jueves, 29 de mayo de 2008
wishful thinking, quizá...
viernes, 23 de mayo de 2008
carta abierta a américa latina
Lo siento mucho, pero necesito este gesto de deshonestidad brutal. Necesito expresar lo que me arde por dentro, aunque al hacerlo esté traicionando quizá ese sentimiento, lo esté haciendo público y, al verbalizarlo, convirtiéndolo en otra cosa: en una oda para despertar la admiración de quien esto pudiera leer, o en un intento de que se me considere una persona buena, una persona "que se preocupa", de sentimiento. Un buena persona, como diría mi madre. Sé que este grito al viento no es un grito desgarrado, pues esos son siempre silenciosos y personales, pero es un grito que me arde en las entrañas, y que necesito escribir, para poder volver siempre a él, para evitar caer en la relajación, en la comodidad de las zapatillas de pelo y la afeitadora en la pileta. Además, me importa bien poco lo que puedas pensar a este respecto, lector, son entrañas que escupo y que no me importa que me salpiquen a mi mismo, pero que ahora mismo me están envenenando en el silencio de mi boca, esperando para ser vomitadas como bilis sobre las calvas de las personas que transitan las avenidas.Perdóname, Latinoamérica, te he fallado y te he traicionado. Me dueles. Me dueles cada día más. Cuando cruzo tus tierras y veo esos ojos de miradas perdidas, esas manos ajadas de tanto arar tu tierra, de tratar de sacar de tu frío y tu polvo algo que alivie su voracidad primitiva, esos rostros quemados por tu inclemente sol que no entiende de treguas. Pueblos desolados cubren tu riqueza natural, vías que no conducen ya a ninguna parte te atraviesan, casas que de tan vencidas amenazan a quienes encuentran refugio en ellas flanquean tus caminos. En algunos puntos parece que hayas detenido el tiempo, vieja Latinoamérica. Parece como si el aire no corriera allí, como si el tiempo se hubiera detenido como en el ancestral Closingtown. Me dueles. Me dueles como lo hace una herida lacerante, que crees poder ignorar pero te rebosa a cada paso, a cada inhalación, te recuerda que está ahí, bien dentro de ti, una espina que nunca podrás arrancar de tu garganta porque ya bajó hasta tu corazón.
Te he traicionado, no he sabido darme a ti. No conozco la forma de aliviar tu dolor. Odio a aquellos que fotografian tu miseria, a aquellos que se creen mejor persona por preguntar a los niños que caminan descalzos tu tierra cómo hacen para ir al colegio, a aquellos que se lamentan de tu injusta situación mientras acicalan sus bigotes y acarician sus abultadas billeteras. Me odio a mí mismo por pertenecer a este grupo, por creerme mejor que ellos porque te susurro al oído que me dueles, porque cuando recorro tus piedras llevo la sonrisa apretada y los ojos tristes. Me dueles, América Latina, me duele no saber qué hacer para darme a ti, me duele traicionarte con estas líneas, temer que de alguna manera en lo más profundo de mí las esté escribiendo para encumbramiento propio. Eres demasiado amplia para mí. Dime qué debo hacer, sólo muéstrame el camino que debo recorrer, deja algunas piedritas en mi camino que me ayuden a empezar, a dar éste y no aquél paso. Cómo curarte desde la helada tierra de fuego hasta los desiertos que te abrasan, cómo aliviarte desde el occidental océano atlántico hasta el traicionero pacífico, cómo sanar la cordillera que te atraviesa y te divide en dos a ti misma, cada río, cada rincón de tu profunda selva, cada escondido poblado en tu eterno bosque. Enséñame algo. Mándame un señal que alivie este dolor. Ayúdame a vivir sin que me duelas, relajadamente como lo hacen aquellos a los que detesto, como lo hago yo cuando me detesto y una uña fría me rasca la cabeza al pagar este jersey o aquel libro, rac-rac-rac, esta uña que siempre me rasca. Pero que trato de ignorar. Y trato de no ignorar. No. Nunca me ayudes a eso. Nunca me permitas olvidar Julaca. Sólo enséñame el camino, la vía, yo sabré o no sabré recorrerla, pero lo intentaré. Da un descanso a mi alma, por favor América Latina, porque ahora me dueles demasiado. Y no sé que hacer para aliviarte, para aliviarme. Te dejo ahora tranquila. Cuando apague la televisión, cuando concluya estas líneas todo volverá a ser igual. Iré al concierto de Ismael, quizá el Lunes escriba algo sobre él. Volveré a sentir que para los niños de Julaca se congeló el tiempo y no pasa, y su sufrimiento duró el tiempo que pasé en su pueblo fantasma; volveré a pensar que todo está tranquilo bajo el sol, que la gente no muere ni sufre en tu tierra; volveré a habitar mi burbuja y desde mi torre y a maldecir a los que viven en otras; volveré a creer que la falta de agua, de luz, de vida, se llenan cuando yo abandono tus más inhóspitos parajes.
