sábado, 23 de febrero de 2008

al final de este viaje


Sentenciaba Cortázar:Todo lo que se escribe en estos días y que merece la pena leer, está orientado hacia la nostalgia.

Esta escena pertenece a la maravillosa Un lugar en el mundo. Justo antes de que el chico gire las riendas de su caballo, para escapar del desgarro que supone siempre una marcha, el en un principio cínico geólogo encarnado por Sacristán le regala una luz ultravioleta, con la que poder desentrañar el alma de las piedras. El chico, en su despedida, le agradece: Gracias por la luz, dándole pie a una no menos genial despedida: Gracias por el viaje.

Para todos aquellos que vivimos de la luz que nos dan nuestros compañeros de viaje.

Con la esperanza de que, algún día, encontremos un lugar en el mundo.

os llevo en mi tambor

Todos saben que las aves migratorias
siempre encuentran
el camino de regreso.

la sinceridad de los polos opuestos

(el Sandmann, a las 5 de la mañana y en un estado de embriaguez semi-comatoso, tras una conversación entre lo surreal y lo anecdótico con Liz Norton, se decide a recrear las siguientes memorias, reflejo de una noche de jazz y de humo, en un local llamado Taifa)

Daratea dixit: la cosa es que Sandmann es un poco tío-tía.

Sandmann, interrumpiendo su ebrio discurso para apreciar la trompeta de Chet Baker, añade: hombre, Daratea, aquí lo que está claro es que tú eres una tía-tía. Liz, tú eres una tía. Y medio-limón, tú eres una tía-tío.

Daratea apostilla: Sí, eso es un poco lo que pasa: es tan importante compartir mundos! (sueña Daratea). Yo, como tía-tía, estimulo a mi pareja, la introduzco en mi torrente de creación, pero, sabes Sandmann? en el fondo estoy un poco a la espera de ese tío-tía que me estimule, que me arrastre un poco, y dejarme llevar yo por esa corriente que me supere.

Sandmann, hipertérrito, añade: Pero en el fondo al final acaba saliendo nuestro yo natural. La naturaleza nos puede, y aunque saudemos con un tío-tía que nos arrastre, en el fondo nos acabaría quemando. Nuestra naturaleza nos revienta, y al final, como le paso a Liz, por defecto y por exceso, acabamos quemándonos.

Liz, con su sonrisa de vendedora de fósforos, interviene: Lo que yo saco en claro de todo esto es que yo soy una tía-gris. En el fondo, tu postura como tía-tía o como tía-tío depende del contexto en que te metas. Con alguien puedes ser tía-tía, pero con otro puedes ser tía-tío en función de los roles que adopte cada uno. (Como se puede ver, su formación de post-grado derriba nuestros tristes clichés preestablecidos, podres mortales estudiantes de grado...).

Sandmann, con su cariño incolume, la tranquiliza: No es eso, chica. Tú puedes comportarte como quieras en función de "la circunstancia", pero al final, tu naturaleza te revienta, y necesitas de un tío-sólo-tío que de alguna manera te complete y te permita desarrollarte como tú eres.

Liz, implacable en su postura, concede: Entonces estamos sólo divagando sobre mi teoría de los equilibrios!

Daratea, que tras cuatro párrafos sin intervenir ya se quiere comer la mesa que sujeta más de una docena de botellines, salta: Claro, pero por eso es tan importante saber si tú eres tía-tía, tía-tío, tío-tía, o tío-tío!!! Yo me quejo porque comparto mis horas con un tío demasiado tío.

Liz se lamenta en baja voz: Qué me dirás a mí, que hasta se enorgullecía de su hombría de tío-tío...

Daratea continúa: Yo quiero alguien que comparta conmigo sus mundos. Que yo le diga "saudade" y vea en sus ojos algo de comprensión, que se emocione con las últimas líneas de este o aquel libro. Pero en el fondo, yo Tengo que llevar ese papel. Luego alguien así sería superior a mis fuerzas y acabaría por agotarme.

Medio-limón, estupefacta ante las rayaduras de sus contertulios, aventura: Pero en el fondo de lo que estáis hablando es de ser activo o pasivo, de arrastrar o de dejarse llevar.

