Ultimamente, la ciudad se empeña en ganarme por dos a uno. Puede que también tenga un poco de culpa el otoño. O la noche que, como todos saben, debilita los corazones. La cosa es que hoy me ha vuelto esa sensación de que la ciudad, o quizá la vida, se empeña en ganarme por dos a uno.
Pasear por una ciudad de noche puede ser una reveladora forma de conocer el mundo en que vivimos. A mí me gusta hacerlo las noches de frío, cuando parece que todo el mundo fuma un eterno cigarro que va exhalando poco a poco, devolviéndolo a la noche.
Hoy estaba paseando por la calles de Córdoba, solo. Como siempre. Para mí pasear es el acto donde la soledad cobra su mayor sentido y brinda su mayor esplendor. Pasear es el momento para pensar, para escucharnos, para sentirnos, para sentir la ciudad. Por eso para mí el paseo nunca lo he concebido como cosa de dos. Cuando comienzo a pasear, si sucede que voy con alguien al lado, ya comienzo a notar cómo me falta la música deslizándose por mis oídos. O siento su paso demasiado acelerado, o tal vez en exceso vago, o hasta caprichoso en sus altos en el camino.
Sin embargo, paseaba hoy por las calles de mi ciudad y ésta parecía empeñada en hacer patente mi derrota. A veces me pregunto qué pensaría un ser de otro planeta que bajara a la Tierra y observase ese curioso fenómeno según el cual las personas tienden a caminar de dos en dos, de sexos contrarios –normalmente-, y envueltos en una especie de acogedora burbuja. Imagino que ese es el atractivo de la pareja, de tener pareja en abstracto: la sensación constante de pertenencia, de pertenencia a algo que nos trasciende y que va más allá de nosotros mismos. O quizá sea de persistencia, de saber que cuando estamos ausentes siempre alguien nos evoca y en su recuerdo nos hace presentes. Pero creo que no, creo que lo que justifica esa especie de enfermedad (e ignórese el significado negativo de la palabra: hablo de algo extensible a todos, de fácil propagación y especial virulencia en según qué condiciones: para el caso, la noche, el otoño y el paseo) es realmente la necesidad de sentir que no estamos solos en el mundo. Que pertenecemos a algo. Que pertenecemos a alguien. Que somos parte de algo de lo que vale la pena serlo, porque eso nos hace especiales, únicos, insustituibles (de ahí la nula tolerancia en esta misma sociedad ya no sólo a la más que natural poligamia –masculina y femenina-, sino incluso al mero desliz).
Lo curioso de esa enfermedad que lleva a la gente a buscar la compañía del otro (en singular) es que contagia incluso a quien en ese momento no la sufre y, ¡oh maldito destino!, se encuentra traicioneramente caminando solo. Es curioso cómo la gente que camina sola no pasea, sino que se traslada de un lugar a otro. Normalmente buscan el refugio de las paredes: rara vez caminan por mitad de la calle. Y el teléfono móvil ha venido a salvarlas de ese delicado momento en que se sienten observados por todos aquellos que, agarrados de-la-mano-del-brazo-de-la-cintura, los miran de forma quizá un tanto reprobadora sin entender el porqué de su soledad.
Las personas que por azar o destino se encuentran paseando solas, suelen mostrar en su cara y en cada uno de sus gestos el porqué de esa –temporal- soledad. Se dirigen rápido a la cita que les espera. O miran impacientemente el reloj manifestando aún más claramente esta situación. Otros simplemente agachan la cabeza y casi corren, queriendo quizá ocultar el oprobio que sienten ante su propia situación. Cuando paseando solo me cruzo con alguien que también camina en soledad, sé que de alguna manera les resulto un remanso de paz. Algunos me miran buscando la complicidad del que se encuentra en su misma situación. Otro, disfruta de la atención perdida pues mi paso extraordinariamente calmo dirige sobre mí las atenciones de las parejas que abrazadas sueñan con habitaciones de hotel desocupadas.
Creo que la ciudad va a tener que seguir intentando convencerme de que la victoria es suya. De que dos es mejor que uno. A mí, mientras me dejo atrapar y caigo en la cómoda hermandad que trae la enfermedad, me seguirá gustando acariciar la noche en las paredes de mi ciudad, solo, sintiéndola como una gato cuyo lomo se arquea al pasar la mano que acaricia y siente.