Por ello te pido perdón, América Latina, porque a cada bocanada de aire te traiciono, a cada paso me alejo más de ti, a cada silencio y a cada palabra vertida te traiciono un poco más. Perdóname porque no sé hacer algo más, ni siquiera nada más. Perdóname por ser débil, por ser cómodo, por ser yo. No puedo seguir escribiéndote.
buena onda en bolivia
Así pues, como solo llegué a San Pedro, solo decidí emprender el tour que me llevaría a conocer la hermana Bolivia. Pero era cierto: nunca se viaja tan acompañado como cuando se va solo.
Ya desde el primer momento, conecté con una pareja de amigos argentinos, que entre risas, tragos, fotos, charlas, y "trucos", me harían pasar cuatro días inolvidables. Junto a ellos, seis chicas inglesas adoradoras de Macchu Picchu, y de compartir risas y malentendidos. Junto a nosotros, las coloridas lagunas, las extensiones yermas, los cálidos valles, las formaciones rocosas, y los caminos de piedra y sol del altiplano boliviano. Quien me conoce sabe que no soy amigo de los catálogos, que siempre desconfié de las enumeraciones y las explicaciones tediosas, pues sólo consiguen rebajar la realidad retratada. Por ello baste en el recuerdo esta sonrisa y este guiño que dedico a quienes, una vez más, consiguieron que durante un tiempo me olvidara de mí mismo.
Es muy doloroso despedirse de las personas cuando se conecta tanto con ellas, pero ese es otro de los riesgos de esta vida falsamente itinerante. Por fortuna, las distancias se acortan cada día más, y la voluntad traspasa las cordilleras, lagos y millas que se empeñan en separarnos.
san pedro de atacama
Llegué a San Pedro de Atacama un viernes por la noche, con una mochila cargada por igual de ropa, libros e ilusión, con un par de nombres escritos en un papel arrugado en el bolsillo, y con la necesidad de retirarme durante un tiempo del mundanal ruido de la gran ciudad. A la llegada, ya me recibieron las estrellas del luminoso cielo de San Pedro. San Pedro es una ciudad que vive por y para el turista; sus calles, sin asfaltar y con una iluminación basada más en los astros que en la electricidad, mantienen ficticiamente este aire de desolación, este aire de vivir al margen del mundo real. Las casas de adobe, los pórticos de piedra, los cafés a techo descubierto bajo el calor de una hoguera, no dejan de recordar un escenario cuidado hasta el más mínimo detalle.Al amanecer, los contrastes entre el rojo de la dura tierra, el blanco del hogar y el azul del cielo, parecen hacer inspirado la bandera de Chile que ondea en su plaza mayor. Decidido a salir del circuito predeterminado, de los precios para turistas, y de las sonrisas por obligación, me adentro en el mercado central, donde el olor de la lana de alpaca inunda los sentidos. Al cruzar el mercado, el verdadero desierto me recibe. Restaurantes donde los perros habitan la cocina, el verdadero polvo del desierto flotando en el aire, las duras facciones de los trabajadores de la mina que silenciosamente comen cazuela, una camarera demasiado joven para merecer ese ya sempiterno destino. Allá, entre la auténtica realidad del desierto más árido del mundo, consigo sentirme un poco más yo, un poco más en equilibrio con el viaje que vine buscando. No obstante, no puedo dejar de sentirme un extranjero en esa tierra, un turista que cree conocer un mundo porque se mueve en esos espacios y no en los determinados para él. Sin embargo, mis Rayban, mi MP3 siempre en el bolsillo, y una cartera llena, no dejan de recordarme lo contrario.
Así pues vuelvo a mi sitio natural, a las calles desestructuradas de San Pedro donde corre el agua de los desagües, donde perros callejeros te acompañan en busca de un bocado que caliente su estómago. Vuelvo a esto, y bajo el sol del desierto leo, buscando una frontera entre dos mundos a los que no quiero, ni puedo, pertenecer. Los niños juegan alrededor, y ya su mirada siquiera se fija en los rostros de las personas que desfilan delante de ellos. Hoy habrá unos, que mañana se irán para dar paso a otros que igualmente se marcharán. Los habitantes de San Pedro parecen vivir de prestado. Te abren su sonrisa, pero no su corazón, acostumbrados a que ínclitos turistas se lleven un trocito del mismo y no se lo devuelvan jamás.
Como ya dije en otra ocasión, toda ciudad, toda experiencia, todo viaje, me queda marcado por un algo que lo hace especial, que lo hace distinto. En este caso, ella sabe cómo me salvo de este naufragio, cómo nuestras voces entre el humo de una fogata, cómo las notas de una música compartida, me hicieron olvidar durante una noche el gran teatro del mundo. Cuando días después volví a buscarla, ya no estaba. Un cartel me anunciaba su silencioso despido, una puerta me recordaba la sombra de su ausencia.