Sandmann, que detesta ocupar un segunda plano, tío-tía hasta la médula, añade: Pero no es sólo eso. Tío y Tía son sólo unos términos. Desde la prehistoria (arriesga con el dato temporal...) el hombre ha sido el cazador, enfocando su mirada en un punto, y haciéndose especialista en ello. La mujer, recolectora por naturaleza o cultura, tenía una visión periférica, luego abarcaba en su mirada un espectro mucho más amplio y más rico de la realidad.

Daratea lo secunda: Es un poco como tu padre, acomodado en el sofá con su tele y sus periódicos, y tu madre, que desea compartir sus preocupaciones e inquietudes más allá de como ella misma las ve.

Medio-limón, un poco escéptica e incluso terminológica, cierra: Yo lo que no entiendo es la terminología, en el fondo ni tío ni tía ni ná!! Lo que estais hablando es de ser activo o pasivo en una relación!

A baja voz, se oye lamentarse al Sandmann: Del vano intento de compartir mundos... En el fondo, todo está en el blog...

jueves, 14 de febrero de 2008

del vano intento de compartir mundos

Navegando por las páginas del Cementerio, el heterogéneo grupo de "The Searchers", conformado por Daratea, por Liz Norton, y por el Sandmann que esto suscribe, jamás encontró palabra equiparable a la lusa "Saudade", que gusta de atacar al final de los ciclos, cuando nos asomamos al borde de los abismos futuros. Nostalgia, añoranza, melancolía, quizá la contenían, pero sin duda la rebajaban. Animados por Enigmario probaron con la bucólica "morriña", pero trayéndoles recurdos de vacas pastando en un prado eterno, decidieron rechazarla. Desolados, decidieron contactar en tercera persona con el ínclito Lázaro Carreter, D.E.P., quien accedió tras sus acaloradas explicaciones, a introducir la voz Saudade en el Cementerio, bajo el siguiente texto expiatorio de Pessoa, descubierto por Liz Norton en una de sus noches blancas:

Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otro y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Cintra porque no puedo pasarla en Lisboa pero cuando llegue a Cintra me va a dar pena de no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Cintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: ese que va en el auto es feliz.

El Sandmann, en su eterno alegato borgiano, consiguió introducir, en caracteres minúsculos, el siguiente epitafio:

Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

liz norton

Las limitadas letras se unen entre sí para crear palabras, que se cuentan por millones entre las múltiples lenguas. Estas se combinan para dar lugar a la implacable frase, cuyos límites parecen ya infinitos. No obstante, como nos aclaraba un ciego Borges en "El inmortal", No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea.

Cuando intento hablar de ella, el lenguaje (o al menos la más imperfecta de sus formas: el lenguaje escrito) muestra más que nunca esta misma limitación que aqueja al arte, e intentar comprehender el infinito que supone su sonrisa o su mirada en unas pocas líneas se me antoja una herejía. No obstante siempre he sido un poco hereje.

Entre sus pequeñas idiosincrasias se cuenta la de ser una habitante de la nostalgia de cabellos plateados. Liz Norton tiene la habilidad de llenar con su presencia la sala en que se encuentra. Con los alargados brazos de una hiedra venenosa, te pica en las noches de insomnio como una rueca urbana, y ya para siempre eres un exiliado de su presencia, de su olor. No cuesta imaginarla sentada a su piano, regalando notas a la noche de Granada, bebiendo un eterno té, y navegando por sus sueños, quizá con demasiado miedo para dar este paso y este otro para alcanzarlos, con ese ancestral temor a si misma, ese temor de defraudarse, de no llegar a ser quien de hecho ya es. Cierras los ojos y estás allí, a su lado, dejándote arrastrar por sus cálidas notas, observando la silenciosa espalda sobre la que descansa su pelo. Con Liz las distancias no importan. El recuerdo de su olor es tan vívido que basta para tenerla siempre a tu lado. Kilómetros, ciudades, circunstancias, nos han separado quizá más de lo que fuera justo. Nuestros caminos vuelven a divergir en este Febrero tramposo de sol y viento, pero una vez más, se que su olor me acompañará hasta esa tierra de roca y sal que es el sur de América. Y cuando desde mi ventana contemple la majestuosidad de los Andes que asedian Santiago, viajaré hasta Granada, esa ciudad hermana igualmente acorralada por símbolos de invierno, para dejar que su veneno se me inocule un poco más. En este juego sin fin que jugamos desde hace ya tanto.

