lunes 30 de noviembre de 2009
dos a uno
lunes 9 de noviembre de 2009
tan exquisito como irrelevante
lunes 19 de octubre de 2009
chauen revisitado
lunes 5 de octubre de 2009
miércoles 23 de septiembre de 2009
animales sociales
La sorpresa fue mayúscula al comenzar a hablar con un chico que llevaba toda la noche sentado a mi lado, y en el cual apenas había reparado antes (salvo porque, seamos honestos, iba acompañado de una chica bastante mona). Ahora no recuerdo cómo inició la conversación ni cómo fue derivando la misma hacia otros temas. La cosa es que tras poco más de quince minutos estábamos hablando de temas que para mí tienen gran interés. En la medida en que él era biólogo, la conversación se centró mucho en la naturaleza del hombre y sus actos, en la psicología y la genética, y bueno, también fue derivando hacia temas más filosóficos como la búsqueda de la felicidad (con una muy interesante y a ratos brillante exposición sobre qué es la felicidad y su repercusión en el sistema orgánico del ser humano).
No estoy aquí para hacer un resumen de aquellas conclusiones a las que llegamos, o de las ideas que el uno fue germinando en el otro, para su posterior repensado y maceración en casa. Sólo quería decir que fue estimulante encontrar a alguien nuevo, y poder compartir a decentes niveles de profundidad (o al menos más allá de los lugares comunes) impresiones sobre temas en los que no siempre es fácil encontrar interlocutores.
jueves 10 de septiembre de 2009
martes 4 de agosto de 2009
hijos de los hombres
Que el cine es una gran trampa no escapa ya a nadie. Que -como toda obra cultural- tiende cada vez más a homogeneizarse en sus formas y en sus fondos, tampoco es una novedad. Pero bueno, empecemos desde el principio. O como mandan los cánones, haciendo un pequeño spoiler de la historia que nos cuenta esta cinta.
Londres. Año 2027. El género humano afronta su posible extinción tras más de 18 años sin que haya sido engendrado un sólo bebé. El mundo, ante la inminencia de su fin, ha entrado en el más absoluto de los caos. Los inmigrantes han tomado el mundo desarrollado y todas las ciudades caen bajo una anarquía violenta. El único bastión de "civilización" que sobrevive es una Londres militarizada, que caza y encierra en campos de concentración a los ilegales que inundan sus calles. La muerte de la persona más joven de la tierra, junto a una serie de atentados perpetrados por grupos de activistas armados que luchan por "devolver la cordura" al mundo, terminan por conformar la macrohistoria.
En cuanto a la intrahistoria, tenemos a una fugitiva negra embarazada. Estamos pues ante el nacimiento del primer bebé en 18 años, aquello que puede traer la esperanza o la destrucción al planeta. Y aquí empieza el primero de los clichés que inunda la película: para llevarla al Proyecto Hombre, necesitan de la ayuda del protagonista: un antiguo activista que, tras abandonar la causa, se nos presenta como un alcohólico sin moral que trabaja para la burocracia londinesa. Un cínico que poco a poco irá reconciliándose con el mundo, gracias al recuerdo de su hijo perdido, y que se debate en una lucha interna entre la fe y el azar, entre la causalidad y la casualidad.
Y desde este punto, comienza la sucesión de tópicos que en el fondo espera todo el mundo que llena las salas de proyección. Unos malos malísimos, unos buenos buenísimos, sacrificios, luchas de las que sólo salen vivos quienes tienen que salir, los malos bien muertecitos al final, los héroes bien homéricos al final, la mujer del cínico que muere cuando está volviendo a enamorarlo, su mejor amigo que muere encubriéndolo, y en fin, él mismo muerto al final de la cinta por una herida de bala inflingida protegiendo a la chica y al bebé al que previamente había ayudado a nacer. Héroe, mártir, símbolo, genio y hasta comadrona, qué más se le puede pedir a un ex-alcohólico!
La cosa no es que la película rebose de tópicos; Otras muchas lo han hecho antes y ahora son tildadas de clásicos (he ahí como ejemplo paradigmático "El hombre tranquilo", de John Ford. Pero a estas películas que son premeditadamente tópicas se le perdona todo, especialmente si en ellas aparece John Wayne). La pena es que desvirtúa de forma infame una macrohistoria que podría ser muy interesante. Y no sólo eso, sino que precisamente esta ignorancia de la historia marco es lo más aplaudido por la gente.
Hay películas, al igual que libros, en los que poner el centro de atención en la intrahistoria enriquece la propia obra. Quizá el ejemplo más actual sea la novela "La carretera", de Cormac McCarthy. En la novela se ignora absolutamente el motivo por el que el mundo ha llegado a ese punto de destrucción, mientras que en la película se empeñan en explicarnos con detalle cómo todo ello se debe al cambio climático.
En fin, que parece que el cine (o al menos el cine de ciencia ficción) adolece cada vez más de un cierto estrabismo que le hace incurrir siempre en la peor elección posible. Y ello porque las historias han llegado a encorsetarse de tal manera que todas ellas presentan una estructura común, y bastante desafortunada. En la primera parte de la misma se presenta al personaje principal y la situación (he ahí Minority report, 28 semanas después, Inteligencia artificial, la futura La carretera, o ejemplos más allá del cine de Sci-Fi, como 300 o tantas otras), y los otros dos tercios de película no son más que un accidentado viaje en el que no se profundiza en la historia.
Sin embargo, y puestos a hacer una crítica total de la película, creo justo enumerar también sus aciertos. La dirección y algunas interpretaciones son muy buenas (aunque la dirección bebe demasiado del hiperrealismo de "Salvar al soldado Ryan", película que algún día será elevada al lugar que merece por cómo cambió el modo de realizar cine, aunque también muera de tópicos), hay escenas que por supletorias no dejan de ser sorprendentes (como la del coleccionista de arte en plena extinción de la humanidad o el retrato del ghetto al que llevan a los ilegales), y en general consigue lo que se propone: entretener a la masa palomitera a quien va dirigida.
En fin, podría y quizá debería profundizar muchísimo más en cada uno de los temas, pero con esto del microblogging parece que mis entradas inevitablemente extensas ya no están de moda, así que la dejaremos aquí agradeciendo cualquier comentario al respecto que pueda enriquecer un potencial debate. Saludos.
lunes 3 de agosto de 2009
(re)lectura
Y es que más que un lector, me considero un voraz relector. Hay libros que los leo y ya desde la segunda página los sé condenados al olvido, mientras que hay otros en los que estoy disfrutando por anticipado del inmenso placer que me supondrá su relectura. Especialmente porque dudo mucho que de una sola lectura pueda sacarse la mitad del jugo que contiene una obra que valga la pena leer, o mejor dicho que valga la pena releer.
Aquellos que escribimos, ya sea en un bloc, en un blog, o en hojas sueltas de papel que luego pasan al olvido, sabemos que cada línea, cada palabra, cada coma incluso, tienen una razón de ser y una razón de estar. Nada es gratuito: ni el ritmo, ni la cadencia de las palabras, ni las aliteraciones de sonidos, ni las siempre ignoradas elipsis, ni las descripciones que a menudo leemos de pasada. Todo tiene una razón de ser y una razón de estar. O de no ser y de no estar.
Una de las condenas de todo libro es ser interesante, o peor aún, crear intriga. La misma fuerza centrípeta que nos obliga a devorar las páginas en busca de los siguientes sucesos de la historia actúa como fuerza centrífuga que nos aleja de la infinita riqueza de la prosa que los contiene. Es especialmente en estos casos en los que la relectura cobra tanto peso, deviene tan necesaria. Sólo cuando no estamos urgidos por el "qué pasará", o por aquello en lo que va a acabar coludiendo un ensayo, podemos relajarnos y centrarnos por igual en el contenido y en el continente.
Por eso, cada cierto tiempo, más que a leer algunos libros nuevos a lo que me dedico es a encontrar futuras relecturas. Alguien dijo alguna vez que la vida es demasiado corta para tantas bibliotecas. Sin duda es así, pero al menos nos queda el placer de conocer bastante bien aquélla que el azar o la providencia ha hecho que llegara hasta nuestras manos.
O quizá es sólo que soy uno de aquellos que creen en lo que dijo el maestro Borges: Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.
¿Qué hacemos entonces ante la proliferación de tanto blog?
domingo 21 de junio de 2009
ser de izquierdas (2)
viernes 19 de junio de 2009
carta
Pero hoy tengo la especial necesidad de hablar contigo, no sé. Hace mucho que no compartimos neologismos más allá que de forma virtual, hace tiempo que nuestros culos no deforman el tapizado de una silla cualquiera de un bar cualquiera -o calientan la madera de un banco- mientras los demás nos miran con incomprensión.
Cuántas veces hemos confundido esa incomprensión con halago. Incluso con envidia y con admiración. Y sin embargo no, bajo esa incomprensión sólo flota una confusión, el pensamiento de que somos dos almas extrañas que o bien tienen mucho tiempo para aburrirse o muchas ganas de regocijarse en sus propias miserias.
¿Recuerdas esas calles de Granada? ¿Recuerdas la sala de esa iglesia improvisada museo? Cómo nos sentíamos especiales cuando recorríamos sus piedras hablando del posmodernismo, cuyo corolario es nuestra actitud de sempiternas lenguas en constante dialéctica. Pero quizá por eso tengo hoy tanta necesidad de hablar contigo. Porque esa dialéctica -aunque a veces me duela admitirlo- me falta. Cómo la echo de menos en las personas que encuentro. ¿Tú la encuentras en él? ¿O has optado por las pequeñas huidas de fin de semana como hago yo, hacia un blog, o un bloc, o una charla introspectiva?
La verdad es que quizá la comunicación sea la mayor de las utopías. ¿Recuerdas cuando se empeñaban en que debía hacer una tesis y yo me negaba obstinadamente porque no quería pasarme el resto de mi vida leyendo de forma condicionada? Pensaba que cuando te especializas tanto en algo, todo lo ves bajo el tamiz de su cristal, y no quería eso para mí, siempre a la defensa de mis cada vez más asentados seudópodos. Pero con tesis o sin tesis la verdad es que al final he acabado haciéndome favorito de esto y no de aquello, y creo que si esa tesis existiera algún día sería sobre la comunicación. Mejor aún, sobre la imposibilidad de la comunicación (¿no es acaso este blog un ejemplo viviente sobre la imposibilidad de compartir mundos?). El problema es que esa tesis, para ser honesta, debería contener exclusivamente páginas en blanco. Como digo siempre, "quien quiso entender ya lo hizo", y no me cabe duda de que ante la explícita página en blanco al menos un miembro del tribunal me distinguiría con el Sobresaliente cum laude. Si no fuera así es que ha dejado la pena intentar salvar el mundo de la docencia (o cabría decir "de la indecencia", haciendo aliteración analógica).
En el fondo todo lo que leo o escribo esta orientado hacia la comunicación, como hace algún tiempo lo estaba hacia la nostalgia. ¿Acaso no es Pastoral americana un monumento a la incomunicación, a las máscaras que nos condenamos a llevar ya sea en la más ímproba de las actitudes norteamericanas, ya sea en la más extremista de las religiones orientales?
Por eso últimamente, y aunque lo necesito tanto, me canso tan fácilmente de escribir, de intentar comunicar. Me da una pereza infinita empezar a construir y deconstruir un discurso, pero siempre me obligo a ello. No para epatar, no para sorprender y desde luego no para adoctrinar. Sólo porque necesito algo de estructura en esta cada día más abotargada mente. Mis pensamientos cada vez más se parecen a un cuadro impresionista. Esbozos, bocetos, difuminaciones. Como las esculturas inacabadas de Miguel Angel sobre los esclavos cautivos. En cuanto algo empieza a despuntar, a cobrar forma, le salen cien brazos en direcciones opuestas, y no puedo ver la luz sin la sombra, el ying sin el yang. Las ideas giran en una nebulosa y siempre se suman nuevos trazos al lienzo, como un último matiz que da al tapiz un trazo distinto.
En fin, quería escribirte y ya lo he hecho. Creo que me siento algo mejor, al menos han disminuido las ganas de correr y de gritar. ¿Te das cuenta como siempre recurrimos a las mismas imágenes? Una chica que baila descalza en un parque, una niña que sostiene la mano de un anciano, una persona gritando su silencio desde una roca en la cima de una montaña. ¿Será verdad eso que dicen que no hay conversación o discusión en la que no asumamos una postura ya descrita por el pensamiento aristotélico o platónico?
Bueno, igualmente a ti y a mí siempre nos entretuvo ese juego infinito de espejos, ¿no es cierto?
Cuídate, y espero verte pronto.
todo en este mundo necesita su tiempo
jueves 11 de junio de 2009
¿dónde está la izquierda?
jueves 14 de mayo de 2009
espacios
Cuando quiero hacer una pausa del trabajo para fumar un cigarrillo, puesto que nunca he fumado, lo sustituyo por visitar este espacio, con mi música al oído y un cierto misticismo en la mirada. Cuando descubro que tiene otros ocupantes me irrito levemente, pues lo considero una sutil forma de sacrilegio. Sin embargo me consuelo pensando que los espacios están para construir y para integrar, y que el día que aprendan a habitarlo con otros ojos, formarán parte de él.
miércoles 13 de mayo de 2009
mass media
Mientras más pasa el tiempo y comienza uno a hacerse una idea del mundo -una idea fundada ya no tanto en impulsos sino en tardes de reflexión-, menos comprendo a la gente que sigue acudiendo a estos mass media para “mantenerse informada”. Con la visión que te da la perspectiva del que mira la realidad un poco desde fuera, me sorprendo quizá más que mis compañeros al comprobar, por ejemplo, que mientras hace una semana la gripe porcina iba a acabar con el 40% de la población europea e iba a obligar a cerrar escuelas y empresas para evitar un contagio universal, hoy se la llama gripe A (o incluso gripe H1N1, creo) y no pasa de ser una nota a pie de página en estos medios de (des)información.
Lo curioso es que del brote de meningitis que se ha cobrado más de 2.000 vidas en África Occidental, o de la epidemia de dengue que ha brotado en la zona andina de Argentina y Bolivia, pues la verdad es que nadie habla. Bueno, no es que nadie hable, porque entonces yo no podría saber que eso está ocurriendo en este mismo momento. Es que estos mass media no están interesados en hablar de ella. Al fin y al cabo la gripe porcina está afectando a 2.000 personas en Estados Unidos, y la meningitis está bien controladita afectando sólo a 56.000 subsaharianos.
En fin, que ya no me sorprende que ahora sólo importe la píldora postcoital (yo sigo llamándola píldora del día después y cada vez me entiende menos gente...), como hace un mes sólo importaba el aborto, o el lince, o lo que fuera que defendiera esa campaña. Lo que más me ha sorprendido ha sido la tremenda fuerza que tienen estos medios para influir en los temores de la gente.
Ayer leía en alguno de estos diarios que lo que más preocupa a la gente es el paro y la crisis (financiera, que no porcina), quedando en situaciones totalmente marginales otros “clásicos” de medalla, como son la vertebración de España, la inseguridad ciudadana o la inmigración. Temas que hace tres meses hubieran encabezado con orgullo esta lista.
La verdad es que eso me dio bastante que pensar. Me dio por confirmarme en la idea de que la gente somos básicamente estúpida. Nos gritan desde un púlpito “¡porque A es una vergüenza!”, y montamos la revolución, y nos gritan desde el mismo púlpito “¡porque B es un despropósito!”, y con la misma fuerza y vocación montamos la contrarrevolución. Me recuerda demasiado a 1984, cuando la guerra coyuntural entre Eurasia y Eastasia podía devenir en acuerdo de paz común para luchar contra Oceanía. E incluso si este acuerdo de paz avenía durante un discurso contra Eastasia en el cual la gente gritaba enfervorizadamente contra sus enemigos, en el trascurso del mismo discurso se cambiaban las palabras y los gritos de repulsa devenían gritos de apoyo.
Como marionetas de pantomima, las charlas de café, los encuentros en las plazas (cada vez menos comunes) y hasta las charlas postcoitales (o las del día después) se nutren de esos últimos lugares comunes que nos venden desde el púlpito de turno. Y ahí tendremos que seguir soportando las criticas aquellos que, ¡oh irresponsables apolíticos!, abrazamos la opción de seguir desinformados.
martes 12 de mayo de 2009
el sitio de tu recreo
dónde con los ojos cerrados
se divisan infinitos campos.
Dónde se creó la primera luz
germinó la semilla de cielo azul.
Volveré a ese lugar donde nací...
de la necesidad de verbalizar el mundo
La que parece clara, sin ánimo de sacralizar el discurso, es la necesidad de verbalizar el mundo. Y lo digo en el sentido más mundano del término. Para hacer real la vida, un sentimiento, un temor, la vía más válida (la única útil de hecho) es la de verbalizarlo. Hacerlo presente, hacerlo cobrar forma más allá de nuestro mundo interno. Por eso el lápiz y papel tampoco son suficientes.
Cuando alguien comparte conmigo algún temor, ya sea a una enfermedad o a un abandono, siempre le insto a verbalizarlo claramente. Ha decir palabra por palabra aquello que teme, aquello que ya intuye. "Creo que tengo cáncer"; "Mi pareja está con otro". Cuando externalizamos aquello que vive en nuestra mente, nos damos cuenta del verdadero sentido de nuestra rumia. La soledad y el silencio son los mejores compañeros de la reflexión, pero sólo su verbalización los relativiza en la justa medida. Me gusta pensar en la comunicación como una manzana, o mejor aún, como el acto de comerse una manzana.
La manzana crece en el árbol, germinando bajo los rayos de sol, empapándose día a día, segundo a segundo, del sabor que brota de la tierra y fluye por la sabia. Su sabor se alimenta del sudor del labriego, del canto de los pájaros que habitan sus ramas. Del tiempo.