Como tantas otras veces me refugié en la lectura, esa resbaladiza tabla que me permite aferrarme a la esperanza en medio del océano.
jueves, 15 de mayo de 2008
el eterno retorno
lunes, 12 de mayo de 2008
jueves, 8 de mayo de 2008
martes, 6 de mayo de 2008
road trip to mendoza
Una furgo. Nueve amigos. La carretera, una promesa ante nuestros ojos. La nieve. Un puerto de montaña. Un túnel eterno. Cuatro horas en un campo de refugiados también llamado aduana. La gasolina, o su ausencia. El agua, o su ausencia. Patricio, o su ausencia. Argentina. Un sello en el pasaporte. Un sueño cumplido. Quince horas de viaje. DamaJuana. Una mesa de ping-pong. Un local kitsch-rasca-medio fome. Argentina. Dos horas de sueño. Las chicas del viernes. Shopping. Libros y jazz al alcance de la mano. Parrilla. El Barcelona. Los curas con dolor, pero de huevos. Trekking. Rappel. Rafting. Chacras de Coria, o la constatación de que ya peinamos canas. Resaca. Prisas. Nueve amigos. Una furgo. Ausencia de Patricio, ojos esperanzados. La carretera, una condena ante nuestros ojos. Otras cuatro horas en otro campo de refugiados. La nieve. Un sello en el pasaporte. Chile. Viajar. Vivir. Y a rodar.lunes, 28 de abril de 2008
de la satisfacción perruna de lo cotidiano
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el delicado acto de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Chau, querida. Nos vemos.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más fácil aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado esté la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia fuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro. Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y que acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Porque te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso. ¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido. Cuando abra la puerta y me asome a la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la calle, la viva floresta que puede arrojarse a cada instante sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.
balada de otoño
miércoles, 23 de abril de 2008
mango antonia y los indios guaranís
Hoy me dió por hacer una entrada mundana. Una entrada que huela a raíces, a tierra mojada, a cosas vivas. Allá vamos.Esa que ven en la foto es mi apadrinada, Mango Antonia. Ese que la sostiene entre sus brazos es mi amigo, Jesús. Y sí, cuando lean esta entrada valoren el uso de las comas, que en mi escritura nunca es baladí.
Ya dediqué una entrada hablando de Jesús, pero es una de esas personas que tiene la extraña habilidad de sorprenderme siempre de nuevo. Con sus silencios, y con la ruptura de los mismos. Con sus gestos.
Esta es la primera vez en mi vida que soy padrino. No sé si me tocará cumplir esta función en otros momentos, o con otros seres más humanos (quizá humanos demasiado humanos), pero digo de verdad que me llenó de orgullo serlo. Porque entendí el motivo por el que lo era. Y eso es lindo.
Todo ser humano tiene la necesidad de sentirse querido. Principalmente, por uno mismo. Es necesario amarse por encima de todo, pues como me enseñó una amiga italiana, sólo podemos dar de aquello que tenemos, luego para amar a los demás, para respetar a los demás, hemos de empezar por amarnos y respetarnos a nosotros mismos. Pero colmado este autoafecto, necesitamos (en mayor o menor medida en función de nuestra fuerza) del afecto de los demás. Yo soy una persona que gusta de vivir sola. Siempre lo temí, pues aunque deseaba desearla, en el fondo creía que llegado el momento me daría miedo y la soledad me resultaría pesada. Ahora que recién empecé a conocerla, descubro que la soledad era la amiga que tantos años estuve esperando. Sin embargo eso no ha mermado mi necesidad de compartir mundos.
A veces camino triste por las calles de Santiago, porque no puedo compartir tal o cual rincón con mis seres queridos, o quizá porque no he encontrado aquí a esa persona (o esas personas) con las que desee compartirlos, la verdad es que no lo sé. Sólo sé que ésta pasa por ser otra de mis contradicciones: la necesidad de gozarme viajes, rincones y momentos en soledad, junto a la necesidad de compartirlos, de hacer partícipes de ellos a las personas que amo.
Quizá por eso esta muestra de afecto me llegó hoy con tanta fuerza. Hoy Jesús escribió desde España con fotos de mi guagua y, no sé, algo me resplandeció en el interior. Una felicidad que necesité mostrar mundanamente a través de estas líneas. Y que quise compartir con todos ustedes.
Se me cuiden.
viernes, 18 de abril de 2008
rincon de los canallas, d.e.p.
La semilla de la amistad siémbrala por donde quieras que vayas esta germinará... y en la huella que tú dejaste tu imagen perdurará eternamente...
miércoles, 16 de abril de 2008
martes, 15 de abril de 2008
j.c.
Abandonada como un silencio interminable todas las noches te encuentro, y no puedo dejar de mirarte para comprobar si mis manos aún pueden sentirte, aún pueden dibujarte cuando tu desnudez me besa. Te voy desnudando, sintiéndote cada día más dentro de mí. Me gusta contemplarte sin prisas, saborearte, haciéndote cada día un poco más mía.
Hoy he descubierto al encontrarte de nuevo que soy todavía un niño, con todos mis temores, que sólo tú sabes calmar. Tus palabras son ese bálsamo que me revitaliza a cada paso.
