sábado, 27 de diciembre de 2008

26/12/2008 - el verdadero altiplano

16:28

A más de cuatro mil metros de altura sobre el nivel del mar, me recibe Potosí, con sus callejas coloniales, la sombra de su Cerro Rico, y el más absoluto contraste entre opulencia y miseria dentro de una ciudad.

Tras cuatro horas de un viaje demasiado hermoso entre Sucre y Potosí, encuentro un alojamiento, y a esta intempestiva hora por fin puedo sentarme a almorzar. Fuera, me espera la ciudad que tan bien describiera Galeano como cuna del imperialismo y del capitalismo occidental. Una ciudad que llegó a ser la más poblada del planeta hace cuatro siglos, y que aún hoy sufre las consecuencias del expolio de toda su riqueza natural.

Potosí cometió un crimen: tener en su Cerro Rico una cantidad tal de plata que bastaría para construir un puente desde acá hasta Madrid. De esa condena, sólo quedan los restos que el tiempo o los saqueos no pudieron calcinar: las iglesias, las casas coloniales, los lujosos patios y claustros. En ellos ahora se hacinan quienes aún tratan de extraer algún metal de las entrañas de su cerro, para deleite de las cámaras fotográficas de los turistas.

Ahora voy a tratar de comer algo, y de recuperar un poco del oxígeno que tan escaso resulta en estas alturas.

25/12/2008 - un rinconcito de andalucía

12:37

Día de Navidad. Y yo, estando en Sucre, me siento tremendamente cerca de casa.

Y es que Sucre es lo más parecido que he visto en Latinoamérica a una ciudad o un pueblo de Andalucía. Sus casas están encaladas, justificando su apodo de "la ciudad blanca", y sus tejados son de teja roja. Estando acá me siento como cuando estuve en Arequipa: demasiada belleza para contenerla en una mirada, no mencionemos en una foto.

Si no fuera porque las mujeres y los niños visten y hablan según la tradición quechua, realmente pensaría que tomando un bus de dos horas podría estar en Sevilla, abrazando a los míos.

jueves, 25 de diciembre de 2008

24/12/2008 - plataforma (cochabamba)

10:14

Cochabamba. El que podría ser llamado el destino inicial de mi viaje por Bolivia. Hace años, en Cochabamba se declaró lo que en Bolivia fue llamado "la guerra del agua". Todos los servicios de agua fueron privatizados, dejando fuera del mercado de la higiene y del propio consumo de agua a millares de personas. Esta privatización supuso un escándalo a nivel internacional sobre hasta dónde podía llegar la irracionalidad privatizadora que ha contagiado a los gobiernos del mundo. Esta indignación internacional se tradujo a nivel personal en el deseo inspirado por mi amiga Daratea de llamar a nuestro futuro centro cultural "Plataforma Cochabamba".

Sin embargo, enclavado hoy aquí como desde hace años quise hacer, para nada encuentro aquello que esperaba. Y es que Cochabamba contrasta totalmente con la otra ciudad boliviana que hasta ahora conozco y que me ha cautivado.

La Paz es caótica, desmesurada, encaramada a las lomas de los cerros que la rodean. Una ciudad en la que no hay semáforos, en la que los puestos callejeros han tomado las aceras y las micros han tomado las calles, donde transitar es una odisea llena de color, olores y vida.

Cochabamba es una ciudad más ordenada, espacialmente distribuida por cuadras en un dibujo geométrico casi perfecto. Es una ciudad totalmente llana, con semáforos en cada esquina y aceras adoquinadas por las que se puede transitarse con suma comodidad. Apenas hay ruido, ni del claxon de los autos ni de los voceros de las micros que anuncian su ruta. Además, en esta ciudad donde se declaró la guerra del agua, hoy abundan las plazas públicas coronadas indefectiblemente por una irónica fuente.

Pero Cochabamba, para mí, es mucho más que eso. Para mí es un símbolo, una idea que arde con un fuego sordo del que nadie, ni siquiera la propia Cochabamba, podrá curarme.

Con la misma ropa de hace dos días, habiendo dormido poco y mal en un autobús, con las manos en los bolsillos de un abrigo sucio y el rostro quemado por el sol, paseo por sus calles, y sin embargo estoy paseando por mi idea de Cochabamba. Estoy paseando con Daratea por Plataforma Cochabamba, riéndonos de la ironía de esas fuentes que manan un agua años atrás vetada.


13:24

Me miro en el espejo, y tras tan solo cinco días de viaje ya me cuesta trabajo reconocerme. La cara sucia y quemada, la barba que crece libre y desordenada desde hace un par de semanas, la ropa sucia y grande, ojeras de cansancio y ojos vidriosos por la falta de sueño.

Segundo día consecutivo sin una habitación de hostal en la que tomar una ducha o un descanso de este inclemente sol. Las horas se paladean y se reconocen. Hoy llegué a la estación a las siete de la mañana y asistí a todo el amanecer y despertar de una ciudad, y a cada minuto que pasa a Cochabamba le crece el caos, la confusión y el ruido. Imagino la ciudad como un corazón que late al ritmo de un latido cada 24 horas. La gente y sus vidas son la sangre, que tras el batido al amanecer comienza a fluir por las venas, que son las calles. Conforme la sangre recorre todo el cuerpo, poco a poco se repliega de vuelta hacia el corazón, a la espera del nuevo latido que traerá el próximo amanecer.

Así, hay ciudades jóvenes cuyo corazón late con una fuerza descontrolada, como Barcelona. Existen ciudades adultas, en la plenitud de su existencia, como París. Y ciudades viejas, con el ritmom pausado que le concede la experiencia, como Roma. Aunque Roma se reinventa cada ciertos años o siglos, quizá como los Rolling o Madonna.

Cochabamba es una ciudad joven, quizá la ciudad más prospera de Bolivia, o quizá es que es sólo la menos boliviana que hay junto a Santa Cruz, esa falsa ciudad brasileña a orillas del altiplano.


16:38

Sabía que antes o después iba a acabar sentado en una acera llorando. Sé también que con el tiempo me voy a sentir tremendamente deshonesto habiendo escrito esto, pero sé también que necesito hacerlo.

He sido totalmente injusto con Cochabamba. Ahora, sentado en su plaza, todo el viaje ha cobrado algo de sentido. En el centro de la plaza, un grupo de hombres discute sobre la religión. "Dios vino a salvar al pueblo judío, no a nosotros". "Yo no creo en Satanás. El diablo es el empresario que nos tiene a todos en la pobreza". Intenta defender la religión alguien que vino de fera para encauzar al pueblo y al presidente boliviano. Pero en la plaza no lo expulsan ni lo insultan. Dialogan con él, que no está dicho que salga de Bolivia aún creyente.

En un costado de la plaza, una campaña gubernamental de alimentación navideña para los niños. En mi mismo banco, un niñom y su hermana menor reparten el arroz y el pollo que han conseguido tras una hora de cola. Con la cucharilla de plástico, el hermano rebaña los últimos granos de arroz, que ofrece silenciosamente a su hermana ante la atenta mirada y la caricia de su madre.

Estos niños no lloran, no gritan, no pelean. Y no es poesía, es la constatación de una absoluta verdad. Decía Kapuscinsky que lo más llamativo de los países pobres de verdad es que viven en silencio. Alguien cuyo corazón no alberga esperanza no habla, siquiera se lamenta. Sólo cuando intuyen algún posible cambio, cuando los alimenta la esperanza, hacen oír sus voces.

En Bolivia las mujeres piden sin abrir la boca. Sentadas o tendidas en el suelo en función de las fuerzas que les diera el último bocado alzan la mano y confían en la solidaridad del transeúnte. Curiosamente son los propios bolivianos los que rara vez depositan una moneda.

Son las cinco de la tarde en Bolivia, y deben estar dando las diez en España. Mi familia, con las tres ausencias de mi abuela, de mi hermano y mía, se habrá sentado ya a la mesa. Como siempre, habrán unido las dos mesas del salón repletas de platos, aunque quizá esta vez haya espacio para todo.

Tengo un jodido nudo en el estómago al pensar que también mi madre estará triste en este momento, rezando para que llegue el día 31 y me junte de nuevo con gente conocida, y todo este mundo que estoy redescubriendo en este viaje vuelva un poco a ser escondido en el sueño consciente de la inconsciencia.

¿Qué podemos hacer en el fondo, con todos esos cerros de La Paz o con todas estas familias que hacen cola de forma impecablemente respetuosa a la espera de un plato de arroz y pollo que haga más llevadera la Nochebuena? ¿Qué coño hago yo sintiéndome menos mal por pasarla viajando sucio, cuando las tarjetas en el bolsillo y el pasaporte celosamente guardado en el bolso me recuerdan que no soy de aquí? ¿De qué sirve escribir una vez más estas líneas, derramar una vez más estas lágrimas, leer un libro o ir a un café cultural?

Estoy hasta la polla de este puto boomerang ontológico que no crea sino infelicidad en mi familia, en mis amigos y en el mundo.


18:21

"Io lo so che non sono solo, anche quando sono solo".

No soy tan fuerte como pensaba, quizá o probablemente porque no quiero serlo, porque de vez en cuando exprimirse los ojos como si fueran dos limones limpia el alma.

Gracias. A todos.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

23/12/2008 - ya me picó la rueca

08:26

Hoy me despiertan dos españoles hablando a grito pelado en el pasillo del hostal. Al parecer, han descubierto una presa italiana, y a voz en grito intentan averiguar si viaja sola o viaja con su pareja.

Este hecho, aparte de hacer que me levante con las pelotas hinchadas, me hace constatar que los españoles tristemente no cambiamos. Seguimos creyendo que todas las personas tienen ganas de escuchar nuestras estupideces -que incluso las creemos interesantes-; seguimos viajando más pendientes de nosotros mismos y de nuestra satisfacción personal que de abrirnos al otro, a lo otro; y sobre todo seguimos creyendo, como en las películas de Alfredo Landa de los años setenta, que si gritamos los extranjeros nos entenderán perfectamente.

"¿Vienes en pareja?" "Non capisco" "Que si la persona que viene contigo es tu pareja" "Pareja? Cosa significa pareja?" "Pareja. PA-RE-JA" "Se siamo insieme?" "No. Pareja" "Una coppia?" "No no, PAREJA". En fin, y así vamos por el mundo sintiéndonos hispanocéntricos...

Eso trataba ayer de explicarles a Josune y Olga. Por eso me es tan difícil acercarme a alguien cuando estoy viajando, porque sé la actitud o la intención con la que se acercan muchos de mis "compatriotas". Sin embargo, ayer afortunadamente me acerqué a ellas, en un encuentro que fue totalmente estimulante, y que intentaré resumir en estas líneas.

Ayer, tras aparecer en el Etno, donde la prometida "Noche de las hojas sagradas" quedó en mi propia lectura a media luz de Los Premios de Cortázar, tomamos un licor de coca y nos fuimos a casa, pues los tres estábamos bastante agotados.

