jueves, 29 de mayo de 2008

wishful thinking, quizá...

Alguna voz me ha criticado que, de las poco más de 50 entradas que de alguna manera tratan de iluminar este espacio de libre pensamiento (permítanme el oxímoron), una docena pertenecen a esos que he dado en llamar "alter egos". Muchas veces, completando alguna idea que con sus palabras cobraban más fuerza. Otras, colmando por si solos algo que bullía en mi interior, y que jamás encontraría mejor forma de expresar, o de expresarse. Porque las ideas, cuando quieren, se expresan solas -y luego, a veces, ni siquiera las reconocemos como propias-. En mi pobre defensa, por innecesaria, sólo acierto a argumentar que no busco reconocimientos ni patentes (¿quizá la de corso?): las palabras y pensamientos que aquí vierto, confío, acompañarán a los lectores en su viaje por la vida, y su uso o abuso para dar forma a fantasmas internos queda, como amablemente nos enseña la publicidad, a gusto del consumidor.

Desde hace unos días, una idea ronda mi cabeza. No alcanzo a darle forma, pues se esconde en el más distante extremo de mi pensamiento más lejano. Sin embargo su sombra se proyecta sobre mis pensamientos, y me carcome con su ya clásico rac-rac-rac de cigarra. Quizá todo se inició en el último viaje, en la penúltima decepción, en la recurrente conversación de café. Alguien lanzó la clásica pregunta sobre qué querías ser de mayor cuando tenías 15 años. Y de repente me sentí tremendamente anacrónico, desnudo, e incluso ridículo, respondiendo que director de cine. Nada queda ya de ese lejano sueño; otros lo fueron sustituyendo, como las olas van aplastándose las unas a las otras, superponiéndose, pero colmando siempre de agua marina la sedienta orilla. Mis "sueños", mis "deseos de otra vida", ahora quizá han cambiado, evolucionado. Mutado, al conocer más -o desde otras perspectivas- el mundo en que se insieren. Ahora que me siento delante de esta pantalla, viendo como mis dos manos -que emergen de una chaqueta Cristian Dior, los puños de la camisa ligeramente destacados también- teclean estos pensamientos, sé que he traicionado, y a cada paso traiciono, muchas de las olas que colman mis playas.

No sé que nos está pasando, que clase de mecanismo tenemos alterado en nuestra cabeza, que nos lleva a esta insolidaridad crónica, que nos lleva a vivir -al menos a mí- en la contradicción de lo que querríamos y lo que realmente hacemos. Las justificaciones, las dilaciones, los retrasos, nos van permitiendo llevar esta vida cómoda, que en mi caso se encamina ya a los veintiseis años. En ese mismo encuentro, se me confesó lo que acá transcribo: Yo antes cuestionaba todo. Me creía filosófica. Creía que por pensar encontraría la solución al planeta. Creía que los que no escuchaban cierta musica o leían ciertos libros tenian menos background como humanos. Hasta que me di cuenta que esa es otra invencion de la humanidad. Que somos humanos y como humanos estamos destinados a morir y a hacer daño. El único truco es morir lo más tarde que se pueda, y provocar el menor daño posible.

En los textos que a continuación voy a reproducir -y de ahí la introducción acerca de mis alter ego- se habla un poco de esto, se critica un poco esto. El primero, es un texto de autor desconocido que descubrí, por azar o determinación, navegando entre las turbulentas olas de la red. El segundo, del sempiterno Cortázar, habla un poco de este ronroneo que me carcome, de esta solidaridad por exceso y no por creencia. Que cada cual juzgue -y tome de ellos para su viaje- lo que crea oportuno.


Parece un viejazo, “pensar que el pasado era mejor”, recordar viejos tiempos, extrañar el perfume del pasto recién cortado en el verano, el de la madera ardiendo en la chimenea en el invierno, el de tierra mojada y cálida con las lluvias en el asomar de la primavera...

Si, todavía están, pero no es lo mismo..., ¿qué se me perdió en el camino?, ¿qué busco en cada viaje de ida o de regreso?, algo que no esta, que ya fue..., tal vez la felicidad de la inocencia perdida despertando a los sentidos...

Y, uno es joven, quiere cosas nuevas, pretende cambiar y revolucionar al mundo con un manojo de ideales, y termina siendo atrapado en las redes del confort, del consumismo, del pretendido status, de la frustración del idealismo...; como en esa historia de Quino, en que Mafalda y uno de sus amiguitos ven a dos señores subiendo a un poderoso automóvil y, diciendo: “¿te acordas cuando queríamos cambiar al mundo?, ja, ja,ja”, Mafalda se mira con el otro chico y salen corriendo hacia la plaza donde están los demás, y les dicen: “chicos, chicos, tenemos que apurarnos a cambiar al mundo, porque si no lo hacemos ahora, después nos cambia a nosotros”.

Y, en nuestro deseo de superhombres, de dioses terrenales, vencimos a la naturaleza para torcerla a nuestro antojo; hay frutillas durante todo el año, ya no debemos esperar el despertarnos una mañana y sentirnos sorprendidos por ese regalo de la vida...., las hay enormes, tan grandes como podíamos imaginar en un sueño o pesadilla, pero no es lo mismo, no tienen aquel sabor..., y, de tan cotidianas ya resultan cansantes..., ¿será que el hecho de la rutina no creativa destruye un poco...?

Y nos volvemos insatisfechos, buscamos la perfección no solo en las frutillas, sino en todo cuanto se nos cruza por el camino, y, de tan perfectos estamos carentes de sensaciones profundas, de gusto a tierra y sol, de sentimientos... , y, estamos tan apurados por encontrar lo nuevo, aquello que nos despertara todos los sentidos –con los cánones que nos impusieron, o dejamos imponer-, que fuimos perdiendo la capacidad de gozar de lo simple, del sabor de una fruta madurada libremente bajo los rayos del sol, de la sensualidad casi voluptuosa de morder alguna verdura crujiente, con sabor a vida.

¿Será que ya estaré viejo?, de chico solía disfrutar tomando leche, que recién ordeñada traían del tambo –a la vuelta de casa-, hoy ya no existen, desaparecieron, los mataron, y, no nos queda otro remedio que terminar en ese liquido sin sabor a nada que venden en los supermercados, o, volver al campo..., pero no puedo, ¿y el departamento, y las tarjetas de crédito, y los gastos de mi seudo-confort, quien me los paga?, y, terminamos encerrados en nuestra propia jaula de rejas transparentes...

Recuerdo, cuando luego de ser liberado, hace muchos años atrás, de una injusta prisión en una celda –por la Dictadura Militar en Argentina-, escribí esto: “Me soltaron para volverme a encerrar entre cuatro paredes que esta vez yo no podía ver, acá, me cabe preguntar: ¿quién es mas libre, el que se encuentra encerrado entre cuatro paredes y no tiene culpas, o el que se encuentra encerrado en el mundo y ha perdido la fe?”

Pero mi fe jamás pudieron destruirla, claro, ya no tomo leche, ni como frutas frescas, a menos que este en el campo...

¿Será que estoy tan viejo que el pasado me parece mejor...?


Cortázar interpreta así este destino de la humanidad.


Hasta no quitarle al tiempo su látigo de historia, hasta no acabar con la hinchazón de tantos hasta, seguiremos tomando la belleza por un fin, la paz por un desideratum, siempre de este lado de la puerta donde en realidad no siempre se esta mal, donde mucha gente encuentra una vida satisfactoria, perfumes agradables, buenos sueldos, literatura de alta calidad, sonido estereofónico, y por qué entonces inquietarse si probablemente el mundo es finito, la historia se acerca al punto optimo, la raza humana sale de la edad media pare ingresar en la era cibernética. Tout va tres bien, madame la Marquise, tout va tres bien, tout va tres bien.

Por lo demás hay que ser imbécil, hay que ser poeta, hay que estar en la luna de Valencia para perder mas de cinco minutos con estas nostalgias perfectamente liquidables a corto plazo. Cada reunión de gerentes internacionales, de hombres-de-ciencia, cada nuevo satélite artificial, hormona o reactor atómico aplastan un poco mas estas falaces esperanzas. El reino será de material plástico, es un hecho. Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, sera un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales pare los habitantes del Reijavik, vistas de igloos pare los de La Habana, compensaciones sutiles que conformaran todas las rebeldías, etcétera.

Es decir un mundo satisfactorio pare gentes razonables.

¿Y quedará en el alguien, uno solo, que no sea razonable?

En algún rincón, un vestigio del reino olvidado. En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino. En alguna risa, en alguna lagrima, la sobrevivencia del reino. En el fondo no parece que el hombre acabe por matar al hombre. Se le va a escapar, le va a agarrar el timón de la maquina electrónica, del cohete sideral, le va a hacer una zancadilla y después que le echen un galgo. Se puede matar todo menos la nostalgia del reino, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña. Wishful thinking, quizá; pero esa es otra definición posible del bípedo implume.

viernes, 23 de mayo de 2008

carta abierta a américa latina

Lo siento mucho, pero necesito este gesto de deshonestidad brutal. Necesito expresar lo que me arde por dentro, aunque al hacerlo esté traicionando quizá ese sentimiento, lo esté haciendo público y, al verbalizarlo, convirtiéndolo en otra cosa: en una oda para despertar la admiración de quien esto pudiera leer, o en un intento de que se me considere una persona buena, una persona "que se preocupa", de sentimiento. Un buena persona, como diría mi madre. Sé que este grito al viento no es un grito desgarrado, pues esos son siempre silenciosos y personales, pero es un grito que me arde en las entrañas, y que necesito escribir, para poder volver siempre a él, para evitar caer en la relajación, en la comodidad de las zapatillas de pelo y la afeitadora en la pileta. Además, me importa bien poco lo que puedas pensar a este respecto, lector, son entrañas que escupo y que no me importa que me salpiquen a mi mismo, pero que ahora mismo me están envenenando en el silencio de mi boca, esperando para ser vomitadas como bilis sobre las calvas de las personas que transitan las avenidas.