Por eso necesitaba dedicarte esta entrada, compartir este sentimiento; hoy, el día de tu cuarenta y cinco cumpleaños.
Felicidades, Rayuela.
Hay que abrir de par en par las ventanas y tirar todo a la calle, pero sobre todo hay que tirar también la ventana y nosotros con ella. Es la muerte, o salir volando. Hay que hacerlo, de alguna manera hay que hacerlo. Tener el valor de entrar en mitad de las fiestas y poner sobre la cabeza de la relampagueante dueña de casa un hermoso sapo verde, regalo de la noche, y asistir sin horror a la venganza de los lacayos.
1968 - 2008 (del imaginario cultural)
...they couldn't take your pride.
Ayer morían en bosnia, anteayer en Vietnam, ahora mueren en Bagdad.
Quizá tenía razón Aute cuando decía que, al final de todo, "queda la música".
lunes, 7 de abril de 2008
de las decepciones cotidianas
Todos cometemos estos y tantos otros errores, y sabemos que la disculpa, aún sentida en lo profundo, sería un intento más de rebajar nuestro error. Porque huele a formalismo cualquiera sea el tono que adoptemos. Porque la otra persona ya sabe todo lo que puedas justificarle, y-aún-así. Porque toda disculpa me parece una pérdida de honestidad, una falta de respeto hacia la otra persona, porque me parece hablarle desde una esfera distinta, intentar razonar con lo que le arde con un fuego sordo. Por todo eso, y mucho más que no quiero o no soy capaz de explicar, hoy no te pido perdón. Aunque sepa que, desde detrás de este velo, lo estoy haciendo.
Y como dijo el obrero que sólo gracias a ti conozco: Te propongo menos cielo, más abrazo.
filio en chile
jueves, 3 de abril de 2008
de la necesidad de tener un tocadiscos
Lo terrible de la saudade es que gusta de atacarte cuando menos te la esperas. Estás tranquilamente sentado en el diván de tu casa, escuchando la trompeta de Baker o el piano de Monk, y de repente empieza a rascarte con su uña fría, rac-rac-rac. O más mundano aún, estás comiendo unos spaghetti alla carbonara, y de repente en un trocito de jamón que cae sobre la mesa te vuelve el olor de ella, o su forma de apoyar los codos en el borde de la mesa.Hoy me atacó al pasar delante de un negocio de antigüedades. En el fondo del escaparate me estaba esperando un viejo tocadiscos, bastante parecido al que ilustra la fotografía. Su calma espera me recordo la derrota de aquellos que saben que su tiempo ya ha pasado, pero abrazan esta atemporalidad como una postrera recompensa por los años que ocuparon la primera fila de combate. Como nuestros mayores, que sabiéndose condenados al polvo y al olvido, pueden consagrarse a una vida de contemplación y espera de lo inevitable.
En esa calma espera creí encontrar la respuesta a muchas cosas, y deseé llevarme esa sensación, que no ya el objeto en sí, al salón de mi casa, y ofrecerle en sacrificio algunos vinilos cada cierto tiempo, en un homenaje callado a lo que me hizo sentir un día, observándolo desde la otra parte de esa sucia vitrina. Pero esa calma aparente habría de esperar, pues ¿cómo devolver luego tan especial objeto al abandono y al olvido? Y aquí volví a sentir esa comezón en la nuca, y ese rac-rac-rac que me acompaña desde hace ya harto.
Hoy me he sentido un poco más cansado. Un poco más agotado de estas vidas con fecha de caducidad, de estos éxodos voluntarios que te obligan a pasar de puntillas por océanos, tierras y mujeres. Hoy me pesó un poco no poder colgar en mi cuarto ciertos cuadros de Mondrian, o de Klimt, no poder plantar un tronco brasileño en la terraza, o no poder disfrutar de las notas de un tocadiscos cansado puede que hasta ya de sí mismo. Me pesó esta frugalidad, este tener que desprenderme luego de ellos tras once meses cuando ya la relación empiece a ser íntima, cuando ya nos tuteemos.
Porque los primeros meses son un impasse mientras se van concretando los "y sis", porque los últimos son un anticipo de lo que ya no volverá y todo se vive con esa terrible sensación del "ya pa' qué", hoy me sentí un poco más cansado de todo esto. Como hace menos de veinticuatro horas precisamente estos mismos argumentos me reconfortaban. Supongo que será la eterna atracción de los contrarios, la vida como un enfrentamiento entre dicotomías mientras habitamos el más gris de los términos medios.
