viernes, 25 de enero de 2008

13 rue del percebe

Siempre pensé que si hay una historia que resume, sintetiza, y de alguna manera explica el mundo, esa es la historia de un patio de vecinos. Esta es la historia de mi bloque, que bien podría ser la de cualquier otro, cambiando algunos nombres. Tengo lo fortuna de vivir en lo que, ninguneando el término, podría ser llamado un ático, lo cual no sólo suena bien, sino que te evita el curioso incidente de tener a alguien pisándote todo el año la cabeza. No obstante, hay lugar para compartir muros y suelo con otros seres dignos de mención. A ambos lados de nuestra casa, viven parejas jóvenes fragmentadas por un hijo, cuyos berridos ininterrumpidos nos desvelan todas las noches, movidos sus padres por el último consejo del psicoterapeuta de turno que desaconseja el cariño a los recien nacidos. Pero otros seres y enseres gobiernan esta comunidad. Un padre torero y una madre que tras tres años guarda eterno luto a la hija que perdió a manos de un maltratador. Unos padres que intentan controlar a una muchacha de escasos veinte años, probablemente ya condenada por su aspecto al sufrimiento del SIDA. El cuñado del torero, con su deportivo amarillo y su moto de desproporcionados caballos aparcados alternativa e indefectiblemente delante de su puerta para hacer inevitable la atribución. ¿Habré de añadir que jamás contemplé a tal persona dirigirse a un puesto de trabajo?. No podía faltar el gordo que los domingos se sube torpemente a una bicicleta, más para huir de su casa que de su obesidad. Un matrimonio condenado a ser infeliz por la homosexualidad del marido que jamás pudo ni supo conceder un hijo a la insatisfecha no-madre. Y el homosexual que, quizá más valiente, quizá más afortunado, vive sólo y con sus miradas recuerda al marido anterior su condición. Una familia gitana con tres o hasta cuatro vástagos, ellos cada día más peligrosamente afilados, ella perteneciente a ese clásico grupo de "mallas y botorras", mascando un sempiterno chicle de fresa en el último asiento del autobús, o como paquete en la moto de su enésimo novio.

Aunque he de reconocer que quizá la historia mas curiosa sea la que se desarrolla entre los muros de mi casa. Dos casi treintañeros que hacen suyo el sueño de Peter Pan y se niegan a crecer, uno refugiado en la soledad de su casa de piedra y sus libros, intentando atemperar futuras generaciones entre sorbo y sorbo de una vida dedicada por igual al anacoretismo y a la vanagloria, y otro a la eterna busca de un lugar en el mundo, lanzando mensajes en botellas de cristal a los ojos oceánicos de las mujeres que habitan su vida, a la orilla del camino. Unos padres convertidos por el implacable paso del tiempo, uno en el heremita de los sueños cumplidos, otra en el rayo que no cesa, herencia directa de un padre que se marchó demasiado pronto y hasta demasiado injustamente. Qué determinación mostraste maldito Dios para llevarlo de nuevo a tu lado. Ahogando nuestras respectivas soledades ya sea emulando al señor Sommer, navegando entre las páginas de un libro, entregados a la más dócil de las formas del tiempo o al vagar con o sin destino. Buscando una serpiente que expulse a nuestra Eva del paraíso.

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