Perdóname, Latinoamérica, te he fallado y te he traicionado. Me dueles. Me dueles cada día más. Cuando cruzo tus tierras y veo esos ojos de miradas perdidas, esas manos ajadas de tanto arar tu tierra, de tratar de sacar de tu frío y tu polvo algo que alivie su voracidad primitiva, esos rostros quemados por tu inclemente sol que no entiende de treguas. Pueblos desolados cubren tu riqueza natural, vías que no conducen ya a ninguna parte te atraviesan, casas que de tan vencidas amenazan a quienes encuentran refugio en ellas flanquean tus caminos. En algunos puntos parece que hayas detenido el tiempo, vieja Latinoamérica. Parece como si el aire no corriera allí, como si el tiempo se hubiera detenido como en el ancestral Closingtown. Me dueles. Me dueles como lo hace una herida lacerante, que crees poder ignorar pero te rebosa a cada paso, a cada inhalación, te recuerda que está ahí, bien dentro de ti, una espina que nunca podrás arrancar de tu garganta porque ya bajó hasta tu corazón.

Te he traicionado, no he sabido darme a ti. No conozco la forma de aliviar tu dolor. Odio a aquellos que fotografian tu miseria, a aquellos que se creen mejor persona por preguntar a los niños que caminan descalzos tu tierra cómo hacen para ir al colegio, a aquellos que se lamentan de tu injusta situación mientras acicalan sus bigotes y acarician sus abultadas billeteras. Me odio a mí mismo por pertenecer a este grupo, por creerme mejor que ellos porque te susurro al oído que me dueles, porque cuando recorro tus piedras llevo la sonrisa apretada y los ojos tristes. Me dueles, América Latina, me duele no saber qué hacer para darme a ti, me duele traicionarte con estas líneas, temer que de alguna manera en lo más profundo de mí las esté escribiendo para encumbramiento propio. Eres demasiado amplia para mí. Dime qué debo hacer, sólo muéstrame el camino que debo recorrer, deja algunas piedritas en mi camino que me ayuden a empezar, a dar éste y no aquél paso. Cómo curarte desde la helada tierra de fuego hasta los desiertos que te abrasan, cómo aliviarte desde el occidental océano atlántico hasta el traicionero pacífico, cómo sanar la cordillera que te atraviesa y te divide en dos a ti misma, cada río, cada rincón de tu profunda selva, cada escondido poblado en tu eterno bosque. Enséñame algo. Mándame un señal que alivie este dolor. Ayúdame a vivir sin que me duelas, relajadamente como lo hacen aquellos a los que detesto, como lo hago yo cuando me detesto y una uña fría me rasca la cabeza al pagar este jersey o aquel libro, rac-rac-rac, esta uña que siempre me rasca. Pero que trato de ignorar. Y trato de no ignorar. No. Nunca me ayudes a eso. Nunca me permitas olvidar Julaca. Sólo enséñame el camino, la vía, yo sabré o no sabré recorrerla, pero lo intentaré. Da un descanso a mi alma, por favor América Latina, porque ahora me dueles demasiado. Y no sé que hacer para aliviarte, para aliviarme. Te dejo ahora tranquila. Cuando apague la televisión, cuando concluya estas líneas todo volverá a ser igual. Iré al concierto de Ismael, quizá el Lunes escriba algo sobre él. Volveré a sentir que para los niños de Julaca se congeló el tiempo y no pasa, y su sufrimiento duró el tiempo que pasé en su pueblo fantasma; volveré a pensar que todo está tranquilo bajo el sol, que la gente no muere ni sufre en tu tierra; volveré a habitar mi burbuja y desde mi torre y a maldecir a los que viven en otras; volveré a creer que la falta de agua, de luz, de vida, se llenan cuando yo abandono tus más inhóspitos parajes.

Por ello te pido perdón, América Latina, porque a cada bocanada de aire te traiciono, a cada paso me alejo más de ti, a cada silencio y a cada palabra vertida te traiciono un poco más. Perdóname porque no sé hacer algo más, ni siquiera nada más. Perdóname por ser débil, por ser cómodo, por ser yo. No puedo seguir escribiéndote.

buena onda en bolivia

Viajar solo siempre supone un reto. Es arriesgarse a conocerse más a uno mismo, es aventurarse a mirarse dentro en otro lugar, de otra tierra, con otros tiempos. Pero quizá las vivencias te impregnan con más fuerza, se penden de ti los olores y las luces permanecen en tu mirada. Como me dijo una amiga, hay que fijarse en cada alcaparra, en cada sonrisa, en cada mota de polvo que cubre el camino que, paciente, espera tus huellas.

Así pues, como solo llegué a San Pedro, solo decidí emprender el tour que me llevaría a conocer la hermana Bolivia. Pero era cierto: nunca se viaja tan acompañado como cuando se va solo.

Ya desde el primer momento, conecté con una pareja de amigos argentinos, que entre risas, tragos, fotos, charlas, y "trucos", me harían pasar cuatro días inolvidables. Junto a ellos, seis chicas inglesas adoradoras de Macchu Picchu, y de compartir risas y malentendidos. Junto a nosotros, las coloridas lagunas, las extensiones yermas, los cálidos valles, las formaciones rocosas, y los caminos de piedra y sol del altiplano boliviano. Quien me conoce sabe que no soy amigo de los catálogos, que siempre desconfié de las enumeraciones y las explicaciones tediosas, pues sólo consiguen rebajar la realidad retratada. Por ello baste en el recuerdo esta sonrisa y este guiño que dedico a quienes, una vez más, consiguieron que durante un tiempo me olvidara de mí mismo.

Es muy doloroso despedirse de las personas cuando se conecta tanto con ellas, pero ese es otro de los riesgos de esta vida falsamente itinerante. Por fortuna, las distancias se acortan cada día más, y la voluntad traspasa las cordilleras, lagos y millas que se empeñan en separarnos.

Y además, todos saben que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso.

san pedro de atacama

Llegué a San Pedro de Atacama un viernes por la noche, con una mochila cargada por igual de ropa, libros e ilusión, con un par de nombres escritos en un papel arrugado en el bolsillo, y con la necesidad de retirarme durante un tiempo del mundanal ruido de la gran ciudad. A la llegada, ya me recibieron las estrellas del luminoso cielo de San Pedro. San Pedro es una ciudad que vive por y para el turista; sus calles, sin asfaltar y con una iluminación basada más en los astros que en la electricidad, mantienen ficticiamente este aire de desolación, este aire de vivir al margen del mundo real. Las casas de adobe, los pórticos de piedra, los cafés a techo descubierto bajo el calor de una hoguera, no dejan de recordar un escenario cuidado hasta el más mínimo detalle.

Al amanecer, los contrastes entre el rojo de la dura tierra, el blanco del hogar y el azul del cielo, parecen hacer inspirado la bandera de Chile que ondea en su plaza mayor. Decidido a salir del circuito predeterminado, de los precios para turistas, y de las sonrisas por obligación, me adentro en el mercado central, donde el olor de la lana de alpaca inunda los sentidos. Al cruzar el mercado, el verdadero desierto me recibe. Restaurantes donde los perros habitan la cocina, el verdadero polvo del desierto flotando en el aire, las duras facciones de los trabajadores de la mina que silenciosamente comen cazuela, una camarera demasiado joven para merecer ese ya sempiterno destino. Allá, entre la auténtica realidad del desierto más árido del mundo, consigo sentirme un poco más yo, un poco más en equilibrio con el viaje que vine buscando. No obstante, no puedo dejar de sentirme un extranjero en esa tierra, un turista que cree conocer un mundo porque se mueve en esos espacios y no en los determinados para él. Sin embargo, mis Rayban, mi MP3 siempre en el bolsillo, y una cartera llena, no dejan de recordarme lo contrario.

Así pues vuelvo a mi sitio natural, a las calles desestructuradas de San Pedro donde corre el agua de los desagües, donde perros callejeros te acompañan en busca de un bocado que caliente su estómago. Vuelvo a esto, y bajo el sol del desierto leo, buscando una frontera entre dos mundos a los que no quiero, ni puedo, pertenecer. Los niños juegan alrededor, y ya su mirada siquiera se fija en los rostros de las personas que desfilan delante de ellos. Hoy habrá unos, que mañana se irán para dar paso a otros que igualmente se marcharán. Los habitantes de San Pedro parecen vivir de prestado. Te abren su sonrisa, pero no su corazón, acostumbrados a que ínclitos turistas se lleven un trocito del mismo y no se lo devuelvan jamás.

