Ocurre a menudo que las caídas duelen más conforme la cota que alcanzamos se hace más elevada. En esos momentos, el eco de nuestra caída puede hacerse muy fuerte, y salpicar con demasiada injusticia a aquellos que nos rodean. Nos ocurre diariamente. Quizá abrimos nuestro correo y encontramos una carta de la persona esperada, y todo lo que contiene son las tres líneas que nos dedicó a toda prisa, más de cara a la estadística que buscándolas en el corazón. O quizá es precisamente la ausencia de ese recuerdo, de ese pensamiento, lo que nos duele y decepciona. Y a lo mejor (también quizá) precisamente esa persona, en ese preciso momento, nos pensaba en esta ciudad, o en la tuya, o en la tuya. Pero igual nos salpican las entrañas, y al mostrar nuestra indignación mostramos una vez más nuestro ser bipolar: el que se decepciona, y sufre, y escupe bilis en las calvas de las personas que se cruzan por su acera; y el que ama, aprecia, y reacciona así ante la afrenta no esperada de la persona a la que (aunque no sabe por qué) quiere y, por tanto, exige.
Todos cometemos estos y tantos otros errores, y sabemos que la disculpa, aún sentida en lo profundo, sería un intento más de rebajar nuestro error. Porque huele a formalismo cualquiera sea el tono que adoptemos. Porque la otra persona ya sabe todo lo que puedas justificarle, y-aún-así. Porque toda disculpa me parece una pérdida de honestidad, una falta de respeto hacia la otra persona, porque me parece hablarle desde una esfera distinta, intentar razonar con lo que le arde con un fuego sordo. Por todo eso, y mucho más que no quiero o no soy capaz de explicar, hoy no te pido perdón. Aunque sepa que, desde detrás de este velo, lo estoy haciendo.
Y como dijo el obrero que sólo gracias a ti conozco: Te propongo menos cielo, más abrazo.


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