lunes 30 de noviembre de 2009

dos a uno

Ultimamente, la ciudad se empeña en ganarme por dos a uno. Puede que también tenga un poco de culpa el otoño. O la noche que, como todos saben, debilita los corazones. La cosa es que hoy me ha vuelto esa sensación de que la ciudad, o quizá la vida, se empeña en ganarme por dos a uno.

Pasear por una ciudad de noche puede ser una reveladora forma de conocer el mundo en que vivimos. A mí me gusta hacerlo las noches de frío, cuando parece que todo el mundo fuma un eterno cigarro que va exhalando poco a poco, devolviéndolo a la noche.

Hoy estaba paseando por la calles de Córdoba, solo. Como siempre. Para mí pasear es el acto donde la soledad cobra su mayor sentido y brinda su mayor esplendor. Pasear es el momento para pensar, para escucharnos, para sentirnos, para sentir la ciudad. Por eso para mí el paseo nunca lo he concebido como cosa de dos. Cuando comienzo a pasear, si sucede que voy con alguien al lado, ya comienzo a notar cómo me falta la música deslizándose por mis oídos. O siento su paso demasiado acelerado, o tal vez en exceso vago, o hasta caprichoso en sus altos en el camino.

Sin embargo, paseaba hoy por las calles de mi ciudad y ésta parecía empeñada en hacer patente mi derrota. A veces me pregunto qué pensaría un ser de otro planeta que bajara a la Tierra y observase ese curioso fenómeno según el cual las personas tienden a caminar de dos en dos, de sexos contrarios –normalmente-, y envueltos en una especie de acogedora burbuja. Imagino que ese es el atractivo de la pareja, de tener pareja en abstracto: la sensación constante de pertenencia, de pertenencia a algo que nos trasciende y que va más allá de nosotros mismos. O quizá sea de persistencia, de saber que cuando estamos ausentes siempre alguien nos evoca y en su recuerdo nos hace presentes. Pero creo que no, creo que lo que justifica esa especie de enfermedad (e ignórese el significado negativo de la palabra: hablo de algo extensible a todos, de fácil propagación y especial virulencia en según qué condiciones: para el caso, la noche, el otoño y el paseo) es realmente la necesidad de sentir que no estamos solos en el mundo. Que pertenecemos a algo. Que pertenecemos a alguien. Que somos parte de algo de lo que vale la pena serlo, porque eso nos hace especiales, únicos, insustituibles (de ahí la nula tolerancia en esta misma sociedad ya no sólo a la más que natural poligamia –masculina y femenina-, sino incluso al mero desliz).

Lo curioso de esa enfermedad que lleva a la gente a buscar la compañía del otro (en singular) es que contagia incluso a quien en ese momento no la sufre y, ¡oh maldito destino!, se encuentra traicioneramente caminando solo. Es curioso cómo la gente que camina sola no pasea, sino que se traslada de un lugar a otro. Normalmente buscan el refugio de las paredes: rara vez caminan por mitad de la calle. Y el teléfono móvil ha venido a salvarlas de ese delicado momento en que se sienten observados por todos aquellos que, agarrados de-la-mano-del-brazo-de-la-cintura, los miran de forma quizá un tanto reprobadora sin entender el porqué de su soledad.

Las personas que por azar o destino se encuentran paseando solas, suelen mostrar en su cara y en cada uno de sus gestos el porqué de esa –temporal- soledad. Se dirigen rápido a la cita que les espera. O miran impacientemente el reloj manifestando aún más claramente esta situación. Otros simplemente agachan la cabeza y casi corren, queriendo quizá ocultar el oprobio que sienten ante su propia situación. Cuando paseando solo me cruzo con alguien que también camina en soledad, sé que de alguna manera les resulto un remanso de paz. Algunos me miran buscando la complicidad del que se encuentra en su misma situación. Otro, disfruta de la atención perdida pues mi paso extraordinariamente calmo dirige sobre mí las atenciones de las parejas que abrazadas sueñan con habitaciones de hotel desocupadas.

Creo que la ciudad va a tener que seguir intentando convencerme de que la victoria es suya. De que dos es mejor que uno. A mí, mientras me dejo atrapar y caigo en la cómoda hermandad que trae la enfermedad, me seguirá gustando acariciar la noche en las paredes de mi ciudad, solo, sintiéndola como una gato cuyo lomo se arquea al pasar la mano que acaricia y siente.

lunes 9 de noviembre de 2009

tan exquisito como irrelevante

Hoy por fin ha sucedido algo que llevaba meses esperando. Hoy, nueve de noviembre de dos mil nueve, cumplo 10.000 días.

Ya el cumpleaños "normal" es absurdo, pues lo que viene a celebrar es algo así como que la posición de la Tierra con respecto al sol es aproximadamente la misma que cuando tú naciste "x" años atrás (aunque bueno, el "aproximadamente" es bastante relativo pues la Tierra se desplaza a la nada despreciable velocidad de 30 kilómetros por segundo). Y sí, no niego que este díaversario que se me acaba de ocurrir sea aún más absurdo (ya que celebro que hoy hace 10.000 giros de la Tierra sobre su propio eje que yo nací).

Pero bueno, a mí me hace especial ilusión, y aquí quería reflejarlo.

lunes 19 de octubre de 2009

guardo una tarde de rif




chauen revisitado

Pues va a resultar al final que hay que revisitar también muchos de los lugares comunes en los que todos creemos, para asumir que segundas partes no siempre fueron malas. Ya me ocurrió con los Andes, o mejor dicho con el Perú, y ahora ha vuelto a ocurrirme con el Rif, o mejor dicho con Marruecos.

Como ya he comentado en alguna otra ocasión (sin que, por otra parte, resulte ningún aporte novedoso), el entorno es como un gran espejo que no hace sino proyectar los estados de nuestro alma, o de nuestro pensamiento, o de nuestro sentimiento. El entorno es sólo un potencial en el que reflejar, para recoger, los frutos de las semillas que llevamos dentro. Por eso un país, una persona, una estación del año, o la camisa que rescatas del ropero años después, puede ofrecernos una realidad totalmente distinta en función de cuándo acudimos a ella.

En esta segunda estancia larga en el Rif, he decidido operar primero un cambio interno para poder disfrutar de los cambios externos, que normalmente suelen ser más difícil -o al menos lentamente- modificables. Estoy aprovechando la estancia para recuperar un poco los ritmos. Levantarme un sábado y un domingo con el sol (cuando normalmente su salida significa para mí la hora de ir a la cama), tomarme los paseos con la calma del que sabe que son un fin en sí mismos, no un medio para desplazarse de un lugar a otro, sentarme a escuchar y a mirar, no a oír y a ver. Pequeñas tonterías, pequeños tópicos y lugares comunes, sí, pero que raramente nos detenemos a hacer de verdad. Como una buena amiga me dijo un día: "disfruta de todo con los sentidos abiertos, disfruta del olor de las alcaparras en los mercados".

La verdad es que vivimos, yo el primero, con la ansiedad y la prisa metidos en el cuerpo. Se me hace raro entrar en una tienda para comprar un pañuelo, y estar veinte minutos hablando con el dependiente, mientras en España las tiendas se están convirtiendo en lugares con música techno a todo volumen donde el dependiente es ese rostro indiferente que pasa tu tarjeta de crédito y te dice "bienvenido; hasta la próxima". Y no es que no lo prefiera. De hecho, me molesta soberanamente que algún dependiente se me acerque en una tienda a decirme lo maravilloso que me queda todo lo que me pruebo, o que lo que me queda pequeño estirará y lo que me queda grande encogerá, y en el caso de Marruecos me molesta especialmente que de esos veinte minutos de charla los últimos cinco sean para demostrarle que sabes que te está intentando cobrar un sobre precio que consideras abusivo.

Soy un animal urbano, un animal social y un animal nocturno, que necesita del contacto constante, horizontal (en ambos sentidos) y picaresco con el sexo contrario. Por eso no trato de decir que me sienta el más marroquí del mundo, ni siquiera el más afín a esta cultura machista, religiosa y añeja en muchos aspectos. Sólo que al revisitar mi relación con Chauen, con esta cultura y este "estar en el mundo", he encontrado mi equilibrio, que al fin es de lo que se trata en el viaje que es la vida. Y eso me hace feliz.

lunes 5 de octubre de 2009

jamás te recordaré...

...porque nunca voy a olvidarte.

miércoles 23 de septiembre de 2009

animales sociales

Hacía tiempo que no me ocurría algo como lo de ayer, y había olvidado lo estimulante que era. Estaba con algunos amigos de la ciudad tomando una cerveza, y uno de ellos nos invitó a acompañarlo a una plaza donde lo esperaban otro grupo de amigos suyos. Con la poca esperanza que genera entrar en un grupo nuevo de más de tres personas, en los que es casi imposible cruzar más de cuatro palabras con cada uno, acabamos sentados todos alrededor de una mesa mastodóntica donde se mezclaban extranjeros, desconocidos, conocidos, y algunos pocos amigos cruzados, y como era esperable se crearon subgrupos de gente conocida entre sí. Sin embargo, cuando aquellos que me eran "más cercanos" se marcharon, decidí quedarme apurando un último refresco, pues la noche era agradable y el elevado número del grupo me facilitaba sumergirme en mí mismo si así lo necesitaba.

La sorpresa fue mayúscula al comenzar a hablar con un chico que llevaba toda la noche sentado a mi lado, y en el cual apenas había reparado antes (salvo porque, seamos honestos, iba acompañado de una chica bastante mona). Ahora no recuerdo cómo inició la conversación ni cómo fue derivando la misma hacia otros temas. La cosa es que tras poco más de quince minutos estábamos hablando de temas que para mí tienen gran interés. En la medida en que él era biólogo, la conversación se centró mucho en la naturaleza del hombre y sus actos, en la psicología y la genética, y bueno, también fue derivando hacia temas más filosóficos como la búsqueda de la felicidad (con una muy interesante y a ratos brillante exposición sobre qué es la felicidad y su repercusión en el sistema orgánico del ser humano).

No estoy aquí para hacer un resumen de aquellas conclusiones a las que llegamos, o de las ideas que el uno fue germinando en el otro, para su posterior repensado y maceración en casa. Sólo quería decir que fue estimulante encontrar a alguien nuevo, y poder compartir a decentes niveles de profundidad (o al menos más allá de los lugares comunes) impresiones sobre temas en los que no siempre es fácil encontrar interlocutores.

jueves 10 de septiembre de 2009

peligro


Dame tu mano, vuela conmigo. Seremos soledades y sueños compartidos.

martes 4 de agosto de 2009

hijos de los hombres

¡Vaya! Me doy cuenta de que, a pesar de que me considero una persona bastante amante del cine (si bien es cierto que tras la explosión cinéfila de hace unos años, ahora de forma mucho más relajada), no hay ni una sóla crítica cinemátográfica en las páginas de mi blog, siendo éste sin duda uno de los grandes temas de la mayoría de blogs. Qué curioso... La cosa es que quizá a través de la crítica a esta película se desvele el por qué de esta decepción cinéfila.

Que el cine es una gran trampa no escapa ya a nadie. Que -como toda obra cultural- tiende cada vez más a homogeneizarse en sus formas y en sus fondos, tampoco es una novedad. Pero bueno, empecemos desde el principio. O como mandan los cánones, haciendo un pequeño spoiler de la historia que nos cuenta esta cinta.

Londres. Año 2027. El género humano afronta su posible extinción tras más de 18 años sin que haya sido engendrado un sólo bebé. El mundo, ante la inminencia de su fin, ha entrado en el más absoluto de los caos. Los inmigrantes han tomado el mundo desarrollado y todas las ciudades caen bajo una anarquía violenta. El único bastión de "civilización" que sobrevive es una Londres militarizada, que caza y encierra en campos de concentración a los ilegales que inundan sus calles. La muerte de la persona más joven de la tierra, junto a una serie de atentados perpetrados por grupos de activistas armados que luchan por "devolver la cordura" al mundo, terminan por conformar la macrohistoria.

En cuanto a la intrahistoria, tenemos a una fugitiva negra embarazada. Estamos pues ante el nacimiento del primer bebé en 18 años, aquello que puede traer la esperanza o la destrucción al planeta. Y aquí empieza el primero de los clichés que inunda la película: para llevarla al Proyecto Hombre, necesitan de la ayuda del protagonista: un antiguo activista que, tras abandonar la causa, se nos presenta como un alcohólico sin moral que trabaja para la burocracia londinesa. Un cínico que poco a poco irá reconciliándose con el mundo, gracias al recuerdo de su hijo perdido, y que se debate en una lucha interna entre la fe y el azar, entre la causalidad y la casualidad.

Y desde este punto, comienza la sucesión de tópicos que en el fondo espera todo el mundo que llena las salas de proyección. Unos malos malísimos, unos buenos buenísimos, sacrificios, luchas de las que sólo salen vivos quienes tienen que salir, los malos bien muertecitos al final, los héroes bien homéricos al final, la mujer del cínico que muere cuando está volviendo a enamorarlo, su mejor amigo que muere encubriéndolo, y en fin, él mismo muerto al final de la cinta por una herida de bala inflingida protegiendo a la chica y al bebé al que previamente había ayudado a nacer. Héroe, mártir, símbolo, genio y hasta comadrona, qué más se le puede pedir a un ex-alcohólico!

La cosa no es que la película rebose de tópicos; Otras muchas lo han hecho antes y ahora son tildadas de clásicos (he ahí como ejemplo paradigmático "El hombre tranquilo", de John Ford. Pero a estas películas que son premeditadamente tópicas se le perdona todo, especialmente si en ellas aparece John Wayne). La pena es que desvirtúa de forma infame una macrohistoria que podría ser muy interesante. Y no sólo eso, sino que precisamente esta ignorancia de la historia marco es lo más aplaudido por la gente.

Hay películas, al igual que libros, en los que poner el centro de atención en la intrahistoria enriquece la propia obra. Quizá el ejemplo más actual sea la novela "La carretera", de Cormac McCarthy. En la novela se ignora absolutamente el motivo por el que el mundo ha llegado a ese punto de destrucción, mientras que en la película se empeñan en explicarnos con detalle cómo todo ello se debe al cambio climático.

En fin, que parece que el cine (o al menos el cine de ciencia ficción) adolece cada vez más de un cierto estrabismo que le hace incurrir siempre en la peor elección posible. Y ello porque las historias han llegado a encorsetarse de tal manera que todas ellas presentan una estructura común, y bastante desafortunada. En la primera parte de la misma se presenta al personaje principal y la situación (he ahí Minority report, 28 semanas después, Inteligencia artificial, la futura La carretera, o ejemplos más allá del cine de Sci-Fi, como 300 o tantas otras), y los otros dos tercios de película no son más que un accidentado viaje en el que no se profundiza en la historia.

Sin embargo, y puestos a hacer una crítica total de la película, creo justo enumerar también sus aciertos. La dirección y algunas interpretaciones son muy buenas (aunque la dirección bebe demasiado del hiperrealismo de "Salvar al soldado Ryan", película que algún día será elevada al lugar que merece por cómo cambió el modo de realizar cine, aunque también muera de tópicos), hay escenas que por supletorias no dejan de ser sorprendentes (como la del coleccionista de arte en plena extinción de la humanidad o el retrato del ghetto al que llevan a los ilegales), y en general consigue lo que se propone: entretener a la masa palomitera a quien va dirigida.

En fin, podría y quizá debería profundizar muchísimo más en cada uno de los temas, pero con esto del microblogging parece que mis entradas inevitablemente extensas ya no están de moda, así que la dejaremos aquí agradeciendo cualquier comentario al respecto que pueda enriquecer un potencial debate. Saludos.

lunes 3 de agosto de 2009

(re)lectura

La lectura, como ya he dicho en alguna otra entrada, me parece uno de los placeres más egoístas -o mejor, más individuales- que existen. Alguno encuentra dicho placer en que el libro le ayude a pasar el rato. Otro, en que el libro le haga sentir más importante, formado o culto que sus congéneres. Y hay incluso el que encuentra el placer en el mero hecho de la posesión del libro, más que en su lectura. Mi caso es otro más entre los posibles: encuentro el placer de la lectura en la promesa de relectura que todo libro esconde.

Y es que más que un lector, me considero un voraz relector. Hay libros que los leo y ya desde la segunda página los sé condenados al olvido, mientras que hay otros en los que estoy disfrutando por anticipado del inmenso placer que me supondrá su relectura. Especialmente porque dudo mucho que de una sola lectura pueda sacarse la mitad del jugo que contiene una obra que valga la pena leer, o mejor dicho que valga la pena releer.

Aquellos que escribimos, ya sea en un bloc, en un blog, o en hojas sueltas de papel que luego pasan al olvido, sabemos que cada línea, cada palabra, cada coma incluso, tienen una razón de ser y una razón de estar. Nada es gratuito: ni el ritmo, ni la cadencia de las palabras, ni las aliteraciones de sonidos, ni las siempre ignoradas elipsis, ni las descripciones que a menudo leemos de pasada. Todo tiene una razón de ser y una razón de estar. O de no ser y de no estar.

Una de las condenas de todo libro es ser interesante, o peor aún, crear intriga. La misma fuerza centrípeta que nos obliga a devorar las páginas en busca de los siguientes sucesos de la historia actúa como fuerza centrífuga que nos aleja de la infinita riqueza de la prosa que los contiene. Es especialmente en estos casos en los que la relectura cobra tanto peso, deviene tan necesaria. Sólo cuando no estamos urgidos por el "qué pasará", o por aquello en lo que va a acabar coludiendo un ensayo, podemos relajarnos y centrarnos por igual en el contenido y en el continente.

Por eso, cada cierto tiempo, más que a leer algunos libros nuevos a lo que me dedico es a encontrar futuras relecturas. Alguien dijo alguna vez que la vida es demasiado corta para tantas bibliotecas. Sin duda es así, pero al menos nos queda el placer de conocer bastante bien aquélla que el azar o la providencia ha hecho que llegara hasta nuestras manos.

O quizá es sólo que soy uno de aquellos que creen en lo que dijo el maestro Borges: Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.

¿Qué hacemos entonces ante la proliferación de tanto blog?

domingo 21 de junio de 2009

ser de izquierdas (2)

¿Qué es ser de izquierdas? ¿Acaso es algo más que una postura estética? ¿Algo más que caminar con el labio torcido y lamentar en camarilla las vilezas que se cometen en el día a día? ¿Algo más que reuniones y cenas con los amigos, a media luz, entregados al arte de criticar nuestra vida burguesa, como si con ello la anuláramos? ¿Algo más que una vacía declaracion de intenciones traicionada a cada paso, a cada segundo? ¿Ser de izquierdas es saber que todo esto no es más que vacía lamentina, pero creer que esta lamentina nos hace de izquierdas?

viernes 19 de junio de 2009

carta

Necesito hablar contigo pero no estás aquí, así que te escribo. De todas formas, muchas veces lo que llamamos hablar entre nosotros consiste en soltar una letanía y saber que el otro la lee y la comparte, ¿no es cierto? Por eso podemos pasar años separados y siempre sabemos que el otro está ahí, que quizá es la persona que más nos acompaña en cada uno de nuestros viajes. Porque en cada recuerdo, en cada pensamiento o palabra, sabemos que está ahí con nosotros, como un vigía secreto de nuestros pasos.

Pero hoy tengo la especial necesidad de hablar contigo, no sé. Hace mucho que no compartimos neologismos más allá que de forma virtual, hace tiempo que nuestros culos no deforman el tapizado de una silla cualquiera de un bar cualquiera -o calientan la madera de un banco- mientras los demás nos miran con incomprensión.

Cuántas veces hemos confundido esa incomprensión con halago. Incluso con envidia y con admiración. Y sin embargo no, bajo esa incomprensión sólo flota una confusión, el pensamiento de que somos dos almas extrañas que o bien tienen mucho tiempo para aburrirse o muchas ganas de regocijarse en sus propias miserias.

¿Recuerdas esas calles de Granada? ¿Recuerdas la sala de esa iglesia improvisada museo? Cómo nos sentíamos especiales cuando recorríamos sus piedras hablando del posmodernismo, cuyo corolario es nuestra actitud de sempiternas lenguas en constante dialéctica. Pero quizá por eso tengo hoy tanta necesidad de hablar contigo. Porque esa dialéctica -aunque a veces me duela admitirlo- me falta. Cómo la echo de menos en las personas que encuentro. ¿Tú la encuentras en él? ¿O has optado por las pequeñas huidas de fin de semana como hago yo, hacia un blog, o un bloc, o una charla introspectiva?

La verdad es que quizá la comunicación sea la mayor de las utopías. ¿Recuerdas cuando se empeñaban en que debía hacer una tesis y yo me negaba obstinadamente porque no quería pasarme el resto de mi vida leyendo de forma condicionada? Pensaba que cuando te especializas tanto en algo, todo lo ves bajo el tamiz de su cristal, y no quería eso para mí, siempre a la defensa de mis cada vez más asentados seudópodos. Pero con tesis o sin tesis la verdad es que al final he acabado haciéndome favorito de esto y no de aquello, y creo que si esa tesis existiera algún día sería sobre la comunicación. Mejor aún, sobre la imposibilidad de la comunicación (¿no es acaso este blog un ejemplo viviente sobre la imposibilidad de compartir mundos?). El problema es que esa tesis, para ser honesta, debería contener exclusivamente páginas en blanco. Como digo siempre, "quien quiso entender ya lo hizo", y no me cabe duda de que ante la explícita página en blanco al menos un miembro del tribunal me distinguiría con el Sobresaliente cum laude. Si no fuera así es que ha dejado la pena intentar salvar el mundo de la docencia (o cabría decir "de la indecencia", haciendo aliteración analógica).

En el fondo todo lo que leo o escribo esta orientado hacia la comunicación, como hace algún tiempo lo estaba hacia la nostalgia. ¿Acaso no es Pastoral americana un monumento a la incomunicación, a las máscaras que nos condenamos a llevar ya sea en la más ímproba de las actitudes norteamericanas, ya sea en la más extremista de las religiones orientales?

Por eso últimamente, y aunque lo necesito tanto, me canso tan fácilmente de escribir, de intentar comunicar. Me da una pereza infinita empezar a construir y deconstruir un discurso, pero siempre me obligo a ello. No para epatar, no para sorprender y desde luego no para adoctrinar. Sólo porque necesito algo de estructura en esta cada día más abotargada mente. Mis pensamientos cada vez más se parecen a un cuadro impresionista. Esbozos, bocetos, difuminaciones. Como las esculturas inacabadas de Miguel Angel sobre los esclavos cautivos. En cuanto algo empieza a despuntar, a cobrar forma, le salen cien brazos en direcciones opuestas, y no puedo ver la luz sin la sombra, el ying sin el yang. Las ideas giran en una nebulosa y siempre se suman nuevos trazos al lienzo, como un último matiz que da al tapiz un trazo distinto.

En fin, quería escribirte y ya lo he hecho. Creo que me siento algo mejor, al menos han disminuido las ganas de correr y de gritar. ¿Te das cuenta como siempre recurrimos a las mismas imágenes? Una chica que baila descalza en un parque, una niña que sostiene la mano de un anciano, una persona gritando su silencio desde una roca en la cima de una montaña. ¿Será verdad eso que dicen que no hay conversación o discusión en la que no asumamos una postura ya descrita por el pensamiento aristotélico o platónico?

Bueno, igualmente a ti y a mí siempre nos entretuvo ese juego infinito de espejos, ¿no es cierto?

Cuídate, y espero verte pronto.

todo en este mundo necesita su tiempo

Lo peor de estar en la distancia no es la distancia en sí, no son los implacables metros que separan, no es ese inacabable océano mar que parece eterno. Lo peor de la distancia es la incomunicación. Es no poder recurrir a Daratea, a mi madre, a mi hermano, a Ana o a ti para sentarnos a hablar y dejar que corran las horas muertas. Mi amor por la soledad siempre se ve contrapesado por mi necesidad de compartir mundos, temores y rumias, visiones y esperanzas. Necesito hablar de la pastoral americana y de la pastoral universal, necesito hablar del otro que es uno mismo tras el inevitable curso de los días, necesito compartir que es una pena no ser ave de paso, ni proa que acuchilla siete mares.

jueves 11 de junio de 2009

¿dónde está la izquierda?

Hoy el tema viene espeso. Hoy miro un poco desde la distancia (material, que no geográfica) el curso que está siguiendo la política a nivel internacional, y no puedo sino preguntarme: ¿dónde olvidamos la honestidad?, ¿cuándo perdimos el rumbo?. ¿Hemos alcanzado realmente el tan preconizado final de la historia?, ¿han muerto las ideas tras la caída del muro de Berlín?

Me sorprende como, apenas 50 años atrás, unos ideales, la lucha por las necesidades, ese sueño de otro mundo mejor, bastaban para movilizar a millones de personas en busca de un verdadero cambio. Y no es una cuestión meramente nostálgica de idealización del pasado: realmente hace poco más de un siglo comenzó una verdadera revolución cultural en la cual los oprimidos (hay que recuperar ese lenguaje que tratan de vendernos como obsoleto y fuera de contexto, ese lenguaje de aquellos que -aunque dicen que sólo justifican sus vilezas personales en el superior ámbito de "la lucha"- se atreven a levantar la alfombra y ver la mierda que llevamos años escondiendo debajo) soñaron con otro mundo posible, de fraternidad, donde los países no fueran territorios separados por una caprichosa frontera, compitiendo entre sí para ver quién lidera la carrera del PIB, la carrera armamentística, la carrera nuclear, la carrera espacial. Soñaron el mundo no como una carrera de todos contra todos, sino como una carrera contra el hambre, una de esas carreras en las que no importa quién gane, sólo importa sumar participantes por una causa común.

A esa gente, a esos luchadores, se les dio el nombre de izquierda, el nombre de progresistas. Hoy, nos han vetado hasta el lenguaje. Progresista viene de progreso, y el progreso se consigue mediante la acumulación de riquezas, de tecnologías, de bienes. Izquierda es esa idealizada visión del mundo de los que son tan ingenuos como para creer aplicable algo que sólo funciona en la teoría, algo que la cruel realidad del hombre derriba. Incluso se permiten concedernos la victoria moral de nuestras ideas (que no ideología), diciendo "si yo estoy de acuerdo que el comunismo-socialismo sería lo ideal, si está claro que en teoría es lo mejor. Lo que pasa es que en la práctica no funciona, en la práctica acaba siendo una dictadura mucho más represiva que la del capitalismo, como demuestran los ejemplos de Rusia, China o Cuba".

Y nosotros agachamos la cabeza, miramos para otro lado avergonzados, y callamos. Concedemos la derrota de una idea, les entregamos voluntariamente el lenguaje, y aquello que no se nombra no existe, o existe tergiversado en función de quien, dando nombre al mundo, lo reinventa.

Y yo me pregunto, ¿dónde está la izquierda? ¿Dónde estamos todos aquellos que miramos el mundo y nos avergonzamos, todos aquellos que viajamos a Latinoamérica, a África, a Asia, o a los suburbios europeos y norteamericanos, y nos sentimos deshonrados? ¿Dónde estamos aquellos que sentimos como una ofensa el hecho de que bajo nuestro nombre y con nuestra connivencia tácita todas estas aberraciones sean posibles -es más, que seamos los causantes-? ¿Por qué si hace menos de un siglo una idea bastaba para movernos, para indignarnos, para inventar otros mundos posibles -aunque fracasaran, aunque en algún momento se desviaran-, ahora no basta siquiera para hacernos salir del sofá y depositar un voto en una urna? ¿Quizá porque las opciones han desaparecido? ¿Quizá porque la izquierda, para sobrevivir, ha ido avanzando poco a poco con tanta determinación hacia el centro que cuando votamos entre A y B (no soñemos siquiera ya con votar entre A y Z) sabemos que estamos votanto entre A y A'?

El discurso puede beber de numerosas (quizá demasiadas) fuentes. Quizá el muy ilustrativo ejemplo de Tony Blair quede muy lejos de contexto, pero en España tenemos uno parecido: el ejemplo de Zapatero.

Cuando empezó a salir por televisión, a mí me sorprendió enormemente una foto suya, aún joven -con la mirada aún despierta de aquél que se pregunta-, sentado asistiendo a un discurso si no me equivoco de Felipe González. En sus ojos se leía toda una historia: de esperanzas, de sueños, de proyectos, de cambios. ¿Qué queda de esa fotografía en el gris presidente que hay hoy en España? ¿Qué de su forma de entender la política como una entente cordial? ¿Cómo ha podido caer tan rápido en la trampa del muro contra muro, dejando además que sean los otros los que decidan dónde construir ese muro y qué reglas del juego darle? ¿Por qué abandonó su idea de honestidad, de alianza de civilizaciones, el discurso por la paz? ¿Por qué aceptó las reglas de los otros, su constante lucha dialéctica, su hipocresía y falsedad? ¿Por qué? Realmente me pregunto, ¿por qué? La respuesta me parece tan sencilla como triste: porque cayó en el mismo error de confundir el fondo del discurso, de las ideas.

La izquierda no puede competir con la derecha en sus mismos términos. Es como si una persona de 2 metros le dijera a una de 1,50 "¿a ver quién llega más alto con la mano?". Es incompatible llegar muy alto con la mano con tener una estatura baja, y competir en estos términos no hace a la otra parte sino reírse de tus vanos intentos de estirar el brazo más allá de lo natural, dándole a tu discurso un aire de apagafuegos que no lleva a ninguna parte. El problema de Zapatero, el problema de eso que nos dicen que es la izquierda pero que desde luego no promueve nuestras ideas, es que se ha ido desplazando tan progresivamente hacia la derecha que no se ha dado cuenta (aunque yo creo que sí que se han dado cuenta perfectamente) de que ha entrado en el terreno de juego de los otros, con las reglas que estos marcan y que por tanto conocen y pueden ir modificando a su antojo, mientras que esa izquierda-que-ya-no-es-izquierda baila al son que le tocan intentando no perder el ritmo.

Parece que la gente que aún cree en esa izquierda no se ha dado cuenta todavía de que a la derecha no le importa la falsía, que nunca le ha importado. Defienden un sistema de mercado autorregulado, que es como meter en la misma piscina un banco de sardinas y un par de tiburones y dejar que se intenten comer entre ellos a ver quien gana, y lo venden -sabiendo que es radicalmente falso- diciendo que los más beneficiados de tal sistema serán sin duda las sardinas. Y no se preguntan por qué entonces los tiburones gastan millones en sus campañas de publicidad, a través de sus diarios y emiroras, etc. en promulgar su credo. ¿Para beneficiar a las sardinas o para dar aguas libres a los tiburones que ellos mismos encarnan? (Y habrá quien diga "pero si al PSOE también lo apoyan PRISA y muchos otros empresarios!". Bueno, quien todavía no haya entendido de qué va la izquierda que defiendo mejor que deje de leer aquí).

Por eso -volviendo a la pregunta del inicio- la izquierda ha perdido la capacidad de movilizar a la gente: porque aquellos que sabemos de qué hablamos cuando hablamos de izquierda nos damos perfecta cuenta de que ya no existe.

Mientras, esos que siguen llamándose de izquierdas se lamentan de la abstención, diciendo (como es cierto a medias) que la abstención perjudica a la izquierda (y digo cierto a medias porque perjudica a "su" izquierda), y en vez de preguntarse dónde está esa izquierda, lo que hacen es abogar por una participación contra la derecha, abogar por un voto útil, abogar por A' en vez de por A. En vez de decir "¿qué estaremos haciendo mal para que la gente realmente no vaya a votar, para que la gente no vea al final de estas nubes grises un jirón de luz, un poco de esperanza?", echan la culpa al perezoso votante de que por su abstención volverá a gobernar la derecha, lo cual sin duda es peor para todos. Pero yo me pregunto, ¿hay realmente diferencia entre un potencial gobierno de la derecha en España y el que actualmente hay? ¿No será quizá porque la respuesta a la anterior pregunta es "no" por lo que la gente se queda en casa?

Cuando en la mirada de Zapatero brillaba algo, la gente salió a la calle. Cuando Obama propuso un discurso distinto, la gente salió a la calle incluso en Estados Unidos. Y ni uno ni otro son ejemplos de izquierda, de la izquierda en la que yo creo. Pero al menos son ejemplos de ilusión, son ejemplos de la esperanza de que al margen del camino hay otras vías esperando, aunque las suyas discurran muy paralelas a la vía principal.

