Es muy cómodo vivir instalado dentro de un personaje.Antaño, y no hay que remontarse mucho más allá del siglo pasado, las personas vivían instaladas dentro de un imaginario-mundo: una religión, un partido político, unas tradiciones, una cultura. Dentro de ese mundo, encontraban respuestas externas a casi todos los avatares de la vida. Así, la castidad se presentaba no como una elección, sino como una premisa de la religión de turno; la clandestinidad no como una decisión huidiza, sino como una condición de pertenencia a determinadas ideologías políticas; la rigidez en los valores, como un modo de conservar las milenarias tradiciones; y el machismo, la apatía, el sedentarismo, o la tiranía, como unos imperativos de la cultura que los vio nacer.
Hoy día, muchos de esos imaginario-mundos colectivos han ido desapareciendo, o sus rejas se han ido debilitando. Se ha ido perdiendo ese sentido de colectividad. Así, las religiones han perdido peso específico; los partidos, todos ellos legalizados, han tendido a una cierta estabilidad centrista en la que no los diferencia tanto la ideología como la posición que en el poder ostenta cada uno; las tradiciones se han olvidado en un cajón sin fondo; y la cultura, ha pasado a ser una y uniforme. Y no trato de decir que todos estos cambios hayan sido negativos. Por el contrario, se podían haber presentado como un desencorsetamiento de la sociedad en que vivimos. Sin embargo, lo que han hecho ha sido recrudecer lo que voy a llamar -desgraciadamente parafraseando al Papa Ratzinger- la dictadura de la relatividad.
Esta poderosa idea, empero, no la defiendo en el sentido que lo hace el "sumo pontífice". No la uso para predicar, como éste, una vuelta hacia los valores de antaño. No defiendo una vuelta a encerrarnos dentro de esos mundos prefabricados, perfectamente amoldables a la vida de cada uno. Porque el fin último de esos imaginarios es el más terrible de todos: descargarnos de la responsabilidad de nuestras decisiones personales. Justificables dentro de un imperativo mayor que nos obliga a actuar de éste y no de aquél modo, en estos mundos los actos del individuo no requieren de un acercamiento responsable a los mismos, puesto que vienen predeterminados por las prescripciones de una moral de turno.
Lo que defiendo es un giro hacia un acercamiento social e individualmente responsable a nuestros actos. Socialmente, en el sentido que parece que hoy día, cualquier postura ideológica o política es justificable siempre y cuando esté esgrimida bajo una cierta construcción intelectual. Se tiende a la descontextualización de las ideas, a plasmar en modelos lineales una realidad multiforme que jamás podrá ser comprendida dentro de esas mínimas directrices. Desde la doctrina marxista hasta el actual neoliberalismo, todas ellas han adolecido de la misma carencia: una profunda miopía hacia una realidad que negaba las teorías basadas en las alquimias de quienes las formulaban. Si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad, se ha llegado a afirmar. Hay que contextualizar esas teorías que naturalizan el estado de las cosas, que las intentan hacer estáticas y predican constantemente el fin de la historia. Hay que hacer teorías impuras, teorías bañadas de contexto, de realidad, y no arquetipos generales con aspiraciones de ser generalizados a tantas diferentes realidades.
Pero igual de terrible es la relatividad moral a nivel individual. Y ésta es la que en los últimos años ha sufrido un cambio en el que el hombre, pudiendo liberarse de las cadenas que le oprimían, ha optado por una salida igual cobarde: lo que he dado en llamar vivir instalado dentro de un personaje.
Perdido el referente ideológico, vencidas las ataduras de la religión, superados los imperativos morales de la cultura (instalados dentro de esta cultura de la relatividad del todo vale, dentro de esta cultura sin valores-guía), el hombre se ha encontrado de repente desnudo ante sí mismo. Sin un referente en el que justificar sus acciones, teniendo que afrontar que la cárcel en la que decimos vivir es una prisión de rejas transparentes impuestas por nosotros mismos, nos resulta cada vez más difícil enfrentarnos a nuestras cobardías, a nuestros miedos, a nuestros temores. El ancestral miedo a la libertad nos ha sorprendido desnudos, y la respuesta ha sido instalarnos dentro de un personaje.