Sin embargo la manzana sólo tiene esa potencialidad de sabor. Es como la rosa del principito que, por miedo a ser devorada por el viento o los pájaros, vivía en una urna de cristal, alimentada sólo ella de su propio olor. La manzana, hasta que no se encuentra con la boca que la degusta, no sabe a nada, sólo tiene un potencial de sabor. Me gusta pensar que es del encuentro del que surgen las cosas. Que sin encuentro no hay sensaciones.
Aunque el discurso que quería hacer hoy no aspiraba a tener implicaciones-pseudofilosóficas-de-hormiga-bajo-lupa. Quería quedarse mucho más aquí, en el terreno de los lugares comunes que todos compartimos. Quería hablar de la necesidad de nombrarla, de la necesidad de hacerla presente. Quizá uno de los mayores indicadores del amor sea, precisamente, la necesidad de nombrar a la otra persona. Es como si de alguna manera intuyéramos que nuestras palabras, en contacto con el aire, vuelan hasta su oído, y la mecen. Porque las palabras dichas con dulzura son como mecedoras, te llevan como una brisa de aire fresco.
Verbalicemos el mundo, y sus habitantes.
lunes 11 de mayo de 2009
días de blog
Esos días de blog ya he aprendido a reconocerlos, e incluso a amarlos (quizá no aún a desearlos). Hay que intentar gozárselos en la medida de lo posible: nos recuerdan que estamos vivos y que somos capaces de sentir de mil maneras distintas. Y no es poesía ni amaneramiento, es la constatación de la crisálida que llevamos dentro.
En estos días, he de admitirlo sin tapujos, me gustaría estar enamorado (en el sentido clásico de la palabra).
lunes 27 de abril de 2009
reflexiones
Ya habréis visto en esta página esa tira de Mafalda en la que salen unas personas respetables recordando los viejos tiempos en que querían cambiar el mundo ("¡Sonamos, muchachos!"), y bueno, ya en su día hice un comentario al respecto. Lo que me ha gustado saber es que el Sábado había 18 personas en mi casa tomando una copa -la mayoría desconocidos los unos para los otros, y yo "malconociendo" al 90% de ellos-. Que mi cuenta corriente tiende a los números rojos tras el primer palo de Hacienda, aunque ni hipotecas, ni coches, ni motos ni tan siquiera bicicletas en propiedad me avalan. Que cuando ayer unas chicas italo-argentinas me preguntaban dónde me veía dentro de veinte años la única respuesta que acertaba a dar con coherencia era: "¿muerto?". Que esas chicas estaban durmiendo gratis en mi sofá por solidaridad viajera. Que aún no sé dónde están los restaurantes de Córdoba pero las tasquitas empiezan ya a localizarse fácilmente. En fin, no sé, que es que ni siquiera sé qué pienso respecto a todo esto. Mi hermano dirá que es un intento más de mantener el chicotismo, o la enésima versión de "me voy al pueblo", pero la verdad es que vaya usted a saber qué gaitas puede ser todo esto.
La cosa es que espero distar mucho todavía de ese tipo de fotos como la que hoy se me quedó clavada en la retina.
martes 24 de marzo de 2009
inecuaciones
Creo que uno de los mayores problemas con el que nos encontramos muchas de las personas que compartimos este espacio virtual es que, nos guste más o menos, habitamos dentro de la contradicción. Entre nuestro yo ontológico y deontológico hay saltos demasiado profundos, a veces demasiado insalvables, y esa inecuación, ese desajuste, es el que nos hace vivir siempre en la zozobra.
Entre el ser y el deber ser (o quizá sería mejor decir el "querer ser") es inevitable que haya saltos e irregularidades, que haya lo que acá llamo inecuaciones o desigualdades. Las más de las veces debido a que el juicio deontológico no está empapado de contexto, y si no se reflexiona en profundidad, corre el riesgo de quedar en un pensamiento utópico o soñador que no creará sino insatisfacción.
Pero intentemos hacer el discurso más mundano, más comprensible. Por ejemplo en mi caso particular tengo el extraño capricho de valorar de manera muy placentera el hecho de tener una biblioteca completa. Me gusta poseer los libros. Podría decirse que soy un consumista de libros, pues su sóla tenencia, el hecho de poder acariciar el lomo u oler sus páginas y sentirlo como mío, para mí tiene inmenso valor. Aparte habría que aclarar que los libros para mí acaban siendo compañeros de viaje, y así Perú estará siempre ligado a Rayuela, Chiloé a Los detectives salvajes, Roma a City, o Bolivia a Los premios. Y que luego quizá puedo ir por ahí regalándolos a amigos para que compartan conmigo el sentimiento que su lectura me produjo. Pero incluso con estos matices el hecho es que soy un consumista de libros, pues incluso en ese acto de regalarlo descansa el hecho de la posesión previa, de dar algo que es "mío".
Este consumismo choca con mi pensamiento deontológico de que realmente los libros que leo deberían venir de los estantes de una biblioteca. Con ello, se reduce el consumo de papel, me desprendo de una de esas molestas posesiones materiales que tanto limitan mi movilidad a la hora de trasladarme de ciudad o país, reduzco mi gasto en cosas materiales privadas que podrían ser colmadas con bienes materiales públicos (he ahí las bibliotecas), y es más, si todo el mundo participase de esta cultura de la biblioteca y la lectura pública, el diálogo entre lectores sería mucho más enriquecedor y espontáneo (estoy imaginando inmensas bibliotecas con espacios públicos para leer y compartir, en las que la búsqueda de un libro sea aconsejada y compartida por compañeros de lectura).
La inecuación está pues servida. Dentro de esas dos preferencias, una siempre pesa más que la otra, y es la que en último término me lleva a actuar como actúo: comprando libros compulsivamente o llevándome a entrar en toda librería que encuentro en las ciudades por las que viajo. Pero lo indeseable no es que exista esa inecuación (que en sí es sana: no hay nada más terrible que un pensamiento lineal y unívoco, y como bien nos enseñan el Ying y el Yang, en el corazón de todo negro Yang late al menos un punto de blanco Ying), lo punitivo para mi persona es que no puedo evitar ver siempre las dos caras de la realidad. Así pues, entro en ese círculo de acabar comprando los libros, y luego sintiéndome mal por el gasto realizado y la traición a ese espíritu público de la lectura.
Esta entrada trataba de explicar (de explicarme) cómo salir un poco de esa situación de zozobra. Y creo que la única forma de escapar de esta inútil sensación de malestar constante por muchas de las cosas que hago es hacer una reflexión interna y ponderada sobre cuál de los dos lados de la inecuación es efectivamente el que más pesa. Y una vez establecido esto (porque por ejemplo con los libros no se ha producido esa verdadera reflexión, sino que simplemente los compro sin pensar mucho cuánto valoro cada lado de la inecuación), intentar olvidar la otra parte de la desigualdad, o al menos no atormentarme con ella.
En una próxima entrada daré otra vuelta de tuerca para llegar al lugar que realmente pretendía alcanzar desde un comienzo, para hablar de la más importante de las inecuaciones con la que yo, y muchos de los que compartimos estas líneas, convivimos a diario: la diferencia entre lo urgente y lo necesario (aunque hablar de esto acá me obligue a buscar otro discurso para cuando hable en la boda de Jes -porque voy a tener mi speech, jijiji- pues en principio quería centrarlo en esto).
lunes 23 de marzo de 2009
se acerca la visita diez mil
huevos kinder
Pero hablemos de la idea que me vino hablando con mi buen amigo Jorge. Hablábamos de cómo las imposiciones formales no pueden luchar contra aquello que materialmente somos. Que lo externo difícilmente alcanza a modificar lo innato, pero que a pesar de ello me parece legítimo -y necesario en la mayoría de circunstancias- plantearnos esas imposiciones formales para remodelar algo que, aunque innato, ha sido igualmente "insinuado" de forma inconsciente. Como ejemplo, le ponía mi decisión de no ver televisión, a pesar de la satisfacción instantánea que nos produce (como bien decía Cortázar y así está en mi blog: la satisfacción perruna de lo cotidiano). Y tirando de ese hilo de la televisión, me dio por pensar que nuestra esencia está viciada por esa caja tonta que, ya desde niños, nos muestra niños felices abriendo un kinder sorpresa, cuando pagaría un millón de euros a aquel niño que haya jugado más de 10 minutos con el regalito que le salió del huevo...
Y es que ésa es la felicidad del consumo kinder sorpresa en el que vivimos: una felicidad perecible, pasajera, que se agota en sí misma.
A mi regreso a España me ha sorprendido enormemente observar que el 90% de las cosas que compramos no nos satisfacen la necesidad para la que teóricamente fueron pensados. Me explico: nadie compra hoy día un coche para satisfacer su necesidad de transporte, sino porque es más rápido o más bonito que el anterior. El nuevo coche no colma la necesidad para la que fue ideado un coche, sino que nos da status, reconocimiento, o incluso el simple placer de la compra. Kinder sorpresa.
Lo mismo ocurre con los televisores, la ropa, los muebles, los electrodomésticos, los ordenadores o reproductores de audio. Porque ya estamos en el nivel en que todas esas necesidades están más que satisfechas, y el consumo se convierte en algo meramente suntuoso.
Aquí entramos en la generación kinder sorpresa. Como el consumo ya no satisface necesidades básicas, como ya no satisface la necesidad para la que fue concebido, el bienestar que nos produce nace y muere en el propio acto del consumo. Nos gusta ir a comprar. Ir a la tienda, mirar los diferentes iPod, los colores, tamaños, texturas, nos gusta imaginarnos con él en casa, nos gusta imaginarnos comprándolo, nos gusta pensar que abrimos el huevito del kinder sorpresa. Luego, cuando lo abrimos, cuando lo compramos y lo llevamos a casa, nos damos cuenta de que, en esencia, hace lo mismo que nuestro viejo reproductor de MP3: música de forma móvil. Ahí es cuando vemos las aplicaciones, jugamos a los jueguitos que trae, lo enseñamos un poco (aunque en verdad todo el mundo tiene su propio huevito kinder, así que ni atención despierta), para al final darnos cuenta de que, a fin de cuentas, lo que hace es volver a satisfacer una necesidad ya satisfecha: música de forma móvil.
Cuando el consumo nace y muere en sí mismo. Cuando el acto de consumir es abrir el huevo, ver que dentro hay un avioncito y volarlo 5 minutos antes de encerrarlo en un cajón, para luego volver a desearlo de nuevo y repetir el proceso con un nuevo kinder sorpresa, es para darnos cuenta de que hay algo que falla en todo esto. ¿Estaremos a tiempo de cambiarlo?
jueves 19 de febrero de 2009
ternura
Una escena bastante cursi pero que siempre me ha conmovido de la película Forrest Gump es aquella en que Forrest está hablando con Jenny, contándole todo lo que ha visto en su triple travesía de los Estados Unidos, de costa a costa de ida y vuelta y come and back again. Ella le dice: "Me hubiera encantado estar contigo en todos esos sitios maravillosos". Y él le responde: "Estabas, Jenny".
El que viaja siempre lleva consigo a sus seres amados y luego, en un tapiz peruano, en una artesanía chilota o en su sonrisa más luminosa, les lleva parte de aquello que ha vivido, que ha experimentado. Me da ternura pensar así, me ayuda a marcharme con una sonrisa, mirando hacia adelante confiando en sumar nuevas ternuras tras ese recodo, al final de esa colina.
lunes 16 de febrero de 2009
cien días (cien días después)
La primera vez que se vieron no sabían bien dónde mirar. Ya empezaban a gustarse, y él tímidamente le regaló un cubo de rubik que en vez de colores contenía versos, que cuando ella los giraba, creaba poemas dadaístas llenos de significado. Y se fueron juntos a las 4 y 10, a conocerse, a sonreírse, a enamorarse. Las manos comenzaron a tallar, y aunque quizá alguien cantaba Fito, él sólo tenía ojos para ella. Luego ella lo invito a carretear, y acabaron bailando juntos hasta el amanecer en un after situado entre París y Londres. Todo se parecía demasiado a esa canción de Ismael Serrano: él también vino del norte, y el destino trágico ya empezaba a tejerse. Pero ellos nada de esto sabían en esos primeros y tímidos pasos. El incluso intentó besarla esa primera noche, aunque ella le recordó que no permitiría que la velocidad de la satisfacción impidiera el nacimiento del deseo.
Poco a poco comenzaron a frecuentarse. En la casa de él, en algunos cafés de Santiago, en la librería que ella a veces atendía. Se entregaron al placer de conocerse, con el miedo de saber que cada día que pasaba era una cuenta atrás hacia el momento de su separación. Cada segundo juntos representaba el placer del amor compartido, y el dolor de un suspiro menos en la inevitable cuenta atrás. Como dos trenes que corren por la misma vía en direcciones contrarias, el único destino posible era encontrarse y explotar. Y justo a los cien días, se produjo el choque de trenes. Las contradicciones pesaban demasiado en el corazón, y el amargo placer unido al dulce dolor, se convirtieron en un amargo dolor.
Lo cómico es que quizá por el mismo esfuerzo podía haber resultado un dulce placer: bastaba con hacer el cambio de agujas en el momento justo para evitar la colisión, y recorrer juntos el camino. Sin embargo ese momento nunca llegó, o ellos lo dejaron pasar, y el humo del choque se expandió como un velo. Pero a nosotros nos gusta pensarlos de otro modo. A nosotros nos gusta pensarlos detrás de un rumor, mientras juntos hacen correr una máquina a vapor que se aleja por una de esas vías fantasmas que atraviesan Chile, marcando su destino, reinventándolo a cada segundo, a cada suspiro.
los caminos de la vida
A veces pienso que quien pudiera leer estas páginas sin conocerme pensaría que soy una persona melancólica, una persona que vive con la tristeza que da vislumbrar el fin del camino. Sin embargo no es así. Saliendo un poco del personaje que adopté en estas líneas, en verdad creo ser una persona que se carecteriza por disfrutar del viaje más que por obsesionarse con la meta.
Lo que pasa es que a veces los procesos de la mente son difíciles de entender, y desde luego mucho más difíciles de explicar. Por ejemplo, hace más de tres meses que sé que regreso de Chile a España, que sé que dejo atrás toda esta vida que gramo a gramo he ido construyendo. A eso hay que sumar que en este periodo he despedido a no pocas personas, y he visto como efectivamente esa fecha de partida que mientras no llega parece siempre lejana, al final acaba haciendo acto de presencia. He hablado con mi familia y amigos, organizado y preparado el regreso, y sin embargo me ha pasado algo totalmente curioso.
Y es que a pesar de las despedidas con amigos que por viaje o decisión no podrán estar conmigo en mis últimos días, a pesar de estar buscando ya piso para mi siguiente etapa en Córdoba, a pesar de tener ya mi sustituto en el trabajo y en la casa esperando, a pesar de tener el billete comprado e impreso, la primera vez que he tenido conciencia de que me voy ha sido totalmente casual.
Estaba hablando por teléfono con mi amigo Fernando cuando, para despedirnos al saber que ese día no nos veríamos, le he dicho: "bueno hombre, pásalo bien esta tarde y mañana me cuentas". Justo tras esa frase hemos colgado el teléfono y algo ha saltado dentro de mí. Esa explosión de cotidianeidad me ha hecho ser plenamente consciente, como no lo había sido hasta ahora, de que realmente este micromundo acaba en dos semanas. Y rumiando esta conciencia (o esta presciencia que diría Marías) me he quedado un rato sentado con el teléfono en la mano.
Lo que quería con este ejemplo no era alumbrar una nueva muestra de tristeza. Era intentar explicar cómo la mente funciona a veces de forma caprichosa. Lo mismo me ocurre al escribir en esta bitácora: si la idea que me late dentro tiende a algo -la dicha, la alegría, la felicidad-, quizá al plasmarla en palabras da un giro y queda acá reflejada de otra forma. Y eso, estoy aprendiendo a darme cuenta, es inevitable.
Realmente no sé cómo etiquetar esta entrada (algún día tengo que explicar lo de las etiquetas de este blog). Creo que en el fondo es un intento de explicarme a mí mismo como escritor, o al menos como redactor de este espacio virtual. Así que de esta manera quedará reflejado.
jueves 12 de febrero de 2009
muera el perro
Cortázar ha muerto. Viva Cortázar.Hoy se cumplen veinticinco años de la muerte de un mago de las letras. Julio Cortázar nació y vivió a caballo entre dos mundos. París, y Buenos Aires. Jazz, y tango. Europa, y Latinoamérica. Si uno lo vio nacer, otro lo vio morir. Cuando en uno se atrevía a aseverar, el otro lo veía dubitar. Y así se movió este coloso de casi dos metros y erre arrastrada que hasta el día de su muerte gozó de una salud inquebrantable.
En sus libros nos legó todas sus inquietudes, sus dicotomías, las incertezas que pueden conducir a alguna verdad pero en cuyo camino es fácil extraviarse. Nos dejó un mundo de personajes cotidianos pero inverosímiles. El improbable Gregorovius de Rayuela, el astral Persio de Los Premios, sus Cronopios y Famas danzando por un mundo tan parecido al nuestro, por no entrar en los lugares comunes de Oliveira, Morelli o La Maga. El propio Cortázar fue uno de sus personajes -de esos de carne y hueso pero difícilmente reconocibles en la monotonía del día a día- en Los autonautas de la cosmopista.
Hablar de Cortázar es hablar de literatura con mayúsculas, pero también de vida, de compromiso, de intimidad. Conocida es su extrema timidez y la distancia que intentaba tomar con un mundo que no estaba preparado aún para recibirlo.
Ahora, a veinticinco años de su muerte, cuando por fin alcanzó el reconocimiento que nunca quiso ni pretendió, quería dedicarle unas sencillas líneas para agradecerle todo lo que me ha dado.
Que tus líneas me acompañen por muchos años más.
miércoles 28 de enero de 2009
imágenes o su ausencia
del "ya pa' qué"
domingo 25 de enero de 2009
ciento tres
lunes 19 de enero de 2009
una nueva despedida
Esto no deja de recordarme que realmente somos gente enferma, aferrados a esta vida de encuentros y desencuentros: la vida de la intensidad de lo fugaz, de la llama que de tan breve abrasa, por condensada. Pero es la vida que para bien o para mal hemos elegido. La rueda da un nuevo giro e Ismael sigue navegando.