Como ya dije en otra ocasión, toda ciudad, toda experiencia, todo viaje, me queda marcado por un algo que lo hace especial, que lo hace distinto. En este caso, ella sabe cómo me salvo de este naufragio, cómo nuestras voces entre el humo de una fogata, cómo las notas de una música compartida, me hicieron olvidar durante una noche el gran teatro del mundo. Cuando días después volví a buscarla, ya no estaba. Un cartel me anunciaba su silencioso despido, una puerta me recordaba la sombra de su ausencia.

Como tantas otras veces me refugié en la lectura, esa resbaladiza tabla que me permite aferrarme a la esperanza en medio del océano.

jueves, 15 de mayo de 2008

debe ser primavera

Por la ciudad camino, no preguntéis adónde. Busco acaso un encuentro que me ilumine el día, y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.

el eterno retorno

No es nada fácil tratar de unir dos realidades. Acercar mundos, sobreponerse al terrible momento de empezar a conocer a una persona y adivinar en sus gestos la primera irritación, el primer silencio que se palpa en el ambiente, hablar de algo simplemente por hablar, y ser terriblemente consciente de ello. Porque eso es lo terrible, la conciencia, el saberse observado por ese vigilante eterno que desde dentro de nosotros nos dice "ya empezaste de nuevo, mírate ahí, diciendo tonterías, mira como ella sonríe pero mira hacia otro lado, como trata de llenar el vacío con un beso (que sería del sexo sin los besos, ese interregno de cercanía que evita el contacto visual y por tanto la sensación de vacío, que acerca las caras tanto que no pueden mirarse la una a la otra e intuir lo que todos ya sabemos: que estamos repitiendo un gesto que ya tantas veces se hizo, y que tantas otras veces se hará, no sabiendo qué duele más, si saber que lo hará ya siempre contigo, ya siempre las mismas costumbres en la cama, el mismo ritmo, las misma cadencia, la turgencia de unas caderas que pierden firmeza bajo nuestras manos conforme el tiempo afila su expectante guadaña, la respiración que se agita como una premonición, saber que hoy no fue como ayer por cómo ella suspiraba, la complicidad y la soledad, ya todo lo mismo durante 10, 20, 50 años, el mismo ritual, la ropa que sale despedida hacia cualquier rincón, luego, tras el polvo, ella recogerá sus bragitas y su camiseta, tú hombríamente dormirás desnudo con tu pene flácido descansando primero en su muslo, luego en el tuyo cuando la confianza te permita dar vuelta en la cama y dormir como te plazca, cuando ya no sea necesario el abrazo desde atrás, por la espalda, como para justificar tus comportamientos animales en la cama. O quizá peor aún, hacerlo con alguien sabiendo que eres sólo un número de la lista, que no serás recordado ni tu esencia añorada en esas sábanas ajenas, otro olor llenará los espacios que los tuyos colman, y tener esta conciencia de fazzoletto, de kleenex de usar y tirar, de reemplazo de esa sombra que sí se echará de menos por siempre en tu cama. Con cuántas mujeres te has acostado buscando en sus caderas la curva de la de ella, buscando en su saliva el sabor, el calor de la de ella)".

Ya desde el primer encuentro, con fortuna desde el segundo, empiezas a dibujar el espectro de todo vuestro devenir, y el agotamiento llega antes incluso que su sombra. Se adivinan las colinas que se habrán de superar juntos, las protestas, los lamentos que tendremos que escuchar y hasta solucionar, las mutuas incomprensiones, ajadas de tanto enfrentarlas sin salida, como intentar reconciliar dos realidades que por definición son la una excluyente de la otra. Toda esa batalla, esas energías puestas en algo que ya desde el principio sabes que conduce a la nada, porque no hay mayor soledad que la de dos personas que están juntas sin quererlo, sin quererse. Y ya adivinas un poco esa soledad tras el primer beso, está ahí esperándote cuando por primera vez, quizá aún tembloroso, tomas su mano y tus dedos comienzan a talar los suyos, a reconocer morfologías, los nudos de unos huesos, la tirantez de una piel, el flujo de una sangre. Ya desde ese primer contacto te llega el primer flash del vacío que espera. Y las colinas se tornan montañas, las protestas disputas, los lamentos humillaciones, las incomprensiones silencios, todo adquiere un mayor grado y profundidad, todo se ve ya como innecesario por dirigido al vacío final, a la muerte por estancamiento, como el universo, que poco a poco se enfría y aún consciente de ello no puede detener este movimiento condenado y condenatorio, mientras sueña con una teoría del eterno retorno, de Big Bangs de ida y vuelta. Pero la explosión es sólo una, e inicial. Luego, todo es asistir al enfriamiento condenado a congelación, ya sea desde la platea, ya sea como actor protagonista. Mi problema es que asisto a éste como el director de orquesta, mascándolo desde el primer segundo, luego me siento condenado al más triste de los teatros cuando tengo que representar mi propia obra.

Acercar mundos, unir realidades, casar soledades, certificar encuentros. A nada de ello consigo asistir ya de forma natural. Me han dicho a estas jóvenes alturas demasiadas cosas, probablemente todas ellas ciertas, certificando la teoría de la presciencia, del preconocimiento en cada simple gesto, en cada mirada o silencio, o en cada vez que las rehuimos o los llenamos de palabras. Vivir relajadamente, como relajadamente tomamos una cerveza tras otra en la plaza de los botellines (aunque allá también se intuyan los vacíos, la necesidad perentoria de compartir unas soledades, pero de otra manera); como relajadamente sales del cine caminando solo por la ciudad y te cuentas a ti mismo lo bien que lo pasaste, cómo los primeros planos captaban el detalle, el abrazo, el gesto, los cariños; como relajadamente llegas a casa y abres una bolsa de patatas y una cerveza, y enciendes la tele para ver un partido, y te rascas con impudicia. Vivir relajadamente me resulta hoy día casi imposible.

Lo que no resta que, cada vez que vuelvo a constatar esta realidad, me inunde otra profunda tristeza.

lunes, 12 de mayo de 2008

para el habitante de la torre


Waltz for Debby, Bill Evans

jueves, 8 de mayo de 2008

el jazz de rorschach


Kind of blue, Miles Davis

martes, 6 de mayo de 2008

road trip to mendoza

Una furgo. Nueve amigos. La carretera, una promesa ante nuestros ojos. La nieve. Un puerto de montaña. Un túnel eterno. Cuatro horas en un campo de refugiados también llamado aduana. La gasolina, o su ausencia. El agua, o su ausencia. Patricio, o su ausencia. Argentina. Un sello en el pasaporte. Un sueño cumplido. Quince horas de viaje. DamaJuana. Una mesa de ping-pong. Un local kitsch-rasca-medio fome. Argentina. Dos horas de sueño. Las chicas del viernes. Shopping. Libros y jazz al alcance de la mano. Parrilla. El Barcelona. Los curas con dolor, pero de huevos. Trekking. Rappel. Rafting. Chacras de Coria, o la constatación de que ya peinamos canas. Resaca. Prisas. Nueve amigos. Una furgo. Ausencia de Patricio, ojos esperanzados. La carretera, una condena ante nuestros ojos. Otras cuatro horas en otro campo de refugiados. La nieve. Un sello en el pasaporte. Chile. Viajar. Vivir. Y a rodar.

el futuro ya está aquí

lunes, 28 de abril de 2008

por una noche se olvidó que cada uno es cada cual

de la satisfacción perruna de lo cotidiano

La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero "Hotel de Belgique".

Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el delicado acto de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Chau, querida. Nos vemos.

Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más fácil aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.

Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado esté la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia fuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y que acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Porque te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta que puede arrojarse a cada instante sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.

balada de otoño

Pintaron de gris el cielo
y el suelo se fue abrigando con hojas
se fue vistiendo de otoño.
Llueve, detrás de los cristales llueve y llueve...

miércoles, 23 de abril de 2008

mango antonia y los indios guaranís

Hoy me dió por hacer una entrada mundana. Una entrada que huela a raíces, a tierra mojada, a cosas vivas. Allá vamos.

Esa que ven en la foto es mi apadrinada, Mango Antonia. Ese que la sostiene entre sus brazos es mi amigo, Jesús. Y sí, cuando lean esta entrada valoren el uso de las comas, que en mi escritura nunca es baladí.

Ya dediqué una entrada hablando de Jesús, pero es una de esas personas que tiene la extraña habilidad de sorprenderme siempre de nuevo. Con sus silencios, y con la ruptura de los mismos. Con sus gestos.

Esta es la primera vez en mi vida que soy padrino. No sé si me tocará cumplir esta función en otros momentos, o con otros seres más humanos (quizá humanos demasiado humanos), pero digo de verdad que me llenó de orgullo serlo. Porque entendí el motivo por el que lo era. Y eso es lindo.

Todo ser humano tiene la necesidad de sentirse querido. Principalmente, por uno mismo. Es necesario amarse por encima de todo, pues como me enseñó una amiga italiana, sólo podemos dar de aquello que tenemos, luego para amar a los demás, para respetar a los demás, hemos de empezar por amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Pero colmado este autoafecto, necesitamos (en mayor o menor medida en función de nuestra fuerza) del afecto de los demás. Yo soy una persona que gusta de vivir sola. Siempre lo temí, pues aunque deseaba desearla, en el fondo creía que llegado el momento me daría miedo y la soledad me resultaría pesada. Ahora que recién empecé a conocerla, descubro que la soledad era la amiga que tantos años estuve esperando. Sin embargo eso no ha mermado mi necesidad de compartir mundos.