Las facturas a pagar; El satisfacer las expectativas en nosotros depositadas; La inutilidad de una acción individual frente al todopoderoso sistema; Las dilaciones que de tan comunes se vuelven eternidades. Preferimos proferir gritos al viento sentados en nuestros cómodos sillones, preferimos lamentar la circunstancia en vez de enfrentar la circunstancia. Y ahora es más fácil que nunca: siempre habrá una canción, una película, un libro, o la escapatoria de un blog, que nos permitirá sentirnos hermanados en esa lucha que no existe sino en nuestras bocas, en nuestras letras, en nuestras teclas. Estamos en la platea leyendo y preparando constantemente el guión de nuestra vida, pero nunca subimos al escenario a interpretar el papel que nos predicamos.
Pero este "personajismo" no sólo se manifiesta en la esfera de nuestra vida social, que ya es terrible, sino también en la de nuestra vida privada: en nuestras relaciones de familia, de pareja, y ante nosotros mismos. Y este es el más peligroso de todos ellos. Hay que admitir que eran el momento y la situación idóneos. Con la ayuda de internet, con la ayuda de estos blogs que nos permitan liquidar a corto plazo lo poco de auténtico que puede aún moverse en nuestro interior, favorecidos por este anonimato que da la pantalla del ordenador, es fácil colocarse la careta de un personaje ante los demás y, con el tiempo, ante nosotros mismos. Adoptamos un personaje, cortazariano, kunderiano, aristotélico, platónico, y bajo las premisas que se esperarían de dicho personaje, sabiendo lo que los demás esperan de nosotros, utilizamos esta cobertura como justificación a unas decisiones que en el fondo nos atañen sólo a nosotros mismos. "Yo nací para morir en soledad", "siempre nos quedará París", "estoy acostumbrado a sufrir", "que será de mí buscando salida a este dolor", "lo que me cuesta es pasar del 1". Pero no eres Ilsa Lazlo, ni yo Rick Blaine. Es mucho más fácil, porque es más cómodo, imaginarnos a nosotros mismos trabando amistad con los gatos nocturnos, observando como un avión se aleja en un aeropuerto entre la niebla, declararnos anacoretas de espítitu y vocación. Pero eso no hace sino ocultar nuestros miedos a enfrentar la realidad; a decir aposté y perdí, pero al menos jugué; nuestros temores de enfrentar el mundo con una mirada adulta, responsable y autocrítica (la guardería global, ¿recuerdas hermano?). Esos miedos son perfectamente liquidables, si los justificamos con interpretar ese papel que hemos elegido para nosotros mismos.
Esta es la enfermedad que enfrentamos en este nuevo siglo. Acercarnos a alguien y no saber qué papel, qué personaje, habrá elegido para interpretar en el viaje de su vida. Bajo su máscara, intuiremos la persona real que, asustada, temerosa, tiene miedo de despojarse de la careta y que los rayos del sol quemen su rostro. Pero quizá nunca lleguemos siquiera a rozar a esa persona que espera, agazapada, una oportunidad de que le dejen vivir. Por eso es tan necesario despojarse de ese papel, de ese personaje autoimpuesto. Es tan necesario, que confío en que estas palabras aquí escritas se transfiguren en actos, al menos en aquello que a mí me concierne: en mi persona, y en la de todos aquellos que me rodean y a los que quiero.


6 comentarios:
Pero hermano, es que no se puede no ser un personaje: debajo de una máscara siempre hay otra.
La personalidad es como un personaje que escribimos y que los demás nos escriben día a día. De lo que tú hablas es de vivir sin miedos y "a corazón abierto". Y eso está muy bien; pero, como decía el otro, una cosita que ni vaya ni venga.
La contención (no sólo en literatura; ¡también en los sentimientos!) no siempre es menos; muchas veces es más.
Creo que hablas también, sin decirlo, de mantener relaciones menos pudorosas. Pero, para ello, hay que saber y hay que querer (que muchas veces es que no se quiere ni sale) crear el contexto adecuado.
Las cosas casi siempre son más sencillas de lo que parecen (y por eso, complicadas: erramos el diagnóstico y, por tanto, la terapia). Es curioso que hayas recogido aquello de que, en política, si la realidad no se adapta a la teoría, culpamos a la realidad. En las relaciones pasa lo mismo. Deberíamos decirnos: "A ver cómo me las ingenio para que Fulano o Mengana se me muestre como yo deseo que se me muestre" (y eso se logra, si es que se logra, mostrándonos nosotros). Lo que sucede es que, en el fondo, no lo necesitamos tanto. Y optamos por lo más cómodo, que es poner el piloto automático.
