qué momento entra en escena, y menos aún cuando sale de ella. El actor, conforme la obra se extiende, va difuminando la frontera entre personaje y realidad, personalizando el personaje y personajizando la persona. Igualmente aquel que se mira detenidamente a sí mismo, no sabe donde empieza el reflejo, y de donde nace la imagen. El espejo que separa verdad de ficción se convierte en la única realidad plausible.

Últimamente he hecho un esfuerzo por conocerme mejor a mí mismo. Me he sentado ante mí mismo, y me he pensado con calma. He creído entender que, igual que somos capaces de vislumbrar con un simple golpe de vista nuestras limitaciones físicas, podemos conocer y asumir nuestras limitaciones emocionales. No recuerdo en qué libro o película, determinado personaje soñaba con llegar a ser algún día ave, y surcar los cielos con sus esplendorosas alas. El resto lo miraba y compadecía. Pobre loco, decían, y se lamentaban de su triste existencia.

Todos alcanzamos a ver las limitaciones físicas. Por eso sabemos que si medimos 1.80, empeñarnos en ser pivots de baloncesto sólo nos deparará frustración e impotencia, por la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo. Es algo evidente contra lo que, decimos, no vale la pena luchar. Exactamente en la misma medida, aunque no alcanzamos a verlo, vivimos atados por nuestras limitaciones emocionales. Algunos no estamos hechos para la vida en sociedad, otros para la vida en pareja, otros para la vida en soledad, y algunos parece que no estemos hechos siquiera para la vida. Y sin embargo nos empeñamos en hacerlo, en ir contra nuestra corriente interna.

No pretendo decir qué descubrí cuando me asome a los abismos de mi interior. Sus caminos son mucho más intrincados y oscuros conforme más se cava la superficie, y lo que en ellos se visualiza difícilmente se puede comprender, mucho menos aún transmitir. Además, late en el fondo esa frase que nos legara Marías: nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre. Nadie quiere ser el artífice de sus miserias, el arquitecto de sus desgracias, el causante de sus sinsabores, y jugar mal las cartas de su vida por un juicio erróneo. Sin embargo, creo que es necesaria esta cierta introspección, esta búsqueda de equilibrio interno entre el yo que podemos ser, y el yo que en el día a día estamos intentando ser.

¿Acabaré metafísico, o metadónico?