O será sólo que ese tocadiscos era una maravilla...
lunes, 31 de marzo de 2008
el inconformista visto por morelli
En un plano de hechos cotidianos, la actitud de mi inconformista se traduce por su rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a traición, a estructura gregaria basada en el miedo en las ventajas falsamente recíprocas. Podría ser Robinson sin mayor esfuerzo. No es misántropo, pero sólo acepta de hombres y mujeres la parte que no ha sido plastificada por la superestructura social; él mismo tiene medio cuerpo metido en el molde y lo sabe, pero ese saber es activo y no la resignación del que marca el paso. Con su mano libre se abofetea la cara la mayor parte del día, y en los momentos libres abofetea la de los demás, que se lo retribuyen por triplicado. Ocupa así su tiempo con líos monstruosos que abarcan amantes, amigos, acreedores y funcionarios, y los pocos ratos que le quedan libres hace de su libertad un uso que asombra a los demás y que acaba siempre en pequeñas catástrofes irrisorias, a la medida de él y de sus ambiciones realizables; otra libertad más secreta y evasiva lo trabaja, pero solamente él (y eso apenas) podría dar cuenta de sus juegos.
viernes, 28 de marzo de 2008
jueves, 27 de marzo de 2008
miércoles, 26 de marzo de 2008
lunes, 24 de marzo de 2008
compartir es vivir (sic)
Esta semana santa la pasé en un festival. Ya la acción es arriesgada: un festival supone siempre un mundo semicerrado, un lugar de encuentro entre asiduos y de desencuentro entre despistados, una expresión artística que, como todas, maneja su propio código. Pero aún así ocupamos el asiento de ese grupo de despistados, y allá fuimos a ver exactamente en qué consistía eso de "salvar la tierra".
Con tan sugerente título, sabía que una vez más iba a enfrentarme a mi más temida contradicción, a un nuevo ataque de la honestidad. Diez mil personas reunidas bajo la modesta idea de salvar la tierra. Como no, el espectáculo estaba garantizado. Carpas en las que se practicaba yoga, muchas rastas al viento, impúdicas jovenes paseando sus velludas axilas con la más despreocupada de las vergüenzas, tatuajes totémicos y cuerpos perforados. No sé por qué, pero todo eso me causa de base algún tímido rechazo. Para tratar de explicarlo, diré que lo veo como cuando en una capea (para el profano, digamos que es una corrida con una vaquilla, en la que esa es suficiente excusa para beber y comer hasta entrada la noche) se reúnen jóvenes de alta alcurnia, para festejar sus millones y su status. En ellas, encontramos los mismos aunque opuestos lugares comunes: vaqueros ajustados indefectiblemente celestes, con camisa de cuadros remetida, cinturón con la bandera de España y algún toque de azul-PP, pulserita en la muñeca, desde LiveStrong hasta Viceroy en función de la moda odierna, caracolillos en la nuca o marcada raya en la parte derecha de la cabeza, y un insoportable olor a aftershave.
Es ese habitar lugares comunes lo que me hace, por naturaleza, intuir la traición. ¿Cómo compaginar diez mil personas dispuestas a, simplemente, salvar la tierra, si luego a la hora de tomar el repleto tren de regreso no les alcanza la solidaridad ni para dejar pasar primero a la mujer que sostiene un niño entre los brazos? ¿Cómo compaginar esas diez mil almas llenas de buenas intenciones, con la insolidaridad posterior del criticar el mundo desde fuera, desde sus torres de marfil, amparados en un pasotismo que les permita vender cocos en una playa de Cancún? ¿Cómo no intuir la traición cuando todo huele a esa invasión magnánima del redil ajeno, bumerang ontológico destinado a enriquecer en última instancia al que lo suelta, a darle más humanidad, más santidad?
Cuando algo me marca, siempre suelo asociarlo a alguna realidad. Un paisaje, un olor, la melodía de una canción, una mujer. Esa realidad me está siempre esperando donde menos pensé encontrarla, y no es hasta la vuelta que descubro que era ésa, y no otra, la que habría de marcar a fuego el recuerdo. En este caso fue una frase, perdida en medio de una canción que no conocía, cantada en el andén de una estación, un domingo de marzo. Que no quiero dejar de compartir con vosotros. Porque a mi también, aunque de otra manera, Latinoamérica me duele.
miércoles, 19 de marzo de 2008
ella, de la a a la z
Difícil esta entrada... Es como tratar de contener el infinito en un pequeño frasco de cristal, mezclarlo con unas gotitas de nostalgia, unos polvitos de melancolía, una pizca de sensibilidad, y sacar un brevaje digno de la persona que lo ha de recibir. Será difícil esta entrada... A de Amargura
De la A a la Z, tu nombre. Todos los pasos que diste, e incluso aquellos que no diste. Todas las ausencias guardadas, todas las esperas traicionadas. De la A a la Z, tu nombre.
Brillas con una luz que te es propia, tienes los ojos tan abiertos para captar todo, que a veces no te das cuenta de que te dieron la vuelta y se te cerraron. Ya dijo el maestro que con el tiempo uno acabo siendo esclavo de esto, o favorito de aquello, y no ve una lámpara que sujete inertes hojas de plátano. Quizá eso sea un poco lo que me pasa a mi también, por eso nos encontramos sin buscarnos, pero cuando nos buscamos no nos encontramos. Quizá todo se trate un poco de dejarse vivir, lo que algún otro más prosaico llamaría relajarnos. Los seudópodos bien sabía el genio que eran finitos, que jamás podrían abarcar toda la biblioteca de Alejandría. Nos llevo años comprenderlo, o quizá aún no lo hicimos. Por eso cuando viajamos en tren aplastamos la nariz contra los vidrios, en un intento de aprehender todo lo que danza allá afuera en la oscuridad.