A veces camino triste por las calles de Santiago, porque no puedo compartir tal o cual rincón con mis seres queridos, o quizá porque no he encontrado aquí a esa persona (o esas personas) con las que desee compartirlos, la verdad es que no lo sé. Sólo sé que ésta pasa por ser otra de mis contradicciones: la necesidad de gozarme viajes, rincones y momentos en soledad, junto a la necesidad de compartirlos, de hacer partícipes de ellos a las personas que amo.

Quizá por eso esta muestra de afecto me llegó hoy con tanta fuerza. Hoy Jesús escribió desde España con fotos de mi guagua y, no sé, algo me resplandeció en el interior. Una felicidad que necesité mostrar mundanamente a través de estas líneas. Y que quise compartir con todos ustedes.

Se me cuiden.

viernes, 18 de abril de 2008

rincon de los canallas, d.e.p.



La semilla de la amistad siémbrala por donde quieras que vayas esta germinará... y en la huella que tú dejaste tu imagen perdurará eternamente...

like dylan in the movies

by daratea

miércoles, 16 de abril de 2008

mademoiselle bouisson

Aún a veces, a medianoche, se la puede ver arrojando piedras contra la fachada de una casa blanca donde ondea, cansada, una bandera azul-blanca-y-roja, con una solitaria estrella en su interior. Algunos, dicen, la han visto derramar lentas lágrimas sucias.

martes, 15 de abril de 2008

j.c.

No puedo apartar mis pensamientos de ti. Me persigues todo el día, como una dulce obsesión. Al abrigo de tu calor he encontrado el consuelo que tantas veces necesito, cuando el mundo me duele más de la cuenta, y me siento un Atlas condenado a soportar su peso. Son años que vuelvo a casa y siempre estás ahí, esperándome, descansando en el sofá, o tumbada en la cama aún arremolinada. A veces nos hemos encontrado por casualidad en el baño, o hasta en la cocina, y el encuentro ha sido aún más maravilloso, más salvaje sin duda. Sabes que siempre vuelvo a ti; hemos andado y recorrido las calles de demasiadas ciudades juntos.

Abandonada como un silencio interminable todas las noches te encuentro, y no puedo dejar de mirarte para comprobar si mis manos aún pueden sentirte, aún pueden dibujarte cuando tu desnudez me besa. Te voy desnudando, sintiéndote cada día más dentro de mí. Me gusta contemplarte sin prisas, saborearte, haciéndote cada día un poco más mía.

Hoy he descubierto al encontrarte de nuevo que soy todavía un niño, con todos mis temores, que sólo tú sabes calmar. Tus palabras son ese bálsamo que me revitaliza a cada paso.

Por eso necesitaba dedicarte esta entrada, compartir este sentimiento; hoy, el día de tu cuarenta y cinco cumpleaños.

Felicidades, Rayuela.

Hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Hay que hacerlo, de alguna manera hay que hacerlo. Tener el valor de entrar en mitad de las fiestas y poner sobre la cabeza de la relampagueante dueña de casa un hermoso sapo verde, regalo de la noche, y asistir sin horror a la venganza de los lacayos.

1968 - 2008 (del imaginario cultural)

¿Qué queda de todo esto? ¿Dónde fueron a parar todas estas luchas, que se repiten, incesantemente, como un eco que ya nadie escucha? ¿Acaso estamos todos condenados, como me recuerda mi hermano homenajeando a Beckett, a acabar convertidos en notarios? ¿Quién se acuerda de Cohn-Bendit, y cuántos coetáneos como él seguirán su mismo sino? ¿A dónde nos condujeron estas luchas, esos puños enguantados al viento, las banderas enarboladas?

En aquel mayo francés, en los días de vino y rosas.


Free at last! they took your life...



...they couldn't take your pride.



Ayer morían en bosnia, anteayer en Vietnam, ahora mueren en Bagdad.


Quizá tenía razón Aute cuando decía que, al final de todo, "queda la música".

lunes, 7 de abril de 2008

de las decepciones cotidianas

Ocurre a menudo que las caídas duelen más conforme la cota que alcanzamos se hace más elevada. En esos momentos, el eco de nuestra caída puede hacerse muy fuerte, y salpicar con demasiada injusticia a aquellos que nos rodean. Nos ocurre diariamente. Quizá abrimos nuestro correo y encontramos una carta de la persona esperada, y todo lo que contiene son las tres líneas que nos dedicó a toda prisa, más de cara a la estadística que buscándolas en el corazón. O quizá es precisamente la ausencia de ese recuerdo, de ese pensamiento, lo que nos duele y decepciona. Y a lo mejor (también quizá) precisamente esa persona, en ese preciso momento, nos pensaba en esta ciudad, o en la tuya, o en la tuya. Pero igual nos salpican las entrañas, y al mostrar nuestra indignación mostramos una vez más nuestro ser bipolar: el que se decepciona, y sufre, y escupe bilis en las calvas de las personas que se cruzan por su acera; y el que ama, aprecia, y reacciona así ante la afrenta no esperada de la persona a la que (aunque no sabe por qué) quiere y, por tanto, exige.

Todos cometemos estos y tantos otros errores, y sabemos que la disculpa, aún sentida en lo profundo, sería un intento más de rebajar nuestro error. Porque huele a formalismo cualquiera sea el tono que adoptemos. Porque la otra persona ya sabe todo lo que puedas justificarle, y-aún-así. Porque toda disculpa me parece una pérdida de honestidad, una falta de respeto hacia la otra persona, porque me parece hablarle desde una esfera distinta, intentar razonar con lo que le arde con un fuego sordo. Por todo eso, y mucho más que no quiero o no soy capaz de explicar, hoy no te pido perdón. Aunque sepa que, desde detrás de este velo, lo estoy haciendo.

Y como dijo el obrero que sólo gracias a ti conozco: Te propongo menos cielo, más abrazo.

filio en chile

Llegó como de la nada. Con su guitarra triste al hombro, como un obrero de la música. Y de repente empezó a cantarle: al amor, al olvido, a esta tierra, al perdón. Se entregó a la inclemente multitud que le exigía sus temas preferidos, mientras el autor intentaba donar al mundo sus nuevas creaciones. La maldición del cantautor se cobró en sacrificio una nueva víctima, y como llegó se fue, con su guitarra un poco más triste al hombro, como un obrero de la música. Y nosotros nos fuimos al rincón de los canallas, donde las paredes se caen por el peso del progreso, pero cientos de notas aún las sostienen en pie. Y fuimos a gritar chile libre, y a comer pernil bañado en maremoto. Y alguien cantaba consignas por un megáfono. Luego fuimos a las cuatro y diez. Y allí alguien cantaba fito. Y silvio, y sabina, y aute. Y entonces alguien tomó otra guitarra triste y cantó brazos de sol. Y nosotros brindamos con alcohol, batiendo los vasos contra la mesa, y pensamos que la guitarra de filio dormiría un poco menos triste. Un inclemente reloj nos recordó que ya peinamos canas, y a las cuatro y diez salimos de las cuatro y diez. Borrachos y decadentes. Y había una chica monísima detrás de la barra.

jueves, 3 de abril de 2008

de la necesidad de tener un tocadiscos

Lo terrible de la saudade es que gusta de atacarte cuando menos te la esperas. Estás tranquilamente sentado en el diván de tu casa, escuchando la trompeta de Baker o el piano de Monk, y de repente empieza a rascarte con su uña fría, rac-rac-rac. O más mundano aún, estás comiendo unos spaghetti alla carbonara, y de repente en un trocito de jamón que cae sobre la mesa te vuelve el olor de ella, o su forma de apoyar los codos en el borde de la mesa.

Hoy me atacó al pasar delante de un negocio de antigüedades. En el fondo del escaparate me estaba esperando un viejo tocadiscos, bastante parecido al que ilustra la fotografía. Su calma espera me recordo la derrota de aquellos que saben que su tiempo ya ha pasado, pero abrazan esta atemporalidad como una postrera recompensa por los años que ocuparon la primera fila de combate. Como nuestros mayores, que sabiéndose condenados al polvo y al olvido, pueden consagrarse a una vida de contemplación y espera de lo inevitable.

En esa calma espera creí encontrar la respuesta a muchas cosas, y deseé llevarme esa sensación, que no ya el objeto en sí, al salón de mi casa, y ofrecerle en sacrificio algunos vinilos cada cierto tiempo, en un homenaje callado a lo que me hizo sentir un día, observándolo desde la otra parte de esa sucia vitrina. Pero esa calma aparente habría de esperar, pues ¿cómo devolver luego tan especial objeto al abandono y al olvido? Y aquí volví a sentir esa comezón en la nuca, y ese rac-rac-rac que me acompaña desde hace ya harto.

Hoy me he sentido un poco más cansado. Un poco más agotado de estas vidas con fecha de caducidad, de estos éxodos voluntarios que te obligan a pasar de puntillas por océanos, tierras y mujeres. Hoy me pesó un poco no poder colgar en mi cuarto ciertos cuadros de Mondrian, o de Klimt, no poder plantar un tronco brasileño en la terraza, o no poder disfrutar de las notas de un tocadiscos cansado puede que hasta ya de sí mismo. Me pesó esta frugalidad, este tener que desprenderme luego de ellos tras once meses cuando ya la relación empiece a ser íntima, cuando ya nos tuteemos.