A aquellos que creemos en ese otro mundo posible no se nos gana diciéndonos que pronto volveremos a crecer al 3%, no se nos gana peleándose sobre quién robo más o mejor, sobre los trajes de un tal señor Camps o los muertos de un avión Yak-42. Se nos gana construyendo alternativas, se nos gana cambiando los términos del debate. Sabemos que la felicidad no está en el crecimiento constante de los bienes a poseer.

Nuestro progresismo no consiste en llegar los primeros a la meta corriendo con tanta fuerza que no nos queden energías para mirar atrás y ayudar a los que se quedan rezagados, o que ni siquiera podamos disfrutar del paisaje por el que transitamos. Nuestro progresismo consiste en un paseo fraternal, no en una competición bajo unas reglas que ni contribuimos a establecer ni compartimos. Dentro de 20 años quizá sean posibles los viajes espaciales, o la teleportación instantánea de un lugar a otro del planeta, o tener la biblioteca de Alejandría en un microchip en el cerebro, o yo qué coño sé qué será posible. Y nos dirán "sólo gracias al progreso esto es posible, si no hubiéramos seguido por esta vía seguiríamos teniendo que viajar en avión, o comprando molestos libros", y volviendo a tergiversar el discurso seguiremos diciendo toda la vida "sí, pero...". Y algo seguirá fallando dentro de nosotros y no sabremos cómo verbalizarlo: tan seguros se muestran ellos en sus aseveraciones que por fuerza deben ser las nuestras las erróneas.

¿Dónde está la izquierda? La izquierda está dentro de nosotros, está en ese "si, pero..." que no podemos dejar de hacernos. Parece que la importancia del factor personal -Blair, Zapatero, Obama (sic)- no arroja soluciones. Habrá que buscarla en otra parte. Yo estoy más que preparado para ello. ¿Me acompañas en este viaje?

jueves 14 de mayo de 2009

espacios

Detrás de la cafetería de la universidad donde trabajo hay un pequeño espacio al aire libre, donde esperan -la mayoría del tiempo en vano- unas pocas mesas y algunas sillas cubiertas por el polvo. Está justo al lado de un trastero donde cada cierto tiempo entra un hombre blanco, que aparece de vuelta en este lado ataviado con latas, rollos de papel y hasta algún cazo. Ese trastero es motivo de nuestras conversaciones, eternos habitantes de ese espacio que no es bar (pocos son los otros que ocupan sus mesas, quizá debido a nuestras inquisidoras miradas), ni es calle (por sus aceras no transitan estudiantes, menos aún profesores).

Cuando quiero hacer una pausa del trabajo para fumar un cigarrillo, puesto que nunca he fumado, lo sustituyo por visitar este espacio, con mi música al oído y un cierto misticismo en la mirada. Cuando descubro que tiene otros ocupantes me irrito levemente, pues lo considero una sutil forma de sacrilegio. Sin embargo me consuelo pensando que los espacios están para construir y para integrar, y que el día que aprendan a habitarlo con otros ojos, formarán parte de él.

miércoles 13 de mayo de 2009

mass media

La verdad es que a pesar de que trato de evitarlo -y en lo posible paso los días sin ver la televisión o leer un periódico- a veces es casi inevitable toparme con uno de estos medios de comunicación hijos de un mass media. Y así cae entre mis brazos algún periódico, o en un bar me topo con un telediario.

Mientras más pasa el tiempo y comienza uno a hacerse una idea del mundo -una idea fundada ya no tanto en impulsos sino en tardes de reflexión-, menos comprendo a la gente que sigue acudiendo a estos mass media para “mantenerse informada”. Con la visión que te da la perspectiva del que mira la realidad un poco desde fuera, me sorprendo quizá más que mis compañeros al comprobar, por ejemplo, que mientras hace una semana la gripe porcina iba a acabar con el 40% de la población europea e iba a obligar a cerrar escuelas y empresas para evitar un contagio universal, hoy se la llama gripe A (o incluso gripe H1N1, creo) y no pasa de ser una nota a pie de página en estos medios de (des)información.

Lo curioso es que del brote de meningitis que se ha cobrado más de 2.000 vidas en África Occidental, o de la epidemia de dengue que ha brotado en la zona andina de Argentina y Bolivia, pues la verdad es que nadie habla. Bueno, no es que nadie hable, porque entonces yo no podría saber que eso está ocurriendo en este mismo momento. Es que estos mass media no están interesados en hablar de ella. Al fin y al cabo la gripe porcina está afectando a 2.000 personas en Estados Unidos, y la meningitis está bien controladita afectando sólo a 56.000 subsaharianos.

En fin, que ya no me sorprende que ahora sólo importe la píldora postcoital (yo sigo llamándola píldora del día después y cada vez me entiende menos gente...), como hace un mes sólo importaba el aborto, o el lince, o lo que fuera que defendiera esa campaña. Lo que más me ha sorprendido ha sido la tremenda fuerza que tienen estos medios para influir en los temores de la gente.

Ayer leía en alguno de estos diarios que lo que más preocupa a la gente es el paro y la crisis (financiera, que no porcina), quedando en situaciones totalmente marginales otros “clásicos” de medalla, como son la vertebración de España, la inseguridad ciudadana o la inmigración. Temas que hace tres meses hubieran encabezado con orgullo esta lista.

La verdad es que eso me dio bastante que pensar. Me dio por confirmarme en la idea de que la gente somos básicamente estúpida. Nos gritan desde un púlpito “¡porque A es una vergüenza!”, y montamos la revolución, y nos gritan desde el mismo púlpito “¡porque B es un despropósito!”, y con la misma fuerza y vocación montamos la contrarrevolución. Me recuerda demasiado a 1984, cuando la guerra coyuntural entre Eurasia y Eastasia podía devenir en acuerdo de paz común para luchar contra Oceanía. E incluso si este acuerdo de paz avenía durante un discurso contra Eastasia en el cual la gente gritaba enfervorizadamente contra sus enemigos, en el trascurso del mismo discurso se cambiaban las palabras y los gritos de repulsa devenían gritos de apoyo.

Como marionetas de pantomima, las charlas de café, los encuentros en las plazas (cada vez menos comunes) y hasta las charlas postcoitales (o las del día después) se nutren de esos últimos lugares comunes que nos venden desde el púlpito de turno. Y ahí tendremos que seguir soportando las criticas aquellos que, ¡oh irresponsables apolíticos!, abrazamos la opción de seguir desinformados.

martes 12 de mayo de 2009

el sitio de tu recreo

Dónde nos llevó la imaginación,
dónde con los ojos cerrados
se divisan infinitos campos.
Dónde se creó la primera luz
germinó la semilla de cielo azul.
Volveré a ese lugar donde nací...

de la necesidad de verbalizar el mundo

Ya lo dicen las sagradas escrituras, ¿no? En el Principio era el Verbo. Que el Verbo fuera en Dios y que el Verbo fuera Dios ya es ir demasiado lejos, pero hemos de admitir que los filósofos que redactaron la Biblia sabían lo que hacían. Aquello que no tiene nombre, aquello que no puede ser nombrado, no existe (curiosa la paradoja cuando, a posteriori, nos prohiben usar el nombre de Dios en vano, ese Tetragrammaton que tan desiguales líneas ha suscitado entre los literatos).

La que parece clara, sin ánimo de sacralizar el discurso, es la necesidad de verbalizar el mundo. Y lo digo en el sentido más mundano del término. Para hacer real la vida, un sentimiento, un temor, la vía más válida (la única útil de hecho) es la de verbalizarlo. Hacerlo presente, hacerlo cobrar forma más allá de nuestro mundo interno. Por eso el lápiz y papel tampoco son suficientes.

Cuando alguien comparte conmigo algún temor, ya sea a una enfermedad o a un abandono, siempre le insto a verbalizarlo claramente. Ha decir palabra por palabra aquello que teme, aquello que ya intuye. "Creo que tengo cáncer"; "Mi pareja está con otro". Cuando externalizamos aquello que vive en nuestra mente, nos damos cuenta del verdadero sentido de nuestra rumia. La soledad y el silencio son los mejores compañeros de la reflexión, pero sólo su verbalización los relativiza en la justa medida. Me gusta pensar en la comunicación como una manzana, o mejor aún, como el acto de comerse una manzana.

La manzana crece en el árbol, germinando bajo los rayos de sol, empapándose día a día, segundo a segundo, del sabor que brota de la tierra y fluye por la sabia. Su sabor se alimenta del sudor del labriego, del canto de los pájaros que habitan sus ramas. Del tiempo.

Sin embargo la manzana sólo tiene esa potencialidad de sabor. Es como la rosa del principito que, por miedo a ser devorada por el viento o los pájaros, vivía en una urna de cristal, alimentada sólo ella de su propio olor. La manzana, hasta que no se encuentra con la boca que la degusta, no sabe a nada, sólo tiene un potencial de sabor. Me gusta pensar que es del encuentro del que surgen las cosas. Que sin encuentro no hay sensaciones.

Aunque el discurso que quería hacer hoy no aspiraba a tener implicaciones-pseudofilosóficas-de-hormiga-bajo-lupa. Quería quedarse mucho más aquí, en el terreno de los lugares comunes que todos compartimos. Quería hablar de la necesidad de nombrarla, de la necesidad de hacerla presente. Quizá uno de los mayores indicadores del amor sea, precisamente, la necesidad de nombrar a la otra persona. Es como si de alguna manera intuyéramos que nuestras palabras, en contacto con el aire, vuelan hasta su oído, y la mecen. Porque las palabras dichas con dulzura son como mecedoras, te llevan como una brisa de aire fresco.

Verbalicemos el mundo, y sus habitantes.

lunes 11 de mayo de 2009

días de blog

Hay días que parecen pensados para escribir en un blog, o en un cuaderno de notas, o en una hoja en blanco destinado siempre a la misma persona, que se acumula en el cajón de cartas nunca expeditas. Hay días en los que te gustaría sacarte los ojos y exprimirlos como dos limones cuajados, llorarlos con tanta fuerza hasta que corran ríos de lágrimas por las calles de la ciudad. Y no es que intentes una vez más ser esa hormiguita que a través de su blog, de su cuaderno o de su hoja intenta agrandar su figura con improvisada lupa (ya que, en función del ángulo, la lupa puede agrandar una imagen o quemarla), es sólo que realmente hay algo por dentro que lucha por salir a la superficie. En esos días las entradas son honestas, son para ti. Son esos días en que algo pesa en la garganta, los párpados parecen más espesos, las nubes están más bajas y los sonidos llegan como amortiguados.

Esos días de blog ya he aprendido a reconocerlos, e incluso a amarlos (quizá no aún a desearlos). Hay que intentar gozárselos en la medida de lo posible: nos recuerdan que estamos vivos y que somos capaces de sentir de mil maneras distintas. Y no es poesía ni amaneramiento, es la constatación de la crisálida que llevamos dentro.

En estos días, he de admitirlo sin tapujos, me gustaría estar enamorado (en el sentido clásico de la palabra).

lunes 27 de abril de 2009

reflexiones

Hoy estaba limpiando un poco mi agenda de contactos de facebook cuando he visto la foto de perfil de un viejo amigo mío. De hecho, de uno de mis mejores amigos de la época del instituto (probablemente "el mejor"; qué época ésa de las clasificaciones de amigos de mejor a peor...). Me ha sorprendido que estaba al volante de un deportivo descapotable de color azul metálico. Y no es que me haya sorprendido el coche, ni sus pintas de chulo, ni constatar el hecho de que nos hacemos viejos y acomodaticios. Me ha sorprendido el hecho de que todavía me sorprenda. Y siguiendo con esta redundancia, me ha sorprendido gratamente.

Ya habréis visto en esta página esa tira de Mafalda en la que salen unas personas respetables recordando los viejos tiempos en que querían cambiar el mundo ("¡Sonamos, muchachos!"), y bueno, ya en su día hice un comentario al respecto. Lo que me ha gustado saber es que el Sábado había 18 personas en mi casa tomando una copa -la mayoría desconocidos los unos para los otros, y yo "malconociendo" al 90% de ellos-. Que mi cuenta corriente tiende a los números rojos tras el primer palo de Hacienda, aunque ni hipotecas, ni coches, ni motos ni tan siquiera bicicletas en propiedad me avalan. Que cuando ayer unas chicas italo-argentinas me preguntaban dónde me veía dentro de veinte años la única respuesta que acertaba a dar con coherencia era: "¿muerto?". Que esas chicas estaban durmiendo gratis en mi sofá por solidaridad viajera. Que aún no sé dónde están los restaurantes de Córdoba pero las tasquitas empiezan ya a localizarse fácilmente. En fin, no sé, que es que ni siquiera sé qué pienso respecto a todo esto. Mi hermano dirá que es un intento más de mantener el chicotismo, o la enésima versión de "me voy al pueblo", pero la verdad es que vaya usted a saber qué gaitas puede ser todo esto.

La cosa es que espero distar mucho todavía de ese tipo de fotos como la que hoy se me quedó clavada en la retina.

martes 24 de marzo de 2009

inecuaciones

Todos saben que me encantan los neologismos. Inventarlos, modificarlos, descubrirle nuevos significados, y sobre todo adoptar los que me regalan los compañeros de viaje cuando me ayudan a explicar algún sentimiento interno que late dentro de mí. Luego, al intentar superar ese vano intento de compartir mundos, cada una de estas palabras o impresiones creo que en realidad me aleja más que acercarme a algún tipo de comunicación. Pero son inevitables para estructurar mi mente, para continuar dejándolo todo bien etiquetadito (que diría Liz Norton), para intentar superar de hecho esas inecuaciones.

Creo que uno de los mayores problemas con el que nos encontramos muchas de las personas que compartimos este espacio virtual es que, nos guste más o menos, habitamos dentro de la contradicción. Entre nuestro yo ontológico y deontológico hay saltos demasiado profundos, a veces demasiado insalvables, y esa inecuación, ese desajuste, es el que nos hace vivir siempre en la zozobra.

Entre el ser y el deber ser (o quizá sería mejor decir el "querer ser") es inevitable que haya saltos e irregularidades, que haya lo que acá llamo inecuaciones o desigualdades. Las más de las veces debido a que el juicio deontológico no está empapado de contexto, y si no se reflexiona en profundidad, corre el riesgo de quedar en un pensamiento utópico o soñador que no creará sino insatisfacción.

Pero intentemos hacer el discurso más mundano, más comprensible. Por ejemplo en mi caso particular tengo el extraño capricho de valorar de manera muy placentera el hecho de tener una biblioteca completa. Me gusta poseer los libros. Podría decirse que soy un consumista de libros, pues su sóla tenencia, el hecho de poder acariciar el lomo u oler sus páginas y sentirlo como mío, para mí tiene inmenso valor. Aparte habría que aclarar que los libros para mí acaban siendo compañeros de viaje, y así Perú estará siempre ligado a Rayuela, Chiloé a Los detectives salvajes, Roma a City, o Bolivia a Los premios. Y que luego quizá puedo ir por ahí regalándolos a amigos para que compartan conmigo el sentimiento que su lectura me produjo. Pero incluso con estos matices el hecho es que soy un consumista de libros, pues incluso en ese acto de regalarlo descansa el hecho de la posesión previa, de dar algo que es "mío".

Este consumismo choca con mi pensamiento deontológico de que realmente los libros que leo deberían venir de los estantes de una biblioteca. Con ello, se reduce el consumo de papel, me desprendo de una de esas molestas posesiones materiales que tanto limitan mi movilidad a la hora de trasladarme de ciudad o país, reduzco mi gasto en cosas materiales privadas que podrían ser colmadas con bienes materiales públicos (he ahí las bibliotecas), y es más, si todo el mundo participase de esta cultura de la biblioteca y la lectura pública, el diálogo entre lectores sería mucho más enriquecedor y espontáneo (estoy imaginando inmensas bibliotecas con espacios públicos para leer y compartir, en las que la búsqueda de un libro sea aconsejada y compartida por compañeros de lectura).

La inecuación está pues servida. Dentro de esas dos preferencias, una siempre pesa más que la otra, y es la que en último término me lleva a actuar como actúo: comprando libros compulsivamente o llevándome a entrar en toda librería que encuentro en las ciudades por las que viajo. Pero lo indeseable no es que exista esa inecuación (que en sí es sana: no hay nada más terrible que un pensamiento lineal y unívoco, y como bien nos enseñan el Ying y el Yang, en el corazón de todo negro Yang late al menos un punto de blanco Ying), lo punitivo para mi persona es que no puedo evitar ver siempre las dos caras de la realidad. Así pues, entro en ese círculo de acabar comprando los libros, y luego sintiéndome mal por el gasto realizado y la traición a ese espíritu público de la lectura.

Esta entrada trataba de explicar (de explicarme) cómo salir un poco de esa situación de zozobra. Y creo que la única forma de escapar de esta inútil sensación de malestar constante por muchas de las cosas que hago es hacer una reflexión interna y ponderada sobre cuál de los dos lados de la inecuación es efectivamente el que más pesa. Y una vez establecido esto (porque por ejemplo con los libros no se ha producido esa verdadera reflexión, sino que simplemente los compro sin pensar mucho cuánto valoro cada lado de la inecuación), intentar olvidar la otra parte de la desigualdad, o al menos no atormentarme con ella.

En una próxima entrada daré otra vuelta de tuerca para llegar al lugar que realmente pretendía alcanzar desde un comienzo, para hablar de la más importante de las inecuaciones con la que yo, y muchos de los que compartimos estas líneas, convivimos a diario: la diferencia entre lo urgente y lo necesario (aunque hablar de esto acá me obligue a buscar otro discurso para cuando hable en la boda de Jes -porque voy a tener mi speech, jijiji- pues en principio quería centrarlo en esto).

lunes 23 de marzo de 2009

se acerca la visita diez mil

Así que ya sabes: si eres el visitante 10.000, te enviaremos a tu casa una pata de jamón, con su cuchillo jamonero y "to sus cosicas". ¡Listo para disfrutar! Ánimo y... ¡SUERTE!

huevos kinder

Hoy, escribiendo un correo a un buen amigo, se me ocurrió esta idea (que no sé cuan novedosa pueda llegar a ser), que para mí se convertirá en un nuevo neologismo que me acompañe por mi viaje. Por cierto que, como diría Homer Simpson, hay "patente pendiente" para una entrada sobre este tema de los neologismos, pero no acabo de verle la cuadratura al círculo.

Pero hablemos de la idea que me vino hablando con mi buen amigo Jorge. Hablábamos de cómo las imposiciones formales no pueden luchar contra aquello que materialmente somos. Que lo externo difícilmente alcanza a modificar lo innato, pero que a pesar de ello me parece legítimo -y necesario en la mayoría de circunstancias- plantearnos esas imposiciones formales para remodelar algo que, aunque innato, ha sido igualmente "insinuado" de forma inconsciente. Como ejemplo, le ponía mi decisión de no ver televisión, a pesar de la satisfacción instantánea que nos produce (como bien decía Cortázar y así está en mi blog: la satisfacción perruna de lo cotidiano). Y tirando de ese hilo de la televisión, me dio por pensar que nuestra esencia está viciada por esa caja tonta que, ya desde niños, nos muestra niños felices abriendo un kinder sorpresa, cuando pagaría un millón de euros a aquel niño que haya jugado más de 10 minutos con el regalito que le salió del huevo...

Y es que ésa es la felicidad del consumo kinder sorpresa en el que vivimos: una felicidad perecible, pasajera, que se agota en sí misma.

A mi regreso a España me ha sorprendido enormemente observar que el 90% de las cosas que compramos no nos satisfacen la necesidad para la que teóricamente fueron pensados. Me explico: nadie compra hoy día un coche para satisfacer su necesidad de transporte, sino porque es más rápido o más bonito que el anterior. El nuevo coche no colma la necesidad para la que fue ideado un coche, sino que nos da status, reconocimiento, o incluso el simple placer de la compra. Kinder sorpresa.

Lo mismo ocurre con los televisores, la ropa, los muebles, los electrodomésticos, los ordenadores o reproductores de audio. Porque ya estamos en el nivel en que todas esas necesidades están más que satisfechas, y el consumo se convierte en algo meramente suntuoso.

Aquí entramos en la generación kinder sorpresa. Como el consumo ya no satisface necesidades básicas, como ya no satisface la necesidad para la que fue concebido, el bienestar que nos produce nace y muere en el propio acto del consumo. Nos gusta ir a comprar. Ir a la tienda, mirar los diferentes iPod, los colores, tamaños, texturas, nos gusta imaginarnos con él en casa, nos gusta imaginarnos comprándolo, nos gusta pensar que abrimos el huevito del kinder sorpresa. Luego, cuando lo abrimos, cuando lo compramos y lo llevamos a casa, nos damos cuenta de que, en esencia, hace lo mismo que nuestro viejo reproductor de MP3: música de forma móvil. Ahí es cuando vemos las aplicaciones, jugamos a los jueguitos que trae, lo enseñamos un poco (aunque en verdad todo el mundo tiene su propio huevito kinder, así que ni atención despierta), para al final darnos cuenta de que, a fin de cuentas, lo que hace es volver a satisfacer una necesidad ya satisfecha: música de forma móvil.

Cuando el consumo nace y muere en sí mismo. Cuando el acto de consumir es abrir el huevo, ver que dentro hay un avioncito y volarlo 5 minutos antes de encerrarlo en un cajón, para luego volver a desearlo de nuevo y repetir el proceso con un nuevo kinder sorpresa, es para darnos cuenta de que hay algo que falla en todo esto. ¿Estaremos a tiempo de cambiarlo?

jueves 19 de febrero de 2009

ternura

Me da ternura pensar en ciertas ciudades y sentir que algo me recorre la barriga o, como diría Sohad, me hace sentir mariposas en la guata. No sé porque me ha despertado esta ternura pensar así, con tanto cariño, en las calles empedradas de Roma, en las nubes de Lima, en las bicicletas de Padua, en Victor Jara y en Allende unidos para siempre a Santiago. Es lo hermoso de vivir en una ciudad, de pasar por ella como algo más que un turista. Es lo hermoso de partir de una ciudad, de llevarte de ella algo en el color de los ojos.

Una escena bastante cursi pero que siempre me ha conmovido de la película Forrest Gump es aquella en que Forrest está hablando con Jenny, contándole todo lo que ha visto en su triple travesía de los Estados Unidos, de costa a costa de ida y vuelta y come and back again. Ella le dice: "Me hubiera encantado estar contigo en todos esos sitios maravillosos". Y él le responde: "Estabas, Jenny".

El que viaja siempre lleva consigo a sus seres amados y luego, en un tapiz peruano, en una artesanía chilota o en su sonrisa más luminosa, les lleva parte de aquello que ha vivido, que ha experimentado. Me da ternura pensar así, me ayuda a marcharme con una sonrisa, mirando hacia adelante confiando en sumar nuevas ternuras tras ese recodo, al final de esa colina.

lunes 16 de febrero de 2009

cien días (cien días después)

El y ella se conocieron de una extraña manera, “¿tú también eres extranjera?”, “soy palestina, aunque nací en Ecuador y desde los 2 años estoy viviendo en Chile”, “vaya, imagino que detrás de eso habrá una historia muy interesante; o tremendamente triste”. Intercambiaron sus correos y pronto comenzaron a hablar por messenger. La primera vez que coincidieron ella tenía junto a su nombre una frase de Sabina: “y cuando vuelves hay fiesta en la cocina”. Nada sabían en ese momento que esta canción podía ser la banda sonora de su relación. El incluso la utilizó para hablarle de los conciertos que todos los Martes hacían de Sabina en La casa en el aire. “Algún día te llevaré conmigo a escuchar a Sabina”, soñó. Nunca la llevó, pero a los pocos días él la llamó por teléfono para hacerle escuchar “Y sin embargo” desde las 4 y 10. Quizá ahí fue cuando a ella se le enterneció el corazón.

La primera vez que se vieron no sabían bien dónde mirar. Ya empezaban a gustarse, y él tímidamente le regaló un cubo de rubik que en vez de colores contenía versos, que cuando ella los giraba, creaba poemas dadaístas llenos de significado. Y se fueron juntos a las 4 y 10, a conocerse, a sonreírse, a enamorarse. Las manos comenzaron a tallar, y aunque quizá alguien cantaba Fito, él sólo tenía ojos para ella. Luego ella lo invito a carretear, y acabaron bailando juntos hasta el amanecer en un after situado entre París y Londres. Todo se parecía demasiado a esa canción de Ismael Serrano: él también vino del norte, y el destino trágico ya empezaba a tejerse. Pero ellos nada de esto sabían en esos primeros y tímidos pasos. El incluso intentó besarla esa primera noche, aunque ella le recordó que no permitiría que la velocidad de la satisfacción impidiera el nacimiento del deseo.

Poco a poco comenzaron a frecuentarse. En la casa de él, en algunos cafés de Santiago, en la librería que ella a veces atendía. Se entregaron al placer de conocerse, con el miedo de saber que cada día que pasaba era una cuenta atrás hacia el momento de su separación. Cada segundo juntos representaba el placer del amor compartido, y el dolor de un suspiro menos en la inevitable cuenta atrás. Como dos trenes que corren por la misma vía en direcciones contrarias, el único destino posible era encontrarse y explotar. Y justo a los cien días, se produjo el choque de trenes. Las contradicciones pesaban demasiado en el corazón, y el amargo placer unido al dulce dolor, se convirtieron en un amargo dolor.

Lo cómico es que quizá por el mismo esfuerzo podía haber resultado un dulce placer: bastaba con hacer el cambio de agujas en el momento justo para evitar la colisión, y recorrer juntos el camino. Sin embargo ese momento nunca llegó, o ellos lo dejaron pasar, y el humo del choque se expandió como un velo. Pero a nosotros nos gusta pensarlos de otro modo. A nosotros nos gusta pensarlos detrás de un rumor, mientras juntos hacen correr una máquina a vapor que se aleja por una de esas vías fantasmas que atraviesan Chile, marcando su destino, reinventándolo a cada segundo, a cada suspiro.

los caminos de la vida

Cantaba Violeta Parra: gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Y nos recordaba Silvio: lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida. Y sí, la vida está llena de luces y de sombras, de espacios y vacíos, de esperanza y de frustración. Y siempre es más fácil hablar de la cara mala de la vida.

A veces pienso que quien pudiera leer estas páginas sin conocerme pensaría que soy una persona melancólica, una persona que vive con la tristeza que da vislumbrar el fin del camino. Sin embargo no es así. Saliendo un poco del personaje que adopté en estas líneas, en verdad creo ser una persona que se carecteriza por disfrutar del viaje más que por obsesionarse con la meta.

Lo que pasa es que a veces los procesos de la mente son difíciles de entender, y desde luego mucho más difíciles de explicar. Por ejemplo, hace más de tres meses que sé que regreso de Chile a España, que sé que dejo atrás toda esta vida que gramo a gramo he ido construyendo. A eso hay que sumar que en este periodo he despedido a no pocas personas, y he visto como efectivamente esa fecha de partida que mientras no llega parece siempre lejana, al final acaba haciendo acto de presencia. He hablado con mi familia y amigos, organizado y preparado el regreso, y sin embargo me ha pasado algo totalmente curioso.

Y es que a pesar de las despedidas con amigos que por viaje o decisión no podrán estar conmigo en mis últimos días, a pesar de estar buscando ya piso para mi siguiente etapa en Córdoba, a pesar de tener ya mi sustituto en el trabajo y en la casa esperando, a pesar de tener el billete comprado e impreso, la primera vez que he tenido conciencia de que me voy ha sido totalmente casual.

Estaba hablando por teléfono con mi amigo Fernando cuando, para despedirnos al saber que ese día no nos veríamos, le he dicho: "bueno hombre, pásalo bien esta tarde y mañana me cuentas". Justo tras esa frase hemos colgado el teléfono y algo ha saltado dentro de mí. Esa explosión de cotidianeidad me ha hecho ser plenamente consciente, como no lo había sido hasta ahora, de que realmente este micromundo acaba en dos semanas. Y rumiando esta conciencia (o esta presciencia que diría Marías) me he quedado un rato sentado con el teléfono en la mano.

Lo que quería con este ejemplo no era alumbrar una nueva muestra de tristeza. Era intentar explicar cómo la mente funciona a veces de forma caprichosa. Lo mismo me ocurre al escribir en esta bitácora: si la idea que me late dentro tiende a algo -la dicha, la alegría, la felicidad-, quizá al plasmarla en palabras da un giro y queda acá reflejada de otra forma. Y eso, estoy aprendiendo a darme cuenta, es inevitable.

Realmente no sé cómo etiquetar esta entrada (algún día tengo que explicar lo de las etiquetas de este blog). Creo que en el fondo es un intento de explicarme a mí mismo como escritor, o al menos como redactor de este espacio virtual. Así que de esta manera quedará reflejado.

jueves 12 de febrero de 2009

muera el perro

Cortázar ha muerto. Viva Cortázar.

Hoy se cumplen veinticinco años de la muerte de un mago de las letras. Julio Cortázar nació y vivió a caballo entre dos mundos. París, y Buenos Aires. Jazz, y tango. Europa, y Latinoamérica. Si uno lo vio nacer, otro lo vio morir. Cuando en uno se atrevía a aseverar, el otro lo veía dubitar. Y así se movió este coloso de casi dos metros y erre arrastrada que hasta el día de su muerte gozó de una salud inquebrantable.

En sus libros nos legó todas sus inquietudes, sus dicotomías, las incertezas que pueden conducir a alguna verdad pero en cuyo camino es fácil extraviarse. Nos dejó un mundo de personajes cotidianos pero inverosímiles. El improbable Gregorovius de Rayuela, el astral Persio de Los Premios, sus Cronopios y Famas danzando por un mundo tan parecido al nuestro, por no entrar en los lugares comunes de Oliveira, Morelli o La Maga. El propio Cortázar fue uno de sus personajes -de esos de carne y hueso pero difícilmente reconocibles en la monotonía del día a día- en Los autonautas de la cosmopista.

Hablar de Cortázar es hablar de literatura con mayúsculas, pero también de vida, de compromiso, de intimidad. Conocida es su extrema timidez y la distancia que intentaba tomar con un mundo que no estaba preparado aún para recibirlo.

Ahora, a veinticinco años de su muerte, cuando por fin alcanzó el reconocimiento que nunca quiso ni pretendió, quería dedicarle unas sencillas líneas para agradecerle todo lo que me ha dado.

Que tus líneas me acompañen por muchos años más.

miércoles 28 de enero de 2009

imágenes o su ausencia

Acabo de darme cuenta de que desde mi entrada de fecha diez de Noviembre de dos mil ocho no hay una sóla entrada acompañada de imágenes. Es curioso este rechazo a plasmar las impresiones más allá de la letra escrita -que dicho sea de paso está empobreciendo sobremanera la ya dudosa estética de este blog-. Quizá algún día me decida a enriquecer retrospectivamente algunas entradas, lo que convertirá esta entrada en obsoleta para quien hoy la lea, y en incomprensible para aquellos que han de venir por estas latitudes. Qué curioso.

del "ya pa' qué"

Hace casi diez meses -el tres de abril del año pasado-, escribí en este blog una entrada que se llamaba "de la necesidad de tener un tocadiscos". En ella hablaba de cómo la temporalidad, de cómo la fecha de caducidad en una estadía, condiciona todos tus actos al principio y al fin de la misma, sólo pudiendo ser ignorada cuando en el medio nos dejamos llevar por una alegre cibernética.

Ahora vuelven esos días del "ya pa' qué", esos terribles días del fin de una era. Y me entristece ver cómo afecta de nuevo a mis decisiones, a mis actitudes, a mis sensaciones incluso. Se me había olvidado ya esta sensación que mi amigo Alberto definiera en Perú con escatológico acierto: "pa' lo que me queda en el convento me cago dentro".

Pido disculpas a todos aquellos que se están viendo afectados por este estado no tan transitorio del alma humana.

domingo 25 de enero de 2009

ciento tres

He estado al alcance de todos los bolsillos, porque no cuesta nada mirarse para dentro.