Sin embargo, camino del hostal, escuchamos una música folklórica que salía de un bar subterráneo. Mi frase no se hizo esperar: "esto se merece una cerveza". Bajamos al local y allá había una fiesta boliviana donde todos bailaban con todos, y unos amigos bolivianos nos invitaron a sentarnos a su mesa. Nos enteramos de que estaban celebrando la graduación de la hija de uno de ellos, y para festejarlo habían decidido hacer la noche eterna y beber hasta dormirse sobre la mesa o en el hombro de algún compañero. Entre peleas, bailes frenéticos, brindis a media luz y muchas risas, pasamos la que desde ya sé que será una de las mejores noches de este viaje.

Me despedí de Olga y Josune con un hasta pronto que sonaba a hasta siempre, pero con una sonrisa y muchos recuerdos en el corazón.


16:44

Hoy he tenido mi primer momento de aburrimiento. O quizá, más que de aburrimiento, de desubicación. Y es que no es nada fácil estar en una ciudad cuando ya no tenemos en ella siquiera una habitación de hostal a la que poder regresar para tomar un reposo o simplemente ir al baño.

En esos dóas en que vamos a abandonar por la noche la ciudad en que estamos, somos unos habitantes de la ciudad sin rumbo ni destino, perdido cualquier referente a algo parecido a un hogar. Haciendo la siesta en una plaza me he quemado totalmente la cara, y tras ese sol ha vuelto a llegar una lluvia torrencial que me ha dejado hecho una sopa antes de encontrar una cafetería en la que poder escribir estas líneas.

Pero esto es también parte de viajar en estas condiciones. Hoy intentaré dormir en el bus que me lleva a Cochabamba, donde si es posible tomaré un nuevo bus mañana mismo por la noche, para pasar la Nochebuena viajando doce horas rumbo a Sucre. Cuando el día de Navidad duerma en un hostal y pueda volver a tomar una ducha, todo recomenzará.

Madre mía cómo me he quemado la cara...


19:07

Sentado enfrente del teatro en el que dentro de media hora asistiré a un concierto de música andina, observo a dos jóvenes que mecánicamente ensayan cómo pasarse los bolos para hacer malabares. Su aún rudimentaria técnica me recuerda que yo nunca he sido capaz de dedicarme de forma contínua a nada. Deportes, hobbies, aficiones que requieren de una cierta continuidad y especialización me son totalmente ajenos.

Muchas veces, al asistir a un espectáculo de danza, o a la simple labor de un artesano, olvidamos completamente la incalculable cantidad de horas que hay detrás de su trabajo. Quizá el mayor ejemplo sean los deportistas, repitiendo hasta la extenuación unos mecánicos gestos (la salida en una carrera, golpear una pelotita de golf) para ganar una milésima al reloj o un centímetro a la tabla de batida.

Esa realidad, ese sacrificio de la bailarina de ballet o del artista circense me son totalmente ajenos. Por eso nunca llegaré a ser bueno en nada, si acaso correcto en un par de cosas que la naturaleza me concedió de forma innata. Y quizá lo más terrible es que no me siento culpable por ello.


19:19

Acabo de tener conciencia de que es probable que, tras un par de horas, no vuelva a pisar en mi vida las calles de La Paz. Toda esta gente que ahora viaja en micro, o espera junto a mí en la puerta del teatro, seguirá acá mañana y probablemente dentro de veinte años.

No sé qué pensar de todo esto.

martes, 23 de diciembre de 2008

22/12/2008 - la paz

8:06 (hora boliviana, 9:06 hora chilena)

La puna. El soroche. El mal de altura. Puede llamarse como se quiera, la cosa es que ayer me mató. Pero voy a intentar empezar desde el principio.

Ayer 21 me levanté lleno de energías y con ganas de empezar la aventura boliviana. Subí al bus y todo iba demasiado bien al principio: el asiento que había reservado disponía de las mejores vistas, y pude disfrutar todo el viaje por el parque nacional del Lauca.

Todo andaba perfecto hasta que al llegar a la frontera sentí que empezaba a desfallecer. Me desmayé dentro del bus, en mi asiento, y comencé a traspirar y a sentir que la cabeza me iba a estallar. Sin decir nada a nadie, cuando me recuperé de mi desmayo, bajé a comprar algo de beber y algo de comer, pero la cabeza parecía que iba a estallar.

Volvimos al bus, a continuar con un viaje de un total de 12 horas. Yo, medio muerto en mi asiento, intentaba dar alguna cabezada que hiciera menos evidente el malestar que sentía, pero de vez en cuando abría los ojos para ver cómo se extendía ante mí el altiplano boliviano.

Las primeras impresiones son que en Bolivia realmente el tiempo se ha detenido. Se sigue arando la tierra con bueyes o incluso vacas, las mujeres visten el vestido típico ue impusieran hace cinco siglos los conquistadores españoles para "marcarlas, y ahora esa discriminación se ha convertido en símbolo de la identidad indígena.

Tras casi 11 horas de viaje, avistamos La Paz. La Paz es una ciudad definitivamente loca. Construida literalmente dentro de un hoyo rodeada de montañas, ni siquiera el casco histórico se libra de las cuestas y recovecos en que se mueven sus habitantes. Sin embargo, la ciudad ha crecido tanto que en las lomas de los cerros que la rodean no dejar de surgir nuevas casas, donde la gente se hacina.

Pero espero ratificar hoy mis impresiones y poder compartirlas más en profundidad.


8:59

Sentado en la que probablemente sea la catedral de La Paz, me siento un verdadero intruso con mi cámara fotográfic. En los mayores templos de Roma, donde estaba terminantemente prohibido (y había incluso vigilantes para evitarlo) tomar fotografías, me gustaba sacar la cámara y disparar alguna foto a hurtadillas. Acá, donde nadie me censuraría porque están todos rezando con la cabeza entre las manos, soy yo el que prefiere no faltarles al respeto interrumpiendo sus plegarias con mi occidentalismo.

Lo irónico de todo esto es que en estos paises, que hoy son la mayor fuente de creyentes para la iglesia católica (Chile, Bolivia, Perú, Brasil), es donde ancestralmente ni siquiera se había oído hablar de ese tal Jesús. Qué profunda debió ser la herida que dejamos sobre sus tradicionales creencias, qué dura la represión y el castigo, qué fuerte la colonización educativa y religiosa para que sean estas tierras la actual cuna del catolicismo. Y mientras las enfermedades y el sistema económico que les trajimos los matan, la religión que les impusimos les vende una salvación que no existe.

Empieza la misa, decenas de almas cantan y oran. Es la hora de marcharme.


12:17

Vuelvo a estar sentado escribiendo en el interior de una iglesia. Pero no porque este viaje esté despertándome una vocación religiosa, sino porque es un buen refugio contra la lluvia. Y es que La Paz no es una ciudad loca sólo en sus contrastes, en su ubicación o en su perpetuo ritmo. También el clima está loco acá, y el inclemente sol del altiplano se mezcla con estos truenos que retumban en el interior del solitario templo. Huele a lluvia, a tierra y a cemento, como si la bóveda se estuviera reblandeciendo y amenazara con volcar sobre mí todo su histórico peso. Creo que ha llegado de nuevo la hora de salir.


18:07

Sentado tomando un mate de coca en un lugar al que de nuevo no pertenezco, pero dentro del cual me siento por fin bien.

Poco a poco conozco más La Paz, o al menos el cansancio de mis piernas así lo cree, y cada vez me doy más cuenta de lo similar que es a Santiago, casi a cada otra gran ciudad latinoamericana: una ciudad fragmentada en dos, económica y geográficamente.

Si en Santiago esta dicotomía la marca la Plaza Italia, separando la ciudad en el barrio alto al Este y el Santiago popular al Oeste, a La Paz la plaza cartesiana es la del Estudiante, dividiendo la ciudad en un sur rico y residencial, y un norte pobre y caótico.

La verdad es que no sé muy bien que pensar acerca de La Paz, y acerca del mundo por extensión. Cada vez se me plantea más difusa la frontera entre dos palabras tan similares pero tan contradictorias: pobreza y progreso. Me resulta incluso difícil tratar de explicar esta confusión. Prefiero alimentarme de impresiones y cuando tenga una idea concreta, materializarla por acá.

Ahora, déjenme seguir disfrutando de mi mate.


20:33

Etno Bar. En la puerta se promete un café cultural, una noche literaria abierta con jóvenes autores bolivianos leyendo sus poesías o los textos que le inspiraron. Veamos qué sale de acá.

Antes de esto, tras mi mate de coca, he tenido un encuentro de lo más estimulante. Callejeando de camino a un concierto de música andina, encontré una casa museo, que al acercarme descubriría que se trataba del Museo Arqueológico. Al entrar para verlo, vi a dos muchachas que se hacían fotos. No sé que extraña intuición me llevó a hablarles, pues en estos viajes siempre suelo mantener las distancias con los demás turistas, para no molestarlos y porque en el fondo soy más tímido de lo que me gustaría admitir. Pero esta vez tuve una extraña intuición. Quizá fuera su forma de moverse, sus gestos, o incluso su vestimenta (y es que en el fondo la impresión de lo material, de lo explícito, a veces es muy fuerte), pero realmente me aventuré a preguntarles (aunque el acento ya había facilitado mi trabajo) si eran españolas. Y sí, Josune y Olga son de Navarra.

Pero puesto que he quedado en juntarme con ellas hoy en este Etno bar que nos promete "La noche de la hoja sagrada", aprovecharé para hablar del otro compañero de viaje que he conocido hasta ahora.

Su nombre es Pedro, un chileno de 19 años que viajaba a Bolivia para encontrarse con un amigo e irse juntos a vivir dos meses en las comunidades chileno brasileiras que cultivan y consumen la ayahuasca en la Amazonía. Lo curioso es que este tal Pedro estaba ya bastante afectado por este duro alucinógeno, que aseguraba haber tomardo diez veces en su todavía corta vida. Sus respuestas eran demasiado lentas, y su capacidad de atención y de retención estaban bastante debilitadas. Pero feliz viajaba el hombre con sus rastas, su peto vaquero y su gorro de colores.

Olga y Josune sin embargo trabajan en Sucre, haciendo voluntariado sin ser remuneradas siquiera con un solo peso. Dos modos de vida que se intentan vivir de forma alternativa, apartándose un poco de las recetas dadas, de esos mundos construidos a medida. Sin embargo, una la juzgo socialmente responsable y la otra me parece tan censurable como la del mayor empresario. Pero ¿quién soy yo para juzgar unas vidas que apenas alcanzo a rozar con la punta de los dedos?

sábado, 20 de diciembre de 2008

20/12/2008 - el viaje se reinventa a sí mismo

11:56

Paso fronterizo Chile-Perú. Primer día, primer cambio de planes. Dos años después vuelvo a Perú.

Entre Arica y Tacna hay apenas 50 kilómetros. Este trozo de tierra , un árido desierto recorrido sólo por el abandono y la desilusión, es foco de conflicto entre tres países: una Bolivia que reclama su derecho de acceso al mar, un Perú que exige sus derechos históricos, ya que esta tierra fue tradicionalmente "suya", y un Chile que supo imponer la implacable ley del más fuerte.