Porque los primeros meses son un impasse mientras se van concretando los "y sis", porque los últimos son un anticipo de lo que ya no volverá y todo se vive con esa terrible sensación del "ya pa' qué", hoy me sentí un poco más cansado de todo esto. Como hace menos de veinticuatro horas precisamente estos mismos argumentos me reconfortaban. Supongo que será la eterna atracción de los contrarios, la vida como un enfrentamiento entre dicotomías mientras habitamos el más gris de los términos medios.

O será sólo que ese tocadiscos era una maravilla...

lunes, 31 de marzo de 2008

el inconformista visto por morelli

Aceptación del guijarro y de Beta del Centauro, de lo puro-por-anodino a lo puro-por-desmesura. Este hombre se mueve en las frecuencias más bajas y las más altas, desdeñando deliberadamente las intermedias, es decir la zona corriente de la aglomeración espiritual humana. Incapaz de liquidar la circunstancia, trata de darle la espalda; inepto para sumarse a quienes luchan por liquidarla, pues cree que esa liquidación será una mera sustitución por otra igualmente parcial e intolerable, se aleja encogiéndose de hombros.

En un plano de hechos cotidianos, la actitud de mi inconformista se traduce por su rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a traición, a estructura gregaria basada en el miedo en las ventajas falsamente recíprocas. Podría ser Robinson sin mayor esfuerzo. No es misántropo, pero sólo acepta de hombres y mujeres la parte que no ha sido plastificada por la superestructura social; él mismo tiene medio cuerpo metido en el molde y lo sabe, pero ese saber es activo y no la resignación del que marca el paso. Con su mano libre se abofetea la cara la mayor parte del día, y en los momentos libres abofetea la de los demás, que se lo retribuyen por triplicado. Ocupa así su tiempo con líos monstruosos que abarcan amantes, amigos, acreedores y funcionarios, y los pocos ratos que le quedan libres hace de su libertad un uso que asombra a los demás y que acaba siempre en pequeñas catástrofes irrisorias, a la medida de él y de sus ambiciones realizables; otra libertad más secreta y evasiva lo trabaja, pero solamente él (y eso apenas) podría dar cuenta de sus juegos.

viernes, 28 de marzo de 2008

jueves, 27 de marzo de 2008

cambio gritos por susurros

y la vida, alrededor

miércoles, 26 de marzo de 2008

lunes, 24 de marzo de 2008

compartir es vivir (sic)

Quien me conoce, y aquel que navega entre estas líneas así lo hace, sabe que si hay una palabra que define mi modo de pensar, esa palabra es "contradicción". La eterna bi, tri, o multipolaridad de cualquier mirada, de cualquier forma de entender el mundo, me afecta y ataca cuando menos lo espero. Quizá por ello la inquietud es mi más antigua compañera de viaje. Quizá por ello temo exponerme a los demás tanto como temo exponerme ante mí mismo. Dentro de este discurso de la multipolaridad, siempre entra en escena el de la honestidad, aunque quizá aquí comience un nuevo vano intento de compartir mundos. Pero hoy me levanté prosaico, así que trataré de deconstruir esta idea largamente rumiada, en un discurso mínimamente inteligible. Y para ello, como se nos enseña desde la mayeútica socrática, quizá no haya nada mejor que acudir a un simple ejemplo.

Esta semana santa la pasé en un festival. Ya la acción es arriesgada: un festival supone siempre un mundo semicerrado, un lugar de encuentro entre asiduos y de desencuentro entre despistados, una expresión artística que, como todas, maneja su propio código. Pero aún así ocupamos el asiento de ese grupo de despistados, y allá fuimos a ver exactamente en qué consistía eso de "salvar la tierra".

Con tan sugerente título, sabía que una vez más iba a enfrentarme a mi más temida contradicción, a un nuevo ataque de la honestidad. Diez mil personas reunidas bajo la modesta idea de salvar la tierra. Como no, el espectáculo estaba garantizado. Carpas en las que se practicaba yoga, muchas rastas al viento, impúdicas jovenes paseando sus velludas axilas con la más despreocupada de las vergüenzas, tatuajes totémicos y cuerpos perforados. No sé por qué, pero todo eso me causa de base algún tímido rechazo. Para tratar de explicarlo, diré que lo veo como cuando en una capea (para el profano, digamos que es una corrida con una vaquilla, en la que esa es suficiente excusa para beber y comer hasta entrada la noche) se reúnen jóvenes de alta alcurnia, para festejar sus millones y su status. En ellas, encontramos los mismos aunque opuestos lugares comunes: vaqueros ajustados indefectiblemente celestes, con camisa de cuadros remetida, cinturón con la bandera de España y algún toque de azul-PP, pulserita en la muñeca, desde LiveStrong hasta Viceroy en función de la moda odierna, caracolillos en la nuca o marcada raya en la parte derecha de la cabeza, y un insoportable olor a aftershave.

Es ese habitar lugares comunes lo que me hace, por naturaleza, intuir la traición. ¿Cómo compaginar diez mil personas dispuestas a, simplemente, salvar la tierra, si luego a la hora de tomar el repleto tren de regreso no les alcanza la solidaridad ni para dejar pasar primero a la mujer que sostiene un niño entre los brazos? ¿Cómo compaginar esas diez mil almas llenas de buenas intenciones, con la insolidaridad posterior del criticar el mundo desde fuera, desde sus torres de marfil, amparados en un pasotismo que les permita vender cocos en una playa de Cancún? ¿Cómo no intuir la traición cuando todo huele a esa invasión magnánima del redil ajeno, bumerang ontológico destinado a enriquecer en última instancia al que lo suelta, a darle más humanidad, más santidad?

Me he habituado con los años a convivir con esta suerte de amargor, con esta contradicción innata entre querer actuar, pero intuir la traición que espera en cuanto cedamos a la palmadita en la espalda, al sufrimiento compartido, a la lamentina vacía y a la doble moral del día a día. Temo que, como en tantas cosas en la vida, éste no sea sino un nuevo prejuicio, porque a veces, profundizo en esos portadores de bumerangs ontológicos, y encuentro algo de honestidad, sin duda mucha más de la que creo que vive en mí mismo. Pero casi nunca son personas que exteriorizan su credo. Huyen de los clichés, su pelo sigue un corte indiferente a las tendencias de grupo, incluso algunos se pasean por la ciudad con corbata, o confiesan haber estudiado económicas. Esas personas que basan su lucha en algo más que el reconocimiento en el redil, dan algo de honestidad a todo este movimiento, a esa inquietud latente. Y esta semana profundicé en al menos cuatro personas que así me hicieron sentir. Y ésas saben quienes son.

Cuando algo me marca, siempre suelo asociarlo a alguna realidad. Un paisaje, un olor, la melodía de una canción, una mujer. Esa realidad me está siempre esperando donde menos pensé encontrarla, y no es hasta la vuelta que descubro que era ésa, y no otra, la que habría de marcar a fuego el recuerdo. En este caso fue una frase, perdida en medio de una canción que no conocía, cantada en el andén de una estación, un domingo de marzo. Que no quiero dejar de compartir con vosotros. Porque a mi también, aunque de otra manera, Latinoamérica me duele.

no soy un hombre de ideas

miércoles, 19 de marzo de 2008

ella, de la a a la z

Difícil esta entrada... Es como tratar de contener el infinito en un pequeño frasco de cristal, mezclarlo con unas gotitas de nostalgia, unos polvitos de melancolía, una pizca de sensibilidad, y sacar un brevaje digno de la persona que lo ha de recibir. Será difícil esta entrada...

Para entenderlo, ustedes se han de imaginar al Sandmann como un animalito pequeñajo, quizá un roedor o un lemming de los de Daratea, eternamente temeroso de exponerse, de permitir que intuyan el vacío que él mismo cree llevar dentro. Han de imaginarse al Sandmann así, empequeñeciéndose a cada palabra, a cada clack clack clack del polvoriento teclado de su escribanía.

Cuando el Sandmann teme la luz del sol, toma una máscara veneciana, y sueña con ser un gran conquistador o un valiente buscador. De tanto ajada que está por el uso, muchos lo ven por la calle y creen reconocerlo en el disfraz. Mirad, dicen, allá está el Sandmann, mirad con que seguridad camina, él sí sabe adonde va. Y el Sandmann, ocultando su cara tras sus débiles pezuñitas, se teme y se lamenta. No dirían lo mismo de mí si caminara con mi rostro, esplendoroso bajo el sol de invierno.

Por eso el Sandmann se oculta, habla a través de sus alter ego, comparte mundos interiores tratando de buscar la exteriorización que mentes más preclaras que la suya consiguieron. Busca una voz propia entre líneas que le asombran por su brillo. Y estas fueron las que encontró para ella.

A de Amargura
El se detiene, se gira durante un momento, mira detrás suyo. El busca, aguarda…espera que alguien le siga. Le encantaría verla correr hacia él…pero nada…El está sólo.
Sin duda, han esperado demasiado…los dos. Sin duda, es demasiado tarde para esperar sea lo que sea. Sin duda el destino no quiere concederles una década más.
¿Es esto la amargura?