Creo que ésta es la primera entrada que escribo sin tener una mínima idea de lo que quiero escribir, y es que realmente no quiero escribir sobre nada, simplemente quería teclear algunas líneas, aquí, al final de tantas cosas. Pronto empieza una nueva etapa y, como mencioné hace meses, se perfila como la primera de las etapas del fin de las dilaciones.

De las paredes de mi cuarto en Chile penden frases que me gustan, frases que para mí han querido o aún quieren significar algo. En la mayoría de ellas van apareciendo ya frases, guiños, recuerdos y abrazos de los amigos. Juan y Jesús piden conmigo la voz y la palabra, muchos se unen a la guerra del quiero contra el puedo, y otros tantos me recuerdan que se hace camino al andar. A Jessi le duele Latinoamérica, a Patri el viento que no nos acerca a puerto alguno si no conocemos nuestro rumbo. Y Jorge me acompaña al gritar que caminando fuimos lo que somos.

Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían.

Me he acostumbrado a vivir con una inacabable ansiedad dentro del pecho. Unos dicen que aquí, otros dicen que allá, y sólo quiero reír, sólo quiero cantar. ¿Dónde estaremos dentro de quince años? ¿Qué quedará del que hoy teclea estas líneas? ¿Qué quedará de ti, de mí, de nosotros dos, de todo aquello que un día como hoy nos unió y te hizo leer estas líneas con excitación? ¿Seremos sólo unas sombras que danzan en la irrealidad del recuerdo, en una foto en gastado papel amarillo? Seremos esa película que compartimos, esas líneas que a media luz te di a conocer, esos poemas de Sabines leídos a las cinco de la mañana con un ron en la mano entre el humo de un cigarro, seremos esas bragas con cerezas tumbadas al pie de mi cama, seremos Londres-Madrid-Roma-París-Santiago y todos los demás viajes que compartimos, seremos los desencuentros que nos recuerden el que aquel día tuvimos.

El derrumbe de un sueño, algo hallado pasando: resultabas ser tú. Una esponja sin dueño, un silbido buscando: resultaba ser yo.

lunes 19 de enero de 2009

una nueva despedida

Hoy se vuelven a España dos de mis mejores amigas acá en Santiago. Y a la vez, para hacerlo aún más difícil de llevar.

Esto no deja de recordarme que realmente somos gente enferma, aferrados a esta vida de encuentros y desencuentros: la vida de la intensidad de lo fugaz, de la llama que de tan breve abrasa, por condensada. Pero es la vida que para bien o para mal hemos elegido. La rueda da un nuevo giro e Ismael sigue navegando.

Pronto seré yo quien me vaya de esta ciudad, dejando atrás la que fue mi-primera-casa-fuera-de-mi-casa, el que fue mi primer trabajo, dejando atrás Chile, toda esta Latinoamérica que a partir de hoy me dolerá un poco más. A la rueda rueda, la vida sigue girando.

Estoy triste. Y compartir la tristeza nunca me ha parecido deshonesto. Es un sentimiento que nace y muere en uno, que no provoca rechazo ni admiración (hadmiración), quizá una tenue lástima que se olvida apenas perdemos de vista al apesadumbrado.

Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, que decía el poeta.

martes 6 de enero de 2009

30/12/2008 - mate, tabaco y conversación

13:55

Estas serán probablemente las últimas líneas que escriba en este cuaderno de viaje. Y no porque el viaje esté llegando a su fin, ya que quedan aún cinco días en el centro de la pampa argentina, sino porque al igual que Bolivia fue un viaje de introspección, el del norte de Argentina está resultando un crisol de viajeros, experiencias y charlas nocturnas.

Ayer acabamos cuatro viajeros compartiendo un mate, tabaco de liar y charlas, que transitaron desde el Islam hasta la homogeneización cultural. Ahora, en San Luis, el lugar en el mundo de Mario Domenici, me encontraré con Patri y con Jessi, y probablemente los momentos de reflexión solitaria perderán espacio, a la vez que lo gana el de mundos y experiencias compartidas.

Por ello es probable que éstas sean las últimas líneas del viaje.

O no...

29/12/2008 - y se armó un buen truco

11:38

Purmamarca es un pueblo tomado por los viajeros. En sus calles transitan decenas de personas con sus mochilas a la espalda. Juegan al truco en las cafeterías, o comen sentados debajo de cualquier arco. La vida se vive a otro ritmo, el reloj -donde lo hay- está detenido o nadie lo mira. Purmamarca es un pueblito de calles sin adoquinar, rodeado por toda una serie de colinas multicolor. Lo llaman la montaña de los siete colores.


13:18

Demasiado bueno. Tomando un descanso en una cafetería de Purmamarca, poco a poco se fue llenando de viajeros que, viniendo de todas partes y yendo a cualquier parte, empezamos a relatarnos los curriculum nómadas. Entre consejos, recomendaciones e intercambio de experiencias, se armó un truco. Bruno, rosarino; Tomás, porteño; Natalia, cordobesa; y yo, el español, el gallego. Las mesas de alrededor poco a poco también se fueron calentando, y nuevos trucos, algún chinchón o hasta la brisca empezaron a dar un aire de timba al local.

Compartiendo un mate y unas risas, llegó y se fue mi bus. Corriendo por las calles embarradas tuve que ir a detenerlo, y acá dentro estoy ahora, arrepintiéndome un poco de no haberme quedado más tiempo y haber dejado que perdiera el bus.

También ayer tuve un encuentro maravilloso. Conocí en un ciber a Antonio y Estefi, una pareja española que vive actualmente en Buenos Aires. Desde el principio nos estuvimos simpáticos, y decidimos ir a cenar juntos. En el bar un grupo tocaba músicas del norte, y cuando la noche fue pasando y ya la botella de ron tocó la mesa, empezó la verdadera fiesta.

Acabamos en casa de uno de los músicos, compartiendo un damajuana de vino y chupitos de picor de durazno en el tapón de la botella. Resultado: abrazos de amistad y alguna vomitona. También me hubiera gustado quedarme un tiempito más.

Para cerrar el círculo de encuentros memorables, hoy en el bus de Humahuaca a Purmamarca conocí a Mirek, un checo de sesentaycinco años que comenzó su vida nómada al huir del comunismo con diecisiete años. En inglés fuimos compartiendo historias y experiencias, un análisis de la Cuba castrista, y algo más. También me he planteado seguir en el bus hasta Jujuy para continuar la charla.

Tres encuentros, tres historias, tres bellos recuerdos más en la mochila. En los tres me hubiera gustado detenerme más tiempo. Pero como siempre, Ismael sigue navegando.

28/12/2008 - la argentina

12:44 (hora argentina y hora chilena)

Bajo el sol de la Argentina más andina, compruebo que realmente Buenos Aires queda a miles de kilómetros. En Humahuaca, rodeado del verdor de los cactus, el marrón de la quebrada y el azul del cielo, el estallido de color, la calma y el aire puro me reconfortan tras tantas horas de viaje.

Hoy será un día para la calma. Humahuaca invita a pasear y a sentir, con un ritmo que me recuerda a San Pedro de Atacama.

Me gusta estar aquí.


13:55

Sentado en un bar con muchas moscas y poco turista, después de haber comido un plato de más arroz que cordero (que diría Alonso Quijano), sentado delante del medio litro de Norte Blanca (que no la porteña Quilmes Cristal), escribo ya medio borracho estas líneas. Tomando cervecita a gusto, lo suficiente para tomarle el puntillo a una buena siesta, y disfrutar de un día de descanso físico y mental tras el agotador viaje por Bolivia.

lunes 5 de enero de 2009

27/12/2008 - el cerro "rico" de potosí

08:30

Me he dado cuenta de que cada día escribo menos en este cuaderno y que, al igual, mientras en los primeros cuatro días apenas si leí cincuenta páginas de "Los premios", en los últimos cuatro he devorado las otras trescientas. Era algo esperable: sabía que tarde o temprano me atacaría la honestidad, y el viaje daría un giro introspectivo, hacia dentro.

Hoy he contratado un tour por las minas del cerro Rico. He hecho dos cosas que no quería hacer: participar en un tour de agencia, y hacer turismo de la pobreza y la explotación. Sin embargo, por fortuna (o no) me ha llegado en un momento del viaje en el que puedo hacerlo sin sentirme demasiado deshonesto conmigo mismo.

Sé que lo que voy a ver me va a dejar marcado, pero creo que por eso mismo tengo necesidad de hacerlo.


12:45

Es difícil escribir sobre la que probablemente haya sido una de las experiencias más intensas de mi vida, pero quiero intentarlo, quiero poder volver a este recuerdo no sólo en mi mente, sino en estas líneas que de cualquier manera ya sé que no van a alcanzar.

Creo que jamás hubiera soñado con una experiencia similar, ya que las únicas dos personas de la visita eramos el guía y yo. Willy es además un antiguo trabajador de la mina, cuyos ascendientes han sido siempre mineros, y para él volver a la mina y explicarla es un placer más que un trabajo. Habla del cerro y de los mineros con una humanidad y un respeto que no se pueden suplantar.

Antes de entrar, rezó en quechua al tío, que es el diablo que mora en el mundo bajo la mina, y al cual se le honra cubriéndolo de coca, bañándolo en alcohol y compartiendo con él un cigarro. La mina es húmeda, cálida, y puede ser una trampa mortal para aquel que no la respete. Por eso hay que respetar y honrar al tío, porque aquello que le demos será lo que recibiremos.

Adentrándonos en la mina la oscuridad lo envuelve todo. Vamos a compartir su descanso con Don Gregorio y su hijo Hugo, que en quechua hablan con Willy de las dificultades de los últimos tiempos, de que el cerro se agota, y compartimos el alcohol y la hoja de coca regando a la Pachamama antes de cada trago.

Y es que la Pachamama también puede darnos o negarnos todo. La Madre Tierra es celosa, por eso la mujer del minero no puede entrar en la mina, porque la Pachamama exige fidelidad dentro de sus dominios.

En el cerro Rico no existe el comunitarismo que había pensado. El minero de a pie, el que cada día desciende a las entrañas del cerro jugándose la vida y la salud, es absolutamente solidario con sus compañeros. Pero la mina no pertenece a ellos. La mina pertenece a distintas cooperativas de las que sus socios nunca bajaron a la mina, pues la calidad de socio es hereditaria. Eso, y la reciente bajada del precio de los metales, hace cada vez más difícil la vida del minero. En la actualidad, el minero ha de pagar por los propios materiales que emplea para horadar el cerro: dinamita, agua, comida... Del metal que extrae, retiene para sí el 50% y da al patrón el otro 50%, luego si un mes no encuentra una veta de metal, su sueldo neto es negativo por el gasto en los materiales.

Con una jornada laboral de diez horas en unas condiciones insalubres e infrahumanas, el sueldo medio del minero de prospección es de cien dólares mensuales, y el de los carretilleros apenas de treinta o cuarenta. Un patrón promerdio, con treintaycinco trabajadores a su cargo, gana en torno a los tres mil dólares al mes.

El gobierno boliviano de Evo Morales intentó la nacionalización de la minería, pero al día siguiente de su anuncio se paralizó toda la industria, el comercio, y el transporte en Bolivia. Los patrones, bajo amenazas de despido, obligaron a los mineros y a sus hijos y familiares a manifestarse contra la nacionalización. La prensa, dominada también por los mismos capitales, abrió titulares con la oposición de los propios mineros a la nacionalización. Y así se mueve la mano invisible.


13:27

El viaje dentro de la mina sigue, como seguirá dentro de mí al lado de Julaca, del taxi de Paracas, de la niña de Barranco, de tantas otras cosas...

¿Por qué me siento deshonesto hablando de esto? El otro día lo entendí hablando con Jorge y con Patri en mi casa. Jorge nos contaba algunas de sus experiencias trabajando con los niños de la calle en Santiago. Mientras lo escuchaba no dejaba de pensar cómo podía contar todas esas historias sin sentir que se estaba vistiendo ante nuestros ojos con un halo de santidad. Lo escuchaba contar todas esas historias y sentía que él si lo hacía con honestidad, con sinceridad, y no dejaba de preguntarme por qué yo sería incapaz de hacerlo.

Finalmente lo entendí; él puede contar con total honestidad todo lo que hace porque lo que hace es bueno, es puro. O lo que es lo mismo: sirve para algo. Nada de lo que yo hago sirve absolutamente para nada, al menos para apaciguar algo del dolor que hay a mi alrededor. Lo único que alcanzo a hacer es lamentarme de mi inacción en estas líneas, con este boomerang ontológico destinado solamente a darme por artificio algo más de humanidad. No hago nada en mi vida por mejorar la de aquellos que me rodean.

Pero todo esto va a cambiar en Marzo. Cueste lo que cueste y dañe a quien dañe, a partir de Marzo se acabaron las concesiones y las prórrogas. Ya basta de esta contradicción interna, de este movimiento inmóvil de la mente. Ya basta de tanta mierda.

sábado 27 de diciembre de 2008

26/12/2008 - el verdadero altiplano

16:28

A más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, me recibe Potosí, con sus callejas coloniales, la sombra de su Cerro Rico, y el más absoluto contraste entre opulencia y miseria dentro de una ciudad.

Tras cuatro horas de un viaje demasiado hermoso entre Sucre y Potosí, encuentro un alojamiento, y a esta intempestiva hora por fin puedo sentarme a almorzar. Fuera, me espera la ciudad que tan bien describiera Galeano como cuna del imperialismo y del capitalismo occidental. Una ciudad que llegó a ser la más poblada del planeta hace cuatro siglos, y que aún hoy sufre las consecuencias del expolio de toda su riqueza natural.

Potosí cometió un crimen: tener en su Cerro Rico una cantidad tal de plata que bastaría para construir un puente desde acá hasta Madrid. De esa condena, sólo quedan los restos que el tiempo o los saqueos no pudieron calcinar: las iglesias, las casas coloniales, los lujosos patios y claustros. En ellos ahora se hacinan quienes aún tratan de extraer algún metal de las entrañas de su cerro, para deleite de las cámaras fotográficas de los turistas.

Ahora voy a tratar de comer algo, y de recuperar un poco del oxígeno que tan escaso resulta en estas alturas.

25/12/2008 - un rinconcito de andalucía

12:37

Día de Navidad. Y yo, estando en Sucre, me siento tremendamente cerca de casa.

Y es que Sucre es lo más parecido que he visto en Latinoamérica a una ciudad o un pueblo de Andalucía. Sus casas están encaladas, justificando su apodo de "la ciudad blanca", y sus tejados son de teja roja. Estando acá me siento como cuando estuve en Arequipa: demasiada belleza para contenerla en una mirada, no mencionemos en una foto.

Si no fuera porque las mujeres y los niños visten y hablan según la tradición quechua, realmente pensaría que tomando un bus de dos horas podría estar en Sevilla, abrazando a los míos.

jueves 25 de diciembre de 2008

24/12/2008 - plataforma (cochabamba)

10:14

Cochabamba. El que podría ser llamado el destino inicial de mi viaje por Bolivia. Hace años, en Cochabamba se declaró lo que en Bolivia fue llamado "la guerra del agua". Todos los servicios de agua fueron privatizados, dejando fuera del mercado de la higiene y del propio consumo de agua a millares de personas. Esta privatización supuso un escándalo a nivel internacional sobre hasta dónde podía llegar la irracionalidad privatizadora que ha contagiado a los gobiernos del mundo. Esta indignación internacional se tradujo a nivel personal en el deseo inspirado por mi amiga Daratea de llamar a nuestro futuro centro cultural "Plataforma Cochabamba".

Sin embargo, enclavado hoy aquí como desde hace años quise hacer, para nada encuentro aquello que esperaba. Y es que Cochabamba contrasta totalmente con la otra ciudad boliviana que hasta ahora conozco y que me ha cautivado.

La Paz es caótica, desmesurada, encaramada a las lomas de los cerros que la rodean. Una ciudad en la que no hay semáforos, en la que los puestos callejeros han tomado las aceras y las micros han tomado las calles, donde transitar es una odisea llena de color, olores y vida.

Cochabamba es una ciudad más ordenada, espacialmente distribuida por cuadras en un dibujo geométrico casi perfecto. Es una ciudad totalmente llana, con semáforos en cada esquina y aceras adoquinadas por las que se puede transitarse con suma comodidad. Apenas hay ruido, ni del claxon de los autos ni de los voceros de las micros que anuncian su ruta. Además, en esta ciudad donde se declaró la guerra del agua, hoy abundan las plazas públicas coronadas indefectiblemente por una irónica fuente.

Pero Cochabamba, para mí, es mucho más que eso. Para mí es un símbolo, una idea que arde con un fuego sordo del que nadie, ni siquiera la propia Cochabamba, podrá curarme.

Con la misma ropa de hace dos días, habiendo dormido poco y mal en un autobús, con las manos en los bolsillos de un abrigo sucio y el rostro quemado por el sol, paseo por sus calles, y sin embargo estoy paseando por mi idea de Cochabamba. Estoy paseando con Daratea por Plataforma Cochabamba, riéndonos de la ironía de esas fuentes que manan un agua años atrás vetada.


13:24

Me miro en el espejo, y tras tan solo cinco días de viaje ya me cuesta trabajo reconocerme. La cara sucia y quemada, la barba que crece libre y desordenada desde hace un par de semanas, la ropa sucia y grande, ojeras de cansancio y ojos vidriosos por la falta de sueño.

Segundo día consecutivo sin una habitación de hostal en la que tomar una ducha o un descanso de este inclemente sol. Las horas se paladean y se reconocen. Hoy llegué a la estación a las siete de la mañana y asistí a todo el amanecer y despertar de una ciudad, y a cada minuto que pasa a Cochabamba le crece el caos, la confusión y el ruido. Imagino la ciudad como un corazón que late al ritmo de un latido cada 24 horas. La gente y sus vidas son la sangre, que tras el batido al amanecer comienza a fluir por las venas, que son las calles. Conforme la sangre recorre todo el cuerpo, poco a poco se repliega de vuelta hacia el corazón, a la espera del nuevo latido que traerá el próximo amanecer.

Así, hay ciudades jóvenes cuyo corazón late con una fuerza descontrolada, como Barcelona. Existen ciudades adultas, en la plenitud de su existencia, como París. Y ciudades viejas, con el ritmom pausado que le concede la experiencia, como Roma. Aunque Roma se reinventa cada ciertos años o siglos, quizá como los Rolling o Madonna.

Cochabamba es una ciudad joven, quizá la ciudad más prospera de Bolivia, o quizá es que es sólo la menos boliviana que hay junto a Santa Cruz, esa falsa ciudad brasileña a orillas del altiplano.


16:38

Sabía que antes o después iba a acabar sentado en una acera llorando. Sé también que con el tiempo me voy a sentir tremendamente deshonesto habiendo escrito esto, pero sé también que necesito hacerlo.

He sido totalmente injusto con Cochabamba. Ahora, sentado en su plaza, todo el viaje ha cobrado algo de sentido. En el centro de la plaza, un grupo de hombres discute sobre la religión. "Dios vino a salvar al pueblo judío, no a nosotros". "Yo no creo en Satanás. El diablo es el empresario que nos tiene a todos en la pobreza". Intenta defender la religión alguien que vino de fera para encauzar al pueblo y al presidente boliviano. Pero en la plaza no lo expulsan ni lo insultan. Dialogan con él, que no está dicho que salga de Bolivia aún creyente.

En un costado de la plaza, una campaña gubernamental de alimentación navideña para los niños. En mi mismo banco, un niñom y su hermana menor reparten el arroz y el pollo que han conseguido tras una hora de cola. Con la cucharilla de plástico, el hermano rebaña los últimos granos de arroz, que ofrece silenciosamente a su hermana ante la atenta mirada y la caricia de su madre.

Estos niños no lloran, no gritan, no pelean. Y no es poesía, es la constatación de una absoluta verdad. Decía Kapuscinsky que lo más llamativo de los países pobres de verdad es que viven en silencio. Alguien cuyo corazón no alberga esperanza no habla, siquiera se lamenta. Sólo cuando intuyen algún posible cambio, cuando los alimenta la esperanza, hacen oír sus voces.

En Bolivia las mujeres piden sin abrir la boca. Sentadas o tendidas en el suelo en función de las fuerzas que les diera el último bocado alzan la mano y confían en la solidaridad del transeúnte. Curiosamente son los propios bolivianos los que rara vez depositan una moneda.

Son las cinco de la tarde en Bolivia, y deben estar dando las diez en España. Mi familia, con las tres ausencias de mi abuela, de mi hermano y mía, se habrá sentado ya a la mesa. Como siempre, habrán unido las dos mesas del salón repletas de platos, aunque quizá esta vez haya espacio para todo.

Tengo un jodido nudo en el estómago al pensar que también mi madre estará triste en este momento, rezando para que llegue el día 31 y me junte de nuevo con gente conocida, y todo este mundo que estoy redescubriendo en este viaje vuelva un poco a ser escondido en el sueño consciente de la inconsciencia.

¿Qué podemos hacer en el fondo, con todos esos cerros de La Paz o con todas estas familias que hacen cola de forma impecablemente respetuosa a la espera de un plato de arroz y pollo que haga más llevadera la Nochebuena? ¿Qué coño hago yo sintiéndome menos mal por pasarla viajando sucio, cuando las tarjetas en el bolsillo y el pasaporte celosamente guardado en el bolso me recuerdan que no soy de aquí? ¿De qué sirve escribir una vez más estas líneas, derramar una vez más estas lágrimas, leer un libro o ir a un café cultural?

Estoy hasta la polla de este puto boomerang ontológico que no crea sino infelicidad en mi familia, en mis amigos y en el mundo.


18:21

"Io lo so che non sono solo, anche quando sono solo".

No soy tan fuerte como pensaba, quizá o probablemente porque no quiero serlo, porque de vez en cuando exprimirse los ojos como si fueran dos limones limpia el alma.

Gracias. A todos.

miércoles 24 de diciembre de 2008

23/12/2008 - ya me picó la rueca

08:26

Hoy me despiertan dos españoles hablando a grito pelado en el pasillo del hostal. Al parecer, han descubierto una presa italiana, y a voz en grito intentan averiguar si viaja sola o viaja con su pareja.

Este hecho, aparte de hacer que me levante con las pelotas hinchadas, me hace constatar que los españoles tristemente no cambiamos. Seguimos creyendo que todas las personas tienen ganas de escuchar nuestras estupideces -que incluso las creemos interesantes-; seguimos viajando más pendientes de nosotros mismos y de nuestra satisfacción personal que de abrirnos al otro, a lo otro; y sobre todo seguimos creyendo, como en las películas de Alfredo Landa de los años setenta, que si gritamos los extranjeros nos entenderán perfectamente.

"¿Vienes en pareja?" "Non capisco" "Que si la persona que viene contigo es tu pareja" "Pareja? Cosa significa pareja?" "Pareja. PA-RE-JA" "Se siamo insieme?" "No. Pareja" "Una coppia?" "No no, PAREJA". En fin, y así vamos por el mundo sintiéndonos hispanocéntricos...

Eso trataba ayer de explicarles a Josune y Olga. Por eso me es tan difícil acercarme a alguien cuando estoy viajando, porque sé la actitud o la intención con la que se acercan muchos de mis "compatriotas". Sin embargo, ayer afortunadamente me acerqué a ellas, en un encuentro que fue totalmente estimulante, y que intentaré resumir en estas líneas.

Ayer, tras aparecer en el Etno, donde la prometida "Noche de las hojas sagradas" quedó en mi propia lectura a media luz de Los Premios de Cortázar, tomamos un licor de coca y nos fuimos a casa, pues los tres estábamos bastante agotados.

Sin embargo, camino del hostal, escuchamos una música folklórica que salía de un bar subterráneo. Mi frase no se hizo esperar: "esto se merece una cerveza". Bajamos al local y allá había una fiesta boliviana donde todos bailaban con todos, y unos amigos bolivianos nos invitaron a sentarnos a su mesa. Nos enteramos de que estaban celebrando la graduación de la hija de uno de ellos, y para festejarlo habían decidido hacer la noche eterna y beber hasta dormirse sobre la mesa o en el hombro de algún compañero. Entre peleas, bailes frenéticos, brindis a media luz y muchas risas, pasamos la que desde ya sé que será una de las mejores noches de este viaje.

Me despedí de Olga y Josune con un hasta pronto que sonaba a hasta siempre, pero con una sonrisa y muchos recuerdos en el corazón.


16:44

Hoy he tenido mi primer momento de aburrimiento. O quizá, más que de aburrimiento, de desubicación. Y es que no es nada fácil estar en una ciudad cuando ya no tenemos en ella siquiera una habitación de hostal a la que poder regresar para tomar un reposo o simplemente ir al baño.

En esos dóas en que vamos a abandonar por la noche la ciudad en que estamos, somos unos habitantes de la ciudad sin rumbo ni destino, perdido cualquier referente a algo parecido a un hogar. Haciendo la siesta en una plaza me he quemado totalmente la cara, y tras ese sol ha vuelto a llegar una lluvia torrencial que me ha dejado hecho una sopa antes de encontrar una cafetería en la que poder escribir estas líneas.

Pero esto es también parte de viajar en estas condiciones. Hoy intentaré dormir en el bus que me lleva a Cochabamba, donde si es posible tomaré un nuevo bus mañana mismo por la noche, para pasar la Nochebuena viajando doce horas rumbo a Sucre. Cuando el día de Navidad duerma en un hostal y pueda volver a tomar una ducha, todo recomenzará.

Madre mía cómo me he quemado la cara...


19:07

Sentado enfrente del teatro en el que dentro de media hora asistiré a un concierto de música andina, observo a dos jóvenes que mecánicamente ensayan cómo pasarse los bolos para hacer malabares. Su aún rudimentaria técnica me recuerda que yo nunca he sido capaz de dedicarme de forma contínua a nada. Deportes, hobbies, aficiones que requieren de una cierta continuidad y especialización me son totalmente ajenos.

Muchas veces, al asistir a un espectáculo de danza, o a la simple labor de un artesano, olvidamos completamente la incalculable cantidad de horas que hay detrás de su trabajo. Quizá el mayor ejemplo sean los deportistas, repitiendo hasta la extenuación unos mecánicos gestos (la salida en una carrera, golpear una pelotita de golf) para ganar una milésima al reloj o un centímetro a la tabla de batida.

Esa realidad, ese sacrificio de la bailarina de ballet o del artista circense me son totalmente ajenos. Por eso nunca llegaré a ser bueno en nada, si acaso correcto en un par de cosas que la naturaleza me concedió de forma innata. Y quizá lo más terrible es que no me siento culpable por ello.


19:19

Acabo de tener conciencia de que es probable que, tras un par de horas, no vuelva a pisar en mi vida las calles de La Paz. Toda esta gente que ahora viaja en micro, o espera junto a mí en la puerta del teatro, seguirá acá mañana y probablemente dentro de veinte años.

No sé qué pensar de todo esto.

martes 23 de diciembre de 2008

22/12/2008 - la paz

8:06 (hora boliviana, 9:06 hora chilena)

La puna. El soroche. El mal de altura. Puede llamarse como se quiera, la cosa es que ayer me mató. Pero voy a intentar empezar desde el principio.

Ayer 21 me levanté lleno de energías y con ganas de empezar la aventura boliviana. Subí al bus y todo iba demasiado bien al principio: el asiento que había reservado disponía de las mejores vistas, y pude disfrutar todo el viaje por el parque nacional del Lauca.

Todo andaba perfecto hasta que al llegar a la frontera sentí que empezaba a desfallecer. Me desmayé dentro del bus, en mi asiento, y comencé a traspirar y a sentir que la cabeza me iba a estallar. Sin decir nada a nadie, cuando me recuperé de mi desmayo, bajé a comprar algo de beber y algo de comer, pero la cabeza parecía que iba a estallar.

Volvimos al bus, a continuar con un viaje de un total de 12 horas. Yo, medio muerto en mi asiento, intentaba dar alguna cabezada que hiciera menos evidente el malestar que sentía, pero de vez en cuando abría los ojos para ver cómo se extendía ante mí el altiplano boliviano.

Las primeras impresiones son que en Bolivia realmente el tiempo se ha detenido. Se sigue arando la tierra con bueyes o incluso vacas, las mujeres visten el vestido típico ue impusieran hace cinco siglos los conquistadores españoles para "marcarlas, y ahora esa discriminación se ha convertido en símbolo de la identidad indígena.

Tras casi 11 horas de viaje, avistamos La Paz. La Paz es una ciudad definitivamente loca. Construida literalmente dentro de un hoyo rodeada de montañas, ni siquiera el casco histórico se libra de las cuestas y recovecos en que se mueven sus habitantes. Sin embargo, la ciudad ha crecido tanto que en las lomas de los cerros que la rodean no dejar de surgir nuevas casas, donde la gente se hacina.

Pero espero ratificar hoy mis impresiones y poder compartirlas más en profundidad.


8:59

Sentado en la que probablemente sea la catedral de La Paz, me siento un verdadero intruso con mi cámara fotográfic. En los mayores templos de Roma, donde estaba terminantemente prohibido (y había incluso vigilantes para evitarlo) tomar fotografías, me gustaba sacar la cámara y disparar alguna foto a hurtadillas. Acá, donde nadie me censuraría porque están todos rezando con la cabeza entre las manos, soy yo el que prefiere no faltarles al respeto interrumpiendo sus plegarias con mi occidentalismo.

Lo irónico de todo esto es que en estos paises, que hoy son la mayor fuente de creyentes para la iglesia católica (Chile, Bolivia, Perú, Brasil), es donde ancestralmente ni siquiera se había oído hablar de ese tal Jesús. Qué profunda debió ser la herida que dejamos sobre sus tradicionales creencias, qué dura la represión y el castigo, qué fuerte la colonización educativa y religiosa para que sean estas tierras la actual cuna del catolicismo. Y mientras las enfermedades y el sistema económico que les trajimos los matan, la religión que les impusimos les vende una salvación que no existe.

Empieza la misa, decenas de almas cantan y oran. Es la hora de marcharme.


12:17

Vuelvo a estar sentado escribiendo en el interior de una iglesia. Pero no porque este viaje esté despertándome una vocación religiosa, sino porque es un buen refugio contra la lluvia. Y es que La Paz no es una ciudad loca sólo en sus contrastes, en su ubicación o en su perpetuo ritmo. También el clima está loco acá, y el inclemente sol del altiplano se mezcla con estos truenos que retumban en el interior del solitario templo. Huele a lluvia, a tierra y a cemento, como si la bóveda se estuviera reblandeciendo y amenazara con volcar sobre mí todo su histórico peso. Creo que ha llegado de nuevo la hora de salir.


18:07

Sentado tomando un mate de coca en un lugar al que de nuevo no pertenezco, pero dentro del cual me siento por fin bien.

Poco a poco conozco más La Paz, o al menos el cansancio de mis piernas así lo cree, y cada vez me doy más cuenta de lo similar que es a Santiago, casi a cada otra gran ciudad latinoamericana: una ciudad fragmentada en dos, económica y geográficamente.

Si en Santiago esta dicotomía la marca la Plaza Italia, separando la ciudad en el barrio alto al Este y el Santiago popular al Oeste, a La Paz la plaza cartesiana es la del Estudiante, dividiendo la ciudad en un sur rico y residencial, y un norte pobre y caótico.

La verdad es que no sé muy bien que pensar acerca de La Paz, y acerca del mundo por extensión. Cada vez se me plantea más difusa la frontera entre dos palabras tan similares pero tan contradictorias: pobreza y progreso. Me resulta incluso difícil tratar de explicar esta confusión. Prefiero alimentarme de impresiones y cuando tenga una idea concreta, materializarla por acá.

Ahora, déjenme seguir disfrutando de mi mate.


20:33

Etno Bar. En la puerta se promete un café cultural, una noche literaria abierta con jóvenes autores bolivianos leyendo sus poesías o los textos que le inspiraron. Veamos qué sale de acá.

