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miércoles, 3 de diciembre de 2008

aquí ya casi es de noche

Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior. "Demasiadas cervezas", dijo al ver mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Y la besé otra vez, pero ya no era ayer, sino mañana. Y un insolente sol, como un ladrón entró por la ventana.

El día que llegó tenía ojeras malvas y barro en el tacón. Desnudos -pero extraños- nos vio, roto el engaño de la noche, la cruda luz del alba. Era la hora de huir. Y se fue sin decir: “llámame un día”.

Desde el balcón la vi perderse en el trajín de la Gran Vía. La pupila archivó un semáforo rojo, una mochila, un peugeot, y aquellos ojos miopes. Y la sangre al galope por mis venas, y una nube de arena dentro del corazón. Y esta racha de amor sin apetito. Los besos que perdí por no saber decir: “te necesito”...

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido.

jueves, 5 de junio de 2008

lunes, 12 de mayo de 2008

para el habitante de la torre


Waltz for Debby, Bill Evans

jueves, 8 de mayo de 2008

el jazz de rorschach


Kind of blue, Miles Davis

lunes, 7 de abril de 2008

filio en chile

Llegó como de la nada. Con su guitarra triste al hombro, como un obrero de la música. Y de repente empezó a cantarle: al amor, al olvido, a esta tierra, al perdón. Se entregó a la inclemente multitud que le exigía sus temas preferidos, mientras el autor intentaba donar al mundo sus nuevas creaciones. La maldición del cantautor se cobró en sacrificio una nueva víctima, y como llegó se fue, con su guitarra un poco más triste al hombro, como un obrero de la música. Y nosotros nos fuimos al rincón de los canallas, donde las paredes se caen por el peso del progreso, pero cientos de notas aún las sostienen en pie. Y fuimos a gritar chile libre, y a comer pernil bañado en maremoto. Y alguien cantaba consignas por un megáfono. Luego fuimos a las cuatro y diez. Y allí alguien cantaba fito. Y silvio, y sabina, y aute. Y entonces alguien tomó otra guitarra triste y cantó brazos de sol. Y nosotros brindamos con alcohol, batiendo los vasos contra la mesa, y pensamos que la guitarra de filio dormiría un poco menos triste. Un inclemente reloj nos recordó que ya peinamos canas, y a las cuatro y diez salimos de las cuatro y diez. Borrachos y decadentes. Y había una chica monísima detrás de la barra.

viernes, 28 de marzo de 2008