Inciertas son siempre las piedras que marcan el camino del viajero. Condenados, dejan tras de sí eterno hilo de Ariadna, que jamás podrá guiarles de regreso a casa, pues pesa sobre ellos la maldición de Eurídice. Condenados, al vagar y a la carcoma, al horizonte y a la zozobra. Cazadores de instantáneas, sembradores de esperanza, recolectores de sonrisas. Condenados, a los recuerdos y a los olvidos. A los olores.
Aquellas dos imágenes le habían entrado por los ojos como la instantánea percepción de la felicidad absoluta y sin condiciones. Se las llevaría consigo para siempre. Porque es así como te fastidia la vida. Te pilla cuando todavía tienes el alma adormecida y siembra en su interior una imagen, o un olor, o un sonído que después ya nunca puedes sacarte de encima. Y aquélla era la felicidad. Lo descubres después, cuando ya es demasiado tarde. Y ya eres, para siempre, un exiliado: a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel sonido, de aquel olor. A la deriva.



1 comentario:
y que mejor mapa que el cuerpo, escribir el viaje en el cuerpo, y vivir en un exilio permanente del recuerdo y la memoria
Saludos,
R.
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