Antes de esto, tras mi mate de coca, he tenido un encuentro de lo más estimulante. Callejeando de camino a un concierto de música andina, encontré una casa museo, que al acercarme descubriría que se trataba del Museo Arqueológico. Al entrar para verlo, vi a dos muchachas que se hacían fotos. No sé que extraña intuición me llevó a hablarles, pues en estos viajes siempre suelo mantener las distancias con los demás turistas, para no molestarlos y porque en el fondo soy más tímido de lo que me gustaría admitir. Pero esta vez tuve una extraña intuición. Quizá fuera su forma de moverse, sus gestos, o incluso su vestimenta (y es que en el fondo la impresión de lo material, de lo explícito, a veces es muy fuerte), pero realmente me aventuré a preguntarles (aunque el acento ya había facilitado mi trabajo) si eran españolas. Y sí, Josune y Olga son de Navarra.

Pero puesto que he quedado en juntarme con ellas hoy en este Etno bar que nos promete "La noche de la hoja sagrada", aprovecharé para hablar del otro compañero de viaje que he conocido hasta ahora.

Su nombre es Pedro, un chileno de 19 años que viajaba a Bolivia para encontrarse con un amigo e irse juntos a vivir dos meses en las comunidades chileno brasileiras que cultivan y consumen la ayahuasca en la Amazonía. Lo curioso es que este tal Pedro estaba ya bastante afectado por este duro alucinógeno, que aseguraba haber tomardo diez veces en su todavía corta vida. Sus respuestas eran demasiado lentas, y su capacidad de atención y de retención estaban bastante debilitadas. Pero feliz viajaba el hombre con sus rastas, su peto vaquero y su gorro de colores.

Olga y Josune sin embargo trabajan en Sucre, haciendo voluntariado sin ser remuneradas siquiera con un solo peso. Dos modos de vida que se intentan vivir de forma alternativa, apartándose un poco de las recetas dadas, de esos mundos construidos a medida. Sin embargo, una la juzgo socialmente responsable y la otra me parece tan censurable como la del mayor empresario. Pero ¿quién soy yo para juzgar unas vidas que apenas alcanzo a rozar con la punta de los dedos?

sábado 20 de diciembre de 2008

20/12/2008 - el viaje se reinventa a sí mismo

11:56

Paso fronterizo Chile-Perú. Primer día, primer cambio de planes. Dos años después vuelvo a Perú.

Entre Arica y Tacna hay apenas 50 kilómetros. Este trozo de tierra , un árido desierto recorrido sólo por el abandono y la desilusión, es foco de conflicto entre tres países: una Bolivia que reclama su derecho de acceso al mar, un Perú que exige sus derechos históricos, ya que esta tierra fue tradicionalmente "suya", y un Chile que supo imponer la implacable ley del más fuerte.

Sin embargo, estando acá, comprendo que esta disputa se celebra sólo en el ámbito político. No digo que alguna discusión vespertina no haga restallar los aceros en algún rincón o algún local de las fronterizas ciudades de Arica o Tacna. Digo que en sus calles se respira y vive el más puro mestizaje que pueda esperarse.

Si bien la brecha formal intenta mantenerse, y por ejemplo cada ciudad publica sus precios en la moneda nacional, nunca falta algún comerciante más que dispuesto a aceptar los pesos, los soles, o hasta los bolivianos que sus multiculturales clientes le ofrecen.


12:14

De las treinta personas que viajan en el bus, la única que causa problemas en la aduana soy yo, español con su flamante pasaporte de europeo. Como escuché en alguna película, aquí el negro soy yo.

Pero no era de esto que quería yo hablar ahora.

Al subir al bus, un bus de trabajadores y desempleados de rostros y piel quemada, una chica no sabría decir si chilena, peruana o boliviana, sube al bus para cantar un par de villancicos y pedir a su nada opulento público cualquier voluntaria contribución. Lo sorprendente no es que la muchacha no cantara nada bien, o que pidiera en un bus donde el más pudiente sería considerado pobre sin paliativos en cualquier ciudad europea. Lo sorprendente es que algunas personas realmente le ofrecían una colaboración. Cada uno en las respectivas medidas de sus posibilidades: treinta pesos, cincuenta pesos (seis céntimos de euro). Mi compañero de asiento, un chileno de nombre Humberto que ha tenido una infinita paciencia con mis torpezas de turista, le ofrece temblorosamente cien pesos. En sus pies, lleva unas sandalias marca Adibas (el intercambio de consonantes no es una errata).

Me gustan estas tierras, porque la gente comparte sus miserias, con una solidaridad honesta de la que tanto tendríamos que aprender.


12:55 (hora peruana, 14:55 hora chilena)

Acabo de pasar al blog las primeras notas que de pie, viajando en bus, o sentado en algún bar, he ido garabateando en este cuaderno de viaje. Lo primero que me ha llamado la atención es que cambio totalmente mi forma de redactar cuando lo hago para el blog de cuando lo hago escrito en papel. Un par de veces he tenido la tentación de "enriquecer" los textos, o matizarlos, o añadirles los nuevos descubrimientos que he hecho a posteriori. Pero al final he decidido trascribirlo tal cual, sin variar siquiera una coma. No sé muy bien por qué. Pero sé que así será hasta el final el viaje.

Antes de sentarme a escribir en el blog he llamado por teléfopno a mis amigos de España. Quería hablar con mi amigo Alberto para decirle que dos años después he vuelto al Perú. Me apetecía comer en un chifa y volver a pisar esta tierra que tan desigualmente me recibió y la recibí.

Pero luego hablo más de ello, que me acaban de traer mi arroz chaufan.


18:43 (hora chilena)

De vuelta a Chile. Tomando una chela viendo la final del torneo clausura del fútbol chileno. Colo-Colo, el equipo nacional, el equipo de todos aquellos que no tienen equipo, y el equipo de todo apasionado del fútbol chileno; contra Palestino, el equipo árabe de Santiago. En cualquier otra vida, apoyaría sin duda al Colo, pero la casualidad o la providencia quisieron que en Chile conociese a Sohad. Así que en el fondo, mis simpatías están donde su alegría, alegría que en este caso se traduce en la victoria de Palestino.

Tengo muchas cosas pendientes que escribir. Sé que esto me pasará muy a menudo, y que no siempre tendré el tiempo o la voluntad de traducir mis pensamientos en palabra escrita. Esas impresiones poco a poco se irán difuminando, o interiorizando dentro de mí, y ahí morirán o ahí vivirán ajenas a estas otras impresiones que sí que tendrán visos de eternidad.

Una de las impresiones que sí quería reflejar es que, si bien es verdad que Arica es una ciudad multicultural, Tacna es una ciudad enteramente peruana. La música, el ritmo de la gente, las combis, los chifas. Tacna es una ciudad 100% peruana.

Bueno, me concentro en el partido que el Colo está presionando demasiado. ¡Vamos Palestino!

19/12/2008 - prima di partire

19:35

El avión sale con una hora de retraso. El avión. Al final decidó hacer el primer tramo de mi viaje en avión. Santiago-Arica en tres horas en vez de treinta. Sí, gano un día. Sí, es más cómodo. Pero no es lo mismo, es la primera traición a la idea de este viaje.

En la sala de embarque del aeropuerto, como siempre, reina el silencio. La gente tiene la misma cara que en un tanatorio. Algunos por miedo a volar, esperando con impaciencia que el avión salga pronto para que llegue pronto. Otros por la indiferencia a volar, aburridos de la espera.

Sin duda pertenezco al primer grupo, soy de esos que durante todo el vuelo está alerta, sosteniendo con su pensamiento el peso de las alas del avión. Cada vez que los veo, tan grandes, tan pesados, pienso lo mismo: ¿cómo es posible que ese armatoste se sostenga en el are? ¿Cómo a once mil metros de altitud, a 50 grados bajo cero y a mil kilómetros por hora?

En fin, esperemos que salga pronto para que llegue pronto.


19:45

Una chica, ajena a mis pensamientos, ajena a todos nosotros, lee un libro tumbada en el suelo de la sala. Los demás la miran entre reprochadores y envidiosos. La misma dicotomía, sólo que ahora pertenezco al segundo grupo.

Es la primera persona que querría conocer y a la que no me atrevo a acercarme. La segunda pequeña traición y aún ni siquiera he despegado.


23:45

Ocurrencia humoroso-festiva a diez mil metros de altura. "Me parece a mí que voy a pasar más hambre que Carpanta en el mes del Ramadán". Vamos, que cuando vuelva a Santiago más que de Bolivia va a parecer que vengo de Bulimia...

jueves 18 de diciembre de 2008

una sinfonía de entrecasa

¿Cuántas son las veces en que las palabras no alcanzan? ¿Cuántas las veces en que esta sucesión de letras que sale de mi mente, y a través de mis dedos llega a tu mirada, no puede colmar un sentimiento, una gratitud? En esas ocasiones es mejor dejar que el silencio de una sonrisa, el calor de una mirada, o la complicidad de un abrazo hablen por nosotros, se expresen en ese otro lenguaje subversivo que rompe los marcos de las ventanas que encorsetan nuestra vida.

Sin embargo hoy tengo la necesidad de verbalizar un sentimiento, tengo la necesidad de explicitar de forma mundana aquello que he sentido, aunque con ello lo vulgarice, aunque con ello convierta en terrenal un gesto inclasificable dentro de nuestros rígidos esquemas.

Ayer, a más de doce mil kilómetros de distancia de aquello que la mayoría de nosotros llamamos hogar, todos nos sentimos un poco más cerca de casa. Ayer, los amigos más cercanos en este trozo de tierra, en esta isla pasillo que es Chile, organizamos un amigo invisible, para traernos un trozo de las fiestas acá, y para sentirnos un poco más acompañados en este viaje que para algunos comienza, para otros termina, y para Ismael no tiene principio ni fin.

Quiero verbalizar lo que sentí al abrir mi regalo, pero no quiero que sean mis palabras las que hablen, sino que quiero mantener un diálogo con la persona que me lo regaló, y con ello me hizo entender a otro nivel el concepto de la palabra "regalo", que quizá de tanto usarlo ha perdido mucho del hermoso valor que tiene.

Nuestro regalo (pues el regalo es tanto del que lo ofrece como del que lo recibe) es un bolso de viaje, un bolso que contenía en su interior todos aquellos primeros auxilios con los que sobrevivir -o al menos con los que sobrellevar- este peregrinaje que nos lleva a movernos por esta pelota azul que, dicen, no para de dar vueltas y más vueltas, también sin rumbo fijo, sin principio ni final. En su interior había todo esto que dialogo, con Patri mediante su palabra, y con ustedes mediante mi voz.

Un ventilador (fue el primer regalo), pa que se quiten las nubes negras en los días malos...
Una brújula y un mapa, para encontrar el Norte
(aunque confío que sobre todo me ayude a no perderme nunca del Sur...)
Un coche de juguete, para que conduzcas cuando bebes.
Un espiral, ya sabes...
(y la honestidad me impide que ustedes sepan).
Un librito de frases; no podía faltar un libro.
Una Estrella del Elqui. Ya sabes que las tuyas están allí. Te las regaló Jorge.
Una agenda; con tus chicas y para que te cuides.
Un vela, que te ilumine.
(En la oscuridad, como dije un día, me ilumina el recuerdo de los compañeros de viaje...)
Un CD de música: mi música para que te acompañe.
Unos calcetines de colores: para el invierno, o el frío.
Un cubo de rubik: sencillo-complejo
(como todas aquellas personas que vale la pena conocer).
Un chapa, el conocimiento. (Combate la ignorancia).
Un superocho; para los momentos amargos (el superocho es el dulce más famoso de Chile...)
Una botellita de licor; la fiesta... (su ausencia fue el mejor regalo, pues nos queda pendiente...)
Un duende; te lo expliqué (y yo acá me permitiré una nueva elipsis, esto queda entre alma y alma)
Un llave; el amor. (Ojalá fuera tan fácil encontrar la cerradura...)
Allende; su último discurso.
Un lápiz; para cuando necesites hablar.
La poesía; ...
(...)
Una goma de borrar; todos nos equivocamos.
La bola del mundo; tus amigos...
El bolso, cargadito.
El regalo: esta vez lo recibes tú y no al revés.
Y un beso...

El mundo dentro de un bolso, y dentro del mundo, el sueño de otro mundo. Y dentro del sueño, el mundo de otro sueño. Entre sus palabras, tomó prestado de Hamlet Lima Quintana los siguientes versos, que me dedicó, y que acá reproduzco no para mi vanagloria personal (siempre he desconfiado de las estatuas ecuestres), sino para materializar su ternura a la hora de poder pensarme así:

Hay gente que con sólo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con sólo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca guirnaldas;
que con sólo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con sólo abrir la boca
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después como si nada.
Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria
pues sabe que a la vuelta de la esquina
hay gente que es así, tan necesaria.

Este es un lugar común que comparto con Patri. Ella piensa de mí que soy un duende, y yo sé que ella tiene la sombra de oro. Ella me regala versos, y yo le regalo palabras. Y éstas son las palabras que su sombra me inspira a mí:

- Ese chiquillo tiene algo.
- ¿Quién, Último?
- Sí.
- No tiene nada.
- Sí, tiene algo.

Libero Parri levantó los ojos hacia el cielo, incómodo, como alguien al que han pillado haciendo trampas con las cartas.

- No tiene nada, lo único es que... Es que tiene la sombra de oro, eso es todo.
- ¿Y eso qué quiere decir?
- No sé..., son distintos, y la gente los reconoce. A la gente le gustan los que tienen la sombra de oro.

El conde no parecía muy convencido. Libero Parri aventuró una explicación.

- Es que él ya se ha muerto un par o tres de veces... Cuando era pequeño, siempre lo daban por difunto, pero él siempre se salía bien del paso. Quién sabe, a lo mejor son cosas que te cambian.

Al conde d'Ambrosio le vino a la cabeza la única mujer a la que había amado más que al tenis y que a los automóviles. Cuando uno entraba en una habitación llena de gente, podía sentir si ella estaba allí sin que fuera necesario verla o saber que se había quedado en casa. Y en el teatro no era necesario buscarla: era lo primero que veían sus ojos. No es que fuera muy hermosa. Y hasta era difícil averiguar si era de verdad inteligente. Pero la luz estaba donde ella estuviera, y ella era el cuadro. Tenía sombra de oro, comprendió.

Y así, como dijo el poeta, es como cada día traemos del sueño otro sueño. Y esto es todo lo que tengo que decir. O al menos, todo lo que puede decirse.

martes 16 de diciembre de 2008

Y, sin embargo, Ismael sigue navegando

Recurro a los libros porque siempre alguien ha encontrado una mejor manera que yo para expresar un sentimiento, una inquietud, una incertidumbre. En varias líneas de este blog -en realidad ya desde la segunda entrada y en algún que otro aforismo no tan desafortunado- he tratado este lugar común: la necesidad de movimiento, el impulso que lleva a dar un paso más, y después otro, aunque nos condene a pasar de puntillas por historias, países y personas. Recientemente encontré esta otra manera de tratar de explicarlo:

Estoy leyendo Moby Dick, de Herman Melville. El protagonista del libro, el marinero de nombre Ismael, navega por el océano. Junto con los demás miembros de la tripulación, persigue a una peligrosa y escurridiza ballena que acabará emergiendo de las profundidades del mar para asestarles un poderoso golpe. En un momento dado oye al capitán, el terrible, implacable y despiadado Ahab, lanzar la orden: "Caña a barlovento! A dar la vuelta al mundo!" Y entonces Ismael piensa: "¿La vuelta al mundo? Hay mucho en ese sonido que inspira sentimientos de orgullo, pero ¿adónde lleva toda esa circunnavegación? Sólo a través de peligros innumerables, al mismo punto de donde partimos, donde los que dejamos atrás, a salvo, han estado todo el tiempo antes que nosotros".

Y, sin embargo, Ismael sigue navegando.

Como toda buena explicación, se queda en la pregunta; Tan innecesarias resultan a veces las respuestas. ¿Adónde lleva toda esta circunnavegación, si no es a seguir cargando de melancolía nuestras ya atiborradas mochilas, para acabar en el punto de donde partimos, donde quizá ya no nos espere Penélope agitando su pañuelo? Este viaje no lleva a ninguna parte, porque en todo verdadero conocimiento no importa la meta, sino el camino; no importa el destino, sino el viaje en sí. Conocer, recorrer, viajar, en definitiva, vivir, no es ir del punto A al punto B, es recorrer la infinítamente rica distancia que separa A de B. Por eso, para los viajeros, la línea más corta entre dos puntos no es la línea recta. Ésa es, si cabe, la única a evitar.

En estos días de despedidas, de cierres de un nuevo ciclo, parece que a todos nos embargara una pena primigenia: la sensación de pérdida es quizá lo único innato al hombre, desde que nos arrancan del vientre materno y comprueban que estamos vivos porque empezamos a llorar. Sin embargo es inevitable plantearse si acaso todo esto es necesario, si la intensidad de lo fugaz compensa el vacío de lo efímero. Tras años de plantearme esta pregunta, creo que por fin encontré la respuesta, porque el único lugar común que siempre se mantiene es que, a pesar de las zozobras, Ismael sigue navegando.

miércoles 3 de diciembre de 2008

aquí ya casi es de noche

Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior. "Demasiadas cervezas", dijo al ver mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Y la besé otra vez, pero ya no era ayer, sino mañana. Y un insolente sol, como un ladrón entró por la ventana.

El día que llegó tenía ojeras malvas y barro en el tacón. Desnudos -pero extraños- nos vio, roto el engaño de la noche, la cruda luz del alba. Era la hora de huir. Y se fue sin decir: “llámame un día”.

Desde el balcón la vi perderse en el trajín de la Gran Vía. La pupila archivó un semáforo rojo, una mochila, un peugeot, y aquellos ojos miopes. Y la sangre al galope por mis venas, y una nube de arena dentro del corazón. Y esta racha de amor sin apetito. Los besos que perdí por no saber decir: “te necesito”...

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido.

lunes 1 de diciembre de 2008

somos gente enferma

Conforme uno va creciendo, y aunque se resista a fijar los seudópodos, al final es inevitable ir volviéndose favorito de esto o de aquello. Los lugares comunes nos rebosan por las cuencas de los ojos, los vamos dejando caer por los cafés, las plazas, y las calles de las ciudades que habitamos. Es tan absolutamente inevitable e insoportable ser indefectiblemente siempre uno mismo, que al final acabamos hasta por soportarnos sin asco, limando nuestras aristas y asperezas en el sueño consciente de la conciencia. Y así, vagamos por días, países o confidencias intentando ocultarnos la cara oculta de nuestra costumbre, aquello que irremediablemente mira hacia atrás, cubierto en pelo, en culpa, y en temores.

"estábamos tan de acuerdo en todo que era una vergüenza..."

viernes 28 de noviembre de 2008

perechorno (2)

No sé si será algo habitual para todo el mundo o es sólo que yo cada día estoy más cansado de todo, pero últimamente la verdad es que tengo cada vez menos ganas de hablar. O al menos, de hablar de mis posturas acerca de la vida pública.

Como ya comenté en alguna otra ocasión, es habitual que los desayunos en el trabajo los hagamos este humilde becario, mi jefe, y el jefe de mi jefe que no es mi jefe (nunca entendí bien las jerarquías en esta oficina...). Hoy saltó un tema económico bastante candente, que desde que se mencionó ya intuía yo que iba a levantar ampollas en los presentes: la necesidad de una presencia mayor o menor del Estado en la economía.

Tras las típicas defensas que hablan de minarquismo, de neoliberalismo y de asignación eficiente de los recursos por parte del mercado (que ya no despiertan en mí la más mínima sorpresa), asistí ipertérrito a la defensa de dejar la educación en manos privadas. A través de una suerte de sistema de evaluación de los distintos colegios, el 10% menos "efectivo" (es decir, cuyos alumnos arrojen peores resultados), habría de cerrar sus puertas, motivando así la competencia para alcanzar una educación de calidad. Así seguía toda la parafernalia, que no quiero describir en detalle por aquí.

Lo sorpresivo no es que yo estuviera a favor o en contra, lo sorpresivo no es que dichas palabras despertaran en mí una profunda admiración o un pueril rechazo. Lo sorpresivo, era la absoluta indiferencia con que estaba asistiendo a tal intercambio de ideas. El empobrecimiento ideológico me parecía tal, los argumentos tan vanales, demagógicos e inconcretos por ambas partes, que realmente me sentí sin fuerzas para decir siquiera una palabra.

Hace pocos años, ocupaba tardes y noches enteras en intentar refutar o defender argumentos similares. Creía que una discusión estructurada, en la que quedaran asentados los puntos de partida, y dirigida intentando alejarse de las motivaciones e implicaciones personales, podría llevar a algún lado. Mientras más tiempo pasa, mientras más mentes supuestamente brillantes conozco, más me doy cuenta que esto no es así. La gente, mientras más madura y "brillante" se vuelve, aumenta exponencialmente su pobreza ideológica. Se vuelven favoritos de esto o de aquello, y toda discusión es baladí pues de los cincuenta argumentos vertidos retienen sólo aquellos (o aquello de aquellos) que les sirven para reforzar su idea ya preconcebida.

Baricco, en su interesante libro City, incluía la Teoría de la Honestidad Intelectual. Tampoco quiero hacer ahora un resumen de la misma (como he dicho, cada día estoy más cansado...), pero basicamente concluía que cuando una persona engendra una idea, la germina y acaba por darle forma, con el tiempo convierte dicha idea en un tanque, que pueda protegerse de los ataques que reciba de aquellos que la critiquen, desvinculándose cada vez más de cuanto de honesto tuviera esa idea al nacer, simplemente armándola para resistir los envites de su exposición ante el mundo.

Esto es tan así, que realmente he perdido las ganas de hablar con nadie de ninguno de los temas llamados serios. Cuando quiero hacerlo, me refugio un poco en estas líneas o en las que escribo en otros blogs, en los que al menos se respetan los espacios de exposición de cada participante, y siempre se puede volver a leer o a incidir sobre lo ya comentado. Igualmente en estos espacios la comunicación es imposible, pues la falta de honestidad nos rebosa por otros poros (la lucha de poder, el orgullo, nuestra propia estabilidad psíquico-emocional...), pero algo más se consigue. Al menos eso quiero creer.

"El sueldo tan bajo de los trabajadores de nuestra empresa se debe a que realmente su productividad es muy baja. Si el Estado colocará el sueldo mínimo en 600 dólares (en vez de 200 que es el actual sueldo mínimo de Chile), el paro subiría al 30% y tendríamos que despedir a algunos de ellos. Esa baja productividad explica que ellos ganen 200 dólares al mes, y nosotros más de 5000". Mientras tanto, una de esas trabajadoras cuyo día a día consiste en llevar a reciclaje las papeleras que nosotros llenamos de documentos inservibles y de limpiar la mierda que dejamos en los baños, lleva empeñada más de 40 minutos en arreglar la sobrecubierta de un libro de música de uno de los comentados gerentes ultraproductivos. Y así va el mundo, y así conciliamos el sueño confiando en que el sistema esté solucionando este desfase salarial con suma eficiencia. Quién todavía puede, claro...

En fin, ya me volvió el perechorno, qué le vamos a hacer. El que quiso entender ya lo hizo, y el que no, quizá sea porque la uña fría le rasca donde a mí no me pica.

lunes 10 de noviembre de 2008

días grises (3)

días grises (2)

Aprovechando que hoy estoy en un día de mierda, me va a dar por escribir algunas gilipolleces como si llevara la razón en todo lo que digo. Ventajas de estar en un día de mierda, que puedes escribir todo lo que te salga de la *****, y te la **** lo que los demás piensen de ti. Y es que hoy me ha estremecido darme cuenta de una cosa, y es que tarde o temprano todo el mundo, por decirlo en lenguaje campechano, se echa novio. Es impresionante cómo a base de ver algo todos los días, lo asumimos como lo normal, y no vemos la verdadera aberración que tal realidad es. Y no hablo sólo de tener novio a los 25 o los 30 años, que ya es sorprendente. Sino hablo de que el 99% de la gente, tarde o temprano, acaba compartiendo su vida (casándose o no) con alguien.

A mí no deja de resultarme sospechosa esa realidad. Joder!, no sé si es que a la gente le regalan el amor por la calle, o que entienden por tal una cosa muy distinta a la que yo entiendo. Pero la verdad es que es un dato absolutamente sorprendente el que a la postre, tarde o temprano, con la novia del colegio o con la compañera del cuarto trabajo, todo el mundo termina por encontrar pareja. Si te paras a pensarlo un poco, es algo grotesco. Y más teniendo en cuenta que no todo el mundo lleva una vida que pueda llamarse "de amplias miras". No es que la gente se pase la vida viajando, conociendo nuevas vidas, nuevas gentes, nuevas culturas, empezando proyectos de trabajo distintos, etc. La gente normalmente tiende mucho más hacia una cierta estabilidad. Una gran mayoría vive en la misma casa, o al menos en el mismo barrio, en que vivieron sus padres. Sus mejores amigos siguen siendo aquellos con los que compartieron colegio, instituto y en algunos casos incluso universidad. Luego entran a trabajar en cualquier empresa, quizá cambian a los meses o a los años, pero ya desde ahí casi siguen en el mismo puesto de trabajo toda la vida.

Y sin embargo es alucinante cómo, a pesar de haber conocido a (digamos) mil personas del sexo opuesto en su misma o similar franja de edad y con condiciones socioculturales similares, de entre esos mil (de los cuales probablemente sólo doscientos estarían solteros por esta epidemia de parejismo en que vivimos), es alucinante cómo entre esos doscientos se encontraba el que sin lugar a dudas era "el amor de su vida". Quizá la gente lo verá como la cosa más natural del mundo, pero a mí no deja de resultarme estremecedor.

Pertenezco a ese grupo que podía calificarse de "solteros" (sic). Hace casi tres años que no tengo una relación estable (lo que no significa que con mayor o peor suerte hayan pasado no pocas mujeres por mi cama y por mi corazón), y la verdad es que no me resulta nada fácil volver a imaginarme dentro de una. Por supuesto que me han gustado algunas chicas. A otras las he querido, con unas pocas me he obsesionado, e incluso a algunas he intuido que podía llegar a amarlas. Pero de ahí a imaginarme viviendo una relación, formando una pareja en el sentido tradicional del término, creo que va un largo trecho. Y no hablo de vivir bajo el mismo techo, de viajar juntos y todas las gilipolleces que se quieran entender por "tradicional". Hablo de pensar en alguien y pensar de alguna manera que esa persona es mi pareja y que yo soy su pareja. Se me hace raro incluso el simple término.

Creo que en verdad mi error parte de que ni siquiera sé muy bien lo que la gente busca dentro de una pareja. A ver, partamos de algunas verdades que aunque dolorosas para todos no dejan de ser realidades. Primera verdad: la gente tenemos un tremendo miedo a vivir solos. No hay mayor terror que imaginarse un 24 de diciembre comiendo solo delante de la televisión, o no hablemos ya de verse a los setenta años con los calzones cagados y nadie que venga a limpiárnoslos. Segunda verdad: la gente tenemos la necesidad de hablar, o más que de hablar, de sentirnos escuchados y comprendidos en nuestras infinitas gilipolleces. Para muestra, un botón: yo tengo un día de mierda y no se me ocurre más feliz idea que compartirlo a través de estas líneas. Tercera verdad: la gente tenemos la necesidad de sentirnos aceptados por el grupo en el que vivimos. En este caso pienso en las solterones de treinta y cinco años a los que todos miran con complacencia temiendo, ¡oh santo señor!, que se les acabe "pasando el arroz". Sólo hay que ir a una discoteca para "adultos jóvenes" (esta palabra siempre me ha dado ganas de vomitar) y ver cómo las treintañeras solteras están absolutamente locas por encontrar una *****. Cuarta verdad: la gente que vivimos en pareja acabamos por no soportar a nuestra pareja, por tener que rellenarle su soledad, escuchar sus gilipolleces, y justificar su vacía existencia.

Así pues nos encontramos con que vivir en pareja es un intento de casar dos soledades en los que los miembros de la pareja tienen que soportar la mierda y los días grises del otro, para ser aceptados en una sociedad que huele tan a podrido como la que tienen en casa día a día. Y a pesar de que esto es una verdad incontrarrestable, casualmente todo el mundo acaba encontrando al amor de su vida. Joder! ¿es que es tan difícil asumir que jugamos al juego de la vida y nos dieron cartas de mierda? ¿tan difícil es aceptar que no encontramos a esa persona que nos acompañase en el viaje? ¿o que quizá la tuvimos y ya la perdimos para siempre?

La necesidad de estar acompañados está ahí. La necesidad de ser escuchados y comprendidos, sin duda también. El hombre es un animal social, y como tal necesita de la sociedad para realizarse en plenitud. ¿Estará entonces mal concebido ese modo de encontrar compañía? Pues la verdad es que no tengo ni la más jodida de las ideas. Sólo sé que miro a mi alrededor y a todos aquellos que tienen más de cuarenta les brilla una sortija en el anular, y a todos aquellos que tienen entre treinta y cuarenta les suena el móvil cinco veces al día con la misma persona llamando, y todo el mundo tiene pareja o acaba de salir de una relación. Y sin embardo no puedo evitar tener la sensación de que en el fondo no son más que un grupo de personas perfectamente infelices. En fin, hoy se me ocurrió esta reflexión... Triste reflexión, por otra parte...

días grises

Hoy me he levantado en uno de esos días grises. Esos días en los que desde que te levantas, o aún antes, cuando a las cuatro de la madrugada te despiertas para ir a mear, ya estás pensando "hoy va a ser un día de mierda". Parece que los brazos te pesaran quince kilos cada uno, como si la gravedad se hubiera levantado ella también con ganas de joderte el día, y te pesan los mofletes, te pesan los párpados, los labios y hasta el alma, pero no te pesan de cansancio, al menos no de cansancio físico. Es algo más, algo mucho más allá: es otro jodido día gris.

Te vistes de cualquier manera, te miras al espejo y te avergüenzas de tu propia cara de molido. La barba de tres días, los pelos que se rebelan a amoldarse y cada uno toma una dirección, unas ojeras que para llevarlas te hace falta una carretilla... Parece que todas las partes de tu cuerpo se quieran sumar a la fiesta... Sales a la calle y hasta saludar al conserje se te hace un mundo: "buenos días!". Buenos-días-buenos-días-buenos-días ¿Buenos días? ¿Se puede saber qué tiene exactamente de bueno este día? Y luego, ¿por qué coño se utiliza el plural al saludar? Parece como si quisieran recordarnos que por delante nos queda no sólo este día gris, sino la incontable suma de días hasta que llegue el tiempo con su guadaña y ya no haya días, ni buenos ni malos ni grises.

Camino del trabajo pareces un zombi. El sol te quema los ojos, los coches se han empeñado en hacer un ruido infernal y en saltarse los semáforos justo cuando te estabas animando a cruzarlo. Un niño te pisa por descuido, otro te golpea con su maleta atiborrada de libros, y las tías buenas que van al trabajo embutidas en minifaldas negras te miran con desdén.

Llegas al trabajo, abres el correo, y te encuentras la respuesta de cualquier incopetente con un cargo que se permite leerte las cuarenta. Te dispones a cagarte en su puta madre cuando se te pasa por la cabeza que igual él también estaba teniendo un día gris de mierda, y de repente te sientes hermanado, y hasta conectado, con ese ridículo ser. Para relajarte lees las noticias de El País, y ahí ya sí que la has cagado: "licencia para atacar a Al Qaeda", "dos coches bombas y un suicida causan 25 muertos en Bagdad" "Melilla sufre una nueva avalancha" (de inmigrantes, imaginas), "ocho muertos a balazos en 24 horas en el Norte de México". Bien, ahora no sólo te sientes una mierda por tener tu enésimo día gris, sino que te sientes aún peor por sentirte una mierda cuando todo el mundo se está yendo al carajo. La última noticia no puede dejar de recordarte a Bolaño. Hay mucha gente que no soporta los libros de Bolaño. Yo creo que es porque te presentan la realidad de una forma tan descarnada (asesinatos, violaciones, pobreza, crueldad, soledad), tan cercana al fin y al cabo, que preferimos seguir leyendo la violencia poética o la pobreza estadística, pues la fuerza de la costumbre ya ha maquillado los efectos que causan sobre nosotros.