Pronto seré yo quien me vaya de esta ciudad, dejando atrás la que fue mi-primera-casa-fuera-de-mi-casa, el que fue mi primer trabajo, dejando atrás Chile, toda esta Latinoamérica que a partir de hoy me dolerá un poco más. A la rueda rueda, la vida sigue girando.
Estoy triste. Y compartir la tristeza nunca me ha parecido deshonesto. Es un sentimiento que nace y muere en uno, que no provoca rechazo ni admiración (hadmiración), quizá una tenue lástima que se olvida apenas perdemos de vista al apesadumbrado.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, que decía el poeta.
martes 6 de enero de 2009
30/12/2008 - mate, tabaco y conversación
29/12/2008 - y se armó un buen truco
Purmamarca es un pueblo tomado por los viajeros. En sus calles transitan decenas de personas con sus mochilas a la espalda. Juegan al truco en las cafeterías, o comen sentados debajo de cualquier arco. La vida se vive a otro ritmo, el reloj -donde lo hay- está detenido o nadie lo mira. Purmamarca es un pueblito de calles sin adoquinar, rodeado por toda una serie de colinas multicolor. Lo llaman la montaña de los siete colores.
13:18
Demasiado bueno. Tomando un descanso en una cafetería de Purmamarca, poco a poco se fue llenando de viajeros que, viniendo de todas partes y yendo a cualquier parte, empezamos a relatarnos los curriculum nómadas. Entre consejos, recomendaciones e intercambio de experiencias, se armó un truco. Bruno, rosarino; Tomás, porteño; Natalia, cordobesa; y yo, el español, el gallego. Las mesas de alrededor poco a poco también se fueron calentando, y nuevos trucos, algún chinchón o hasta la brisca empezaron a dar un aire de timba al local.
Compartiendo un mate y unas risas, llegó y se fue mi bus. Corriendo por las calles embarradas tuve que ir a detenerlo, y acá dentro estoy ahora, arrepintiéndome un poco de no haberme quedado más tiempo y haber dejado que perdiera el bus.
También ayer tuve un encuentro maravilloso. Conocí en un ciber a Antonio y Estefi, una pareja española que vive actualmente en Buenos Aires. Desde el principio nos estuvimos simpáticos, y decidimos ir a cenar juntos. En el bar un grupo tocaba músicas del norte, y cuando la noche fue pasando y ya la botella de ron tocó la mesa, empezó la verdadera fiesta.
Acabamos en casa de uno de los músicos, compartiendo un damajuana de vino y chupitos de picor de durazno en el tapón de la botella. Resultado: abrazos de amistad y alguna vomitona. También me hubiera gustado quedarme un tiempito más.
Para cerrar el círculo de encuentros memorables, hoy en el bus de Humahuaca a Purmamarca conocí a Mirek, un checo de sesentaycinco años que comenzó su vida nómada al huir del comunismo con diecisiete años. En inglés fuimos compartiendo historias y experiencias, un análisis de la Cuba castrista, y algo más. También me he planteado seguir en el bus hasta Jujuy para continuar la charla.
Tres encuentros, tres historias, tres bellos recuerdos más en la mochila. En los tres me hubiera gustado detenerme más tiempo. Pero como siempre, Ismael sigue navegando.
28/12/2008 - la argentina
lunes 5 de enero de 2009
27/12/2008 - el cerro "rico" de potosí
Me he dado cuenta de que cada día escribo menos en este cuaderno y que, al igual, mientras en los primeros cuatro días apenas si leí cincuenta páginas de "Los premios", en los últimos cuatro he devorado las otras trescientas. Era algo esperable: sabía que tarde o temprano me atacaría la honestidad, y el viaje daría un giro introspectivo, hacia dentro.
Hoy he contratado un tour por las minas del cerro Rico. He hecho dos cosas que no quería hacer: participar en un tour de agencia, y hacer turismo de la pobreza y la explotación. Sin embargo, por fortuna (o no) me ha llegado en un momento del viaje en el que puedo hacerlo sin sentirme demasiado deshonesto conmigo mismo.
Sé que lo que voy a ver me va a dejar marcado, pero creo que por eso mismo tengo necesidad de hacerlo.
12:45
Es difícil escribir sobre la que probablemente haya sido una de las experiencias más intensas de mi vida, pero quiero intentarlo, quiero poder volver a este recuerdo no sólo en mi mente, sino en estas líneas que de cualquier manera ya sé que no van a alcanzar.
Creo que jamás hubiera soñado con una experiencia similar, ya que las únicas dos personas de la visita eramos el guía y yo. Willy es además un antiguo trabajador de la mina, cuyos ascendientes han sido siempre mineros, y para él volver a la mina y explicarla es un placer más que un trabajo. Habla del cerro y de los mineros con una humanidad y un respeto que no se pueden suplantar.
Antes de entrar, rezó en quechua al tío, que es el diablo que mora en el mundo bajo la mina, y al cual se le honra cubriéndolo de coca, bañándolo en alcohol y compartiendo con él un cigarro. La mina es húmeda, cálida, y puede ser una trampa mortal para aquel que no la respete. Por eso hay que respetar y honrar al tío, porque aquello que le demos será lo que recibiremos.
Adentrándonos en la mina la oscuridad lo envuelve todo. Vamos a compartir su descanso con Don Gregorio y su hijo Hugo, que en quechua hablan con Willy de las dificultades de los últimos tiempos, de que el cerro se agota, y compartimos el alcohol y la hoja de coca regando a la Pachamama antes de cada trago.
Y es que la Pachamama también puede darnos o negarnos todo. La Madre Tierra es celosa, por eso la mujer del minero no puede entrar en la mina, porque la Pachamama exige fidelidad dentro de sus dominios.
En el cerro Rico no existe el comunitarismo que había pensado. El minero de a pie, el que cada día desciende a las entrañas del cerro jugándose la vida y la salud, es absolutamente solidario con sus compañeros. Pero la mina no pertenece a ellos. La mina pertenece a distintas cooperativas de las que sus socios nunca bajaron a la mina, pues la calidad de socio es hereditaria. Eso, y la reciente bajada del precio de los metales, hace cada vez más difícil la vida del minero. En la actualidad, el minero ha de pagar por los propios materiales que emplea para horadar el cerro: dinamita, agua, comida... Del metal que extrae, retiene para sí el 50% y da al patrón el otro 50%, luego si un mes no encuentra una veta de metal, su sueldo neto es negativo por el gasto en los materiales.
Con una jornada laboral de diez horas en unas condiciones insalubres e infrahumanas, el sueldo medio del minero de prospección es de cien dólares mensuales, y el de los carretilleros apenas de treinta o cuarenta. Un patrón promerdio, con treintaycinco trabajadores a su cargo, gana en torno a los tres mil dólares al mes.
El gobierno boliviano de Evo Morales intentó la nacionalización de la minería, pero al día siguiente de su anuncio se paralizó toda la industria, el comercio, y el transporte en Bolivia. Los patrones, bajo amenazas de despido, obligaron a los mineros y a sus hijos y familiares a manifestarse contra la nacionalización. La prensa, dominada también por los mismos capitales, abrió titulares con la oposición de los propios mineros a la nacionalización. Y así se mueve la mano invisible.
13:27
El viaje dentro de la mina sigue, como seguirá dentro de mí al lado de Julaca, del taxi de Paracas, de la niña de Barranco, de tantas otras cosas...
¿Por qué me siento deshonesto hablando de esto? El otro día lo entendí hablando con Jorge y con Patri en mi casa. Jorge nos contaba algunas de sus experiencias trabajando con los niños de la calle en Santiago. Mientras lo escuchaba no dejaba de pensar cómo podía contar todas esas historias sin sentir que se estaba vistiendo ante nuestros ojos con un halo de santidad. Lo escuchaba contar todas esas historias y sentía que él si lo hacía con honestidad, con sinceridad, y no dejaba de preguntarme por qué yo sería incapaz de hacerlo.
Finalmente lo entendí; él puede contar con total honestidad todo lo que hace porque lo que hace es bueno, es puro. O lo que es lo mismo: sirve para algo. Nada de lo que yo hago sirve absolutamente para nada, al menos para apaciguar algo del dolor que hay a mi alrededor. Lo único que alcanzo a hacer es lamentarme de mi inacción en estas líneas, con este boomerang ontológico destinado solamente a darme por artificio algo más de humanidad. No hago nada en mi vida por mejorar la de aquellos que me rodean.
Pero todo esto va a cambiar en Marzo. Cueste lo que cueste y dañe a quien dañe, a partir de Marzo se acabaron las concesiones y las prórrogas. Ya basta de esta contradicción interna, de este movimiento inmóvil de la mente. Ya basta de tanta mierda.
sábado 27 de diciembre de 2008
26/12/2008 - el verdadero altiplano
25/12/2008 - un rinconcito de andalucía
Y es que Sucre es lo más parecido que he visto en Latinoamérica a una ciudad o un pueblo de Andalucía. Sus casas están encaladas, justificando su apodo de "la ciudad blanca", y sus tejados son de teja roja. Estando acá me siento como cuando estuve en Arequipa: demasiada belleza para contenerla en una mirada, no mencionemos en una foto.
Si no fuera porque las mujeres y los niños visten y hablan según la tradición quechua, realmente pensaría que tomando un bus de dos horas podría estar en Sevilla, abrazando a los míos.
jueves 25 de diciembre de 2008
24/12/2008 - plataforma (cochabamba)
miércoles 24 de diciembre de 2008
23/12/2008 - ya me picó la rueca
martes 23 de diciembre de 2008
22/12/2008 - la paz
La puna. El soroche. El mal de altura. Puede llamarse como se quiera, la cosa es que ayer me mató. Pero voy a intentar empezar desde el principio.
Ayer 21 me levanté lleno de energías y con ganas de empezar la aventura boliviana. Subí al bus y todo iba demasiado bien al principio: el asiento que había reservado disponía de las mejores vistas, y pude disfrutar todo el viaje por el parque nacional del Lauca.
Todo andaba perfecto hasta que al llegar a la frontera sentí que empezaba a desfallecer. Me desmayé dentro del bus, en mi asiento, y comencé a traspirar y a sentir que la cabeza me iba a estallar. Sin decir nada a nadie, cuando me recuperé de mi desmayo, bajé a comprar algo de beber y algo de comer, pero la cabeza parecía que iba a estallar.
Volvimos al bus, a continuar con un viaje de un total de 12 horas. Yo, medio muerto en mi asiento, intentaba dar alguna cabezada que hiciera menos evidente el malestar que sentía, pero de vez en cuando abría los ojos para ver cómo se extendía ante mí el altiplano boliviano.
Las primeras impresiones son que en Bolivia realmente el tiempo se ha detenido. Se sigue arando la tierra con bueyes o incluso vacas, las mujeres visten el vestido típico ue impusieran hace cinco siglos los conquistadores españoles para "marcarlas, y ahora esa discriminación se ha convertido en símbolo de la identidad indígena.
Tras casi 11 horas de viaje, avistamos La Paz. La Paz es una ciudad definitivamente loca. Construida literalmente dentro de un hoyo rodeada de montañas, ni siquiera el casco histórico se libra de las cuestas y recovecos en que se mueven sus habitantes. Sin embargo, la ciudad ha crecido tanto que en las lomas de los cerros que la rodean no dejar de surgir nuevas casas, donde la gente se hacina.
Pero espero ratificar hoy mis impresiones y poder compartirlas más en profundidad.
8:59
Sentado en la que probablemente sea la catedral de La Paz, me siento un verdadero intruso con mi cámara fotográfic. En los mayores templos de Roma, donde estaba terminantemente prohibido (y había incluso vigilantes para evitarlo) tomar fotografías, me gustaba sacar la cámara y disparar alguna foto a hurtadillas. Acá, donde nadie me censuraría porque están todos rezando con la cabeza entre las manos, soy yo el que prefiere no faltarles al respeto interrumpiendo sus plegarias con mi occidentalismo.
Lo irónico de todo esto es que en estos paises, que hoy son la mayor fuente de creyentes para la iglesia católica (Chile, Bolivia, Perú, Brasil), es donde ancestralmente ni siquiera se había oído hablar de ese tal Jesús. Qué profunda debió ser la herida que dejamos sobre sus tradicionales creencias, qué dura la represión y el castigo, qué fuerte la colonización educativa y religiosa para que sean estas tierras la actual cuna del catolicismo. Y mientras las enfermedades y el sistema económico que les trajimos los matan, la religión que les impusimos les vende una salvación que no existe.
Empieza la misa, decenas de almas cantan y oran. Es la hora de marcharme.
12:17
Vuelvo a estar sentado escribiendo en el interior de una iglesia. Pero no porque este viaje esté despertándome una vocación religiosa, sino porque es un buen refugio contra la lluvia. Y es que La Paz no es una ciudad loca sólo en sus contrastes, en su ubicación o en su perpetuo ritmo. También el clima está loco acá, y el inclemente sol del altiplano se mezcla con estos truenos que retumban en el interior del solitario templo. Huele a lluvia, a tierra y a cemento, como si la bóveda se estuviera reblandeciendo y amenazara con volcar sobre mí todo su histórico peso. Creo que ha llegado de nuevo la hora de salir.
18:07
Sentado tomando un mate de coca en un lugar al que de nuevo no pertenezco, pero dentro del cual me siento por fin bien.
Poco a poco conozco más La Paz, o al menos el cansancio de mis piernas así lo cree, y cada vez me doy más cuenta de lo similar que es a Santiago, casi a cada otra gran ciudad latinoamericana: una ciudad fragmentada en dos, económica y geográficamente.
Si en Santiago esta dicotomía la marca la Plaza Italia, separando la ciudad en el barrio alto al Este y el Santiago popular al Oeste, a La Paz la plaza cartesiana es la del Estudiante, dividiendo la ciudad en un sur rico y residencial, y un norte pobre y caótico.
La verdad es que no sé muy bien que pensar acerca de La Paz, y acerca del mundo por extensión. Cada vez se me plantea más difusa la frontera entre dos palabras tan similares pero tan contradictorias: pobreza y progreso. Me resulta incluso difícil tratar de explicar esta confusión. Prefiero alimentarme de impresiones y cuando tenga una idea concreta, materializarla por acá.
Ahora, déjenme seguir disfrutando de mi mate.
20:33
Etno Bar. En la puerta se promete un café cultural, una noche literaria abierta con jóvenes autores bolivianos leyendo sus poesías o los textos que le inspiraron. Veamos qué sale de acá.
Antes de esto, tras mi mate de coca, he tenido un encuentro de lo más estimulante. Callejeando de camino a un concierto de música andina, encontré una casa museo, que al acercarme descubriría que se trataba del Museo Arqueológico. Al entrar para verlo, vi a dos muchachas que se hacían fotos. No sé que extraña intuición me llevó a hablarles, pues en estos viajes siempre suelo mantener las distancias con los demás turistas, para no molestarlos y porque en el fondo soy más tímido de lo que me gustaría admitir. Pero esta vez tuve una extraña intuición. Quizá fuera su forma de moverse, sus gestos, o incluso su vestimenta (y es que en el fondo la impresión de lo material, de lo explícito, a veces es muy fuerte), pero realmente me aventuré a preguntarles (aunque el acento ya había facilitado mi trabajo) si eran españolas. Y sí, Josune y Olga son de Navarra.
Pero puesto que he quedado en juntarme con ellas hoy en este Etno bar que nos promete "La noche de la hoja sagrada", aprovecharé para hablar del otro compañero de viaje que he conocido hasta ahora.
Su nombre es Pedro, un chileno de 19 años que viajaba a Bolivia para encontrarse con un amigo e irse juntos a vivir dos meses en las comunidades chileno brasileiras que cultivan y consumen la ayahuasca en la Amazonía. Lo curioso es que este tal Pedro estaba ya bastante afectado por este duro alucinógeno, que aseguraba haber tomardo diez veces en su todavía corta vida. Sus respuestas eran demasiado lentas, y su capacidad de atención y de retención estaban bastante debilitadas. Pero feliz viajaba el hombre con sus rastas, su peto vaquero y su gorro de colores.
Olga y Josune sin embargo trabajan en Sucre, haciendo voluntariado sin ser remuneradas siquiera con un solo peso. Dos modos de vida que se intentan vivir de forma alternativa, apartándose un poco de las recetas dadas, de esos mundos construidos a medida. Sin embargo, una la juzgo socialmente responsable y la otra me parece tan censurable como la del mayor empresario. Pero ¿quién soy yo para juzgar unas vidas que apenas alcanzo a rozar con la punta de los dedos?
sábado 20 de diciembre de 2008
20/12/2008 - el viaje se reinventa a sí mismo
19/12/2008 - prima di partire
El avión sale con una hora de retraso. El avión. Al final decidó hacer el primer tramo de mi viaje en avión. Santiago-Arica en tres horas en vez de treinta. Sí, gano un día. Sí, es más cómodo. Pero no es lo mismo, es la primera traición a la idea de este viaje.
En la sala de embarque del aeropuerto, como siempre, reina el silencio. La gente tiene la misma cara que en un tanatorio. Algunos por miedo a volar, esperando con impaciencia que el avión salga pronto para que llegue pronto. Otros por la indiferencia a volar, aburridos de la espera.
Sin duda pertenezco al primer grupo, soy de esos que durante todo el vuelo está alerta, sosteniendo con su pensamiento el peso de las alas del avión. Cada vez que los veo, tan grandes, tan pesados, pienso lo mismo: ¿cómo es posible que ese armatoste se sostenga en el are? ¿Cómo a once mil metros de altitud, a 50 grados bajo cero y a mil kilómetros por hora?
En fin, esperemos que salga pronto para que llegue pronto.
19:45
Una chica, ajena a mis pensamientos, ajena a todos nosotros, lee un libro tumbada en el suelo de la sala. Los demás la miran entre reprochadores y envidiosos. La misma dicotomía, sólo que ahora pertenezco al segundo grupo.
