Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadie con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadie la llamen, aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadie: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadie: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.
Quisiera acabar este año con un último homenaje a América Latina, esa tierra de infinitas riquezas que hubo de padecer los exterminios que le impusimos. Me da exactamente igual volver a mis lugares comunes. Me importa un verdadero rábano cómo se interpreten estas palabras. Y me provoca una sonora indiferencia que sean leídas como un enésimo intento de epatar desde mi acomodado sillón de nylon. Lo que aquí digo me duele, y quiero que, cuando pasen otros veinticinco años, pueda volver a estas líneas y sentir que, de alguna manera, me siguen revolviendo lo más profundo de mis entrañas. La voz de América Latina, la voz de esos millones de desheredados, se la atribuyo al uruguayo Eduardo Galeano, quien incapaz de cerrar sus venas abiertas, intenta al menos que esa sangre salpique a quien debe, y no ahogue más a este pueblo.
En la época colonial, el Cerro Rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas. Durante más de dos siglos, Europa celebró, en estas heladas alturas de América, una ceremonia occidental y cristiana: día tras día, noche tras noche, daba de comer carne humana a la montaña, a cambio de la plata que le arrancaba.
De cada diez indios que entraban a la boca de los socavones, siete no salían: El exterminio ocurrió en Bolivia, que todavía no se llamaba así, para que en Europa fuera posible su desarrollo del capitalismo, que tampoco se llamaba así todavía. En nuestros días, el Cerro Rico es una montaña hueca. Toda su plata se ha marchado lejos, sin decir adiós.
En lengua indígena, Potosí, Potojsi, significa: truena, hace explosión, porque dice la tradición que en tiempos lejanos el cerro tronaba cuando lo lastimaban. Ahora, vaciado, calla.
La memoria es frágil, y caprichosa, y a veces esquiva. Pero hay otras veces en que la memoria es directamente enterrada, desterrada. La historia la escriben los vencedores, que dicen por allá. Sin embargo siempre hay voces disonantes dispuestas a mantener viva la llama de la memoria. Porque un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, surgen esas voces que nos recuerdan lo que fuimos un día. Y qué fue exactamente lo que pasó. He optado por un uruguayo para representar la voz de la memoria, y con estas líneas cierro este primer ciclo, pidiendo, una vez más, lo único que nadie podrá nunca arrebatarnos: Pido la voz y la palabra.
Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana. Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavia nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila.
Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncián otro mundo que no es este mundo envenenador del agua, el suelo, el aire y el alma. También nos anuncián otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas: pertenece a los primeros tiempos y a las primeras gentes, pero también pertenecen a los tiempos que vienen y presiente un Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera.


1 comentario:
¡Felicidades, hermanillo!
Bueno, "hermanillo" por decir algo. Cómo no voy a ser yo anciano si eres tú ya un viejuno...
Además, según mi teoría de los ciclos, ya llevas un año en la segunda (y última juventud). ;) ¡Aprovéchala, que yo ya estoy apurando sus restos!
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