Te bajas a desayunar y ya no tienes ni fuerzas para defender tus ideas. Tu jefe te avasalla con el discurso de que la única manera de ayudar a los pobres es dejar que los ricos sigan forrándose, que algunas migajas le caerán a los pobres. En fin, que si la pobreza se ha reducido en un 20%, que si patatín y patatán y tú sólo pensando "mi reino por un día de vacaciones". Al reloj parece que le pesa el culo. Los minutos se hacen eternos y las horas directamente inacabables. Un nuevo puto día gris. Habrá que echarlo para atrás como sea...

viernes 7 de noviembre de 2008

perechorno

miércoles 1 de octubre de 2008

temet nosce

Recuerdo que cuando era más pequeño (aunque tal frase podría ser igualmente aplicable en el día de hoy) mi hermano siempre me criticaba la fugacidad de mis pasiones. El baloncesto, las "magic", el cine, los amigos, las parejas. Todo era elevado a condición de mito durante un breve periodo de mi tiempo, para luego desaparecer en el olvido y quedar como una melancolía más que llevar en la mochila. Quizá por eso nunca voy a ser experto en nada, quizá por eso este es el quinto país en el que alquilo una casa para "vivir un tiempo", y quizá por eso estudié dos carreras que nada tienen que ver y un master que las contradice (aunque este ejemplo no cuenta mucho pues nunca he acometido con pasión mi formación escolástica).

La última de estas pasiones está siendo sin duda la psicología. La psicología como leitmotiv de la historia de los pueblos, y de la intrahistoria de quienes los conforman. Veremos cuanto me dura...

Pero de lo que hoy quiero hablar es de algo más lúdico, como es este test que ideara C.G.Jung y que no sé si tendrá alguna utilidad práctica, pero que resulta entretenido. Eligiendo entre 2 tipos de personalidad (extrovertido-introvertido; espontáneo-decidido; etc.) a través de 4 pasos, surgen estos 16 tipos de personalidad que quedan reflejados en la rueda, como una rosa de los vientos que nos dicen (sic) que personas soplan en nuestra dirección, y cuáles en dirección contraria luego-el-encuentro-más-que-al-encuentro-está-condenado-al-desencuentro.

Quien quiera jugar que juegue, y quien quiera compartir el resultado que lo haga. Acá les dejo el enlace por si se animan a que todos "nos conozcamos a nosotros mismos".

martes 23 de septiembre de 2008

sabiduría popular

Cualquier hombre puede llegar a ser feliz con una mujer, con tal de que no la ame.

Oscar Wilde dixit

sábado 20 de septiembre de 2008

sushi en fiestas patrias

No siempre las cosas resultan ser tal y como las pensamos. Probablemente porque las situaciones no es necesario forzarlas, quizá no sea ni recomendable, ya que es cuando las dejamos expuestas al caprichoso azar cuando adquieren su forma más pura.

Para celebrar las fiestas patrias chilenas -que son algo así como 4 días de fiesta para festejar que hace 198 años consiguieron librarse del yugo que los españoles les impusimos durante más de 300 años- decidí venir al sur de Chile. Amparado en ese cliché que reza que en el sur se viven siempre las cosas más a piel (quizá condicionado por ese pegadizo "para hacer bien el amor hay que venir al sur" de la Carrá), cargué mi mochila y decidí venirme a las meridionales islitas de este espigado país: Chiloé.

Pensando en encontrar remotos pueblitos de pescadores que vivieran la tradición con una cierta magia o mitología distinta a la del ajetreo de la gran urbe que es Santiago, procuré adentrarme en lo más profundo de la isla mágica de Chiloé, pero pobre de mí no me esperaban sino los paisajes más hermosos que haya visto en mucho tiempo. Del espíritu dieciochero (el "independence day" chileno es el 18 de Septiembre) que tanto ansiaba, el más prendido era el mío, paradójicamente un español exiliado en estas lejanas tierras.

Finalmente, y tras mucho pelearlo (realmente me sentía un púgil que lucha contra la desidia de toda una nación), conseguí encontrar aquello que buscaba: una encantadora fonda que bien podría haber sido escenario del penúltimo western de Howard Hawks. Ahí realmente sí estaba una pléyade de personajes dignos de Río Bravo, coronados por un entrañable borracho que mediada la tarde optó por la horizontalidad en el suelo chilota, y que respondía al simpar nombre de Guadalupe. Realmente se congregaba la flor y nata del entramado chileno: el cura, el borracho amable, el borracho cascarrabias que a todas intentaba sacar a bailar, el gringo, y bueno, el españolito de turno.

Pero nada era suficiente para mi afán devorador de autenticidad. Había que dar una última vuelta de tuerca y buscar en otros sitios algo un poco más auténtico, una celebración que desde las 3 de la tarde dejase un reguero de borrachos en las aceras, y levantase un olor a asado que sobrevolase la cordillera andina que tan bien nos sirve de frontera. Así que decidí venir a Puerto Varas, volver a tocar tierras continentales y dejar las insulares que tan buenos recuerdos paisajísticos dejaran en mi boca.

Y aquí es donde empieza "la catástrofe dieciochera". Todo prometía mucho en un principio: una fonda nada más entrar al pueblo, el olor (y la exquisitez) de unos choripanes generosos en grasa y sabor, un escenario que prometía baile y diversión. Los elementos estaban todos. Faltaba la fluidez. Sobraba mi necesidad de forzar la situación. Informose que la función empezaría a eso de las 6, luego para llegar a tope de fuerzas y aguantar bebiendo y comiendo hasta las 5 de la mañana, decidí dormirme mi buena siesta antes de volver a la fonda. A las 9, como niño con zapatos nuevos el día de su comunión, me visto y bajo a empaparme de chilenismo. Pero me recibe el más seco frío invernal, y una fonda que empezaba ya a ser desmontada.

Confundido, pregunto a los solicitos trabajadores la razón de tal fin de fiesta, ante lo cual me informan (no sin cierta melancolía en sus sureños ojos) que "las fiestas ya no son lo que eran, la gente ya no tiene que esperar todo un año para salir con sus hijos a cenar, para emborracharnos tenemos todos los días del año y todas las excusas de las que queramos disponer, y las fiestas costumbristas han pasado de delirio de la gente del pueblo, a atractivo para turistas como usted". La dureza y realidad de esas palabras se me presenta inapelable. Cuánta razón tenía ese caballero. Justo al lado, como testigo refrendado de sus palabras, se me ofrecía un local de sushi, atestado de familias con niños y parejas haciéndose carantoñas.

En un último reconocimiento a lo que un día fueron las ferias costumbristas de nuestros paises, decido volver a mi hostal, a refugiarme en el viaje de los detectives salvajes de Bolaño. La tripa ha empezado a sonarme hace 10 minutos, reclamando los choripanes y anticuchos prometidos. ¿Acabaré sucumbiendo ante su llamada y seré una cara feliz más de las que llena el local de sushi? No lo creo.

Post-data: Al lector perspicaz, quizá no le haya pasado desapercibido el posible detonante de todo este lamentable error geoestratégico (pues me consta que en la septentrional Santiago las fiestas han sido masificadas a pesar de la inclemente lluvia). Quizá al encontrarse en el hemisferio sur, el norte sea el sur y el sur sea el norte. Corrigiendo pues mi tesis inicial (aunque esta nueva no deje de ser un cliché que sustituye a otro pretérito): quizá la mayor autenticidad radique en viajar siempre hacia los más benignos climas que se aproximan al ecuador, pues todos sabemos que "clima culturam facet". No lo sé. Sólo sé que dejo de escribir estas líneas pues he de apresurarme si quiero llegar a tiempo antes de que me cierren el local de sushi.

Sic...

martes 2 de septiembre de 2008

digresiones dentro de una digresión en una charla con liz norton

Es muy cómodo vivir instalado dentro de un personaje.

Antaño, y no hay que remontarse mucho más allá del siglo pasado, las personas vivían instaladas dentro de un imaginario-mundo: una religión, un partido político, unas tradiciones, una cultura. Dentro de ese mundo, encontraban respuestas externas a casi todos los avatares de la vida. Así, la castidad se presentaba no como una elección, sino como una premisa de la religión de turno; la clandestinidad no como una decisión huidiza, sino como una condición de pertenencia a determinadas ideologías políticas; la rigidez en los valores, como un modo de conservar las milenarias tradiciones; y el machismo, la apatía, el sedentarismo, o la tiranía, como unos imperativos de la cultura que los vio nacer.

Hoy día, muchos de esos imaginario-mundos colectivos han ido desapareciendo, o sus rejas se han ido debilitando. Se ha ido perdiendo ese sentido de colectividad. Así, las religiones han perdido peso específico; los partidos, todos ellos legalizados, han tendido a una cierta estabilidad centrista en la que no los diferencia tanto la ideología como la posición que en el poder ostenta cada uno; las tradiciones se han olvidado en un cajón sin fondo; y la cultura, ha pasado a ser una y uniforme. Y no trato de decir que todos estos cambios hayan sido negativos. Por el contrario, se podían haber presentado como un desencorsetamiento de la sociedad en que vivimos. Sin embargo, lo que han hecho ha sido recrudecer lo que voy a llamar -desgraciadamente parafraseando al Papa Ratzinger- la dictadura de la relatividad.

Esta poderosa idea, empero, no la defiendo en el sentido que lo hace el "sumo pontífice". No la uso para predicar, como éste, una vuelta hacia los valores de antaño. No defiendo una vuelta a encerrarnos dentro de esos mundos prefabricados, perfectamente amoldables a la vida de cada uno. Porque el fin último de esos imaginarios es el más terrible de todos: descargarnos de la responsabilidad de nuestras decisiones personales. Justificables dentro de un imperativo mayor que nos obliga a actuar de éste y no de aquél modo, en estos mundos los actos del individuo no requieren de un acercamiento responsable a los mismos, puesto que vienen predeterminados por las prescripciones de una moral de turno.

Lo que defiendo es un giro hacia un acercamiento social e individualmente responsable a nuestros actos. Socialmente, en el sentido que parece que hoy día, cualquier postura ideológica o política es justificable siempre y cuando esté esgrimida bajo una cierta construcción intelectual. Se tiende a la descontextualización de las ideas, a plasmar en modelos lineales una realidad multiforme que jamás podrá ser comprendida dentro de esas mínimas directrices. Desde la doctrina marxista hasta el actual neoliberalismo, todas ellas han adolecido de la misma carencia: una profunda miopía hacia una realidad que negaba las teorías basadas en las alquimias de quienes las formulaban. Si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad, se ha llegado a afirmar. Hay que contextualizar esas teorías que naturalizan el estado de las cosas, que las intentan hacer estáticas y predican constantemente el fin de la historia. Hay que hacer teorías impuras, teorías bañadas de contexto, de realidad, y no arquetipos generales con aspiraciones de ser generalizados a tantas diferentes realidades.

Pero igual de terrible es la relatividad moral a nivel individual. Y ésta es la que en los últimos años ha sufrido un cambio en el que el hombre, pudiendo liberarse de las cadenas que le oprimían, ha optado por una salida igual cobarde: lo que he dado en llamar vivir instalado dentro de un personaje.

Perdido el referente ideológico, vencidas las ataduras de la religión, superados los imperativos morales de la cultura (instalados dentro de esta cultura de la relatividad del todo vale, dentro de esta cultura sin valores-guía), el hombre se ha encontrado de repente desnudo ante sí mismo. Sin un referente en el que justificar sus acciones, teniendo que afrontar que la cárcel en la que decimos vivir es una prisión de rejas transparentes impuestas por nosotros mismos, nos resulta cada vez más difícil enfrentarnos a nuestras cobardías, a nuestros miedos, a nuestros temores. El ancestral miedo a la libertad nos ha sorprendido desnudos, y la respuesta ha sido instalarnos dentro de un personaje.

Las facturas a pagar; El satisfacer las expectativas en nosotros depositadas; La inutilidad de una acción individual frente al todopoderoso sistema; Las dilaciones que de tan comunes se vuelven eternidades. Preferimos proferir gritos al viento sentados en nuestros cómodos sillones, preferimos lamentar la circunstancia en vez de enfrentar la circunstancia. Y ahora es más fácil que nunca: siempre habrá una canción, una película, un libro, o la escapatoria de un blog, que nos permitirá sentirnos hermanados en esa lucha que no existe sino en nuestras bocas, en nuestras letras, en nuestras teclas. Estamos en la platea leyendo y preparando constantemente el guión de nuestra vida, pero nunca subimos al escenario a interpretar el papel que nos predicamos.

Pero este "personajismo" no sólo se manifiesta en la esfera de nuestra vida social, que ya es terrible, sino también en la de nuestra vida privada: en nuestras relaciones de familia, de pareja, y ante nosotros mismos. Y este es el más peligroso de todos ellos. Hay que admitir que eran el momento y la situación idóneos. Con la ayuda de internet, con la ayuda de estos blogs que nos permitan liquidar a corto plazo lo poco de auténtico que puede aún moverse en nuestro interior, favorecidos por este anonimato que da la pantalla del ordenador, es fácil colocarse la careta de un personaje ante los demás y, con el tiempo, ante nosotros mismos. Adoptamos un personaje, cortazariano, kunderiano, aristotélico, platónico, y bajo las premisas que se esperarían de dicho personaje, sabiendo lo que los demás esperan de nosotros, utilizamos esta cobertura como justificación a unas decisiones que en el fondo nos atañen sólo a nosotros mismos. "Yo nací para morir en soledad", "siempre nos quedará París", "estoy acostumbrado a sufrir", "que será de mí buscando salida a este dolor", "lo que me cuesta es pasar del 1". Pero no eres Ilsa Lazlo, ni yo Rick Blaine. Es mucho más fácil, porque es más cómodo, imaginarnos a nosotros mismos trabando amistad con los gatos nocturnos, observando como un avión se aleja en un aeropuerto entre la niebla, declararnos anacoretas de espítitu y vocación. Pero eso no hace sino ocultar nuestros miedos a enfrentar la realidad; a decir aposté y perdí, pero al menos jugué; nuestros temores de enfrentar el mundo con una mirada adulta, responsable y autocrítica (la guardería global, ¿recuerdas hermano?). Esos miedos son perfectamente liquidables, si los justificamos con interpretar ese papel que hemos elegido para nosotros mismos.

Esta es la enfermedad que enfrentamos en este nuevo siglo. Acercarnos a alguien y no saber qué papel, qué personaje, habrá elegido para interpretar en el viaje de su vida. Bajo su máscara, intuiremos la persona real que, asustada, temerosa, tiene miedo de despojarse de la careta y que los rayos del sol quemen su rostro. Pero quizá nunca lleguemos siquiera a rozar a esa persona que espera, agazapada, una oportunidad de que le dejen vivir. Por eso es tan necesario despojarse de ese papel, de ese personaje autoimpuesto. Es tan necesario, que confío en que estas palabras aquí escritas se transfiguren en actos, al menos en aquello que a mí me concierne: en mi persona, y en la de todos aquellos que me rodean y a los que quiero.

jueves 28 de agosto de 2008

cuando la vida llama a tu puerta

Nosotros somos los únicos con capacidad para negarnos la posibilidad de ser felices.

Caramba, no quería empezar una nueva entrada con una frase que bien podría estar en cualquier libro de autoayuda, o aún peor, en el messenger de una quinceañera perdida. Pero así salió, y así será. Me cansé un poco de esta sensación de tener dentro cosas muertas cada vez que escribo. Necesito que empiece a llover acá dentro, que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas.

Es mucho más fácil escribir cuando, como bien me anunciaba mi hermano, tratamos de levantar o despertar la compasión. No de nadie en concreto; el público, en este tipo de espectáculos, es siempre uno e inmutable: nosotros mismos. Es más fácil saberse perdido, recordarse que tras cada nuevo fracaso volvemos a casa y leemos a Bolaño, imaginarnos con la mirada gris y la sonrisa apretada en la soledad de nuestro hogar, rodeados de nuestros libros y de las notas de algún viejo disco de jazz, sin compadecernos de nosotros mismos, pues eso es para los débiles; pero bien orgullosos de nuestra vida de lobos esteparios, de "vagamundos", de anacoretas. La incomprensión de los demás (que curiosamente suelen confundir con admiración, pero que nosotros no podemos evitar saber que no es más que hadmiración) como único alimento, aparte de los espirituales, ahogándonos en ríos metafísicos mientras nos compadecemos de los que se ahogan en ríos de carne y hueso, porque ríos hay muchos, no todos están hechos de agua (aunque todos recorren -y eso lo sabe cualquiera que se detenga un minuto a mirar- 3'14 veces, exactamente 3'14 veces, el número Pi, el recorrido que harían si fueran directos desde su nacimiento hasta el mar).

En el fondo, el culpable de toda esa soledad "autoimpuesta" no es otro que el miedo. El miedo a vivir, el miedo a dejarnos vivir. En nuestro limitado espacio todo está bajo control: las claves, cuando se descoordenan, afectan sólo al micromundo creado por nosotros mismos, luego reordenarlo, volver a tocar las teclas, es más fácil. El problema es cuando introducimos la incertidumbre, cuando introducimos al otro en ese círculo íntimo, porque las respuestas y comportamientos escapan a nuestro control. En ese momento la vida se convierte en un torbellino que nunca sabes hacia dónde va a girar, y que tiene la capacidad de destrozar todo lo creado, o de despajar el cielo y hacer que el cielo brille más azul y despejado que nunca.

El problema con el que hay que aprender a lidiar es a diferenciar entre el sentimiento puro y honesto y el de vodevil. O dicho de otra manera, entre el rezongarse en nuestra propia mierda o tratar de llenar el vacío con la mierda ajena. Porque igual de agotador es ver, escuchar, oír o leer a personas que no encuentran sentido a su vida porque su pareja se fue, se cansó, los dejó por otra persona. Esas personas que lanzan gritos de desamor, que juran a los cuatro vientos que nada volverá a ser lo mismo, que el sol ya no brillará y que sus rayos ya no acariciarán su piel como sólo la otra persona sabía acariciarla, esas personas que abandonadas por su pareja no ven la salida, saben sin lugar a dudas que "era él", que quien se fue "era la persona hecha para mí". Esas mismas personas son las que luego, en un tiempo irrisoriamente breve, están rehaciendo su vida con un nuevo él, esta vez sí el definitivo, el amor de su vida, y cantan al nuevo amor llegado con la misma o mayor pasión con que lloraban al que se marchó. Luego se permiten regalar odio y menosprecio al que se marchó, quizá por respeto, por honestidad, por afrontar que ya nada era realmente lo mismo, que lo que un día floreció comenzó a amargarse y de su vida en común sólo se desprendía un tufo a moho, a lugares comunes ya viciados, a muerte.

Siempre he desconfiado de esas personas que regalan pasiones, que regalan amor y odio con tanta facilidad e intercambiabilidad que nunca sabes que cara de la moneda te están mostrando. Esas personas para las que pasas a ser el mundo a ser lo peor del mundo, el recuerdo de una época horrible que debe ser erradicada de la memoria, las fotografías quemadas, sus recuerdos arrojados por la ventana. Ventana que será abierta para recibir los de cualquier otro, los del próximo, que quizá llegará a ser alguna vez el definitivo. Pero ¿cómo distinguir pues si ese definitivo estuvo en algún momento a un gesto, a una decisión, a una palabra de ser despreciado para siempre y enterrado en el olvido? Parece como si una fuerza excesiva e innecesaria empujara la relación en una determinada dirección, hacia el amor, con tanta tanta tanta fuerza, que cuando éste se acaba (quizá de tanto usarlo, quizá como nos recuerda Pedro Guerra "forzaste quizá demasiado los lazos pensando que en eso consiste el amor: en dar sin medir el calor de un abrazo"), la fuerza de repulsión es tal que se convierte en una auténtica repulsión hacia la otra persona, y mientras más fuerte empujaban, mientras más juraban que "o tú o ninguna", mayor es luego el desprecio, el rechazo, la negación y olvido a que se condena a quien compartió y vivió contigo un trayecto del viaje.

No sé por qué es esta la imagen que tengo de la vida en pareja. Quizá porque fue la que yo viví, o la que yo creí vivir. Quizá porque, como ocurre con todas las cosas, los neutrales y equilibrados nunca destacan, sino que son los extremos los que se hacen ver, los que con sus bipolares manifestaciones parecen copar la expresión de la realidad. No sólo será, sino que estoy seguro de que es posible encontrar un cierto equilibrio dentro de las pasiones, como una pasión desapasionada, un oximoron imposible pero necesario, un vivir con alguien porque sí, de forma relajada, compartir el viaje porque ambos así lo quieren y lo desean, pero no porque lo necesiten, no por la necesidad de encontrar justificación o de colmar un vacío, pues cuando compartimos buscando saciar nuestras ansias, lo único que podemos compartir es ese vacío, esa nada que llevamos dentro. Así, en demasiadas ocasiones se ven parejas unidas por sus respectivas carencias, tratando de buscar en el otro la justificación que llene su vida, que dé una razón a su existencia, y demandan demandan demandan, comienzan a exigir a esa persona que las sacie, que las llene. En definitiva, que las complete. Pero aquí radica el error. Pretender que alguien te complete está condenado al mayor de los fracasos, porque la única persona que estaría dispuesta a tal cosa sería otra persona vacía, que necesitara en la proyección del otro justificar o colmar su existencia, luego al tratar de llenar un vacío con otro vacío, resulta una nada aún mayor que no lleva sino a la destrucción de cualquier sentimiento puro que pudiera haber nacido.

En fin, me cansé de divagar como el tipo de "Quién se ha llevado mi queso". Al final va a resultar que en vez de teorizar tanto sobre la vida, lo que importa es vivirla, así que acá queda esto. Fin.

miércoles 27 de agosto de 2008

el eterno trastorno

Es difícil retomar la pluma cuando lleva tanto tiempo abandonada que el metal esta ya frío, la tinta congelada en su interior. Pero hoy quiero hacerlo. Poco a poco, la sangre le transmitirá calor y las palabras irán brotando, primero tímidas, una a una, con cuentagotas. Luego, el habitual torrente de creación que enajena al escritor de la persona, que hace inidentificables a posteriori las líneas escritas durante esa descarga.

Leo aquello que escribí hace ya más de un mes, y pienso que muchas cosas han pasado desde entonces. Probablemente nada digno de remarcar en la biografía de mi vida (quizá porque las páginas de una biografía las llenan las historias muertas, aquellas que ya son pasado, y no las que iluminan el presente, las vivas), pero estos días se han saciado de la suficiente intrahistoria como para que sea otro el que dicta estas líneas.

La sangre no llega. O no calienta lo suficiente.

Quizá es que para escribir necesito entrar en un cierto desequilibro. Quizá es que determinadas ideas sólo brotan de mi mente cuando en esta hay una pieza que falla. Mi torrente de creación nace de un estado de destrucción, por eso todo lo que escribo y que vale la pena leer -como decía Cortázar- está orientado hacia la nostalgia. Supongo que estoy en el medio de demasiadas cosas, al principio de tantas otras, y sólo tenuemente se vislubra el final de algo. Por eso me pesan las líneas en la punta de los dedos.

Creo que me he acostumbrado tanto a la temporalidad, a la fugacidad de las ciudades, las personas y los sentimientos, que asentado en el equilibrio no encuentro sino desequilibrio. Lo que dicho en otras palabras podría traducirse como que la rutina me derrota, incluso aquella rutina equilibrada y feliz. El actor nunca llega a saber en qué momento entra en escena, y menos aún cuando sale de ella. El actor, conforme la obra se extiende, va difuminando la frontera entre personaje y realidad, personalizando el personaje y personajizando la persona. Igualmente aquel que se mira detenidamente a sí mismo, no sabe donde empieza el reflejo, y de donde nace la imagen. El espejo que separa verdad de ficción se convierte en la única realidad plausible.

Últimamente he hecho un esfuerzo por conocerme mejor a mí mismo. Me he sentado ante mí mismo, y me he pensado con calma. He creído entender que, igual que somos capaces de vislumbrar con un simple golpe de vista nuestras limitaciones físicas, podemos conocer y asumir nuestras limitaciones emocionales. No recuerdo en qué libro o película, determinado personaje soñaba con llegar a ser algún día ave, y surcar los cielos con sus esplendorosas alas. El resto lo miraba y compadecía. Pobre loco, decían, y se lamentaban de su triste existencia.

Todos alcanzamos a ver las limitaciones físicas. Por eso sabemos que si medimos 1.80, empeñarnos en ser pivots de baloncesto sólo nos deparará frustración e impotencia, por la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo. Es algo evidente contra lo que, decimos, no vale la pena luchar. Exactamente en la misma medida, aunque no alcanzamos a verlo, vivimos atados por nuestras limitaciones emocionales. Algunos no estamos hechos para la vida en sociedad, otros para la vida en pareja, otros para la vida en soledad, y algunos parece que no estemos hechos siquiera para la vida. Y sin embargo nos empeñamos en hacerlo, en ir contra nuestra corriente interna.

No pretendo decir qué descubrí cuando me asome a los abismos de mi interior. Sus caminos son mucho más intrincados y oscuros conforme más se cava la superficie, y lo que en ellos se visualiza difícilmente se puede comprender, mucho menos aún transmitir. Además, late en el fondo esa frase que nos legara Marías: nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre. Nadie quiere ser el artífice de sus miserias, el arquitecto de sus desgracias, el causante de sus sinsabores, y jugar mal las cartas de su vida por un juicio erróneo. Sin embargo, creo que es necesaria esta cierta introspección, esta búsqueda de equilibrio interno entre el yo que podemos ser, y el yo que en el día a día estamos intentando ser.

¿Acabaré metafísico, o metadónico?

jueves 24 de julio de 2008

uno es el poeta

Ayer encontré un regalo bajo mi almohada. Me esperaba allá, calmo, sin prisas por ser descubierto, como si la intemperie de la espera no lastimara su memoria. Ayer, bajo la almohada, me esperaba la leve figura de Jaime Sabines.

Es curioso cuando descubrimos un nuevo autor, un nuevo imaginario, esperándonos como un gato silencioso, arqueando la espalda ante las caricias que nuestros ojos le ofrecen la primera vez que se deslizan por sus líneas. Quizá sea más fácil descubrir a un autor a quien la historia aún no ha cubierto con la pátina del "ser un genio". Quizá es más difícil sorprenderse con la Elegía a Ramón Sijé que al leer Algo sobre la muerte del Mayor Sabines. Quizá con nuestra admiración, a los genios declarados y conocidos los estamos condenando a la excelencia, a la eterna búsqueda de una nueva perfección que sólo llega cuando, como la inspiración, ni se la busca ni se la espera. Y quizá todo eso sea un poco injusto. No lo sé.

Creo que leer es la forma más (in)satisfactoria -sin duda la forma más (im)perfecta- de estar solo. Decía Bernhard: "leer es, para mí, el más soportable de todos los ascos". La emoción que despiertan unas líneas, un adjetivo antepuesto a un sustantivo ya desgajado de nuestra lengua, la cadencia o el ritmo de unos versos; esa sensación íntima que nos despiertan esas pocas hojas impresas que reposan en nuestra mesita de luz, todos esos espejos en los que reflejamos nuestra alma, son casi imposibles de compartir. Ni bajo la más tenue luz de lámpara en una performance de madrugada, ni sometiendo ese "encontraría a la Maga" a la lectura conjunta de dos voces que se encuentran, se reconocen, y se entrelazan, ni en la popa de una cama leyéndole a la persona amada, se puede alcanzar, explicar o compartir esa conexión con la letra impresa, con el negro sobre blanco, que el encuentro solitario te concede. Por eso es sin duda la forma más (im)perfecta de estar solo. Porque en la belleza de la satisfacción, encuentra su forma el reflejo de la soledad.

¿Por qué escribo esto?

martes 22 de julio de 2008

vida de vagamundo

Muchas veces soy consciente de que es más que probable que no regrese más al lugar donde estoy, que no vuelva a ver a la persona que está frente a mí. Es vivir la muerte, pero en paz y con nostalgia.

viernes 18 de julio de 2008

la riqueza es hemísfera

viernes 27 de junio de 2008

abrirán las grandes alamedas

Poco o nada se sabe en España de la historia del pueblo chileno. Poco o nada se sabe de esta tierra que durante siglos compartimos, y cuyos pasos siguieron en numerosas ocasiones nuestra misma desafortunada senda.

Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Salvador Allende. Y es curioso como en un día que debería ser tan señalado -y no sólo para todos los chilenos sino para todos y cada uno de aquellos que soñamos con un mundo mejor y más justo-, su gente, su pueblo, transitaba la gran Alameda sin siquiera volver su mirada hacia el Palacio de La Moneda que lo vió morir un once de septiembre de mil novecientos setenta y tres. En un país en el que es aún alargada la sombra del dictador Augusto Pinochet; en un país en el que sus calles se inundan para despedir a otro general muerto en un accidente aéreo, a otro de esos milicos que sumieron esta tierra en el terror y la oscuridad cultural durante más de 15 años; en un país del que poco queda del gran sueño de Allende salvo algunos locales a media luz en los que se brinda con vino pipeño entre las notas de una lejana cueca; en este país, en esta tierra, nació y murió por ella Salvador Allende, a quien quiero homenajear con estas indignas líneas.

La elección democrática de Salvador Allende un cuatro de noviembre de mil novecientos setenta, marcaría un hito en la historia de la humanidad. Ese día, en esas horas de incertidumbre inmersos en plena guerra fría, todos los ojos del mundo se giraron hacia Chile. Por vez primera en la historis, resultaba elegido de forma democrática un presidente marxista. Injustas son las disputas postreras entre comunistas y socialistas, entre radicales y socialdemocratas, sobre si Allende pertenecía a una u otra línea política. Salvador Allende perteneció y pertenecerá siempre sólo a su pueblo. Y sólo por él luchó. Por él vivió, y dió su vida.

El once de septiembre de mil novecientos setenta y tres, el Palacio de La Moneda era bombardeado por el propio ejército militar chileno. Ríos de tinta han corrido, miles de voces han manifestado su opinión, en tertulias, encuentros, locales clandestinos, universidades, en los bares y en las calles. Miles de voces que -igual que los comunistas y socialistas ortodoxos pugnan por colgarse la medallita de Allende- discuten acaloradamente sobre si Allende fue asesinado en La Moneda, o si fue él mismo quien decidió quitarse la vida. Igualmente, Allende murió de tristeza. Murió por la decepción de comprobar cómo su sueño social de un mundo más justo para los trabajadores se desvanecía. Murió porque, como sucediera en España en el año mil novecientos treinta y nueve, los de siempre, una vez más, tomaban por las armas lo que el pueblo había elegido con su propia volutad y con toda la fuerza de su voz, y su palabra. ¿Qué importa quién apretara el gatillo, quién disparara esa bala hace hoy casi treinta y cinco años?

Ayer todas esas preguntas, toda esa historia, flotaban un poco en el ambiente. Salvador, el compañero presidente, recibía un emotivo homenaje a pocos metros del asfalto que se tragó sus últimas gotas de sangre. Sin embargo, una uña me rascaba casi imperceptiblemente la cabeza. Rodeado de esas personas, embajadores, cónsules, consejeros, artistas de la nueva ola, personajes de la farándula, sentía que en el homenaje a Allende no estaban ninguno de esos "nadies" por los que él había entregado su vida. Mucho abrigo de piel, muchas barbas al viento, incluso alguien se atrevió a levantar un puño en un momento dado del discurso. Pero de los desheredados, de los ninguneados, del pueblo trabajador en el que siempre creyó Allende, no había más que una decena de personas que con camisetas blancas y lágrimas negras reclamaban la libertad de la líder mapuche Elena Varela, encarcelada por defender las ideas de libertad, igualdad y respeto. Que cada cual haga su juicio particular.

Yo sólo quisiera cerrar estas líneas, con las últimas que Allende dirigió a su pueblo, pocas horas antes de morir, cuando el Golpe era ya una realidad, y el futuro una incertidumbre llena de sombras, miedo y de desesperanza.


Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron.

Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

martes 24 de junio de 2008

fin de ciclo



Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadie con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadie la llamen, aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadie: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadie: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.