Desde el Sur
Dos semanas en Chile. Una semana en Santiago. Una semana en la región de Coquimbo. Dos semanas ya en Chile. Quién lo diría.
Hace un tiempo soñaba con vivir al menos un año en Sudamérica, pero lo veía como algo lejano, algo que ocurriría sólo con el paso de los años y cuando ya no me movieran ciertos intereses y ciertas inquietudes que me trajeron hasta acá. Y sin embargo, acá estoy. Uno de estos días viajaba en auto por la ruta Panamericana, con el Pacífico al Oeste y la cordillera andina al Este, por carreteras interminables que se perdían a la vista entre lomas que dibujaban el paisaje chileno, y de repente fui consciente de que a veces algunos de nuestros sueños acaban por hacerse realidad.
Resumir de forma exhaustiva cada una de las experiencias que ya empecé a tener acá nunca fue mi modo de compartir mundos. Los olores, la cruda arena que curte la piel del campesino, el viento oceánico que seca las intimidades que cuelgan de las ventanas, las olas de un océano que te cubren de fuerza y vida, las estrellas, divisar la Vía Láctea desde la arena de una playa en medio de nada, y el cinturón de Orion guiando a los marineros del Sur, los troncos retorcidos en busca de un agua que no hay, y de un refugio que los proteja del viento. Son sólo matices, sugerencias, aromas, sedimentos que esta tierra comienza ya a dejar en mi vida.
Del resto, los amigos con los que compartes mundos y las diferentes formas de verlo. Conversaciones de humo al único abrigo de un vaso de pisco. Las primeras confidencias y las últimas traiciones. La intuición de alguna uña que no daña pero aterra. En fin, la vida diaria pero en otro país, en otro continente, con otra gente nueva que de alguna manera suponen un nuevo estímulo para seguir conociéndote un poco más a ti mismo. Al final acabas por entender que cuanta más gente conoces y más mundos compartes y diverges, al fin todo se reduce al autoconocimiento y a la evolución personal. Los demás como el espejo al que nunca quisimos mirar, pero que siempre nos sedujo.
Del resto, siendo siempre yo. Un Sandmann que más que adormentar con granitos de arena, intenta despertar un poco la inquietud, el torbellino, el mundo de los “y si”, la esperanza de una vida más allá de la hipoteca y el horario de oficina, de negros y blancos que huyan del monótono gris vital que tanto impera, del desasosiego pero la calma profunda del desequilibrio. Del resto, encontrando gente que admira tu modo de pensar, que no siempre coincide con el de actuar, pero teme dar el paso, y sumas una nueva decepción a tu ya atiborrada maleta de viaje. Del resto, ya me conocen bien como para que siga aburriéndoles.
Desde el Sur, pidiéndoles que cada tanto miren un mapa del mundo, recuperen el globo terráqueo que otrora siempre hubo en cada casa, o los más actualizados a través de google earth, e imaginen a un amigo que sube y baja por las tierras de Chile, entre polvo, viento, maleza y sol, pensándoles más a menudo de lo que puedan creer, desde ese Sur, se despide su amigo Sandmann.
lunes, 3 de marzo de 2008
Jes
No siempre es fácil expresar lo que llevamos muy dentro. En algunas ocasiones especiales, las relaciones se basan en los silencios, en las verdades íntimas compartidas, como cuando nuestros padres se miraban en años de dictadura, sentados a la mesa de unos suegros recios, y compartían inquietudes y esperanzas.
En la carta que Jesús quiso compartir conmigo (y de la que no arriesgaré a ilustrar algunas líneas, pues me merecen los más profundo respeto y admiración), algunas de esas verdades que los dos sabemos, que los dos sentimos, fueron verbalizadas. No siempre es fácil verbalizar lo que sentimos. A veces lo tememos porque, al hacerlo, dotamos de realidad aquello que nos asusta o inquieta. Otras veces, porque pensamos que al hacerlo real pueda evaporarse esa magia que lo sostiene, que lo sustenta (Roma, en tiempos de Marco Aurelio, era sólo un sueño que, si no lo susurrabas a baja voz, corría el riesgo de desvanecerse).