Sin embargo, estando acá, comprendo que esta disputa se celebra sólo en el ámbito político. No digo que alguna discusión vespertina no haga restallar los aceros en algún rincón o algún local de las fronterizas ciudades de Arica o Tacna. Digo que en sus calles se respira y vive el más puro mestizaje que pueda esperarse.

Si bien la brecha formal intenta mantenerse, y por ejemplo cada ciudad publica sus precios en la moneda nacional, nunca falta algún comerciante más que dispuesto a aceptar los pesos, los soles, o hasta los bolivianos que sus multiculturales clientes le ofrecen.


12:14

De las treinta personas que viajan en el bus, la única que causa problemas en la aduana soy yo, español con su flamante pasaporte de europeo. Como escuché en alguna película, aquí el negro soy yo.

Pero no era de esto que quería yo hablar ahora.

Al subir al bus, un bus de trabajadores y desempleados de rostros y piel quemada, una chica no sabría decir si chilena, peruana o boliviana, sube al bus para cantar un par de villancicos y pedir a su nada opulento público cualquier voluntaria contribución. Lo sorprendente no es que la muchacha no cantara nada bien, o que pidiera en un bus donde el más pudiente sería considerado pobre sin paliativos en cualquier ciudad europea. Lo sorprendente es que algunas personas realmente le ofrecían una colaboración. Cada uno en las respectivas medidas de sus posibilidades: treinta pesos, cincuenta pesos (seis céntimos de euro). Mi compañero de asiento, un chileno de nombre Humberto que ha tenido una infinita paciencia con mis torpezas de turista, le ofrece temblorosamente cien pesos. En sus pies, lleva unas sandalias marca Adibas (el intercambio de consonantes no es una errata).

Me gustan estas tierras, porque la gente comparte sus miserias, con una solidaridad honesta de la que tanto tendríamos que aprender.


12:55 (hora peruana, 14:55 hora chilena)

Acabo de pasar al blog las primeras notas que de pie, viajando en bus, o sentado en algún bar, he ido garabateando en este cuaderno de viaje. Lo primero que me ha llamado la atención es que cambio totalmente mi forma de redactar cuando lo hago para el blog de cuando lo hago escrito en papel. Un par de veces he tenido la tentación de "enriquecer" los textos, o matizarlos, o añadirles los nuevos descubrimientos que he hecho a posteriori. Pero al final he decidido trascribirlo tal cual, sin variar siquiera una coma. No sé muy bien por qué. Pero sé que así será hasta el final el viaje.

Antes de sentarme a escribir en el blog he llamado por teléfopno a mis amigos de España. Quería hablar con mi amigo Alberto para decirle que dos años después he vuelto al Perú. Me apetecía comer en un chifa y volver a pisar esta tierra que tan desigualmente me recibió y la recibí.

Pero luego hablo más de ello, que me acaban de traer mi arroz chaufan.


18:43 (hora chilena)

De vuelta a Chile. Tomando una chela viendo la final del torneo clausura del fútbol chileno. Colo-Colo, el equipo nacional, el equipo de todos aquellos que no tienen equipo, y el equipo de todo apasionado del fútbol chileno; contra Palestino, el equipo árabe de Santiago. En cualquier otra vida, apoyaría sin duda al Colo, pero la casualidad o la providencia quisieron que en Chile conociese a Sohad. Así que en el fondo, mis simpatías están donde su alegría, alegría que en este caso se traduce en la victoria de Palestino.

Tengo muchas cosas pendientes que escribir. Sé que esto me pasará muy a menudo, y que no siempre tendré el tiempo o la voluntad de traducir mis pensamientos en palabra escrita. Esas impresiones poco a poco se irán difuminando, o interiorizando dentro de mí, y ahí morirán o ahí vivirán ajenas a estas otras impresiones que sí que tendrán visos de eternidad.

Una de las impresiones que sí quería reflejar es que, si bien es verdad que Arica es una ciudad multicultural, Tacna es una ciudad enteramente peruana. La música, el ritmo de la gente, las combis, los chifas. Tacna es una ciudad 100% peruana.

Bueno, me concentro en el partido que el Colo está presionando demasiado. ¡Vamos Palestino!

19/12/2008 - prima di partire

19:35

El avión sale con una hora de retraso. El avión. Al final decidó hacer el primer tramo de mi viaje en avión. Santiago-Arica en tres horas en vez de treinta. Sí, gano un día. Sí, es más cómodo. Pero no es lo mismo, es la primera traición a la idea de este viaje.

En la sala de embarque del aeropuerto, como siempre, reina el silencio. La gente tiene la misma cara que en un tanatorio. Algunos por miedo a volar, esperando con impaciencia que el avión salga pronto para que llegue pronto. Otros por la indiferencia a volar, aburridos de la espera.

Sin duda pertenezco al primer grupo, soy de esos que durante todo el vuelo está alerta, sosteniendo con su pensamiento el peso de las alas del avión. Cada vez que los veo, tan grandes, tan pesados, pienso lo mismo: ¿cómo es posible que ese armatoste se sostenga en el are? ¿Cómo a once mil metros de altitud, a 50 grados bajo cero y a mil kilómetros por hora?

En fin, esperemos que salga pronto para que llegue pronto.


19:45

Una chica, ajena a mis pensamientos, ajena a todos nosotros, lee un libro tumbada en el suelo de la sala. Los demás la miran entre reprochadores y envidiosos. La misma dicotomía, sólo que ahora pertenezco al segundo grupo.

Es la primera persona que querría conocer y a la que no me atrevo a acercarme. La segunda pequeña traición y aún ni siquiera he despegado.


23:45

Ocurrencia humoroso-festiva a diez mil metros de altura. "Me parece a mí que voy a pasar más hambre que Carpanta en el mes del Ramadán". Vamos, que cuando vuelva a Santiago más que de Bolivia va a parecer que vengo de Bulimia...

jueves, 18 de diciembre de 2008

una sinfonía de entrecasa

¿Cuántas son las veces en que las palabras no alcanzan? ¿Cuántas las veces en que esta sucesión de letras que sale de mi mente, y a través de mis dedos llega a tu mirada, no puede colmar un sentimiento, una gratitud? En esas ocasiones es mejor dejar que el silencio de una sonrisa, el calor de una mirada, o la complicidad de un abrazo hablen por nosotros, se expresen en ese otro lenguaje subversivo que rompe los marcos de las ventanas que encorsetan nuestra vida.

Sin embargo hoy tengo la necesidad de verbalizar un sentimiento, tengo la necesidad de explicitar de forma mundana aquello que he sentido, aunque con ello lo vulgarice, aunque con ello convierta en terrenal un gesto inclasificable dentro de nuestros rígidos esquemas.

Ayer, a más de doce mil kilómetros de distancia de aquello que la mayoría de nosotros llamamos hogar, todos nos sentimos un poco más cerca de casa. Ayer, los amigos más cercanos en este trozo de tierra, en esta isla pasillo que es Chile, organizamos un amigo invisible, para traernos un trozo de las fiestas acá, y para sentirnos un poco más acompañados en este viaje que para algunos comienza, para otros termina, y para Ismael no tiene principio ni fin.

Quiero verbalizar lo que sentí al abrir mi regalo, pero no quiero que sean mis palabras las que hablen, sino que quiero mantener un diálogo con la persona que me lo regaló, y con ello me hizo entender a otro nivel el concepto de la palabra "regalo", que quizá de tanto usarlo ha perdido mucho del hermoso valor que tiene.

Nuestro regalo (pues el regalo es tanto del que lo ofrece como del que lo recibe) es un bolso de viaje, un bolso que contenía en su interior todos aquellos primeros auxilios con los que sobrevivir -o al menos con los que sobrellevar- este peregrinaje que nos lleva a movernos por esta pelota azul que, dicen, no para de dar vueltas y más vueltas, también sin rumbo fijo, sin principio ni final. En su interior había todo esto que dialogo, con Patri mediante su palabra, y con ustedes mediante mi voz.

Un ventilador (fue el primer regalo), pa que se quiten las nubes negras en los días malos...
Una brújula y un mapa, para encontrar el Norte
(aunque confío que sobre todo me ayude a no perderme nunca del Sur...)
Un coche de juguete, para que conduzcas cuando bebes.
Un espiral, ya sabes...
(y la honestidad me impide que ustedes sepan).
Un librito de frases; no podía faltar un libro.
Una Estrella del Elqui. Ya sabes que las tuyas están allí. Te las regaló Jorge.
Una agenda; con tus chicas y para que te cuides.
Un vela, que te ilumine.
(En la oscuridad, como dije un día, me ilumina el recuerdo de los compañeros de viaje...)
Un CD de música: mi música para que te acompañe.
Unos calcetines de colores: para el invierno, o el frío.
Un cubo de rubik: sencillo-complejo
(como todas aquellas personas que vale la pena conocer).
Un chapa, el conocimiento. (Combate la ignorancia).
Un superocho; para los momentos amargos (el superocho es el dulce más famoso de Chile...)
Una botellita de licor; la fiesta... (su ausencia fue el mejor regalo, pues nos queda pendiente...)
Un duende; te lo expliqué (y yo acá me permitiré una nueva elipsis, esto queda entre alma y alma)
Un llave; el amor. (Ojalá fuera tan fácil encontrar la cerradura...)
Allende; su último discurso.
Un lápiz; para cuando necesites hablar.
La poesía; ...
(...)
Una goma de borrar; todos nos equivocamos.
La bola del mundo; tus amigos...
El bolso, cargadito.
El regalo: esta vez lo recibes tú y no al revés.
Y un beso...

El mundo dentro de un bolso, y dentro del mundo, el sueño de otro mundo. Y dentro del sueño, el mundo de otro sueño. Entre sus palabras, tomó prestado de Hamlet Lima Quintana los siguientes versos, que me dedicó, y que acá reproduzco no para mi vanagloria personal (siempre he desconfiado de las estatuas ecuestres), sino para materializar su ternura a la hora de poder pensarme así:

Hay gente que con sólo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con sólo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca guirnaldas;
que con sólo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con sólo abrir la boca
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después como si nada.
Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria
pues sabe que a la vuelta de la esquina
hay gente que es así, tan necesaria.

Este es un lugar común que comparto con Patri. Ella piensa de mí que soy un duende, y yo sé que ella tiene la sombra de oro. Ella me regala versos, y yo le regalo palabras. Y éstas son las palabras que su sombra me inspira a mí:

- Ese chiquillo tiene algo.
- ¿Quién, Último?
- Sí.
- No tiene nada.
- Sí, tiene algo.

Libero Parri levantó los ojos hacia el cielo, incómodo, como alguien al que han pillado haciendo trampas con las cartas.

- No tiene nada, lo único es que... Es que tiene la sombra de oro, eso es todo.
- ¿Y eso qué quiere decir?
- No sé..., son distintos, y la gente los reconoce. A la gente le gustan los que tienen la sombra de oro.

El conde no parecía muy convencido. Libero Parri aventuró una explicación.