Quisiera acabar este año con un último homenaje a América Latina, esa tierra de infinitas riquezas que hubo de padecer los exterminios que le impusimos. Me da exactamente igual volver a mis lugares comunes. Me importa un verdadero rábano cómo se interpreten estas palabras. Y me provoca una sonora indiferencia que sean leídas como un enésimo intento de epatar desde mi acomodado sillón de nylon. Lo que aquí digo me duele, y quiero que, cuando pasen otros veinticinco años, pueda volver a estas líneas y sentir que, de alguna manera, me siguen revolviendo lo más profundo de mis entrañas. La voz de América Latina, la voz de esos millones de desheredados, se la atribuyo al uruguayo Eduardo Galeano, quien incapaz de cerrar sus venas abiertas, intenta al menos que esa sangre salpique a quien debe, y no ahogue más a este pueblo.


En la época colonial, el Cerro Rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas. Durante más de dos siglos, Europa celebró, en estas heladas alturas de América, una ceremonia occidental y cristiana: día tras día, noche tras noche, daba de comer carne humana a la montaña, a cambio de la plata que le arrancaba.
De cada diez indios que entraban a la boca de los socavones, siete no salían: El exterminio ocurrió en Bolivia, que todavía no se llamaba así, para que en Europa fuera posible su desarrollo del capitalismo, que tampoco se llamaba así todavía. En nuestros días, el Cerro Rico es una montaña hueca. Toda su plata se ha marchado lejos, sin decir adiós.
En lengua indígena, Potosí, Potojsi, significa: truena, hace explosión, porque dice la tradición que en tiempos lejanos el cerro tronaba cuando lo lastimaban. Ahora, vaciado, calla.


La memoria es frágil, y caprichosa, y a veces esquiva. Pero hay otras veces en que la memoria es directamente enterrada, desterrada. La historia la escriben los vencedores, que dicen por allá. Sin embargo siempre hay voces disonantes dispuestas a mantener viva la llama de la memoria. Porque un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, surgen esas voces que nos recuerdan lo que fuimos un día. Y qué fue exactamente lo que pasó. He optado por un uruguayo para representar la voz de la memoria, y con estas líneas cierro este primer ciclo, pidiendo, una vez más, lo único que nadie podrá nunca arrebatarnos: Pido la voz y la palabra.


Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana. Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavia nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila.
Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncián otro mundo que no es este mundo envenenador del agua, el suelo, el aire y el alma. También nos anuncián otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas: pertenece a los primeros tiempos y a las primeras gentes, pero también pertenecen a los tiempos que vienen y presiente un Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera.

lunes 23 de junio de 2008

él y ella, ella y él

Ella ilumina mi vida con su sonrisa. El es el vigía secreto de todos mis pasos. Ella me empuja a vivir la vida intensamente. El sufre en silencio todas mis ausencias. Ella intenta protegerme de los envites de la vida. El quiere que sea yo quien sortee las piedras del camino. Ella arriesgó todo por darnos una oportunidad. El dejó atrás sus sueños por satisfacerla. Ella soñó con ser quien hoy es. El la sueña en cada luna solitaria. Ella pisa tan fuerte que la tierra tiembla ante sus pasos. El camina despacito (que las prisas no son buenas). Ella es mi madre. El es mi padre. Ella y él siempre guiarán mis pasos, y por él y ella siempre daré uno más hacia delante. Ellos son mi guía, mis confesores, mi bálsamo cuando el mundo me duele. Ellos son mi origen y mi destino, mi principio y mi final. Y a ellos quería dedicarles hoy, al final de tantas cosas, cuando concluye mi primer cuarto de siglo junto a ellos, estas líneas de amor y de devoción. Gracias por haberme dado todo. Gracias por existir.

viernes 20 de junio de 2008

pero sucede también...

Los desayunos en mi trabajo son bastante peculiares. Solemos salir a tomar algo un servidor, mi jefe, y el jefe de mi jefe. Siempre bromeo con ellos diciendo que la estructura jerárquica de nuestra oficina tiene mucho de jerárquica y poco de estructura, pues somos tres y más que una pirámide parecemos una torre -y desde el once de septiembre todos saben que hay que tener cuidado con las torres demasiado altas-. Sin embargo, y a pesar de esta circunstancia, los desayunos como decía son bastante peculiares.

En ellos, salen a relucir todos los lugares comunes que pueden existir: la religión y Dios, el capitalismo y el comunismo, el cine y la literatura, las mujeres... El otro día mi jefe directo se había ido y estaba yo hablando con Tomás acerca de la nueva ley de educación chilena, cuando me preguntó que porque yo me calificaba como una persona de izquierdas. Intenté una tímida explicación que aún no he logrado encontrar en los ya casi veintiseis años que llevo haciéndome la misma pregunta. Hablarle de esa uña fría que me rasca constantemente la cabeza. Decirle, en fin, que quizá soy de izquierdas porque no puedo defender ninguna postura con absoluta convicción, porque en las carencias de una veo las virtudes de la otra.

A este punto él se puso muy serio, y empezó a hablarme de las numerosas ventajas de la economía neoliberal. Me hizo una magistral exposición de porque la libre competencia traía beneficios para todos, hacía crecer la economía, y encima era el sistema más justo. Me habló de las curvas de oferta y demanda, de las ineficiencias de interferir ante la mano invisible del mercado, me enumeró ejemplos a seguir como el de Irlanda o Nueva Zelanda, de la ineficiencia de los impuestos, no hablemos ya de los impuestos progresivos. Por supuesto, me recordó, eso no significaba que él no quisiera que se ayudara a los pobres, pero la mejor forma de hacerlo es permitiendo que la economía crezca a nivel global porque así, por propia lógica, crece el bienestar de cada uno de los individuos que en ella vive. Me habló de cómo hace doscientos años vivíamos enterrados en la mierda, y ahora yo estoy trabajando a diez mil kilómetros de mi casa y hablo con mis padres por un aparatito que cabe en un puño. Me habló de que nada de eso hubiera sido posible sin las inversiones individuales de tantos emprendedores, sin la posibilidad de que ellos se enriquecieran, pero junto a eso avanzara tantísimo la calidad de vida para todos. Me habló de Adam Smith, de Von Hayek, de la escuela austríaca, de cómo la conversión llegaría tarde o temprano pues la economía, si es libre, nunca para de crecer.

Tras un discurso que duró casi media hora, y que recibí absolutamente permeable a ser convencido, a entenderlo e interiorizarlo, me preguntó: Antonio, ¿qué opinas al respecto? Y yo, recordando esas palabras de Galeano, no supe más que decirle: Tomás, todo eso que me cuentas rasca. Y rasca mucho. Y es cierto que rasca muy bien. Pero, a mí, me rasca donde no pica.

miércoles 18 de junio de 2008

esferas

Hace ya bastantes años, quizá en mi primer año de Universidad, se celebraba en ésta un tímido festival de cine, del que no acierto a recordar ninguna de las películas que se proyectaban, ni su objetivo, ni quién se había esforzado en organizarlo sólo para que nuestra caprichosa memoria lo olvidase. Recuerdo sin embargo con perfecta nitidez el cartel que lo anunciaba, pues desde entonces aún no he conseguido encontrar otro -a pesar de mi gusto por decorar mis distintos espacios con carteles cinematográficos- que lo superase.

En el cartel se veía una sala de cine. De esas antiguas con las cortinas a los lados de la pantalla (que a pesar del blanco y negro del dibujo se podían adivinar rojas). Esta pantalla quedaba a la derecha de la imagen, y el fotograma que congelaba era de esa magnífica escena de "La quimera del oro" en la que Chaplin, vencido por la voracidad de su hambre durante el encierro en la cabaña, degusta sus botas como si fuera un plato de la nouvelle cousine: Los cordones a modo de spaghetti; la piel de la bota, como si fuera un bistec, sazonándola prudentemente; y las puntillas que sujetan la suela, desnudándolas como si fueran huesos de pollo.

Ante esta imagen de la pobreza absoluta, de la pérdida de la dignidad, el público reacciona de diversa forma, y esto el autor lo capta de manera genial. La platea la divide en tres niveles, desde el más bajo, cuyo precio de entrada es de 10, pasando por el nivel medio de precio 100, al nivel más alto de precio 1.000. Los espectadores del nivel inferior se muerden los labios, estrujan entre sus manos sus ajados sombreros, a algunos hasta le brillan los ojos ante el delicioso manjar que serían esos zapatos de piel. Los del nivel intermedio se sonríen de lo cómico de la escena, pero algunos con timidez, y otros con el temor de que algún día ellos se vean en esa precaria situación. Y los espectadores del nivel superior se refocilan en sus asientos, con estentóreas carcajadas de superioridad.

Esferas.

Nos movemos en un mundo dividido en esferas. Esferas, por otro lado, perfectamente incomunicadas. A veces he trabajado, como tantos otros que leen estas líneas, en "el mundo de los Derechos Humanos". De alguna manera he intentado colaborar en lo posible (sin duda mucho menos de lo que podría) en reducir la distancia entre esas esferas, entre esos que envidian un zapato que llevarse a la boca, y aquellos que se carcajean ante tan dantesca imagen. Pero creo que esta tarea resulta imposible. Trabajamos para mejorar un mundo que no conocemos. Desde nuestras oficinas organizamos proyectos, presupuestamos, hacemos balance de "las personas a las que hemos ayudado", pero no sabemos nada de esas personas porque no conocemos su mundo. Porque no habitamos su esfera.

Y el tipo de trabajo es absolutamente indiferente. Da lo mismo elaborar un presupuesto desde un computador de última generación, que irse al África central a construir una escuela. Igualmente, por la noche volvemos a la comodidad de nuestra alcoba, o miramos el estado de nuestra cuenta corriente, o tocamos la cartulina azul de nuestro pasaporte en el bolsillo de la chaqueta, o recibimos una llamada desde Europa que nos recuerda que siempre tenemos la opción del regreso, que siempre tendremos un lugar en el mundo al que volver. No compartimos la esfera de los desheredados. Estamos educados desde niños a "apagar la tele de nuestros pensamientos", a olvidar cuando no lo estamos viendo directamente que hoy, ahora, en este preciso momento, hay miles de millones de personas que rezarían porque les cayese desde el cielo un zapato de piel que echarse a la boca. Pero lo triste es que sencillamente no podríamos vivir si no fuera así. Nuestro refrigerador sigue igual de lleno, seguimos tirando aquel tomate que ya se quedó un poco blando, o el yogurt que caducó de dos días. Seguimos con la luz prendida la mayor parte del día, nuestra música y nuestras televisiones permanentemente encendidas.

¿Tristeza?, ¿enfado?, me preguntaba un cierto anónimo en mi última entrada. No. La respuesta es no. La tristeza y el enfado dieron paso a la desidia. A la desidia de saber que este es el cuento de nunca acabar, y sobre todo que es el cuento de nunca empezar. Todo queda en el mero análisis desde una esfera superior, desde la que de vez en cuando, como si estuviéramos en ese cine de mi Universidad, tiramos a los de abajo algunas de nuestras palomitas (más para callar nuestra conciencia que el rugir de sus tripas), e intentamos morder a los de arriba para que al menos no pateen el suelo ante la hilaridad de la máxima expresión de la pobreza.

Y apaga el televisor y todo vuelve a ser real,
las cosas que has visto se te van a olvidar:
guerras, hambre y precariedad.
Calla tu conciencia y déjate llevar...

lunes 16 de junio de 2008

nos engañaron con la primavera


El otro día, caminando por las calles de Santiago de camino a mi trabajo, embutido en mi traje gris de persona gris de vida gris, pasé por delante de un colegio de primarias. Los chicos habían tomado el colegio. Sus pupitres colgaban de las rejas de la entrada. Intentaban cortar las calles con pancartas, apartándose aterrorizados en cuanto un vehículo se acercaba a su infantil piquete. Reían, alborotaban, gritaban pegadizas consignas. Parecían haber consagrado su perentoria formación a oponerse a la nueva ley de educación chilena. Durante tres días, cada vez que pasaba frente a sus muros, los pupitres colgados me recordaban a un fortín de oposición a la imposición. Durante tres días caminaba con la sonrisa apretada hasta doblar esa esquina y ver esa barricada improvisada. Al cuarto días, los pupitres habían vuelto a su lugar dentro de las aulas, las voces ya no gritaban, el silencio volvía a imperar en la escuela donde, pacientemente, continuará hoy el adoctrinamiento -perdón, quise decir la educación-.

No pude evitar recordar esos días en los que, participando del comité de huelga de mi universidad contra la ley de educación española, mi madre me previno: "hijo, mira que al final todo este jaleo no lleva a ninguna parte, salvo a buscarte enemigos en la universidad y a cerrarte las pocas puertas que podrían quedar entreabiertas". Pero ¿cómo aprender de la experiencia ajena, cuando ni la propia nos impide tropezar repetidas ocasiones en las mismas piedras del camino? Se nos permiten estas pequeñas rebeldías como válvulas de escape de la tensión acumulada. Bah! Se borró todo lo demás que escribí y ya no tengo ganas de seguir escribiendo sobre lo evidente. El que quiso o supo entender ya lo hizo, y yo ahora sólo quiero tumbarme panza arriba en una plaza o un parque, y rumiar esta amarga tristeza que me invadió hoy.

en un muro de valparaíso

viernes 13 de junio de 2008

requiescat y brindemos

Ayer mi madre me dio una noticia que llevaba largo tiempo esperando y, aunque suene frío, no con temor o pena, sino con la expectante calma de las cosas que se saben inevitables. Ayer, como viene siendo habitual, llamé a mis padres para saber cómo iban las cosas por casa -no alcanzo a decir por mi casa, pues aún no sé si ésta está allá-, y mi madre, con su temperada voz calma, me dijo "Titi ha muerto".

La noticia, como he dicho, no me sorprendió. Llevaba muchos meses malo, y al igual que cuando murió mi abuela -a la cual amaba con absoluta devoción, pues me crié tanto en su casa como en la de mis padres, todas las noches a salto entre una y otra intentando repartir mi amor entre los tres-, sentí más consuelo que dolor. Un profundo consuelo, pues ya alcanzaste esa edad para saber que vivir es algo más que latir el corazón sesenta -y exigir aire trece- veces por minuto. En el caso de mi abuela, creo que ella esperaba la muerte pacientemente desde que, hace ya casi veinte años, mi abuelo murió sin duda demasiado pronto. Aunque no imagino a mi abuelo como un ancianito que ve cómo su llama se apaga lentamente. Con tanta fuerza ardía su fuego, que creo que el destino prefirió quemarlo, antes que condenarlo a aquello que habría acabado por matarlo en vida: un lento desvanecerse. Mi abuela se sometió a su trágico destino de sobrevivirlo durante demasiado tiempo. Creo que por eso cuando le llegó la muerte la recibió como a una vieja amiga, y se fue con una sonrisa en el rostro, y otra en el corazón.

Cuando mi abuela murió yo no estaba en Sevilla para acompañarla. Dudo que aún así hubiera ido al entierro, pues no soportaría la cara falsamente compungida de aquellos que van "a darle su último adiós". Esos rostros esforzados en parecer tristes, que miran de soslayo el reloj esperando que la ceremonia acabe cuanto antes para ir a cualquier bar a beber, o a casa a disfrutar del partido dominical. No critico la continuidad de sus vidas, pues la misma noche que yo, desde Italia, supe de la muerte de mi abuela, salí con mis amigos como si nada hubiera pasado. Critico la falsedad de la sonrisa apretada y la mirada baja de los cementerios, ese otro gran teatro del mundo. Yo preferí salir, y no compartir con nadie las silenciosas lágrimas que como goterones cuajados me rodaban cada noche. Pero me calmaba recordándola como la última vez que la vi: sentada en esa fría cama de ese absurdo hospital, cuando tras haberle dado la comida -no pude acompañarla tanto como quise, pero no pasaba un día sin que fuera a verla a su cama, a tratar de sacarle una ya ahogada risa-, le di un beso en la mejilla, le recordé una vez más de forma innecesaria cuánto la quería, y salí por la puerta absolutamente convencido de que esa sería la última vez que la vería en mi vida. Guardé esa imagen en lo más hondo de mi corazón, como un fotograma que queda prendido de mi retina, y que siempre me acompaña. Ella, de espaldas a mí, mirando por una ventana que daba a otras habitaciones del hospital, sentada en su cama, mirando, esperando, como si le dijera a la muerte "ven ya hacia mí, maldita. Llévame como debiste llevarme años atrás, cuando me robaste a mi marido sin siquiera darme opción de defensa". Y así la dejé, esperando pacientemente, sin prisas, pues su familia la rodeaba a todas las horas del día. Yo bajé, y en la calle me esperaba una amiga en el coche, para llevarme a mi fiesta sorpresa de despedida. Me permití derrumbarme delante de ella, como rara vez hago, pero en el fondo lloraba con lágrimas de alegría.

Pero no era de esto de lo que yo quería hablar. Cuando mi madre me dijo que mi tío Manuel había muerto, en lo que me hizo pensar fue en otra cosa. Y es que con él, desaparecía por completo la generación que precede a la de mis padres. Todos mis abuelos paternos y maternos, así como sus hermanos, ya murieron. Es como si se hubieran terminado de podar las ramas más altas de nuestro torcido árbol genealógico. Así se lo hice saber a mi madre, entre bromas, más para no preocuparme que para no preocuparla, "mamá, ahora ya sabéis que vosotros sois los próximos", bromeé con ella. Pero lo que me sorprendió fue su respuesta, "sí hijo, así es, los próximos somos nosotros". No sé si lo dijo con tristeza, con resignación, o con consuelo. Lo que me sorprendió fue su naturalidad, lo que me sorprendió fue constatar que ella, aunque sólo fuera inconscientemente, también lo había pensado.

No sé, imagino que mis padres deberán sentirse de alguna manera un poco más desolados. Perder el referente generacional, aunque de forma inconsciente, tiene que suponer una carga de responsabilidad nueva. Espero sólo que sepan llevarla hasta el final de sus días con la misma dignidad con que la llevaron aquellos a los que, desde hoy, puedo llamar ya mis antepasados.

jueves 12 de junio de 2008

la tregua

Deben buscarse amigos como se buscan libros. Acertar en la búsqueda no reside en que sean muchos o extraordinarios, sino en que sean pocos, buenos y bien conocidos.

La frase es de Mateo Alemán, y yo siempre la he adoptado como una cierta filosofía de vida; siempre me ha gustado perderme entre las polvorientas estanterias de las librerías de viejo, al igual que siempre me ha gustado degustar a mis seres queridos con calma y devoción.

Recuerdo perfectamente cuando llegué a Roma y extenuado, bajo una lluvia imperiosa que parecía maldecir mi bienvenida, tras dejar las maletas en el hostal sin saber nada de la lengua, con poco dinero en el bolsillo y nada parecido a un hogar esperándome, bajé por primera vez a las calles de Roma. Recuerdo los acelerados latidos de mi corazón, al fin y al cabo era la primera vez que estaba solo, a miles de kilómetros de casa, y me sentía tan ilusionado como desamparado. Entonces, en la esquina de la calle en que me hospedaba, descubrí una librería de viejo. Entré tímidamente en ella, y la señora que la regentaba, entendiendo perfectamente que no era italiano, me recibió con una cálida sonrisa. Comencé a recorrer el lomo de los volúmenes con sumo cuidado. Delante de mí, tenía siglos de literatura en una lengua que aún no conocía, y cada uno de esos volúmenes me representaba un reto y una esperanza.

Tengo la firme convicción de que hay veces en que no elegimos los libros, sino que son ellos los que nos eligen a nosotros. Entre miles de ejemplares, había un pequeño librito de lomo blanco, en el que se leía sólo el apellido del autor: Gramsci. Inmediatamente algo me atrajo de ese libro. Su nombre evocaba un recuerdo que ya había olvidado, lo que no deja de ser un perfecto oxímoron. Tomé el libro entre mis manos. Era una edición de 1973, aún lo recuerdo perfectamente, pero no una de estas ediciones pretendidamente anacrónicas, sino un mero libro viejo. Creo que incluso pertenecía a alguna colección de esas de ensayos políticos. Nada de mística, pues. Abrí el libro y aspiré su perfume. Siempre que compro un libro me gusta olerlo, captar su esencia. Y su olor traía el recuerdo de demasiados momentos. Miré a la librera, y de nuevo me recibió su sonrisa. Parecía entender todo, no sé, me pareció que de alguna manera ella también se sintió bien en ese momento. Quizá sintió un poco más justificada una vida dedicada a la cultura.

Meses después, cuando ya paseaba por las calles de Roma mirando hacia el suelo y no con la mirada permanentemente alerta de los turistas, decidí ir al cementerio que había cerquita de mi casa, a ver la tumba de Keats. Empecé a pasear entre las sombras de los cipreses, dejando resbalar mi mirada por los diversos mausoleos y tumbas, cuando me encontré con Gramsci. Estaba allí. Descansaba en una tumba casi anónima, en el cementerio de aquellos que murieron durante los años de plomo, los años del posfascismo en Italia, en un cementerio para exiliados de los paraísos terrenal y divino. Y entendí porque su dedo me señaló ese lejano 27 de septiembre de 2005 en esa ahora lejana librería.

Años después, paseaba por las calles de Santiago, cuando decidí detenerme en las viejas librerías de la calle San Diego. Fuera lloviznaba un poco, así que entré en estas librerías sin una idea clara de si buscaba algo más que un refugio temporal. Y de nuevo sucedió. Entre los miles de tomos, una cubierta blanca, con sobreescrito el mero apellido del autor -Benedetti- y su escueto título -La tregua-, me señaló. Creo que fue su sugerente título lo que me atrajo, así que decidí tomarlo entre mis brazos, y ya desde entonces sabía que ese libro era para mí. Una portada de un cálido naranja, con una foto de Hector Alterio fueron más que suficientes.

Pero al abrirlo, descubrí algo que me dejó, realmente, maravillado. En unos curvos caracteres había una dedicatoria hermosa, que rezaba: Amiga, que este libro sea una lección de vida más y que te acompañe en cada minuto en que lo leas. Tal vez después sientas la sensación de "una tregua" para tu vida. Firmaba una cierta Sara, añadiendo un Feliz Navidad, Dic. 1988. Poca gente ha entendido mi entusiasmo al leer esta dedicatoria. A algunos les parece cursi, a otros que carece de sentido -lo que literalmente es posible que sea cierto-, e incluso alguno llego a dudar de si la había añadido yo para "enriquecer mi hallazgo". Nunca me importó demasiado lo que pensaran los demás. En mi mente, leer esa dedicatoria, me sugerió demasiadas cosas.

Y no hablo de pensar en un día de viento en el cual vuelan los periódicos viejos por las calles a media luz de Santiago de Chile. No tengo porque imaginar a una mujer de mediana edad que camina apretando su bolso contra el pecho. Simplemente pienso en lo que está ahí. 1988. En Chile. Fue el año del No a Pinochet. Hace de eso 20 años, que son más de los que mi esquiva memoria acierta a recordar. En 1988 no había caído el muro de Berlín, por poner un ejemplo más internacional. En ese año, una persona camina por las calles de su ciudad, buscando algo que pueda servir de tregua a su amiga. La imagino eligiendo el libro, quizá más por el título que por el contenido, pues no deja de narrar una historia absolutamente trágica que difícilmente pueda servir de tregua a la vida de nadie. Pero ella igual compra esa tregua, busca ese pacto con el destino que traiga algo de calma a su ser querido. Pero no sólo está ahí eso. Está ahí el corolario inevitable a que ese libro esté ahora aquí ahora, junto a mí, veinte jodidos años después. ¿Qué puede llevar a una persona a vender algo que ha sido recibido -al menos sin duda entregado- con tanto amor? ¿Dónde fueron a parar esas personas, esa relación? ¿Qué fue de esa tregua regalada y quizá nunca pretendida?

El poder sugestivo de unas palabras escritas veinte años atrás puede ser absoluto, o irrisorio. No sé si lo que se sienta ante ellas querrá decir algo o no de las personas que las leen. Sólo sé que esa tregua me llegó a mí más de siete mil días después y, por si le puede servir de algo a esa enigmática Sara, me alcanzó con todas las fuerzas con que ella las deseó.

nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas

Supongo que hay imágenes que en algún momento se graban en nuestra retina, y de un modo u otro nos acompañan ya para siempre en nuestro viaje por este mundo, las llevamos en el color de nuestros ojos. Parece como si nos entraran así, de soslayo, casi sin avisar, y se quedasen ya prendidas de nuestra mirada, agazapadas, esperando el momento de dar el salto a nuestra conciencia. Hoy precisamente me pasó eso, y hoy entendí un poco más de mí mismo.

Desde que hace años tuve ocasión de verla, siempre he defendido como una de mis películas favoritas, sin duda la más admirable para mí de su director, la maravillosa Hannah y sus hermanas, de Woody Allen. Nunca había alcanzado a entender muy bien el porqué. Otras, como ese Misterioso asesinato en Manhattan, me parecían más elocuentes; sus Días de radio tenían algo de inocencia que este film no alcanzaba; o los paseos por los museos a media luz de Manhattan contenían una sutileza superior. Sin embargo, cuando pienso en Woody Allen, en lo que su cine me ha transmitido, inevitablemente pienso en Hannah y sus hermanas. Y hoy alcancé a entender por qué.

En esa maravillosa película, se desarrolla una de las historias de mayor ternura y tragedia del cine. Max Von Sydow encarna el papel de un viejo pintor minimalista, que vive en una apolillada buhardilla del Soho, rodeado por igual de libros, polvo y decadencia. Su vida la comparte con la joven Lee, interpretada por Barbara Hershey, que lo ama con ternura, sinceridad y devoción.

De todas las frases que cuelgan de las paredes de mi habitación, aquella con la que más me identifico es la piedad está liquidando. Tampoco sabía muy bien explicar por qué. Simplemente me transmitía algo, me hacía sentir que detrás de ella se escondía una verdad íntima, un sentimiento que sólo cabía expresar a través de esas cuatro palabras. Quizá hasta ahora.

Hoy estaba leyendo La tregua, de Benedetti, y por fin todas estas piezas encajaron en mi cabeza, como si siempre hubieran estado esperando este momento, esta revelación, para encontrar su puesto exacto dentro del rompecabezas. Transcribo literalmente el texto en concreto, en el que Martín Santomé habla así de su relación con Avellaneda, una joven a la que dobla en edad:

Ella se ríe. Yo le pregunto: ¿Te das cuenta de lo que significa cincuenta años?, y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y no dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una especie de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos.

Quien haya visto Hannah y sus hermanas, ya sabrá sin duda de qué estoy hablando. En esta obra, cuando Lee se enamora del aún joven y vigoroso Elliot (sublime Michael Caine), Max Von Sydow lo asume con una cierta complacencia, incluso se diría que con un cierto relajo. Como si la tan largamente esperada espada de Damocles por fin hubiera dejado de pender sobre su cabeza para asestar su certero golpe. Sabe que no puede reprocharle nada. Sabe que el incólume ciclo de la vida dio un nuevo giro, se cobró una nueva víctima, y se entrega juiciosamente calmo a tal designio.

Creo que eso es un poco lo que siempre ha rondado mi cabeza. De alguna manera me sé desde ya condenado –aunque quizá condenado no sea la palabra adecuada, pues no lo espero como una condena, sino como el inevitable corolario de mi vida- a sufrir ese implacable destino. Esa hadmiración, esa hadoración inicial que despierto y de la que tan magistralmente habla Cortázar, se me adosa como una capa que siento escurrirse día a día. Por eso quizá me sea tan difícil dar los segundos pasos en las relaciones: porque en la distancia entreveo ese predestinado alejamiento, cuando ya las aguas que manan de mi ser hayan sido consumidas con fruición, y ya nada se pueda sacar de este cuerpo andrajoso y decadente salvo una tibia piedad, liquidando el fuego en el que un día me vio arder.

jueves 5 de junio de 2008

é isso ai

miércoles 4 de junio de 2008

del arte de jean francoise millet

En su cuadro Las espigadoras, Millet capta una imagen que, más de 150 años después, sigue de rigurosa actualidad. En su lienzo, obervamos tres mujeres en primer plano. Sus espaldas curvadas por el peso de los años. Sus viejas ropas, raídas por el paso del tiempo. Sus rostros, quemados por el sol, ocultándose del implacable espectador.

Pero ¿qué escena está recogiendo el autor en su lienzo? Si nos fijamos en el fondo, se puede distinguir un carro cargado de heno. A su alrededor, los hombres recogen la cosecha que la tierra les ha concedido un año más. A la noche, todo será celebración, la algarabía de festejar un nuevo milagro de la naturaleza. Si la historia implacable dibujase este lienzo, ese carro ocuparía el primer plano, mientras la historia de estas tres mujeres, de esos cientos de millones de mujeres silenciosas, quedaría como una mera nota a pie de página.

Pero en su obra, Millet centra la atención sobre estas tres mujeres.

Como cantaba Silvio, los hombres sin historia son la historia, grano a grano se forman largas playas. Millet prefiere centrar su mirada, y con ella la del espectador, en ese trabajo desagradecido, residual, y jamás reconocido, de estas espigadoras que curvan un día más su espalda para recoger los últimos granos que cayeron del carro, aquellos que los rastrillos no pudieron asir, esos que quedaron en el camino y cuyo pírrico valor supera al del trabajo de estas silenciosas mujeres. Todo este peso de la historia duerme en la resignación de sus rostros, que orientados hacia el suelo, parecen buscar en la tierra la brizna de esperanza que les permita levantar la mirada. Sin embargo una vez más, y para la eternidad, no serán briznas de esperanza lo que recogerán sus callosas manos.

composición 2

composición 1

perspectivas

En Atacama, donde al horizonte sólo se distinguen el polvo del desierto y la desolación de sus gentes, se alza irreverente una mano contra el cielo. Los viajeros que enfrentan su palma, la sienten como una despedida; y aquellos que encuentran su reverso, no hayan en sus dedos deje alguno de recibimiento. En Atacama, donde al horizonte sólo se distinguen el polvo del desierto y la desolación de sus gentes, ni tan siquiera el saludo de una mano de 20 metros te acerca a su mundo.

jueves 29 de mayo de 2008

wishful thinking, quizá...

Alguna voz me ha criticado que, de las poco más de 50 entradas que de alguna manera tratan de iluminar este espacio de libre pensamiento (permítanme el oxímoron), una docena pertenecen a esos que he dado en llamar "alter egos". Muchas veces, completando alguna idea que con sus palabras cobraban más fuerza. Otras, colmando por si solos algo que bullía en mi interior, y que jamás encontraría mejor forma de expresar, o de expresarse. Porque las ideas, cuando quieren, se expresan solas -y luego, a veces, ni siquiera las reconocemos como propias-. En mi pobre defensa, por innecesaria, sólo acierto a argumentar que no busco reconocimientos ni patentes (¿quizá la de corso?): las palabras y pensamientos que aquí vierto, confío, acompañarán a los lectores en su viaje por la vida, y su uso o abuso para dar forma a fantasmas internos queda, como amablemente nos enseña la publicidad, a gusto del consumidor.

Desde hace unos días, una idea ronda mi cabeza. No alcanzo a darle forma, pues se esconde en el más distante extremo de mi pensamiento más lejano. Sin embargo su sombra se proyecta sobre mis pensamientos, y me carcome con su ya clásico rac-rac-rac de cigarra. Quizá todo se inició en el último viaje, en la penúltima decepción, en la recurrente conversación de café. Alguien lanzó la clásica pregunta sobre qué querías ser de mayor cuando tenías 15 años. Y de repente me sentí tremendamente anacrónico, desnudo, e incluso ridículo, respondiendo que director de cine. Nada queda ya de ese lejano sueño; otros lo fueron sustituyendo, como las olas van aplastándose las unas a las otras, superponiéndose, pero colmando siempre de agua marina la sedienta orilla. Mis "sueños", mis "deseos de otra vida", ahora quizá han cambiado, evolucionado. Mutado, al conocer más -o desde otras perspectivas- el mundo en que se insieren. Ahora que me siento delante de esta pantalla, viendo como mis dos manos -que emergen de una chaqueta Cristian Dior, los puños de la camisa ligeramente destacados también- teclean estos pensamientos, sé que he traicionado, y a cada paso traiciono, muchas de las olas que colman mis playas.

