Alguna voz me ha criticado que, de las poco más de 50 entradas que de alguna manera tratan de iluminar este espacio de libre pensamiento (permítanme el oxímoron), una docena pertenecen a esos que he dado en llamar "alter egos". Muchas veces, completando alguna idea que con sus palabras cobraban más fuerza. Otras, colmando por si solos algo que bullía en mi interior, y que jamás encontraría mejor forma de expresar, o de expresarse. Porque las ideas, cuando quieren, se expresan solas -y luego, a veces, ni siquiera las reconocemos como propias-. En mi pobre defensa, por innecesaria, sólo acierto a argumentar que no busco reconocimientos ni patentes (¿quizá la de corso?): las palabras y pensamientos que aquí vierto, confío, acompañarán a los lectores en su viaje por la vida, y su uso o abuso para dar forma a fantasmas internos queda, como amablemente nos enseña la publicidad, a gusto del consumidor.
Desde hace unos días, una idea ronda mi cabeza. No alcanzo a darle forma, pues se esconde en el más distante extremo de mi pensamiento más lejano. Sin embargo su sombra se proyecta sobre mis pensamientos, y me carcome con su ya clásico rac-rac-rac de cigarra. Quizá todo se inició en el último viaje, en la penúltima decepción, en la recurrente conversación de café. Alguien lanzó la clásica pregunta sobre qué querías ser de mayor cuando tenías 15 años. Y de repente me sentí tremendamente anacrónico, desnudo, e incluso ridículo, respondiendo que director de cine. Nada queda ya de ese lejano sueño; otros lo fueron sustituyendo, como las olas van aplastándose las unas a las otras, superponiéndose, pero colmando siempre de agua marina la sedienta orilla. Mis "sueños", mis "deseos de otra vida", ahora quizá han cambiado, evolucionado. Mutado, al conocer más -o desde otras perspectivas- el mundo en que se insieren. Ahora que me siento delante de esta pantalla, viendo como mis dos manos -que emergen de una chaqueta Cristian Dior, los puños de la camisa ligeramente destacados también- teclean estos pensamientos, sé que he traicionado, y a cada paso traiciono, muchas de las olas que colman mis playas.
No sé que nos está pasando, que clase de mecanismo tenemos alterado en nuestra cabeza, que nos lleva a esta insolidaridad crónica, que nos lleva a vivir -al menos a mí- en la contradicción de lo que querríamos y lo que realmente hacemos. Las justificaciones, las dilaciones, los retrasos, nos van permitiendo llevar esta vida cómoda, que en mi caso se encamina ya a los veintiseis años. En ese mismo encuentro, se me confesó lo que acá transcribo: Yo antes cuestionaba todo. Me creía filosófica. Creía que por pensar encontraría la solución al planeta. Creía que los que no escuchaban cierta musica o leían ciertos libros tenian menos background como humanos. Hasta que me di cuenta que esa es otra invencion de la humanidad. Que somos humanos y como humanos estamos destinados a morir y a hacer daño. El único truco es morir lo más tarde que se pueda, y provocar el menor daño posible.
En los textos que a continuación voy a reproducir -y de ahí la introducción acerca de mis alter ego- se habla un poco de esto, se critica un poco esto. El primero, es un texto de autor desconocido que descubrí, por azar o determinación, navegando entre las turbulentas olas de la red. El segundo, del sempiterno Cortázar, habla un poco de este ronroneo que me carcome, de esta solidaridad por exceso y no por creencia. Que cada cual juzgue -y tome de ellos para su viaje- lo que crea oportuno.
Parece un viejazo, “pensar que el pasado era mejor”, recordar viejos tiempos, extrañar el perfume del pasto recién cortado en el verano, el de la madera ardiendo en la chimenea en el invierno, el de tierra mojada y cálida con las lluvias en el asomar de la primavera...
Si, todavía están, pero no es lo mismo..., ¿qué se me perdió en el camino?, ¿qué busco en cada viaje de ida o de regreso?, algo que no esta, que ya fue..., tal vez la felicidad de la inocencia perdida despertando a los sentidos...
Y, uno es joven, quiere cosas nuevas, pretende cambiar y revolucionar al mundo con un manojo de ideales, y termina siendo atrapado en las redes del confort, del consumismo, del pretendido status, de la frustración del idealismo...; como en esa historia de Quino, en que Mafalda y uno de sus amiguitos ven a dos señores subiendo a un poderoso automóvil y, diciendo: “¿te acordas cuando queríamos cambiar al mundo?, ja, ja,ja”, Mafalda se mira con el otro chico y salen corriendo hacia la plaza donde están los demás, y les dicen: “chicos, chicos, tenemos que apurarnos a cambiar al mundo, porque si no lo hacemos ahora, después nos cambia a nosotros”.