Entre chicos (me resisto aún a decir entre hombres), verbalizar lo que sentimos, hacer patente lo latente, cristalizar los sentimientos, es todavía más difícil. Hablar de Daratea es insultantemente sencillo, basta dejar volar la imaginación. Hablar de Liz requiere alguna ignota dificultad, pero transportado por su olor puede alcanzarse un cierto punto desde el que llegar a una suerte de comunicación. Líneas sobre otras personas queridas irán surgiendo con la resistencia o fluidez que dicte la siempre esquiva inspiración. Pero sin duda, desnudarse ante los ojos de una mujer es más sencillo que ante la gemela mirada de un compañero. Por eso valoro tanto estas letras de mi amigo Jesús. Por eso le digo que podría suscribir todas y cada una de las líneas que me dedica. Y por eso, le confieso que no podría encontrar mejores palabras que las que me ha dedicado.
Si hay algo que siempre he admirado de él, son sus innatas sencillez y humildad. Con más motivos para ser admirado que cualquier persona que conozca, se alimenta por igual de la satisfacción del triunfo silencioso y del callado reconocimiento. Nunca gustó de las exaltaciones de su brillantez. Nunca alardeó de su terrible bondad, ni de su candidez humana. Nunca lamentó su retraso en la entrada al mundo adulto, ni el rechazo de aquellos que no alcanzaban a tolerar su genialidad. Convivió con esos y con otros obstáculos, y cuando los superó con gallardía y voluntad, nunca se ufanó de ello, ni cayó en las redes de la venganza. Quizá por la satisfacción del triunfo silencioso, todos los días se levanta y se entrega con amor y devoción a la vida. Quizá por eso le sonríe, y la recibe con gozo. Quizá por eso, la toma y disfruta más de lo que cualquiera de nosotros hacemos. Quizá por eso lo admiro, y busco en su aprobación la esperanza de que este viaje, el viaje de la vida, siga teniendo algo de sentido. Y junto a él, Brindo por lo desconocido.
sábado, 23 de febrero de 2008
al final de este viaje
Esta escena pertenece a la maravillosa Un lugar en el mundo. Justo antes de que el chico gire las riendas de su caballo, para escapar del desgarro que supone siempre una marcha, el en un principio cínico geólogo encarnado por Sacristán le regala una luz ultravioleta, con la que poder desentrañar el alma de las piedras. El chico, en su despedida, le agradece: Gracias por la luz, dándole pie a una no menos genial despedida: Gracias por el viaje.
Para todos aquellos que vivimos de la luz que nos dan nuestros compañeros de viaje.
Con la esperanza de que, algún día, encontremos un lugar en el mundo.
la sinceridad de los polos opuestos
Daratea dixit: la cosa es que Sandmann es un poco tío-tía.
Sandmann, interrumpiendo su ebrio discurso para apreciar la trompeta de Chet Baker, añade: hombre, Daratea, aquí lo que está claro es que tú eres una tía-tía. Liz, tú eres una tía. Y medio-limón, tú eres una tía-tío.
Daratea apostilla: Sí, eso es un poco lo que pasa: es tan importante compartir mundos! (sueña Daratea). Yo, como tía-tía, estimulo a mi pareja, la introduzco en mi torrente de creación, pero, sabes Sandmann? en el fondo estoy un poco a la espera de ese tío-tía que me estimule, que me arrastre un poco, y dejarme llevar yo por esa corriente que me supere.
Sandmann, hipertérrito, añade: Pero en el fondo al final acaba saliendo nuestro yo natural. La naturaleza nos puede, y aunque saudemos con un tío-tía que nos arrastre, en el fondo nos acabaría quemando. Nuestra naturaleza nos revienta, y al final, como le paso a Liz, por defecto y por exceso, acabamos quemándonos.
Liz, con su sonrisa de vendedora de fósforos, interviene: Lo que yo saco en claro de todo esto es que yo soy una tía-gris. En el fondo, tu postura como tía-tía o como tía-tío depende del contexto en que te metas. Con alguien puedes ser tía-tía, pero con otro puedes ser tía-tío en función de los roles que adopte cada uno. (Como se puede ver, su formación de post-grado derriba nuestros tristes clichés preestablecidos, podres mortales estudiantes de grado...).
Sandmann, con su cariño incolume, la tranquiliza: No es eso, chica. Tú puedes comportarte como quieras en función de "la circunstancia", pero al final, tu naturaleza te revienta, y necesitas de un tío-sólo-tío que de alguna manera te complete y te permita desarrollarte como tú eres.
Liz, implacable en su postura, concede: Entonces estamos sólo divagando sobre mi teoría de los equilibrios!
Daratea, que tras cuatro párrafos sin intervenir ya se quiere comer la mesa que sujeta más de una docena de botellines, salta: Claro, pero por eso es tan importante saber si tú eres tía-tía, tía-tío, tío-tía, o tío-tío!!! Yo me quejo porque comparto mis horas con un tío demasiado tío.
Liz se lamenta en baja voz: Qué me dirás a mí, que hasta se enorgullecía de su hombría de tío-tío...
Daratea continúa: Yo quiero alguien que comparta conmigo sus mundos. Que yo le diga "saudade" y vea en sus ojos algo de comprensión, que se emocione con las últimas líneas de este o aquel libro. Pero en el fondo, yo Tengo que llevar ese papel. Luego alguien así sería superior a mis fuerzas y acabaría por agotarme.