No sé que nos está pasando, que clase de mecanismo tenemos alterado en nuestra cabeza, que nos lleva a esta insolidaridad crónica, que nos lleva a vivir -al menos a mí- en la contradicción de lo que querríamos y lo que realmente hacemos. Las justificaciones, las dilaciones, los retrasos, nos van permitiendo llevar esta vida cómoda, que en mi caso se encamina ya a los veintiseis años. En ese mismo encuentro, se me confesó lo que acá transcribo: Yo antes cuestionaba todo. Me creía filosófica. Creía que por pensar encontraría la solución al planeta. Creía que los que no escuchaban cierta musica o leían ciertos libros tenian menos background como humanos. Hasta que me di cuenta que esa es otra invencion de la humanidad. Que somos humanos y como humanos estamos destinados a morir y a hacer daño. El único truco es morir lo más tarde que se pueda, y provocar el menor daño posible.

En los textos que a continuación voy a reproducir -y de ahí la introducción acerca de mis alter ego- se habla un poco de esto, se critica un poco esto. El primero, es un texto de autor desconocido que descubrí, por azar o determinación, navegando entre las turbulentas olas de la red. El segundo, del sempiterno Cortázar, habla un poco de este ronroneo que me carcome, de esta solidaridad por exceso y no por creencia. Que cada cual juzgue -y tome de ellos para su viaje- lo que crea oportuno.


Parece un viejazo, “pensar que el pasado era mejor”, recordar viejos tiempos, extrañar el perfume del pasto recién cortado en el verano, el de la madera ardiendo en la chimenea en el invierno, el de tierra mojada y cálida con las lluvias en el asomar de la primavera...

Si, todavía están, pero no es lo mismo..., ¿qué se me perdió en el camino?, ¿qué busco en cada viaje de ida o de regreso?, algo que no esta, que ya fue..., tal vez la felicidad de la inocencia perdida despertando a los sentidos...

Y, uno es joven, quiere cosas nuevas, pretende cambiar y revolucionar al mundo con un manojo de ideales, y termina siendo atrapado en las redes del confort, del consumismo, del pretendido status, de la frustración del idealismo...; como en esa historia de Quino, en que Mafalda y uno de sus amiguitos ven a dos señores subiendo a un poderoso automóvil y, diciendo: “¿te acordas cuando queríamos cambiar al mundo?, ja, ja,ja”, Mafalda se mira con el otro chico y salen corriendo hacia la plaza donde están los demás, y les dicen: “chicos, chicos, tenemos que apurarnos a cambiar al mundo, porque si no lo hacemos ahora, después nos cambia a nosotros”.

Y, en nuestro deseo de superhombres, de dioses terrenales, vencimos a la naturaleza para torcerla a nuestro antojo; hay frutillas durante todo el año, ya no debemos esperar el despertarnos una mañana y sentirnos sorprendidos por ese regalo de la vida...., las hay enormes, tan grandes como podíamos imaginar en un sueño o pesadilla, pero no es lo mismo, no tienen aquel sabor..., y, de tan cotidianas ya resultan cansantes..., ¿será que el hecho de la rutina no creativa destruye un poco...?

Y nos volvemos insatisfechos, buscamos la perfección no solo en las frutillas, sino en todo cuanto se nos cruza por el camino, y, de tan perfectos estamos carentes de sensaciones profundas, de gusto a tierra y sol, de sentimientos... , y, estamos tan apurados por encontrar lo nuevo, aquello que nos despertara todos los sentidos –con los cánones que nos impusieron, o dejamos imponer-, que fuimos perdiendo la capacidad de gozar de lo simple, del sabor de una fruta madurada libremente bajo los rayos del sol, de la sensualidad casi voluptuosa de morder alguna verdura crujiente, con sabor a vida.

¿Será que ya estaré viejo?, de chico solía disfrutar tomando leche, que recién ordeñada traían del tambo –a la vuelta de casa-, hoy ya no existen, desaparecieron, los mataron, y, no nos queda otro remedio que terminar en ese liquido sin sabor a nada que venden en los supermercados, o, volver al campo..., pero no puedo, ¿y el departamento, y las tarjetas de crédito, y los gastos de mi seudo-confort, quien me los paga?, y, terminamos encerrados en nuestra propia jaula de rejas transparentes...

Recuerdo, cuando luego de ser liberado, hace muchos años atrás, de una injusta prisión en una celda –por la Dictadura Militar en Argentina-, escribí esto: “Me soltaron para volverme a encerrar entre cuatro paredes que esta vez yo no podía ver, acá, me cabe preguntar: ¿quién es mas libre, el que se encuentra encerrado entre cuatro paredes y no tiene culpas, o el que se encuentra encerrado en el mundo y ha perdido la fe?”

Pero mi fe jamás pudieron destruirla, claro, ya no tomo leche, ni como frutas frescas, a menos que este en el campo...

¿Será que estoy tan viejo que el pasado me parece mejor...?


Cortázar interpreta así este destino de la humanidad.


Hasta no quitarle al tiempo su látigo de historia, hasta no acabar con la hinchazón de tantos hasta, seguiremos tomando la belleza por un fin, la paz por un desideratum, siempre de este lado de la puerta donde en realidad no siempre se esta mal, donde mucha gente encuentra una vida satisfactoria, perfumes agradables, buenos sueldos, literatura de alta calidad, sonido estereofónico, y por qué entonces inquietarse si probablemente el mundo es finito, la historia se acerca al punto optimo, la raza humana sale de la edad media pare ingresar en la era cibernética. Tout va tres bien, madame la Marquise, tout va tres bien, tout va tres bien.

Por lo demás hay que ser imbécil, hay que ser poeta, hay que estar en la luna de Valencia para perder mas de cinco minutos con estas nostalgias perfectamente liquidables a corto plazo. Cada reunión de gerentes internacionales, de hombres-de-ciencia, cada nuevo satélite artificial, hormona o reactor atómico aplastan un poco mas estas falaces esperanzas. El reino será de material plástico, es un hecho. Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, sera un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales pare los habitantes del Reijavik, vistas de igloos pare los de La Habana, compensaciones sutiles que conformaran todas las rebeldías, etcétera.

Es decir un mundo satisfactorio pare gentes razonables.

¿Y quedará en el alguien, uno solo, que no sea razonable?

En algún rincón, un vestigio del reino olvidado. En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino. En alguna risa, en alguna lagrima, la sobrevivencia del reino. En el fondo no parece que el hombre acabe por matar al hombre. Se le va a escapar, le va a agarrar el timón de la maquina electrónica, del cohete sideral, le va a hacer una zancadilla y después que le echen un galgo. Se puede matar todo menos la nostalgia del reino, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña. Wishful thinking, quizá; pero esa es otra definición posible del bípedo implume.

viernes 23 de mayo de 2008

carta abierta a américa latina

Lo siento mucho, pero necesito este gesto de deshonestidad brutal. Necesito expresar lo que me arde por dentro, aunque al hacerlo esté traicionando quizá ese sentimiento, lo esté haciendo público y, al verbalizarlo, convirtiéndolo en otra cosa: en una oda para despertar la admiración de quien esto pudiera leer, o en un intento de que se me considere una persona buena, una persona "que se preocupa", de sentimiento. Un buena persona, como diría mi madre. Sé que este grito al viento no es un grito desgarrado, pues esos son siempre silenciosos y personales, pero es un grito que me arde en las entrañas, y que necesito escribir, para poder volver siempre a él, para evitar caer en la relajación, en la comodidad de las zapatillas de pelo y la afeitadora en la pileta. Además, me importa bien poco lo que puedas pensar a este respecto, lector, son entrañas que escupo y que no me importa que me salpiquen a mi mismo, pero que ahora mismo me están envenenando en el silencio de mi boca, esperando para ser vomitadas como bilis sobre las calvas de las personas que transitan las avenidas.

Perdóname, Latinoamérica, te he fallado y te he traicionado. Me dueles. Me dueles cada día más. Cuando cruzo tus tierras y veo esos ojos de miradas perdidas, esas manos ajadas de tanto arar tu tierra, de tratar de sacar de tu frío y tu polvo algo que alivie su voracidad primitiva, esos rostros quemados por tu inclemente sol que no entiende de treguas. Pueblos desolados cubren tu riqueza natural, vías que no conducen ya a ninguna parte te atraviesan, casas que de tan vencidas amenazan a quienes encuentran refugio en ellas flanquean tus caminos. En algunos puntos parece que hayas detenido el tiempo, vieja Latinoamérica. Parece como si el aire no corriera allí, como si el tiempo se hubiera detenido como en el ancestral Closingtown. Me dueles. Me dueles como lo hace una herida lacerante, que crees poder ignorar pero te rebosa a cada paso, a cada inhalación, te recuerda que está ahí, bien dentro de ti, una espina que nunca podrás arrancar de tu garganta porque ya bajó hasta tu corazón.

Te he traicionado, no he sabido darme a ti. No conozco la forma de aliviar tu dolor. Odio a aquellos que fotografian tu miseria, a aquellos que se creen mejor persona por preguntar a los niños que caminan descalzos tu tierra cómo hacen para ir al colegio, a aquellos que se lamentan de tu injusta situación mientras acicalan sus bigotes y acarician sus abultadas billeteras. Me odio a mí mismo por pertenecer a este grupo, por creerme mejor que ellos porque te susurro al oído que me dueles, porque cuando recorro tus piedras llevo la sonrisa apretada y los ojos tristes. Me dueles, América Latina, me duele no saber qué hacer para darme a ti, me duele traicionarte con estas líneas, temer que de alguna manera en lo más profundo de mí las esté escribiendo para encumbramiento propio. Eres demasiado amplia para mí. Dime qué debo hacer, sólo muéstrame el camino que debo recorrer, deja algunas piedritas en mi camino que me ayuden a empezar, a dar éste y no aquél paso. Cómo curarte desde la helada tierra de fuego hasta los desiertos que te abrasan, cómo aliviarte desde el occidental océano atlántico hasta el traicionero pacífico, cómo sanar la cordillera que te atraviesa y te divide en dos a ti misma, cada río, cada rincón de tu profunda selva, cada escondido poblado en tu eterno bosque. Enséñame algo. Mándame un señal que alivie este dolor. Ayúdame a vivir sin que me duelas, relajadamente como lo hacen aquellos a los que detesto, como lo hago yo cuando me detesto y una uña fría me rasca la cabeza al pagar este jersey o aquel libro, rac-rac-rac, esta uña que siempre me rasca. Pero que trato de ignorar. Y trato de no ignorar. No. Nunca me ayudes a eso. Nunca me permitas olvidar Julaca. Sólo enséñame el camino, la vía, yo sabré o no sabré recorrerla, pero lo intentaré. Da un descanso a mi alma, por favor América Latina, porque ahora me dueles demasiado. Y no sé que hacer para aliviarte, para aliviarme. Te dejo ahora tranquila. Cuando apague la televisión, cuando concluya estas líneas todo volverá a ser igual. Iré al concierto de Ismael, quizá el Lunes escriba algo sobre él. Volveré a sentir que para los niños de Julaca se congeló el tiempo y no pasa, y su sufrimiento duró el tiempo que pasé en su pueblo fantasma; volveré a pensar que todo está tranquilo bajo el sol, que la gente no muere ni sufre en tu tierra; volveré a habitar mi burbuja y desde mi torre y a maldecir a los que viven en otras; volveré a creer que la falta de agua, de luz, de vida, se llenan cuando yo abandono tus más inhóspitos parajes.

Por ello te pido perdón, América Latina, porque a cada bocanada de aire te traiciono, a cada paso me alejo más de ti, a cada silencio y a cada palabra vertida te traiciono un poco más. Perdóname porque no sé hacer algo más, ni siquiera nada más. Perdóname por ser débil, por ser cómodo, por ser yo. No puedo seguir escribiéndote.

buena onda en bolivia

Viajar solo siempre supone un reto. Es arriesgarse a conocerse más a uno mismo, es aventurarse a mirarse dentro en otro lugar, de otra tierra, con otros tiempos. Pero quizá las vivencias te impregnan con más fuerza, se penden de ti los olores y las luces permanecen en tu mirada. Como me dijo una amiga, hay que fijarse en cada alcaparra, en cada sonrisa, en cada mota de polvo que cubre el camino que, paciente, espera tus huellas.

Así pues, como solo llegué a San Pedro, solo decidí emprender el tour que me llevaría a conocer la hermana Bolivia. Pero era cierto: nunca se viaja tan acompañado como cuando se va solo.

Ya desde el primer momento, conecté con una pareja de amigos argentinos, que entre risas, tragos, fotos, charlas, y "trucos", me harían pasar cuatro días inolvidables. Junto a ellos, seis chicas inglesas adoradoras de Macchu Picchu, y de compartir risas y malentendidos. Junto a nosotros, las coloridas lagunas, las extensiones yermas, los cálidos valles, las formaciones rocosas, y los caminos de piedra y sol del altiplano boliviano. Quien me conoce sabe que no soy amigo de los catálogos, que siempre desconfié de las enumeraciones y las explicaciones tediosas, pues sólo consiguen rebajar la realidad retratada. Por ello baste en el recuerdo esta sonrisa y este guiño que dedico a quienes, una vez más, consiguieron que durante un tiempo me olvidara de mí mismo.

Es muy doloroso despedirse de las personas cuando se conecta tanto con ellas, pero ese es otro de los riesgos de esta vida falsamente itinerante. Por fortuna, las distancias se acortan cada día más, y la voluntad traspasa las cordilleras, lagos y millas que se empeñan en separarnos.

Y además, todos saben que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso.

san pedro de atacama

Llegué a San Pedro de Atacama un viernes por la noche, con una mochila cargada por igual de ropa, libros e ilusión, con un par de nombres escritos en un papel arrugado en el bolsillo, y con la necesidad de retirarme durante un tiempo del mundanal ruido de la gran ciudad. A la llegada, ya me recibieron las estrellas del luminoso cielo de San Pedro. San Pedro es una ciudad que vive por y para el turista; sus calles, sin asfaltar y con una iluminación basada más en los astros que en la electricidad, mantienen ficticiamente este aire de desolación, este aire de vivir al margen del mundo real. Las casas de adobe, los pórticos de piedra, los cafés a techo descubierto bajo el calor de una hoguera, no dejan de recordar un escenario cuidado hasta el más mínimo detalle.

Al amanecer, los contrastes entre el rojo de la dura tierra, el blanco del hogar y el azul del cielo, parecen hacer inspirado la bandera de Chile que ondea en su plaza mayor. Decidido a salir del circuito predeterminado, de los precios para turistas, y de las sonrisas por obligación, me adentro en el mercado central, donde el olor de la lana de alpaca inunda los sentidos. Al cruzar el mercado, el verdadero desierto me recibe. Restaurantes donde los perros habitan la cocina, el verdadero polvo del desierto flotando en el aire, las duras facciones de los trabajadores de la mina que silenciosamente comen cazuela, una camarera demasiado joven para merecer ese ya sempiterno destino. Allá, entre la auténtica realidad del desierto más árido del mundo, consigo sentirme un poco más yo, un poco más en equilibrio con el viaje que vine buscando. No obstante, no puedo dejar de sentirme un extranjero en esa tierra, un turista que cree conocer un mundo porque se mueve en esos espacios y no en los determinados para él. Sin embargo, mis Rayban, mi MP3 siempre en el bolsillo, y una cartera llena, no dejan de recordarme lo contrario.

Así pues vuelvo a mi sitio natural, a las calles desestructuradas de San Pedro donde corre el agua de los desagües, donde perros callejeros te acompañan en busca de un bocado que caliente su estómago. Vuelvo a esto, y bajo el sol del desierto leo, buscando una frontera entre dos mundos a los que no quiero, ni puedo, pertenecer. Los niños juegan alrededor, y ya su mirada siquiera se fija en los rostros de las personas que desfilan delante de ellos. Hoy habrá unos, que mañana se irán para dar paso a otros que igualmente se marcharán. Los habitantes de San Pedro parecen vivir de prestado. Te abren su sonrisa, pero no su corazón, acostumbrados a que ínclitos turistas se lleven un trocito del mismo y no se lo devuelvan jamás.

Como ya dije en otra ocasión, toda ciudad, toda experiencia, todo viaje, me queda marcado por un algo que lo hace especial, que lo hace distinto. En este caso, ella sabe cómo me salvo de este naufragio, cómo nuestras voces entre el humo de una fogata, cómo las notas de una música compartida, me hicieron olvidar durante una noche el gran teatro del mundo. Cuando días después volví a buscarla, ya no estaba. Un cartel me anunciaba su silencioso despido, una puerta me recordaba la sombra de su ausencia.

Como tantas otras veces me refugié en la lectura, esa resbaladiza tabla que me permite aferrarme a la esperanza en medio del océano.

jueves 15 de mayo de 2008

debe ser primavera

Por la ciudad camino, no preguntéis adónde. Busco acaso un encuentro que me ilumine el día, y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.

el eterno retorno

No es nada fácil tratar de unir dos realidades. Acercar mundos, sobreponerse al terrible momento de empezar a conocer a una persona y adivinar en sus gestos la primera irritación, el primer silencio que se palpa en el ambiente, hablar de algo simplemente por hablar, y ser terriblemente consciente de ello. Porque eso es lo terrible, la conciencia, el saberse observado por ese vigilante eterno que desde dentro de nosotros nos dice "ya empezaste de nuevo, mírate ahí, diciendo tonterías, mira como ella sonríe pero mira hacia otro lado, como trata de llenar el vacío con un beso (que sería del sexo sin los besos, ese interregno de cercanía que evita el contacto visual y por tanto la sensación de vacío, que acerca las caras tanto que no pueden mirarse la una a la otra e intuir lo que todos ya sabemos: que estamos repitiendo un gesto que ya tantas veces se hizo, y que tantas otras veces se hará, no sabiendo qué duele más, si saber que lo hará ya siempre contigo, ya siempre las mismas costumbres en la cama, el mismo ritmo, las misma cadencia, la turgencia de unas caderas que pierden firmeza bajo nuestras manos conforme el tiempo afila su expectante guadaña, la respiración que se agita como una premonición, saber que hoy no fue como ayer por cómo ella suspiraba, la complicidad y la soledad, ya todo lo mismo durante 10, 20, 50 años, el mismo ritual, la ropa que sale despedida hacia cualquier rincón, luego, tras el polvo, ella recogerá sus bragitas y su camiseta, tú hombríamente dormirás desnudo con tu pene flácido descansando primero en su muslo, luego en el tuyo cuando la confianza te permita dar vuelta en la cama y dormir como te plazca, cuando ya no sea necesario el abrazo desde atrás, por la espalda, como para justificar tus comportamientos animales en la cama. O quizá peor aún, hacerlo con alguien sabiendo que eres sólo un número de la lista, que no serás recordado ni tu esencia añorada en esas sábanas ajenas, otro olor llenará los espacios que los tuyos colman, y tener esta conciencia de fazzoletto, de kleenex de usar y tirar, de reemplazo de esa sombra que sí se echará de menos por siempre en tu cama. Con cuántas mujeres te has acostado buscando en sus caderas la curva de la de ella, buscando en su saliva el sabor, el calor de la de ella)".

Ya desde el primer encuentro, con fortuna desde el segundo, empiezas a dibujar el espectro de todo vuestro devenir, y el agotamiento llega antes incluso que su sombra. Se adivinan las colinas que se habrán de superar juntos, las protestas, los lamentos que tendremos que escuchar y hasta solucionar, las mutuas incomprensiones, ajadas de tanto enfrentarlas sin salida, como intentar reconciliar dos realidades que por definición son la una excluyente de la otra. Toda esa batalla, esas energías puestas en algo que ya desde el principio sabes que conduce a la nada, porque no hay mayor soledad que la de dos personas que están juntas sin quererlo, sin quererse. Y ya adivinas un poco esa soledad tras el primer beso, está ahí esperándote cuando por primera vez, quizá aún tembloroso, tomas su mano y tus dedos comienzan a talar los suyos, a reconocer morfologías, los nudos de unos huesos, la tirantez de una piel, el flujo de una sangre. Ya desde ese primer contacto te llega el primer flash del vacío que espera. Y las colinas se tornan montañas, las protestas disputas, los lamentos humillaciones, las incomprensiones silencios, todo adquiere un mayor grado y profundidad, todo se ve ya como innecesario por dirigido al vacío final, a la muerte por estancamiento, como el universo, que poco a poco se enfría y aún consciente de ello no puede detener este movimiento condenado y condenatorio, mientras sueña con una teoría del eterno retorno, de Big Bangs de ida y vuelta. Pero la explosión es sólo una, e inicial. Luego, todo es asistir al enfriamiento condenado a congelación, ya sea desde la platea, ya sea como actor protagonista. Mi problema es que asisto a éste como el director de orquesta, mascándolo desde el primer segundo, luego me siento condenado al más triste de los teatros cuando tengo que representar mi propia obra.

Acercar mundos, unir realidades, casar soledades, certificar encuentros. A nada de ello consigo asistir ya de forma natural. Me han dicho a estas jóvenes alturas demasiadas cosas, probablemente todas ellas ciertas, certificando la teoría de la presciencia, del preconocimiento en cada simple gesto, en cada mirada o silencio, o en cada vez que las rehuimos o los llenamos de palabras. Vivir relajadamente, como relajadamente tomamos una cerveza tras otra en la plaza de los botellines (aunque allá también se intuyan los vacíos, la necesidad perentoria de compartir unas soledades, pero de otra manera); como relajadamente sales del cine caminando solo por la ciudad y te cuentas a ti mismo lo bien que lo pasaste, cómo los primeros planos captaban el detalle, el abrazo, el gesto, los cariños; como relajadamente llegas a casa y abres una bolsa de patatas y una cerveza, y enciendes la tele para ver un partido, y te rascas con impudicia. Vivir relajadamente me resulta hoy día casi imposible.

Lo que no resta que, cada vez que vuelvo a constatar esta realidad, me inunde otra profunda tristeza.

lunes 12 de mayo de 2008

para el habitante de la torre


Waltz for Debby, Bill Evans

jueves 8 de mayo de 2008

el jazz de rorschach


Kind of blue, Miles Davis

martes 6 de mayo de 2008

road trip to mendoza

Una furgo. Nueve amigos. La carretera, una promesa ante nuestros ojos. La nieve. Un puerto de montaña. Un túnel eterno. Cuatro horas en un campo de refugiados también llamado aduana. La gasolina, o su ausencia. El agua, o su ausencia. Patricio, o su ausencia. Argentina. Un sello en el pasaporte. Un sueño cumplido. Quince horas de viaje. DamaJuana. Una mesa de ping-pong. Un local kitsch-rasca-medio fome. Argentina. Dos horas de sueño. Las chicas del viernes. Shopping. Libros y jazz al alcance de la mano. Parrilla. El Barcelona. Los curas con dolor, pero de huevos. Trekking. Rappel. Rafting. Chacras de Coria, o la constatación de que ya peinamos canas. Resaca. Prisas. Nueve amigos. Una furgo. Ausencia de Patricio, ojos esperanzados. La carretera, una condena ante nuestros ojos. Otras cuatro horas en otro campo de refugiados. La nieve. Un sello en el pasaporte. Chile. Viajar. Vivir. Y a rodar.

el futuro ya está aquí

lunes 28 de abril de 2008

por una noche se olvidó que cada uno es cada cual

de la satisfacción perruna de lo cotidiano

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero "Hotel de Belgique".

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el delicado acto de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Chau, querida. Nos vemos.

Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más fácil aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado esté la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia fuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y que acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Porque te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta que puede arrojarse a cada instante sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

balada de otoño

Pintaron de gris el cielo
y el suelo se fue abrigando con hojas
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los cristales llueve y llueve...

miércoles 23 de abril de 2008

mango antonia y los indios guaranís

Hoy me dió por hacer una entrada mundana. Una entrada que huela a raíces, a tierra mojada, a cosas vivas. Allá vamos.

Esa que ven en la foto es mi apadrinada, Mango Antonia. Ese que la sostiene entre sus brazos es mi amigo, Jesús. Y sí, cuando lean esta entrada valoren el uso de las comas, que en mi escritura nunca es baladí.

Ya dediqué una entrada hablando de Jesús, pero es una de esas personas que tiene la extraña habilidad de sorprenderme siempre de nuevo. Con sus silencios, y con la ruptura de los mismos. Con sus gestos.

Esta es la primera vez en mi vida que soy padrino. No sé si me tocará cumplir esta función en otros momentos, o con otros seres más humanos (quizá humanos demasiado humanos), pero digo de verdad que me llenó de orgullo serlo. Porque entendí el motivo por el que lo era. Y eso es lindo.

Todo ser humano tiene la necesidad de sentirse querido. Principalmente, por uno mismo. Es necesario amarse por encima de todo, pues como me enseñó una amiga italiana, sólo podemos dar de aquello que tenemos, luego para amar a los demás, para respetar a los demás, hemos de empezar por amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Pero colmado este autoafecto, necesitamos (en mayor o menor medida en función de nuestra fuerza) del afecto de los demás. Yo soy una persona que gusta de vivir sola. Siempre lo temí, pues aunque deseaba desearla, en el fondo creía que llegado el momento me daría miedo y la soledad me resultaría pesada. Ahora que recién empecé a conocerla, descubro que la soledad era la amiga que tantos años estuve esperando. Sin embargo eso no ha mermado mi necesidad de compartir mundos.

A veces camino triste por las calles de Santiago, porque no puedo compartir tal o cual rincón con mis seres queridos, o quizá porque no he encontrado aquí a esa persona (o esas personas) con las que desee compartirlos, la verdad es que no lo sé. Sólo sé que ésta pasa por ser otra de mis contradicciones: la necesidad de gozarme viajes, rincones y momentos en soledad, junto a la necesidad de compartirlos, de hacer partícipes de ellos a las personas que amo.

Quizá por eso esta muestra de afecto me llegó hoy con tanta fuerza. Hoy Jesús escribió desde España con fotos de mi guagua y, no sé, algo me resplandeció en el interior. Una felicidad que necesité mostrar mundanamente a través de estas líneas. Y que quise compartir con todos ustedes.

Se me cuiden.

viernes 18 de abril de 2008

rincon de los canallas, d.e.p.



La semilla de la amistad siémbrala por donde quieras que vayas esta germinará... y en la huella que tú dejaste tu imagen perdurará eternamente...

like dylan in the movies

by daratea

miércoles 16 de abril de 2008

mademoiselle bouisson

Aún a veces, a medianoche, se la puede ver arrojando piedras contra la fachada de una casa blanca donde ondea, cansada, una bandera azul-blanca-y-roja, con una solitaria estrella en su interior. Algunos, dicen, la han visto derramar lentas lágrimas sucias.

martes 15 de abril de 2008

j.c.

No puedo apartar mis pensamientos de ti. Me persigues todo el día, como una dulce obsesión. Al abrigo de tu calor he encontrado el consuelo que tantas veces necesito, cuando el mundo me duele más de la cuenta, y me siento un Atlas condenado a soportar su peso. Son años que vuelvo a casa y siempre estás ahí, esperándome, descansando en el sofá, o tumbada en la cama aún arremolinada. A veces nos hemos encontrado por casualidad en el baño, o hasta en la cocina, y el encuentro ha sido aún más maravilloso, más salvaje sin duda. Sabes que siempre vuelvo a ti; hemos andado y recorrido las calles de demasiadas ciudades juntos.

Abandonada como un silencio interminable todas las noches te encuentro, y no puedo dejar de mirarte para comprobar si mis manos aún pueden sentirte, aún pueden dibujarte cuando tu desnudez me besa. Te voy desnudando, sintiéndote cada día más dentro de mí. Me gusta contemplarte sin prisas, saborearte, haciéndote cada día un poco más mía.

Hoy he descubierto al encontrarte de nuevo que soy todavía un niño, con todos mis temores, que sólo tú sabes calmar. Tus palabras son ese bálsamo que me revitaliza a cada paso.

Por eso necesitaba dedicarte esta entrada, compartir este sentimiento; hoy, el día de tu cuarenta y cinco cumpleaños.

Felicidades, Rayuela.

Hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Hay que hacerlo, de alguna manera hay que hacerlo. Tener el valor de entrar en mitad de las fiestas y poner sobre la cabeza de la relampagueante dueña de casa un hermoso sapo verde, regalo de la noche, y asistir sin horror a la venganza de los lacayos.

1968 - 2008 (del imaginario cultural)

¿Qué queda de todo esto? ¿Dónde fueron a parar todas estas luchas, que se repiten, incesantemente, como un eco que ya nadie escucha? ¿Acaso estamos todos condenados, como me recuerda mi hermano homenajeando a Beckett, a acabar convertidos en notarios? ¿Quién se acuerda de Cohn-Bendit, y cuántos coetáneos como él seguirán su mismo sino? ¿A dónde nos condujeron estas luchas, esos puños enguantados al viento, las banderas enarboladas?

En aquel mayo francés, en los días de vino y rosas.


Free at last! they took your life...



...they couldn't take your pride.



Ayer morían en bosnia, anteayer en Vietnam, ahora mueren en Bagdad.


Quizá tenía razón Aute cuando decía que, al final de todo, "queda la música".

lunes 7 de abril de 2008

de las decepciones cotidianas

Ocurre a menudo que las caídas duelen más conforme la cota que alcanzamos se hace más elevada. En esos momentos, el eco de nuestra caída puede hacerse muy fuerte, y salpicar con demasiada injusticia a aquellos que nos rodean. Nos ocurre diariamente. Quizá abrimos nuestro correo y encontramos una carta de la persona esperada, y todo lo que contiene son las tres líneas que nos dedicó a toda prisa, más de cara a la estadística que buscándolas en el corazón. O quizá es precisamente la ausencia de ese recuerdo, de ese pensamiento, lo que nos duele y decepciona. Y a lo mejor (también quizá) precisamente esa persona, en ese preciso momento, nos pensaba en esta ciudad, o en la tuya, o en la tuya. Pero igual nos salpican las entrañas, y al mostrar nuestra indignación mostramos una vez más nuestro ser bipolar: el que se decepciona, y sufre, y escupe bilis en las calvas de las personas que se cruzan por su acera; y el que ama, aprecia, y reacciona así ante la afrenta no esperada de la persona a la que (aunque no sabe por qué) quiere y, por tanto, exige.

Todos cometemos estos y tantos otros errores, y sabemos que la disculpa, aún sentida en lo profundo, sería un intento más de rebajar nuestro error. Porque huele a formalismo cualquiera sea el tono que adoptemos. Porque la otra persona ya sabe todo lo que puedas justificarle, y-aún-así. Porque toda disculpa me parece una pérdida de honestidad, una falta de respeto hacia la otra persona, porque me parece hablarle desde una esfera distinta, intentar razonar con lo que le arde con un fuego sordo. Por todo eso, y mucho más que no quiero o no soy capaz de explicar, hoy no te pido perdón. Aunque sepa que, desde detrás de este velo, lo estoy haciendo.

Y como dijo el obrero que sólo gracias a ti conozco: Te propongo menos cielo, más abrazo.

filio en chile

Llegó como de la nada. Con su guitarra triste al hombro, como un obrero de la música. Y de repente empezó a cantarle: al amor, al olvido, a esta tierra, al perdón. Se entregó a la inclemente multitud que le exigía sus temas preferidos, mientras el autor intentaba donar al mundo sus nuevas creaciones. La maldición del cantautor se cobró en sacrificio una nueva víctima, y como llegó se fue, con su guitarra un poco más triste al hombro, como un obrero de la música. Y nosotros nos fuimos al rincón de los canallas, donde las paredes se caen por el peso del progreso, pero cientos de notas aún las sostienen en pie. Y fuimos a gritar chile libre, y a comer pernil bañado en maremoto. Y alguien cantaba consignas por un megáfono. Luego fuimos a las cuatro y diez. Y allí alguien cantaba fito. Y silvio, y sabina, y aute. Y entonces alguien tomó otra guitarra triste y cantó brazos de sol. Y nosotros brindamos con alcohol, batiendo los vasos contra la mesa, y pensamos que la guitarra de filio dormiría un poco menos triste. Un inclemente reloj nos recordó que ya peinamos canas, y a las cuatro y diez salimos de las cuatro y diez. Borrachos y decadentes. Y había una chica monísima detrás de la barra.

jueves 3 de abril de 2008

de la necesidad de tener un tocadiscos

Lo terrible de la saudade es que gusta de atacarte cuando menos te la esperas. Estás tranquilamente sentado en el diván de tu casa, escuchando la trompeta de Baker o el piano de Monk, y de repente empieza a rascarte con su uña fría, rac-rac-rac. O más mundano aún, estás comiendo unos spaghetti alla carbonara, y de repente en un trocito de jamón que cae sobre la mesa te vuelve el olor de ella, o su forma de apoyar los codos en el borde de la mesa.