Es la primera persona que querría conocer y a la que no me atrevo a acercarme. La segunda pequeña traición y aún ni siquiera he despegado.
23:45
Ocurrencia humoroso-festiva a diez mil metros de altura. "Me parece a mí que voy a pasar más hambre que Carpanta en el mes del Ramadán". Vamos, que cuando vuelva a Santiago más que de Bolivia va a parecer que vengo de Bulimia...
jueves 18 de diciembre de 2008
una sinfonía de entrecasa
Sin embargo hoy tengo la necesidad de verbalizar un sentimiento, tengo la necesidad de explicitar de forma mundana aquello que he sentido, aunque con ello lo vulgarice, aunque con ello convierta en terrenal un gesto inclasificable dentro de nuestros rígidos esquemas.
Ayer, a más de doce mil kilómetros de distancia de aquello que la mayoría de nosotros llamamos hogar, todos nos sentimos un poco más cerca de casa. Ayer, los amigos más cercanos en este trozo de tierra, en esta isla pasillo que es Chile, organizamos un amigo invisible, para traernos un trozo de las fiestas acá, y para sentirnos un poco más acompañados en este viaje que para algunos comienza, para otros termina, y para Ismael no tiene principio ni fin.
Quiero verbalizar lo que sentí al abrir mi regalo, pero no quiero que sean mis palabras las que hablen, sino que quiero mantener un diálogo con la persona que me lo regaló, y con ello me hizo entender a otro nivel el concepto de la palabra "regalo", que quizá de tanto usarlo ha perdido mucho del hermoso valor que tiene.
Nuestro regalo (pues el regalo es tanto del que lo ofrece como del que lo recibe) es un bolso de viaje, un bolso que contenía en su interior todos aquellos primeros auxilios con los que sobrevivir -o al menos con los que sobrellevar- este peregrinaje que nos lleva a movernos por esta pelota azul que, dicen, no para de dar vueltas y más vueltas, también sin rumbo fijo, sin principio ni final. En su interior había todo esto que dialogo, con Patri mediante su palabra, y con ustedes mediante mi voz.
Un ventilador (fue el primer regalo), pa que se quiten las nubes negras en los días malos...
Una brújula y un mapa, para encontrar el Norte (aunque confío que sobre todo me ayude a no perderme nunca del Sur...)
Un coche de juguete, para que conduzcas cuando bebes.
Un espiral, ya sabes... (y la honestidad me impide que ustedes sepan).
Un librito de frases; no podía faltar un libro.
Una Estrella del Elqui. Ya sabes que las tuyas están allí. Te las regaló Jorge.
Una agenda; con tus chicas y para que te cuides.
Un vela, que te ilumine. (En la oscuridad, como dije un día, me ilumina el recuerdo de los compañeros de viaje...)
Un CD de música: mi música para que te acompañe.
Unos calcetines de colores: para el invierno, o el frío.
Un cubo de rubik: sencillo-complejo (como todas aquellas personas que vale la pena conocer).
Un chapa, el conocimiento. (Combate la ignorancia).
Un superocho; para los momentos amargos (el superocho es el dulce más famoso de Chile...)
Una botellita de licor; la fiesta... (su ausencia fue el mejor regalo, pues nos queda pendiente...)
Un duende; te lo expliqué (y yo acá me permitiré una nueva elipsis, esto queda entre alma y alma)
Un llave; el amor. (Ojalá fuera tan fácil encontrar la cerradura...)
Allende; su último discurso.
Un lápiz; para cuando necesites hablar.
La poesía; ... (...)
Una goma de borrar; todos nos equivocamos.
La bola del mundo; tus amigos...
El bolso, cargadito.
El regalo: esta vez lo recibes tú y no al revés.
Y un beso...
El mundo dentro de un bolso, y dentro del mundo, el sueño de otro mundo. Y dentro del sueño, el mundo de otro sueño. Entre sus palabras, tomó prestado de Hamlet Lima Quintana los siguientes versos, que me dedicó, y que acá reproduzco no para mi vanagloria personal (siempre he desconfiado de las estatuas ecuestres), sino para materializar su ternura a la hora de poder pensarme así:
Hay gente que con sólo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.
Hay gente que con sólo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca guirnaldas;
que con sólo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.
Hay gente que con sólo abrir la boca
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después como si nada.
Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria
pues sabe que a la vuelta de la esquina
hay gente que es así, tan necesaria.
Este es un lugar común que comparto con Patri. Ella piensa de mí que soy un duende, y yo sé que ella tiene la sombra de oro. Ella me regala versos, y yo le regalo palabras. Y éstas son las palabras que su sombra me inspira a mí:
- Ese chiquillo tiene algo.
- ¿Quién, Último?
- Sí.
- No tiene nada.
- Sí, tiene algo.
Libero Parri levantó los ojos hacia el cielo, incómodo, como alguien al que han pillado haciendo trampas con las cartas.
- No tiene nada, lo único es que... Es que tiene la sombra de oro, eso es todo.
- ¿Y eso qué quiere decir?
- No sé..., son distintos, y la gente los reconoce. A la gente le gustan los que tienen la sombra de oro.
El conde no parecía muy convencido. Libero Parri aventuró una explicación.
- Es que él ya se ha muerto un par o tres de veces... Cuando era pequeño, siempre lo daban por difunto, pero él siempre se salía bien del paso. Quién sabe, a lo mejor son cosas que te cambian.
Al conde d'Ambrosio le vino a la cabeza la única mujer a la que había amado más que al tenis y que a los automóviles. Cuando uno entraba en una habitación llena de gente, podía sentir si ella estaba allí sin que fuera necesario verla o saber que se había quedado en casa. Y en el teatro no era necesario buscarla: era lo primero que veían sus ojos. No es que fuera muy hermosa. Y hasta era difícil averiguar si era de verdad inteligente. Pero la luz estaba donde ella estuviera, y ella era el cuadro. Tenía sombra de oro, comprendió.
Y así, como dijo el poeta, es como cada día traemos del sueño otro sueño. Y esto es todo lo que tengo que decir. O al menos, todo lo que puede decirse.
martes 16 de diciembre de 2008
Y, sin embargo, Ismael sigue navegando
miércoles 3 de diciembre de 2008
aquí ya casi es de noche
El día que llegó tenía ojeras malvas y barro en el tacón. Desnudos -pero extraños- nos vio, roto el engaño de la noche, la cruda luz del alba. Era la hora de huir. Y se fue sin decir: “llámame un día”.
Desde el balcón la vi perderse en el trajín de la Gran Vía. La pupila archivó un semáforo rojo, una mochila, un peugeot, y aquellos ojos miopes. Y la sangre al galope por mis venas, y una nube de arena dentro del corazón. Y esta racha de amor sin apetito. Los besos que perdí por no saber decir: “te necesito”...
Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido.
lunes 1 de diciembre de 2008
somos gente enferma
viernes 28 de noviembre de 2008
perechorno (2)
Como ya comenté en alguna otra ocasión, es habitual que los desayunos en el trabajo los hagamos este humilde becario, mi jefe, y el jefe de mi jefe que no es mi jefe (nunca entendí bien las jerarquías en esta oficina...). Hoy saltó un tema económico bastante candente, que desde que se mencionó ya intuía yo que iba a levantar ampollas en los presentes: la necesidad de una presencia mayor o menor del Estado en la economía.
Tras las típicas defensas que hablan de minarquismo, de neoliberalismo y de asignación eficiente de los recursos por parte del mercado (que ya no despiertan en mí la más mínima sorpresa), asistí ipertérrito a la defensa de dejar la educación en manos privadas. A través de una suerte de sistema de evaluación de los distintos colegios, el 10% menos "efectivo" (es decir, cuyos alumnos arrojen peores resultados), habría de cerrar sus puertas, motivando así la competencia para alcanzar una educación de calidad. Así seguía toda la parafernalia, que no quiero describir en detalle por aquí.
Lo sorpresivo no es que yo estuviera a favor o en contra, lo sorpresivo no es que dichas palabras despertaran en mí una profunda admiración o un pueril rechazo. Lo sorpresivo, era la absoluta indiferencia con que estaba asistiendo a tal intercambio de ideas. El empobrecimiento ideológico me parecía tal, los argumentos tan vanales, demagógicos e inconcretos por ambas partes, que realmente me sentí sin fuerzas para decir siquiera una palabra.
Hace pocos años, ocupaba tardes y noches enteras en intentar refutar o defender argumentos similares. Creía que una discusión estructurada, en la que quedaran asentados los puntos de partida, y dirigida intentando alejarse de las motivaciones e implicaciones personales, podría llevar a algún lado. Mientras más tiempo pasa, mientras más mentes supuestamente brillantes conozco, más me doy cuenta que esto no es así. La gente, mientras más madura y "brillante" se vuelve, aumenta exponencialmente su pobreza ideológica. Se vuelven favoritos de esto o de aquello, y toda discusión es baladí pues de los cincuenta argumentos vertidos retienen sólo aquellos (o aquello de aquellos) que les sirven para reforzar su idea ya preconcebida.
Baricco, en su interesante libro City, incluía la Teoría de la Honestidad Intelectual. Tampoco quiero hacer ahora un resumen de la misma (como he dicho, cada día estoy más cansado...), pero basicamente concluía que cuando una persona engendra una idea, la germina y acaba por darle forma, con el tiempo convierte dicha idea en un tanque, que pueda protegerse de los ataques que reciba de aquellos que la critiquen, desvinculándose cada vez más de cuanto de honesto tuviera esa idea al nacer, simplemente armándola para resistir los envites de su exposición ante el mundo.
Esto es tan así, que realmente he perdido las ganas de hablar con nadie de ninguno de los temas llamados serios. Cuando quiero hacerlo, me refugio un poco en estas líneas o en las que escribo en otros blogs, en los que al menos se respetan los espacios de exposición de cada participante, y siempre se puede volver a leer o a incidir sobre lo ya comentado. Igualmente en estos espacios la comunicación es imposible, pues la falta de honestidad nos rebosa por otros poros (la lucha de poder, el orgullo, nuestra propia estabilidad psíquico-emocional...), pero algo más se consigue. Al menos eso quiero creer.
"El sueldo tan bajo de los trabajadores de nuestra empresa se debe a que realmente su productividad es muy baja. Si el Estado colocará el sueldo mínimo en 600 dólares (en vez de 200 que es el actual sueldo mínimo de Chile), el paro subiría al 30% y tendríamos que despedir a algunos de ellos. Esa baja productividad explica que ellos ganen 200 dólares al mes, y nosotros más de 5000". Mientras tanto, una de esas trabajadoras cuyo día a día consiste en llevar a reciclaje las papeleras que nosotros llenamos de documentos inservibles y de limpiar la mierda que dejamos en los baños, lleva empeñada más de 40 minutos en arreglar la sobrecubierta de un libro de música de uno de los comentados gerentes ultraproductivos. Y así va el mundo, y así conciliamos el sueño confiando en que el sistema esté solucionando este desfase salarial con suma eficiencia. Quién todavía puede, claro...
En fin, ya me volvió el perechorno, qué le vamos a hacer. El que quiso entender ya lo hizo, y el que no, quizá sea porque la uña fría le rasca donde a mí no me pica.
lunes 10 de noviembre de 2008
días grises (2)
días grises
Te vistes de cualquier manera, te miras al espejo y te avergüenzas de tu propia cara de molido. La barba de tres días, los pelos que se rebelan a amoldarse y cada uno toma una dirección, unas ojeras que para llevarlas te hace falta una carretilla... Parece que todas las partes de tu cuerpo se quieran sumar a la fiesta... Sales a la calle y hasta saludar al conserje se te hace un mundo: "buenos días!". Buenos-días-buenos-días-buenos-días ¿Buenos días? ¿Se puede saber qué tiene exactamente de bueno este día? Y luego, ¿por qué coño se utiliza el plural al saludar? Parece como si quisieran recordarnos que por delante nos queda no sólo este día gris, sino la incontable suma de días hasta que llegue el tiempo con su guadaña y ya no haya días, ni buenos ni malos ni grises.
Camino del trabajo pareces un zombi. El sol te quema los ojos, los coches se han empeñado en hacer un ruido infernal y en saltarse los semáforos justo cuando te estabas animando a cruzarlo. Un niño te pisa por descuido, otro te golpea con su maleta atiborrada de libros, y las tías buenas que van al trabajo embutidas en minifaldas negras te miran con desdén.
Llegas al trabajo, abres el correo, y te encuentras la respuesta de cualquier incopetente con un cargo que se permite leerte las cuarenta. Te dispones a cagarte en su puta madre cuando se te pasa por la cabeza que igual él también estaba teniendo un día gris de mierda, y de repente te sientes hermanado, y hasta conectado, con ese ridículo ser. Para relajarte lees las noticias de El País, y ahí ya sí que la has cagado: "licencia para atacar a Al Qaeda", "dos coches bombas y un suicida causan 25 muertos en Bagdad" "Melilla sufre una nueva avalancha" (de inmigrantes, imaginas), "ocho muertos a balazos en 24 horas en el Norte de México". Bien, ahora no sólo te sientes una mierda por tener tu enésimo día gris, sino que te sientes aún peor por sentirte una mierda cuando todo el mundo se está yendo al carajo. La última noticia no puede dejar de recordarte a Bolaño. Hay mucha gente que no soporta los libros de Bolaño. Yo creo que es porque te presentan la realidad de una forma tan descarnada (asesinatos, violaciones, pobreza, crueldad, soledad), tan cercana al fin y al cabo, que preferimos seguir leyendo la violencia poética o la pobreza estadística, pues la fuerza de la costumbre ya ha maquillado los efectos que causan sobre nosotros.
Te bajas a desayunar y ya no tienes ni fuerzas para defender tus ideas. Tu jefe te avasalla con el discurso de que la única manera de ayudar a los pobres es dejar que los ricos sigan forrándose, que algunas migajas le caerán a los pobres. En fin, que si la pobreza se ha reducido en un 20%, que si patatín y patatán y tú sólo pensando "mi reino por un día de vacaciones". Al reloj parece que le pesa el culo. Los minutos se hacen eternos y las horas directamente inacabables. Un nuevo puto día gris. Habrá que echarlo para atrás como sea...
viernes 7 de noviembre de 2008
miércoles 1 de octubre de 2008
temet nosce
Recuerdo que cuando era más pequeño (aunque tal frase podría ser igualmente aplicable en el día de hoy) mi hermano siempre me criticaba la fugacidad de mis pasiones. El baloncesto, las "magic", el cine, los amigos, las parejas. Todo era elevado a condición de mito durante un breve periodo de mi tiempo, para luego desaparecer en el olvido y quedar como una melancolía más que llevar en la mochila. Quizá por eso nunca voy a ser experto en nada, quizá por eso este es el quinto país en el que alquilo una casa para "vivir un tiempo", y quizá por eso estudié dos carreras que nada tienen que ver y un master que las contradice (aunque este ejemplo no cuenta mucho pues nunca he acometido con pasión mi formación escolástica).La última de estas pasiones está siendo sin duda la psicología. La psicología como leitmotiv de la historia de los pueblos, y de la intrahistoria de quienes los conforman. Veremos cuanto me dura...
Pero de lo que hoy quiero hablar es de algo más lúdico, como es este test que ideara C.G.Jung y que no sé si tendrá alguna utilidad práctica, pero que resulta entretenido. Eligiendo entre 2 tipos de personalidad (extrovertido-introvertido; espontáneo-decidido; etc.) a través de 4 pasos, surgen estos 16 tipos de personalidad que quedan reflejados en la rueda, como una rosa de los vientos que nos dicen (sic) que personas soplan en nuestra dirección, y cuáles en dirección contraria luego-el-encuentro-más-que-al-encuentro-está-condenado-al-desencuentro.
Quien quiera jugar que juegue, y quien quiera compartir el resultado que lo haga. Acá les dejo el enlace por si se animan a que todos "nos conozcamos a nosotros mismos".
martes 23 de septiembre de 2008
sabiduría popular
sábado 20 de septiembre de 2008
sushi en fiestas patrias
Para celebrar las fiestas patrias chilenas -que son algo así como 4 días de fiesta para festejar que hace 198 años consiguieron librarse del yugo que los españoles les impusimos durante más de 300 años- decidí venir al sur de Chile. Amparado en ese cliché que reza que en el sur se viven siempre las cosas más a piel (quizá condicionado por ese pegadizo "para hacer bien el amor hay que venir al sur" de la Carrá), cargué mi mochila y decidí venirme a las meridionales islitas de este espigado país: Chiloé.
Pensando en encontrar remotos pueblitos de pescadores que vivieran la tradición con una cierta magia o mitología distinta a la del ajetreo de la gran urbe que es Santiago, procuré adentrarme en lo más profundo de la isla mágica de Chiloé, pero pobre de mí no me esperaban sino los paisajes más hermosos que haya visto en mucho tiempo. Del espíritu dieciochero (el "independence day" chileno es el 18 de Septiembre) que tanto ansiaba, el más prendido era el mío, paradójicamente un español exiliado en estas lejanas tierras.
Finalmente, y tras mucho pelearlo (realmente me sentía un púgil que lucha contra la desidia de toda una nación), conseguí encontrar aquello que buscaba: una encantadora fonda que bien podría haber sido escenario del penúltimo western de Howard Hawks. Ahí realmente sí estaba una pléyade de personajes dignos de Río Bravo, coronados por un entrañable borracho que mediada la tarde optó por la horizontalidad en el suelo chilota, y que respondía al simpar nombre de Guadalupe. Realmente se congregaba la flor y nata del entramado chileno: el cura, el borracho amable, el borracho cascarrabias que a todas intentaba sacar a bailar, el gringo, y bueno, el españolito de turno.
