Desde sus orígenes, el arte fue concebido como un intento de plasmar la realidad. Esta realidad podía ser interpretada por el artista de diversas maneras, y así ha sido durante decenas de siglos. Desde el hiperrealismo de Millet hasta el surrealismo de Picasso, los dos últimos siglos han sido especialmente fértiles en cuanto a las formas de plasmar este mundo con que se confrontaba la mirada del creador. Sin embargo, el artista siempre se ha enfrentado a una última limitación. Ya fuera en el vetusto mármol o en el impeclable lienzo, la obsesión del artista era captar en ese espacio finito una escena, un pedazo de la realidad que observaba, fuera cual fuera el modo de interpretarla. Así, el arte se enfrentaba a un eterno límite con el que lidiar.El arte de Piet Mondrian consiste en superar ese límite ancestral. Sus cuadros abarcan el infinito. Sus cálidos rojos, el equilibrio de sus azules y la inestabilidad del amarillo, junto al omnicomprensivo negro y al más puro blanco, se abren a lo eterno. El epicentro del arte de Mondrian nunca se encuentra encerrado en los límites del caprichoso lienzo. Este va más allá, supera el último límite que le quedaba al arte: el de la comprensión del infinito en lo finito. El espectador se convierte en creador, al dibujar con su mirada aquel resto de la realidad que el genio plasmó sobre su caballete. El arte de Mondrian tiene vocación de eternidad, pues a cada nuevo visitante, sus cuadros se reinventan en las salas de los museos que, silenciosas, custodian los lienzos que derribaron la última de las barreras que limitaban al arte.


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