Hoy me atacó al pasar delante de un negocio de antigüedades. En el fondo del escaparate me estaba esperando un viejo tocadiscos, bastante parecido al que ilustra la fotografía. Su calma espera me recordo la derrota de aquellos que saben que su tiempo ya ha pasado, pero abrazan esta atemporalidad como una postrera recompensa por los años que ocuparon la primera fila de combate. Como nuestros mayores, que sabiéndose condenados al polvo y al olvido, pueden consagrarse a una vida de contemplación y espera de lo inevitable.

En esa calma espera creí encontrar la respuesta a muchas cosas, y deseé llevarme esa sensación, que no ya el objeto en sí, al salón de mi casa, y ofrecerle en sacrificio algunos vinilos cada cierto tiempo, en un homenaje callado a lo que me hizo sentir un día, observándolo desde la otra parte de esa sucia vitrina. Pero esa calma aparente habría de esperar, pues ¿cómo devolver luego tan especial objeto al abandono y al olvido? Y aquí volví a sentir esa comezón en la nuca, y ese rac-rac-rac que me acompaña desde hace ya harto.

Hoy me he sentido un poco más cansado. Un poco más agotado de estas vidas con fecha de caducidad, de estos éxodos voluntarios que te obligan a pasar de puntillas por océanos, tierras y mujeres. Hoy me pesó un poco no poder colgar en mi cuarto ciertos cuadros de Mondrian, o de Klimt, no poder plantar un tronco brasileño en la terraza, o no poder disfrutar de las notas de un tocadiscos cansado puede que hasta ya de sí mismo. Me pesó esta frugalidad, este tener que desprenderme luego de ellos tras once meses cuando ya la relación empiece a ser íntima, cuando ya nos tuteemos.

Porque los primeros meses son un impasse mientras se van concretando los "y sis", porque los últimos son un anticipo de lo que ya no volverá y todo se vive con esa terrible sensación del "ya pa' qué", hoy me sentí un poco más cansado de todo esto. Como hace menos de veinticuatro horas precisamente estos mismos argumentos me reconfortaban. Supongo que será la eterna atracción de los contrarios, la vida como un enfrentamiento entre dicotomías mientras habitamos el más gris de los términos medios.

O será sólo que ese tocadiscos era una maravilla...

lunes 31 de marzo de 2008

el inconformista visto por morelli

Aceptación del guijarro y de Beta del Centauro, de lo puro-por-anodino a lo puro-por-desmesura. Este hombre se mueve en las frecuencias más bajas y las más altas, desdeñando deliberadamente las intermedias, es decir la zona corriente de la aglomeración espiritual humana. Incapaz de liquidar la circunstancia, trata de darle la espalda; inepto para sumarse a quienes luchan por liquidarla, pues cree que esa liquidación será una mera sustitución por otra igualmente parcial e intolerable, se aleja encogiéndose de hombros.

En un plano de hechos cotidianos, la actitud de mi inconformista se traduce por su rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a traición, a estructura gregaria basada en el miedo en las ventajas falsamente recíprocas. Podría ser Robinson sin mayor esfuerzo. No es misántropo, pero sólo acepta de hombres y mujeres la parte que no ha sido plastificada por la superestructura social; él mismo tiene medio cuerpo metido en el molde y lo sabe, pero ese saber es activo y no la resignación del que marca el paso. Con su mano libre se abofetea la cara la mayor parte del día, y en los momentos libres abofetea la de los demás, que se lo retribuyen por triplicado. Ocupa así su tiempo con líos monstruosos que abarcan amantes, amigos, acreedores y funcionarios, y los pocos ratos que le quedan libres hace de su libertad un uso que asombra a los demás y que acaba siempre en pequeñas catástrofes irrisorias, a la medida de él y de sus ambiciones realizables; otra libertad más secreta y evasiva lo trabaja, pero solamente él (y eso apenas) podría dar cuenta de sus juegos.

viernes 28 de marzo de 2008

twenty five years ago

jueves 27 de marzo de 2008

cambio gritos por susurros

y la vida, alrededor

miércoles 26 de marzo de 2008

hijos de un dios menor

lunes 24 de marzo de 2008

compartir es vivir (sic)

Quien me conoce, y aquel que navega entre estas líneas así lo hace, sabe que si hay una palabra que define mi modo de pensar, esa palabra es "contradicción". La eterna bi, tri, o multipolaridad de cualquier mirada, de cualquier forma de entender el mundo, me afecta y ataca cuando menos lo espero. Quizá por ello la inquietud es mi más antigua compañera de viaje. Quizá por ello temo exponerme a los demás tanto como temo exponerme ante mí mismo. Dentro de este discurso de la multipolaridad, siempre entra en escena el de la honestidad, aunque quizá aquí comience un nuevo vano intento de compartir mundos. Pero hoy me levanté prosaico, así que trataré de deconstruir esta idea largamente rumiada, en un discurso mínimamente inteligible. Y para ello, como se nos enseña desde la mayeútica socrática, quizá no haya nada mejor que acudir a un simple ejemplo.

Esta semana santa la pasé en un festival. Ya la acción es arriesgada: un festival supone siempre un mundo semicerrado, un lugar de encuentro entre asiduos y de desencuentro entre despistados, una expresión artística que, como todas, maneja su propio código. Pero aún así ocupamos el asiento de ese grupo de despistados, y allá fuimos a ver exactamente en qué consistía eso de "salvar la tierra".

Con tan sugerente título, sabía que una vez más iba a enfrentarme a mi más temida contradicción, a un nuevo ataque de la honestidad. Diez mil personas reunidas bajo la modesta idea de salvar la tierra. Como no, el espectáculo estaba garantizado. Carpas en las que se practicaba yoga, muchas rastas al viento, impúdicas jovenes paseando sus velludas axilas con la más despreocupada de las vergüenzas, tatuajes totémicos y cuerpos perforados. No sé por qué, pero todo eso me causa de base algún tímido rechazo. Para tratar de explicarlo, diré que lo veo como cuando en una capea (para el profano, digamos que es una corrida con una vaquilla, en la que esa es suficiente excusa para beber y comer hasta entrada la noche) se reúnen jóvenes de alta alcurnia, para festejar sus millones y su status. En ellas, encontramos los mismos aunque opuestos lugares comunes: vaqueros ajustados indefectiblemente celestes, con camisa de cuadros remetida, cinturón con la bandera de España y algún toque de azul-PP, pulserita en la muñeca, desde LiveStrong hasta Viceroy en función de la moda odierna, caracolillos en la nuca o marcada raya en la parte derecha de la cabeza, y un insoportable olor a aftershave.

Es ese habitar lugares comunes lo que me hace, por naturaleza, intuir la traición. ¿Cómo compaginar diez mil personas dispuestas a, simplemente, salvar la tierra, si luego a la hora de tomar el repleto tren de regreso no les alcanza la solidaridad ni para dejar pasar primero a la mujer que sostiene un niño entre los brazos? ¿Cómo compaginar esas diez mil almas llenas de buenas intenciones, con la insolidaridad posterior del criticar el mundo desde fuera, desde sus torres de marfil, amparados en un pasotismo que les permita vender cocos en una playa de Cancún? ¿Cómo no intuir la traición cuando todo huele a esa invasión magnánima del redil ajeno, bumerang ontológico destinado a enriquecer en última instancia al que lo suelta, a darle más humanidad, más santidad?

Me he habituado con los años a convivir con esta suerte de amargor, con esta contradicción innata entre querer actuar, pero intuir la traición que espera en cuanto cedamos a la palmadita en la espalda, al sufrimiento compartido, a la lamentina vacía y a la doble moral del día a día. Temo que, como en tantas cosas en la vida, éste no sea sino un nuevo prejuicio, porque a veces, profundizo en esos portadores de bumerangs ontológicos, y encuentro algo de honestidad, sin duda mucha más de la que creo que vive en mí mismo. Pero casi nunca son personas que exteriorizan su credo. Huyen de los clichés, su pelo sigue un corte indiferente a las tendencias de grupo, incluso algunos se pasean por la ciudad con corbata, o confiesan haber estudiado económicas. Esas personas que basan su lucha en algo más que el reconocimiento en el redil, dan algo de honestidad a todo este movimiento, a esa inquietud latente. Y esta semana profundicé en al menos cuatro personas que así me hicieron sentir. Y ésas saben quienes son.

Cuando algo me marca, siempre suelo asociarlo a alguna realidad. Un paisaje, un olor, la melodía de una canción, una mujer. Esa realidad me está siempre esperando donde menos pensé encontrarla, y no es hasta la vuelta que descubro que era ésa, y no otra, la que habría de marcar a fuego el recuerdo. En este caso fue una frase, perdida en medio de una canción que no conocía, cantada en el andén de una estación, un domingo de marzo. Que no quiero dejar de compartir con vosotros. Porque a mi también, aunque de otra manera, Latinoamérica me duele.

no soy un hombre de ideas

miércoles 19 de marzo de 2008

ella, de la a a la z

Difícil esta entrada... Es como tratar de contener el infinito en un pequeño frasco de cristal, mezclarlo con unas gotitas de nostalgia, unos polvitos de melancolía, una pizca de sensibilidad, y sacar un brevaje digno de la persona que lo ha de recibir. Será difícil esta entrada...

Para entenderlo, ustedes se han de imaginar al Sandmann como un animalito pequeñajo, quizá un roedor o un lemming de los de Daratea, eternamente temeroso de exponerse, de permitir que intuyan el vacío que él mismo cree llevar dentro. Han de imaginarse al Sandmann así, empequeñeciéndose a cada palabra, a cada clack clack clack del polvoriento teclado de su escribanía.

Cuando el Sandmann teme la luz del sol, toma una máscara veneciana, y sueña con ser un gran conquistador o un valiente buscador. De tanto ajada que está por el uso, muchos lo ven por la calle y creen reconocerlo en el disfraz. Mirad, dicen, allá está el Sandmann, mirad con que seguridad camina, él sí sabe adonde va. Y el Sandmann, ocultando su cara tras sus débiles pezuñitas, se teme y se lamenta. No dirían lo mismo de mí si caminara con mi rostro, esplendoroso bajo el sol de invierno.

Por eso el Sandmann se oculta, habla a través de sus alter ego, comparte mundos interiores tratando de buscar la exteriorización que mentes más preclaras que la suya consiguieron. Busca una voz propia entre líneas que le asombran por su brillo. Y estas fueron las que encontró para ella.

A de Amargura
El se detiene, se gira durante un momento, mira detrás suyo. El busca, aguarda…espera que alguien le siga. Le encantaría verla correr hacia él…pero nada…El está sólo.
Sin duda, han esperado demasiado…los dos. Sin duda, es demasiado tarde para esperar sea lo que sea. Sin duda el destino no quiere concederles una década más.
¿Es esto la amargura?

K de Kaleidoscope
Ellos se buscaban sin encontrarse. Como en una galería de espejos, como en un caleidoscopio gigante. Eran hermosos, sus reflejos, tan hermosos…tanto que parecían reales sus dulces sonrisas que se reflejaban hasta el infinito…
Las risas y miradas llenas de ternura se multiplicaban, su alegría creía que también se encontrarían. Pero a veces, ellos mismos no encontraban sus reflejos, y entonces ambos tenían miedo.
Y si el caleidoscopio podía multiplicar la alegría, podía también multiplicar el dolor, la pena las lágrimas…
Hacía mucho que ellos se buscaban el uno al otro…

De la A a la Z, tu nombre. Todos los pasos que diste, e incluso aquellos que no diste. Todas las ausencias guardadas, todas las esperas traicionadas. De la A a la Z, tu nombre.

Brillas con una luz que te es propia, tienes los ojos tan abiertos para captar todo, que a veces no te das cuenta de que te dieron la vuelta y se te cerraron. Ya dijo el maestro que con el tiempo uno acabo siendo esclavo de esto, o favorito de aquello, y no ve una lámpara que sujete inertes hojas de plátano. Quizá eso sea un poco lo que me pasa a mi también, por eso nos encontramos sin buscarnos, pero cuando nos buscamos no nos encontramos. Quizá todo se trate un poco de dejarse vivir, lo que algún otro más prosaico llamaría relajarnos. Los seudópodos bien sabía el genio que eran finitos, que jamás podrían abarcar toda la biblioteca de Alejandría. Nos llevo años comprenderlo, o quizá aún no lo hicimos. Por eso cuando viajamos en tren aplastamos la nariz contra los vidrios, en un intento de aprehender todo lo que danza allá afuera en la oscuridad.

De la A a la Z, nuestra historia. Con todos los pasos que dimos, y sobre todo aquellos que no dimos. Con todas las ausencias guardadas, y con todas las esperas traicionadas. De la A a la Z, el infinito.

Desde el Sur

Santiago de Chile se despierta entre montañas.

Dos semanas en Chile. Una semana en Santiago. Una semana en la región de Coquimbo. Dos semanas ya en Chile. Quién lo diría.

Hace un tiempo soñaba con vivir al menos un año en Sudamérica, pero lo veía como algo lejano, algo que ocurriría sólo con el paso de los años y cuando ya no me movieran ciertos intereses y ciertas inquietudes que me trajeron hasta acá. Y sin embargo, acá estoy. Uno de estos días viajaba en auto por la ruta Panamericana, con el Pacífico al Oeste y la cordillera andina al Este, por carreteras interminables que se perdían a la vista entre lomas que dibujaban el paisaje chileno, y de repente fui consciente de que a veces algunos de nuestros sueños acaban por hacerse realidad.

Resumir de forma exhaustiva cada una de las experiencias que ya empecé a tener acá nunca fue mi modo de compartir mundos. Los olores, la cruda arena que curte la piel del campesino, el viento oceánico que seca las intimidades que cuelgan de las ventanas, las olas de un océano que te cubren de fuerza y vida, las estrellas, divisar la Vía Láctea desde la arena de una playa en medio de nada, y el cinturón de Orion guiando a los marineros del Sur, los troncos retorcidos en busca de un agua que no hay, y de un refugio que los proteja del viento. Son sólo matices, sugerencias, aromas, sedimentos que esta tierra comienza ya a dejar en mi vida.

Del resto, los amigos con los que compartes mundos y las diferentes formas de verlo. Conversaciones de humo al único abrigo de un vaso de pisco. Las primeras confidencias y las últimas traiciones. La intuición de alguna uña que no daña pero aterra. En fin, la vida diaria pero en otro país, en otro continente, con otra gente nueva que de alguna manera suponen un nuevo estímulo para seguir conociéndote un poco más a ti mismo. Al final acabas por entender que cuanta más gente conoces y más mundos compartes y diverges, al fin todo se reduce al autoconocimiento y a la evolución personal. Los demás como el espejo al que nunca quisimos mirar, pero que siempre nos sedujo.

Del resto, siendo siempre yo. Un Sandmann que más que adormentar con granitos de arena, intenta despertar un poco la inquietud, el torbellino, el mundo de los “y si”, la esperanza de una vida más allá de la hipoteca y el horario de oficina, de negros y blancos que huyan del monótono gris vital que tanto impera, del desasosiego pero la calma profunda del desequilibrio. Del resto, encontrando gente que admira tu modo de pensar, que no siempre coincide con el de actuar, pero teme dar el paso, y sumas una nueva decepción a tu ya atiborrada maleta de viaje. Del resto, ya me conocen bien como para que siga aburriéndoles.

Desde el Sur, pidiéndoles que cada tanto miren un mapa del mundo, recuperen el globo terráqueo que otrora siempre hubo en cada casa, o los más actualizados a través de google earth, e imaginen a un amigo que sube y baja por las tierras de Chile, entre polvo, viento, maleza y sol, pensándoles más a menudo de lo que puedan creer, desde ese Sur, se despide su amigo Sandmann.

lunes 3 de marzo de 2008

Jes

Jesús se desnuda, y yo abrazo con él la desnudez.

No siempre es fácil expresar lo que llevamos muy dentro. En algunas ocasiones especiales, las relaciones se basan en los silencios, en las verdades íntimas compartidas, como cuando nuestros padres se miraban en años de dictadura, sentados a la mesa de unos suegros recios, y compartían inquietudes y esperanzas.

En la carta que Jesús quiso compartir conmigo (y de la que no arriesgaré a ilustrar algunas líneas, pues me merecen los más profundo respeto y admiración), algunas de esas verdades que los dos sabemos, que los dos sentimos, fueron verbalizadas. No siempre es fácil verbalizar lo que sentimos. A veces lo tememos porque, al hacerlo, dotamos de realidad aquello que nos asusta o inquieta. Otras veces, porque pensamos que al hacerlo real pueda evaporarse esa magia que lo sostiene, que lo sustenta (Roma, en tiempos de Marco Aurelio, era sólo un sueño que, si no lo susurrabas a baja voz, corría el riesgo de desvanecerse).

Entre chicos (me resisto aún a decir entre hombres), verbalizar lo que sentimos, hacer patente lo latente, cristalizar los sentimientos, es todavía más difícil. Hablar de Daratea es insultantemente sencillo, basta dejar volar la imaginación. Hablar de Liz requiere alguna ignota dificultad, pero transportado por su olor puede alcanzarse un cierto punto desde el que llegar a una suerte de comunicación. Líneas sobre otras personas queridas irán surgiendo con la resistencia o fluidez que dicte la siempre esquiva inspiración. Pero sin duda, desnudarse ante los ojos de una mujer es más sencillo que ante la gemela mirada de un compañero. Por eso valoro tanto estas letras de mi amigo Jesús. Por eso le digo que podría suscribir todas y cada una de las líneas que me dedica. Y por eso, le confieso que no podría encontrar mejores palabras que las que me ha dedicado.

Si hay algo que siempre he admirado de él, son sus innatas sencillez y humildad. Con más motivos para ser admirado que cualquier persona que conozca, se alimenta por igual de la satisfacción del triunfo silencioso y del callado reconocimiento. Nunca gustó de las exaltaciones de su brillantez. Nunca alardeó de su terrible bondad, ni de su candidez humana. Nunca lamentó su retraso en la entrada al mundo adulto, ni el rechazo de aquellos que no alcanzaban a tolerar su genialidad. Convivió con esos y con otros obstáculos, y cuando los superó con gallardía y voluntad, nunca se ufanó de ello, ni cayó en las redes de la venganza. Quizá por la satisfacción del triunfo silencioso, todos los días se levanta y se entrega con amor y devoción a la vida. Quizá por eso le sonríe, y la recibe con gozo. Quizá por eso, la toma y disfruta más de lo que cualquiera de nosotros hacemos. Quizá por eso lo admiro, y busco en su aprobación la esperanza de que este viaje, el viaje de la vida, siga teniendo algo de sentido. Y junto a él, Brindo por lo desconocido.

sábado 23 de febrero de 2008

al final de este viaje


Sentenciaba Cortázar:Todo lo que se escribe en estos días y que merece la pena leer, está orientado hacia la nostalgia.

Esta escena pertenece a la maravillosa Un lugar en el mundo. Justo antes de que el chico gire las riendas de su caballo, para escapar del desgarro que supone siempre una marcha, el en un principio cínico geólogo encarnado por Sacristán le regala una luz ultravioleta, con la que poder desentrañar el alma de las piedras. El chico, en su despedida, le agradece: Gracias por la luz, dándole pie a una no menos genial despedida: Gracias por el viaje.

Para todos aquellos que vivimos de la luz que nos dan nuestros compañeros de viaje.

Con la esperanza de que, algún día, encontremos un lugar en el mundo.

os llevo en mi tambor

Todos saben que las aves migratorias
siempre encuentran
el camino de regreso.

la sinceridad de los polos opuestos

(el Sandmann, a las 5 de la mañana y en un estado de embriaguez semi-comatoso, tras una conversación entre lo surreal y lo anecdótico con Liz Norton, se decide a recrear las siguientes memorias, reflejo de una noche de jazz y de humo, en un local llamado Taifa)

Daratea dixit: la cosa es que Sandmann es un poco tío-tía.

Sandmann, interrumpiendo su ebrio discurso para apreciar la trompeta de Chet Baker, añade: hombre, Daratea, aquí lo que está claro es que tú eres una tía-tía. Liz, tú eres una tía. Y medio-limón, tú eres una tía-tío.

Daratea apostilla: Sí, eso es un poco lo que pasa: es tan importante compartir mundos! (sueña Daratea). Yo, como tía-tía, estimulo a mi pareja, la introduzco en mi torrente de creación, pero, sabes Sandmann? en el fondo estoy un poco a la espera de ese tío-tía que me estimule, que me arrastre un poco, y dejarme llevar yo por esa corriente que me supere.

Sandmann, hipertérrito, añade: Pero en el fondo al final acaba saliendo nuestro yo natural. La naturaleza nos puede, y aunque saudemos con un tío-tía que nos arrastre, en el fondo nos acabaría quemando. Nuestra naturaleza nos revienta, y al final, como le paso a Liz, por defecto y por exceso, acabamos quemándonos.

Liz, con su sonrisa de vendedora de fósforos, interviene: Lo que yo saco en claro de todo esto es que yo soy una tía-gris. En el fondo, tu postura como tía-tía o como tía-tío depende del contexto en que te metas. Con alguien puedes ser tía-tía, pero con otro puedes ser tía-tío en función de los roles que adopte cada uno. (Como se puede ver, su formación de post-grado derriba nuestros tristes clichés preestablecidos, podres mortales estudiantes de grado...).

Sandmann, con su cariño incolume, la tranquiliza: No es eso, chica. Tú puedes comportarte como quieras en función de "la circunstancia", pero al final, tu naturaleza te revienta, y necesitas de un tío-sólo-tío que de alguna manera te complete y te permita desarrollarte como tú eres.

Liz, implacable en su postura, concede: Entonces estamos sólo divagando sobre mi teoría de los equilibrios!

Daratea, que tras cuatro párrafos sin intervenir ya se quiere comer la mesa que sujeta más de una docena de botellines, salta: Claro, pero por eso es tan importante saber si tú eres tía-tía, tía-tío, tío-tía, o tío-tío!!! Yo me quejo porque comparto mis horas con un tío demasiado tío.

Liz se lamenta en baja voz: Qué me dirás a mí, que hasta se enorgullecía de su hombría de tío-tío...

Daratea continúa: Yo quiero alguien que comparta conmigo sus mundos. Que yo le diga "saudade" y vea en sus ojos algo de comprensión, que se emocione con las últimas líneas de este o aquel libro. Pero en el fondo, yo Tengo que llevar ese papel. Luego alguien así sería superior a mis fuerzas y acabaría por agotarme.

Medio-limón, estupefacta ante las rayaduras de sus contertulios, aventura: Pero en el fondo de lo que estáis hablando es de ser activo o pasivo, de arrastrar o de dejarse llevar.

Sandmann, que detesta ocupar un segunda plano, tío-tía hasta la médula, añade: Pero no es sólo eso. Tío y Tía son sólo unos términos. Desde la prehistoria (arriesga con el dato temporal...) el hombre ha sido el cazador, enfocando su mirada en un punto, y haciéndose especialista en ello. La mujer, recolectora por naturaleza o cultura, tenía una visión periférica, luego abarcaba en su mirada un espectro mucho más amplio y más rico de la realidad.

Daratea lo secunda: Es un poco como tu padre, acomodado en el sofá con su tele y sus periódicos, y tu madre, que desea compartir sus preocupaciones e inquietudes más allá de como ella misma las ve.

Medio-limón, un poco escéptica e incluso terminológica, cierra: Yo lo que no entiendo es la terminología, en el fondo ni tío ni tía ni ná!! Lo que estais hablando es de ser activo o pasivo en una relación!

A baja voz, se oye lamentarse al Sandmann: Del vano intento de compartir mundos... En el fondo, todo está en el blog...

jueves 14 de febrero de 2008

del vano intento de compartir mundos

Navegando por las páginas del Cementerio, el heterogéneo grupo de "The Searchers", conformado por Daratea, por Liz Norton, y por el Sandmann que esto suscribe, jamás encontró palabra equiparable a la lusa "Saudade", que gusta de atacar al final de los ciclos, cuando nos asomamos al borde de los abismos futuros. Nostalgia, añoranza, melancolía, quizá la contenían, pero sin duda la rebajaban. Animados por Enigmario probaron con la bucólica "morriña", pero trayéndoles recurdos de vacas pastando en un prado eterno, decidieron rechazarla. Desolados, decidieron contactar en tercera persona con el ínclito Lázaro Carreter, D.E.P., quien accedió tras sus acaloradas explicaciones, a introducir la voz Saudade en el Cementerio, bajo el siguiente texto expiatorio de Pessoa, descubierto por Liz Norton en una de sus noches blancas:

Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otro y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Cintra porque no puedo pasarla en Lisboa pero cuando llegue a Cintra me va a dar pena de no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Cintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: ese que va en el auto es feliz.

El Sandmann, en su eterno alegato borgiano, consiguió introducir, en caracteres minúsculos, el siguiente epitafio:

Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

liz norton

Las limitadas letras se unen entre sí para crear palabras, que se cuentan por millones entre las múltiples lenguas. Estas se combinan para dar lugar a la implacable frase, cuyos límites parecen ya infinitos. No obstante, como nos aclaraba un ciego Borges en "El inmortal", No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea.

Cuando intento hablar de ella, el lenguaje (o al menos la más imperfecta de sus formas: el lenguaje escrito) muestra más que nunca esta misma limitación que aqueja al arte, e intentar comprehender el infinito que supone su sonrisa o su mirada en unas pocas líneas se me antoja una herejía. No obstante siempre he sido un poco hereje.

Entre sus pequeñas idiosincrasias se cuenta la de ser una habitante de la nostalgia de cabellos plateados. Liz Norton tiene la habilidad de llenar con su presencia la sala en que se encuentra. Con los alargados brazos de una hiedra venenosa, te pica en las noches de insomnio como una rueca urbana, y ya para siempre eres un exiliado de su presencia, de su olor. No cuesta imaginarla sentada a su piano, regalando notas a la noche de Granada, bebiendo un eterno té, y navegando por sus sueños, quizá con demasiado miedo para dar este paso y este otro para alcanzarlos, con ese ancestral temor a si misma, ese temor de defraudarse, de no llegar a ser quien de hecho ya es. Cierras los ojos y estás allí, a su lado, dejándote arrastrar por sus cálidas notas, observando la silenciosa espalda sobre la que descansa su pelo. Con Liz las distancias no importan. El recuerdo de su olor es tan vívido que basta para tenerla siempre a tu lado. Kilómetros, ciudades, circunstancias, nos han separado quizá más de lo que fuera justo. Nuestros caminos vuelven a divergir en este Febrero tramposo de sol y viento, pero una vez más, se que su olor me acompañará hasta esa tierra de roca y sal que es el sur de América. Y cuando desde mi ventana contemple la majestuosidad de los Andes que asedian Santiago, viajaré hasta Granada, esa ciudad hermana igualmente acorralada por símbolos de invierno, para dejar que su veneno se me inocule un poco más. En este juego sin fin que jugamos desde hace ya tanto.

miércoles 13 de febrero de 2008

del arte de piet mondrian

Desde sus orígenes, el arte fue concebido como un intento de plasmar la realidad. Esta realidad podía ser interpretada por el artista de diversas maneras, y así ha sido durante decenas de siglos. Desde el hiperrealismo de Millet hasta el surrealismo de Picasso, los dos últimos siglos han sido especialmente fértiles en cuanto a las formas de plasmar este mundo con que se confrontaba la mirada del creador. Sin embargo, el artista siempre se ha enfrentado a una última limitación. Ya fuera en el vetusto mármol o en el impeclable lienzo, la obsesión del artista era captar en ese espacio finito una escena, un pedazo de la realidad que observaba, fuera cual fuera el modo de interpretarla. Así, el arte se enfrentaba a un eterno límite con el que lidiar.

El arte de Piet Mondrian consiste en superar ese límite ancestral. Sus cuadros abarcan el infinito. Sus cálidos rojos, el equilibrio de sus azules y la inestabilidad del amarillo, junto al omnicomprensivo negro y al más puro blanco, se abren a lo eterno. El epicentro del arte de Mondrian nunca se encuentra encerrado en los límites del caprichoso lienzo. Este va más allá, supera el último límite que le quedaba al arte: el de la comprensión del infinito en lo finito. El espectador se convierte en creador, al dibujar con su mirada aquel resto de la realidad que el genio plasmó sobre su caballete. El arte de Mondrian tiene vocación de eternidad, pues a cada nuevo visitante, sus cuadros se reinventan en las salas de los museos que, silenciosas, custodian los lienzos que derribaron la última de las barreras que limitaban al arte.

lunes 11 de febrero de 2008

daratea

Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.
- Escucha - me decía, tomándome de un brazo-, ves esa ventana? No la hallas chorpatélica?
- Y qué significa chorpatélico?
- Yo tampoco lo sé, pero hay que darse cuenta de lo que es o no es chorpatélico. De otra manera uno está perdido. Mira ese perro, qué chorpatélico es!

Intentar hablar de Daratea resulta tan difícil como imaginar una vida sin ella. Incluso las palabras de Neruda la rebajan, limitan el torrente de creación, de evocación, de vida, que era Daratea. Caminar con ella por las calles de una ciudad que conoció el esplendor y la humillación, mantener una conversación sobre el perechorno en el matrominio y el cuatrimonio, y sufrir insólitas interrupciones porque la columna de humo que se levanta en el horizonte adquirió la forma de un armiño, eran placeres que serán difícil de sustituir. Compartía con placer y sin racanería sus líneas más memorables, te hacía partícipe de su último descubrimiento literario con la misma pasión con que luego desdeñaba una conversación sobre él, porque en su mente ese autor formaba ya parte del pasado. No recelaba de sus miedos, pero sólo los compartía enmascarándolos de juegos, como la rayuela que tanto le gustaba saltar. Reía con violencia y hasta con generosidad. Escapaba de la prisión de los relojes, sabedora de que quien te regala un reloj te regala un infierno florido. Se fue sin mirar atrás, corriendo en busca de un destino que ni ella misma comprendía, movida por la misma fuerza interna que, en tardes de Avenida, conoció en esos lemmings que buscan el océano que sacie su voracidad interior.

del miedo a ver lo que intuimos

Vivimos rodeados por el abismo. A cada paso, a cada mirada, nos asomamos a un nuevo abismo, a lo desconocido.

En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.

Scottie no pudo evitar mirar al abismo a los ojos. Cuando conoce a Madeleine, se enamora inmediatamente de esta presencia etérea, y tras perderla, cree intuir en los ojos de Judy la sombra de la mujer que conoció. Se enfrentó sin miedo a ese último e irrefrenable vértigo: el vértigo de saber como será mañana el rostro de la persona que amamos. Y ello le llevó a perderla, quizá el único destino posible para el que se atreve a mirar. Las relaciones personales, y entre ellas las de pareja como máximo exponente, tienen mucho de este pre-conocimiento, de esta presciencia. Intuimos en los silencios de la persona que acabamos de conocer su incapacidad para el compromiso, su tendencia a la traición furtiva, su implacable sed de individualismo. Intuimos estas realidades desde el primer minuto, apenas al primer vistazo ya sabemos quién nos traicionará, y quién nos respaldará hasta este paso pero no el siguiente, quién irá más allá de lo esperado, y quién estará siempre allá donde ya ni se le espere. En la sombra de cada movimiento, en el reverso de cada sonrisa, en el envés de cada gesto, se pueden intuir las futuras traiciones. El problema es el miedo. El miedo a asomarnos a ese abismo, a tomar las riendas de nuestras vidas y hacer este movimiento y no aquél, cuando aún el motivo no ha sido expuesto, cuando la razón aún no ha sido manifiesta. Ese miedo ancestral gobierna