¿Qué es ser de izquierdas? ¿Acaso es algo más que una postura estética? ¿Algo más que caminar con el labio torcido y lamentar en camarilla las vilezas que se cometen en el día a día? ¿Algo más que reuniones y cenas con los amigos, a media luz, entregados al arte de criticar nuestra vida burguesa, como si con ello la anuláramos? ¿Algo más que una vacía declaracion de intenciones traicionada a cada paso, a cada segundo? ¿Ser de izquierdas es saber que todo esto no es más que vacía lamentina, pero creer que esta lamentina nos hace de izquierdas?
Mostrando entradas con la etiqueta RES PUBLICA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RES PUBLICA. Mostrar todas las entradas
domingo, 21 de junio de 2009
jueves, 11 de junio de 2009
¿dónde está la izquierda?
Hoy el tema viene espeso. Hoy miro un poco desde la distancia (material, que no geográfica) el curso que está siguiendo la política a nivel internacional, y no puedo sino preguntarme: ¿dónde olvidamos la honestidad?, ¿cuándo perdimos el rumbo?. ¿Hemos alcanzado realmente el tan preconizado final de la historia?, ¿han muerto las ideas tras la caída del muro de Berlín?
Me sorprende como, apenas 50 años atrás, unos ideales, la lucha por las necesidades, ese sueño de otro mundo mejor, bastaban para movilizar a millones de personas en busca de un verdadero cambio. Y no es una cuestión meramente nostálgica de idealización del pasado: realmente hace poco más de un siglo comenzó una verdadera revolución cultural en la cual los oprimidos (hay que recuperar ese lenguaje que tratan de vendernos como obsoleto y fuera de contexto, ese lenguaje de aquellos que -aunque dicen que sólo justifican sus vilezas personales en el superior ámbito de "la lucha"- se atreven a levantar la alfombra y ver la mierda que llevamos años escondiendo debajo) soñaron con otro mundo posible, de fraternidad, donde los países no fueran territorios separados por una caprichosa frontera, compitiendo entre sí para ver quién lidera la carrera del PIB, la carrera armamentística, la carrera nuclear, la carrera espacial. Soñaron el mundo no como una carrera de todos contra todos, sino como una carrera contra el hambre, una de esas carreras en las que no importa quién gane, sólo importa sumar participantes por una causa común.
A esa gente, a esos luchadores, se les dio el nombre de izquierda, el nombre de progresistas. Hoy, nos han vetado hasta el lenguaje. Progresista viene de progreso, y el progreso se consigue mediante la acumulación de riquezas, de tecnologías, de bienes. Izquierda es esa idealizada visión del mundo de los que son tan ingenuos como para creer aplicable algo que sólo funciona en la teoría, algo que la cruel realidad del hombre derriba. Incluso se permiten concedernos la victoria moral de nuestras ideas (que no ideología), diciendo "si yo estoy de acuerdo que el comunismo-socialismo sería lo ideal, si está claro que en teoría es lo mejor. Lo que pasa es que en la práctica no funciona, en la práctica acaba siendo una dictadura mucho más represiva que la del capitalismo, como demuestran los ejemplos de Rusia, China o Cuba".
Y nosotros agachamos la cabeza, miramos para otro lado avergonzados, y callamos. Concedemos la derrota de una idea, les entregamos voluntariamente el lenguaje, y aquello que no se nombra no existe, o existe tergiversado en función de quien, dando nombre al mundo, lo reinventa.
Y yo me pregunto, ¿dónde está la izquierda? ¿Dónde estamos todos aquellos que miramos el mundo y nos avergonzamos, todos aquellos que viajamos a Latinoamérica, a África, a Asia, o a los suburbios europeos y norteamericanos, y nos sentimos deshonrados? ¿Dónde estamos aquellos que sentimos como una ofensa el hecho de que bajo nuestro nombre y con nuestra connivencia tácita todas estas aberraciones sean posibles -es más, que seamos los causantes-? ¿Por qué si hace menos de un siglo una idea bastaba para movernos, para indignarnos, para inventar otros mundos posibles -aunque fracasaran, aunque en algún momento se desviaran-, ahora no basta siquiera para hacernos salir del sofá y depositar un voto en una urna? ¿Quizá porque las opciones han desaparecido? ¿Quizá porque la izquierda, para sobrevivir, ha ido avanzando poco a poco con tanta determinación hacia el centro que cuando votamos entre A y B (no soñemos siquiera ya con votar entre A y Z) sabemos que estamos votanto entre A y A'?
