quiero recorrer la panamericana desde tierra de fuego hasta las gélidas tierras de alaska, quiero bañarme en las aguas del río ganges, dejarme llevar por la corriente del nilo, sumergirme entre rocas y musgos en el eterno mississipi, descender el amazonas desde los andes del perú hasta el delta de brasil donde besa el mar, quiero penetrar en todos los rincones de la selva, y hablar todas las lenguas que siglos de silencios han conocido, quiero escalar todos los ochomiles, y descender a cinco mil metros en la oscuridad del océano, en busca de los tesoros que los hundidos navíos portugueses albergan, quiero vivir en la antartida, rodeado de eternas montañas de hielo, y en la remota pampa de polvo y atardeceres, quiero vivir en un infame ático neoyorquino, y ser vagabundo en central park, quiero compartir cartones de vino con los clochard de paris, y habitar la buhardilla más posmoderna de esa ciudad eterna, quiero pasar el resto de mi vida en roma, en madrid, en buenos aires, en sevilla, y en todas ellas quiero vivir solo en un piso de soltero, pero a la vez quiero compartir mi vida ya con ciertas españolas, más de una italiana, e incluso alguna francesa, quiero conocer todos los secretos de la milenaria cultura china, ser un anacoreta que viva en una cueva de australia o del oeste americano donde sólo llegan los viajeros perdidos, quiero ser escritor y legar líneas memorables, quiero ser músico y tocar la sexta de bruckner en el carneggie hall, pero también sentir las cuerdas de mi guitarra en la soledad de un parque tailandés, quiero ser médico en áfrica, y sentirme útil al menos un día de mi vida, quiero ser hijo único, y quiero tener docenas de hermanos a los que visitar las tardes de domingo, quiero ser corredor de fondo e ir andando desde faro hasta kamchatka, quiero ser ciclista y compartir paseos con mi padre, quiero leer toda la obra de dostoyevsky, devorar todo joyce, pero a la vez quiero consagrarme a la obra de cortazar y borges, leer eternamente las páginas de el túnel, admirar la obra poética de miguel hernández y no sentir el vértigo que siento al acercarme a la de Lorca, quiero visitar a todos mis amigos de malta, vivir con los de roma, no perder el contacto con los de perú, conocer la vida de los de padua, seguirla viviendo con los de sevilla, y empezar a vivirla con los de chile, quiero ser pintor y ver mis obras expuestas en un tugurio londinés, y compartir soledades y pinceladas con los que comparten la pasión por las líneas de mondrian, por la rabia de pollock, por la desazón de pablo ruiz, quiero conocer el nombre de todas las estrellas, y ser marino y que ellas sean mi única guía en alta mar, quiero mearme en mis pantalones carcomidos cuando el monzón me pille recolectando papas en manila, quiero sembrar todos los campos de sudán y ayudar a que algo crezca en esa ingrata tierra, quiero ser voluntario en la planta de oncología, y dispensar medicinas y esperanzas a los familiares que nunca pierden la sonrisa, quiero ser lingüista y descubrir con placer una etimología, quiero jugar una eterna partida de ajedrez con mi maestro, leer cuentos en las aldeas donde no llega más luz que la del sol, y ayudarlos en la cosecha y en la siembra, quiero volar una cometa en la isla de kiribati, donde comienza el año y se renuevan las esperanzas, y vivir seis meses de oscuridad en cabo norte, o más allá, en la helada svalbard, quiero creer en algo, o en alguien también, quiero que esta lista se acabe, y quiero que esta lista sea eterna, pues sólo a la eterna búsqueda llegará el día en que encontremos algo.
Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que se llama la madurez, el hombre hecho y derecho). Por un lado alcanza lejos, por otro no una lámpara a dos pasos. Y ya no hay nada que hacer, como dicen los reos, uno es favorito de esto o de aquello. En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo, sin por desgracia darle tiempo a saber qué,
le muestra su parcelado ser, sus seudópodos irregulares,
la sospecha de que más allá, donde ahora ve el aire limpio,
o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción,
yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro
me estoy esperando inútilmente.
A la ameba a uso nostro lo desconocido se le acerca por todas partes. Puedo saber mucho o vivir mucho en un sentido dado, pero entonces lo otro se arrima por el lado de mis carencias y me rasca la cabeza con su uña fría. Lo malo es que me rasca cuando no me pica, y a la hora de la comezón —cuando quisiera conocer–-, todo lo que me rodea está tan plantado, tan ubicado, tan completo y macizo y etiquetado, que llego a creer que soñaba, que estoy bien así, que me defiendo bastante y que no debo dejarme llevar por la imaginación.