lunes, 11 de febrero de 2008

del miedo a ver lo que intuimos

Vivimos rodeados por el abismo. A cada paso, a cada mirada, nos asomamos a un nuevo abismo, a lo desconocido.

En la película Vértigo, Scottie Ferguson es un detective con problemas de vértigo, que recibe el encargo de investigar a Madeleine Elster, quien parece estar poseída por el fantasma de su bisabuela, Carlota Valdés. Scottie comienza a perseguirla por sitios tan dispares como una floristería, un museo, un cementerio, y hasta la bahía de San Francisco, donde junto al Golden Gate está a punto de suicidarse. A raíz de esto traban una profunda amistad que poco después se convertirá en una irrefrenable pasión. Un día Madeleine le habla de un sueño donde aparece una antigua misión española, y Scottie, conocedor del lugar, le dice que ese sitio existe y la lleva hasta allí. Madeleine se escapa corriendo hacía la iglesia y sube al campanario. Scottie a causa de su vértigo no puede seguirla y poco después la ve caer al vacío. Ha pasado el tiempo, y Scottie (aún tremendamente deprimido) se topa por la calle con Judy Barton, que es la doble perfecta de Madeleine, pero con algunas diferencias de carácter y físicas. Scottie decide transformar a Judy en Madeleine, y cuando lo ha conseguido, descubre por un collar que ambas son la misma mujer. En su afán de hacerla confesar, la lleva a la misión donde “falleció” Madeleine, y una vez allí Judy se lo explica todo, pero un fatal accidente le deja definitivamente sin su objeto de deseo.

Scottie no pudo evitar mirar al abismo a los ojos. Cuando conoce a Madeleine, se enamora inmediatamente de esta presencia etérea, y tras perderla, cree intuir en los ojos de Judy la sombra de la mujer que conoció. Se enfrentó sin miedo a ese último e irrefrenable vértigo: el vértigo de saber como será mañana el rostro de la persona que amamos. Y ello le llevó a perderla, quizá el único destino posible para el que se atreve a mirar. Las relaciones personales, y entre ellas las de pareja como máximo exponente, tienen mucho de este pre-conocimiento, de esta presciencia. Intuimos en los silencios de la persona que acabamos de conocer su incapacidad para el compromiso, su tendencia a la traición furtiva, su implacable sed de individualismo. Intuimos estas realidades desde el primer minuto, apenas al primer vistazo ya sabemos quién nos traicionará, y quién nos respaldará hasta este paso pero no el siguiente, quién irá más allá de lo esperado, y quién estará siempre allá donde ya ni se le espere. En la sombra de cada movimiento, en el reverso de cada sonrisa, en el envés de cada gesto, se pueden intuir las futuras traiciones. El problema es el miedo. El miedo a asomarnos a ese abismo, a tomar las riendas de nuestras vidas y hacer este movimiento y no aquél, cuando aún el motivo no ha sido expuesto, cuando la razón aún no ha sido manifiesta. Ese miedo ancestral gobierna nuestras vidas.

Todo está ahí a la vista, en realidad todo es visible desde muy pronto en las relaciones..., basta con atreverse a mirarlo, un solo instante encierra el germen de muchos años venideros y casi de nuestra historia entera..., y si queremos la vemos y la recorremos ya, a grandes rasgos. Pero nadie quiere ver nada y así nadie ve casi nunca lo que está delante, lo que nos aguarda o depararemos tarde o temprano... Intentamos que las cosas sean distintas de lo que son..., nos empeñamos insensatamente en que nos guste quien nos gusta poco desde el principio, y en poder fiarnos de quien nos inspira desconfianza aguda, es como si a menudo fuéramos en contra de nuestro conocimiento, porque así lo sentimos muchas veces, como conocimiento más que como intuición o impresión o corazonada, nada tiene que ver todo esto con las premoniciones, no hay nada sobrenatural ni misterioso en ello, lo misterioso es que no atendamos. Y la explicación ha de ser simple...: es sólo que sabemos, y lo detestamos; que no toleramos ver; que odiamos el conocimiento, y la certidumbre, y el convencimiento; y nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre...

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