Pero nada era suficiente para mi afán devorador de autenticidad. Había que dar una última vuelta de tuerca y buscar en otros sitios algo un poco más auténtico, una celebración que desde las 3 de la tarde dejase un reguero de borrachos en las aceras, y levantase un olor a asado que sobrevolase la cordillera andina que tan bien nos sirve de frontera. Así que decidí venir a Puerto Varas, volver a tocar tierras continentales y dejar las insulares que tan buenos recuerdos paisajísticos dejaran en mi boca.
Y aquí es donde empieza "la catástrofe dieciochera". Todo prometía mucho en un principio: una fonda nada más entrar al pueblo, el olor (y la exquisitez) de unos choripanes generosos en grasa y sabor, un escenario que prometía baile y diversión. Los elementos estaban todos. Faltaba la fluidez. Sobraba mi necesidad de forzar la situación. Informose que la función empezaría a eso de las 6, luego para llegar a tope de fuerzas y aguantar bebiendo y comiendo hasta las 5 de la mañana, decidí dormirme mi buena siesta antes de volver a la fonda. A las 9, como niño con zapatos nuevos el día de su comunión, me visto y bajo a empaparme de chilenismo. Pero me recibe el más seco frío invernal, y una fonda que empezaba ya a ser desmontada.
Confundido, pregunto a los solicitos trabajadores la razón de tal fin de fiesta, ante lo cual me informan (no sin cierta melancolía en sus sureños ojos) que "las fiestas ya no son lo que eran, la gente ya no tiene que esperar todo un año para salir con sus hijos a cenar, para emborracharnos tenemos todos los días del año y todas las excusas de las que queramos disponer, y las fiestas costumbristas han pasado de delirio de la gente del pueblo, a atractivo para turistas como usted". La dureza y realidad de esas palabras se me presenta inapelable. Cuánta razón tenía ese caballero. Justo al lado, como testigo refrendado de sus palabras, se me ofrecía un local de sushi, atestado de familias con niños y parejas haciéndose carantoñas.
En un último reconocimiento a lo que un día fueron las ferias costumbristas de nuestros paises, decido volver a mi hostal, a refugiarme en el viaje de los detectives salvajes de Bolaño. La tripa ha empezado a sonarme hace 10 minutos, reclamando los choripanes y anticuchos prometidos. ¿Acabaré sucumbiendo ante su llamada y seré una cara feliz más de las que llena el local de sushi? No lo creo.
Post-data: Al lector perspicaz, quizá no le haya pasado desapercibido el posible detonante de todo este lamentable error geoestratégico (pues me consta que en la septentrional Santiago las fiestas han sido masificadas a pesar de la inclemente lluvia). Quizá al encontrarse en el hemisferio sur, el norte sea el sur y el sur sea el norte. Corrigiendo pues mi tesis inicial (aunque esta nueva no deje de ser un cliché que sustituye a otro pretérito): quizá la mayor autenticidad radique en viajar siempre hacia los más benignos climas que se aproximan al ecuador, pues todos sabemos que "clima culturam facet". No lo sé. Sólo sé que dejo de escribir estas líneas pues he de apresurarme si quiero llegar a tiempo antes de que me cierren el local de sushi.
Sic...
martes 2 de septiembre de 2008
digresiones dentro de una digresión en una charla con liz norton
Es muy cómodo vivir instalado dentro de un personaje.Antaño, y no hay que remontarse mucho más allá del siglo pasado, las personas vivían instaladas dentro de un imaginario-mundo: una religión, un partido político, unas tradiciones, una cultura. Dentro de ese mundo, encontraban respuestas externas a casi todos los avatares de la vida. Así, la castidad se presentaba no como una elección, sino como una premisa de la religión de turno; la clandestinidad no como una decisión huidiza, sino como una condición de pertenencia a determinadas ideologías políticas; la rigidez en los valores, como un modo de conservar las milenarias tradiciones; y el machismo, la apatía, el sedentarismo, o la tiranía, como unos imperativos de la cultura que los vio nacer.
Hoy día, muchos de esos imaginario-mundos colectivos han ido desapareciendo, o sus rejas se han ido debilitando. Se ha ido perdiendo ese sentido de colectividad. Así, las religiones han perdido peso específico; los partidos, todos ellos legalizados, han tendido a una cierta estabilidad centrista en la que no los diferencia tanto la ideología como la posición que en el poder ostenta cada uno; las tradiciones se han olvidado en un cajón sin fondo; y la cultura, ha pasado a ser una y uniforme. Y no trato de decir que todos estos cambios hayan sido negativos. Por el contrario, se podían haber presentado como un desencorsetamiento de la sociedad en que vivimos. Sin embargo, lo que han hecho ha sido recrudecer lo que voy a llamar -desgraciadamente parafraseando al Papa Ratzinger- la dictadura de la relatividad.
Esta poderosa idea, empero, no la defiendo en el sentido que lo hace el "sumo pontífice". No la uso para predicar, como éste, una vuelta hacia los valores de antaño. No defiendo una vuelta a encerrarnos dentro de esos mundos prefabricados, perfectamente amoldables a la vida de cada uno. Porque el fin último de esos imaginarios es el más terrible de todos: descargarnos de la responsabilidad de nuestras decisiones personales. Justificables dentro de un imperativo mayor que nos obliga a actuar de éste y no de aquél modo, en estos mundos los actos del individuo no requieren de un acercamiento responsable a los mismos, puesto que vienen predeterminados por las prescripciones de una moral de turno.
Lo que defiendo es un giro hacia un acercamiento social e individualmente responsable a nuestros actos. Socialmente, en el sentido que parece que hoy día, cualquier postura ideológica o política es justificable siempre y cuando esté esgrimida bajo una cierta construcción intelectual. Se tiende a la descontextualización de las ideas, a plasmar en modelos lineales una realidad multiforme que jamás podrá ser comprendida dentro de esas mínimas directrices. Desde la doctrina marxista hasta el actual neoliberalismo, todas ellas han adolecido de la misma carencia: una profunda miopía hacia una realidad que negaba las teorías basadas en las alquimias de quienes las formulaban. Si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad, se ha llegado a afirmar. Hay que contextualizar esas teorías que naturalizan el estado de las cosas, que las intentan hacer estáticas y predican constantemente el fin de la historia. Hay que hacer teorías impuras, teorías bañadas de contexto, de realidad, y no arquetipos generales con aspiraciones de ser generalizados a tantas diferentes realidades.
Pero igual de terrible es la relatividad moral a nivel individual. Y ésta es la que en los últimos años ha sufrido un cambio en el que el hombre, pudiendo liberarse de las cadenas que le oprimían, ha optado por una salida igual cobarde: lo que he dado en llamar vivir instalado dentro de un personaje.
Perdido el referente ideológico, vencidas las ataduras de la religión, superados los imperativos morales de la cultura (instalados dentro de esta cultura de la relatividad del todo vale, dentro de esta cultura sin valores-guía), el hombre se ha encontrado de repente desnudo ante sí mismo. Sin un referente en el que justificar sus acciones, teniendo que afrontar que la cárcel en la que decimos vivir es una prisión de rejas transparentes impuestas por nosotros mismos, nos resulta cada vez más difícil enfrentarnos a nuestras cobardías, a nuestros miedos, a nuestros temores. El ancestral miedo a la libertad nos ha sorprendido desnudos, y la respuesta ha sido instalarnos dentro de un personaje.
Las facturas a pagar; El satisfacer las expectativas en nosotros depositadas; La inutilidad de una acción individual frente al todopoderoso sistema; Las dilaciones que de tan comunes se vuelven eternidades. Preferimos proferir gritos al viento sentados en nuestros cómodos sillones, preferimos lamentar la circunstancia en vez de enfrentar la circunstancia. Y ahora es más fácil que nunca: siempre habrá una canción, una película, un libro, o la escapatoria de un blog, que nos permitirá sentirnos hermanados en esa lucha que no existe sino en nuestras bocas, en nuestras letras, en nuestras teclas. Estamos en la platea leyendo y preparando constantemente el guión de nuestra vida, pero nunca subimos al escenario a interpretar el papel que nos predicamos.
Pero este "personajismo" no sólo se manifiesta en la esfera de nuestra vida social, que ya es terrible, sino también en la de nuestra vida privada: en nuestras relaciones de familia, de pareja, y ante nosotros mismos. Y este es el más peligroso de todos ellos. Hay que admitir que eran el momento y la situación idóneos. Con la ayuda de internet, con la ayuda de estos blogs que nos permitan liquidar a corto plazo lo poco de auténtico que puede aún moverse en nuestro interior, favorecidos por este anonimato que da la pantalla del ordenador, es fácil colocarse la careta de un personaje ante los demás y, con el tiempo, ante nosotros mismos. Adoptamos un personaje, cortazariano, kunderiano, aristotélico, platónico, y bajo las premisas que se esperarían de dicho personaje, sabiendo lo que los demás esperan de nosotros, utilizamos esta cobertura como justificación a unas decisiones que en el fondo nos atañen sólo a nosotros mismos. "Yo nací para morir en soledad", "siempre nos quedará París", "estoy acostumbrado a sufrir", "que será de mí buscando salida a este dolor", "lo que me cuesta es pasar del 1". Pero no eres Ilsa Lazlo, ni yo Rick Blaine. Es mucho más fácil, porque es más cómodo, imaginarnos a nosotros mismos trabando amistad con los gatos nocturnos, observando como un avión se aleja en un aeropuerto entre la niebla, declararnos anacoretas de espítitu y vocación. Pero eso no hace sino ocultar nuestros miedos a enfrentar la realidad; a decir aposté y perdí, pero al menos jugué; nuestros temores de enfrentar el mundo con una mirada adulta, responsable y autocrítica (la guardería global, ¿recuerdas hermano?). Esos miedos son perfectamente liquidables, si los justificamos con interpretar ese papel que hemos elegido para nosotros mismos.
jueves 28 de agosto de 2008
cuando la vida llama a tu puerta
Caramba, no quería empezar una nueva entrada con una frase que bien podría estar en cualquier libro de autoayuda, o aún peor, en el messenger de una quinceañera perdida. Pero así salió, y así será. Me cansé un poco de esta sensación de tener dentro cosas muertas cada vez que escribo. Necesito que empiece a llover acá dentro, que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas.
Es mucho más fácil escribir cuando, como bien me anunciaba mi hermano, tratamos de levantar o despertar la compasión. No de nadie en concreto; el público, en este tipo de espectáculos, es siempre uno e inmutable: nosotros mismos. Es más fácil saberse perdido, recordarse que tras cada nuevo fracaso volvemos a casa y leemos a Bolaño, imaginarnos con la mirada gris y la sonrisa apretada en la soledad de nuestro hogar, rodeados de nuestros libros y de las notas de algún viejo disco de jazz, sin compadecernos de nosotros mismos, pues eso es para los débiles; pero bien orgullosos de nuestra vida de lobos esteparios, de "vagamundos", de anacoretas. La incomprensión de los demás (que curiosamente suelen confundir con admiración, pero que nosotros no podemos evitar saber que no es más que hadmiración) como único alimento, aparte de los espirituales, ahogándonos en ríos metafísicos mientras nos compadecemos de los que se ahogan en ríos de carne y hueso, porque ríos hay muchos, no todos están hechos de agua (aunque todos recorren -y eso lo sabe cualquiera que se detenga un minuto a mirar- 3'14 veces, exactamente 3'14 veces, el número Pi, el recorrido que harían si fueran directos desde su nacimiento hasta el mar).
En el fondo, el culpable de toda esa soledad "autoimpuesta" no es otro que el miedo. El miedo a vivir, el miedo a dejarnos vivir. En nuestro limitado espacio todo está bajo control: las claves, cuando se descoordenan, afectan sólo al micromundo creado por nosotros mismos, luego reordenarlo, volver a tocar las teclas, es más fácil. El problema es cuando introducimos la incertidumbre, cuando introducimos al otro en ese círculo íntimo, porque las respuestas y comportamientos escapan a nuestro control. En ese momento la vida se convierte en un torbellino que nunca sabes hacia dónde va a girar, y que tiene la capacidad de destrozar todo lo creado, o de despajar el cielo y hacer que el cielo brille más azul y despejado que nunca.
El problema con el que hay que aprender a lidiar es a diferenciar entre el sentimiento puro y honesto y el de vodevil. O dicho de otra manera, entre el rezongarse en nuestra propia mierda o tratar de llenar el vacío con la mierda ajena. Porque igual de agotador es ver, escuchar, oír o leer a personas que no encuentran sentido a su vida porque su pareja se fue, se cansó, los dejó por otra persona. Esas personas que lanzan gritos de desamor, que juran a los cuatro vientos que nada volverá a ser lo mismo, que el sol ya no brillará y que sus rayos ya no acariciarán su piel como sólo la otra persona sabía acariciarla, esas personas que abandonadas por su pareja no ven la salida, saben sin lugar a dudas que "era él", que quien se fue "era la persona hecha para mí". Esas mismas personas son las que luego, en un tiempo irrisoriamente breve, están rehaciendo su vida con un nuevo él, esta vez sí el definitivo, el amor de su vida, y cantan al nuevo amor llegado con la misma o mayor pasión con que lloraban al que se marchó. Luego se permiten regalar odio y menosprecio al que se marchó, quizá por respeto, por honestidad, por afrontar que ya nada era realmente lo mismo, que lo que un día floreció comenzó a amargarse y de su vida en común sólo se desprendía un tufo a moho, a lugares comunes ya viciados, a muerte.
Siempre he desconfiado de esas personas que regalan pasiones, que regalan amor y odio con tanta facilidad e intercambiabilidad que nunca sabes que cara de la moneda te están mostrando. Esas personas para las que pasas a ser el mundo a ser lo peor del mundo, el recuerdo de una época horrible que debe ser erradicada de la memoria, las fotografías quemadas, sus recuerdos arrojados por la ventana. Ventana que será abierta para recibir los de cualquier otro, los del próximo, que quizá llegará a ser alguna vez el definitivo. Pero ¿cómo distinguir pues si ese definitivo estuvo en algún momento a un gesto, a una decisión, a una palabra de ser despreciado para siempre y enterrado en el olvido? Parece como si una fuerza excesiva e innecesaria empujara la relación en una determinada dirección, hacia el amor, con tanta tanta tanta fuerza, que cuando éste se acaba (quizá de tanto usarlo, quizá como nos recuerda Pedro Guerra "forzaste quizá demasiado los lazos pensando que en eso consiste el amor: en dar sin medir el calor de un abrazo"), la fuerza de repulsión es tal que se convierte en una auténtica repulsión hacia la otra persona, y mientras más fuerte empujaban, mientras más juraban que "o tú o ninguna", mayor es luego el desprecio, el rechazo, la negación y olvido a que se condena a quien compartió y vivió contigo un trayecto del viaje.
No sé por qué es esta la imagen que tengo de la vida en pareja. Quizá porque fue la que yo viví, o la que yo creí vivir. Quizá porque, como ocurre con todas las cosas, los neutrales y equilibrados nunca destacan, sino que son los extremos los que se hacen ver, los que con sus bipolares manifestaciones parecen copar la expresión de la realidad. No sólo será, sino que estoy seguro de que es posible encontrar un cierto equilibrio dentro de las pasiones, como una pasión desapasionada, un oximoron imposible pero necesario, un vivir con alguien porque sí, de forma relajada, compartir el viaje porque ambos así lo quieren y lo desean, pero no porque lo necesiten, no por la necesidad de encontrar justificación o de colmar un vacío, pues cuando compartimos buscando saciar nuestras ansias, lo único que podemos compartir es ese vacío, esa nada que llevamos dentro. Así, en demasiadas ocasiones se ven parejas unidas por sus respectivas carencias, tratando de buscar en el otro la justificación que llene su vida, que dé una razón a su existencia, y demandan demandan demandan, comienzan a exigir a esa persona que las sacie, que las llene. En definitiva, que las complete. Pero aquí radica el error. Pretender que alguien te complete está condenado al mayor de los fracasos, porque la única persona que estaría dispuesta a tal cosa sería otra persona vacía, que necesitara en la proyección del otro justificar o colmar su existencia, luego al tratar de llenar un vacío con otro vacío, resulta una nada aún mayor que no lleva sino a la destrucción de cualquier sentimiento puro que pudiera haber nacido.
En fin, me cansé de divagar como el tipo de "Quién se ha llevado mi queso". Al final va a resultar que en vez de teorizar tanto sobre la vida, lo que importa es vivirla, así que acá queda esto. Fin.
miércoles 27 de agosto de 2008
el eterno trastorno
Es difícil retomar la pluma cuando lleva tanto tiempo abandonada que el metal esta ya frío, la tinta congelada en su interior. Pero hoy quiero hacerlo. Poco a poco, la sangre le transmitirá calor y las palabras irán brotando, primero tímidas, una a una, con cuentagotas. Luego, el habitual torrente de creación que enajena al escritor de la persona, que hace inidentificables a posteriori las líneas escritas durante esa descarga. jueves 24 de julio de 2008
uno es el poeta
Ayer encontré un regalo bajo mi almohada. Me esperaba allá, calmo, sin prisas por ser descubierto, como si la intemperie de la espera no lastimara su memoria. Ayer, bajo la almohada, me esperaba la leve figura de Jaime Sabines.martes 22 de julio de 2008
vida de vagamundo
viernes 18 de julio de 2008
viernes 27 de junio de 2008
abrirán las grandes alamedas
Poco o nada se sabe en España de la historia del pueblo chileno. Poco o nada se sabe de esta tierra que durante siglos compartimos, y cuyos pasos siguieron en numerosas ocasiones nuestra misma desafortunada senda.Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.
El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.
martes 24 de junio de 2008
fin de ciclo
lunes 23 de junio de 2008
él y ella, ella y él
viernes 20 de junio de 2008
pero sucede también...
miércoles 18 de junio de 2008
esferas
En el cartel se veía una sala de cine. De esas antiguas con las cortinas a los lados de la pantalla (que a pesar del blanco y negro del dibujo se podían adivinar rojas). Esta pantalla quedaba a la derecha de la imagen, y el fotograma que congelaba era de esa magnífica escena de "La quimera del oro" en la que Chaplin, vencido por la voracidad de su hambre durante el encierro en la cabaña, degusta sus botas como si fuera un plato de la nouvelle cousine: Los cordones a modo de spaghetti; la piel de la bota, como si fuera un bistec, sazonándola prudentemente; y las puntillas que sujetan la suela, desnudándolas como si fueran huesos de pollo.
