martes, 23 de septiembre de 2008

sabiduría popular

Cualquier hombre puede llegar a ser feliz con una mujer, con tal de que no la ame.

Oscar Wilde dixit

sábado, 20 de septiembre de 2008

sushi en fiestas patrias

No siempre las cosas resultan ser tal y como las pensamos. Probablemente porque las situaciones no es necesario forzarlas, quizá no sea ni recomendable, ya que es cuando las dejamos expuestas al caprichoso azar cuando adquieren su forma más pura.

Para celebrar las fiestas patrias chilenas -que son algo así como 4 días de fiesta para festejar que hace 198 años consiguieron librarse del yugo que los españoles les impusimos durante más de 300 años- decidí venir al sur de Chile. Amparado en ese cliché que reza que en el sur se viven siempre las cosas más a piel (quizá condicionado por ese pegadizo "para hacer bien el amor hay que venir al sur" de la Carrá), cargué mi mochila y decidí venirme a las meridionales islitas de este espigado país: Chiloé.

Pensando en encontrar remotos pueblitos de pescadores que vivieran la tradición con una cierta magia o mitología distinta a la del ajetreo de la gran urbe que es Santiago, procuré adentrarme en lo más profundo de la isla mágica de Chiloé, pero pobre de mí no me esperaban sino los paisajes más hermosos que haya visto en mucho tiempo. Del espíritu dieciochero (el "independence day" chileno es el 18 de Septiembre) que tanto ansiaba, el más prendido era el mío, paradójicamente un español exiliado en estas lejanas tierras.

Finalmente, y tras mucho pelearlo (realmente me sentía un púgil que lucha contra la desidia de toda una nación), conseguí encontrar aquello que buscaba: una encantadora fonda que bien podría haber sido escenario del penúltimo western de Howard Hawks. Ahí realmente sí estaba una pléyade de personajes dignos de Río Bravo, coronados por un entrañable borracho que mediada la tarde optó por la horizontalidad en el suelo chilota, y que respondía al simpar nombre de Guadalupe. Realmente se congregaba la flor y nata del entramado chileno: el cura, el borracho amable, el borracho cascarrabias que a todas intentaba sacar a bailar, el gringo, y bueno, el españolito de turno.

Pero nada era suficiente para mi afán devorador de autenticidad. Había que dar una última vuelta de tuerca y buscar en otros sitios algo un poco más auténtico, una celebración que desde las 3 de la tarde dejase un reguero de borrachos en las aceras, y levantase un olor a asado que sobrevolase la cordillera andina que tan bien nos sirve de frontera. Así que decidí venir a Puerto Varas, volver a tocar tierras continentales y dejar las insulares que tan buenos recuerdos paisajísticos dejaran en mi boca.

Y aquí es donde empieza "la catástrofe dieciochera". Todo prometía mucho en un principio: una fonda nada más entrar al pueblo, el olor (y la exquisitez) de unos choripanes generosos en grasa y sabor, un escenario que prometía baile y diversión. Los elementos estaban todos. Faltaba la fluidez. Sobraba mi necesidad de forzar la situación. Informose que la función empezaría a eso de las 6, luego para llegar a tope de fuerzas y aguantar bebiendo y comiendo hasta las 5 de la mañana, decidí dormirme mi buena siesta antes de volver a la fonda. A las 9, como niño con zapatos nuevos el día de su comunión, me visto y bajo a empaparme de chilenismo. Pero me recibe el más seco frío invernal, y una fonda que empezaba ya a ser desmontada.

Confundido, pregunto a los solicitos trabajadores la razón de tal fin de fiesta, ante lo cual me informan (no sin cierta melancolía en sus sureños ojos) que "las fiestas ya no son lo que eran, la gente ya no tiene que esperar todo un año para salir con sus hijos a cenar, para emborracharnos tenemos todos los días del año y todas las excusas de las que queramos disponer, y las fiestas costumbristas han pasado de delirio de la gente del pueblo, a atractivo para turistas como usted". La dureza y realidad de esas palabras se me presenta inapelable. Cuánta razón tenía ese caballero. Justo al lado, como testigo refrendado de sus palabras, se me ofrecía un local de sushi, atestado de familias con niños y parejas haciéndose carantoñas.