- Es que él ya se ha muerto un par o tres de veces... Cuando era pequeño, siempre lo daban por difunto, pero él siempre se salía bien del paso. Quién sabe, a lo mejor son cosas que te cambian.

Al conde d'Ambrosio le vino a la cabeza la única mujer a la que había amado más que al tenis y que a los automóviles. Cuando uno entraba en una habitación llena de gente, podía sentir si ella estaba allí sin que fuera necesario verla o saber que se había quedado en casa. Y en el teatro no era necesario buscarla: era lo primero que veían sus ojos. No es que fuera muy hermosa. Y hasta era difícil averiguar si era de verdad inteligente. Pero la luz estaba donde ella estuviera, y ella era el cuadro. Tenía sombra de oro, comprendió.

Y así, como dijo el poeta, es como cada día traemos del sueño otro sueño. Y esto es todo lo que tengo que decir. O al menos, todo lo que puede decirse.

martes, 16 de diciembre de 2008

Y, sin embargo, Ismael sigue navegando

Recurro a los libros porque siempre alguien ha encontrado una mejor manera que yo para expresar un sentimiento, una inquietud, una incertidumbre. En varias líneas de este blog -en realidad ya desde la segunda entrada y en algún que otro aforismo no tan desafortunado- he tratado este lugar común: la necesidad de movimiento, el impulso que lleva a dar un paso más, y después otro, aunque nos condene a pasar de puntillas por historias, países y personas. Recientemente encontré esta otra manera de tratar de explicarlo:

Estoy leyendo Moby Dick, de Herman Melville. El protagonista del libro, el marinero de nombre Ismael, navega por el océano. Junto con los demás miembros de la tripulación, persigue a una peligrosa y escurridiza ballena que acabará emergiendo de las profundidades del mar para asestarles un poderoso golpe. En un momento dado oye al capitán, el terrible, implacable y despiadado Ahab, lanzar la orden: "Caña a barlovento! A dar la vuelta al mundo!" Y entonces Ismael piensa: "¿La vuelta al mundo? Hay mucho en ese sonido que inspira sentimientos de orgullo, pero ¿adónde lleva toda esa circunnavegación? Sólo a través de peligros innumerables, al mismo punto de donde partimos, donde los que dejamos atrás, a salvo, han estado todo el tiempo antes que nosotros".

Y, sin embargo, Ismael sigue navegando.

Como toda buena explicación, se queda en la pregunta; Tan innecesarias resultan a veces las respuestas. ¿Adónde lleva toda esta circunnavegación, si no es a seguir cargando de melancolía nuestras ya atiborradas mochilas, para acabar en el punto de donde partimos, donde quizá ya no nos espere Penélope agitando su pañuelo? Este viaje no lleva a ninguna parte, porque en todo verdadero conocimiento no importa la meta, sino el camino; no importa el destino, sino el viaje en sí. Conocer, recorrer, viajar, en definitiva, vivir, no es ir del punto A al punto B, es recorrer la infinítamente rica distancia que separa A de B. Por eso, para los viajeros, la línea más corta entre dos puntos no es la línea recta. Ésa es, si cabe, la única a evitar.

En estos días de despedidas, de cierres de un nuevo ciclo, parece que a todos nos embargara una pena primigenia: la sensación de pérdida es quizá lo único innato al hombre, desde que nos arrancan del vientre materno y comprueban que estamos vivos porque empezamos a llorar. Sin embargo es inevitable plantearse si acaso todo esto es necesario, si la intensidad de lo fugaz compensa el vacío de lo efímero. Tras años de plantearme esta pregunta, creo que por fin encontré la respuesta, porque el único lugar común que siempre se mantiene es que, a pesar de las zozobras, Ismael sigue navegando.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

aquí ya casi es de noche

Cuando se despertó no recordaba nada de la noche anterior. "Demasiadas cervezas", dijo al ver mi cabeza al lado de la suya en la almohada. Y la besé otra vez, pero ya no era ayer, sino mañana. Y un insolente sol, como un ladrón entró por la ventana.

El día que llegó tenía ojeras malvas y barro en el tacón. Desnudos -pero extraños- nos vio, roto el engaño de la noche, la cruda luz del alba. Era la hora de huir. Y se fue sin decir: “llámame un día”.

Desde el balcón la vi perderse en el trajín de la Gran Vía. La pupila archivó un semáforo rojo, una mochila, un peugeot, y aquellos ojos miopes. Y la sangre al galope por mis venas, y una nube de arena dentro del corazón. Y esta racha de amor sin apetito. Los besos que perdí por no saber decir: “te necesito”...

Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido. Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido.

lunes, 1 de diciembre de 2008

somos gente enferma

Conforme uno va creciendo, y aunque se resista a fijar los seudópodos, al final es inevitable ir volviéndose favorito de esto o de aquello. Los lugares comunes nos rebosan por las cuencas de los ojos, los vamos dejando caer por los cafés, las plazas, y las calles de las ciudades que habitamos. Es tan absolutamente inevitable e insoportable ser indefectiblemente siempre uno mismo, que al final acabamos hasta por soportarnos sin asco, limando nuestras aristas y asperezas en el sueño consciente de la conciencia. Y así, vagamos por días, países o confidencias intentando ocultarnos la cara oculta de nuestra costumbre, aquello que irremediablemente mira hacia atrás, cubierto en pelo, en culpa, y en temores.

"estábamos tan de acuerdo en todo que era una vergüenza..."

viernes, 28 de noviembre de 2008

perechorno (2)

No sé si será algo habitual para todo el mundo o es sólo que yo cada día estoy más cansado de todo, pero últimamente la verdad es que tengo cada vez menos ganas de hablar. O al menos, de hablar de mis posturas acerca de la vida pública.

Como ya comenté en alguna otra ocasión, es habitual que los desayunos en el trabajo los hagamos este humilde becario, mi jefe, y el jefe de mi jefe que no es mi jefe (nunca entendí bien las jerarquías en esta oficina...). Hoy saltó un tema económico bastante candente, que desde que se mencionó ya intuía yo que iba a levantar ampollas en los presentes: la necesidad de una presencia mayor o menor del Estado en la economía.

Tras las típicas defensas que hablan de minarquismo, de neoliberalismo y de asignación eficiente de los recursos por parte del mercado (que ya no despiertan en mí la más mínima sorpresa), asistí ipertérrito a la defensa de dejar la educación en manos privadas. A través de una suerte de sistema de evaluación de los distintos colegios, el 10% menos "efectivo" (es decir, cuyos alumnos arrojen peores resultados), habría de cerrar sus puertas, motivando así la competencia para alcanzar una educación de calidad. Así seguía toda la parafernalia, que no quiero describir en detalle por aquí.

Lo sorpresivo no es que yo estuviera a favor o en contra, lo sorpresivo no es que dichas palabras despertaran en mí una profunda admiración o un pueril rechazo. Lo sorpresivo, era la absoluta indiferencia con que estaba asistiendo a tal intercambio de ideas. El empobrecimiento ideológico me parecía tal, los argumentos tan vanales, demagógicos e inconcretos por ambas partes, que realmente me sentí sin fuerzas para decir siquiera una palabra.

Hace pocos años, ocupaba tardes y noches enteras en intentar refutar o defender argumentos similares. Creía que una discusión estructurada, en la que quedaran asentados los puntos de partida, y dirigida intentando alejarse de las motivaciones e implicaciones personales, podría llevar a algún lado. Mientras más tiempo pasa, mientras más mentes supuestamente brillantes conozco, más me doy cuenta que esto no es así. La gente, mientras más madura y "brillante" se vuelve, aumenta exponencialmente su pobreza ideológica. Se vuelven favoritos de esto o de aquello, y toda discusión es baladí pues de los cincuenta argumentos vertidos retienen sólo aquellos (o aquello de aquellos) que les sirven para reforzar su idea ya preconcebida.

Baricco, en su interesante libro City, incluía la Teoría de la Honestidad Intelectual. Tampoco quiero hacer ahora un resumen de la misma (como he dicho, cada día estoy más cansado...), pero basicamente concluía que cuando una persona engendra una idea, la germina y acaba por darle forma, con el tiempo convierte dicha idea en un tanque, que pueda protegerse de los ataques que reciba de aquellos que la critiquen, desvinculándose cada vez más de cuanto de honesto tuviera esa idea al nacer, simplemente armándola para resistir los envites de su exposición ante el mundo.

Esto es tan así, que realmente he perdido las ganas de hablar con nadie de ninguno de los temas llamados serios. Cuando quiero hacerlo, me refugio un poco en estas líneas o en las que escribo en otros blogs, en los que al menos se respetan los espacios de exposición de cada participante, y siempre se puede volver a leer o a incidir sobre lo ya comentado. Igualmente en estos espacios la comunicación es imposible, pues la falta de honestidad nos rebosa por otros poros (la lucha de poder, el orgullo, nuestra propia estabilidad psíquico-emocional...), pero algo más se consigue. Al menos eso quiero creer.

"El sueldo tan bajo de los trabajadores de nuestra empresa se debe a que realmente su productividad es muy baja. Si el Estado colocará el sueldo mínimo en 600 dólares (en vez de 200 que es el actual sueldo mínimo de Chile), el paro subiría al 30% y tendríamos que despedir a algunos de ellos. Esa baja productividad explica que ellos ganen 200 dólares al mes, y nosotros más de 5000". Mientras tanto, una de esas trabajadoras cuyo día a día consiste en llevar a reciclaje las papeleras que nosotros llenamos de documentos inservibles y de limpiar la mierda que dejamos en los baños, lleva empeñada más de 40 minutos en arreglar la sobrecubierta de un libro de música de uno de los comentados gerentes ultraproductivos. Y así va el mundo, y así conciliamos el sueño confiando en que el sistema esté solucionando este desfase salarial con suma eficiencia. Quién todavía puede, claro...

En fin, ya me volvió el perechorno, qué le vamos a hacer. El que quiso entender ya lo hizo, y el que no, quizá sea porque la uña fría le rasca donde a mí no me pica.

lunes, 10 de noviembre de 2008

días grises (3)

días grises (2)

Aprovechando que hoy estoy en un día de mierda, me va a dar por escribir algunas gilipolleces como si llevara la razón en todo lo que digo. Ventajas de estar en un día de mierda, que puedes escribir todo lo que te salga de la *****, y te la **** lo que los demás piensen de ti. Y es que hoy me ha estremecido darme cuenta de una cosa, y es que tarde o temprano todo el mundo, por decirlo en lenguaje campechano, se echa novio. Es impresionante cómo a base de ver algo todos los días, lo asumimos como lo normal, y no vemos la verdadera aberración que tal realidad es. Y no hablo sólo de tener novio a los 25 o los 30 años, que ya es sorprendente. Sino hablo de que el 99% de la gente, tarde o temprano, acaba compartiendo su vida (casándose o no) con alguien.

