Hace ya bastantes años, quizá en mi primer año de Universidad, se celebraba en ésta un tímido festival de cine, del que no acierto a recordar ninguna de las películas que se proyectaban, ni su objetivo, ni quién se había esforzado en organizarlo sólo para que nuestra caprichosa memoria lo olvidase. Recuerdo sin embargo con perfecta nitidez el cartel que lo anunciaba, pues desde entonces aún no he conseguido encontrar otro -a pesar de mi gusto por decorar mis distintos espacios con carteles cinematográficos- que lo superase.
En el cartel se veía una sala de cine. De esas antiguas con las cortinas a los lados de la pantalla (que a pesar del blanco y negro del dibujo se podían adivinar rojas). Esta pantalla quedaba a la derecha de la imagen, y el fotograma que congelaba era de esa magnífica escena de "La quimera del oro" en la que Chaplin, vencido por la voracidad de su hambre durante el encierro en la cabaña, degusta sus botas como si fuera un plato de la nouvelle cousine: Los cordones a modo de spaghetti; la piel de la bota, como si fuera un bistec, sazonándola prudentemente; y las puntillas que sujetan la suela, desnudándolas como si fueran huesos de pollo.
Ante esta imagen de la pobreza absoluta, de la pérdida de la dignidad, el público reacciona de diversa forma, y esto el autor lo capta de manera genial. La platea la divide en tres niveles, desde el más bajo, cuyo precio de entrada es de 10, pasando por el nivel medio de precio 100, al nivel más alto de precio 1.000. Los espectadores del nivel inferior se muerden los labios, estrujan entre sus manos sus ajados sombreros, a algunos hasta le brillan los ojos ante el delicioso manjar que serían esos zapatos de piel. Los del nivel intermedio se sonríen de lo cómico de la escena, pero algunos con timidez, y otros con el temor de que algún día ellos se vean en esa precaria situación. Y los espectadores del nivel superior se refocilan en sus asientos, con estentóreas carcajadas de superioridad.
Esferas.
Nos movemos en un mundo dividido en esferas. Esferas, por otro lado, perfectamente incomunicadas. A veces he trabajado, como tantos otros que leen estas líneas, en "el mundo de los Derechos Humanos". De alguna manera he intentado colaborar en lo posible (sin duda mucho menos de lo que podría) en reducir la distancia entre esas esferas, entre esos que envidian un zapato que llevarse a la boca, y aquellos que se carcajean ante tan dantesca imagen. Pero creo que esta tarea resulta imposible. Trabajamos para mejorar un mundo que no conocemos. Desde nuestras oficinas organizamos proyectos, presupuestamos, hacemos balance de "las personas a las que hemos ayudado", pero no sabemos nada de esas personas porque no conocemos su mundo. Porque no habitamos su esfera.
Y el tipo de trabajo es absolutamente indiferente. Da lo mismo elaborar un presupuesto desde un computador de última generación, que irse al África central a construir una escuela. Igualmente, por la noche volvemos a la comodidad de nuestra alcoba, o miramos el estado de nuestra cuenta corriente, o tocamos la cartulina azul de nuestro pasaporte en el bolsillo de la chaqueta, o recibimos una llamada desde Europa que nos recuerda que siempre tenemos la opción del regreso, que siempre tendremos un lugar en el mundo al que volver. No compartimos la esfera de los desheredados. Estamos educados desde niños a "apagar la tele de nuestros pensamientos", a olvidar cuando no lo estamos viendo directamente que hoy, ahora, en este preciso momento, hay miles de millones de personas que rezarían porque les cayese desde el cielo un zapato de piel que echarse a la boca. Pero lo triste es que sencillamente no podríamos vivir si no fuera así. Nuestro refrigerador sigue igual de lleno, seguimos tirando aquel tomate que ya se quedó un poco blando, o el yogurt que caducó de dos días. Seguimos con la luz prendida la mayor parte del día, nuestra música y nuestras televisiones permanentemente encendidas.
¿Tristeza?, ¿enfado?, me preguntaba un cierto anónimo en mi última entrada. No. La respuesta es no. La tristeza y el enfado dieron paso a la desidia. A la desidia de saber que este es el cuento de nunca acabar, y sobre todo que es el cuento de nunca empezar. Todo queda en el mero análisis desde una esfera superior, desde la que de vez en cuando, como si estuviéramos en ese cine de mi Universidad, tiramos a los de abajo algunas de nuestras palomitas (más para callar nuestra conciencia que el rugir de sus tripas), e intentamos morder a los de arriba para que al menos no pateen el suelo ante la hilaridad de la máxima expresión de la pobreza.