miércoles, 13 de febrero de 2008

del arte de piet mondrian

Desde sus orígenes, el arte fue concebido como un intento de plasmar la realidad. Esta realidad podía ser interpretada por el artista de diversas maneras, y así ha sido durante decenas de siglos. Desde el hiperrealismo de Millet hasta el surrealismo de Picasso, los dos últimos siglos han sido especialmente fértiles en cuanto a las formas de plasmar este mundo con que se confrontaba la mirada del creador. Sin embargo, el artista siempre se ha enfrentado a una última limitación. Ya fuera en el vetusto mármol o en el impeclable lienzo, la obsesión del artista era captar en ese espacio finito una escena, un pedazo de la realidad que observaba, fuera cual fuera el modo de interpretarla. Así, el arte se enfrentaba a un eterno límite con el que lidiar.

El arte de Piet Mondrian consiste en superar ese límite ancestral. Sus cuadros abarcan el infinito. Sus cálidos rojos, el equilibrio de sus azules y la inestabilidad del amarillo, junto al omnicomprensivo negro y al más puro blanco, se abren a lo eterno. El epicentro del arte de Mondrian nunca se encuentra encerrado en los límites del caprichoso lienzo. Este va más allá, supera el último límite que le quedaba al arte: el de la comprensión del infinito en lo finito. El espectador se convierte en creador, al dibujar con su mirada aquel resto de la realidad que el genio plasmó sobre su caballete. El arte de Mondrian tiene vocación de eternidad, pues a cada nuevo visitante, sus cuadros se reinventan en las salas de los museos que, silenciosas, custodian los lienzos que derribaron la última de las barreras que limitaban al arte.

lunes, 11 de febrero de 2008

daratea

Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.
- Escucha - me decía, tomándome de un brazo-, ves esa ventana? No la hallas chorpatélica?
- Y qué significa chorpatélico?
- Yo tampoco lo sé, pero hay que darse cuenta de lo que es o no es chorpatélico. De otra manera uno está perdido. Mira ese perro, qué chorpatélico es!

Intentar hablar de Daratea resulta tan difícil como imaginar una vida sin ella. Incluso las palabras de Neruda la rebajan, limitan el torrente de creación, de evocación, de vida, que era Daratea. Caminar con ella por las calles de una ciudad que conoció el esplendor y la humillación, mantener una conversación sobre el perechorno en el matrominio y el cuatrimonio, y sufrir insólitas interrupciones porque la columna de humo que se levanta en el horizonte adquirió la forma de un armiño, eran placeres que serán difícil de sustituir. Compartía con placer y sin racanería sus líneas más memorables, te hacía partícipe de su último descubrimiento literario con la misma pasión con que luego desdeñaba una conversación sobre él, porque en su mente ese autor formaba ya parte del pasado. No recelaba de sus miedos, pero sólo los compartía enmascarándolos de juegos, como la rayuela que tanto le gustaba saltar. Reía con violencia y hasta con generosidad. Escapaba de la prisión de los relojes, sabedora de que quien te regala un reloj te regala un infierno florido. Se fue sin mirar atrás, corriendo en busca de un destino que ni ella misma comprendía, movida por la misma fuerza interna que, en tardes de Avenida, conoció en esos lemmings que buscan el océano que sacie su voracidad interior.

del miedo a ver lo que intuimos

Vivimos rodeados por el abismo. A cada paso, a cada mirada, nos asomamos a un nuevo abismo, a lo desconocido.

En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.