A mí no deja de resultarme sospechosa esa realidad. Joder!, no sé si es que a la gente le regalan el amor por la calle, o que entienden por tal una cosa muy distinta a la que yo entiendo. Pero la verdad es que es un dato absolutamente sorprendente el que a la postre, tarde o temprano, con la novia del colegio o con la compañera del cuarto trabajo, todo el mundo termina por encontrar pareja. Si te paras a pensarlo un poco, es algo grotesco. Y más teniendo en cuenta que no todo el mundo lleva una vida que pueda llamarse "de amplias miras". No es que la gente se pase la vida viajando, conociendo nuevas vidas, nuevas gentes, nuevas culturas, empezando proyectos de trabajo distintos, etc. La gente normalmente tiende mucho más hacia una cierta estabilidad. Una gran mayoría vive en la misma casa, o al menos en el mismo barrio, en que vivieron sus padres. Sus mejores amigos siguen siendo aquellos con los que compartieron colegio, instituto y en algunos casos incluso universidad. Luego entran a trabajar en cualquier empresa, quizá cambian a los meses o a los años, pero ya desde ahí casi siguen en el mismo puesto de trabajo toda la vida.

Y sin embargo es alucinante cómo, a pesar de haber conocido a (digamos) mil personas del sexo opuesto en su misma o similar franja de edad y con condiciones socioculturales similares, de entre esos mil (de los cuales probablemente sólo doscientos estarían solteros por esta epidemia de parejismo en que vivimos), es alucinante cómo entre esos doscientos se encontraba el que sin lugar a dudas era "el amor de su vida". Quizá la gente lo verá como la cosa más natural del mundo, pero a mí no deja de resultarme estremecedor.

Pertenezco a ese grupo que podía calificarse de "solteros" (sic). Hace casi tres años que no tengo una relación estable (lo que no significa que con mayor o peor suerte hayan pasado no pocas mujeres por mi cama y por mi corazón), y la verdad es que no me resulta nada fácil volver a imaginarme dentro de una. Por supuesto que me han gustado algunas chicas. A otras las he querido, con unas pocas me he obsesionado, e incluso a algunas he intuido que podía llegar a amarlas. Pero de ahí a imaginarme viviendo una relación, formando una pareja en el sentido tradicional del término, creo que va un largo trecho. Y no hablo de vivir bajo el mismo techo, de viajar juntos y todas las gilipolleces que se quieran entender por "tradicional". Hablo de pensar en alguien y pensar de alguna manera que esa persona es mi pareja y que yo soy su pareja. Se me hace raro incluso el simple término.

Creo que en verdad mi error parte de que ni siquiera sé muy bien lo que la gente busca dentro de una pareja. A ver, partamos de algunas verdades que aunque dolorosas para todos no dejan de ser realidades. Primera verdad: la gente tenemos un tremendo miedo a vivir solos. No hay mayor terror que imaginarse un 24 de diciembre comiendo solo delante de la televisión, o no hablemos ya de verse a los setenta años con los calzones cagados y nadie que venga a limpiárnoslos. Segunda verdad: la gente tenemos la necesidad de hablar, o más que de hablar, de sentirnos escuchados y comprendidos en nuestras infinitas gilipolleces. Para muestra, un botón: yo tengo un día de mierda y no se me ocurre más feliz idea que compartirlo a través de estas líneas. Tercera verdad: la gente tenemos la necesidad de sentirnos aceptados por el grupo en el que vivimos. En este caso pienso en las solterones de treinta y cinco años a los que todos miran con complacencia temiendo, ¡oh santo señor!, que se les acabe "pasando el arroz". Sólo hay que ir a una discoteca para "adultos jóvenes" (esta palabra siempre me ha dado ganas de vomitar) y ver cómo las treintañeras solteras están absolutamente locas por encontrar una *****. Cuarta verdad: la gente que vivimos en pareja acabamos por no soportar a nuestra pareja, por tener que rellenarle su soledad, escuchar sus gilipolleces, y justificar su vacía existencia.

Así pues nos encontramos con que vivir en pareja es un intento de casar dos soledades en los que los miembros de la pareja tienen que soportar la mierda y los días grises del otro, para ser aceptados en una sociedad que huele tan a podrido como la que tienen en casa día a día. Y a pesar de que esto es una verdad incontrarrestable, casualmente todo el mundo acaba encontrando al amor de su vida. Joder! ¿es que es tan difícil asumir que jugamos al juego de la vida y nos dieron cartas de mierda? ¿tan difícil es aceptar que no encontramos a esa persona que nos acompañase en el viaje? ¿o que quizá la tuvimos y ya la perdimos para siempre?

La necesidad de estar acompañados está ahí. La necesidad de ser escuchados y comprendidos, sin duda también. El hombre es un animal social, y como tal necesita de la sociedad para realizarse en plenitud. ¿Estará entonces mal concebido ese modo de encontrar compañía? Pues la verdad es que no tengo ni la más jodida de las ideas. Sólo sé que miro a mi alrededor y a todos aquellos que tienen más de cuarenta les brilla una sortija en el anular, y a todos aquellos que tienen entre treinta y cuarenta les suena el móvil cinco veces al día con la misma persona llamando, y todo el mundo tiene pareja o acaba de salir de una relación. Y sin embardo no puedo evitar tener la sensación de que en el fondo no son más que un grupo de personas perfectamente infelices. En fin, hoy se me ocurrió esta reflexión... Triste reflexión, por otra parte...

días grises

Hoy me he levantado en uno de esos días grises. Esos días en los que desde que te levantas, o aún antes, cuando a las cuatro de la madrugada te despiertas para ir a mear, ya estás pensando "hoy va a ser un día de mierda". Parece que los brazos te pesaran quince kilos cada uno, como si la gravedad se hubiera levantado ella también con ganas de joderte el día, y te pesan los mofletes, te pesan los párpados, los labios y hasta el alma, pero no te pesan de cansancio, al menos no de cansancio físico. Es algo más, algo mucho más allá: es otro jodido día gris.

Te vistes de cualquier manera, te miras al espejo y te avergüenzas de tu propia cara de molido. La barba de tres días, los pelos que se rebelan a amoldarse y cada uno toma una dirección, unas ojeras que para llevarlas te hace falta una carretilla... Parece que todas las partes de tu cuerpo se quieran sumar a la fiesta... Sales a la calle y hasta saludar al conserje se te hace un mundo: "buenos días!". Buenos-días-buenos-días-buenos-días ¿Buenos días? ¿Se puede saber qué tiene exactamente de bueno este día? Y luego, ¿por qué coño se utiliza el plural al saludar? Parece como si quisieran recordarnos que por delante nos queda no sólo este día gris, sino la incontable suma de días hasta que llegue el tiempo con su guadaña y ya no haya días, ni buenos ni malos ni grises.

Camino del trabajo pareces un zombi. El sol te quema los ojos, los coches se han empeñado en hacer un ruido infernal y en saltarse los semáforos justo cuando te estabas animando a cruzarlo. Un niño te pisa por descuido, otro te golpea con su maleta atiborrada de libros, y las tías buenas que van al trabajo embutidas en minifaldas negras te miran con desdén.

Llegas al trabajo, abres el correo, y te encuentras la respuesta de cualquier incopetente con un cargo que se permite leerte las cuarenta. Te dispones a cagarte en su puta madre cuando se te pasa por la cabeza que igual él también estaba teniendo un día gris de mierda, y de repente te sientes hermanado, y hasta conectado, con ese ridículo ser. Para relajarte lees las noticias de El País, y ahí ya sí que la has cagado: "licencia para atacar a Al Qaeda", "dos coches bombas y un suicida causan 25 muertos en Bagdad" "Melilla sufre una nueva avalancha" (de inmigrantes, imaginas), "ocho muertos a balazos en 24 horas en el Norte de México". Bien, ahora no sólo te sientes una mierda por tener tu enésimo día gris, sino que te sientes aún peor por sentirte una mierda cuando todo el mundo se está yendo al carajo. La última noticia no puede dejar de recordarte a Bolaño. Hay mucha gente que no soporta los libros de Bolaño. Yo creo que es porque te presentan la realidad de una forma tan descarnada (asesinatos, violaciones, pobreza, crueldad, soledad), tan cercana al fin y al cabo, que preferimos seguir leyendo la violencia poética o la pobreza estadística, pues la fuerza de la costumbre ya ha maquillado los efectos que causan sobre nosotros.

Te bajas a desayunar y ya no tienes ni fuerzas para defender tus ideas. Tu jefe te avasalla con el discurso de que la única manera de ayudar a los pobres es dejar que los ricos sigan forrándose, que algunas migajas le caerán a los pobres. En fin, que si la pobreza se ha reducido en un 20%, que si patatín y patatán y tú sólo pensando "mi reino por un día de vacaciones". Al reloj parece que le pesa el culo. Los minutos se hacen eternos y las horas directamente inacabables. Un nuevo puto día gris. Habrá que echarlo para atrás como sea...

viernes, 7 de noviembre de 2008

miércoles, 1 de octubre de 2008

temet nosce

Recuerdo que cuando era más pequeño (aunque tal frase podría ser igualmente aplicable en el día de hoy) mi hermano siempre me criticaba la fugacidad de mis pasiones. El baloncesto, las "magic", el cine, los amigos, las parejas. Todo era elevado a condición de mito durante un breve periodo de mi tiempo, para luego desaparecer en el olvido y quedar como una melancolía más que llevar en la mochila. Quizá por eso nunca voy a ser experto en nada, quizá por eso este es el quinto país en el que alquilo una casa para "vivir un tiempo", y quizá por eso estudié dos carreras que nada tienen que ver y un master que las contradice (aunque este ejemplo no cuenta mucho pues nunca he acometido con pasión mi formación escolástica).

La última de estas pasiones está siendo sin duda la psicología. La psicología como leitmotiv de la historia de los pueblos, y de la intrahistoria de quienes los conforman. Veremos cuanto me dura...

Pero de lo que hoy quiero hablar es de algo más lúdico, como es este test que ideara C.G.Jung y que no sé si tendrá alguna utilidad práctica, pero que resulta entretenido. Eligiendo entre 2 tipos de personalidad (extrovertido-introvertido; espontáneo-decidido; etc.) a través de 4 pasos, surgen estos 16 tipos de personalidad que quedan reflejados en la rueda, como una rosa de los vientos que nos dicen (sic) que personas soplan en nuestra dirección, y cuáles en dirección contraria luego-el-encuentro-más-que-al-encuentro-está-condenado-al-desencuentro.

Quien quiera jugar que juegue, y quien quiera compartir el resultado que lo haga. Acá les dejo el enlace por si se animan a que todos "nos conozcamos a nosotros mismos".

martes, 23 de septiembre de 2008

sabiduría popular

Cualquier hombre puede llegar a ser feliz con una mujer, con tal de que no la ame.

Oscar Wilde dixit

sábado, 20 de septiembre de 2008

sushi en fiestas patrias

No siempre las cosas resultan ser tal y como las pensamos. Probablemente porque las situaciones no es necesario forzarlas, quizá no sea ni recomendable, ya que es cuando las dejamos expuestas al caprichoso azar cuando adquieren su forma más pura.

