Necesito hablar contigo pero no estás aquí, así que te escribo. De todas formas, muchas veces lo que llamamos hablar entre nosotros consiste en soltar una letanía y saber que el otro la lee y la comparte, ¿no es cierto? Por eso podemos pasar años separados y siempre sabemos que el otro está ahí, que quizá es la persona que más nos acompaña en cada uno de nuestros viajes. Porque en cada recuerdo, en cada pensamiento o palabra, sabemos que está ahí con nosotros, como un vigía secreto de nuestros pasos.
Pero hoy tengo la especial necesidad de hablar contigo, no sé. Hace mucho que no compartimos neologismos más allá que de forma virtual, hace tiempo que nuestros culos no deforman el tapizado de una silla cualquiera de un bar cualquiera -o calientan la madera de un banco- mientras los demás nos miran con incomprensión.
Cuántas veces hemos confundido esa incomprensión con halago. Incluso con envidia y con admiración. Y sin embargo no, bajo esa incomprensión sólo flota una confusión, el pensamiento de que somos dos almas extrañas que o bien tienen mucho tiempo para aburrirse o muchas ganas de regocijarse en sus propias miserias.
¿Recuerdas esas calles de Granada? ¿Recuerdas la sala de esa iglesia improvisada museo? Cómo nos sentíamos especiales cuando recorríamos sus piedras hablando del posmodernismo, cuyo corolario es nuestra actitud de sempiternas lenguas en constante dialéctica. Pero quizá por eso tengo hoy tanta necesidad de hablar contigo. Porque esa dialéctica -aunque a veces me duela admitirlo- me falta. Cómo la echo de menos en las personas que encuentro. ¿Tú la encuentras en él? ¿O has optado por las pequeñas huidas de fin de semana como hago yo, hacia un blog, o un bloc, o una charla introspectiva?
La verdad es que quizá la comunicación sea la mayor de las utopías. ¿Recuerdas cuando se empeñaban en que debía hacer una tesis y yo me negaba obstinadamente porque no quería pasarme el resto de mi vida leyendo de forma condicionada? Pensaba que cuando te especializas tanto en algo, todo lo ves bajo el tamiz de su cristal, y no quería eso para mí, siempre a la defensa de mis cada vez más asentados seudópodos. Pero con tesis o sin tesis la verdad es que al final he acabado haciéndome favorito de esto y no de aquello, y creo que si esa tesis existiera algún día sería sobre la comunicación. Mejor aún, sobre la imposibilidad de la comunicación (¿no es acaso este blog un ejemplo viviente sobre la imposibilidad de compartir mundos?). El problema es que esa tesis, para ser honesta, debería contener exclusivamente páginas en blanco. Como digo siempre, "quien quiso entender ya lo hizo", y no me cabe duda de que ante la explícita página en blanco al menos un miembro del tribunal me distinguiría con el Sobresaliente cum laude. Si no fuera así es que ha dejado la pena intentar salvar el mundo de la docencia (o cabría decir "de la indecencia", haciendo aliteración analógica).
En el fondo todo lo que leo o escribo esta orientado hacia la comunicación, como hace algún tiempo lo estaba hacia la nostalgia. ¿Acaso no es Pastoral americana un monumento a la incomunicación, a las máscaras que nos condenamos a llevar ya sea en la más ímproba de las actitudes norteamericanas, ya sea en la más extremista de las religiones orientales?
Por eso últimamente, y aunque lo necesito tanto, me canso tan fácilmente de escribir, de intentar comunicar. Me da una pereza infinita empezar a construir y deconstruir un discurso, pero siempre me obligo a ello. No para epatar, no para sorprender y desde luego no para adoctrinar. Sólo porque necesito algo de estructura en esta cada día más abotargada mente. Mis pensamientos cada vez más se parecen a un cuadro impresionista. Esbozos, bocetos, difuminaciones. Como las esculturas inacabadas de Miguel Angel sobre los esclavos cautivos. En cuanto algo empieza a despuntar, a cobrar forma, le salen cien brazos en direcciones opuestas, y no puedo ver la luz sin la sombra, el ying sin el yang. Las ideas giran en una nebulosa y siempre se suman nuevos trazos al lienzo, como un último matiz que da al tapiz un trazo distinto.
En fin, quería escribirte y ya lo he hecho. Creo que me siento algo mejor, al menos han disminuido las ganas de correr y de gritar. ¿Te das cuenta como siempre recurrimos a las mismas imágenes? Una chica que baila descalza en un parque, una niña que sostiene la mano de un anciano, una persona gritando su silencio desde una roca en la cima de una montaña. ¿Será verdad eso que dicen que no hay conversación o discusión en la que no asumamos una postura ya descrita por el pensamiento aristotélico o platónico?
Bueno, igualmente a ti y a mí siempre nos entretuvo ese juego infinito de espejos, ¿no es cierto?
Cuídate, y espero verte pronto.