La necesidad que tenemos de algo es el producto de dividir el placer que nos procura entre el esfuerzo que nos exige. ¡Y hoy una relación "auténtica" nos exige tanto que, en realidad, decidimos que nos interesa más mantenernos en la superficie! Hemos llegado a la conclusión de que es mejor surfear por las olas de la realidad que bucear por sus abismos. Y no está demostrado que nos equivoquemos con ello.
Porque uno siempre conoce a Fulana y a Mengano cuya misma luminosidad nos exige salir a por ellos y exponernos. Así que una cosa es clara, hermanillo, o procuramos hacernos necesarios (en el buen sentido) o estamos condenados (si es que es siempre condena) a tratar con agradables máscaras.
Besos desesmascarados. ;)
Querido hermano,
como siempre que te leo (salvo cuando hablas de la "res pública" :P) me vienen a la mente estas palabras: cuánta razón tienes. Estoy absolutamente de acuerdo con todo lo que dices, aunque quizá no hayas notado que también la tuya es una pequeña digresión. Movido y motivado probablemente por tu situación en el-mundo-real (no olvidemos que los blog, como las novelas, son autobiográficos sólo en cierta medida), has leído aquello que querías (y creías, porque ya sabes que dijo Cortázar que madurar es volverse favorito de esto y no de aquello, y cuando leemos segmentamos y retenemos aquello para lo que estamos predispuestos) leer, y con tu digresión dentro de mi digresión dentro de una digresión, no puedo estar más de acuerdo.
Pero de aquello que hablaba yo en esta entrada, no es tanto de mí actitud vital. Aunque evidentemente, bajo ese grito despersonalizado, lata una corriente interna que perfectamente has sabido interpretar. Pero en mi entrada, de aquello que hablaba en concreto, es de la transfiguración de los referentes culturales sobre los que justificamos nuestras vilezas. Esos referentes, en un cierto tipo de personas, han dejado de ser la religión, la política o las tradiciones, dando un giro del referente colectivo hacia el referente individual. Giro sin duda favorecido y auspiciado por el momento cultural en que vivimos, pero también giro que sin duda abrazamos con connivencia y concupiscencia absolutas.
Como tú bien has dicho muchas veces, no hay nada más difícil en el mundo que ser libre. Porque la libertad, lo que oculta en último término, es una elección. Y cuando elegimos, afectamos al entorno que nos rodea, y por supuesto a nosotros mismos. Y no siempre estamos capacitados para enfrentarnos, para hacer frente, a las consecuencias de esa elección que hemos tomado nosotros, y sólo nosotros. Y esto no sólo se circunscribe al amor en nuestras relaciones con la otra persona, sino en todos los ámbitos de la vida.
Con un ejemplo absolutamente profano se verá más claro. Y el ejemplo lo podemos encontrar en la película "Troya" (sin premio, hermano, sin premio). Centrémonos en los 3 personajes clave de esta historia: Aquiles, Héctor, y Paris. Y analicemos la actitud de cada uno de ellos bajo este prisma que comentaba en mi entrada.
Por un lado tenemos a Héctor. El primogénito de Príamo. Alcanza a ver la locura de su padre en su relación con los dioses (las tradiciones), que llevan a su pueblo a una guerra que están condenados a perder. Héctor reacciona ante esto, pero está atrapado por otra macroesfera: la cultura. Cuando Aquiles, tras saber que Héctor mató a Patroclo, aparece ante los muros de Troya exigiendo venganza, Héctor, aún sabiendo que va a morir ante el acero de su enemigo, deja atrás a su mujer, y a su hijo recién nacido, pues vive en la cultura del honor, de la lucha por su pueblo y el pago de su crimen (el asesinato de Patroclo, un todavía adolescente).
La otra cara de la moneda la representa Aquiles. Es absolutamente indisciplinado, ha huido de su cultura y de sus tradiciones, de tal manera que es capaz de saquear los templos de los dioses y de dar la espalda a su rey Agamenón. Pero vive atrapado (él ha dado este giro del que hablo en mi entrada) por su propia microesfera: Aquiles ha decidido que quiere ser un héroe recordado durante milenios. La escena clave es cuando Aquiles va a visitar a su madre, la ninfa Tethis, que predice su destino "puedes ir a la guerra de Troya, y morir allí, y ser recordado por tus hazañas para siempre; o puedes volver a Grecia, donde conocerás a una mujer que te dará hijos que te amarán y te recordarán, y los hijos de tus hijos, y los hijos de los hijos de tus hijos, todos recordarán al gran Aquiles. Pero muertos todos ellos, tu nombre caerá en el olvido". Aquiles, representando el papel que ha elegido para él, abandona a la madre, y va a la búsqueda de esta muerte, porque actúa movido por ese personaje interno que le impide elegir. O mejor dicho, que le ayuda a no tener que enfrentar el miedo y el posible naufragio que toda decisión conlleva.