Para celebrar las fiestas patrias chilenas -que son algo así como 4 días de fiesta para festejar que hace 198 años consiguieron librarse del yugo que los españoles les impusimos durante más de 300 años- decidí venir al sur de Chile. Amparado en ese cliché que reza que en el sur se viven siempre las cosas más a piel (quizá condicionado por ese pegadizo "para hacer bien el amor hay que venir al sur" de la Carrá), cargué mi mochila y decidí venirme a las meridionales islitas de este espigado país: Chiloé.

Pensando en encontrar remotos pueblitos de pescadores que vivieran la tradición con una cierta magia o mitología distinta a la del ajetreo de la gran urbe que es Santiago, procuré adentrarme en lo más profundo de la isla mágica de Chiloé, pero pobre de mí no me esperaban sino los paisajes más hermosos que haya visto en mucho tiempo. Del espíritu dieciochero (el "independence day" chileno es el 18 de Septiembre) que tanto ansiaba, el más prendido era el mío, paradójicamente un español exiliado en estas lejanas tierras.

Finalmente, y tras mucho pelearlo (realmente me sentía un púgil que lucha contra la desidia de toda una nación), conseguí encontrar aquello que buscaba: una encantadora fonda que bien podría haber sido escenario del penúltimo western de Howard Hawks. Ahí realmente sí estaba una pléyade de personajes dignos de Río Bravo, coronados por un entrañable borracho que mediada la tarde optó por la horizontalidad en el suelo chilota, y que respondía al simpar nombre de Guadalupe. Realmente se congregaba la flor y nata del entramado chileno: el cura, el borracho amable, el borracho cascarrabias que a todas intentaba sacar a bailar, el gringo, y bueno, el españolito de turno.

Pero nada era suficiente para mi afán devorador de autenticidad. Había que dar una última vuelta de tuerca y buscar en otros sitios algo un poco más auténtico, una celebración que desde las 3 de la tarde dejase un reguero de borrachos en las aceras, y levantase un olor a asado que sobrevolase la cordillera andina que tan bien nos sirve de frontera. Así que decidí venir a Puerto Varas, volver a tocar tierras continentales y dejar las insulares que tan buenos recuerdos paisajísticos dejaran en mi boca.

Y aquí es donde empieza "la catástrofe dieciochera". Todo prometía mucho en un principio: una fonda nada más entrar al pueblo, el olor (y la exquisitez) de unos choripanes generosos en grasa y sabor, un escenario que prometía baile y diversión. Los elementos estaban todos. Faltaba la fluidez. Sobraba mi necesidad de forzar la situación. Informose que la función empezaría a eso de las 6, luego para llegar a tope de fuerzas y aguantar bebiendo y comiendo hasta las 5 de la mañana, decidí dormirme mi buena siesta antes de volver a la fonda. A las 9, como niño con zapatos nuevos el día de su comunión, me visto y bajo a empaparme de chilenismo. Pero me recibe el más seco frío invernal, y una fonda que empezaba ya a ser desmontada.

Confundido, pregunto a los solicitos trabajadores la razón de tal fin de fiesta, ante lo cual me informan (no sin cierta melancolía en sus sureños ojos) que "las fiestas ya no son lo que eran, la gente ya no tiene que esperar todo un año para salir con sus hijos a cenar, para emborracharnos tenemos todos los días del año y todas las excusas de las que queramos disponer, y las fiestas costumbristas han pasado de delirio de la gente del pueblo, a atractivo para turistas como usted". La dureza y realidad de esas palabras se me presenta inapelable. Cuánta razón tenía ese caballero. Justo al lado, como testigo refrendado de sus palabras, se me ofrecía un local de sushi, atestado de familias con niños y parejas haciéndose carantoñas.

En un último reconocimiento a lo que un día fueron las ferias costumbristas de nuestros paises, decido volver a mi hostal, a refugiarme en el viaje de los detectives salvajes de Bolaño. La tripa ha empezado a sonarme hace 10 minutos, reclamando los choripanes y anticuchos prometidos. ¿Acabaré sucumbiendo ante su llamada y seré una cara feliz más de las que llena el local de sushi? No lo creo.

Post-data: Al lector perspicaz, quizá no le haya pasado desapercibido el posible detonante de todo este lamentable error geoestratégico (pues me consta que en la septentrional Santiago las fiestas han sido masificadas a pesar de la inclemente lluvia). Quizá al encontrarse en el hemisferio sur, el norte sea el sur y el sur sea el norte. Corrigiendo pues mi tesis inicial (aunque esta nueva no deje de ser un cliché que sustituye a otro pretérito): quizá la mayor autenticidad radique en viajar siempre hacia los más benignos climas que se aproximan al ecuador, pues todos sabemos que "clima culturam facet". No lo sé. Sólo sé que dejo de escribir estas líneas pues he de apresurarme si quiero llegar a tiempo antes de que me cierren el local de sushi.

Sic...

martes, 2 de septiembre de 2008

digresiones dentro de una digresión en una charla con liz norton

Es muy cómodo vivir instalado dentro de un personaje.

Antaño, y no hay que remontarse mucho más allá del siglo pasado, las personas vivían instaladas dentro de un imaginario-mundo: una religión, un partido político, unas tradiciones, una cultura. Dentro de ese mundo, encontraban respuestas externas a casi todos los avatares de la vida. Así, la castidad se presentaba no como una elección, sino como una premisa de la religión de turno; la clandestinidad no como una decisión huidiza, sino como una condición de pertenencia a determinadas ideologías políticas; la rigidez en los valores, como un modo de conservar las milenarias tradiciones; y el machismo, la apatía, el sedentarismo, o la tiranía, como unos imperativos de la cultura que los vio nacer.

Hoy día, muchos de esos imaginario-mundos colectivos han ido desapareciendo, o sus rejas se han ido debilitando. Se ha ido perdiendo ese sentido de colectividad. Así, las religiones han perdido peso específico; los partidos, todos ellos legalizados, han tendido a una cierta estabilidad centrista en la que no los diferencia tanto la ideología como la posición que en el poder ostenta cada uno; las tradiciones se han olvidado en un cajón sin fondo; y la cultura, ha pasado a ser una y uniforme. Y no trato de decir que todos estos cambios hayan sido negativos. Por el contrario, se podían haber presentado como un desencorsetamiento de la sociedad en que vivimos. Sin embargo, lo que han hecho ha sido recrudecer lo que voy a llamar -desgraciadamente parafraseando al Papa Ratzinger- la dictadura de la relatividad.

Esta poderosa idea, empero, no la defiendo en el sentido que lo hace el "sumo pontífice". No la uso para predicar, como éste, una vuelta hacia los valores de antaño. No defiendo una vuelta a encerrarnos dentro de esos mundos prefabricados, perfectamente amoldables a la vida de cada uno. Porque el fin último de esos imaginarios es el más terrible de todos: descargarnos de la responsabilidad de nuestras decisiones personales. Justificables dentro de un imperativo mayor que nos obliga a actuar de éste y no de aquél modo, en estos mundos los actos del individuo no requieren de un acercamiento responsable a los mismos, puesto que vienen predeterminados por las prescripciones de una moral de turno.

Lo que defiendo es un giro hacia un acercamiento social e individualmente responsable a nuestros actos. Socialmente, en el sentido que parece que hoy día, cualquier postura ideológica o política es justificable siempre y cuando esté esgrimida bajo una cierta construcción intelectual. Se tiende a la descontextualización de las ideas, a plasmar en modelos lineales una realidad multiforme que jamás podrá ser comprendida dentro de esas mínimas directrices. Desde la doctrina marxista hasta el actual neoliberalismo, todas ellas han adolecido de la misma carencia: una profunda miopía hacia una realidad que negaba las teorías basadas en las alquimias de quienes las formulaban. Si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad, se ha llegado a afirmar. Hay que contextualizar esas teorías que naturalizan el estado de las cosas, que las intentan hacer estáticas y predican constantemente el fin de la historia. Hay que hacer teorías impuras, teorías bañadas de contexto, de realidad, y no arquetipos generales con aspiraciones de ser generalizados a tantas diferentes realidades.

Pero igual de terrible es la relatividad moral a nivel individual. Y ésta es la que en los últimos años ha sufrido un cambio en el que el hombre, pudiendo liberarse de las cadenas que le oprimían, ha optado por una salida igual cobarde: lo que he dado en llamar vivir instalado dentro de un personaje.

Perdido el referente ideológico, vencidas las ataduras de la religión, superados los imperativos morales de la cultura (instalados dentro de esta cultura de la relatividad del todo vale, dentro de esta cultura sin valores-guía), el hombre se ha encontrado de repente desnudo ante sí mismo. Sin un referente en el que justificar sus acciones, teniendo que afrontar que la cárcel en la que decimos vivir es una prisión de rejas transparentes impuestas por nosotros mismos, nos resulta cada vez más difícil enfrentarnos a nuestras cobardías, a nuestros miedos, a nuestros temores. El ancestral miedo a la libertad nos ha sorprendido desnudos, y la respuesta ha sido instalarnos dentro de un personaje.

Las facturas a pagar; El satisfacer las expectativas en nosotros depositadas; La inutilidad de una acción individual frente al todopoderoso sistema; Las dilaciones que de tan comunes se vuelven eternidades. Preferimos proferir gritos al viento sentados en nuestros cómodos sillones, preferimos lamentar la circunstancia en vez de enfrentar la circunstancia. Y ahora es más fácil que nunca: siempre habrá una canción, una película, un libro, o la escapatoria de un blog, que nos permitirá sentirnos hermanados en esa lucha que no existe sino en nuestras bocas, en nuestras letras, en nuestras teclas. Estamos en la platea leyendo y preparando constantemente el guión de nuestra vida, pero nunca subimos al escenario a interpretar el papel que nos predicamos.

Pero este "personajismo" no sólo se manifiesta en la esfera de nuestra vida social, que ya es terrible, sino también en la de nuestra vida privada: en nuestras relaciones de familia, de pareja, y ante nosotros mismos. Y este es el más peligroso de todos ellos. Hay que admitir que eran el momento y la situación idóneos. Con la ayuda de internet, con la ayuda de estos blogs que nos permitan liquidar a corto plazo lo poco de auténtico que puede aún moverse en nuestro interior, favorecidos por este anonimato que da la pantalla del ordenador, es fácil colocarse la careta de un personaje ante los demás y, con el tiempo, ante nosotros mismos. Adoptamos un personaje, cortazariano, kunderiano, aristotélico, platónico, y bajo las premisas que se esperarían de dicho personaje, sabiendo lo que los demás esperan de nosotros, utilizamos esta cobertura como justificación a unas decisiones que en el fondo nos atañen sólo a nosotros mismos. "Yo nací para morir en soledad", "siempre nos quedará París", "estoy acostumbrado a sufrir", "que será de mí buscando salida a este dolor", "lo que me cuesta es pasar del 1". Pero no eres Ilsa Lazlo, ni yo Rick Blaine. Es mucho más fácil, porque es más cómodo, imaginarnos a nosotros mismos trabando amistad con los gatos nocturnos, observando como un avión se aleja en un aeropuerto entre la niebla, declararnos anacoretas de espítitu y vocación. Pero eso no hace sino ocultar nuestros miedos a enfrentar la realidad; a decir aposté y perdí, pero al menos jugué; nuestros temores de enfrentar el mundo con una mirada adulta, responsable y autocrítica (la guardería global, ¿recuerdas hermano?). Esos miedos son perfectamente liquidables, si los justificamos con interpretar ese papel que hemos elegido para nosotros mismos.

