Ayer mi madre me dio una noticia que llevaba largo tiempo esperando y, aunque suene frío, no con temor o pena, sino con la expectante calma de las cosas que se saben inevitables. Ayer, como viene siendo habitual, llamé a mis padres para saber cómo iban las cosas por casa -no alcanzo a decir por mi casa, pues aún no sé si ésta está allá-, y mi madre, con su temperada voz calma, me dijo "Titi ha muerto".
La noticia, como he dicho, no me sorprendió. Llevaba muchos meses malo, y al igual que cuando murió mi abuela -a la cual amaba con absoluta devoción, pues me crié tanto en su casa como en la de mis padres, todas las noches a salto entre una y otra intentando repartir mi amor entre los tres-, sentí más consuelo que dolor. Un profundo consuelo, pues ya alcanzaste esa edad para saber que vivir es algo más que latir el corazón sesenta -y exigir aire trece- veces por minuto. En el caso de mi abuela, creo que ella esperaba la muerte pacientemente desde que, hace ya casi veinte años, mi abuelo murió sin duda demasiado pronto. Aunque no imagino a mi abuelo como un ancianito que ve cómo su llama se apaga lentamente. Con tanta fuerza ardía su fuego, que creo que el destino prefirió quemarlo, antes que condenarlo a aquello que habría acabado por matarlo en vida: un lento desvanecerse. Mi abuela se sometió a su trágico destino de sobrevivirlo durante demasiado tiempo. Creo que por eso cuando le llegó la muerte la recibió como a una vieja amiga, y se fue con una sonrisa en el rostro, y otra en el corazón.
Cuando mi abuela murió yo no estaba en Sevilla para acompañarla. Dudo que aún así hubiera ido al entierro, pues no soportaría la cara falsamente compungida de aquellos que van "a darle su último adiós". Esos rostros esforzados en parecer tristes, que miran de soslayo el reloj esperando que la ceremonia acabe cuanto antes para ir a cualquier bar a beber, o a casa a disfrutar del partido dominical. No critico la continuidad de sus vidas, pues la misma noche que yo, desde Italia, supe de la muerte de mi abuela, salí con mis amigos como si nada hubiera pasado. Critico la falsedad de la sonrisa apretada y la mirada baja de los cementerios, ese otro gran teatro del mundo. Yo preferí salir, y no compartir con nadie las silenciosas lágrimas que como goterones cuajados me rodaban cada noche. Pero me calmaba recordándola como la última vez que la vi: sentada en esa fría cama de ese absurdo hospital, cuando tras haberle dado la comida -no pude acompañarla tanto como quise, pero no pasaba un día sin que fuera a verla a su cama, a tratar de sacarle una ya ahogada risa-, le di un beso en la mejilla, le recordé una vez más de forma innecesaria cuánto la quería, y salí por la puerta absolutamente convencido de que esa sería la última vez que la vería en mi vida. Guardé esa imagen en lo más hondo de mi corazón, como un fotograma que queda prendido de mi retina, y que siempre me acompaña. Ella, de espaldas a mí, mirando por una ventana que daba a otras habitaciones del hospital, sentada en su cama, mirando, esperando, como si le dijera a la muerte "ven ya hacia mí, maldita. Llévame como debiste llevarme años atrás, cuando me robaste a mi marido sin siquiera darme opción de defensa". Y así la dejé, esperando pacientemente, sin prisas, pues su familia la rodeaba a todas las horas del día. Yo bajé, y en la calle me esperaba una amiga en el coche, para llevarme a mi fiesta sorpresa de despedida. Me permití derrumbarme delante de ella, como rara vez hago, pero en el fondo lloraba con lágrimas de alegría.
Pero no era de esto de lo que yo quería hablar. Cuando mi madre me dijo que mi tío Manuel había muerto, en lo que me hizo pensar fue en otra cosa. Y es que con él, desaparecía por completo la generación que precede a la de mis padres. Todos mis abuelos paternos y maternos, así como sus hermanos, ya murieron. Es como si se hubieran terminado de podar las ramas más altas de nuestro torcido árbol genealógico. Así se lo hice saber a mi madre, entre bromas, más para no preocuparme que para no preocuparla, "mamá, ahora ya sabéis que vosotros sois los próximos", bromeé con ella. Pero lo que me sorprendió fue su respuesta, "sí hijo, así es, los próximos somos nosotros". No sé si lo dijo con tristeza, con resignación, o con consuelo. Lo que me sorprendió fue su naturalidad, lo que me sorprendió fue constatar que ella, aunque sólo fuera inconscientemente, también lo había pensado.
No sé, imagino que mis padres deberán sentirse de alguna manera un poco más desolados. Perder el referente generacional, aunque de forma inconsciente, tiene que suponer una carga de responsabilidad nueva. Espero sólo que sepan llevarla hasta el final de sus días con la misma dignidad con que la llevaron aquellos a los que, desde hoy, puedo llamar ya mis antepasados.


3 comentarios:
Mi más sincero pésame.
Estés dónde estés y conozcas a multitud de personas, al final todo retorna a sus orígenes, y eso es lo verdaderamente importante cuidar, aunque sé esté lejos aprende a querer a los que tendrás siempre (una palabra muy relativa hoy en día).
Bueno, permíteme este comentario pq estoy pasando una de esas crisis realacionales con el mundo ;)
Un abrazo, ragazzino.
María.
Tiernas palabras, hermano. :)
Parafraseando a Cesare Pavese, uno no llora tanto por la muerte de un ser querido, como porque esa muerte le revela a uno su desnudez, su miseria, su inermidad, su nada.
En realidad, todos estamos en primera línea frente a la muerte. La llevamos dentro. Y, limpiándola de las excrecencias románticas y morbosas, no es sino el cese de lo que somos. Un punto final que cierra el trazo de lo que hemos sido.
Todo aquello que amamos desapacerá antes de nosotros o con nosotros. Honrarlo y agradecerlo mientras permanecemos es la mejor manera de vivir. "Un bel morir tutta una vita onora", decía Petrarca. Habría que corregirlo: una buena vida honra la muerte.
Abrazos.
Me encantaron tus palabras, hermano. Me reconfortaron las tuyas, María, aunque no por lo que en ellas decías.
Os beso a ambos.
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