K de Kaleidoscope
Ellos se buscaban sin encontrarse. Como en una galería de espejos, como en un caleidoscopio gigante. Eran hermosos, sus reflejos, tan hermosos…tanto que parecían reales sus dulces sonrisas que se reflejaban hasta el infinito…
Las risas y miradas llenas de ternura se multiplicaban, su alegría creía que también se encontrarían. Pero a veces, ellos mismos no encontraban sus reflejos, y entonces ambos tenían miedo.
Y si el caleidoscopio podía multiplicar la alegría, podía también multiplicar el dolor, la pena las lágrimas…
Hacía mucho que ellos se buscaban el uno al otro…

De la A a la Z, tu nombre. Todos los pasos que diste, e incluso aquellos que no diste. Todas las ausencias guardadas, todas las esperas traicionadas. De la A a la Z, tu nombre.

Brillas con una luz que te es propia, tienes los ojos tan abiertos para captar todo, que a veces no te das cuenta de que te dieron la vuelta y se te cerraron. Ya dijo el maestro que con el tiempo uno acabo siendo esclavo de esto, o favorito de aquello, y no ve una lámpara que sujete inertes hojas de plátano. Quizá eso sea un poco lo que me pasa a mi también, por eso nos encontramos sin buscarnos, pero cuando nos buscamos no nos encontramos. Quizá todo se trate un poco de dejarse vivir, lo que algún otro más prosaico llamaría relajarnos. Los seudópodos bien sabía el genio que eran finitos, que jamás podrían abarcar toda la biblioteca de Alejandría. Nos llevo años comprenderlo, o quizá aún no lo hicimos. Por eso cuando viajamos en tren aplastamos la nariz contra los vidrios, en un intento de aprehender todo lo que danza allá afuera en la oscuridad.

De la A a la Z, nuestra historia. Con todos los pasos que dimos, y sobre todo aquellos que no dimos. Con todas las ausencias guardadas, y con todas las esperas traicionadas. De la A a la Z, el infinito.

Desde el Sur

Santiago de Chile se despierta entre montañas.

Dos semanas en Chile. Una semana en Santiago. Una semana en la región de Coquimbo. Dos semanas ya en Chile. Quién lo diría.

Hace un tiempo soñaba con vivir al menos un año en Sudamérica, pero lo veía como algo lejano, algo que ocurriría sólo con el paso de los años y cuando ya no me movieran ciertos intereses y ciertas inquietudes que me trajeron hasta acá. Y sin embargo, acá estoy. Uno de estos días viajaba en auto por la ruta Panamericana, con el Pacífico al Oeste y la cordillera andina al Este, por carreteras interminables que se perdían a la vista entre lomas que dibujaban el paisaje chileno, y de repente fui consciente de que a veces algunos de nuestros sueños acaban por hacerse realidad.

Resumir de forma exhaustiva cada una de las experiencias que ya empecé a tener acá nunca fue mi modo de compartir mundos. Los olores, la cruda arena que curte la piel del campesino, el viento oceánico que seca las intimidades que cuelgan de las ventanas, las olas de un océano que te cubren de fuerza y vida, las estrellas, divisar la Vía Láctea desde la arena de una playa en medio de nada, y el cinturón de Orion guiando a los marineros del Sur, los troncos retorcidos en busca de un agua que no hay, y de un refugio que los proteja del viento. Son sólo matices, sugerencias, aromas, sedimentos que esta tierra comienza ya a dejar en mi vida.

Del resto, los amigos con los que compartes mundos y las diferentes formas de verlo. Conversaciones de humo al único abrigo de un vaso de pisco. Las primeras confidencias y las últimas traiciones. La intuición de alguna uña que no daña pero aterra. En fin, la vida diaria pero en otro país, en otro continente, con otra gente nueva que de alguna manera suponen un nuevo estímulo para seguir conociéndote un poco más a ti mismo. Al final acabas por entender que cuanta más gente conoces y más mundos compartes y diverges, al fin todo se reduce al autoconocimiento y a la evolución personal. Los demás como el espejo al que nunca quisimos mirar, pero que siempre nos sedujo.

Del resto, siendo siempre yo. Un Sandmann que más que adormentar con granitos de arena, intenta despertar un poco la inquietud, el torbellino, el mundo de los “y si”, la esperanza de una vida más allá de la hipoteca y el horario de oficina, de negros y blancos que huyan del monótono gris vital que tanto impera, del desasosiego pero la calma profunda del desequilibrio. Del resto, encontrando gente que admira tu modo de pensar, que no siempre coincide con el de actuar, pero teme dar el paso, y sumas una nueva decepción a tu ya atiborrada maleta de viaje. Del resto, ya me conocen bien como para que siga aburriéndoles.

Desde el Sur, pidiéndoles que cada tanto miren un mapa del mundo, recuperen el globo terráqueo que otrora siempre hubo en cada casa, o los más actualizados a través de google earth, e imaginen a un amigo que sube y baja por las tierras de Chile, entre polvo, viento, maleza y sol, pensándoles más a menudo de lo que puedan creer, desde ese Sur, se despide su amigo Sandmann.

lunes, 3 de marzo de 2008

Jes

Jesús se desnuda, y yo abrazo con él la desnudez.

No siempre es fácil expresar lo que llevamos muy dentro. En algunas ocasiones especiales, las relaciones se basan en los silencios, en las verdades íntimas compartidas, como cuando nuestros padres se miraban en años de dictadura, sentados a la mesa de unos suegros recios, y compartían inquietudes y esperanzas.

En la carta que Jesús quiso compartir conmigo (y de la que no arriesgaré a ilustrar algunas líneas, pues me merecen los más profundo respeto y admiración), algunas de esas verdades que los dos sabemos, que los dos sentimos, fueron verbalizadas. No siempre es fácil verbalizar lo que sentimos. A veces lo tememos porque, al hacerlo, dotamos de realidad aquello que nos asusta o inquieta. Otras veces, porque pensamos que al hacerlo real pueda evaporarse esa magia que lo sostiene, que lo sustenta (Roma, en tiempos de Marco Aurelio, era sólo un sueño que, si no lo susurrabas a baja voz, corría el riesgo de desvanecerse).

Entre chicos (me resisto aún a decir entre hombres), verbalizar lo que sentimos, hacer patente lo latente, cristalizar los sentimientos, es todavía más difícil. Hablar de Daratea es insultantemente sencillo, basta dejar volar la imaginación. Hablar de Liz requiere alguna ignota dificultad, pero transportado por su olor puede alcanzarse un cierto punto desde el que llegar a una suerte de comunicación. Líneas sobre otras personas queridas irán surgiendo con la resistencia o fluidez que dicte la siempre esquiva inspiración. Pero sin duda, desnudarse ante los ojos de una mujer es más sencillo que ante la gemela mirada de un compañero. Por eso valoro tanto estas letras de mi amigo Jesús. Por eso le digo que podría suscribir todas y cada una de las líneas que me dedica. Y por eso, le confieso que no podría encontrar mejores palabras que las que me ha dedicado.

Si hay algo que siempre he admirado de él, son sus innatas sencillez y humildad. Con más motivos para ser admirado que cualquier persona que conozca, se alimenta por igual de la satisfacción del triunfo silencioso y del callado reconocimiento. Nunca gustó de las exaltaciones de su brillantez. Nunca alardeó de su terrible bondad, ni de su candidez humana. Nunca lamentó su retraso en la entrada al mundo adulto, ni el rechazo de aquellos que no alcanzaban a tolerar su genialidad. Convivió con esos y con otros obstáculos, y cuando los superó con gallardía y voluntad, nunca se ufanó de ello, ni cayó en las redes de la venganza. Quizá por la satisfacción del triunfo silencioso, todos los días se levanta y se entrega con amor y devoción a la vida. Quizá por eso le sonríe, y la recibe con gozo. Quizá por eso, la toma y disfruta más de lo que cualquiera de nosotros hacemos. Quizá por eso lo admiro, y busco en su aprobación la esperanza de que este viaje, el viaje de la vida, siga teniendo algo de sentido. Y junto a él, Brindo por lo desconocido.

sábado, 23 de febrero de 2008

al final de este viaje


Sentenciaba Cortázar:Todo lo que se escribe en estos días y que merece la pena leer, está orientado hacia la nostalgia.

Esta escena pertenece a la maravillosa Un lugar en el mundo. Justo antes de que el chico gire las riendas de su caballo, para escapar del desgarro que supone siempre una marcha, el en un principio cínico geólogo encarnado por Sacristán le regala una luz ultravioleta, con la que poder desentrañar el alma de las piedras. El chico, en su despedida, le agradece: Gracias por la luz, dándole pie a una no menos genial despedida: Gracias por el viaje.

Para todos aquellos que vivimos de la luz que nos dan nuestros compañeros de viaje.

Con la esperanza de que, algún día, encontremos un lugar en el mundo.

os llevo en mi tambor

Todos saben que las aves migratorias
siempre encuentran
el camino de regreso.

la sinceridad de los polos opuestos

(el Sandmann, a las 5 de la mañana y en un estado de embriaguez semi-comatoso, tras una conversación entre lo surreal y lo anecdótico con Liz Norton, se decide a recrear las siguientes memorias, reflejo de una noche de jazz y de humo, en un local llamado Taifa)

Daratea dixit: la cosa es que Sandmann es un poco tío-tía.

Sandmann, interrumpiendo su ebrio discurso para apreciar la trompeta de Chet Baker, añade: hombre, Daratea, aquí lo que está claro es que tú eres una tía-tía. Liz, tú eres una tía. Y medio-limón, tú eres una tía-tío.