Medio-limón, estupefacta ante las rayaduras de sus contertulios, aventura: Pero en el fondo de lo que estáis hablando es de ser activo o pasivo, de arrastrar o de dejarse llevar.
Sandmann, que detesta ocupar un segunda plano, tío-tía hasta la médula, añade: Pero no es sólo eso. Tío y Tía son sólo unos términos. Desde la prehistoria (arriesga con el dato temporal...) el hombre ha sido el cazador, enfocando su mirada en un punto, y haciéndose especialista en ello. La mujer, recolectora por naturaleza o cultura, tenía una visión periférica, luego abarcaba en su mirada un espectro mucho más amplio y más rico de la realidad.
Daratea lo secunda: Es un poco como tu padre, acomodado en el sofá con su tele y sus periódicos, y tu madre, que desea compartir sus preocupaciones e inquietudes más allá de como ella misma las ve.
Medio-limón, un poco escéptica e incluso terminológica, cierra: Yo lo que no entiendo es la terminología, en el fondo ni tío ni tía ni ná!! Lo que estais hablando es de ser activo o pasivo en una relación!
A baja voz, se oye lamentarse al Sandmann: Del vano intento de compartir mundos... En el fondo, todo está en el blog...
jueves, 14 de febrero de 2008
del vano intento de compartir mundos
liz norton
Cuando intento hablar de ella, el lenguaje (o al menos la más imperfecta de sus formas: el lenguaje escrito) muestra más que nunca esta misma limitación que aqueja al arte, e intentar comprehender el infinito que supone su sonrisa o su mirada en unas pocas líneas se me antoja una herejía. No obstante siempre he sido un poco hereje.
miércoles, 13 de febrero de 2008
del arte de piet mondrian
Desde sus orígenes, el arte fue concebido como un intento de plasmar la realidad. Esta realidad podía ser interpretada por el artista de diversas maneras, y así ha sido durante decenas de siglos. Desde el hiperrealismo de Millet hasta el surrealismo de Picasso, los dos últimos siglos han sido especialmente fértiles en cuanto a las formas de plasmar este mundo con que se confrontaba la mirada del creador. Sin embargo, el artista siempre se ha enfrentado a una última limitación. Ya fuera en el vetusto mármol o en el impeclable lienzo, la obsesión del artista era captar en ese espacio finito una escena, un pedazo de la realidad que observaba, fuera cual fuera el modo de interpretarla. Así, el arte se enfrentaba a un eterno límite con el que lidiar.El arte de Piet Mondrian consiste en superar ese límite ancestral. Sus cuadros abarcan el infinito. Sus cálidos rojos, el equilibrio de sus azules y la inestabilidad del amarillo, junto al omnicomprensivo negro y al más puro blanco, se abren a lo eterno. El epicentro del arte de Mondrian nunca se encuentra encerrado en los límites del caprichoso lienzo. Este va más allá, supera el último límite que le quedaba al arte: el de la comprensión del infinito en lo finito. El espectador se convierte en creador, al dibujar con su mirada aquel resto de la realidad que el genio plasmó sobre su caballete. El arte de Mondrian tiene vocación de eternidad, pues a cada nuevo visitante, sus cuadros se reinventan en las salas de los museos que, silenciosas, custodian los lienzos que derribaron la última de las barreras que limitaban al arte.
lunes, 11 de febrero de 2008
daratea
Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.Intentar hablar de Daratea resulta tan difícil como imaginar una vida sin ella. Incluso las palabras de Neruda la rebajan, limitan el torrente de creación, de evocación, de vida, que era Daratea. Caminar con ella por las calles de una ciudad que conoció el esplendor y la humillación, mantener una conversación sobre el perechorno en el matrominio y el cuatrimonio, y sufrir insólitas interrupciones porque la columna de humo que se levanta en el horizonte adquirió la forma de un armiño, eran placeres que serán difícil de sustituir. Compartía con placer y sin racanería sus líneas más memorables, te hacía partícipe de su último descubrimiento literario con la misma pasión con que luego desdeñaba una conversación sobre él, porque en su mente ese autor formaba ya parte del pasado. No recelaba de sus miedos, pero sólo los compartía enmascarándolos de juegos, como la rayuela que tanto le gustaba saltar. Reía con violencia y hasta con generosidad. Escapaba de la prisión de los relojes, sabedora de que quien te regala un reloj te regala un infierno florido. Se fue sin mirar atrás, corriendo en busca de un destino que ni ella misma comprendía, movida por la misma fuerza interna que, en tardes de Avenida, conoció en esos lemmings que buscan el océano que sacie su voracidad interior.
del miedo a ver lo que intuimos
En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.

la uña fría que rasca la cabeza
le muestra su parcelado ser, sus seudópodos irregulares,
la sospecha de que más allá, donde ahora ve el aire limpio,
o en esta indecisión, en la encrucijada de la opción,
yo mismo, en el resto de la realidad que ignoro