Scottie no pudo evitar mirar al abismo a los ojos. Cuando conoce a Madeleine, se enamora inmediatamente de esta presencia etérea, y tras perderla, cree intuir en los ojos de Judy la sombra de la mujer que conoció. Se enfrentó sin miedo a ese último e irrefrenable vértigo: el vértigo de saber como será mañana el rostro de la persona que amamos. Y ello le llevó a perderla, quizá el único destino posible para el que se atreve a mirar. Las relaciones personales, y entre ellas las de pareja como máximo exponente, tienen mucho de este pre-conocimiento, de esta presciencia. Intuimos en los silencios de la persona que acabamos de conocer su incapacidad para el compromiso, su tendencia a la traición furtiva, su implacable sed de individualismo. Intuimos estas realidades desde el primer minuto, apenas al primer vistazo ya sabemos quién nos traicionará, y quién nos respaldará hasta este paso pero no el siguiente, quién irá más allá de lo esperado, y quién estará siempre allá donde ya ni se le espere. En la sombra de cada movimiento, en el reverso de cada sonrisa, en el envés de cada gesto, se pueden intuir las futuras traiciones. El problema es el miedo. El miedo a asomarnos a ese abismo, a tomar las riendas de nuestras vidas y hacer este movimiento y no aquél, cuando aún el motivo no ha sido expuesto, cuando la razón aún no ha sido manifiesta. Ese miedo ancestral gobierna nuestras vidas.

Todo está ahí a la vista, en realidad todo es visible desde muy pronto en las relaciones..., basta con atreverse a mirarlo, un solo instante encierra el germen de muchos años venideros y casi de nuestra historia entera..., y si queremos la vemos y la recorremos ya, a grandes rasgos. Pero nadie quiere ver nada y así nadie ve casi nunca lo que está delante, lo que nos aguarda o depararemos tarde o temprano... Intentamos que las cosas sean distintas de lo que son..., nos empeñamos insensatamente en que nos guste quien nos gusta poco desde el principio, y en poder fiarnos de quien nos inspira desconfianza aguda, es como si a menudo fuéramos en contra de nuestro conocimiento, porque así lo sentimos muchas veces, como conocimiento más que como intuición o impresión o corazonada, nada tiene que ver todo esto con las premoniciones, no hay nada sobrenatural ni misterioso en ello, lo misterioso es que no atendamos. Y la explicación ha de ser simple...: es sólo que sabemos, y lo detestamos; que no toleramos ver; que odiamos el conocimiento, y la certidumbre, y el convencimiento; y nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre...

la uña fría que rasca la cabeza

quiero recorrer la panamericana desde tierra de fuego hasta las gélidas tierras de alaska, quiero bañarme en las aguas del río ganges, dejarme llevar por la corriente del nilo, sumergirme entre rocas y musgos en el eterno mississipi, descender el amazonas desde los andes del perú hasta el delta de brasil donde besa el mar, quiero penetrar en todos los rincones de la selva, y hablar todas las lenguas que siglos de silencios han conocido, quiero escalar todos los ochomiles, y descender a cinco mil metros en la oscuridad del océano, en busca de los tesoros que los hundidos navíos portugueses albergan, quiero vivir en la antartida, rodeado de eternas montañas de hielo, y en la remota pampa de polvo y atardeceres, quiero vivir en un infame ático neoyorquino, y ser vagabundo en central park, quiero compartir cartones de vino con los clochard de paris, y habitar la buhardilla más posmoderna de esa ciudad eterna, quiero pasar el resto de mi vida en roma, en madrid, en buenos aires, en sevilla, y en todas ellas quiero vivir solo en un piso de soltero, pero a la vez quiero compartir mi vida ya con ciertas españolas, más de una italiana, e incluso alguna francesa, quiero conocer todos los secretos de la milenaria cultura china, ser un anacoreta que viva en una cueva de australia o del oeste americano donde sólo llegan los viajeros perdidos, quiero ser escritor y legar líneas memorables, quiero ser músico y tocar la sexta de bruckner en el carneggie hall, pero también sentir las cuerdas de mi guitarra en la soledad de un parque tailandés, quiero ser médico en áfrica, y sentirme útil al menos un día de mi vida, quiero ser hijo único, y quiero tener docenas de hermanos a los que visitar las tardes de domingo, quiero ser corredor de fondo e ir andando desde faro hasta kamchatka, quiero ser ciclista y compartir paseos con mi padre, quiero leer toda la obra de dostoyevsky, devorar todo joyce, pero a la vez quiero consagrarme a la obra de cortazar y borges, leer eternamente las páginas de el túnel, admirar la obra poética de miguel hernández y no sentir el vértigo que siento al acercarme a la de Lorca, quiero visitar a todos mis amigos de malta, vivir con los de roma, no perder el contacto con los de perú, conocer la vida de los de padua, seguirla viviendo con los de sevilla, y empezar a vivirla con los de chile, quiero ser pintor y ver mis obras expuestas en un tugurio londinés, y compartir soledades y pinceladas con los que comparten la pasión por las líneas de mondrian, por la rabia de pollock, por la desazón de pablo ruiz, quiero conocer el nombre de todas las estrellas, y ser marino y que ellas sean mi única guía en alta mar, quiero mearme en mis pantalones carcomidos cuando el monzón me pille recolectando papas en manila, quiero sembrar todos los campos de sudán y ayudar a que algo crezca en esa ingrata tierra, quiero ser voluntario en la planta de oncología, y dispensar medicinas y esperanzas a los familiares que nunca pierden la sonrisa, quiero ser lingüista y descubrir con placer una etimología, quiero jugar una eterna partida de ajedrez con mi maestro, leer cuentos en las aldeas donde no llega más luz que la del sol, y ayudarlos en la cosecha y en la siembra, quiero volar una cometa en la isla de kiribati, donde comienza el año y se renuevan las esperanzas, y vivir seis meses de oscuridad en cabo norte, o más allá, en la helada svalbard, quiero creer en algo, o en alguien también, quiero que esta lista se acabe, y quiero que esta lista sea eterna, pues sólo a la eterna búsqueda llegará el día en que encontremos algo.

Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que se llama la madurez, el hombre hecho y derecho). Por un lado alcanza lejos, por otro no una lámpara a dos pasos. Y ya no hay nada que hacer, como dicen los reos, uno es favorito de esto o de aquello. En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo, sin por desgracia darle tiempo a saber qué,
le muestra su parcelado ser, sus seudópodos irregulares,
la sospecha de que más allá, donde ahora ve el aire limpio,
o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción,
yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro
me estoy esperando inútilmente.
A la ameba a uso nostro lo desconocido se le acerca por todas partes. Puedo saber mucho o vivir mucho en un sentido dado, pero entonces lo otro se arrima por el lado de mis carencias y me rasca la cabeza con su uña fría. Lo malo es que me rasca cuando no me pica, y a la hora de la comezón —cuando quisiera conocer–-, todo lo que me rodea está tan plantado, tan ubicado, tan completo y macizo y etiquetado, que llego a creer que soñaba, que estoy bien así, que me defiendo bastante y que no debo dejarme llevar por la imaginación.

del perdón

espero que no pienses mal de mí si lloro mientras escribo estas líneas

no sé cómo empezó la cuenta atrás que lleva de un beso hasta el final, no sé dónde nos llevarán las piedras del camino, no sé desde cuándo tú recorres uno y yo otro, quizá desde hace ya demasiado como para que volvamos a encontrarnos entre tanta maleza. No sé en que encrucijada dejamos de luchar. como nos recuerda ismael, antes de rendirnos fuimos eternos, y es cierto que lo fuimos. Tú y yo lo fuimos. Quizá por eso a veces tu cara se me aparece tras los cristales de las cafeterías que comparto con otras personas, o creo adivinar la curva de tu espalda en la de la mujer que descansa en mi cama, aunque sólo contigo era yo el que dormía en la parte húmeda del colchón después de hacer el amor. Todavía nos encontramos a veces, pero bien sabe el tiempo que ya no es lo mismo. Yo creo que nunca podré dejar de amarte, porque ¿acaso deja de amarse alguna vez a quien se ha amado? Pero ya nada es lo que era, y por eso quería hablarte del perdón. Las explicaciones, las palabras, los innecesarios datos siempre sobran. Dos personas que no se entienden con una mirada, con un suspiro, con un eterno latido del corazón, jamás entenderán siglos de justificaciones. Sólo quería decirte que siempre estaré a tu lado, que siempre mi sombra estará detrás de ti, para empujarte a dar este paso y el siguiente, nunca para evitarte la caída. Esas caídas nos han hecho crecer, y han llenado nuestra mochila de recuerdos que miramos con nostalgia las tardes grises, pero con saudade las mañanas en que el sol vence al invierno. No sé porque quería escribirte esta innecesaria carta, quizá porque necesitaba hacerlo. Quizá estas hayan sido las líneas más difíciles que jamás he escrito, pero también fueron las más fáciles pues salieron desde lo profundo. Desde donde no acertamos a mirarnos sin vértigo. Ese vértigo que aterra pero seduce.