Daratea apostilla: Sí, eso es un poco lo que pasa: es tan importante compartir mundos! (sueña Daratea). Yo, como tía-tía, estimulo a mi pareja, la introduzco en mi torrente de creación, pero, sabes Sandmann? en el fondo estoy un poco a la espera de ese tío-tía que me estimule, que me arrastre un poco, y dejarme llevar yo por esa corriente que me supere.

Sandmann, hipertérrito, añade: Pero en el fondo al final acaba saliendo nuestro yo natural. La naturaleza nos puede, y aunque saudemos con un tío-tía que nos arrastre, en el fondo nos acabaría quemando. Nuestra naturaleza nos revienta, y al final, como le paso a Liz, por defecto y por exceso, acabamos quemándonos.

Liz, con su sonrisa de vendedora de fósforos, interviene: Lo que yo saco en claro de todo esto es que yo soy una tía-gris. En el fondo, tu postura como tía-tía o como tía-tío depende del contexto en que te metas. Con alguien puedes ser tía-tía, pero con otro puedes ser tía-tío en función de los roles que adopte cada uno. (Como se puede ver, su formación de post-grado derriba nuestros tristes clichés preestablecidos, podres mortales estudiantes de grado...).

Sandmann, con su cariño incolume, la tranquiliza: No es eso, chica. Tú puedes comportarte como quieras en función de "la circunstancia", pero al final, tu naturaleza te revienta, y necesitas de un tío-sólo-tío que de alguna manera te complete y te permita desarrollarte como tú eres.

Liz, implacable en su postura, concede: Entonces estamos sólo divagando sobre mi teoría de los equilibrios!

Daratea, que tras cuatro párrafos sin intervenir ya se quiere comer la mesa que sujeta más de una docena de botellines, salta: Claro, pero por eso es tan importante saber si tú eres tía-tía, tía-tío, tío-tía, o tío-tío!!! Yo me quejo porque comparto mis horas con un tío demasiado tío.

Liz se lamenta en baja voz: Qué me dirás a mí, que hasta se enorgullecía de su hombría de tío-tío...

Daratea continúa: Yo quiero alguien que comparta conmigo sus mundos. Que yo le diga "saudade" y vea en sus ojos algo de comprensión, que se emocione con las últimas líneas de este o aquel libro. Pero en el fondo, yo Tengo que llevar ese papel. Luego alguien así sería superior a mis fuerzas y acabaría por agotarme.

Medio-limón, estupefacta ante las rayaduras de sus contertulios, aventura: Pero en el fondo de lo que estáis hablando es de ser activo o pasivo, de arrastrar o de dejarse llevar.

Sandmann, que detesta ocupar un segunda plano, tío-tía hasta la médula, añade: Pero no es sólo eso. Tío y Tía son sólo unos términos. Desde la prehistoria (arriesga con el dato temporal...) el hombre ha sido el cazador, enfocando su mirada en un punto, y haciéndose especialista en ello. La mujer, recolectora por naturaleza o cultura, tenía una visión periférica, luego abarcaba en su mirada un espectro mucho más amplio y más rico de la realidad.

Daratea lo secunda: Es un poco como tu padre, acomodado en el sofá con su tele y sus periódicos, y tu madre, que desea compartir sus preocupaciones e inquietudes más allá de como ella misma las ve.

Medio-limón, un poco escéptica e incluso terminológica, cierra: Yo lo que no entiendo es la terminología, en el fondo ni tío ni tía ni ná!! Lo que estais hablando es de ser activo o pasivo en una relación!

A baja voz, se oye lamentarse al Sandmann: Del vano intento de compartir mundos... En el fondo, todo está en el blog...

jueves, 14 de febrero de 2008

del vano intento de compartir mundos

Navegando por las páginas del Cementerio, el heterogéneo grupo de "The Searchers", conformado por Daratea, por Liz Norton, y por el Sandmann que esto suscribe, jamás encontró palabra equiparable a la lusa "Saudade", que gusta de atacar al final de los ciclos, cuando nos asomamos al borde de los abismos futuros. Nostalgia, añoranza, melancolía, quizá la contenían, pero sin duda la rebajaban. Animados por Enigmario probaron con la bucólica "morriña", pero trayéndoles recurdos de vacas pastando en un prado eterno, decidieron rechazarla. Desolados, decidieron contactar en tercera persona con el ínclito Lázaro Carreter, D.E.P., quien accedió tras sus acaloradas explicaciones, a introducir la voz Saudade en el Cementerio, bajo el siguiente texto expiatorio de Pessoa, descubierto por Liz Norton en una de sus noches blancas:

Tengo el cansancio anticipado de lo que no voy a encontrar. Si en determinado momento me hubiera vuelto para la izquierda en lugar de para la derecha. Si en cierto instante hubiera dicho sí en lugar de no, o no en lugar de sí. Si en determinada conversación hubiese tenido frases que sólo ahora en el entresueño elaboro. Si todo esto hubiera sido así hoy sería otro y quizá el Universo entero sería insensiblemente llevado a ser otro también. Pero sólo ahora lo que nunca fui ni seré me duele. Voy a pasar la noche a Cintra porque no puedo pasarla en Lisboa pero cuando llegue a Cintra me va a dar pena de no haberme quedado en Lisboa. Siempre esta inquietud sin resolución, sin nexo, sin consecuencia. Siempre, siempre, siempre. Esta angustia excesiva del espíritu por nada. En la carretera de Cintra, o en la carretera del sueño, o en la carretera de la vida. A la izquierda hay una casucha al borde de la carretera. A la derecha, el campo abierto con la luna a lo lejos. El auto que parecía hace poco proporcionarme libertad es ahora algo en lo que estoy encerrado. A la izquierda, hacia atrás, la casucha modesta. La vida allí debe ser feliz sólo porque no es la mía. Si alguien me ha visto desde la ventana de la casucha soñará: ese que va en el auto es feliz.

El Sandmann, en su eterno alegato borgiano, consiguió introducir, en caracteres minúsculos, el siguiente epitafio:

Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swinburne, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Ilión fue, pero perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

liz norton

Las limitadas letras se unen entre sí para crear palabras, que se cuentan por millones entre las múltiples lenguas. Estas se combinan para dar lugar a la implacable frase, cuyos límites parecen ya infinitos. No obstante, como nos aclaraba un ciego Borges en "El inmortal", No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea.

Cuando intento hablar de ella, el lenguaje (o al menos la más imperfecta de sus formas: el lenguaje escrito) muestra más que nunca esta misma limitación que aqueja al arte, e intentar comprehender el infinito que supone su sonrisa o su mirada en unas pocas líneas se me antoja una herejía. No obstante siempre he sido un poco hereje.

Entre sus pequeñas idiosincrasias se cuenta la de ser una habitante de la nostalgia de cabellos plateados. Liz Norton tiene la habilidad de llenar con su presencia la sala en que se encuentra. Con los alargados brazos de una hiedra venenosa, te pica en las noches de insomnio como una rueca urbana, y ya para siempre eres un exiliado de su presencia, de su olor. No cuesta imaginarla sentada a su piano, regalando notas a la noche de Granada, bebiendo un eterno té, y navegando por sus sueños, quizá con demasiado miedo para dar este paso y este otro para alcanzarlos, con ese ancestral temor a si misma, ese temor de defraudarse, de no llegar a ser quien de hecho ya es. Cierras los ojos y estás allí, a su lado, dejándote arrastrar por sus cálidas notas, observando la silenciosa espalda sobre la que descansa su pelo. Con Liz las distancias no importan. El recuerdo de su olor es tan vívido que basta para tenerla siempre a tu lado. Kilómetros, ciudades, circunstancias, nos han separado quizá más de lo que fuera justo. Nuestros caminos vuelven a divergir en este Febrero tramposo de sol y viento, pero una vez más, se que su olor me acompañará hasta esa tierra de roca y sal que es el sur de América. Y cuando desde mi ventana contemple la majestuosidad de los Andes que asedian Santiago, viajaré hasta Granada, esa ciudad hermana igualmente acorralada por símbolos de invierno, para dejar que su veneno se me inocule un poco más. En este juego sin fin que jugamos desde hace ya tanto.

miércoles, 13 de febrero de 2008

del arte de piet mondrian

Desde sus orígenes, el arte fue concebido como un intento de plasmar la realidad. Esta realidad podía ser interpretada por el artista de diversas maneras, y así ha sido durante decenas de siglos. Desde el hiperrealismo de Millet hasta el surrealismo de Picasso, los dos últimos siglos han sido especialmente fértiles en cuanto a las formas de plasmar este mundo con que se confrontaba la mirada del creador. Sin embargo, el artista siempre se ha enfrentado a una última limitación. Ya fuera en el vetusto mármol o en el impeclable lienzo, la obsesión del artista era captar en ese espacio finito una escena, un pedazo de la realidad que observaba, fuera cual fuera el modo de interpretarla. Así, el arte se enfrentaba a un eterno límite con el que lidiar.

El arte de Piet Mondrian consiste en superar ese límite ancestral. Sus cuadros abarcan el infinito. Sus cálidos rojos, el equilibrio de sus azules y la inestabilidad del amarillo, junto al omnicomprensivo negro y al más puro blanco, se abren a lo eterno. El epicentro del arte de Mondrian nunca se encuentra encerrado en los límites del caprichoso lienzo. Este va más allá, supera el último límite que le quedaba al arte: el de la comprensión del infinito en lo finito. El espectador se convierte en creador, al dibujar con su mirada aquel resto de la realidad que el genio plasmó sobre su caballete. El arte de Mondrian tiene vocación de eternidad, pues a cada nuevo visitante, sus cuadros se reinventan en las salas de los museos que, silenciosas, custodian los lienzos que derribaron la última de las barreras que limitaban al arte.

lunes, 11 de febrero de 2008

daratea

Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.
- Escucha - me decía, tomándome de un brazo-, ves esa ventana? No la hallas chorpatélica?
- Y qué significa chorpatélico?
- Yo tampoco lo sé, pero hay que darse cuenta de lo que es o no es chorpatélico. De otra manera uno está perdido. Mira ese perro, qué chorpatélico es!