El discurso puede beber de numerosas (quizá demasiadas) fuentes. Quizá el muy ilustrativo ejemplo de Tony Blair quede muy lejos de contexto, pero en España tenemos uno parecido: el ejemplo de Zapatero.
Cuando empezó a salir por televisión, a mí me sorprendió enormemente una foto suya, aún joven -con la mirada aún despierta de aquél que se pregunta-, sentado asistiendo a un discurso si no me equivoco de Felipe González. En sus ojos se leía toda una historia: de esperanzas, de sueños, de proyectos, de cambios. ¿Qué queda de esa fotografía en el gris presidente que hay hoy en España? ¿Qué de su forma de entender la política como una entente cordial? ¿Cómo ha podido caer tan rápido en la trampa del muro contra muro, dejando además que sean los otros los que decidan dónde construir ese muro y qué reglas del juego darle? ¿Por qué abandonó su idea de honestidad, de alianza de civilizaciones, el discurso por la paz? ¿Por qué aceptó las reglas de los otros, su constante lucha dialéctica, su hipocresía y falsedad? ¿Por qué? Realmente me pregunto, ¿por qué? La respuesta me parece tan sencilla como triste: porque cayó en el mismo error de confundir el fondo del discurso, de las ideas.
La izquierda no puede competir con la derecha en sus mismos términos. Es como si una persona de 2 metros le dijera a una de 1,50 "¿a ver quién llega más alto con la mano?". Es incompatible llegar muy alto con la mano con tener una estatura baja, y competir en estos términos no hace a la otra parte sino reírse de tus vanos intentos de estirar el brazo más allá de lo natural, dándole a tu discurso un aire de apagafuegos que no lleva a ninguna parte. El problema de Zapatero, el problema de eso que nos dicen que es la izquierda pero que desde luego no promueve nuestras ideas, es que se ha ido desplazando tan progresivamente hacia la derecha que no se ha dado cuenta (aunque yo creo que sí que se han dado cuenta perfectamente) de que ha entrado en el terreno de juego de los otros, con las reglas que estos marcan y que por tanto conocen y pueden ir modificando a su antojo, mientras que esa izquierda-que-ya-no-es-izquierda baila al son que le tocan intentando no perder el ritmo.
Parece que la gente que aún cree en esa izquierda no se ha dado cuenta todavía de que a la derecha no le importa la falsía, que nunca le ha importado. Defienden un sistema de mercado autorregulado, que es como meter en la misma piscina un banco de sardinas y un par de tiburones y dejar que se intenten comer entre ellos a ver quien gana, y lo venden -sabiendo que es radicalmente falso- diciendo que los más beneficiados de tal sistema serán sin duda las sardinas. Y no se preguntan por qué entonces los tiburones gastan millones en sus campañas de publicidad, a través de sus diarios y emiroras, etc. en promulgar su credo. ¿Para beneficiar a las sardinas o para dar aguas libres a los tiburones que ellos mismos encarnan? (Y habrá quien diga "pero si al PSOE también lo apoyan PRISA y muchos otros empresarios!". Bueno, quien todavía no haya entendido de qué va la izquierda que defiendo mejor que deje de leer aquí).
Por eso -volviendo a la pregunta del inicio- la izquierda ha perdido la capacidad de movilizar a la gente: porque aquellos que sabemos de qué hablamos cuando hablamos de izquierda nos damos perfecta cuenta de que ya no existe.
Mientras, esos que siguen llamándose de izquierdas se lamentan de la abstención, diciendo (como es cierto a medias) que la abstención perjudica a la izquierda (y digo cierto a medias porque perjudica a "su" izquierda), y en vez de preguntarse dónde está esa izquierda, lo que hacen es abogar por una participación contra la derecha, abogar por un voto útil, abogar por A' en vez de por A. En vez de decir "¿qué estaremos haciendo mal para que la gente realmente no vaya a votar, para que la gente no vea al final de estas nubes grises un jirón de luz, un poco de esperanza?", echan la culpa al perezoso votante de que por su abstención volverá a gobernar la derecha, lo cual sin duda es peor para todos. Pero yo me pregunto, ¿hay realmente diferencia entre un potencial gobierno de la derecha en España y el que actualmente hay? ¿No será quizá porque la respuesta a la anterior pregunta es "no" por lo que la gente se queda en casa?