Y apaga el televisor y todo vuelve a ser real,
las cosas que has visto se te van a olvidar:
guerras, hambre y precariedad.
Calla tu conciencia y déjate llevar...
En el cartel se veía una sala de cine. De esas antiguas con las cortinas a los lados de la pantalla (que a pesar del blanco y negro del dibujo se podían adivinar rojas). Esta pantalla quedaba a la derecha de la imagen, y el fotograma que congelaba era de esa magnífica escena de "La quimera del oro" en la que Chaplin, vencido por la voracidad de su hambre durante el encierro en la cabaña, degusta sus botas como si fuera un plato de la nouvelle cousine: Los cordones a modo de spaghetti; la piel de la bota, como si fuera un bistec, sazonándola prudentemente; y las puntillas que sujetan la suela, desnudándolas como si fueran huesos de pollo.
Ante esta imagen de la pobreza absoluta, de la pérdida de la dignidad, el público reacciona de diversa forma, y esto el autor lo capta de manera genial. La platea la divide en tres niveles, desde el más bajo, cuyo precio de entrada es de 10, pasando por el nivel medio de precio 100, al nivel más alto de precio 1.000. Los espectadores del nivel inferior se muerden los labios, estrujan entre sus manos sus ajados sombreros, a algunos hasta le brillan los ojos ante el delicioso manjar que serían esos zapatos de piel. Los del nivel intermedio se sonríen de lo cómico de la escena, pero algunos con timidez, y otros con el temor de que algún día ellos se vean en esa precaria situación. Y los espectadores del nivel superior se refocilan en sus asientos, con estentóreas carcajadas de superioridad.
Esferas.
Nos movemos en un mundo dividido en esferas. Esferas, por otro lado, perfectamente incomunicadas. A veces he trabajado, como tantos otros que leen estas líneas, en "el mundo de los Derechos Humanos". De alguna manera he intentado colaborar en lo posible (sin duda mucho menos de lo que podría) en reducir la distancia entre esas esferas, entre esos que envidian un zapato que llevarse a la boca, y aquellos que se carcajean ante tan dantesca imagen. Pero creo que esta tarea resulta imposible. Trabajamos para mejorar un mundo que no conocemos. Desde nuestras oficinas organizamos proyectos, presupuestamos, hacemos balance de "las personas a las que hemos ayudado", pero no sabemos nada de esas personas porque no conocemos su mundo. Porque no habitamos su esfera.
Y el tipo de trabajo es absolutamente indiferente. Da lo mismo elaborar un presupuesto desde un computador de última generación, que irse al África central a construir una escuela. Igualmente, por la noche volvemos a la comodidad de nuestra alcoba, o miramos el estado de nuestra cuenta corriente, o tocamos la cartulina azul de nuestro pasaporte en el bolsillo de la chaqueta, o recibimos una llamada desde Europa que nos recuerda que siempre tenemos la opción del regreso, que siempre tendremos un lugar en el mundo al que volver. No compartimos la esfera de los desheredados. Estamos educados desde niños a "apagar la tele de nuestros pensamientos", a olvidar cuando no lo estamos viendo directamente que hoy, ahora, en este preciso momento, hay miles de millones de personas que rezarían porque les cayese desde el cielo un zapato de piel que echarse a la boca. Pero lo triste es que sencillamente no podríamos vivir si no fuera así. Nuestro refrigerador sigue igual de lleno, seguimos tirando aquel tomate que ya se quedó un poco blando, o el yogurt que caducó de dos días. Seguimos con la luz prendida la mayor parte del día, nuestra música y nuestras televisiones permanentemente encendidas.
¿Tristeza?, ¿enfado?, me preguntaba un cierto anónimo en mi última entrada. No. La respuesta es no. La tristeza y el enfado dieron paso a la desidia. A la desidia de saber que este es el cuento de nunca acabar, y sobre todo que es el cuento de nunca empezar. Todo queda en el mero análisis desde una esfera superior, desde la que de vez en cuando, como si estuviéramos en ese cine de mi Universidad, tiramos a los de abajo algunas de nuestras palomitas (más para callar nuestra conciencia que el rugir de sus tripas), e intentamos morder a los de arriba para que al menos no pateen el suelo ante la hilaridad de la máxima expresión de la pobreza.
Y apaga el televisor y todo vuelve a ser real,
las cosas que has visto se te van a olvidar:
guerras, hambre y precariedad.
Calla tu conciencia y déjate llevar...


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