Intentar hablar de Daratea resulta tan difícil como imaginar una vida sin ella. Incluso las palabras de Neruda la rebajan, limitan el torrente de creación, de evocación, de vida, que era Daratea. Caminar con ella por las calles de una ciudad que conoció el esplendor y la humillación, mantener una conversación sobre el perechorno en el matrominio y el cuatrimonio, y sufrir insólitas interrupciones porque la columna de humo que se levanta en el horizonte adquirió la forma de un armiño, eran placeres que serán difícil de sustituir. Compartía con placer y sin racanería sus líneas más memorables, te hacía partícipe de su último descubrimiento literario con la misma pasión con que luego desdeñaba una conversación sobre él, porque en su mente ese autor formaba ya parte del pasado. No recelaba de sus miedos, pero sólo los compartía enmascarándolos de juegos, como la rayuela que tanto le gustaba saltar. Reía con violencia y hasta con generosidad. Escapaba de la prisión de los relojes, sabedora de que quien te regala un reloj te regala un infierno florido. Se fue sin mirar atrás, corriendo en busca de un destino que ni ella misma comprendía, movida por la misma fuerza interna que, en tardes de Avenida, conoció en esos lemmings que buscan el océano que sacie su voracidad interior.

del miedo a ver lo que intuimos

Vivimos rodeados por el abismo. A cada paso, a cada mirada, nos asomamos a un nuevo abismo, a lo desconocido.

En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.

Scottie no pudo evitar mirar al abismo a los ojos. Cuando conoce a Madeleine, se enamora inmediatamente de esta presencia etérea, y tras perderla, cree intuir en los ojos de Judy la sombra de la mujer que conoció. Se enfrentó sin miedo a ese último e irrefrenable vértigo: el vértigo de saber como será mañana el rostro de la persona que amamos. Y ello le llevó a perderla, quizá el único destino posible para el que se atreve a mirar. Las relaciones personales, y entre ellas las de pareja como máximo exponente, tienen mucho de este pre-conocimiento, de esta presciencia. Intuimos en los silencios de la persona que acabamos de conocer su incapacidad para el compromiso, su tendencia a la traición furtiva, su implacable sed de individualismo. Intuimos estas realidades desde el primer minuto, apenas al primer vistazo ya sabemos quién nos traicionará, y quién nos respaldará hasta este paso pero no el siguiente, quién irá más allá de lo esperado, y quién estará siempre allá donde ya ni se le espere. En la sombra de cada movimiento, en el reverso de cada sonrisa, en el envés de cada gesto, se pueden intuir las futuras traiciones. El problema es el miedo. El miedo a asomarnos a ese abismo, a tomar las riendas de nuestras vidas y hacer este movimiento y no aquél, cuando aún el motivo no ha sido expuesto, cuando la razón aún no ha sido manifiesta. Ese miedo ancestral gobierna nuestras vidas.

Todo está ahí a la vista, en realidad todo es visible desde muy pronto en las relaciones..., basta con atreverse a mirarlo, un solo instante encierra el germen de muchos años venideros y casi de nuestra historia entera..., y si queremos la vemos y la recorremos ya, a grandes rasgos. Pero nadie quiere ver nada y así nadie ve casi nunca lo que está delante, lo que nos aguarda o depararemos tarde o temprano... Intentamos que las cosas sean distintas de lo que son..., nos empeñamos insensatamente en que nos guste quien nos gusta poco desde el principio, y en poder fiarnos de quien nos inspira desconfianza aguda, es como si a menudo fuéramos en contra de nuestro conocimiento, porque así lo sentimos muchas veces, como conocimiento más que como intuición o impresión o corazonada, nada tiene que ver todo esto con las premoniciones, no hay nada sobrenatural ni misterioso en ello, lo misterioso es que no atendamos. Y la explicación ha de ser simple...: es sólo que sabemos, y lo detestamos; que no toleramos ver; que odiamos el conocimiento, y la certidumbre, y el convencimiento; y nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre...

la uña fría que rasca la cabeza

quiero recorrer la panamericana desde tierra de fuego hasta las gélidas tierras de alaska, quiero bañarme en las aguas del río ganges, dejarme llevar por la corriente del nilo, sumergirme entre rocas y musgos en el eterno mississipi, descender el amazonas desde los andes del perú hasta el delta de brasil donde besa el mar, quiero penetrar en todos los rincones de la selva, y hablar todas las lenguas que siglos de silencios han conocido, quiero escalar todos los ochomiles, y descender a cinco mil metros en la oscuridad del océano, en busca de los tesoros que los hundidos navíos portugueses albergan, quiero vivir en la antartida, rodeado de eternas montañas de hielo, y en la remota pampa de polvo y atardeceres, quiero vivir en un infame ático neoyorquino, y ser vagabundo en central park, quiero compartir cartones de vino con los clochard de paris, y habitar la buhardilla más posmoderna de esa ciudad eterna, quiero pasar el resto de mi vida en roma, en madrid, en buenos aires, en sevilla, y en todas ellas quiero vivir solo en un piso de soltero, pero a la vez quiero compartir mi vida ya con ciertas españolas, más de una italiana, e incluso alguna francesa, quiero conocer todos los secretos de la milenaria cultura china, ser un anacoreta que viva en una cueva de australia o del oeste americano donde sólo llegan los viajeros perdidos, quiero ser escritor y legar líneas memorables, quiero ser músico y tocar la sexta de bruckner en el carneggie hall, pero también sentir las cuerdas de mi guitarra en la soledad de un parque tailandés, quiero ser médico en áfrica, y sentirme útil al menos un día de mi vida, quiero ser hijo único, y quiero tener docenas de hermanos a los que visitar las tardes de domingo, quiero ser corredor de fondo e ir andando desde faro hasta kamchatka, quiero ser ciclista y compartir paseos con mi padre, quiero leer toda la obra de dostoyevsky, devorar todo joyce, pero a la vez quiero consagrarme a la obra de cortazar y borges, leer eternamente las páginas de el túnel, admirar la obra poética de miguel hernández y no sentir el vértigo que siento al acercarme a la de Lorca, quiero visitar a todos mis amigos de malta, vivir con los de roma, no perder el contacto con los de perú, conocer la vida de los de padua, seguirla viviendo con los de sevilla, y empezar a vivirla con los de chile, quiero ser pintor y ver mis obras expuestas en un tugurio londinés, y compartir soledades y pinceladas con los que comparten la pasión por las líneas de mondrian, por la rabia de pollock, por la desazón de pablo ruiz, quiero conocer el nombre de todas las estrellas, y ser marino y que ellas sean mi única guía en alta mar, quiero mearme en mis pantalones carcomidos cuando el monzón me pille recolectando papas en manila, quiero sembrar todos los campos de sudán y ayudar a que algo crezca en esa ingrata tierra, quiero ser voluntario en la planta de oncología, y dispensar medicinas y esperanzas a los familiares que nunca pierden la sonrisa, quiero ser lingüista y descubrir con placer una etimología, quiero jugar una eterna partida de ajedrez con mi maestro, leer cuentos en las aldeas donde no llega más luz que la del sol, y ayudarlos en la cosecha y en la siembra, quiero volar una cometa en la isla de kiribati, donde comienza el año y se renuevan las esperanzas, y vivir seis meses de oscuridad en cabo norte, o más allá, en la helada svalbard, quiero creer en algo, o en alguien también, quiero que esta lista se acabe, y quiero que esta lista sea eterna, pues sólo a la eterna búsqueda llegará el día en que encontremos algo.

Imagino al hombre como una ameba que tira seudópodos para alcanzar y envolver su alimento. Hay seudópodos largos y cortos, movimientos, rodeos. Un día eso se fija (lo que se llama la madurez, el hombre hecho y derecho). Por un lado alcanza lejos, por otro no una lámpara a dos pasos. Y ya no hay nada que hacer, como dicen los reos, uno es favorito de esto o de aquello. En esa forma el tipo va viviendo bastante convencido de que no se le escapa nada interesante, hasta que un instantáneo corrimiento a un costado le muestra por un segundo, sin por desgracia darle tiempo a saber qué,
le muestra su parcelado ser, sus seudópodos irregulares,
la sospecha de que más allá, donde ahora ve el aire limpio,
o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción,
yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro
me estoy esperando inútilmente.
A la ameba a uso nostro lo desconocido se le acerca por todas partes. Puedo saber mucho o vivir mucho en un sentido dado, pero entonces lo otro se arrima por el lado de mis carencias y me rasca la cabeza con su uña fría. Lo malo es que me rasca cuando no me pica, y a la hora de la comezón —cuando quisiera conocer–-, todo lo que me rodea está tan plantado, tan ubicado, tan completo y macizo y etiquetado, que llego a creer que soñaba, que estoy bien así, que me defiendo bastante y que no debo dejarme llevar por la imaginación.