Cuando en la mirada de Zapatero brillaba algo, la gente salió a la calle. Cuando Obama propuso un discurso distinto, la gente salió a la calle incluso en Estados Unidos. Y ni uno ni otro son ejemplos de izquierda, de la izquierda en la que yo creo. Pero al menos son ejemplos de ilusión, son ejemplos de la esperanza de que al margen del camino hay otras vías esperando, aunque las suyas discurran muy paralelas a la vía principal.
A aquellos que creemos en ese otro mundo posible no se nos gana diciéndonos que pronto volveremos a crecer al 3%, no se nos gana peleándose sobre quién robo más o mejor, sobre los trajes de un tal señor Camps o los muertos de un avión Yak-42. Se nos gana construyendo alternativas, se nos gana cambiando los términos del debate. Sabemos que la felicidad no está en el crecimiento constante de los bienes a poseer.
Nuestro progresismo no consiste en llegar los primeros a la meta corriendo con tanta fuerza que no nos queden energías para mirar atrás y ayudar a los que se quedan rezagados, o que ni siquiera podamos disfrutar del paisaje por el que transitamos. Nuestro progresismo consiste en un paseo fraternal, no en una competición bajo unas reglas que ni contribuimos a establecer ni compartimos. Dentro de 20 años quizá sean posibles los viajes espaciales, o la teleportación instantánea de un lugar a otro del planeta, o tener la biblioteca de Alejandría en un microchip en el cerebro, o yo qué coño sé qué será posible. Y nos dirán "sólo gracias al progreso esto es posible, si no hubiéramos seguido por esta vía seguiríamos teniendo que viajar en avión, o comprando molestos libros", y volviendo a tergiversar el discurso seguiremos diciendo toda la vida "sí, pero...". Y algo seguirá fallando dentro de nosotros y no sabremos cómo verbalizarlo: tan seguros se muestran ellos en sus aseveraciones que por fuerza deben ser las nuestras las erróneas.
¿Dónde está la izquierda? La izquierda está dentro de nosotros, está en ese "si, pero..." que no podemos dejar de hacernos. Parece que la importancia del factor personal -Blair, Zapatero, Obama (sic)- no arroja soluciones. Habrá que buscarla en otra parte. Yo estoy más que preparado para ello. ¿Me acompañas en este viaje?
miércoles, 13 de mayo de 2009
mass media
La verdad es que a pesar de que trato de evitarlo -y en lo posible paso los días sin ver la televisión o leer un periódico- a veces es casi inevitable toparme con uno de estos medios de comunicación hijos de un mass media. Y así cae entre mis brazos algún periódico, o en un bar me topo con un telediario.
Mientras más pasa el tiempo y comienza uno a hacerse una idea del mundo -una idea fundada ya no tanto en impulsos sino en tardes de reflexión-, menos comprendo a la gente que sigue acudiendo a estos mass media para “mantenerse informada”. Con la visión que te da la perspectiva del que mira la realidad un poco desde fuera, me sorprendo quizá más que mis compañeros al comprobar, por ejemplo, que mientras hace una semana la gripe porcina iba a acabar con el 40% de la población europea e iba a obligar a cerrar escuelas y empresas para evitar un contagio universal, hoy se la llama gripe A (o incluso gripe H1N1, creo) y no pasa de ser una nota a pie de página en estos medios de (des)información.
Lo curioso es que del brote de meningitis que se ha cobrado más de 2.000 vidas en África Occidental, o de la epidemia de dengue que ha brotado en la zona andina de Argentina y Bolivia, pues la verdad es que nadie habla. Bueno, no es que nadie hable, porque entonces yo no podría saber que eso está ocurriendo en este mismo momento. Es que estos mass media no están interesados en hablar de ella. Al fin y al cabo la gripe porcina está afectando a 2.000 personas en Estados Unidos, y la meningitis está bien controladita afectando sólo a 56.000 subsaharianos.
En fin, que ya no me sorprende que ahora sólo importe la píldora postcoital (yo sigo llamándola píldora del día después y cada vez me entiende menos gente...), como hace un mes sólo importaba el aborto, o el lince, o lo que fuera que defendiera esa campaña. Lo que más me ha sorprendido ha sido la tremenda fuerza que tienen estos medios para influir en los temores de la gente.
Ayer leía en alguno de estos diarios que lo que más preocupa a la gente es el paro y la crisis (financiera, que no porcina), quedando en situaciones totalmente marginales otros “clásicos” de medalla, como son la vertebración de España, la inseguridad ciudadana o la inmigración. Temas que hace tres meses hubieran encabezado con orgullo esta lista.