viernes, 8 de febrero de 2008

la mochila del viajero

Tienes en los ojos fotos de polvo y de atardeceres
de tapetes extendidos, de tiendas, y de silencios
de kashba y de mercados,
de aeroplanos sobre tierras extranjeras
y de pies descalzos en las callejas de Argelia.

Tienes el perfume dulce de la hierba y del incienso
de braseros encendidos que brillan en invierno
de ébano y de especias
de arena transportada por el poniente
y de palmas crecidas a la luz del Oriente.

Tu voz habla de colores y de calor
de ladrillos amarillos secados bajo el sol
de calles y de caravanas
de aldeas en los confines del mundo
de exiliados cansados que esperan el regreso.

Tu casa está entre las nubes y el desierto.

Tu casa está entre las nubes y el desierto.

(traducción libre de la canción Suad de los Modena City Ramblers)

tratado de la saudade (3)

Y tú
quién sabe dónde estás...
alma frágil.
Que me escuchabas, inmóvil,
y sin reir.

Y ahora tú,
quién sabe dónde estás...
habrás encontrado amor
o como yo
buscas sólo aventuras
porque no quieres llorar más...

...y la vida continúa también sin nosotros
que estamos lejanos ahora
de todas aquellas situaciones que nos unían
de todas aquellas pequeñas emociones que bastaban
de todas aquellas situaciones que no vuelven jamás
porque con el tiempo cambia todo
lo sabes
cambiamos también nosotros
cambiamos también nosotros...


cambiamos también nosotros...

miércoles, 6 de febrero de 2008

el perro de daratea es un ser humano demasiado humano

Daratea dixit: antes de irte tienes que venir a mi casa, para que veas a mi perro y para que te lea algún capítulo del libro.

Sandmann dixit: voy a tu casa si y solo si el sujeto de ese "te lea" es tu perro.

Daratea dixit: mi perro nos sanará de todo y será nuestro becerro de oro al que todos peregrinarán, incluso chilenos, para verlo leer cual cachorrito cuasi humano.

Amen.

martes, 5 de febrero de 2008

tratado de la saudade (2)

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).


Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.

el abismo que aterra pero seduce

Qué difícil resulta encontrar la voz propia, el aliento que colma la página vacía con este negro sobre blanco, la expresión adecuada, esa expresión que satisface la impresión interna y la verbaliza pura como fue concebida. No tengo ideas claras, vivo de las intuiciones. Cualquiera puede desmontarme en una discusión, pues sólo puedo encontrar como argumentos construcciones internas, rumiadas en noches de desvelo y madrugadas de nostalgia, imposibles de comunicar si no se comparten las líneas, las vivencias y las soledades que las alimentaron. Qué difícil resulta encontrar la voz propia. Ante el abismo de la página en blanco.

domingo, 3 de febrero de 2008

la piedad está liquidando

De sus amantes acababa por hacer amigas, cómplices en una especial contemplación de la circunstancia. Las mujeres empezaban por adorarlo (realmente lo hadoraban), por admirarlo (una hadmiración hilimitada), después algo les hacía sospechar el vacío, se echaban atrás y él les facilitaba la fuga, les abría la puerta para que se fueran a jugar a otro lado. En dos ocasiones había estado a punto de sentir lástima y dejarles la ilusión de que lo comprendían, pero algo le decía que su lástima no era auténtica, más bien un recurso barato de su egoísmo y su pereza y sus costumbres. «La Piedad está liquidando», se decía Oliveira y las dejaba irse. Se olvidaba pronto de ellas.