En un último reconocimiento a lo que un día fueron las ferias costumbristas de nuestros paises, decido volver a mi hostal, a refugiarme en el viaje de los detectives salvajes de Bolaño. La tripa ha empezado a sonarme hace 10 minutos, reclamando los choripanes y anticuchos prometidos. ¿Acabaré sucumbiendo ante su llamada y seré una cara feliz más de las que llena el local de sushi? No lo creo.

Post-data: Al lector perspicaz, quizá no le haya pasado desapercibido el posible detonante de todo este lamentable error geoestratégico (pues me consta que en la septentrional Santiago las fiestas han sido masificadas a pesar de la inclemente lluvia). Quizá al encontrarse en el hemisferio sur, el norte sea el sur y el sur sea el norte. Corrigiendo pues mi tesis inicial (aunque esta nueva no deje de ser un cliché que sustituye a otro pretérito): quizá la mayor autenticidad radique en viajar siempre hacia los más benignos climas que se aproximan al ecuador, pues todos sabemos que "clima culturam facet". No lo sé. Sólo sé que dejo de escribir estas líneas pues he de apresurarme si quiero llegar a tiempo antes de que me cierren el local de sushi.

Sic...

martes, 2 de septiembre de 2008

digresiones dentro de una digresión en una charla con liz norton

Es muy cómodo vivir instalado dentro de un personaje.

Antaño, y no hay que remontarse mucho más allá del siglo pasado, las personas vivían instaladas dentro de un imaginario-mundo: una religión, un partido político, unas tradiciones, una cultura. Dentro de ese mundo, encontraban respuestas externas a casi todos los avatares de la vida. Así, la castidad se presentaba no como una elección, sino como una premisa de la religión de turno; la clandestinidad no como una decisión huidiza, sino como una condición de pertenencia a determinadas ideologías políticas; la rigidez en los valores, como un modo de conservar las milenarias tradiciones; y el machismo, la apatía, el sedentarismo, o la tiranía, como unos imperativos de la cultura que los vio nacer.

Hoy día, muchos de esos imaginario-mundos colectivos han ido desapareciendo, o sus rejas se han ido debilitando. Se ha ido perdiendo ese sentido de colectividad. Así, las religiones han perdido peso específico; los partidos, todos ellos legalizados, han tendido a una cierta estabilidad centrista en la que no los diferencia tanto la ideología como la posición que en el poder ostenta cada uno; las tradiciones se han olvidado en un cajón sin fondo; y la cultura, ha pasado a ser una y uniforme. Y no trato de decir que todos estos cambios hayan sido negativos. Por el contrario, se podían haber presentado como un desencorsetamiento de la sociedad en que vivimos. Sin embargo, lo que han hecho ha sido recrudecer lo que voy a llamar -desgraciadamente parafraseando al Papa Ratzinger- la dictadura de la relatividad.

Esta poderosa idea, empero, no la defiendo en el sentido que lo hace el "sumo pontífice". No la uso para predicar, como éste, una vuelta hacia los valores de antaño. No defiendo una vuelta a encerrarnos dentro de esos mundos prefabricados, perfectamente amoldables a la vida de cada uno. Porque el fin último de esos imaginarios es el más terrible de todos: descargarnos de la responsabilidad de nuestras decisiones personales. Justificables dentro de un imperativo mayor que nos obliga a actuar de éste y no de aquél modo, en estos mundos los actos del individuo no requieren de un acercamiento responsable a los mismos, puesto que vienen predeterminados por las prescripciones de una moral de turno.

Lo que defiendo es un giro hacia un acercamiento social e individualmente responsable a nuestros actos. Socialmente, en el sentido que parece que hoy día, cualquier postura ideológica o política es justificable siempre y cuando esté esgrimida bajo una cierta construcción intelectual. Se tiende a la descontextualización de las ideas, a plasmar en modelos lineales una realidad multiforme que jamás podrá ser comprendida dentro de esas mínimas directrices. Desde la doctrina marxista hasta el actual neoliberalismo, todas ellas han adolecido de la misma carencia: una profunda miopía hacia una realidad que negaba las teorías basadas en las alquimias de quienes las formulaban. Si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad, se ha llegado a afirmar. Hay que contextualizar esas teorías que naturalizan el estado de las cosas, que las intentan hacer estáticas y predican constantemente el fin de la historia. Hay que hacer teorías impuras, teorías bañadas de contexto, de realidad, y no arquetipos generales con aspiraciones de ser generalizados a tantas diferentes realidades.

