Es difícil retomar la pluma cuando lleva tanto tiempo abandonada que el metal esta ya frío, la tinta congelada en su interior. Pero hoy quiero hacerlo. Poco a poco, la sangre le transmitirá calor y las palabras irán brotando, primero tímidas, una a una, con cuentagotas. Luego, el habitual torrente de creación que enajena al escritor de la persona, que hace inidentificables a posteriori las líneas escritas durante esa descarga. Leo aquello que escribí hace ya más de un mes, y pienso que muchas cosas han pasado desde entonces. Probablemente nada digno de remarcar en la biografía de mi vida (quizá porque las páginas de una biografía las llenan las historias muertas, aquellas que ya son pasado, y no las que iluminan el presente, las vivas), pero estos días se han saciado de la suficiente intrahistoria como para que sea otro el que dicta estas líneas.
La sangre no llega. O no calienta lo suficiente.
Quizá es que para escribir necesito entrar en un cierto desequilibro. Quizá es que determinadas ideas sólo brotan de mi mente cuando en esta hay una pieza que falla. Mi torrente de creación nace de un estado de destrucción, por eso todo lo que escribo y que vale la pena leer -como decía Cortázar- está orientado hacia la nostalgia. Supongo que estoy en el medio de demasiadas cosas, al principio de tantas otras, y sólo tenuemente se vislubra el final de algo. Por eso me pesan las líneas en la punta de los dedos.
Creo que me he acostumbrado tanto a la temporalidad, a la fugacidad de las ciudades, las personas y los sentimientos, que asentado en el equilibrio no encuentro sino desequilibrio. Lo que dicho en otras palabras podría traducirse como que la rutina me derrota, incluso aquella rutina equilibrada y feliz. El actor nunca llega a saber en qué momento entra en escena, y menos aún cuando sale de ella. El actor, conforme la obra se extiende, va difuminando la frontera entre personaje y realidad, personalizando el personaje y personajizando la persona. Igualmente aquel que se mira detenidamente a sí mismo, no sabe donde empieza el reflejo, y de donde nace la imagen. El espejo que separa verdad de ficción se convierte en la única realidad plausible.
Últimamente he hecho un esfuerzo por conocerme mejor a mí mismo. Me he sentado ante mí mismo, y me he pensado con calma. He creído entender que, igual que somos capaces de vislumbrar con un simple golpe de vista nuestras limitaciones físicas, podemos conocer y asumir nuestras limitaciones emocionales. No recuerdo en qué libro o película, determinado personaje soñaba con llegar a ser algún día ave, y surcar los cielos con sus esplendorosas alas. El resto lo miraba y compadecía. Pobre loco, decían, y se lamentaban de su triste existencia.
Todos alcanzamos a ver las limitaciones físicas. Por eso sabemos que si medimos 1.80, empeñarnos en ser pivots de baloncesto sólo nos deparará frustración e impotencia, por la imposibilidad de alcanzar nuestro objetivo. Es algo evidente contra lo que, decimos, no vale la pena luchar. Exactamente en la misma medida, aunque no alcanzamos a verlo, vivimos atados por nuestras limitaciones emocionales. Algunos no estamos hechos para la vida en sociedad, otros para la vida en pareja, otros para la vida en soledad, y algunos parece que no estemos hechos siquiera para la vida. Y sin embargo nos empeñamos en hacerlo, en ir contra nuestra corriente interna.
No pretendo decir qué descubrí cuando me asome a los abismos de mi interior. Sus caminos son mucho más intrincados y oscuros conforme más se cava la superficie, y lo que en ellos se visualiza difícilmente se puede comprender, mucho menos aún transmitir. Además, late en el fondo esa frase que nos legara Marías: nadie quiere convertirse en su propio dolor y su fiebre. Nadie quiere ser el artífice de sus miserias, el arquitecto de sus desgracias, el causante de sus sinsabores, y jugar mal las cartas de su vida por un juicio erróneo. Sin embargo, creo que es necesaria esta cierta introspección, esta búsqueda de equilibrio interno entre el yo que podemos ser, y el yo que en el día a día estamos intentando ser.
¿Acabaré metafísico, o metadónico?


1 comentario:
Ni metafísico ni metadónico, probablemente más sensible, que aunque no sea un pasaporte que garantice el libre tránsito hacia el continente de la felicidad, tal vez ayude a ser mejor persona, ¿no es poca cosa, no?
Un placer leerte.
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