La verdad es que eso me dio bastante que pensar. Me dio por confirmarme en la idea de que la gente somos básicamente estúpida. Nos gritan desde un púlpito “¡porque A es una vergüenza!”, y montamos la revolución, y nos gritan desde el mismo púlpito “¡porque B es un despropósito!”, y con la misma fuerza y vocación montamos la contrarrevolución. Me recuerda demasiado a 1984, cuando la guerra coyuntural entre Eurasia y Eastasia podía devenir en acuerdo de paz común para luchar contra Oceanía. E incluso si este acuerdo de paz avenía durante un discurso contra Eastasia en el cual la gente gritaba enfervorizadamente contra sus enemigos, en el trascurso del mismo discurso se cambiaban las palabras y los gritos de repulsa devenían gritos de apoyo.
Como marionetas de pantomima, las charlas de café, los encuentros en las plazas (cada vez menos comunes) y hasta las charlas postcoitales (o las del día después) se nutren de esos últimos lugares comunes que nos venden desde el púlpito de turno. Y ahí tendremos que seguir soportando las criticas aquellos que, ¡oh irresponsables apolíticos!, abrazamos la opción de seguir desinformados.
Mientras más pasa el tiempo y comienza uno a hacerse una idea del mundo -una idea fundada ya no tanto en impulsos sino en tardes de reflexión-, menos comprendo a la gente que sigue acudiendo a estos mass media para “mantenerse informada”. Con la visión que te da la perspectiva del que mira la realidad un poco desde fuera, me sorprendo quizá más que mis compañeros al comprobar, por ejemplo, que mientras hace una semana la gripe porcina iba a acabar con el 40% de la población europea e iba a obligar a cerrar escuelas y empresas para evitar un contagio universal, hoy se la llama gripe A (o incluso gripe H1N1, creo) y no pasa de ser una nota a pie de página en estos medios de (des)información.
Lo curioso es que del brote de meningitis que se ha cobrado más de 2.000 vidas en África Occidental, o de la epidemia de dengue que ha brotado en la zona andina de Argentina y Bolivia, pues la verdad es que nadie habla. Bueno, no es que nadie hable, porque entonces yo no podría saber que eso está ocurriendo en este mismo momento. Es que estos mass media no están interesados en hablar de ella. Al fin y al cabo la gripe porcina está afectando a 2.000 personas en Estados Unidos, y la meningitis está bien controladita afectando sólo a 56.000 subsaharianos.
En fin, que ya no me sorprende que ahora sólo importe la píldora postcoital (yo sigo llamándola píldora del día después y cada vez me entiende menos gente...), como hace un mes sólo importaba el aborto, o el lince, o lo que fuera que defendiera esa campaña. Lo que más me ha sorprendido ha sido la tremenda fuerza que tienen estos medios para influir en los temores de la gente.
Ayer leía en alguno de estos diarios que lo que más preocupa a la gente es el paro y la crisis (financiera, que no porcina), quedando en situaciones totalmente marginales otros “clásicos” de medalla, como son la vertebración de España, la inseguridad ciudadana o la inmigración. Temas que hace tres meses hubieran encabezado con orgullo esta lista.
La verdad es que eso me dio bastante que pensar. Me dio por confirmarme en la idea de que la gente somos básicamente estúpida. Nos gritan desde un púlpito “¡porque A es una vergüenza!”, y montamos la revolución, y nos gritan desde el mismo púlpito “¡porque B es un despropósito!”, y con la misma fuerza y vocación montamos la contrarrevolución. Me recuerda demasiado a 1984, cuando la guerra coyuntural entre Eurasia y Eastasia podía devenir en acuerdo de paz común para luchar contra Oceanía. E incluso si este acuerdo de paz avenía durante un discurso contra Eastasia en el cual la gente gritaba enfervorizadamente contra sus enemigos, en el trascurso del mismo discurso se cambiaban las palabras y los gritos de repulsa devenían gritos de apoyo.
Como marionetas de pantomima, las charlas de café, los encuentros en las plazas (cada vez menos comunes) y hasta las charlas postcoitales (o las del día después) se nutren de esos últimos lugares comunes que nos venden desde el púlpito de turno. Y ahí tendremos que seguir soportando las criticas aquellos que, ¡oh irresponsables apolíticos!, abrazamos la opción de seguir desinformados.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