Ante esta imagen de la pobreza absoluta, de la pérdida de la dignidad, el público reacciona de diversa forma, y esto el autor lo capta de manera genial. La platea la divide en tres niveles, desde el más bajo, cuyo precio de entrada es de 10, pasando por el nivel medio de precio 100, al nivel más alto de precio 1.000. Los espectadores del nivel inferior se muerden los labios, estrujan entre sus manos sus ajados sombreros, a algunos hasta le brillan los ojos ante el delicioso manjar que serían esos zapatos de piel. Los del nivel intermedio se sonríen de lo cómico de la escena, pero algunos con timidez, y otros con el temor de que algún día ellos se vean en esa precaria situación. Y los espectadores del nivel superior se refocilan en sus asientos, con estentóreas carcajadas de superioridad.
Esferas.
Nos movemos en un mundo dividido en esferas. Esferas, por otro lado, perfectamente incomunicadas. A veces he trabajado, como tantos otros que leen estas líneas, en "el mundo de los Derechos Humanos". De alguna manera he intentado colaborar en lo posible (sin duda mucho menos de lo que podría) en reducir la distancia entre esas esferas, entre esos que envidian un zapato que llevarse a la boca, y aquellos que se carcajean ante tan dantesca imagen. Pero creo que esta tarea resulta imposible. Trabajamos para mejorar un mundo que no conocemos. Desde nuestras oficinas organizamos proyectos, presupuestamos, hacemos balance de "las personas a las que hemos ayudado", pero no sabemos nada de esas personas porque no conocemos su mundo. Porque no habitamos su esfera.
Y el tipo de trabajo es absolutamente indiferente. Da lo mismo elaborar un presupuesto desde un computador de última generación, que irse al África central a construir una escuela. Igualmente, por la noche volvemos a la comodidad de nuestra alcoba, o miramos el estado de nuestra cuenta corriente, o tocamos la cartulina azul de nuestro pasaporte en el bolsillo de la chaqueta, o recibimos una llamada desde Europa que nos recuerda que siempre tenemos la opción del regreso, que siempre tendremos un lugar en el mundo al que volver. No compartimos la esfera de los desheredados. Estamos educados desde niños a "apagar la tele de nuestros pensamientos", a olvidar cuando no lo estamos viendo directamente que hoy, ahora, en este preciso momento, hay miles de millones de personas que rezarían porque les cayese desde el cielo un zapato de piel que echarse a la boca. Pero lo triste es que sencillamente no podríamos vivir si no fuera así. Nuestro refrigerador sigue igual de lleno, seguimos tirando aquel tomate que ya se quedó un poco blando, o el yogurt que caducó de dos días. Seguimos con la luz prendida la mayor parte del día, nuestra música y nuestras televisiones permanentemente encendidas.
¿Tristeza?, ¿enfado?, me preguntaba un cierto anónimo en mi última entrada. No. La respuesta es no. La tristeza y el enfado dieron paso a la desidia. A la desidia de saber que este es el cuento de nunca acabar, y sobre todo que es el cuento de nunca empezar. Todo queda en el mero análisis desde una esfera superior, desde la que de vez en cuando, como si estuviéramos en ese cine de mi Universidad, tiramos a los de abajo algunas de nuestras palomitas (más para callar nuestra conciencia que el rugir de sus tripas), e intentamos morder a los de arriba para que al menos no pateen el suelo ante la hilaridad de la máxima expresión de la pobreza.
Y apaga el televisor y todo vuelve a ser real,
las cosas que has visto se te van a olvidar:
guerras, hambre y precariedad.
Calla tu conciencia y déjate llevar...
lunes 16 de junio de 2008
nos engañaron con la primavera

El otro día, caminando por las calles de Santiago de camino a mi trabajo, embutido en mi traje gris de persona gris de vida gris, pasé por delante de un colegio de primarias. Los chicos habían tomado el colegio. Sus pupitres colgaban de las rejas de la entrada. Intentaban cortar las calles con pancartas, apartándose aterrorizados en cuanto un vehículo se acercaba a su infantil piquete. Reían, alborotaban, gritaban pegadizas consignas. Parecían haber consagrado su perentoria formación a oponerse a la nueva ley de educación chilena. Durante tres días, cada vez que pasaba frente a sus muros, los pupitres colgados me recordaban a un fortín de oposición a la imposición. Durante tres días caminaba con la sonrisa apretada hasta doblar esa esquina y ver esa barricada improvisada. Al cuarto días, los pupitres habían vuelto a su lugar dentro de las aulas, las voces ya no gritaban, el silencio volvía a imperar en la escuela donde, pacientemente, continuará hoy el adoctrinamiento -perdón, quise decir la educación-. viernes 13 de junio de 2008
requiescat y brindemos
jueves 12 de junio de 2008
la tregua
Deben buscarse amigos como se buscan libros. Acertar en la búsqueda no reside en que sean muchos o extraordinarios, sino en que sean pocos, buenos y bien conocidos.La frase es de Mateo Alemán, y yo siempre la he adoptado como una cierta filosofía de vida; siempre me ha gustado perderme entre las polvorientas estanterias de las librerías de viejo, al igual que siempre me ha gustado degustar a mis seres queridos con calma y devoción.
Recuerdo perfectamente cuando llegué a Roma y extenuado, bajo una lluvia imperiosa que parecía maldecir mi bienvenida, tras dejar las maletas en el hostal sin saber nada de la lengua, con poco dinero en el bolsillo y nada parecido a un hogar esperándome, bajé por primera vez a las calles de Roma. Recuerdo los acelerados latidos de mi corazón, al fin y al cabo era la primera vez que estaba solo, a miles de kilómetros de casa, y me sentía tan ilusionado como desamparado. Entonces, en la esquina de la calle en que me hospedaba, descubrí una librería de viejo. Entré tímidamente en ella, y la señora que la regentaba, entendiendo perfectamente que no era italiano, me recibió con una cálida sonrisa. Comencé a recorrer el lomo de los volúmenes con sumo cuidado. Delante de mí, tenía siglos de literatura en una lengua que aún no conocía, y cada uno de esos volúmenes me representaba un reto y una esperanza.
Tengo la firme convicción de que hay veces en que no elegimos los libros, sino que son ellos los que nos eligen a nosotros. Entre miles de ejemplares, había un pequeño librito de lomo blanco, en el que se leía sólo el apellido del autor: Gramsci. Inmediatamente algo me atrajo de ese libro. Su nombre evocaba un recuerdo que ya había olvidado, lo que no deja de ser un perfecto oxímoron. Tomé el libro entre mis manos. Era una edición de 1973, aún lo recuerdo perfectamente, pero no una de estas ediciones pretendidamente anacrónicas, sino un mero libro viejo. Creo que incluso pertenecía a alguna colección de esas de ensayos políticos. Nada de mística, pues. Abrí el libro y aspiré su perfume. Siempre que compro un libro me gusta olerlo, captar su esencia. Y su olor traía el recuerdo de demasiados momentos. Miré a la librera, y de nuevo me recibió su sonrisa. Parecía entender todo, no sé, me pareció que de alguna manera ella también se sintió bien en ese momento. Quizá sintió un poco más justificada una vida dedicada a la cultura.
Meses después, cuando ya paseaba por las calles de Roma mirando hacia el suelo y no con la mirada permanentemente alerta de los turistas, decidí ir al cementerio que había cerquita de mi casa, a ver la tumba de Keats. Empecé a pasear entre las sombras de los cipreses, dejando resbalar mi mirada por los diversos mausoleos y tumbas, cuando me encontré con Gramsci. Estaba allí. Descansaba en una tumba casi anónima, en el cementerio de aquellos que murieron durante los años de plomo, los años del posfascismo en Italia, en un cementerio para exiliados de los paraísos terrenal y divino. Y entendí porque su dedo me señaló ese lejano 27 de septiembre de 2005 en esa ahora lejana librería.
Años después, paseaba por las calles de Santiago, cuando decidí detenerme en las viejas librerías de la calle San Diego. Fuera lloviznaba un poco, así que entré en estas librerías sin una idea clara de si buscaba algo más que un refugio temporal. Y de nuevo sucedió. Entre los miles de tomos, una cubierta blanca, con sobreescrito el mero apellido del autor -Benedetti- y su escueto título -La tregua-, me señaló. Creo que fue su sugerente título lo que me atrajo, así que decidí tomarlo entre mis brazos, y ya desde entonces sabía que ese libro era para mí. Una portada de un cálido naranja, con una foto de Hector Alterio fueron más que suficientes.
Pero al abrirlo, descubrí algo que me dejó, realmente, maravillado. En unos curvos caracteres había una dedicatoria hermosa, que rezaba: Amiga, que este libro sea una lección de vida más y que te acompañe en cada minuto en que lo leas. Tal vez después sientas la sensación de "una tregua" para tu vida. Firmaba una cierta Sara, añadiendo un Feliz Navidad, Dic. 1988. Poca gente ha entendido mi entusiasmo al leer esta dedicatoria. A algunos les parece cursi, a otros que carece de sentido -lo que literalmente es posible que sea cierto-, e incluso alguno llego a dudar de si la había añadido yo para "enriquecer mi hallazgo". Nunca me importó demasiado lo que pensaran los demás. En mi mente, leer esa dedicatoria, me sugerió demasiadas cosas.
Y no hablo de pensar en un día de viento en el cual vuelan los periódicos viejos por las calles a media luz de Santiago de Chile. No tengo porque imaginar a una mujer de mediana edad que camina apretando su bolso contra el pecho. Simplemente pienso en lo que está ahí. 1988. En Chile. Fue el año del No a Pinochet. Hace de eso 20 años, que son más de los que mi esquiva memoria acierta a recordar. En 1988 no había caído el muro de Berlín, por poner un ejemplo más internacional. En ese año, una persona camina por las calles de su ciudad, buscando algo que pueda servir de tregua a su amiga. La imagino eligiendo el libro, quizá más por el título que por el contenido, pues no deja de narrar una historia absolutamente trágica que difícilmente pueda servir de tregua a la vida de nadie. Pero ella igual compra esa tregua, busca ese pacto con el destino que traiga algo de calma a su ser querido. Pero no sólo está ahí eso. Está ahí el corolario inevitable a que ese libro esté ahora aquí ahora, junto a mí, veinte jodidos años después. ¿Qué puede llevar a una persona a vender algo que ha sido recibido -al menos sin duda entregado- con tanto amor? ¿Dónde fueron a parar esas personas, esa relación? ¿Qué fue de esa tregua regalada y quizá nunca pretendida?
El poder sugestivo de unas palabras escritas veinte años atrás puede ser absoluto, o irrisorio. No sé si lo que se sienta ante ellas querrá decir algo o no de las personas que las leen. Sólo sé que esa tregua me llegó a mí más de siete mil días después y, por si le puede servir de algo a esa enigmática Sara, me alcanzó con todas las fuerzas con que ella las deseó.
nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas
Supongo que hay imágenes que en algún momento se graban en nuestra retina, y de un modo u otro nos acompañan ya para siempre en nuestro viaje por este mundo, las llevamos en el color de nuestros ojos. Parece como si nos entraran así, de soslayo, casi sin avisar, y se quedasen ya prendidas de nuestra mirada, agazapadas, esperando el momento de dar el salto a nuestra conciencia. Hoy precisamente me pasó eso, y hoy entendí un poco más de mí mismo.Desde que hace años tuve ocasión de verla, siempre he defendido como una de mis películas favoritas, sin duda la más admirable para mí de su director, la maravillosa Hannah y sus hermanas, de Woody Allen. Nunca había alcanzado a entender muy bien el porqué. Otras, como ese Misterioso asesinato en Manhattan, me parecían más elocuentes; sus Días de radio tenían algo de inocencia que este film no alcanzaba; o los paseos por los museos a media luz de Manhattan contenían una sutileza superior. Sin embargo, cuando pienso en Woody Allen, en lo que su cine me ha transmitido, inevitablemente pienso en Hannah y sus hermanas. Y hoy alcancé a entender por qué.
En esa maravillosa película, se desarrolla una de las historias de mayor ternura y tragedia del cine. Max Von Sydow encarna el papel de un viejo pintor minimalista, que vive en una apolillada buhardilla del Soho, rodeado por igual de libros, polvo y decadencia. Su vida la comparte con la joven Lee, interpretada por Barbara Hershey, que lo ama con ternura, sinceridad y devoción.
De todas las frases que cuelgan de las paredes de mi habitación, aquella con la que más me identifico es la piedad está liquidando. Tampoco sabía muy bien explicar por qué. Simplemente me transmitía algo, me hacía sentir que detrás de ella se escondía una verdad íntima, un sentimiento que sólo cabía expresar a través de esas cuatro palabras. Quizá hasta ahora.
Hoy estaba leyendo La tregua, de Benedetti, y por fin todas estas piezas encajaron en mi cabeza, como si siempre hubieran estado esperando este momento, esta revelación, para encontrar su puesto exacto dentro del rompecabezas. Transcribo literalmente el texto en concreto, en el que Martín Santomé habla así de su relación con Avellaneda, una joven a la que dobla en edad:
Ella se ríe. Yo le pregunto: ¿Te das cuenta de lo que significa cincuenta años?, y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y no dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una especie de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos.
Quien haya visto Hannah y sus hermanas, ya sabrá sin duda de qué estoy hablando. En esta obra, cuando Lee se enamora del aún joven y vigoroso Elliot (sublime Michael Caine), Max Von Sydow lo asume con una cierta complacencia, incluso se diría que con un cierto relajo. Como si la tan largamente esperada espada de Damocles por fin hubiera dejado de pender sobre su cabeza para asestar su certero golpe. Sabe que no puede reprocharle nada. Sabe que el incólume ciclo de la vida dio un nuevo giro, se cobró una nueva víctima, y se entrega juiciosamente calmo a tal designio.
Creo que eso es un poco lo que siempre ha rondado mi cabeza. De alguna manera me sé desde ya condenado –aunque quizá condenado no sea la palabra adecuada, pues no lo espero como una condena, sino como el inevitable corolario de mi vida- a sufrir ese implacable destino. Esa hadmiración, esa hadoración inicial que despierto y de la que tan magistralmente habla Cortázar, se me adosa como una capa que siento escurrirse día a día. Por eso quizá me sea tan difícil dar los segundos pasos en las relaciones: porque en la distancia entreveo ese predestinado alejamiento, cuando ya las aguas que manan de mi ser hayan sido consumidas con fruición, y ya nada se pueda sacar de este cuerpo andrajoso y decadente salvo una tibia piedad, liquidando el fuego en el que un día me vio arder.
jueves 5 de junio de 2008
miércoles 4 de junio de 2008
del arte de jean francoise millet
En su cuadro Las espigadoras, Millet capta una imagen que, más de 150 años después, sigue de rigurosa actualidad. En su lienzo, obervamos tres mujeres en primer plano. Sus espaldas curvadas por el peso de los años. Sus viejas ropas, raídas por el paso del tiempo. Sus rostros, quemados por el sol, ocultándose del implacable espectador. perspectivas
En Atacama, donde al horizonte sólo se distinguen el polvo del desierto y la desolación de sus gentes, se alza irreverente una mano contra el cielo. Los viajeros que enfrentan su palma, la sienten como una despedida; y aquellos que encuentran su reverso, no hayan en sus dedos deje alguno de recibimiento. En Atacama, donde al horizonte sólo se distinguen el polvo del desierto y la desolación de sus gentes, ni tan siquiera el saludo de una mano de 20 metros te acerca a su mundo.jueves 29 de mayo de 2008
wishful thinking, quizá...
viernes 23 de mayo de 2008
carta abierta a américa latina
Lo siento mucho, pero necesito este gesto de deshonestidad brutal. Necesito expresar lo que me arde por dentro, aunque al hacerlo esté traicionando quizá ese sentimiento, lo esté haciendo público y, al verbalizarlo, convirtiéndolo en otra cosa: en una oda para despertar la admiración de quien esto pudiera leer, o en un intento de que se me considere una persona buena, una persona "que se preocupa", de sentimiento. Un buena persona, como diría mi madre. Sé que este grito al viento no es un grito desgarrado, pues esos son siempre silenciosos y personales, pero es un grito que me arde en las entrañas, y que necesito escribir, para poder volver siempre a él, para evitar caer en la relajación, en la comodidad de las zapatillas de pelo y la afeitadora en la pileta. Además, me importa bien poco lo que puedas pensar a este respecto, lector, son entrañas que escupo y que no me importa que me salpiquen a mi mismo, pero que ahora mismo me están envenenando en el silencio de mi boca, esperando para ser vomitadas como bilis sobre las calvas de las personas que transitan las avenidas.Perdóname, Latinoamérica, te he fallado y te he traicionado. Me dueles. Me dueles cada día más. Cuando cruzo tus tierras y veo esos ojos de miradas perdidas, esas manos ajadas de tanto arar tu tierra, de tratar de sacar de tu frío y tu polvo algo que alivie su voracidad primitiva, esos rostros quemados por tu inclemente sol que no entiende de treguas. Pueblos desolados cubren tu riqueza natural, vías que no conducen ya a ninguna parte te atraviesan, casas que de tan vencidas amenazan a quienes encuentran refugio en ellas flanquean tus caminos. En algunos puntos parece que hayas detenido el tiempo, vieja Latinoamérica. Parece como si el aire no corriera allí, como si el tiempo se hubiera detenido como en el ancestral Closingtown. Me dueles. Me dueles como lo hace una herida lacerante, que crees poder ignorar pero te rebosa a cada paso, a cada inhalación, te recuerda que está ahí, bien dentro de ti, una espina que nunca podrás arrancar de tu garganta porque ya bajó hasta tu corazón.