Y, en nuestro deseo de superhombres, de dioses terrenales, vencimos a la naturaleza para torcerla a nuestro antojo; hay frutillas durante todo el año, ya no debemos esperar el despertarnos una mañana y sentirnos sorprendidos por ese regalo de la vida...., las hay enormes, tan grandes como podíamos imaginar en un sueño o pesadilla, pero no es lo mismo, no tienen aquel sabor..., y, de tan cotidianas ya resultan cansantes..., ¿será que el hecho de la rutina no creativa destruye un poco...?
Y nos volvemos insatisfechos, buscamos la perfección no solo en las frutillas, sino en todo cuanto se nos cruza por el camino, y, de tan perfectos estamos carentes de sensaciones profundas, de gusto a tierra y sol, de sentimientos... , y, estamos tan apurados por encontrar lo nuevo, aquello que nos despertara todos los sentidos –con los cánones que nos impusieron, o dejamos imponer-, que fuimos perdiendo la capacidad de gozar de lo simple, del sabor de una fruta madurada libremente bajo los rayos del sol, de la sensualidad casi voluptuosa de morder alguna verdura crujiente, con sabor a vida.
¿Será que ya estaré viejo?, de chico solía disfrutar tomando leche, que recién ordeñada traían del tambo –a la vuelta de casa-, hoy ya no existen, desaparecieron, los mataron, y, no nos queda otro remedio que terminar en ese liquido sin sabor a nada que venden en los supermercados, o, volver al campo..., pero no puedo, ¿y el departamento, y las tarjetas de crédito, y los gastos de mi seudo-confort, quien me los paga?, y, terminamos encerrados en nuestra propia jaula de rejas transparentes...
Recuerdo, cuando luego de ser liberado, hace muchos años atrás, de una injusta prisión en una celda –por la Dictadura Militar en Argentina-, escribí esto: “Me soltaron para volverme a encerrar entre cuatro paredes que esta vez yo no podía ver, acá, me cabe preguntar: ¿quién es mas libre, el que se encuentra encerrado entre cuatro paredes y no tiene culpas, o el que se encuentra encerrado en el mundo y ha perdido la fe?”
Pero mi fe jamás pudieron destruirla, claro, ya no tomo leche, ni como frutas frescas, a menos que este en el campo...
¿Será que estoy tan viejo que el pasado me parece mejor...?
Cortázar interpreta así este destino de la humanidad.
Hasta no quitarle al tiempo su látigo de historia, hasta no acabar con la hinchazón de tantos hasta, seguiremos tomando la belleza por un fin, la paz por un desideratum, siempre de este lado de la puerta donde en realidad no siempre se esta mal, donde mucha gente encuentra una vida satisfactoria, perfumes agradables, buenos sueldos, literatura de alta calidad, sonido estereofónico, y por qué entonces inquietarse si probablemente el mundo es finito, la historia se acerca al punto optimo, la raza humana sale de la edad media pare ingresar en la era cibernética. Tout va tres bien, madame la Marquise, tout va tres bien, tout va tres bien.
Por lo demás hay que ser imbécil, hay que ser poeta, hay que estar en la luna de Valencia para perder mas de cinco minutos con estas nostalgias perfectamente liquidables a corto plazo. Cada reunión de gerentes internacionales, de hombres-de-ciencia, cada nuevo satélite artificial, hormona o reactor atómico aplastan un poco mas estas falaces esperanzas. El reino será de material plástico, es un hecho. Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, sera un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales pare los habitantes del Reijavik, vistas de igloos pare los de La Habana, compensaciones sutiles que conformaran todas las rebeldías, etcétera.
Es decir un mundo satisfactorio pare gentes razonables.
¿Y quedará en el alguien, uno solo, que no sea razonable?
En algún rincón, un vestigio del reino olvidado. En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino. En alguna risa, en alguna lagrima, la sobrevivencia del reino. En el fondo no parece que el hombre acabe por matar al hombre. Se le va a escapar, le va a agarrar el timón de la maquina electrónica, del cohete sideral, le va a hacer una zancadilla y después que le echen un galgo. Se puede matar todo menos la nostalgia del reino, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña. Wishful thinking, quizá; pero esa es otra definición posible del bípedo implume.