Pero igual de terrible es la relatividad moral a nivel individual. Y ésta es la que en los últimos años ha sufrido un cambio en el que el hombre, pudiendo liberarse de las cadenas que le oprimían, ha optado por una salida igual cobarde: lo que he dado en llamar vivir instalado dentro de un personaje.

Perdido el referente ideológico, vencidas las ataduras de la religión, superados los imperativos morales de la cultura (instalados dentro de esta cultura de la relatividad del todo vale, dentro de esta cultura sin valores-guía), el hombre se ha encontrado de repente desnudo ante sí mismo. Sin un referente en el que justificar sus acciones, teniendo que afrontar que la cárcel en la que decimos vivir es una prisión de rejas transparentes impuestas por nosotros mismos, nos resulta cada vez más difícil enfrentarnos a nuestras cobardías, a nuestros miedos, a nuestros temores. El ancestral miedo a la libertad nos ha sorprendido desnudos, y la respuesta ha sido instalarnos dentro de un personaje.

Las facturas a pagar; El satisfacer las expectativas en nosotros depositadas; La inutilidad de una acción individual frente al todopoderoso sistema; Las dilaciones que de tan comunes se vuelven eternidades. Preferimos proferir gritos al viento sentados en nuestros cómodos sillones, preferimos lamentar la circunstancia en vez de enfrentar la circunstancia. Y ahora es más fácil que nunca: siempre habrá una canción, una película, un libro, o la escapatoria de un blog, que nos permitirá sentirnos hermanados en esa lucha que no existe sino en nuestras bocas, en nuestras letras, en nuestras teclas. Estamos en la platea leyendo y preparando constantemente el guión de nuestra vida, pero nunca subimos al escenario a interpretar el papel que nos predicamos.

Pero este "personajismo" no sólo se manifiesta en la esfera de nuestra vida social, que ya es terrible, sino también en la de nuestra vida privada: en nuestras relaciones de familia, de pareja, y ante nosotros mismos. Y este es el más peligroso de todos ellos. Hay que admitir que eran el momento y la situación idóneos. Con la ayuda de internet, con la ayuda de estos blogs que nos permitan liquidar a corto plazo lo poco de auténtico que puede aún moverse en nuestro interior, favorecidos por este anonimato que da la pantalla del ordenador, es fácil colocarse la careta de un personaje ante los demás y, con el tiempo, ante nosotros mismos. Adoptamos un personaje, cortazariano, kunderiano, aristotélico, platónico, y bajo las premisas que se esperarían de dicho personaje, sabiendo lo que los demás esperan de nosotros, utilizamos esta cobertura como justificación a unas decisiones que en el fondo nos atañen sólo a nosotros mismos. "Yo nací para morir en soledad", "siempre nos quedará París", "estoy acostumbrado a sufrir", "que será de mí buscando salida a este dolor", "lo que me cuesta es pasar del 1". Pero no eres Ilsa Lazlo, ni yo Rick Blaine. Es mucho más fácil, porque es más cómodo, imaginarnos a nosotros mismos trabando amistad con los gatos nocturnos, observando como un avión se aleja en un aeropuerto entre la niebla, declararnos anacoretas de espítitu y vocación. Pero eso no hace sino ocultar nuestros miedos a enfrentar la realidad; a decir aposté y perdí, pero al menos jugué; nuestros temores de enfrentar el mundo con una mirada adulta, responsable y autocrítica (la guardería global, ¿recuerdas hermano?). Esos miedos son perfectamente liquidables, si los justificamos con interpretar ese papel que hemos elegido para nosotros mismos.

Esta es la enfermedad que enfrentamos en este nuevo siglo. Acercarnos a alguien y no saber qué papel, qué personaje, habrá elegido para interpretar en el viaje de su vida. Bajo su máscara, intuiremos la persona real que, asustada, temerosa, tiene miedo de despojarse de la careta y que los rayos del sol quemen su rostro. Pero quizá nunca lleguemos siquiera a rozar a esa persona que espera, agazapada, una oportunidad de que le dejen vivir. Por eso es tan necesario despojarse de ese papel, de ese personaje autoimpuesto. Es tan necesario, que confío en que estas palabras aquí escritas se transfiguren en actos, al menos en aquello que a mí me concierne: en mi persona, y en la de todos aquellos que me rodean y a los que quiero.