Te he traicionado, no he sabido darme a ti. No conozco la forma de aliviar tu dolor. Odio a aquellos que fotografian tu miseria, a aquellos que se creen mejor persona por preguntar a los niños que caminan descalzos tu tierra cómo hacen para ir al colegio, a aquellos que se lamentan de tu injusta situación mientras acicalan sus bigotes y acarician sus abultadas billeteras. Me odio a mí mismo por pertenecer a este grupo, por creerme mejor que ellos porque te susurro al oído que me dueles, porque cuando recorro tus piedras llevo la sonrisa apretada y los ojos tristes. Me dueles, América Latina, me duele no saber qué hacer para darme a ti, me duele traicionarte con estas líneas, temer que de alguna manera en lo más profundo de mí las esté escribiendo para encumbramiento propio. Eres demasiado amplia para mí. Dime qué debo hacer, sólo muéstrame el camino que debo recorrer, deja algunas piedritas en mi camino que me ayuden a empezar, a dar éste y no aquél paso. Cómo curarte desde la helada tierra de fuego hasta los desiertos que te abrasan, cómo aliviarte desde el occidental océano atlántico hasta el traicionero pacífico, cómo sanar la cordillera que te atraviesa y te divide en dos a ti misma, cada río, cada rincón de tu profunda selva, cada escondido poblado en tu eterno bosque. Enséñame algo. Mándame un señal que alivie este dolor. Ayúdame a vivir sin que me duelas, relajadamente como lo hacen aquellos a los que detesto, como lo hago yo cuando me detesto y una uña fría me rasca la cabeza al pagar este jersey o aquel libro, rac-rac-rac, esta uña que siempre me rasca. Pero que trato de ignorar. Y trato de no ignorar. No. Nunca me ayudes a eso. Nunca me permitas olvidar Julaca. Sólo enséñame el camino, la vía, yo sabré o no sabré recorrerla, pero lo intentaré. Da un descanso a mi alma, por favor América Latina, porque ahora me dueles demasiado. Y no sé que hacer para aliviarte, para aliviarme. Te dejo ahora tranquila. Cuando apague la televisión, cuando concluya estas líneas todo volverá a ser igual. Iré al concierto de Ismael, quizá el Lunes escriba algo sobre él. Volveré a sentir que para los niños de Julaca se congeló el tiempo y no pasa, y su sufrimiento duró el tiempo que pasé en su pueblo fantasma; volveré a pensar que todo está tranquilo bajo el sol, que la gente no muere ni sufre en tu tierra; volveré a habitar mi burbuja y desde mi torre y a maldecir a los que viven en otras; volveré a creer que la falta de agua, de luz, de vida, se llenan cuando yo abandono tus más inhóspitos parajes.
Por ello te pido perdón, América Latina, porque a cada bocanada de aire te traiciono, a cada paso me alejo más de ti, a cada silencio y a cada palabra vertida te traiciono un poco más. Perdóname porque no sé hacer algo más, ni siquiera nada más. Perdóname por ser débil, por ser cómodo, por ser yo. No puedo seguir escribiéndote.
buena onda en bolivia
Así pues, como solo llegué a San Pedro, solo decidí emprender el tour que me llevaría a conocer la hermana Bolivia. Pero era cierto: nunca se viaja tan acompañado como cuando se va solo.
Ya desde el primer momento, conecté con una pareja de amigos argentinos, que entre risas, tragos, fotos, charlas, y "trucos", me harían pasar cuatro días inolvidables. Junto a ellos, seis chicas inglesas adoradoras de Macchu Picchu, y de compartir risas y malentendidos. Junto a nosotros, las coloridas lagunas, las extensiones yermas, los cálidos valles, las formaciones rocosas, y los caminos de piedra y sol del altiplano boliviano. Quien me conoce sabe que no soy amigo de los catálogos, que siempre desconfié de las enumeraciones y las explicaciones tediosas, pues sólo consiguen rebajar la realidad retratada. Por ello baste en el recuerdo esta sonrisa y este guiño que dedico a quienes, una vez más, consiguieron que durante un tiempo me olvidara de mí mismo.
Es muy doloroso despedirse de las personas cuando se conecta tanto con ellas, pero ese es otro de los riesgos de esta vida falsamente itinerante. Por fortuna, las distancias se acortan cada día más, y la voluntad traspasa las cordilleras, lagos y millas que se empeñan en separarnos.
san pedro de atacama
Llegué a San Pedro de Atacama un viernes por la noche, con una mochila cargada por igual de ropa, libros e ilusión, con un par de nombres escritos en un papel arrugado en el bolsillo, y con la necesidad de retirarme durante un tiempo del mundanal ruido de la gran ciudad. A la llegada, ya me recibieron las estrellas del luminoso cielo de San Pedro. San Pedro es una ciudad que vive por y para el turista; sus calles, sin asfaltar y con una iluminación basada más en los astros que en la electricidad, mantienen ficticiamente este aire de desolación, este aire de vivir al margen del mundo real. Las casas de adobe, los pórticos de piedra, los cafés a techo descubierto bajo el calor de una hoguera, no dejan de recordar un escenario cuidado hasta el más mínimo detalle.Al amanecer, los contrastes entre el rojo de la dura tierra, el blanco del hogar y el azul del cielo, parecen hacer inspirado la bandera de Chile que ondea en su plaza mayor. Decidido a salir del circuito predeterminado, de los precios para turistas, y de las sonrisas por obligación, me adentro en el mercado central, donde el olor de la lana de alpaca inunda los sentidos. Al cruzar el mercado, el verdadero desierto me recibe. Restaurantes donde los perros habitan la cocina, el verdadero polvo del desierto flotando en el aire, las duras facciones de los trabajadores de la mina que silenciosamente comen cazuela, una camarera demasiado joven para merecer ese ya sempiterno destino. Allá, entre la auténtica realidad del desierto más árido del mundo, consigo sentirme un poco más yo, un poco más en equilibrio con el viaje que vine buscando. No obstante, no puedo dejar de sentirme un extranjero en esa tierra, un turista que cree conocer un mundo porque se mueve en esos espacios y no en los determinados para él. Sin embargo, mis Rayban, mi MP3 siempre en el bolsillo, y una cartera llena, no dejan de recordarme lo contrario.
Así pues vuelvo a mi sitio natural, a las calles desestructuradas de San Pedro donde corre el agua de los desagües, donde perros callejeros te acompañan en busca de un bocado que caliente su estómago. Vuelvo a esto, y bajo el sol del desierto leo, buscando una frontera entre dos mundos a los que no quiero, ni puedo, pertenecer. Los niños juegan alrededor, y ya su mirada siquiera se fija en los rostros de las personas que desfilan delante de ellos. Hoy habrá unos, que mañana se irán para dar paso a otros que igualmente se marcharán. Los habitantes de San Pedro parecen vivir de prestado. Te abren su sonrisa, pero no su corazón, acostumbrados a que ínclitos turistas se lleven un trocito del mismo y no se lo devuelvan jamás.
Como ya dije en otra ocasión, toda ciudad, toda experiencia, todo viaje, me queda marcado por un algo que lo hace especial, que lo hace distinto. En este caso, ella sabe cómo me salvo de este naufragio, cómo nuestras voces entre el humo de una fogata, cómo las notas de una música compartida, me hicieron olvidar durante una noche el gran teatro del mundo. Cuando días después volví a buscarla, ya no estaba. Un cartel me anunciaba su silencioso despido, una puerta me recordaba la sombra de su ausencia.
Como tantas otras veces me refugié en la lectura, esa resbaladiza tabla que me permite aferrarme a la esperanza en medio del océano.
jueves 15 de mayo de 2008
el eterno retorno
lunes 12 de mayo de 2008
jueves 8 de mayo de 2008
martes 6 de mayo de 2008
road trip to mendoza
Una furgo. Nueve amigos. La carretera, una promesa ante nuestros ojos. La nieve. Un puerto de montaña. Un túnel eterno. Cuatro horas en un campo de refugiados también llamado aduana. La gasolina, o su ausencia. El agua, o su ausencia. Patricio, o su ausencia. Argentina. Un sello en el pasaporte. Un sueño cumplido. Quince horas de viaje. DamaJuana. Una mesa de ping-pong. Un local kitsch-rasca-medio fome. Argentina. Dos horas de sueño. Las chicas del viernes. Shopping. Libros y jazz al alcance de la mano. Parrilla. El Barcelona. Los curas con dolor, pero de huevos. Trekking. Rappel. Rafting. Chacras de Coria, o la constatación de que ya peinamos canas. Resaca. Prisas. Nueve amigos. Una furgo. Ausencia de Patricio, ojos esperanzados. La carretera, una condena ante nuestros ojos. Otras cuatro horas en otro campo de refugiados. La nieve. Un sello en el pasaporte. Chile. Viajar. Vivir. Y a rodar.lunes 28 de abril de 2008
de la satisfacción perruna de lo cotidiano
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el delicado acto de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Chau, querida. Nos vemos.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más fácil aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado esté la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia fuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y que acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Porque te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta que puede arrojarse a cada instante sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.
balada de otoño
miércoles 23 de abril de 2008
mango antonia y los indios guaranís
Hoy me dió por hacer una entrada mundana. Una entrada que huela a raíces, a tierra mojada, a cosas vivas. Allá vamos.Esa que ven en la foto es mi apadrinada, Mango Antonia. Ese que la sostiene entre sus brazos es mi amigo, Jesús. Y sí, cuando lean esta entrada valoren el uso de las comas, que en mi escritura nunca es baladí.
Ya dediqué una entrada hablando de Jesús, pero es una de esas personas que tiene la extraña habilidad de sorprenderme siempre de nuevo. Con sus silencios, y con la ruptura de los mismos. Con sus gestos.
Esta es la primera vez en mi vida que soy padrino. No sé si me tocará cumplir esta función en otros momentos, o con otros seres más humanos (quizá humanos demasiado humanos), pero digo de verdad que me llenó de orgullo serlo. Porque entendí el motivo por el que lo era. Y eso es lindo.
Todo ser humano tiene la necesidad de sentirse querido. Principalmente, por uno mismo. Es necesario amarse por encima de todo, pues como me enseñó una amiga italiana, sólo podemos dar de aquello que tenemos, luego para amar a los demás, para respetar a los demás, hemos de empezar por amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Pero colmado este autoafecto, necesitamos (en mayor o menor medida en función de nuestra fuerza) del afecto de los demás. Yo soy una persona que gusta de vivir sola. Siempre lo temí, pues aunque deseaba desearla, en el fondo creía que llegado el momento me daría miedo y la soledad me resultaría pesada. Ahora que recién empecé a conocerla, descubro que la soledad era la amiga que tantos años estuve esperando. Sin embargo eso no ha mermado mi necesidad de compartir mundos.
A veces camino triste por las calles de Santiago, porque no puedo compartir tal o cual rincón con mis seres queridos, o quizá porque no he encontrado aquí a esa persona (o esas personas) con las que desee compartirlos, la verdad es que no lo sé. Sólo sé que ésta pasa por ser otra de mis contradicciones: la necesidad de gozarme viajes, rincones y momentos en soledad, junto a la necesidad de compartirlos, de hacer partícipes de ellos a las personas que amo.
Quizá por eso esta muestra de afecto me llegó hoy con tanta fuerza. Hoy Jesús escribió desde España con fotos de mi guagua y, no sé, algo me resplandeció en el interior. Una felicidad que necesité mostrar mundanamente a través de estas líneas. Y que quise compartir con todos ustedes.
Se me cuiden.
viernes 18 de abril de 2008
rincon de los canallas, d.e.p.
La semilla de la amistad siémbrala por donde quieras que vayas esta germinará... y en la huella que tú dejaste tu imagen perdurará eternamente...
miércoles 16 de abril de 2008
martes 15 de abril de 2008
j.c.
Abandonada como un silencio interminable todas las noches te encuentro, y no puedo dejar de mirarte para comprobar si mis manos aún pueden sentirte, aún pueden dibujarte cuando tu desnudez me besa. Te voy desnudando, sintiéndote cada día más dentro de mí. Me gusta contemplarte sin prisas, saborearte, haciéndote cada día un poco más mía.
Hoy he descubierto al encontrarte de nuevo que soy todavía un niño, con todos mis temores, que sólo tú sabes calmar. Tus palabras son ese bálsamo que me revitaliza a cada paso.
Por eso necesitaba dedicarte esta entrada, compartir este sentimiento; hoy, el día de tu cuarenta y cinco cumpleaños.
Felicidades, Rayuela.
Hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Hay que hacerlo, de alguna manera hay que hacerlo. Tener el valor de entrar en mitad de las fiestas y poner sobre la cabeza de la relampagueante dueña de casa un hermoso sapo verde, regalo de la noche, y asistir sin horror a la venganza de los lacayos.
1968 - 2008 (del imaginario cultural)
...they couldn't take your pride.
Ayer morían en bosnia, anteayer en Vietnam, ahora mueren en Bagdad.
Quizá tenía razón Aute cuando decía que, al final de todo, "queda la música".
lunes 7 de abril de 2008
de las decepciones cotidianas
Todos cometemos estos y tantos otros errores, y sabemos que la disculpa, aún sentida en lo profundo, sería un intento más de rebajar nuestro error. Porque huele a formalismo cualquiera sea el tono que adoptemos. Porque la otra persona ya sabe todo lo que puedas justificarle, y-aún-así. Porque toda disculpa me parece una pérdida de honestidad, una falta de respeto hacia la otra persona, porque me parece hablarle desde una esfera distinta, intentar razonar con lo que le arde con un fuego sordo. Por todo eso, y mucho más que no quiero o no soy capaz de explicar, hoy no te pido perdón. Aunque sepa que, desde detrás de este velo, lo estoy haciendo.
Y como dijo el obrero que sólo gracias a ti conozco: Te propongo menos cielo, más abrazo.
filio en chile
jueves 3 de abril de 2008
de la necesidad de tener un tocadiscos
Lo terrible de la saudade es que gusta de atacarte cuando menos te la esperas. Estás tranquilamente sentado en el diván de tu casa, escuchando la trompeta de Baker o el piano de Monk, y de repente empieza a rascarte con su uña fría, rac-rac-rac. O más mundano aún, estás comiendo unos spaghetti alla carbonara, y de repente en un trocito de jamón que cae sobre la mesa te vuelve el olor de ella, o su forma de apoyar los codos en el borde de la mesa.Hoy me atacó al pasar delante de un negocio de antigüedades. En el fondo del escaparate me estaba esperando un viejo tocadiscos, bastante parecido al que ilustra la fotografía. Su calma espera me recordo la derrota de aquellos que saben que su tiempo ya ha pasado, pero abrazan esta atemporalidad como una postrera recompensa por los años que ocuparon la primera fila de combate. Como nuestros mayores, que sabiéndose condenados al polvo y al olvido, pueden consagrarse a una vida de contemplación y espera de lo inevitable.
En esa calma espera creí encontrar la respuesta a muchas cosas, y deseé llevarme esa sensación, que no ya el objeto en sí, al salón de mi casa, y ofrecerle en sacrificio algunos vinilos cada cierto tiempo, en un homenaje callado a lo que me hizo sentir un día, observándolo desde la otra parte de esa sucia vitrina. Pero esa calma aparente habría de esperar, pues ¿cómo devolver luego tan especial objeto al abandono y al olvido? Y aquí volví a sentir esa comezón en la nuca, y ese rac-rac-rac que me acompaña desde hace ya harto.
Hoy me he sentido un poco más cansado. Un poco más agotado de estas vidas con fecha de caducidad, de estos éxodos voluntarios que te obligan a pasar de puntillas por océanos, tierras y mujeres. Hoy me pesó un poco no poder colgar en mi cuarto ciertos cuadros de Mondrian, o de Klimt, no poder plantar un tronco brasileño en la terraza, o no poder disfrutar de las notas de un tocadiscos cansado puede que hasta ya de sí mismo. Me pesó esta frugalidad, este tener que desprenderme luego de ellos tras once meses cuando ya la relación empiece a ser íntima, cuando ya nos tuteemos.
Porque los primeros meses son un impasse mientras se van concretando los "y sis", porque los últimos son un anticipo de lo que ya no volverá y todo se vive con esa terrible sensación del "ya pa' qué", hoy me sentí un poco más cansado de todo esto. Como hace menos de veinticuatro horas precisamente estos mismos argumentos me reconfortaban. Supongo que será la eterna atracción de los contrarios, la vida como un enfrentamiento entre dicotomías mientras habitamos el más gris de los términos medios.
O será sólo que ese tocadiscos era una maravilla...
lunes 31 de marzo de 2008
el inconformista visto por morelli
En un plano de hechos cotidianos, la actitud de mi inconformista se traduce por su rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a traición, a estructura gregaria basada en el miedo en las ventajas falsamente recíprocas. Podría ser Robinson sin mayor esfuerzo. No es misántropo, pero sólo acepta de hombres y mujeres la parte que no ha sido plastificada por la superestructura social; él mismo tiene medio cuerpo metido en el molde y lo sabe, pero ese saber es activo y no la resignación del que marca el paso. Con su mano libre se abofetea la cara la mayor parte del día, y en los momentos libres abofetea la de los demás, que se lo retribuyen por triplicado. Ocupa así su tiempo con líos monstruosos que abarcan amantes, amigos, acreedores y funcionarios, y los pocos ratos que le quedan libres hace de su libertad un uso que asombra a los demás y que acaba siempre en pequeñas catástrofes irrisorias, a la medida de él y de sus ambiciones realizables; otra libertad más secreta y evasiva lo trabaja, pero solamente él (y eso apenas) podría dar cuenta de sus juegos.
viernes 28 de marzo de 2008
jueves 27 de marzo de 2008
miércoles 26 de marzo de 2008
lunes 24 de marzo de 2008
compartir es vivir (sic)
Esta semana santa la pasé en un festival. Ya la acción es arriesgada: un festival supone siempre un mundo semicerrado, un lugar de encuentro entre asiduos y de desencuentro entre despistados, una expresión artística que, como todas, maneja su propio código. Pero aún así ocupamos el asiento de ese grupo de despistados, y allá fuimos a ver exactamente en qué consistía eso de "salvar la tierra".