Pero hoy tengo la especial necesidad de hablar contigo, no sé. Hace mucho que no compartimos neologismos más allá que de forma virtual, hace tiempo que nuestros culos no deforman el tapizado de una silla cualquiera de un bar cualquiera -o calientan la madera de un banco- mientras los demás nos miran con incomprensión.
Cuántas veces hemos confundido esa incomprensión con halago. Incluso con envidia y con admiración. Y sin embargo no, bajo esa incomprensión sólo flota una confusión, el pensamiento de que somos dos almas extrañas que o bien tienen mucho tiempo para aburrirse o muchas ganas de regocijarse en sus propias miserias.
¿Recuerdas esas calles de Granada? ¿Recuerdas la sala de esa iglesia improvisada museo? Cómo nos sentíamos especiales cuando recorríamos sus piedras hablando del posmodernismo, cuyo corolario es nuestra actitud de sempiternas lenguas en constante dialéctica. Pero quizá por eso tengo hoy tanta necesidad de hablar contigo. Porque esa dialéctica -aunque a veces me duela admitirlo- me falta. Cómo la echo de menos en las personas que encuentro. ¿Tú la encuentras en él? ¿O has optado por las pequeñas huidas de fin de semana como hago yo, hacia un blog, o un bloc, o una charla introspectiva?
La verdad es que quizá la comunicación sea la mayor de las utopías. ¿Recuerdas cuando se empeñaban en que debía hacer una tesis y yo me negaba obstinadamente porque no quería pasarme el resto de mi vida leyendo de forma condicionada? Pensaba que cuando te especializas tanto en algo, todo lo ves bajo el tamiz de su cristal, y no quería eso para mí, siempre a la defensa de mis cada vez más asentados seudópodos. Pero con tesis o sin tesis la verdad es que al final he acabado haciéndome favorito de esto y no de aquello, y creo que si esa tesis existiera algún día sería sobre la comunicación. Mejor aún, sobre la imposibilidad de la comunicación (¿no es acaso este blog un ejemplo viviente sobre la imposibilidad de compartir mundos?). El problema es que esa tesis, para ser honesta, debería contener exclusivamente páginas en blanco. Como digo siempre, "quien quiso entender ya lo hizo", y no me cabe duda de que ante la explícita página en blanco al menos un miembro del tribunal me distinguiría con el Sobresaliente cum laude. Si no fuera así es que ha dejado la pena intentar salvar el mundo de la docencia (o cabría decir "de la indecencia", haciendo aliteración analógica).
En el fondo todo lo que leo o escribo esta orientado hacia la comunicación, como hace algún tiempo lo estaba hacia la nostalgia. ¿Acaso no es Pastoral americana un monumento a la incomunicación, a las máscaras que nos condenamos a llevar ya sea en la más ímproba de las actitudes norteamericanas, ya sea en la más extremista de las religiones orientales?
Por eso últimamente, y aunque lo necesito tanto, me canso tan fácilmente de escribir, de intentar comunicar. Me da una pereza infinita empezar a construir y deconstruir un discurso, pero siempre me obligo a ello. No para epatar, no para sorprender y desde luego no para adoctrinar. Sólo porque necesito algo de estructura en esta cada día más abotargada mente. Mis pensamientos cada vez más se parecen a un cuadro impresionista. Esbozos, bocetos, difuminaciones. Como las esculturas inacabadas de Miguel Angel sobre los esclavos cautivos. En cuanto algo empieza a despuntar, a cobrar forma, le salen cien brazos en direcciones opuestas, y no puedo ver la luz sin la sombra, el ying sin el yang. Las ideas giran en una nebulosa y siempre se suman nuevos trazos al lienzo, como un último matiz que da al tapiz un trazo distinto.
En fin, quería escribirte y ya lo he hecho. Creo que me siento algo mejor, al menos han disminuido las ganas de correr y de gritar. ¿Te das cuenta como siempre recurrimos a las mismas imágenes? Una chica que baila descalza en un parque, una niña que sostiene la mano de un anciano, una persona gritando su silencio desde una roca en la cima de una montaña. ¿Será verdad eso que dicen que no hay conversación o discusión en la que no asumamos una postura ya descrita por el pensamiento aristotélico o platónico?
Bueno, igualmente a ti y a mí siempre nos entretuvo ese juego infinito de espejos, ¿no es cierto?
Cuídate, y espero verte pronto.


2 comentarios:
Qué bueno que hayas querido escribirle, y que lo hayas hecho, a pesar de tener que obligarte a ello. Así no me privas de disfrutar de tu discurso, en el cual tantas veces me veo como en un espejo de los que hablas. Claro que yo recién empiezo en esto de la escritura, y suelo chocar pronto con mis límites para decir lo que quiero. Por eso, aunque afirmes lo contrario, quizás sí sea posible compartir mundos en esta dimensión.
Saludos.
Me acabas de impresionar con tus palabras... buena carta y necesaria, si señor...
Un saludo
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