En último lugar tenemos a Paris. Y es irónico decir que quizá todos debamos ser como Paris. Vilipendiado por la historia, proclamado traidor por su familia y su pueblo, acusado de cobarde por aquellos que iban a la guerra sólo a morir, escapó de todas estas prisiones y eligió su vida con Helena. Eso es todo.
Ninguna opción vital es mejor que las anteriores. Hay quien puede proclamarse Príamo, Héctor, Aquiles, o Paris. La elección depende de cada uno, pero aunque pueda parecer lo contrario (he ahí la "heroica" muerte de Héctor, el recuerdo inextinguible de Aquiles), sigo considerando la más difícil de todas la del joven Paris. Y no es que esté defendiendo que hay que tirarse a todo por amor (por eso te decía que habías interpretado por donde era más esperable que me interpretaras). Estoy defendiendo que el único que fue capaz de eliminar todos esos condicionantes autoimpuestos, y afrontar el resto de su vida cargando con la culpa (porque en toda elección, y este es su anverso inevitable, está la renuncia a algo) de haber traicionado a su familia, a su pueblo, y a su honor (cuando huye arrastrándose del hierro de Menelao, y el propio Príamo le implora "levántate y muere como un príncipe", imagínate lo fácil que es tomar esa decisión amparado en que lo marca la tradición, y lo difícil que sería tomarla si en cada decisión partimos de cero, partimos de que somos personas libres), el único con la valentía de proclamarse libremente un cobarde por amor, fue Paris.
Saliendo de este ejemplo que podíamos alargar hasta el infinito, lo que quiero decir es que muchos de nosotros, hemos optado por ser Aquiles. Tú, en tu torre de Montaigne, por la que la única cosa que pasa con cierta continuidad es el Río de Heráclito (y ya dijo este que, aunque siempre el mismo, el río es otro y mutable a cada segundo), y yo, en mi melancolía cortazariana, viéndome como un Oliveira incomprendido condenado a vivir siempre enamorado del amor, pero sometido a su eterna búsqueda, sin llegar a hallarlo nunca(puedes leer el poema "Los amorosos", de Jaime Sabines, para entender mejor esto).
Igual que nosotros, otros proclaman su tierra como el lugar que los vio nacer y que los verá morir, y esta excusa, este personaje de ser humano apegado a su tierra y sus raíces (mi familia no soportaría mi ausencia), es motivo y excusa suficiente para no conocer jamás que pasa más allá de su frontera. O como las madres adoptan este papel de madres, y utilizan a sus hijos como coartada para no separarse, o para tomar ninguna decisión de riesgo que valga la pena.
Como ves, me refería a algo mucho más profano y mucho más amplio en mi entrada. Y en último término no defendía ninguna postura como la idónea para nadie. Sólo defendía que, para mí, ya era suficiente de vivir encerrado detrás de ese personaje cortazariano que vive en una buhardilla parisina (lo que, como bien has detectado, implica una predisposición a volver a luchar por una relación "auténtica", y sí, lo sé, con los millones de "pero" que eso implica, pero aquí yo me entiendo perfectamente, y no necesito que nadie más me entienda. Dejémoslo así).
Ahora, con todo lo que dices estoy de acuerdo, especialmente con la fórmula "placer/esfuerzo", que es sin duda la única fórmula válida para cualquier actitud vital (lo que de toda la vida se ha llamado "poner las cosas en una balanza", vamos), así que espero tu réplica, si es que llega, y te mando un beso enorme, porque aunque a través de este teatro del mundo que son los blog, por fin he empezado a verte más desnudo.
Besos adámicos! :P
[Te escribí anoche una respuesta más larga; pero la conexión me la jugó. Más brevemente...]
Ese poema de Sabines ya me lo ha dedicado una lectora (ignoro bajo qué máscara y prefiero ignorar con qué intenciones).
Evidentemente que selecciono una parte de tu texto; si tuviera que pasar por todos los caminos, no acabaría nunca. Y no porque cada vez te extiendas más y yo menos. :P
En cuanto a la cosa pública, ya te veré pasar por mi puerta, ya... ;)
Respecto al ejemplo que planteas de una ética condicionada por un sistema cultural, no tengo nada que añadir. Los valores, si no se dan dentro de un sistema, dejan de tener "valor". La libertad no es nada si no la confrontas con la necesidad. En el caso concreto que pones (ya sabes que soy un fanático de que se concrete), no estoy de acuerdo. La actitud de Paris en modo alguno me resulta admirable: elige el "amor" y condena a su pueblo. Ojo, el amor no es una pasión menos "cultural" y mediatizada que el honor; que en eso, Oliveira Jr., también somos hijos de nuestro tiempo.
