viernes, 20 de junio de 2008

pero sucede también...

Los desayunos en mi trabajo son bastante peculiares. Solemos salir a tomar algo un servidor, mi jefe, y el jefe de mi jefe. Siempre bromeo con ellos diciendo que la estructura jerárquica de nuestra oficina tiene mucho de jerárquica y poco de estructura, pues somos tres y más que una pirámide parecemos una torre -y desde el once de septiembre todos saben que hay que tener cuidado con las torres demasiado altas-. Sin embargo, y a pesar de esta circunstancia, los desayunos como decía son bastante peculiares.

En ellos, salen a relucir todos los lugares comunes que pueden existir: la religión y Dios, el capitalismo y el comunismo, el cine y la literatura, las mujeres... El otro día mi jefe directo se había ido y estaba yo hablando con Tomás acerca de la nueva ley de educación chilena, cuando me preguntó que porque yo me calificaba como una persona de izquierdas. Intenté una tímida explicación que aún no he logrado encontrar en los ya casi veintiseis años que llevo haciéndome la misma pregunta. Hablarle de esa uña fría que me rasca constantemente la cabeza. Decirle, en fin, que quizá soy de izquierdas porque no puedo defender ninguna postura con absoluta convicción, porque en las carencias de una veo las virtudes de la otra.

A este punto él se puso muy serio, y empezó a hablarme de las numerosas ventajas de la economía neoliberal. Me hizo una magistral exposición de porque la libre competencia traía beneficios para todos, hacía crecer la economía, y encima era el sistema más justo. Me habló de las curvas de oferta y demanda, de las ineficiencias de interferir ante la mano invisible del mercado, me enumeró ejemplos a seguir como el de Irlanda o Nueva Zelanda, de la ineficiencia de los impuestos, no hablemos ya de los impuestos progresivos. Por supuesto, me recordó, eso no significaba que él no quisiera que se ayudara a los pobres, pero la mejor forma de hacerlo es permitiendo que la economía crezca a nivel global porque así, por propia lógica, crece el bienestar de cada uno de los individuos que en ella vive. Me habló de cómo hace doscientos años vivíamos enterrados en la mierda, y ahora yo estoy trabajando a diez mil kilómetros de mi casa y hablo con mis padres por un aparatito que cabe en un puño. Me habló de que nada de eso hubiera sido posible sin las inversiones individuales de tantos emprendedores, sin la posibilidad de que ellos se enriquecieran, pero junto a eso avanzara tantísimo la calidad de vida para todos. Me habló de Adam Smith, de Von Hayek, de la escuela austríaca, de cómo la conversión llegaría tarde o temprano pues la economía, si es libre, nunca para de crecer.

Tras un discurso que duró casi media hora, y que recibí absolutamente permeable a ser convencido, a entenderlo e interiorizarlo, me preguntó: Antonio, ¿qué opinas al respecto? Y yo, recordando esas palabras de Galeano, no supe más que decirle: Tomás, todo eso que me cuentas rasca. Y rasca mucho. Y es cierto que rasca muy bien. Pero, a mí, me rasca donde no pica.

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