lunes, 19 de enero de 2009

una nueva despedida

Hoy se vuelven a España dos de mis mejores amigas acá en Santiago. Y a la vez, para hacerlo aún más difícil de llevar.

Esto no deja de recordarme que realmente somos gente enferma, aferrados a esta vida de encuentros y desencuentros: la vida de la intensidad de lo fugaz, de la llama que de tan breve abrasa, por condensada. Pero es la vida que para bien o para mal hemos elegido. La rueda da un nuevo giro e Ismael sigue navegando.

Pronto seré yo quien me vaya de esta ciudad, dejando atrás la que fue mi-primera-casa-fuera-de-mi-casa, el que fue mi primer trabajo, dejando atrás Chile, toda esta Latinoamérica que a partir de hoy me dolerá un poco más. A la rueda rueda, la vida sigue girando.

Estoy triste. Y compartir la tristeza nunca me ha parecido deshonesto. Es un sentimiento que nace y muere en uno, que no provoca rechazo ni admiración (hadmiración), quizá una tenue lástima que se olvida apenas perdemos de vista al apesadumbrado.

Sólo quiero un descanso de piedras o de lana, que decía el poeta.

1 comentario:

Francisco Sianes dijo...

Siempre se puede (casi siempre se puede) mirar el vaso medio lleno.

Si no fuera porque nos despedimos de unos, no podríamos dar la bienvenida a otros.

Imagínate el infierno, id est, que uno tuviera que seguir manteniendo relación con todos los conocidos, todos los amigos, todas las novias y novietas que ha ido acumulando en su torcida errabundia por la vida. ¡Todas las suegras!

Las despedidas son -haz caso a tu aforista hermano- el mejor tónico contra la misantropía.

Todo tiempo pasado fue -lo sabía Castel- peor. ¡Y arriba ese ánimo, diantre!