Con tan sugerente título, sabía que una vez más iba a enfrentarme a mi más temida contradicción, a un nuevo ataque de la honestidad. Diez mil personas reunidas bajo la modesta idea de salvar la tierra. Como no, el espectáculo estaba garantizado. Carpas en las que se practicaba yoga, muchas rastas al viento, impúdicas jovenes paseando sus velludas axilas con la más despreocupada de las vergüenzas, tatuajes totémicos y cuerpos perforados. No sé por qué, pero todo eso me causa de base algún tímido rechazo. Para tratar de explicarlo, diré que lo veo como cuando en una capea (para el profano, digamos que es una corrida con una vaquilla, en la que esa es suficiente excusa para beber y comer hasta entrada la noche) se reúnen jóvenes de alta alcurnia, para festejar sus millones y su status. En ellas, encontramos los mismos aunque opuestos lugares comunes: vaqueros ajustados indefectiblemente celestes, con camisa de cuadros remetida, cinturón con la bandera de España y algún toque de azul-PP, pulserita en la muñeca, desde LiveStrong hasta Viceroy en función de la moda odierna, caracolillos en la nuca o marcada raya en la parte derecha de la cabeza, y un insoportable olor a aftershave.
Es ese habitar lugares comunes lo que me hace, por naturaleza, intuir la traición. ¿Cómo compaginar diez mil personas dispuestas a, simplemente, salvar la tierra, si luego a la hora de tomar el repleto tren de regreso no les alcanza la solidaridad ni para dejar pasar primero a la mujer que sostiene un niño entre los brazos? ¿Cómo compaginar esas diez mil almas llenas de buenas intenciones, con la insolidaridad posterior del criticar el mundo desde fuera, desde sus torres de marfil, amparados en un pasotismo que les permita vender cocos en una playa de Cancún? ¿Cómo no intuir la traición cuando todo huele a esa invasión magnánima del redil ajeno, bumerang ontológico destinado a enriquecer en última instancia al que lo suelta, a darle más humanidad, más santidad?
Cuando algo me marca, siempre suelo asociarlo a alguna realidad. Un paisaje, un olor, la melodía de una canción, una mujer. Esa realidad me está siempre esperando donde menos pensé encontrarla, y no es hasta la vuelta que descubro que era ésa, y no otra, la que habría de marcar a fuego el recuerdo. En este caso fue una frase, perdida en medio de una canción que no conocía, cantada en el andén de una estación, un domingo de marzo. Que no quiero dejar de compartir con vosotros. Porque a mi también, aunque de otra manera, Latinoamérica me duele.
miércoles 19 de marzo de 2008
ella, de la a a la z
Difícil esta entrada... Es como tratar de contener el infinito en un pequeño frasco de cristal, mezclarlo con unas gotitas de nostalgia, unos polvitos de melancolía, una pizca de sensibilidad, y sacar un brevaje digno de la persona que lo ha de recibir. Será difícil esta entrada... A de Amargura
De la A a la Z, tu nombre. Todos los pasos que diste, e incluso aquellos que no diste. Todas las ausencias guardadas, todas las esperas traicionadas. De la A a la Z, tu nombre.
Brillas con una luz que te es propia, tienes los ojos tan abiertos para captar todo, que a veces no te das cuenta de que te dieron la vuelta y se te cerraron. Ya dijo el maestro que con el tiempo uno acabo siendo esclavo de esto, o favorito de aquello, y no ve una lámpara que sujete inertes hojas de plátano. Quizá eso sea un poco lo que me pasa a mi también, por eso nos encontramos sin buscarnos, pero cuando nos buscamos no nos encontramos. Quizá todo se trate un poco de dejarse vivir, lo que algún otro más prosaico llamaría relajarnos. Los seudópodos bien sabía el genio que eran finitos, que jamás podrían abarcar toda la biblioteca de Alejandría. Nos llevo años comprenderlo, o quizá aún no lo hicimos. Por eso cuando viajamos en tren aplastamos la nariz contra los vidrios, en un intento de aprehender todo lo que danza allá afuera en la oscuridad.
Desde el Sur
Dos semanas en Chile. Una semana en Santiago. Una semana en la región de Coquimbo. Dos semanas ya en Chile. Quién lo diría.
Hace un tiempo soñaba con vivir al menos un año en Sudamérica, pero lo veía como algo lejano, algo que ocurriría sólo con el paso de los años y cuando ya no me movieran ciertos intereses y ciertas inquietudes que me trajeron hasta acá. Y sin embargo, acá estoy. Uno de estos días viajaba en auto por la ruta Panamericana, con el Pacífico al Oeste y la cordillera andina al Este, por carreteras interminables que se perdían a la vista entre lomas que dibujaban el paisaje chileno, y de repente fui consciente de que a veces algunos de nuestros sueños acaban por hacerse realidad.
Resumir de forma exhaustiva cada una de las experiencias que ya empecé a tener acá nunca fue mi modo de compartir mundos. Los olores, la cruda arena que curte la piel del campesino, el viento oceánico que seca las intimidades que cuelgan de las ventanas, las olas de un océano que te cubren de fuerza y vida, las estrellas, divisar la Vía Láctea desde la arena de una playa en medio de nada, y el cinturón de Orion guiando a los marineros del Sur, los troncos retorcidos en busca de un agua que no hay, y de un refugio que los proteja del viento. Son sólo matices, sugerencias, aromas, sedimentos que esta tierra comienza ya a dejar en mi vida.
Del resto, los amigos con los que compartes mundos y las diferentes formas de verlo. Conversaciones de humo al único abrigo de un vaso de pisco. Las primeras confidencias y las últimas traiciones. La intuición de alguna uña que no daña pero aterra. En fin, la vida diaria pero en otro país, en otro continente, con otra gente nueva que de alguna manera suponen un nuevo estímulo para seguir conociéndote un poco más a ti mismo. Al final acabas por entender que cuanta más gente conoces y más mundos compartes y diverges, al fin todo se reduce al autoconocimiento y a la evolución personal. Los demás como el espejo al que nunca quisimos mirar, pero que siempre nos sedujo.
Del resto, siendo siempre yo. Un Sandmann que más que adormentar con granitos de arena, intenta despertar un poco la inquietud, el torbellino, el mundo de los “y si”, la esperanza de una vida más allá de la hipoteca y el horario de oficina, de negros y blancos que huyan del monótono gris vital que tanto impera, del desasosiego pero la calma profunda del desequilibrio. Del resto, encontrando gente que admira tu modo de pensar, que no siempre coincide con el de actuar, pero teme dar el paso, y sumas una nueva decepción a tu ya atiborrada maleta de viaje. Del resto, ya me conocen bien como para que siga aburriéndoles.
Desde el Sur, pidiéndoles que cada tanto miren un mapa del mundo, recuperen el globo terráqueo que otrora siempre hubo en cada casa, o los más actualizados a través de google earth, e imaginen a un amigo que sube y baja por las tierras de Chile, entre polvo, viento, maleza y sol, pensándoles más a menudo de lo que puedan creer, desde ese Sur, se despide su amigo Sandmann.
lunes 3 de marzo de 2008
Jes
No siempre es fácil expresar lo que llevamos muy dentro. En algunas ocasiones especiales, las relaciones se basan en los silencios, en las verdades íntimas compartidas, como cuando nuestros padres se miraban en años de dictadura, sentados a la mesa de unos suegros recios, y compartían inquietudes y esperanzas.
En la carta que Jesús quiso compartir conmigo (y de la que no arriesgaré a ilustrar algunas líneas, pues me merecen los más profundo respeto y admiración), algunas de esas verdades que los dos sabemos, que los dos sentimos, fueron verbalizadas. No siempre es fácil verbalizar lo que sentimos. A veces lo tememos porque, al hacerlo, dotamos de realidad aquello que nos asusta o inquieta. Otras veces, porque pensamos que al hacerlo real pueda evaporarse esa magia que lo sostiene, que lo sustenta (Roma, en tiempos de Marco Aurelio, era sólo un sueño que, si no lo susurrabas a baja voz, corría el riesgo de desvanecerse).
Entre chicos (me resisto aún a decir entre hombres), verbalizar lo que sentimos, hacer patente lo latente, cristalizar los sentimientos, es todavía más difícil. Hablar de Daratea es insultantemente sencillo, basta dejar volar la imaginación. Hablar de Liz requiere alguna ignota dificultad, pero transportado por su olor puede alcanzarse un cierto punto desde el que llegar a una suerte de comunicación. Líneas sobre otras personas queridas irán surgiendo con la resistencia o fluidez que dicte la siempre esquiva inspiración. Pero sin duda, desnudarse ante los ojos de una mujer es más sencillo que ante la gemela mirada de un compañero. Por eso valoro tanto estas letras de mi amigo Jesús. Por eso le digo que podría suscribir todas y cada una de las líneas que me dedica. Y por eso, le confieso que no podría encontrar mejores palabras que las que me ha dedicado.
Si hay algo que siempre he admirado de él, son sus innatas sencillez y humildad. Con más motivos para ser admirado que cualquier persona que conozca, se alimenta por igual de la satisfacción del triunfo silencioso y del callado reconocimiento. Nunca gustó de las exaltaciones de su brillantez. Nunca alardeó de su terrible bondad, ni de su candidez humana. Nunca lamentó su retraso en la entrada al mundo adulto, ni el rechazo de aquellos que no alcanzaban a tolerar su genialidad. Convivió con esos y con otros obstáculos, y cuando los superó con gallardía y voluntad, nunca se ufanó de ello, ni cayó en las redes de la venganza. Quizá por la satisfacción del triunfo silencioso, todos los días se levanta y se entrega con amor y devoción a la vida. Quizá por eso le sonríe, y la recibe con gozo. Quizá por eso, la toma y disfruta más de lo que cualquiera de nosotros hacemos. Quizá por eso lo admiro, y busco en su aprobación la esperanza de que este viaje, el viaje de la vida, siga teniendo algo de sentido. Y junto a él, Brindo por lo desconocido.
sábado 23 de febrero de 2008
al final de este viaje
Esta escena pertenece a la maravillosa Un lugar en el mundo. Justo antes de que el chico gire las riendas de su caballo, para escapar del desgarro que supone siempre una marcha, el en un principio cínico geólogo encarnado por Sacristán le regala una luz ultravioleta, con la que poder desentrañar el alma de las piedras. El chico, en su despedida, le agradece: Gracias por la luz, dándole pie a una no menos genial despedida: Gracias por el viaje.
Para todos aquellos que vivimos de la luz que nos dan nuestros compañeros de viaje.
Con la esperanza de que, algún día, encontremos un lugar en el mundo.
la sinceridad de los polos opuestos
Daratea dixit: la cosa es que Sandmann es un poco tío-tía.
Sandmann, interrumpiendo su ebrio discurso para apreciar la trompeta de Chet Baker, añade: hombre, Daratea, aquí lo que está claro es que tú eres una tía-tía. Liz, tú eres una tía. Y medio-limón, tú eres una tía-tío.
Daratea apostilla: Sí, eso es un poco lo que pasa: es tan importante compartir mundos! (sueña Daratea). Yo, como tía-tía, estimulo a mi pareja, la introduzco en mi torrente de creación, pero, sabes Sandmann? en el fondo estoy un poco a la espera de ese tío-tía que me estimule, que me arrastre un poco, y dejarme llevar yo por esa corriente que me supere.
Sandmann, hipertérrito, añade: Pero en el fondo al final acaba saliendo nuestro yo natural. La naturaleza nos puede, y aunque saudemos con un tío-tía que nos arrastre, en el fondo nos acabaría quemando. Nuestra naturaleza nos revienta, y al final, como le paso a Liz, por defecto y por exceso, acabamos quemándonos.
Liz, con su sonrisa de vendedora de fósforos, interviene: Lo que yo saco en claro de todo esto es que yo soy una tía-gris. En el fondo, tu postura como tía-tía o como tía-tío depende del contexto en que te metas. Con alguien puedes ser tía-tía, pero con otro puedes ser tía-tío en función de los roles que adopte cada uno. (Como se puede ver, su formación de post-grado derriba nuestros tristes clichés preestablecidos, podres mortales estudiantes de grado...).
Sandmann, con su cariño incolume, la tranquiliza: No es eso, chica. Tú puedes comportarte como quieras en función de "la circunstancia", pero al final, tu naturaleza te revienta, y necesitas de un tío-sólo-tío que de alguna manera te complete y te permita desarrollarte como tú eres.
Liz, implacable en su postura, concede: Entonces estamos sólo divagando sobre mi teoría de los equilibrios!
Daratea, que tras cuatro párrafos sin intervenir ya se quiere comer la mesa que sujeta más de una docena de botellines, salta: Claro, pero por eso es tan importante saber si tú eres tía-tía, tía-tío, tío-tía, o tío-tío!!! Yo me quejo porque comparto mis horas con un tío demasiado tío.
Liz se lamenta en baja voz: Qué me dirás a mí, que hasta se enorgullecía de su hombría de tío-tío...
Daratea continúa: Yo quiero alguien que comparta conmigo sus mundos. Que yo le diga "saudade" y vea en sus ojos algo de comprensión, que se emocione con las últimas líneas de este o aquel libro. Pero en el fondo, yo Tengo que llevar ese papel. Luego alguien así sería superior a mis fuerzas y acabaría por agotarme.
Medio-limón, estupefacta ante las rayaduras de sus contertulios, aventura: Pero en el fondo de lo que estáis hablando es de ser activo o pasivo, de arrastrar o de dejarse llevar.
Sandmann, que detesta ocupar un segunda plano, tío-tía hasta la médula, añade: Pero no es sólo eso. Tío y Tía son sólo unos términos. Desde la prehistoria (arriesga con el dato temporal...) el hombre ha sido el cazador, enfocando su mirada en un punto, y haciéndose especialista en ello. La mujer, recolectora por naturaleza o cultura, tenía una visión periférica, luego abarcaba en su mirada un espectro mucho más amplio y más rico de la realidad.
Daratea lo secunda: Es un poco como tu padre, acomodado en el sofá con su tele y sus periódicos, y tu madre, que desea compartir sus preocupaciones e inquietudes más allá de como ella misma las ve.
Medio-limón, un poco escéptica e incluso terminológica, cierra: Yo lo que no entiendo es la terminología, en el fondo ni tío ni tía ni ná!! Lo que estais hablando es de ser activo o pasivo en una relación!
A baja voz, se oye lamentarse al Sandmann: Del vano intento de compartir mundos... En el fondo, todo está en el blog...
jueves 14 de febrero de 2008
del vano intento de compartir mundos
liz norton
Cuando intento hablar de ella, el lenguaje (o al menos la más imperfecta de sus formas: el lenguaje escrito) muestra más que nunca esta misma limitación que aqueja al arte, e intentar comprehender el infinito que supone su sonrisa o su mirada en unas pocas líneas se me antoja una herejía. No obstante siempre he sido un poco hereje.
miércoles 13 de febrero de 2008
del arte de piet mondrian
Desde sus orígenes, el arte fue concebido como un intento de plasmar la realidad. Esta realidad podía ser interpretada por el artista de diversas maneras, y así ha sido durante decenas de siglos. Desde el hiperrealismo de Millet hasta el surrealismo de Picasso, los dos últimos siglos han sido especialmente fértiles en cuanto a las formas de plasmar este mundo con que se confrontaba la mirada del creador. Sin embargo, el artista siempre se ha enfrentado a una última limitación. Ya fuera en el vetusto mármol o en el impeclable lienzo, la obsesión del artista era captar en ese espacio finito una escena, un pedazo de la realidad que observaba, fuera cual fuera el modo de interpretarla. Así, el arte se enfrentaba a un eterno límite con el que lidiar.El arte de Piet Mondrian consiste en superar ese límite ancestral. Sus cuadros abarcan el infinito. Sus cálidos rojos, el equilibrio de sus azules y la inestabilidad del amarillo, junto al omnicomprensivo negro y al más puro blanco, se abren a lo eterno. El epicentro del arte de Mondrian nunca se encuentra encerrado en los límites del caprichoso lienzo. Este va más allá, supera el último límite que le quedaba al arte: el de la comprensión del infinito en lo finito. El espectador se convierte en creador, al dibujar con su mirada aquel resto de la realidad que el genio plasmó sobre su caballete. El arte de Mondrian tiene vocación de eternidad, pues a cada nuevo visitante, sus cuadros se reinventan en las salas de los museos que, silenciosas, custodian los lienzos que derribaron la última de las barreras que limitaban al arte.
lunes 11 de febrero de 2008
daratea
Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.Intentar hablar de Daratea resulta tan difícil como imaginar una vida sin ella. Incluso las palabras de Neruda la rebajan, limitan el torrente de creación, de evocación, de vida, que era Daratea. Caminar con ella por las calles de una ciudad que conoció el esplendor y la humillación, mantener una conversación sobre el perechorno en el matrominio y el cuatrimonio, y sufrir insólitas interrupciones porque la columna de humo que se levanta en el horizonte adquirió la forma de un armiño, eran placeres que serán difícil de sustituir. Compartía con placer y sin racanería sus líneas más memorables, te hacía partícipe de su último descubrimiento literario con la misma pasión con que luego desdeñaba una conversación sobre él, porque en su mente ese autor formaba ya parte del pasado. No recelaba de sus miedos, pero sólo los compartía enmascarándolos de juegos, como la rayuela que tanto le gustaba saltar. Reía con violencia y hasta con generosidad. Escapaba de la prisión de los relojes, sabedora de que quien te regala un reloj te regala un infierno florido. Se fue sin mirar atrás, corriendo en busca de un destino que ni ella misma comprendía, movida por la misma fuerza interna que, en tardes de Avenida, conoció en esos lemmings que buscan el océano que sacie su voracidad interior.
del miedo a ver lo que intuimos
En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.