Esta es la enfermedad que enfrentamos en este nuevo siglo. Acercarnos a alguien y no saber qué papel, qué personaje, habrá elegido para interpretar en el viaje de su vida. Bajo su máscara, intuiremos la persona real que, asustada, temerosa, tiene miedo de despojarse de la careta y que los rayos del sol quemen su rostro. Pero quizá nunca lleguemos siquiera a rozar a esa persona que espera, agazapada, una oportunidad de que le dejen vivir. Por eso es tan necesario despojarse de ese papel, de ese personaje autoimpuesto. Es tan necesario, que confío en que estas palabras aquí escritas se transfiguren en actos, al menos en aquello que a mí me concierne: en mi persona, y en la de todos aquellos que me rodean y a los que quiero.

jueves, 28 de agosto de 2008

cuando la vida llama a tu puerta

Nosotros somos los únicos con capacidad para negarnos la posibilidad de ser felices.

Caramba, no quería empezar una nueva entrada con una frase que bien podría estar en cualquier libro de autoayuda, o aún peor, en el messenger de una quinceañera perdida. Pero así salió, y así será. Me cansé un poco de esta sensación de tener dentro cosas muertas cada vez que escribo. Necesito que empiece a llover acá dentro, que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas.

Es mucho más fácil escribir cuando, como bien me anunciaba mi hermano, tratamos de levantar o despertar la compasión. No de nadie en concreto; el público, en este tipo de espectáculos, es siempre uno e inmutable: nosotros mismos. Es más fácil saberse perdido, recordarse que tras cada nuevo fracaso volvemos a casa y leemos a Bolaño, imaginarnos con la mirada gris y la sonrisa apretada en la soledad de nuestro hogar, rodeados de nuestros libros y de las notas de algún viejo disco de jazz, sin compadecernos de nosotros mismos, pues eso es para los débiles; pero bien orgullosos de nuestra vida de lobos esteparios, de "vagamundos", de anacoretas. La incomprensión de los demás (que curiosamente suelen confundir con admiración, pero que nosotros no podemos evitar saber que no es más que hadmiración) como único alimento, aparte de los espirituales, ahogándonos en ríos metafísicos mientras nos compadecemos de los que se ahogan en ríos de carne y hueso, porque ríos hay muchos, no todos están hechos de agua (aunque todos recorren -y eso lo sabe cualquiera que se detenga un minuto a mirar- 3'14 veces, exactamente 3'14 veces, el número Pi, el recorrido que harían si fueran directos desde su nacimiento hasta el mar).

En el fondo, el culpable de toda esa soledad "autoimpuesta" no es otro que el miedo. El miedo a vivir, el miedo a dejarnos vivir. En nuestro limitado espacio todo está bajo control: las claves, cuando se descoordenan, afectan sólo al micromundo creado por nosotros mismos, luego reordenarlo, volver a tocar las teclas, es más fácil. El problema es cuando introducimos la incertidumbre, cuando introducimos al otro en ese círculo íntimo, porque las respuestas y comportamientos escapan a nuestro control. En ese momento la vida se convierte en un torbellino que nunca sabes hacia dónde va a girar, y que tiene la capacidad de destrozar todo lo creado, o de despajar el cielo y hacer que el cielo brille más azul y despejado que nunca.

El problema con el que hay que aprender a lidiar es a diferenciar entre el sentimiento puro y honesto y el de vodevil. O dicho de otra manera, entre el rezongarse en nuestra propia mierda o tratar de llenar el vacío con la mierda ajena. Porque igual de agotador es ver, escuchar, oír o leer a personas que no encuentran sentido a su vida porque su pareja se fue, se cansó, los dejó por otra persona. Esas personas que lanzan gritos de desamor, que juran a los cuatro vientos que nada volverá a ser lo mismo, que el sol ya no brillará y que sus rayos ya no acariciarán su piel como sólo la otra persona sabía acariciarla, esas personas que abandonadas por su pareja no ven la salida, saben sin lugar a dudas que "era él", que quien se fue "era la persona hecha para mí". Esas mismas personas son las que luego, en un tiempo irrisoriamente breve, están rehaciendo su vida con un nuevo él, esta vez sí el definitivo, el amor de su vida, y cantan al nuevo amor llegado con la misma o mayor pasión con que lloraban al que se marchó. Luego se permiten regalar odio y menosprecio al que se marchó, quizá por respeto, por honestidad, por afrontar que ya nada era realmente lo mismo, que lo que un día floreció comenzó a amargarse y de su vida en común sólo se desprendía un tufo a moho, a lugares comunes ya viciados, a muerte.

Siempre he desconfiado de esas personas que regalan pasiones, que regalan amor y odio con tanta facilidad e intercambiabilidad que nunca sabes que cara de la moneda te están mostrando. Esas personas para las que pasas a ser el mundo a ser lo peor del mundo, el recuerdo de una época horrible que debe ser erradicada de la memoria, las fotografías quemadas, sus recuerdos arrojados por la ventana. Ventana que será abierta para recibir los de cualquier otro, los del próximo, que quizá llegará a ser alguna vez el definitivo. Pero ¿cómo distinguir pues si ese definitivo estuvo en algún momento a un gesto, a una decisión, a una palabra de ser despreciado para siempre y enterrado en el olvido? Parece como si una fuerza excesiva e innecesaria empujara la relación en una determinada dirección, hacia el amor, con tanta tanta tanta fuerza, que cuando éste se acaba (quizá de tanto usarlo, quizá como nos recuerda Pedro Guerra "forzaste quizá demasiado los lazos pensando que en eso consiste el amor: en dar sin medir el calor de un abrazo"), la fuerza de repulsión es tal que se convierte en una auténtica repulsión hacia la otra persona, y mientras más fuerte empujaban, mientras más juraban que "o tú o ninguna", mayor es luego el desprecio, el rechazo, la negación y olvido a que se condena a quien compartió y vivió contigo un trayecto del viaje.

No sé por qué es esta la imagen que tengo de la vida en pareja. Quizá porque fue la que yo viví, o la que yo creí vivir. Quizá porque, como ocurre con todas las cosas, los neutrales y equilibrados nunca destacan, sino que son los extremos los que se hacen ver, los que con sus bipolares manifestaciones parecen copar la expresión de la realidad. No sólo será, sino que estoy seguro de que es posible encontrar un cierto equilibrio dentro de las pasiones, como una pasión desapasionada, un oximoron imposible pero necesario, un vivir con alguien porque sí, de forma relajada, compartir el viaje porque ambos así lo quieren y lo desean, pero no porque lo necesiten, no por la necesidad de encontrar justificación o de colmar un vacío, pues cuando compartimos buscando saciar nuestras ansias, lo único que podemos compartir es ese vacío, esa nada que llevamos dentro. Así, en demasiadas ocasiones se ven parejas unidas por sus respectivas carencias, tratando de buscar en el otro la justificación que llene su vida, que dé una razón a su existencia, y demandan demandan demandan, comienzan a exigir a esa persona que las sacie, que las llene. En definitiva, que las complete. Pero aquí radica el error. Pretender que alguien te complete está condenado al mayor de los fracasos, porque la única persona que estaría dispuesta a tal cosa sería otra persona vacía, que necesitara en la proyección del otro justificar o colmar su existencia, luego al tratar de llenar un vacío con otro vacío, resulta una nada aún mayor que no lleva sino a la destrucción de cualquier sentimiento puro que pudiera haber nacido.

En fin, me cansé de divagar como el tipo de "Quién se ha llevado mi queso". Al final va a resultar que en vez de teorizar tanto sobre la vida, lo que importa es vivirla, así que acá queda esto. Fin.

miércoles, 27 de agosto de 2008

el eterno trastorno

Es difícil retomar la pluma cuando lleva tanto tiempo abandonada que el metal esta ya frío, la tinta congelada en su interior. Pero hoy quiero hacerlo. Poco a poco, la sangre le transmitirá calor y las palabras irán brotando, primero tímidas, una a una, con cuentagotas. Luego, el habitual torrente de creación que enajena al escritor de la persona, que hace inidentificables a posteriori las líneas escritas durante esa descarga.

Leo aquello que escribí hace ya más de un mes, y pienso que muchas cosas han pasado desde entonces. Probablemente nada digno de remarcar en la biografía de mi vida (quizá porque las páginas de una biografía las llenan las historias muertas, aquellas que ya son pasado, y no las que iluminan el presente, las vivas), pero estos días se han saciado de la suficiente intrahistoria como para que sea otro el que dicta estas líneas.

La sangre no llega. O no calienta lo suficiente.

Quizá es que para escribir necesito entrar en un cierto desequilibro. Quizá es que determinadas ideas sólo brotan de mi mente cuando en esta hay una pieza que falla. Mi torrente de creación nace de un estado de destrucción, por eso todo lo que escribo y que vale la pena leer -como decía Cortázar- está orientado hacia la nostalgia. Supongo que estoy en el medio de demasiadas cosas, al principio de tantas otras, y sólo tenuemente se vislubra el final de algo. Por eso me pesan las líneas en la punta de los dedos.

Creo que me he acostumbrado tanto a la temporalidad, a la fugacidad de las ciudades, las personas y los sentimientos, que asentado en el equilibrio no encuentro sino desequilibrio. Lo que dicho en otras palabras podría traducirse como que la rutina me derrota, incluso aquella rutina equilibrada y feliz. El actor nunca llega a saber en qué momento entra en escena, y menos aún cuando sale de ella. El actor, conforme la obra se extiende, va difuminando la frontera entre personaje y realidad, personalizando el personaje y personajizando la persona. Igualmente aquel que se mira detenidamente a sí mismo, no sabe donde empieza el reflejo, y de donde nace la imagen. El espejo que separa verdad de ficción se convierte en la única realidad plausible.

Últimamente he hecho un esfuerzo por conocerme mejor a mí mismo. Me he sentado ante mí mismo, y me he pensado con calma. He creído entender que, igual que somos capaces de vislumbrar con un simple golpe de vista nuestras limitaciones físicas, podemos conocer y asumir nuestras limitaciones emocionales. No recuerdo en qué libro o película, determinado personaje soñaba con llegar a ser algún día ave, y surcar los cielos con sus esplendorosas alas. El resto lo miraba y compadecía. Pobre loco, decían, y se lamentaban de su triste existencia.