Aquiles elige un destino, como lo elige Héctor, dentro del limitado horizonte de libertad que le ofrece su época (a nosotros nos pasa lo mismo, sólo que no lo vemos: está demasiado cerca). Los valores éticos y políticos por los que nos regimos no pueden ser "absolutos": entran dentro de un código limitado y, sin duda, imperfecto. No exijo la universalidad y la ahistoricidad de una postura ética: sí la coherencia y la asunción de la responsabilidad de esa elección.
Paris no escapa, como dices, de los presupuestos de su cultura. Se limita a pasarse por el forro el bienestar de su sociedad (esa que lo ha hecho príncipe) por estar con la mujer de la que se ha enamorado. ¿Un rebelde? Claro. ¿Un niñato? También. ¿Un modelo? Ni de coña.
Pero no era ésta la parte de tu artículo la que más me interesaba. Yo me había centrado en algo más específico y, digamos, sentimental. Y es que continuamente se oye la queja de "Ya apenas hay relaciones auténticas", "Todos nos tratamos siempre con máscaras", "Representamos personajes bajo los que nos escondemos" y un largo etc.
[Diré de pasada de que no sé muy bien qué es una máscara o un personaje y qué no lo es (creo que se trata, más bien, de que podemos representar personajes más o menos complejos)]
Me crispa ese discurso que, por así decir, lamenta la falta de autenticidad y profundidad en las relaciones. La queja ante la ausencia del trato "de corazón a corazón" esconde, como tantas cosas, la responsabilidad y la incapacidad personal y culpa al "mundo", a la "cultura", a los "tiempos" o a lo que sea. Y no. La "culpa" no es del mundo.
Primero, todos tenemos un enorme miedo a mostrarnos. No tanto porque corremos el riesgo de que no nos comprendan, sino precisamente porque corremos el riesgo de que nos comprendan y, a pesar de eso, no nos aprecien. Tenemos miedo de no ser suficientemente interesantes, no de ser incomprendidos. Porque si no nos mostramos del todo, siempre podemos tener la excusa de que no nos admiraron, quisieron, amaron, porque las circunstancias no nos permitieron mostrar nuestro yo "auténtico" y sin máscaras. Pero ¿y si en realidad no quisiéramos mostrarlo por miedo a que no seamos tan atrayentes como creemos ser? O, simplemente, porque no nos apetece mostrarnos. Porque, como bien dices, no amamos a nadie, sino a nuestra propia imagen de enamorados perpetuos, de decadentes exquisitos y derrotados por la estúpida realidad.
Lo siento; pero me solivianta ese discurso victimista. Cuando uno es interesante y es generoso y es alegre y es inteligente, puedes jurar que dará -antes o después, aunque sea tarde- con gente interesante y generosa y alegre e inteligente.
El problema es que sospechamos que no lo somos. Y que lo tendremos crudo para que los que sí lo son nos amen por lo que somos. ¿Solución? No mostrarnos por miedo al fracaso y lamentar la estolidez de una cultura que casi nos obliga a llevar una vida inauténtica.
En fin, que me enrollo. Hay que currárselo más y lamentarse menos. No todos podemos conquistar a una Naomi Campbel con la mente de Jane Austen. Ante eso, no me parece muy inteligente escondernos bajo el argumento de: "¡Ah! Si el mundo o mi propio corazón me permitierán mostrarme..." ¡Quiá! Quien dice eso no se muestra ni bajo amenaza de muerte... ¡Cómo podría justificar entonces sus fracasos!
No te deseo, querido hermano, ese destino de rencoroso rumiante. Oliveira era un petardo insufrible y un pelma monumental. Tú, no. ;)
(Cuidado con lo que quieres ser, porque ¡puedes acabar consiguiéndolo!)
Abrazos cariñosos.
Con permiso:
En mi caso, una de mis opciones consiste en ser admiradora secreta de vuestras máscaras sin saber cual de las dos,la Heraclítica o la Cortazariana, me cautiva más. ;-)
Besos.
Si es que alguien más tenía que pensarlo... que coñazo Oliveira, que tio más raro...
¿Jugamos hoy un poquito al delirio? :)
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