lunes, 11 de febrero de 2008

daratea

Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.
- Escucha - me decía, tomándome de un brazo-, ves esa ventana? No la hallas chorpatélica?
- Y qué significa chorpatélico?
- Yo tampoco lo sé, pero hay que darse cuenta de lo que es o no es chorpatélico. De otra manera uno está perdido. Mira ese perro, qué chorpatélico es!

Intentar hablar de Daratea resulta tan difícil como imaginar una vida sin ella. Incluso las palabras de Neruda la rebajan, limitan el torrente de creación, de evocación, de vida, que era Daratea. Caminar con ella por las calles de una ciudad que conoció el esplendor y la humillación, mantener una conversación sobre el perechorno en el matrominio y el cuatrimonio, y sufrir insólitas interrupciones porque la columna de humo que se levanta en el horizonte adquirió la forma de un armiño, eran placeres que serán difícil de sustituir. Compartía con placer y sin racanería sus líneas más memorables, te hacía partícipe de su último descubrimiento literario con la misma pasión con que luego desdeñaba una conversación sobre él, porque en su mente ese autor formaba ya parte del pasado. No recelaba de sus miedos, pero sólo los compartía enmascarándolos de juegos, como la rayuela que tanto le gustaba saltar. Reía con violencia y hasta con generosidad. Escapaba de la prisión de los relojes, sabedora de que quien te regala un reloj te regala un infierno florido. Se fue sin mirar atrás, corriendo en busca de un destino que ni ella misma comprendía, movida por la misma fuerza interna que, en tardes de Avenida, conoció en esos lemmings que buscan el océano que sacie su voracidad interior.

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