Todos alcanzamos a ver las limitaciones físicas. Por eso sabemos que si medimos 1.80, empeñarnos en ser pivots de baloncesto sólo nos deparará frustración e impotencia, por la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo. Es algo evidente contra lo que, decimos, no vale la pena luchar. Exactamente en la misma medida, aunque no alcanzamos a verlo, vivimos atados por nuestras limitaciones emocionales. Algunos no estamos hechos para la vida en sociedad, otros para la vida en pareja, otros para la vida en soledad, y algunos parece que no estemos hechos siquiera para la vida. Y sin embargo nos empeñamos en hacerlo, en ir contra nuestra corriente interna.

No pretendo decir qué descubrí cuando me asome a los abismos de mi interior. Sus caminos son mucho más intrincados y oscuros conforme más se cava la superficie, y lo que en ellos se visualiza difícilmente se puede comprender, mucho menos aún transmitir. Además, late en el fondo esa frase que nos legara Marías: nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre. Nadie quiere ser el artífice de sus miserias, el arquitecto de sus desgracias, el causante de sus sinsabores, y jugar mal las cartas de su vida por un juicio erróneo. Sin embargo, creo que es necesaria esta cierta introspección, esta búsqueda de equilibrio interno entre el yo que podemos ser, y el yo que en el día a día estamos intentando ser.

¿Acabaré metafísico, o metadónico?

jueves, 24 de julio de 2008

uno es el poeta

Ayer encontré un regalo bajo mi almohada. Me esperaba allá, calmo, sin prisas por ser descubierto, como si la intemperie de la espera no lastimara su memoria. Ayer, bajo la almohada, me esperaba la leve figura de Jaime Sabines.

Es curioso cuando descubrimos un nuevo autor, un nuevo imaginario, esperándonos como un gato silencioso, arqueando la espalda ante las caricias que nuestros ojos le ofrecen la primera vez que se deslizan por sus líneas. Quizá sea más fácil descubrir a un autor a quien la historia aún no ha cubierto con la pátina del "ser un genio". Quizá es más difícil sorprenderse con la Elegía a Ramón Sijé que al leer Algo sobre la muerte del Mayor Sabines. Quizá con nuestra admiración, a los genios declarados y conocidos los estamos condenando a la excelencia, a la eterna búsqueda de una nueva perfección que sólo llega cuando, como la inspiración, ni se la busca ni se la espera. Y quizá todo eso sea un poco injusto. No lo sé.

Creo que leer es la forma más (in)satisfactoria -sin duda la forma más (im)perfecta- de estar solo. Decía Bernhard: "leer es, para mí, el más soportable de todos los ascos". La emoción que despiertan unas líneas, un adjetivo antepuesto a un sustantivo ya desgajado de nuestra lengua, la cadencia o el ritmo de unos versos; esa sensación íntima que nos despiertan esas pocas hojas impresas que reposan en nuestra mesita de luz, todos esos espejos en los que reflejamos nuestra alma, son casi imposibles de compartir. Ni bajo la más tenue luz de lámpara en una performance de madrugada, ni sometiendo ese "encontraría a la Maga" a la lectura conjunta de dos voces que se encuentran, se reconocen, y se entrelazan, ni en la popa de una cama leyéndole a la persona amada, se puede alcanzar, explicar o compartir esa conexión con la letra impresa, con el negro sobre blanco, que el encuentro solitario te concede. Por eso es sin duda la forma más (im)perfecta de estar solo. Porque en la belleza de la satisfacción, encuentra su forma el reflejo de la soledad.

¿Por qué escribo esto?

martes, 22 de julio de 2008

vida de vagamundo

Muchas veces soy consciente de que es más que probable que no regrese más al lugar donde estoy, que no vuelva a ver a la persona que está frente a mí. Es vivir la muerte, pero en paz y con nostalgia.

viernes, 18 de julio de 2008

viernes, 27 de junio de 2008

abrirán las grandes alamedas

Poco o nada se sabe en España de la historia del pueblo chileno. Poco o nada se sabe de esta tierra que durante siglos compartimos, y cuyos pasos siguieron en numerosas ocasiones nuestra misma desafortunada senda.

Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Salvador Allende. Y es curioso como en un día que debería ser tan señalado -y no sólo para todos los chilenos sino para todos y cada uno de aquellos que soñamos con un mundo mejor y más justo-, su gente, su pueblo, transitaba la gran Alameda sin siquiera volver su mirada hacia el Palacio de La Moneda que lo vió morir un once de septiembre de mil novecientos setenta y tres. En un país en el que es aún alargada la sombra del dictador Augusto Pinochet; en un país en el que sus calles se inundan para despedir a otro general muerto en un accidente aéreo, a otro de esos milicos que sumieron esta tierra en el terror y la oscuridad cultural durante más de 15 años; en un país del que poco queda del gran sueño de Allende salvo algunos locales a media luz en los que se brinda con vino pipeño entre las notas de una lejana cueca; en este país, en esta tierra, nació y murió por ella Salvador Allende, a quien quiero homenajear con estas indignas líneas.

La elección democrática de Salvador Allende un cuatro de noviembre de mil novecientos setenta, marcaría un hito en la historia de la humanidad. Ese día, en esas horas de incertidumbre inmersos en plena guerra fría, todos los ojos del mundo se giraron hacia Chile. Por vez primera en la historis, resultaba elegido de forma democrática un presidente marxista. Injustas son las disputas postreras entre comunistas y socialistas, entre radicales y socialdemocratas, sobre si Allende pertenecía a una u otra línea política. Salvador Allende perteneció y pertenecerá siempre sólo a su pueblo. Y sólo por él luchó. Por él vivió, y dió su vida.

El once de septiembre de mil novecientos setenta y tres, el Palacio de La Moneda era bombardeado por el propio ejército militar chileno. Ríos de tinta han corrido, miles de voces han manifestado su opinión, en tertulias, encuentros, locales clandestinos, universidades, en los bares y en las calles. Miles de voces que -igual que los comunistas y socialistas ortodoxos pugnan por colgarse la medallita de Allende- discuten acaloradamente sobre si Allende fue asesinado en La Moneda, o si fue él mismo quien decidió quitarse la vida. Igualmente, Allende murió de tristeza. Murió por la decepción de comprobar cómo su sueño social de un mundo más justo para los trabajadores se desvanecía. Murió porque, como sucediera en España en el año mil novecientos treinta y nueve, los de siempre, una vez más, tomaban por las armas lo que el pueblo había elegido con su propia volutad y con toda la fuerza de su voz, y su palabra. ¿Qué importa quién apretara el gatillo, quién disparara esa bala hace hoy casi treinta y cinco años?

Ayer todas esas preguntas, toda esa historia, flotaban un poco en el ambiente. Salvador, el compañero presidente, recibía un emotivo homenaje a pocos metros del asfalto que se tragó sus últimas gotas de sangre. Sin embargo, una uña me rascaba casi imperceptiblemente la cabeza. Rodeado de esas personas, embajadores, cónsules, consejeros, artistas de la nueva ola, personajes de la farándula, sentía que en el homenaje a Allende no estaban ninguno de esos "nadies" por los que él había entregado su vida. Mucho abrigo de piel, muchas barbas al viento, incluso alguien se atrevió a levantar un puño en un momento dado del discurso. Pero de los desheredados, de los ninguneados, del pueblo trabajador en el que siempre creyó Allende, no había más que una decena de personas que con camisetas blancas y lágrimas negras reclamaban la libertad de la líder mapuche Elena Varela, encarcelada por defender las ideas de libertad, igualdad y respeto. Que cada cual haga su juicio particular.

Yo sólo quisiera cerrar estas líneas, con las últimas que Allende dirigió a su pueblo, pocas horas antes de morir, cuando el Golpe era ya una realidad, y el futuro una incertidumbre llena de sombras, miedo y de desesperanza.


Seguramente ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Postales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron.

Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

martes, 24 de junio de 2008

fin de ciclo



Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadie con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca. Ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadie la llamen, aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadie: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadie: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadie, que cuestan menos que la bala que los mata.


Quisiera acabar este año con un último homenaje a América Latina, esa tierra de infinitas riquezas que hubo de padecer los exterminios que le impusimos. Me da exactamente igual volver a mis lugares comunes. Me importa un verdadero rábano cómo se interpreten estas palabras. Y me provoca una sonora indiferencia que sean leídas como un enésimo intento de epatar desde mi acomodado sillón de nylon. Lo que aquí digo me duele, y quiero que, cuando pasen otros veinticinco años, pueda volver a estas líneas y sentir que, de alguna manera, me siguen revolviendo lo más profundo de mis entrañas. La voz de América Latina, la voz de esos millones de desheredados, se la atribuyo al uruguayo Eduardo Galeano, quien incapaz de cerrar sus venas abiertas, intenta al menos que esa sangre salpique a quien debe, y no ahogue más a este pueblo.


En la época colonial, el Cerro Rico de Potosí produjo mucha plata y muchas viudas. Durante más de dos siglos, Europa celebró, en estas heladas alturas de América, una ceremonia occidental y cristiana: día tras día, noche tras noche, daba de comer carne humana a la montaña, a cambio de la plata que le arrancaba.
De cada diez indios que entraban a la boca de los socavones, siete no salían: El exterminio ocurrió en Bolivia, que todavía no se llamaba así, para que en Europa fuera posible su desarrollo del capitalismo, que tampoco se llamaba así todavía. En nuestros días, el Cerro Rico es una montaña hueca. Toda su plata se ha marchado lejos, sin decir adiós.
En lengua indígena, Potosí, Potojsi, significa: truena, hace explosión, porque dice la tradición que en tiempos lejanos el cerro tronaba cuando lo lastimaban. Ahora, vaciado, calla.


La memoria es frágil, y caprichosa, y a veces esquiva. Pero hay otras veces en que la memoria es directamente enterrada, desterrada. La historia la escriben los vencedores, que dicen por allá. Sin embargo siempre hay voces disonantes dispuestas a mantener viva la llama de la memoria. Porque un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla, surgen esas voces que nos recuerdan lo que fuimos un día. Y qué fue exactamente lo que pasó. He optado por un uruguayo para representar la voz de la memoria, y con estas líneas cierro este primer ciclo, pidiendo, una vez más, lo único que nadie podrá nunca arrebatarnos: Pido la voz y la palabra.


Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan, y ese lugar es mañana. Suenan muy futuras ciertas voces del pasado americano muy pasado. Las antiguas voces, pongamos por caso, que todavia nos dicen que somos hijos de la tierra, y que la madre no se vende ni se alquila.
Mientras llueven pájaros muertos sobre la ciudad de México, y se convierten los ríos en cloacas, los mares en basureros y las selvas en desiertos, esas voces porfiadamente vivas nos anuncián otro mundo que no es este mundo envenenador del agua, el suelo, el aire y el alma. También nos anuncián otro mundo posible las voces antiguas que nos hablan de comunidad. La comunidad, el modo comunitario de producción y de vida, es la más remota tradición de las Américas, la más americana de todas: pertenece a los primeros tiempos y a las primeras gentes, pero también pertenecen a los tiempos que vienen y presiente un Nuevo Mundo. Porque nada hay menos foráneo que el socialismo en estas tierras nuestras. Foráneo es, en cambio, el capitalismo: como la viruela, como la gripe, vino de afuera.